La Verdad

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IN(MADURO)
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Antonio Arco | 24-05-2017 | 13:28| 0

21 de mayo de 2017

El PP, cegado, se cree indestructible, a lo que le ayuda ver jugar a Podemos a las mociones de censura, y al PSOE partido en tres

Pepe H / Nacho Rodríguez

Pepe H / Nacho Rodríguez

Vaya, un tipo o algo así como Nicolás Maduro se permite decirle, casi ordenarle, a este rey nuestro de aquí, Felipe de Borbón, que «ponga orden en el racismo y el fascismo» de la derecha española. ¡Que vuelva su padre de Botsuana o de donde se encuentre! El de Felipe, no el de Maduro, para que le diga al nada venezolano ilustre que se calle y, de paso, que se vaya a casita antes de que deje convertido en tierra quemada, abrasados uno tras otro los principios democráticos y de respeto absoluto a los Derechos Humanos, el país de Rómulo Gallegos y su ‘Doña Bárbara’, que es precisamente una novela crítica contra los comportamientos dictatoriales y el atraso al que conducen al pueblo, que somos también usted y yo, a no ser que usted sea Amancio Ortega o Ana Patricia Botín, los despropósitos del poder mal entendido y todavía peor practicado. No vas bien por ahí, Maduro, porque uno de los logros que todavía hoy España puede exhibir con orgullo, como país democrático, y por encima de las potencias francesa e incluso alemana, es que la extrema derecha no es aquí un problema; ni puede decirse, porque sería injusto, que Presidente/Rajoy, con su «mañana será otro día» como filosofía de porrón y de cabecera, y esa nada elogiable actitud suya de ‘halcón maltés’ ante la corrupción que campea a sus anchas en demasiados puntos negros de su partido, tenga en su corazoncito y en su pensamiento político hueco dispuesto para el extremismo violento.
Lo que tampoco tiene Presidente/Rajoy, eso también es verdad, es a mucha gente de sobra ocupando cargos que se aproximen, ni de lejos, ni de coña, al talento de Dashiell Hammett o de John Huston, algo que queda claro con un simple vistazo que echemos a sus obras, que son por las que los conoceréis.
Volviendo a Maduro, nada que objetar, a su simpleza manifiesta, y además dañina, si se dedicase a gobernar a su gusto pedestre su casa particular, o a labrar los campos, o a la doma de caballos, o a bailar la conga o a coleccionar fotos de Carlos de Inglaterra, cuya madre se ha empeñado en hacerle la puñeta hasta que el cuerpo aguante, e incluso después también. Maduro es otro sujeto más de los que aprender a no darles rienda suelta, pero no aprendemos: qué cruz y qué plaga y qué proliferación tan nefasta de individuos nocivos para la salud mental y del cuerpo, que por cierto tiene que estar bien alimentando y no padeciendo una economía en ruinas.
Maduro, a quien se le posó una mariposa y dijo reconocer en ella el «espíritu inmortal de Chávez», ha vociferado una frivolidad tan grande que provoca escalofríos y vergüenza: «Somos [los chavistas] los nuevos judíos del siglo XXI, que persiguió Hitler». Alejandro Sanz ha proclamado a los cuatro vientos que Maduro es «un cobarde» y que tiene «las manos manchadas de sangre», pero los que deberían posicionarse con firmeza frente a los abusos de este esperpento son Pablo Iglesias y los suyos, suponiendo que lo que persigan no sea ir adelgazando como alternativa seria de Gobierno frente a un PP que, con todo lujo de detalles, se ha equivocado con el ministro de Justicia, llamémosle Rafael Catalá. Cuesta entender cómo no aprenden de los votos que les está restando esa avaricia cutre que surge en forma de lava delictiva, con nombres y apellidos que todos sabemos, del interior de un volcán que un día podría desbocarse. Y en esto no valen disimulos, darse algunos golpes de pecho y hacerse las víctimas de una conspiración de cuatreros. Lo que urge es una regeneración real, que empieza por no obstaculizar la labor de la Justicia y por dotarla de medios suficientes. Recuerda la joven poeta murciana Noelia Illán en unos versos que «nunca te bañaras dos veces / en el mismo río. / No sucede lo mismo / con los errores».
Pero el PP, cegado, se cree indestructible, a lo que le ayuda mucho ver jugar a Podemos a las mociones de censura, y al PSOE en horas bajas, partido en tres, porque lejos de haberse unido para ayudar a la gente a vivir mejor y poder hacer frente con más ánimo a las tres heridas a las que cantó Miguel Hernández –la del amor, la de la muerte, la de la vida–, se ha echado en manos de tres candidatos nada del otro jueves que, quitando a Patxi López, que ya tiene pocas ganas de gresca, la otra y el otro van a terminar retándose a un duelo al amanecer, en plan Miyamoto Musashi y Sasaki Kojiro, pero sin saber ambos japonés. Oye, o a lo mejor sí.

