La Verdad
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Aquí se fabrica la primavera
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Andrea Tovar | 02-04-2018 | 10:01

Vía Tumblr

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De pequeña estaba convencida de que Lepe era un lugar inventado. ¿Quién iba a atreverse a torturar psicológicamente a los integrantes de un pueblo entero, haciéndoles pasar por lerdos e incompetentes? Pues alguien lo hizo. Alguien fue la primera persona que dijo, uf, los de Lepe son tan tontos que plantan ajos en la carretera porque son buenos para la circulación. Y el resto es Historia. Pero la Historia también cambia. Hace unos años empezaron a avisar de que los siguientes éramos los murcianos.

«Murcia es la nueva Lepe».

No me lo creí, igual que lo de Lepe –debe ser que soy tontita- hasta que un chaval de la universidad de Madrid, uno de esos de barrio que decía ejque, le susurró a su compañero en clase:

—Joder tío, a ver si lo pillas ya, que pareces murciano.

Yo me di la vuelta a lo Tarantino con la música de Kill Bill sonando en mi mente… y no le dije nada.

La vergüenza, como casi todo, es algo que se aprende.

Paradójicamente, yo no veía a ese chico de la periferia avergonzarse por su ejque ni por sus laísmos. Igual que no conozco a ningún vallisoletano que se haga un nudo en la lengua si se le escapa un «ves a la cocina». Tan fino con sus esssses que las va regalando, cuando nosotros en cambio las racaneamos. Yendo más allá, no hay andaluz que considere lamentable su deje, ni catalán que censure la exquisita nasalidad de la que hace gala. El vasco habla acabado en u, y ahívalahostia, y etecé. Así es la vida. Y la maravillosa riqueza cultural de este país.

Pero los murcianos aprendemos la vergüenza, por algún motivo.

Yo inventé entonces lo que llamaba la «voz de entrevista». Tenía una cadencia distinta para conseguir pronunciar algunas consonantes que para nosotros sobran por completo, y me sentía gilipollas, pero bueno, por lo menos no era murciana.

Cuando me cansé de sentirme gilipollas dejé de hablar como tal. Ocurrió de manera muy sencilla y muy compleja a la vez: al volver a la tierra me di cuenta de que este era el centro del mundo, solo que yo no lo había percibido hasta entonces. El resto del universo podría estar descomponiéndose, que aquí no iba a llegar ni una gota de ácido corrosivo. Murcia seguiría plácidamente reposando en un invernadero de sol y fotosíntesis. Porque aquí se fabrica la primavera, por si no lo sabías. El planeta se las apaña para que las nubes se alejen justo para el día del Bando y nos sube los termómetros para que podamos cocernos a gusto con unos cubatitas tempraneros.

Habiendo recuperado mi acento, comprendí que Murcia agachaba la cabeza como la niña guapa avergonzada de los rayos de luz pegados a su cabello; pero dentro, entre los suyos, la alzaba con orgullo. Y es que hay otra especie de vergüenza pegada al Sur. Los del norte del globo te llaman vago porque te gusta disfrutar de las terrazas y de la conversación, de la interacción de estar vivo. Te llaman vago desde su sistema político-socio-cultural idóneo, y curiosamente lo hacen mientras buscan en Google maneras de atar bien la soga.

Pues bueno. Tontos y vagos.

Pero aquí se fabrica la primavera. Lo sabe el guiri rojo que recuerda a una pieza de marisco, vuelta y vuelta en la arena, que se ríe bien alto y bien colorado, tercera pinta en mano; igual que sabe que cuando vuelva a casa las risas se acabarán, y también las carnes de la mujer, tan a la vista en la costa mediterránea.

Vale que el poder de convocatoria del alcohol y la férrea voluntad de afiliación ya las desearían para sí muchas causas comunes. Que los primeros que la criticamos por todas sus carencias somos los oriundos de esta tierra, y que a mí, por ejemplo, me faltan librerías y oportunidades por un tubo. Sin embargo el murciano, en cuanto sale de Murcia, asimila que ver el monte, la playa, a la abuela materna, al novio y los amigos en el mismo día es algo inusual. Y buscará toda su vida, en las urbes más cosmopolitas y en los rincones rurales más recónditos, la alineación perfecta de todas las cualidades esenciales, sin acabar de encontrarla nunca.

Las calles tienen Historia propia, de esa personal que es continua y se reescribe a cada paso. En quince minutos pueden saludarte cinco personas distintas, y otras tantas que no lo harán por pereza, pero nos lo perdonamos entre nosotros, porque ir por la vida hola hola hola hola hola es agotador a veces, y otras no. Aquí tienes una identidad. La firma tu familia, los que fueron y son tus amigos, tus parejas. Y aunque a veces eso no apetece, lo que es seguro es que aquí siempre tendrás un abrigo cálido, como de invernadero. Oxígeno y flores.

Aquí fabricamos la primavera, justo en esta semana, en nuestras fiestas. Seremos tontos y vagos, pero para nosotros las vacaciones de Semana Santa duran el doble, como el eterno verano en las coronillas y en los corazones de los sureños.

Qué vergüenza, ¿eh?

Sobre el autor Andrea Tovar
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