Objetivo: debilitar al poder judicial

Estoy cada vez mas convencida de que la imagen negativa de la Administración de Justicia responde a una estrategia que pretende debilitar al Poder Judicial. La ciudadanía, preocupada por los recortes en materia de educación, sanidad o vivienda, permanece indiferente ante todo aquello que afecta a la Justicia, que el pueblo no siente como suya. En verdad, nunca el Poder Judicial se me ha antojado tan importante para impedir abusos y para conseguir devolver la confianza de los ciudadanos en las Instituciones e incluso la credibilidad internacional perdida. No es casualidad que, para un personaje como Berlusconi, los jueces, a los que tacha de mafiosos, sean su bestia negra.
El poder legislativo y el poder ejecutivo, con su única estrategia de recaudar más y de recorte del gasto público del que se ha contagiado el tejido empresarial, están al servicio del poder económico, que es el que mueve los hilos de nuestra sociedad y por ende el de todos los organismos de control.
El poder de los medios de comunicación, que se dedican ahora al espectáculo, está neutralizado por el exceso de escándalos y lo sesgado de una información, ávida de titulares.
El poder de los sindicatos se encuentra en declive ante la crisis y los muchos años dedicados a acaparar privilegios y subvenciones.
El poder de Internet y de sus redes sociales se ha traducido hasta ahora en movilizaciones que ante el desmantelamiento de Estado de Bienestar han resultado ineficaces y en ocasiones han conducido a la violencia por acción-reacción.
Para que podamos seguir hablando de Democracia:
- Resulta imprescindible que el Poder Judicial conserve su independencia. Que no se politice y no se convierta en un apéndice de la Administración de Justicia, concebida como un engranaje más de recaudación del Estado mediante el cobro de tasas y de penas de multa.
- Resulta imprescindible no seguir parcheando el código penal para seducir a la opinión pública sin reparar en el tremendo gasto originado en las arcas públicas. La manera mas eficaz de neutralizar a un Juez o a un fiscal es saturándole de trabajo.
- Resulta imprescindible que el Poder Judicial disponga de medios tanto humanos como materiales y, como no, tecnológicos para el desempeño de un trabajo que ha de ser minucioso y que no se debe demorar. Si se quiere proteger a los corruptos sólo hay que recortar recursos en los tribunales ya que los asuntos de corrupción requieren de farragosas investigaciones y cuidadosos procedimientos para evitar la impunidad de sus, a menudo, poderosos imputados.
- Resulta imprescindible no permitir ingerencias en temas judiciales, como ocurre actualmente con los mecanismos de indulto, que burlan las decisiones judiciales. Por ello se han de incrementar los sistemas de control que impidan un Poder Judicial al servicio del poder político y económico.
- Resulta imprescindible que todos los ciudadanos puedan recurrir a la justicia sin que sea necesario pagar previamente unas tasas, independientemente de que urja hacer un esfuerzo por desjudicializar la vida pública fomentando la mediación, el arbitraje o la negociación en una sociedad que ha de madurar y a la que no se le puede incitar a llamar a la policía cada vez que surja una desavenencia con un familiar, un hijo que no quiera ir al colegio o un vecino que moleste.

El Alcalde asesino

Mi novela empieza cuando, en el maletero de un coche, aparece el cadáver de una periodista de la localidad y se produce la detención, después de una delicada investigación, del alcalde de la ciudad en cuyo jardín se encuentran otros cuatro cadáveres más. El interés del libro no se centra en el desarrollo de las pesquisas policiales sino en la reacción , ante la noticia, de la ciudadanía y del entorno del edil. Unos pocos se niegan a creer que alguien de su partido pueda ser un asesino en serie y apuntan a que debe de tratarse de una encerrona de los canallas de la oposición. Otros quieren dejar claro que ellos siempre vieron algo sospechoso en el mandatario, que en la intimidad, hacía gala de autoritarismo y de un carácter vengativo del que presumía, cuando decía aquello de ni olvido ni perdono, mientras lucía en público su seductora sonrisa. Las mujeres del consistorio maldecían la hora en la que habían accedido a disfrazarse de plañideras para asistir a incontables actos religiosos, donde el confeso asesino hacía gala de su fanatismo religioso. Muchos empresarios ahora negaban las comilonas con las que habían agasajado al Alcalde, los presentes que habían hecho llegar a la casa grande y las reiteradas invitaciones a las bodas de sus hijos. Mientras, diferentes colectivos hacían mutis, conocedores de los numerosos galardones, insignias y menciones honoríficas que le habían otorgado al corregidor y de las cartas dirigidas al excelentísimo, que encabezaban con: mi querido, mi amadísimo, o mejor aún, mi admiradísimo Alcalde. Las echaban a la hoguera, negando públicamente haber tenido ningún tipo de relación con el detenido.
Pero estoy pensando en darle al libro un final feliz en el que, al más puro estilo irlandés, el Alcalde acepte someterse a un tratamiento de rehabilitación y reinserción social para no verse obligado a dimitir.

