La Verdad

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Autor: sargento emilia
Respetar el trabajo ajeno
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sargento emilia | 14-08-2017 | 12:41| 0

Noticia: “Policía local, en colaboración con bomberos y servicios sanitarios, rescata a una joven que se ha precipitado a la mota del río, desde una altura de seis metros”.
– ¡Joder! ¿Qué ha pasado?
– Un tío se ha tirado al río.
– ¿Pero ha muerto?
– Parece que no.
– ¡Pues si que hay gente ahí abajo!
– Si vaya pandilla de inútiles. El médico trabajando y todos los demás mirando.
– Pues ya verás cuando le manden la factura a casa. Camiones de bomberos, ambulancias, coches patrulla e incluso motoristas. Este se va a arrepentir de haberse tirado.
– ¿Pero es qué le cobran?
– Pues claro. ¿Por que te crees que han acudido todos? Esos no están ahí por amor al arte y más con el calor que está haciendo.
– También podrían ir menos abrigados.
– La verdad es que sí. No sé por que llevan tanta ropa ¿Sabemos por qué se ha tirado?
– He creído oír que la policía le estaba buscando. Será un yonki de esos.
– A pues seguro que los policías le perseguían y se ha visto obligado a tirarse por la barandilla para poder escapar.
– Normal si han ido detrás de él. No le habrá quedado más remedio al pobre.
– Míralos y estarán tan orgullosos de lo que han hecho. Ahora la familia tendría que denunciar a la policía por que no hay derecho. Si necesitan testigos aquí estoy yo.
– Eso digo yo. Eso es casi un asesinato.
– De casi nada. Al parecer dicen ahora que es una chica.
– ¿Una chica? pues con más razón. La han asustado y eso es abuso de autoridad. Esto no puede quedar así.
– Pues si que tardan en rescatarla. Mira. Parece que los bomberos la van subir con la grúa. ¡Dios mío! Cómo les gusta montar el numerito.
– Po claro. La ambulancia no puede entrar a la mota. Con las palmeras no puede meterse.
– Si que podría si quisieran. Con dificultad pero si que podría, si no estuvieran abandonadas, en toda la mota, esas montoneras de hierba que han cortado.
– Jo, es verdad. Yo si fuera la madre de la muchacha denunciaría al Ayuntamiento por no recoger la hierba.
– Eso es de la Confederación hidrográfica del Segura pero da igual. Yo creo que si no hubieran cortado la hierba a lo mejor la chica se hubiera salvado, al amortiguar la caída.
– ¿No me digas que ha fallecido?
– Pues seguro. Terminará muriendo. Ya se la podían haber llevado corriendo por las escaleras.
– Están a medio kilómetro y con mucha pendiente.
– Da igual. Si dependiera de mí ya estaría resuelto.
– ¿Qué pasa? ¿Qué miráis?
– Una chica que se ha tirado al río, perseguida por la policía.
– “¡Carmen! ¿Estás en casa? … Te llamo por que acabo de pasar cerca del río y me he encontrado con que la policía ha matado a una chica … Que sí. Seguro. Que estoy aquí. Lo he visto con mis propios ojos.”

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La japuta
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sargento emilia | 02-08-2017 | 3:35| 0

