Del Commodore Vic-20 al CRM en la nube: Tierra a la vista

No está claro en qué momento tomé la decisión. Supongo que es de esas que tienes tomada de toda la vida, de todas las vidas, o tal vez esas que son ellas las que te toman a ti y te das cuenta en el momento en el que crees que eres tú el que manda en tus cosas. Otro atrevimiento de los muchos que tiene la especie humana. Con uno de mis buenos amigos discutía casi siempre la misma cosa: si hubiéramos nacido en el siglo XV seriamos navegantes o descubridores, como nacimos en el XX no queda otra que ser empresario. Tampoco se bien cómo empezó la cosa de la informática que nos ha llevado hoy a Sensei; en 1981 había pocos bytes sueltos, lo que sí había eran mucho trabajo en el campo y muchos frutos que recoger. Las primeras pesetas que conseguí ganar sumando cajas de albaricoques recolectadas las malgasté -decía mi madre- en dos cosas: una cámara de fotos Nera 300 y un Commodore Vic-20.

La primera "máquina" de Sensei TiLa cámara tenía uno de aquellos fotómetros de aguja que te indicaban un valor y tú tenías que conseguirlo ajustando la exposición y la velocidad si querías que saliera bien de luz. El Vic-20 era más espectacular, venía con 5KB de RAM pero como necesitaba 1,5KB para el sistema sólo dejaba 3,5KB para el usuario, (3583 bytes exactamente)  con eso y una cassette para grabar y cargar datos intentábamos programar un código que permitiera mantener el saldo de una cuenta grabando entradas y salidas, una salvajada que funcionaba. Se tardaba tres veces más que hacerlo a mano, pero no había que sumar y restar, lo hacía cuasi milagrosamente una máquina. Ahora, un móvil malo es 5 o 6 millones de veces mayor en capacidad que aquella máquina milagrosa, pero no sé si hacemos 5 o 6 millones de veces más cosas con él. La escasez siempre fue buena para la inventiva y lo aburrido de la abundancia es inversamente proporcional a la genialidad, al menos, eso creo.

Entre 1983 y 1987 empezamos a sustituir sistemas de contabilidad manual de fichas por los primeros PET de Commodore con unas aplicaciones donde todo era verde en pantallas monocromáticas y registros que se guardaban en discos flexibles o duros de 5 o 10 MB y no fue hasta 1990 cuando una interface gráfica de usuario (GUI) de Microsoft asombró al mundo con la primera versión de Windows 3.0 y todos cambiamos la forma de relacionarnos con las máquinas. Desde ahí hasta hoy, un pis pas de tiempos transitados, de avances tecnológicos, de corre que te pillo y  más de lo mismo o de lo mismo pero más veces.

 

Presentación  en 1994 de lo que ahora se llaman ERP y CRMSiempre creo que lo que recorrimos en los 80 y primeros de los 90 no lo recorreremos por viejos que nos marchemos de aquí y cuando pienso en el precio, me quedo anclado en el esfuerzo. Cuánto esfuerzo para conseguir cada cosa, nadie a quien acudir, nadie a quien preguntar, ningún Google en ningún internet, -porque hubo un tiempo en que no existía internet- todo basado en la prueba error de las cosas, de las causas, de los efectos, y me reconforta siempre la experiencia del solitario solidario que tan bien describe Antonio Gala y ahora  recorro la misma universidad a la que nunca pude llegar, la que nunca fui capaz de entender cuando me lo explicaban y que cuando lo intenté a los cuarenta cumplidos, no conseguí ni el mínimo cinco raspado para la asignatura de contabilidad, la misma que hoy se imparte para los master de postgrado con los ERP y CRM creados por nosotros, mientras envueltos entre papel pijama con el que nos tapábamos noches y madrugadas en el viejo sofá de nuestra primera oficina, se recorrían bytes y líneas de código punteando una a una hasta cuadrar la caja de la pizza que siempre nos parecía descuadrada.

Daría lo que he aprendido por poder contribuir un poco a que a otros no tengan que padecer tanto esfuerzo, tantas veces inútil, para llegar tarde a donde nunca pasa casi nada. Lo que pasa por nosotros, lo que nos recorre, es lo único que verdaderamente hemos recorrido. Hace unos meses se cumplieron treinta años de la apertura de la primera persiana, hacían falta cuatro manos para levantarla, las de hoy son automáticas, casi te acercas y están abriéndose solas, como si mandaran ellas,  sin embargo una vez que traspasas la puerta es la misma incertidumbre la que te inunda, la que preside el ritual y provoca el mismo hormigueo en tus piernas cargado de dudas en tus entrañas, como cuando el navegante percibe a lo lejos sobre el horizonte torretas de nubes y aun a riesgo de equivocarse grita seguro ¡tierra a la vista!, porque sabe que lo que veremos es el resultado de lo que deseamos ver y en el empeño de conseguirlo se afianzan los días, los meses y los años, como si el tiempo fuera la excusa.

La oficina y el Call Center de Sensei Ti en pleno funcionamiento en 1992

 

 

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