Armada hasta los dientes

Está decidido me marcho a África para trabajar como mercenaria e intentar poder pagar la hipoteca y conseguir que mis hijos, en edad de merecer, puedan ir a la universidad. Me he decidido después de saber que la empresa contratante, que ha conseguido ser legal aprovechando la resurrección del oficio de pirata, ofrece dotar a los candidatos, antes de partir hacia tan indómito continente, de unas botas anti-corte, una chaleco anti-bala, una ametralladora, una pistola de 9 milímetros parabellum, dos granadas de mano y dos botes de humo. He de reconocer que lo de las granadas de mano y los botes de humo ha sido definitivo. Se garantiza además un curso intensivo de formación en el que se enseñara las mil y una forma de matar. También ofrece un periodo de aclimatación a las altas temperaturas del país de destino y a la fauna local inmersa en el caos y sometida a la ley del más fuerte. El contrato incluye un seguro de vida de muchos miles de euros pero que si lees la letra pequeña sólo podrá cobrar la familia si el mercenario fallece por muerte natural. Clara que habría que definir lo de natural ya que los riesgos que adelanta la empresa son de morir por disparos de francotiradores o por la colocación de artefactos en vehículos y viviendas y también por asalto y secuestro con asesinato.
En cuanto al trabajo a desempeñar, con jornadas de doce horas, seis días a la semana, requiere llevar a cabo tareas de escolta de personalidades, que están en el punto de mira de los que quieren hacerse con el poder, de establecimiento de controles nocturnos a vehículos y personas, de registro de viviendas y locales, de vigilancias de fronteras y costas y de liberación de rehenes siempre y cuando uno no sea el secuestrado.
Para que el contratado se vaya tranquilo, la empresa, en caso de resultar herido, garantiza la asistencia médica en el país de destino que, siempre que sea posible, se llevará a cabo en la capital del mismo.
En caso de que uno mate a alguien, el sicario será respaldado por la empresa salvo que se considere que dicha muerta no esta justificada. En todo caso el homicida tendrá que vérselas con la justicia del país africano impartida en nombre del cacique por los jueces del país.
El sueldo es de 4.500 euros, una minucia para cualquier político y sus asesores, pero que puede tentar a muchos parados desesperados que se convencerán de que es una buena ocasión para vivir emociones fuertes.
Ahora que entre todos hemos legitimado la corrupción y justificado determinados asesinatos denominados sutilmente daños colaterales, estamos más cerca de aceptar estas nuevas ofertas de trabajo que pretenden encontrar candidatos parados y desesperados dispuestos a implicarse en conflictos bélicos o movimientos terroristas.