Está claro que el Gobierno ha convocado una tormenta de ideas para conseguir dañar la imagen de los independentistas catalanes y su empecinamiento en el secesionismo. Entre muchas de las medidas que se han puesto en marcha, y que van orientadas a convencer a los propios catalanes de que sus dirigentes son unos trileros, se encuentra sin duda la conmemoración de las olimpiadas de Barcelona, que tuvieron lugar en el año 1992. Los juegos se recuerdan como un acontecimiento histórico y un éxito rotundo que supuso el despegue de toda una nación, o al menos así lo han querido recordar los medios.
Pero no se hace mención a que en dicho evento participaron en la gestión, numerosos funcionarios de las diferentes Administraciones españolas, que se desplazaron a la ciudad condal, en comisión de servicio. Estos colaboraron en la organización de unos juegos que supusieron un enorme negocio. Durante meses se imbuyeron de las técnicas del 3 % y de como invertir en infraestructuras, consiguiendo que los políticos, sus técnicos y asesores se llenaran los bolsillos.
Y es que los catalanes representan la vanguardia incluso en materia de corrupción. A modo de metástasis, enseñaron el camino a muchas provincias, con vocación emprendedora. Los kits de corrupción estaban a disposición del dinero líquido: carreteras, aeropuertos, puertos deportivos, ferrocarril, depuradores, desalinizadoras, ITV, pabellones deportivos, túneles, rotondas, semáforos pero también molinos de viento ( en Italia la mayoría de esta energía limpia se encuentra en manos de la mafia).
Una de las primeras enseñanzas fue colocar en puestos de responsabilidad a tontos útiles, que cuando las cosas empezaron a ponerse feas y los poderosos ya se habían hecho millonarios, fueron sustituidos por tarados temerarios y presumidos que pudieran servir de cabeza de turco.
(Eran histriónicos, que se movían con torpeza por los fangos políticos, y que pronto despertarían el rechazo y la burla de los medios de comunicación a los que no se podían resistir).
Y es que ahora todo se juega en las redes sociales y los medios. La clave está en la seducción. El mundo necesita cariño y eso los políticos lo saben. Así que gastan su presupuesto en averiguar que quiere el ciudadano para simular dárselo, con mucho bombo y platillo. La eficacia resulta ser mas económica que el aparentar, visibilizar o manipular a la ciudadanía pero sin duda es más arriesgada. (“El trabajo bien hecho es el que no se hace”: decían hace años los policías veteranos)
Para ilustrar esta farsa les diré que mientras algunos políticos asisten a minutos de silencio en contra de la violencia de género, cuando tienen que lidiar con una mujer que opina y defiende sus propias ideas, en petit comité se suelen referir a ella como la japuta.

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Yo nunca conocí varón
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sargento emilia | 30-06-2017 | 9:50| 0

Era la hora de la siesta y la telenovela. Romualdo Alfredo y Victoria María, después de un largo y doloroso desencuentro, se habían vuelto a unir, esta vez, para siempre. Era el triunfo del amor verdadero, que desbordaba la pantalla, con besos profundos y agarres apasionados. Bello él y sexy ella, se repetían promesas de felicidad y fidelidad eterna. Cualquier palabra, que se susurraban al oído, les llenaba de un gozo que hacía destellar sus perfectas dentaduras.
Entre tanto amor y embeleso, el galán se detuvo de pronto, alejándola bruscamente de su pecho, para preguntarle con intenso dramatismo, reforzado por la música de fondo: -“¿Victoria María, después de aquella noche de hace diez años, ha habido otro hombre?”  Todo hacía presagiar la tragedia, hasta que la tensión se desvaneció, cuando ella, desconcertada y con cara de boba, le contestaba: – “¿Cómo crees? Yo nunca conocí varón, tú has sido el único”.   Entonces el mastodonte, aliviado, se abalanzaba sobre ella para besarle y reiterarle lo mucho que la quería. Había decidido que  fuera ella la madre de sus hijos. Al cabo de muchos besos y más abrazos, ella, tímidamente, pidiéndole que no se enfadara, se atrevió a preguntarle si él también le había sido fiel. Con actitud paternalista, Romualdo Alfredo se sonrió y le juró, que todas las veces que él había estado con otra mujer había sido pensando en ella. Con las hormonas revolucionadas por tanto amor y esa felicidad invasora, que te da alas y te alegra la rutina diaria, me quede pensando:-“Victoria María, que suerte que no te dejaras convencer por aquel honrado tontorrón, que quería presentarte a sus padres y ofrecerte su cariño y respeto, nunca hubieras conseguido el amor del testosterónico Romualdo Alfredo.”
En estado de levitación tuve que volver, muy a mi pesar, a la realidad. Se me hacía tarde. Había quedado para asistir a una concentración solidaria en pro de la igualdad de género y de repulsa a la violencia machista.