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¡UN 10!
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Antonio Arco | 24-05-2017 | 13:57| 0

Oriol Pla sobrecoge con una perfecta actuación en ‘Ragazzo’, el monólogo escrito y dirigido por Lali Álvarez que el viernes se representó en el Teatro Romea

 

ORIOL SEGON TORRA

ORIOL SEGON TORRA

ASÍ FUE. Obra: ‘Ragazzo’. Texto y dirección: Lali Álvarez. Intérprete: Oriol Pla. Teatro Romea de Murcia, viernes 19 de mayo de 2017. Calificación: Muy interesante.
Dicho queda: ¡Un 10! La actuación de Oriol Pla en ‘Ragazzo’ es portentosa, volverías a verlo en la misma función una y otra vez y, desde luego, sueñas con encontrártelo de nuevo en escena interpretando a grandes personajes; ¿cómo sería su Hamlet, por ejemplo? ¿Y cómo explicar su trabajo en ‘Ragazzo’, el impacto que provoca, la huella que deja? Digamos, por ejemplo, que su actuación es pura verdad, pasión sin artificio, ternura contagiosa, convicción y precisión matemática en cada gesto que convierte en sentimiento, en grito que atraviesa toda la Tierra, en homenaje a todas las víctimas de la violencia del mundo. Más cosas: esa capacidad camaleónica de Pla para cambiar de registro, ese envidiable magnetismo que querrías para ti, su fortaleza, sus notables cualidades de atleta, su voz que te habla al oído y a las vísceras, su juventud abrasadora –bueno, eso se agotará…–, un talento de muchos quilates para la interpretación, y un encomiable respeto absoluto por cada uno de los espectadores que tiene frente a sí, a los que se entrega como si, realmente, actuar fuese lo único que pudiese salvarle de la muerte.
Oriol Pla, en ‘Ragazzo’, te hipnotiza, te lleva a su terreno: te importa lo que le pasa y te duele el crimen absurdo que acaba con su vida. Lo sientes de veras. Te duele. Un éxito rotundo, un cañonazo de actuación: directo al corazón. El actor se ha puesto en manos, doblemente, de Lali Álvarez, autora del texto y directora del montaje, muy bien arropado técnicamente. La función, que pasa de una calma propia de un mar cristalino y sin oleaje, a la furia de una manada de perros rabiosos, es un evidente homenaje al joven Carlo Giuliani, muerto, el 20 de julio de 2001 en Génova, por disparos de la Policía durante una manifestación del movimiento antiglobalización, que protestaba por la reunión del G-8 en una ciudad completamente blindada. La obra, que recrea de un modo tan realista como emotivo, tanto su asesinato como la vida del joven en los días previos a su final, se construye sobre la denuncia y la indignación, pero sin renunciar a una atmósfera poética que ayuda con acierto a sobrellevar el horror que se avecina.
La escena que reconstruye la muerte del ‘ragazzo’ es, sencillamente, memorable. ¿Cómo es posible que Oriol Pla consiga hacerte ver, incluso sentir, a una nube de policías rodeándole? ¿Cómo es posible que, sin nadie más en el escenario, tengas la impresión de que estás en mitad de una estruendosa manifestación que terminará en desastre? ¿Cómo es posible, de una forma tan sencilla –iluminación y algunos redondos efectos sonoros–, recrear la carga policial que destruyó la existencia de un chaval que tan solo tenía 23 años?
Hay un momento magistral, entre otros muchos momentos magistrales, en el que, una vez tiroteado, el «ragazzo» Oriol Pla se levanta del suelo y se queda muy quieto, como una estatua. Y le cuenta al público, que no parpadea: «Dos tiros, y me caeré al suelo. Después, el «jeep» que está parado delante de nosotros y desde donde salen los tiros, quizás, porque una pistola nos apunta detrás de la ventana rota, este «jeep», digo, después pasará por encima de mi cuerpo dos veces. La primera vez me pisará la pelvis; la segunda, las piernas. Y además, después, alguien me tirará una piedra en la cabeza. El chico ha muerto, sí. Que corra la voz. ¿Por eso estamos aquí, no? Nunca tienen bastante. Nunca tenemos bastante. No quiero ninguna estatua, ¿me oís? ¿Me oís? Que corra la voz, eso sí… No me han matado por ser un ladrón o un traidor. Me han matado por ser un ‘ragazzo’. Y podrían matarme dos veces, y podría renacer dos veces, y volvería a hacer lo mismo que he hecho. Defenderme».