La psicopatología del corrupto

Han tenido que bombardearnos con los incesantes escándalos sobre negocios turbios para que todo un país tomara conciencia de la dañina figura del corrupto y percibiera la corrupción como la mayor de las preocupaciones ciudadanas. Tomando como referencia uno de los personajes de la política murciana, de cuyo nombre no quiero acordarme, permítanme que describa algunos de sus rasgos de personalidad, enmascarados detrás de su honorabilidad, su poder político y una irrepetible situación de bonanza económica. No es el prototipo de delincuente al uso pero no está exento de peligrosidad por su necesidad insaciable de lucro. Se trata de un personaje eminentemente práctico, con escasa cultura o ningún interés hacia ella, que no sea el económico, y con necesidad de gratificación inmediata. Suele presentar una falsa generosidad con su entorno para compensa su egocentrismo y su narcisismo que a menudo dificulta sus relaciones interpersonales. Presenta un frialdad emocional que suele ser habitual en el delincuente actual y que le hace insensible a la crítica. Inhibe sus sentimientos de culpa mediante la satisfacción que le proporciona su inteligencia que en ocasiones le lleva a subestimar a su entorno y a despreciar profesionales como los integrantes del Poder Judicial a los que considera infantiles por verse lastrados por su sometimiento al Estado de Derecho. Gracias a su falta de escrúpulos, libera su agresividad recurriendo a la astucia y a sus pulcros modales que sólo abandona con su entorno más íntimo al que en ocasiones tiraniza. Sus fechorías de carácter económico le conducen a menudo a la prepotencia y a repetirlas de forma cada vez más temeraria convencido de su impunidad al no existir víctimas con nombre y apellido. Se adentra así en una espiral de delitos que su ambición ya no puede parar. Sus propias deficiencias afectivas le hacen incapaz de percibir su propia imagen de criminal reincidente. El corrupto es consciente de que su intachabilidad depende de su prestigio de ahí que sea cliente asiduo de los Juzgados, no como acusado, sino como querellante para defender su honor. También le hace fuerte la información de la que dispone y su pertenencia a una organización o a una Institución a la que la Ley evita enfrentarse. A ello hay que añadir el desencanto y la desmoralización de una sociedad que atribuye la corrupción a una debilidad de la naturaleza humana que siempre tiene un precio.
La suerte de estos delincuentes es que lo que realmente asusta al ciudadano de a pie es el personaje desviado, antisocial o con patología más o menos oculta, sin medios socioeconómicos y al que, con la crisis, se le niega, aun sin ser delincuente, cualquier pseudoactividad para la supervivencia. Es el blanco del ciudadano bien intencionado que llama a la policía cada vez que prostitutas, mendigos, artístas callejeros, chatarreros, vendedores ambulantes o guardacoches se hacen demasiado visibles.

Ficción con tintes negros

Sentado en el fondo de un bar a esas horas escaso de clientes, Gregorio intentaba poner en orden sus ideas para redactar, por encargo, un artículo sobre violencia de género que el periódico local quería publicar al día siguiente por ser el día de la mujer trabajadora.
Frente a una taza de café y en medio del bullicio, había observado que sus artículos ganaban en autenticidad cuando conseguía escribir inmerso en conversaciones de desconocidos o en polémicas que daban cuenta de lo que preocupa a la opinión pública. En ocasiones se quedaba escuchando argumentos o digiriendo afirmaciones temerarias fruto de la ignorancia, del fanatismo o de la mala fe que le obligaban a interrumpir sus pensamientos. Sentada en una mesa cercana, una mujer con semblante serio se dedicaba a mandar mensajes con un móvil, abstraída y visiblemente contrariada por el tamaño del teclado. Su ropa cara e impoluta, su cartera de piel y sus zapatos de marca hacían pensar que no era cliente habitual de la cafetería y que posiblemente se encontraba allí huyendo de testigos o queriendo evitar que se le localizara. Tal vez se trataba de una historia pasional, de mensajes mandados a escondidas o de una cita amorosa que estaba a punto de producirse y de la que él iba a ser testigo. Mientras la mujer escribía obstinadamente en su mini teclado, se oyó el timbre de otro teléfono de última generación que la desconocida sacó de su cartera. Nerviosa contestó de inmediato a la llamada para mantener una conversación entrecortada y a ratos susurrada, digna de una película de espías. Ello consiguió despertar el interés del periodista que intentó poner la oreja para conseguir enterarse de lo que allí se decía, sin resultado.
Después de un segundo café, la mujer se levantó para dirigirse hacia el perchero que se encontraba pegado a la mesa del curioso. Después de dejar su cartera sobre una silla, se enfundó su abrigo y su pañuelo de cachemir para marcharse con celeridad, repiqueteando tacones sobre el enlosado del local. Al acercarse al periodista, este la había reconocido. Era una de las chicas Snoopys de la escena política. Jóvenes buenas estudiantes, hijas de empresarios o políticos influyentes y colocadas en puestos de responsabilidad directa o indirectamente por sus papás.
Dándole vueltas todavía a la curiosa presencia de tan ilustre mandamás en un bar de barrio, el hombre se enfrascó de nuevo en el artículo que estaba escribiendo hasta que volvió a oír el sonido característico de un mensaje entrante. No era su móvil el que reclamaba su atención, sino el teléfono de la que se acababa de marchar y que al parecer se había dejado olvidado en la silla al ir a coger su prenda de abrigo. El periodista no se inmutó y siguió con su tarea pensando que en cualquier momento la mujer, al percatarse de su olvido, volvería a recogerlo. Al ver que el teléfono seguía allí al cabo de media hora, barajó la posibilidad de devolvérselo personalmente a su propietaria a la que podía localizar fácilmente. Una hora más tarde mientras iba recogiendo sus apuntes, el periodista alargó el brazo con disimulo para apoderarse del aparato. Comprobó que su agenda estaba vacía y que no había ninguna llamada entrante, sólo una gran cantidad de mensajes de texto recibidos o enviados a usuarios sin identificar. Los mensajes hablaban de terrenos, revalorizaciones, intermediarios, comisiones, cantidades astronómicas, escuchas policiales e investigaciones. Por primera vez la leyenda negra de los móviles de prepago, comprados con dinero público por políticos corruptos intentando no ser descubiertos, cobraba vida. El material que contenía el móvil podía dar lugar a toneladas de titulares en los periódicos locales e incluso de ámbito nacional. Sólo era cuestión de ir atando cabos y poner fechas y nombres a la información, todo un reto para un periodista de raza. Por apropiación indebida, el valor legal del hallazgo era nulo pero los datos no tenían desperdicio. Terminó de recoger sus cosas y abandonó el local, feliz y excitado, dispuesto a embarcarse en una nueva Odisea, con la colaboración de su colega Mauricio al que, para ponerle los dientes largos, le acababa de mandar un mensaje que decía así: “Hallado teléfono con bombazo informativo. Van a temblar las Instituciones. Estoy llegando a la redacción”

