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Andrea Tovar

Querido millennial

Juntos es mejor (mensaje al niño rata que habita en ti)

'The end of the f****ing world' 01x02 (Netflix)

‘The end of the f****ing world’ 01×02 (Netflix)

 

Lo mismo te ha pasado lo que a mí y te has sorprendido al darte cuenta de que cuatro de las cinco últimas conversaciones habían tenido lugar frente a una pantalla. Y has empezado a preguntarte WTF.

Vamos al principio de los tiempos.

Resulta que desde que a algún feliz se le ocurrió la idea de que el centro del universo era el propio ombligo, las cosas empezaron a desbarajustarse. Al principio fue buena idea, por aquello de que la religión nos oprimía y el sistema nos sometía como a borregos o reos, pero poco a poco nos hemos ido dejando llevar, como si tal cosa, por esta suave brisilla que susurra «yo me mi conmigo» y se nos ha olvidado cómo conjugar los verbos con otros pronombres personales.

¿A qué me refiero? Pues a este individualismo exacerbado que empezó con el trabajo, siguió con el culto al cuerpo y acabó con la mitad de nuestras relaciones personales. Aunque no lo parezca, es el mismo que está llevando a los niños rata a la creencia –errónea- de que sus partidas en modo multijugador en la Play constituyen una forma igualmente legítima de interrelacionarse. O que los comentarios en un canal de Youtube son igual de válidos que una charla en persona. O que el sexting puede sustituir un polvo de carne y hueso, llegado el momento. Lo único que hemos añadido a la ecuación ha sido un matiz decisivo: las pantallitas.

En el extremo de esta tendencia a meterse en el caparazón están los hikikomori nipones. Provienen de un país puntero, con una economía boyante y capitalista y competitiva a más no poder, que no suele integrar con facilidad a los sujetos diferentes.

Estos hikikomori son unos desgraciados sin apenas vello en el cuerpo que han decidido aislarse para siempre en su habitación, debido a algunos problemas incipientes de identidad personal o interralacionales. Sin embargo, en lugar de buscar un nido de paz en otro círculo, como se ha hecho toda la vida, ahora estos jóvenes tienen muy fácil aislarse en un mundo de fantasía construido por la tecnología, a lo Black Mirror, que difumina las barreras entre lo real y lo que es pura pantomima, incluso dañina para una percepción sana.

Los hikikomori sufren de ansiedad social, depresión, agorafobia. En casos extremos acaban por quitarse la vida.

Francesco Paolo Catalano (Vía Tumblr)

Francesco Paolo Catalano (Vía Tumblr)

La cultura se está homogeneizando en muchas partes del mundo a través de la economía compartida y sus avances, desplazando otros factores tradicionales, como la religión. El sociólogo Geert Hofstede mide los parámetros de variabilidad cultural en el mundo, y uno de esos factores es el de individualismo-colectivismo. Esto es: cuál es el pronombre personal desde el que se rige un Estado, si el «yo» o el «nosotros». El resultado de sus pesquisas es que los países donde impera el judeo-cristianismo están bien centrados en la primera persona del singular. El resto de religiones del mundo –que se dice pronto-, mal que bien, regulan la vida en plural. Sin embargo, lo que parece bastante decisivo es el grado de desarrollo del país. O sea, que cuanto más desarrollada esté la economía capitalista, mayor grado de individualismo. Mayor probabilidad de niños rata e hikikomori.

Al final, el grado de felicidad de estas sociedades decrece respecto a aquellas donde todavía se puede salir a pasear por el pueblo, conversar con la panadera, pararse a saludar a las viejecitas que han sacado las sillas al porche para mirar pasar a la gente. Solemos pensar que en el norte de Europa se suicidan en masa porque no sale el sol, ¿pero no será acaso que les falta el roce?

¿Hay acaso alguna otra receta en esta vida para ser feliz que el amor, que el contacto? Los hikikomori se mueren de pena y acaban matándose porque no saben salir de sí mismos, acaban sintiéndose culpables por su existencia miserable y deciden que no merecen estar en este mundo. Y en cambio, los niños desnutridos de África pelean lo indecible por subsistir, se ríen y juegan con una lata si hace falta, felices de estar vivos aunque sus veinticuatro horas sean mil veces más perras que las de tantos otros niños ricos.

Ya no creo que la felicidad solo sea real si es compartida, como decía Supertramp en Into the wild, porque también hay un tipo de felicidad muy bonita que es de uno solo, aunque esté conectada a todo lo demás. Lo que creo es que cuando se comparte, la felicidad se multiplica, los infortunios se dividen y la carga se reparte. Con un buen ejército de hombros y sonrisas caminamos ligeros, se nos alegran las plantas de los pies.

Y nos dan ganas de diluirnos en eso, en ese nosotros, aunque solo sea un ratito. Aunque solo sea para descansar del nombre y de los apellidos. Que vaya paliza. Siempre un nombre, siempre un apellido. Que solo suena cuando unos labios los pronuncian, y a veces cuando alguien los dice nos sorprendemos, nos quedamos atascados unos minutos pensando «sí, ese soy yo… qué extraño».

Quizá, para no acabar como los hikikomori, habría que reeducar al niño rata que va creciendo en nuestro interior. Recordarle la humildad, pues no somos el centro del mundo, y la importancia de rendirse, en la confianza de que los demás sostendrán el peso si caemos.

Mejor juntos. Digo.

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Ya he cumplido 26: voy de capa caída. Al menos tengo una web: andreatovar.org | El org del final me hace sentir como una entidad benéfica. Dame likes y shares y visitas. Make me rich.

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