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“PADRE, TE QUIERO”
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Antonio Arco | 14-05-2017 | 13:07| 0

14 de mayo de 2017

A Juan Carlos Maya le concedieron en Archena, a título póstumo, el Escudo de Oro de la Villa

Pepe H / Nacho Rodríguez

Su hijo adolescente, evaporado ya su cuerpo hasta haber dejado en ella un dolor sin consuelo que le niega toda posibilidad de un último abrazo, o de arroparle mientras le da un beso impagable –el de «buenas noches, cariño»–, no pasó el Día de la Madre con ella. Qué tristeza para esa pobre mujer ya para siempre hecha fósforos húmedos, y qué tragedia tan temprana, y de eternas consecuencias, para ese pobre hijo: un adolescente de once años que, imagíneselo usted, podría ser su propio hijo – «buenas noches, cariño»–, con toda la existencia por delante para agasajarlo con felices paraísos y duros tropiezos de esos que, así es la vida cuando te dejan vivirla, te ayudan a ir macerándote como hombre. Once años tenía, hasta ahí llegó su conocimiento del mundo y su caminar de criatura por la Tierra. Once años de vida y una muerte, aterradora, que ni una hiena furiosa se la hubiese provocado con tanta crueldad. Lo asesinó su padre, era el Día de la Madre. Ella denunció que su exmarido no había regresado con él, a la hora y en la hora fijada para volver a respirar tranquila, tras disfrutar el progenitor de uno de esos días contemplados por el régimen de visitas acordado tras la separación.
La peor de las pesadillas imaginables se hizo realidad. Macabra. Marcos Javier Mirás, de 42 años de edad, confesó que había asesinado a su hijo y que había dejado su cadáver abandonado en una boscosa. De Galicia. Qué soledad tan amarga envolvió al hijo asesinado, qué mala suerte y qué mala muerte. Y qué capricho tan útil para la supervivencia de la especie, pero tan estúpido y tan peligroso para el reinado de la cordura, que cualquier imbécil redomado pueda ser padre, que cualquier idiota redomada pueda ser madre.
Mató a su hijo sin andarse con rodeos; un golpe seco, con una pala, y se acabaron los latidos y los días en los que enamorarse. El padre convertido en el peor enemigo, el padre actuando con la falta de piedad de un patíbulo. Mírenla: la madre frente al cadáver del hijo, con sus mejillas a varios grados bajo cero y sus labios inertes como la sombra de un espino blanco. El hijo amado…
También otro adolescente, en este caso murciano, se golpeó sin esperarlo con una muerte imposible de digerirse. Zarpazos así no deberían cebarse con gente tan joven, justo cuando empiezan a descubrir que la vida les ofrece un estallido de senderos en los que adentrarse para descubrir el amor, la nobleza, la amistad, la aventura, la fe, el compromiso, las nueces y la llamada del mar esperando ansioso nuestras zambullidas.
Hablo ahora de un adolescente con el que podría cruzarse hoy por las cales de Archena, y que todavía temblará recordando el modo en el que perdió a su padre: dos puñaladas certeras. Juan Carlos Maya se llama su padre asesinado, y el Hospital de Molina fue el lugar donde la tragedia dejó un temblor pavoroso que aún deambula por sus pasillos como un fantasma. El adolescente, para ser atendido de una fractura, acudió al centro hospitalario acompañado por sus padres. Amorosamente. En unos minutos, que le pesarán por siempre como toda una cordillera cuajada de peligros incomprensibles, su vida giró con la contundencia de un tornado: por intentar mediar en una reyerta para evitar que una chica fuese violentada, fue atacado por un joven cuyo impulso fatal resultó mortal. Con qué facilidad el infierno llueve sobre los inocentes. No quiero ni imaginarme cómo le darían la noticia al adolescente, ni tampoco cómo se la darían a su madre, ni tampoco quiero imaginarme cómo podrán vivir, ¡ojalá!, sin sentir odio. El viernes, en Archena, donde vivía la familia, a Juan Carlos Maya le concedieron, a título póstumo, el Escudo de Oro de la Villa.
He visto ‘Z, la ciudad perdida’, la tan bellísima como aburrida nueva película de James Gray. Encierra una escena conmovedora, en la que un padre y su hijo, sabiendo que van a morir, se dicen, serenamente, orgullosos, el uno al otro: «Padre, te quiero», «Hijo, te quiero». Le das vueltas a la cabeza, a los crímenes. Y sientes en tu interior un martilleo inquietante de dudas, desazón, temblor, rabia… Nada entiendes, mientras escuchas en tu interior ese doblar tristísimo de campanas que tampoco se habitúan a tanto horror.