El cuaderno del corrupto

Este artículo, que vuelvo a publicar por ser de candente actualidad, fue escrito en el año 2009 inspirado en la debacle, en época de bonanza, de los ascensos y nombramientos de algunos mandos policiales, algunos de ellos implicados posteriormente en las corruptelas de sus amos: los políticos. Ahora la denuncia, percibida entonces como una gracieta, pone de manifiesto que la corrupción sólo es posible si una parte de la sociedad es complice de estas prácticas mafiosas barnizadas de legalidad. A estos cómplices y a sus dictámenes se les llama ahora, al parecer, técnicos.
“ No sé si han leído en internet, el cuaderno del corrupto. Unos apuntes que usaba, al parecer, el mismísimo Julián Muñoz y que explica, entre otras cosas, como componer un tribunal de oposición, a la medida de un determinado candidato.
Lo primero, conseguir mujeres floreros, de las muchas que hay en la administración. Eso es sólo para darle color al tribunal y un aire progresista, por aquello de la igualdad de género, como se le llama ahora. Mujeres ataviadas con falda y tacón para la ocasión, que ríen las gracias de sus colegas, que se creen con la obligación de decirles lo buenas que están.
En segundo lugar, elegir algunos corruptos, que estén pillados por los huevos y que se muestren dispuestos a encumbrar al candidato, a cambio de correr un tupido velo en los asuntos de Palacio.
El tercer ingrediente, varios mandaos, sin voz ni voto, que no conocen el significado de la palabra dignidad, y que se sienten halagados por haber sido elegidos y cobrar unas dietas, dispuestos a morir por su amo, del que esperan mejor trato y más consideración.
Y por último, no puede faltar el zorro viejo. Ese que lleva la batuta, acostumbrado a cambiar de traje de luces, según el color político de la plaza en la que ha de lidiar, y que sobreactuando, pone su inteligencia a disposición del poder político, dejando, una y otra vez, muertos en la cuneta, sin ningún escrúpulo.
Todos juntos, bien avenidos como un buen cóctel, en este caso vomitivo, son capaces de suspender al propio Einstein que se estuviera examinando sobre la teoría de la relatividad sin que ningún tribunal, de los de verdad, pueda condenar tales prácticas.”