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I’m a ladyboy
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sargento emilia | 20-05-2017 | 3:20| 0

Sé que algunos piensan que soy una mojigata. Una niña consentida, que vive preocupada por su aspecto físico y su estilismo. En verdad cuido los detalles de mi indumentaria por que me dan seguridad. Y esa seguridad es la que  provoca asombro a mi alrededor. Diariamente me cruzo con miradas de ambos sexos que parecen querer relamer mi cuerpo, especialmente cuando llevo ropa de tipo colegiala y extensiones con lazos de colores. Es cierto que aparento tener la mitad de la edad que tengo en realidad pero les aseguro que no soy una niña. No soy la chica inocente que aparento. Tal vez ese pañuelo que tapa mi boca y que suele complementar mis estrambóticos atuendos, tenga algo de inquietante. Sin rictus, mi cara tiene la belleza de una muñeca de ojos grandes, nariz chata, piel perfecta y pelo de seda azabache.
Creerán que soy frágil y algo gótica, con ese traje de terciopelo burdeos que estiliza mi figura filiforme, pero no se engañen. He estado  trabajando, durante una década, en un ping pong show, en la ciudad de Bangkok. Allí, de madrugada, la sala de fiesta y espectáculos se llena de extranjeros que entran en el local, riéndose nerviosos, para terminar desmadrándose conforme va avanzando la noche. Muchos hombres asisten al show, acompañados de sus mujeres que se creen obligadas a reírles las gracias a unos esposos, que ya andan cachondos. En medio de tanta gimnasia vaginal, exhibida sin pudor, algunos se ponen en pie, excitados, y se echan mano al paquete mientras sueltan alguna grosería, que la gente vitorea.
Yo era la estrella del número final. Como colofón a la exhibición de vaginas y contoneos de pompis, llegaba yo con mi número de strip-tease.
Moviendo las caderas y los hombros, mientras me quitaba la ropa: todos quedaban fascinados por mi cuerpo felino. Mi piel maquillada con tonalidades oro, mis piernas interminables  y mi trasero musculado no dejaban a nadie indiferente, a pesar de que mi atractivo careciera de voluptuosidad: mis pechos eran solo pezones.
Mientras todos callaban, dejándose subyugar por esa música contorsionista y libidinosa, terminaba mi numerito de espaldas, apoyada sobre la punta de los pies, con los brazos alzados hacia el infinito y las manos atormentadas, como las de una bailarina de ballet clásico.
Cuando el público rompía a aplaudir me giraba y – ¡oh sorpresa!  – tiraba de mi tanga para dejar caer una verga descomunal, que parecía imposible de disimular.
Todos enmudecían, tardando unos minutos en reaccionar y en estallar en risotadas. Era la venganza de las señoras que habían visto como babeaban sus esposos, alucinados por mi anatomía.
Una de esas noches de farra, conocí al señor Merkel, un alemán senescente, que resultó ser un famoso crítico gastronómico en su país. Llevaba varias noches viniendo al barrio de Patpong, a ver el espectáculo. A cambio de un puñado de baths, que entrego a uno de los porteros del local, consiguió conocerme.
–   “     Me he enamorado de ti. -me dijo el teutón, sin preámbulos, ni presentaciones.
–          Suele pasar –aseguré con aplomo, acostumbrada a que, una y otra vez,  se repitiera la misma escena.
–          Quiero que actúes solo para mí –insistió, con autoridad, el sibarita.
–          Ponte a la cola – le solté con orgullo y sorna.
–         ¿Te vendrías conmigo a Alemania? Te pagaré 200.000 dólares.
–          Gano más aquí   -le contesté de forma automática.
–          Si te comprometes a viajar conmigo y a permanecer a mi lado, mínimo cinco años, te entrego un millón de dólares. Es mi última oferta – insistió mi obstinado admirador -No te arrepentirás.
–          Quiero cobrar con antelación –le  advertí.
–          Hecho  –exclamó el Romeo, agarrándome por la cintura y sentándome sobre sus rodillas.”
Ahora vivo en Berlín y soy  estudiante de comunicación. Soy una alumna peculiar que algunos tachan de fricki, pero en verdad sigo siendo una ladyboy. Ejerzo de mujer frágil, presumida, superficial, educada y elegante. También soy lenguaraz y eso, tanto en sentido propio como en sentido figurado, le encanta al señor Merkel, que disfruta conmigo de su papel de pecaminoso padre adoptivo.