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Eduardo Arroyo: «Me disgusta esta lamentable clase política que nos gobierna»
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Antonio Arco | 10-05-2017 | 13:21| 0

10 de mayo de 2017

«Un rostro de mujer: belleza, sensualidad, alegría, fortaleza…»; así explica el artista desde París su cartel para la XXIII edición de La Mar de Músicas de Cartagena

JOSÉ RAMÓN LADRA

Habla con ‘La Verdad’ rodeado de una calma de monasterio tibetano, porque posee un hilo de voz apenas perceptible que requiere de un esfuerzo de concentración de gladiador por parte del que habla y del que escucha. Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), autoridad del arte español, Premio Nacional de Artes Plásticas (1982) y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2000), devoto del boxeo, ser incendiario e hilador de un mundo propio tan interesante como reconocible, es el autor del cartel de la XXIII edición del festival La Mar de Músicas, que del 14 al 22 de julio se celebrará en Cartagena y que, en esta ocasión, ofrecerá un ‘Especial sonidos latinoamericanos’. Arroyo, un ser al que cuando se conoce es imposible olvidar, atiende al periódico con motivo, precisamente, de su autoría de la imagen con la que La Mar de Músicas, organizada por el Ayuntamiento cartagenero, llegará a partir de hoy al circuito internacional en el que ya hace años que adquirió prestigio. El cartel, un rostro de mujer, se presentó ayer en Cartagena, mientras Arroyo sigue en París, desde donde la entrevista tuvo lugar justo en la víspera de las elecciones presidenciales del pasado domingo. El artista se encuentra en esta ciudad preparando, entre otros proyectos, una gran antológica en la Fundación Maeght (en Saint Paul-de-Vence), que podrá visitarse del 1 de julio al 19 de noviembre y que estará compuesta por 150 obras. Allí solo han expuesto hasta la fecha cuatro creadores españoles: Miró, Tàpies, Chillida y Miquel Barceló.
–¿Qué no es usted?
–Ni soy pefecto, ni soy ejemplar; eso se lo aseguro. Es más, creo que me atemorizaría serlo.
Eduardo Arroyo, cuando a veces se ríe, da la impresión de que así encuentra alivio, se relaja, toma aire, combate su carácter mucho más de lobo que de cordero, y deja que su lengua y su mente descansen. Porque el autor de óleos como ‘Carmen Amaya fríe sardinas en el Waldorf Astoria’ y ‘Velázquez, mi padre’, que también es escultor y escenógrafo y está considerado uno de los principales representantes españoles del ‘pop-art’, no tiene un trato de hada madrina.
Eduardo Arroyo ha sido feliz, en ocasiones, pintando; con reconocimiento o sin él, con dinero o sin él, solo o en compañía de otros, en el París sin mar, en las proximidades del mar de Nápoles, en rincones perdidos donde la pintura salía excitada a su encuentro y él le entraba al trapo, la seducía, le mostraba su mejor cara o le montaba una bronca monumental. La pintura y él no se perdonan ni una, se divierten conquistándose, peleándose, escondiéndose, mimándose a veces, logrando belleza, emocionando; no se aburren.
–¿Le alarman las crisis?
–Personalmente, no mucho. Yo soy un viejo pintor que ha vivido situaciones muy complicadas. Estoy acostumbrado a las crisis. Lo que sí me molesta es ver a la gente pasarlo mal, ver sufrir a la gente me disgusta. Como también me disgusta esta clase política tan lamentable que nos gobierna.
–¿Usted cómo está?
–Soy artista, y un artista siempre vive situaciones complicadas y angustiosas.
–¿Qué no es conveniente?
–Como ciudadanos, relajarnos. Lo hacemos y se producen situaciones desastrosas y se cometen errores enormes. Nuestro adocenamiento es a veces bestial, y eso favorece que los sinvergüenzas se aprovechen todo lo que pueden.
–¿Es posible otro tipo de sociedad?
–Quisiera creer que sí. Recuerdo esa vieja parábola bíblica de las siete vacas gordas y las siete flacas [las segundas terminaron devorando a las primeras]. Alguna posibilidad remota puede que haya. De todos modos, en España no está todo perdido porque tenemos recursos y pertenecemos a la Unión Europea, que yo defiendo. Pese a tanta corrupción y tanto mediocre, vivimos en libertad y tenemos libertades que la mayoría de países no tienen. Y eso conviene que lo valoremos.
–¿De qué sociedad le gustaría formar parte?
–De una en la que todos fuésemos un poco más responsables, menos cínicos, menos cobardes, más enérgicos y generosos.
–¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
–No, en absoluto. Yo no quiero por nada del mundo, ni para mí ni para este país, regresar al pasado. Ese regreso al pasado me produciría una cierta angustia.
–¿Cuál es su guerra?
–Combato contra mí mismo, eso está claro. La gente que se ocupa de las mismas cosas que yo me comprenderá. Los pintores, al menos los que a mí me interesan, vivimos en una situación complicada y angustiosa en la que la batalla es continua. El juicio conmigo mismo es muy severo.
–¿Y el triunfo?
–Es que yo eso del triunfo no sé lo que es. Experiencia sí que tengo bastante, incluida una gran experiencia de fracasos, que también creo que es necesaria.
–¿Qué desea?
–Continuar hasta el final. Seguiré manteniendo una relación conflictiva con la pintura, que para mí es vida y complicación. Lo importante es que no me falten ganas de seguir peleando. Tengo miedo a un envejecimiento que no me permita, justamente, trabajar. Por lo demás, no tengo demasiados temores.
–¿Nunca está usted en paz?
–¿Paz?, ¿tranquilidad? No, eso no lo conseguiré nunca; soy una persona indudablemente inquieta, nerviosa; y tampoco eso es una cosa que me preocupe demasiado.
–¿Qué música le apasiona?
–No soy muy musical. Tengo un oído muy complicado, muy difícil, y a pesar de que he trabajado mucho en el mundo de la ópera [con el director de escena Klaus Michael Grüber, por ejemplo], tampoco soy un entendido en ópera.