La chica mojabragas

Ella siempre había defendido la superioridad de la juventud sobre la madurez y ahora era ella la despreciada por las jovencitas que se disponían a tomar el relevo a pesar de que, frisando los cincuenta, se resistiera a abandonar la adolescencia vistiendo como una veinteañera y queriendo centrar su vida en las amigas y las fiestas. Después de haber criado a sus hijos se había convencido de que la rutina y el aburrimiento conforman una realidad que se puede cambiar. Se había divorciado sin ver más allá de sus propias certezas, con la cabeza convertida en un almacén de pirotecnia pero en el fondo marcada por la educación recibida que, en su fuero interno, le repetía que una vida sin pareja carece de sentido. Trás lanzarse de nuevo al mercado previa dieta, visita al dentista y operación oftalmológica se había dado cuenta de que las salidas intempestivas, las relaciones con folladores en serie y el café con cigarrito, con otras maduritas en su misma situación, no le había hecho feliz.
Después de perder esa seguridad y supuesta respetabilidad de un matrimonio convencional,que durante años tanto había vilipendiado, se proponía amaestra su soledad luchando contra el rencor y contra ese deseo de odiar a los hombres que siempre salían mejor parados al rehacer sus vidas en ocasiones con mujeres mucho más jóvenes que ellos. Arremetía también contra las féminas que habían tenido más suerte que ella en el amor. Notaba a cada nuevo capricho, a cada nueva batalla campal, que a menudo terminaba con presencia policial cuando intentaba controlar la vida de su ex marido al que años antes había abandonado, que su anorexia afectiva había encriptado la maldad y la histeria en su voluble corazón y que ya no le funcionaba el intentar mostrarse vulnerable para manipular a su antojo.
El tiempo, que aflojaba sus carnes, estaba convirtiendo su vida en derrota, vergüenza ante el espejo y masturbación. Mientras su cuerpo perdía su lozanía fue aumentando su interés por el gimnasio, el masaje, lo místico, las técnicas orientales, la astrología, los viajes y las visitas al psicólogo. Le obsesionaba el sentirse querida y los cuidados que se prodigaba la atormentaban cuando comprobaba que cualquier objeto le recordaba el sexo perdido como las barras de labios que utilizaba y cuyo mecanismo de extracción imitaba una erección.
En medio de sus crisis de euforia y optimismo se mezclaban escenas de odio raciniano, gritos e insultos con los que, convertida en chica mojabragas, disfrazaba sus miedos. Temía que su cuerpo se transformara en una mazmorra y que no hubiera nadie interesado en rescatarla, condenándola así, sin ser oída, a cadena perpetua.

Cuando se elige ignorar

Desde que sus hijos habían abandonado el hogar, su vida había perdido sentido. Sólo le quedaba el temor de los momentos de intimidad con su esposo habitualmente ausente. Su salud se había ido deteriorando al tiempo que iba perdiendo peso y las ganas de vivir. Desde hacía unas semanas arrastraba los pies para moverse por la casa, retrasando sus salidas en busca de provisiones y huyendo de las tertulias de vecindario. Cada día se obligaba a realizar sus tareas para evitar el conflicto doméstico pero su rendimiento era nulo. Comprobaba como por momentos las fuerzas le abandonaban mientras la falta de apetito y la incontinencia urinaria hacían presagiar que algo iba mal en su interior. Esa mañana le había resultado imposible levantarse, sabía lo que iba a ocurrir cuando llegara su esposo, pero ya no le importaba. Su cansancio era tal que el miedo ya no le asustaba. Sólo quería que la dejaran en paz. Cuando oyó la llegada de su carcelero, permaneció tumbada intentando perder la conciencia, mientras el otro le gritaba. Furioso, el marido le ordenaba que se levantara pero al sentirse desafiado, la agarró a dos manos y la arrastró hasta el suelo donde la mujer cayó boca abajo. Entonces empezó a golpearla, primero con los puños y después a patada limpia, mientras la insultaba y le recordaba sus obligaciones. Ella lloraba de forma automática, sin rabia ni pena ya que sólo sentía la tibieza de sus propias lágrimas. Se abandonaba al olvido, sin quejarse, ni resistirse y sin protegerse, devastada por los golpes y por ese tumor silencioso que había elegido ignorar.