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Crimen perfecto
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sargento emilia | 17-05-2017 | 12:43| 0

Se había especializado  en el cuidado de ancianos y lo cierto es que todos sus pacientes le adoraban. Desde un primer momento, cuando les ofreció sus servicios, les había inspirado confianza, con esos trajes hechos a medida y esos zapatos de charol, que siempre llevaba relucientes.
Y es que su  atuendo, junto a su pelo ligeramente engominado peinado hacia atrás, le confería un aire un tanto demodé. Esa elegancia, de otra época, contribuía a despertar simpatías en el barrio y especialmente entre las personas de edad avanzada que estaban convencidas de que, repeinados y con buenos zapatos, uno podía ir a todos lados.
Hombre educado y de paciencia infinita, solía pararse en los portales para charlar con los vecinos. Estos, en ocasiones, le pedían consejos sobre los medicamentos que debían tomar o sobre las precauciones que convenía  adoptar, para conservar la salud, mientras él les escuchaba mirándolos a los ojos y fumando sus cigarrillos mentolados. Todos respetaban sus opiniones y consejos. El boca a boca le había proporcionado una clientela, que el mismo se encargaba de seleccionar.
El  ahora cuidador de ancianos había vivido en Nueva York y  allí se había formado como quiropráctico: era famoso por sus imposiciones de manos. A todos les había contado su vida de lujo y frenesí en esa ciudad tan cosmopolita, en la que se había codeado con celebridades. Guardaba recuerdos entrañables de su estancia en el país, como un concierto del mismísimo Sinatra, que, según aseguraba, le había recibido en su camerino después de su actuación. Durante su aventura americana se había interesado por la medicina china, que los inmigrantes asiáticos habían popularizados en todo el continente.
Renegando de esa vida de lujuria, con su erudito bagaje,  había regresado a España y presumía ahora de disponer de pócimas e ungüentos que había exportado desde el barrio rojo de la gran manzana, para aliviar el sufrimiento y los achaques de la vejez. Sus atenciones tenían el poder de fidelizar a los octogenarios, que diariamente, negándose a salir a la calle, le esperaban impacientes. Curiosamente la mayoría de ellos no tenía familiares directos que cuidaran de ellos.
Su principal instrumento de trabajo lo transportaba en un inquietante  estuche de piel marrón, con incrustaciones de marfil, con forma de dragón. En su interior una jeringuilla de cristal era su cómplice, para el ejercicio de su magia blanca.
Diariamente, se desplazaba a sus domicilios para proporcionar, a los ancianos, una savia amarga  que les incendiaba las venas y les disparaba el corazón y las neuronas, hasta culminar en un placer imposible de describir. El polvo blanco, inyectado en pequeños dosis, sometía la voluntad  de los abuelos  a ese seductor  ángel de la guarda, del que ya no podían prescindir. Sin ofrecer resistencia, le hacían entrega del dinero que habían ahorrado a lo largo de sus vidas, suplicando, después de horas de espera, un nuevo chute de heroína, que les conduciría a una muerte lenta y a sumar un nuevo crimen perfecto en el currículum de tan encantador psicópata.

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Sobre el autor sargento emilia
Sigo con mi "Versión Policial" en un intento por destripar una realidad urbana que el ciudadano en ocasiones apenas intuye. Con "Ficción Literaria" les hago partícipes de mis devaneos con la escritura. Más en mi blog titulado Sexo Exprés emigonzaga.blogspot.com

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