Eduardo Arroyo no deja indiferente, su cultura es amplísima, su personalidad es compleja, tratarle no es un camino de rosas, experimenta siempre, no es un experto en hacer amigos, dice lo que le da la gana cuando le da la gana, y a veces provoca incendios con sus juicios; por ejemplo, con los de Antoni Tàpies, que son demoledores. Le gusta embarcarse en proyectos interesantes, como el que realizó basándose en el políptico «El Cordero Místico», de Jan van Eyck: 21 paneles en blanco y negro en papel vegetal, con dibujos reinterpretados a lápiz, que impresionaban expuestos en la Sala D del Museo del Prado, del que también escribió una guía singular titulada ‘Al pie del cañón’ (Elba).
–¿Qué no le interesa nada?
–El ambiente del arte actual. Me parece insoportable, es de una estupidez mayúscula. ¿Qué quiere que le diga? No me gusta; está lleno de frívolos, de cínicos, de funcionarios. Pues no, no quiero saber nada ni de los frívolos, ni de los cínicos, ni de los tontos.
–¿Alguna certeza?
–No, ninguna.
–¿Fe en sus semejantes?
–A pesar de los pesares, todavía creo que existen personas que merecen la pena.
–¿Dónde encuentra estímulos?
–Sigo encontrándolos en la pintura, sí.
–¿Y consuelo?
–Consuelo no encuentro ninguno en nada, a pesar de que mi madre se llama Consuelo.
–¿Qué vendría bien?
–Tener escuelas y universidades que apostasen de verdad por el saber y por la excelencia. Y apoyar la cultura. Educación y cultura son muy importantes para la vida del individuo, y no les damos en absoluto la importancia que tienen. Pero dada la situación en la que nos encontramos en España, no tengo muchas esperanza de que vaya a cambiar la situación.
–¿Qué opina de Marine Le Pen?
–Bueno, Marine Le Pen es algo casi tan malo como Podemos, o sea que… A mí ya no me sorprende nada

–¿Cómo explica su cartel para La Mar de Músicas 2017?

–No creo que necesite mucha explicación. Me gusta mucho la mar; así, en femenino: la mar. Y, por otro lado, el paisaje que a mí más me interesa es el del rostro humano. Un rostro de mujer: belleza, sensualidad, alegría, fortaleza… Y esos ojos: la importancia de saber mirar el mundo sin perder nunca la curiosidad.
–¿Podrá venir al festival?
–Lo siento, me va a ser imposible.

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NUESTROS VECINOS
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Antonio Arco | 07-05-2017 | 13:51| 0

7 de mayo de 2017

Son muchas las voces que denuncian alarmadas que un sector de la izquierda francesa está favoreciendo a Marine Le Pen