El dia de la huelga general

Mientras muchos empresarios hacían negocios multimillonarios aprovechando información privilegiada y amistades en los mentideros políticos y otros tantos gobernantes se embolsaban el dinero público, todos vivíamos felices intentando pillar las migajas del pastel y hacer nuestro agosto cobrando precios abusivos por chapuzas , aprovechando la fiebre del consumo, que enriquecía a miles de intermediarios, o participando del despilfarro de las subvenciones. También los que teníamos trabajo fijo, con ayuda de nuestros liberados representantes sindicales, exigíamos cada día más tiempo libre, aun que fuera para operar de almorranas al cuñado, y horas extras o pluses para mejorar nuestras maltrechas nóminas. Todos rendíamos pleitesía a los políticos que veían desfilar por sus despachos a gente de toda condición, en busca de mejores empleos, ascensos o de favores para familiares. La política de las administraciones y en especial el trabajo de los cuerpos policiales iba enfocada a la dichosa clase media con sus mezquinos problemas domésticos relacionados mayoritariamente con el ocio y no a los barrios periféricos depauperados y a la gente con necesidades reales. La pobreza que se torno invisible en época de bonanza, salvo para presumir de voluntariado especialmente en países lejanos, sólo preocupaba si afeaba las ciudades y molestaba a la gente de bien. Ahora resulta que unos son malos, malísimos y otros víctimas, victimísimas, pero nadie es del todo inocente. La crisis ha hecho aflorar tramas mafiosas y sueldos millonarios, que se toleraban antes de que todos se indignaran y denunciaran los abusos. Esos mismos que, cuando los poderosos pretendían solucionarlo todo con más policías,( recuerden nuestra Comunidad Autónoma con su tan aplaudida campaña, en periódicos e incluso en carteles publicitarios), pedían policías incluso en el patio de los colegios( eso sí para que se controlara a los hijos de los demás pero nunca a los propios).
Unos huelguistas, que se entretenían echando fotos a diestro y siniestro, como la mayoría de los participantes en la protesta, ansiosos por captar incidentes y alimentar esta sociedad del espectáculo, me preguntaron, el día de la huelga general, si era cierto que a los policías no les habían quitado la paga extra. Al contestarles que dicha medida había afectado a todos los cuerpos policiales, estos explicaron: “Bueno, es que como hoy vemos que estáis todos trabajando”. Algunos Alcaldes, en busca de simpatizantes y votos, han contribuido a hacer creer a la opinión pública que el policía puede decidir hacer o no hacer, ir o no ir a trabajar, desoyendo mandamientos judiciales u obligaciones recogidas en una Constitución que pertenece al pueblo. Si la incultura democrática se une a la mala fe y a una desaforada manipulación de los poderes fácticos, el drama social se convierte en un caos de rumores, mentiras y odios que equivocan su objetivo.

Post Halloween

Post Halloween, las nueve de la mañana, el suelo mojado, el cielo gris, la ciudad desierta. Un vehículo policial entra en el polígono industrial donde el Ayuntamiento ha autorizado la apertura de un local de copas, camuflado en medio de naves industriales recubiertas de graffitis y, en festivo, cerradas a cal y canto. En una de las calles sin salida y en penumbra, unas sombras, en melé, se libran a una batalla campal entre gritos, insultos y aullidos. En el centro un guiñapo es sujetado por varias mujeres que parecen disputarse sus despojos. Todas parecen hembras imponentes, vestidas con escotes de vértigo y manifaldas que en la lucha dejan escapar sin pudor tetas y nalgas. Llevan en las manos sus zapatos de plataforma o con tacón de aguja y los utilizan con destreza para amartillar a su presa que se intenta proteger la cabeza con los brazos mientras su cuerpo zozobra, anestesiado por el alcohol que ha ingerido. Son los últimos clientes del local que han salido a debatir a la calle y a dirimir sus diferencias. Antes de que los agentes logren neutralizar a las fieras, la presencia policial sólo ha conseguido aumentar las embestidas y las amenazas de tan trasnochadora jauría humana. Son mujeres maduras, de rímel corrido, desmelenadas y embutidas en modelitos imposibles y vulgares. Bien mirado; algunas son hombres. Los delata sus bíceps, sus mandíbulas cuadradas y sus voces roncas. Todas terminan lanzando improperios mientras son enjauladas en un furgón policial después de una yerma resistencia y de un forcejeo con dientes y uñas. Mientras, el hombre ebrio, desnudo de cintura para bajo y lleno de contusiones y arañazos, se niega a ser atendido e insiste en que lo encierren en el celular para permanecer junto a sus amigas.

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