Pepe H / Nacho Rodríguez

Ha colgado Greenpeace muy bien colgado, de la simbólica Torre Eiffel –hay que ver lo encantador que resulta pasear por París cuando estás enamorado, ¡eh!, y ¡lo caro que te sale!– una no menos simbólica gran pancarta con la no menos simbólica y civilizada divisa republicana que, cimentada sobre un triángulo de palabras que los nuevos vientos políticos –totalitarios, populistas, desquiciados…– están intentando dilapidar a golpes de simplista catana ideológica, dice así orgullosa de haberse conocido: ‘Liberté, Égalité, Fraternité’. Las tres palabras –libertad, igualdad, fraternidad– no es ya solo que se las estén pasando por su tupé oxigenado el mandamás del planeta –Trump, qué pereza y qué ardor de estómago–, y los millones de estadounidenses que se han puesto por montera, ejerciendo su legítimo derecho democrático a que así sea, el cerebro de un mosquito del período Triásico, sino que son ya mucho más que demasiados los propios franceses que andan ya dispuestos a pasarse el ideario revolucionario más aclamado de la Historia por el arco del triunfo; por cierto, si lo escribimos con mayúsculas, otro gran símbolo de esa ciudad a la que Woody Allen contribuyó a que amásemos todavía más con su ‘Medianoche en París’, que incluye a esa actriz que logra quitarte las penas llamada Marion Cotillard.
Las elecciones en Francia no son un tema menor, ni ajeno, ni que con su pan con mantequilla se lo coman a la salud del más misterioso de todos los poetas geniales, Rimbaud. No, se trata del futuro que se presenta amenazador, perverso, de un gris pegajoso. De Trump ya sabemos que a sus formas oseznas hay que sumar el dato, que pone los pelos de las delicadas relaciones internacionales de punta, de que no son pocos los psiquiatras de prestigio que ya han alertado de sus problemas mentales y de personalidad infantil. Si yo fuese Justin Trudeau, no estaría muy tranquilo; esa imagen de Ivanka Trump mirando completamente embelesada, o sea embobada, al primer ministro canadiense, seguro que su esposo la lleva clavada como una estaca en su corazoncito de macho reinante.
Pero Marine Le Pen es algo más fina, y desde luego mucho más culta, y es francesa, ciudadana de un gran país del que Europa no se podría permitir, sin quedarse ya herida de muerte, prescindir. Y Marine Le Pen ha llegado muy alto, exactamente en la misma proporción en la que sus votantes han caído muy bajo. Es un peligro real, un jarro de agua helada sobre las conciencias de la gente de bien, y un insulto a la inteligencia individual y también a la colectiva, esta última con claros síntomas de pérdida del conocimiento y pulso extremadamente debilitado. Debe ser que tiene razón Raffaele Simone cuando afirma que somos totalitarios por instinto, lo que equivale a decir que la cabra tira al monte. Puede ser, como es una realidad, que las opciones de izquierda y de derecha más equilibradas estén en declive: de identidad, de seguidores y de líderes, que o bien han muerto todos o están por nacer, pero que por ahora no se les espera a tomar el té –otro enjambre más que anda revuelto: Gran Bretaña–. Ahí los tienen, la parejita de moda en Francia: Marine Le Pen y Emmanuel Macron. Dos soles en combate y un solo Palacio Elíseo.
El historiador Emmanuel Todd, empeñado en otorgarle legitimidad a la marea de abstencionistas que se anuncia, los define con pocas pero lacerantes palabras: «Marine Le Pen es la xenofobia. Emmanuel Macron es la sumisión a la banca. No puedo elegir entre ellos». Pues, nada, señor Todd, dedíquese usted hoy a verlas venir y a cantar en la ducha ‘Sur le Pont d’Avignon’, que ya llegarán incluso tiempos peores. Más fieros.
No piensa lo mismo el ministro de Exteriores alemán Sigmar Gabriel. A él le ocurre lo que a muchísimos europeos, españoles de cuerpo aquí presente incluidos, que no puede entender el muy alemán a ese sector de la izquierda francesa, encabezada por Jean-Luc Mélenchon, que como dice el muy avispado Sami Naïr, amparándose en su complacencia antisistema, lo que hacen manteniéndose al margen es «favorecer a Le Pen». Y eso es irresponsable, defiende Sigmar, porque lo que se está decidiendo es, también, «el futuro de nuestro proyecto pacífico de Europa». No, no creo que sea momento para quedarse al margen, sondeando si la nave ‘Cassini’ se ha desintegrado ya en la atmósfera gaseosa de Saturno. Los enemigos son cada vez más fuertes. ¿A qué estamos jugando?

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Rogelio López Cuenca: «Los débiles tenemos que unirnos
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Antonio Arco | 04-05-2017 | 13:37| 0

4 de mayo de 2017

Creador de prestigio y crítico con que el auge de Trump y Marine Le Pen relativice los males del neoliberalismo, imparte un taller en Mucho Más Mayo de Cartagena

FRANCIS SILVA

Sabe Rogelio López Cuenca (Nerja, 1959), artista visual de reconocida trayectoria y combatiente contra los prejuicios envenenados, los muros desalmados y las manipulaciones en tropel que, como telas de araña, nos atrapan hasta la somnolencia, la parálisis o el terror, que, en un trágico momento dado, todos podemos estar al borde de actuar como salvajes. «Nunca deberíamos olvidarlo», propone este admirador de ‘El corazón de las tinieblas’, la novela de Joseph Conrad que te ayuda a reconocer el rostro del horror: en el infierno o en tu propio interior. López Cuenca, creador de exposiciones tan interesantes como ‘Los bárbaros’, esos semejantes nuestros que tienen por placentera costumbre llenar de desolaciones calles y plazas, impartirá en Cartagena, junto a Elo Vega y programado dentro de Mucho Más Mayo, el Festival de Arte Emergente que se celebra en Cartagena del 12 al 21 de mayo, el taller formativo titulado ‘Relectura crítica de la ingeniería monumental de Cartagena’, coordinado por la también artista cartagenera Lola Nieto.
El taller, «un proyecto que me tiene ilusionado y que está abierto no solo a artistas, sino también a arquitectos, antropólogos, urbanistas, geógrafos…», cuenta López Cuenca a ‘La Verdad’, comenzará mañana y se prolongará hasta el 10 de mayo. Tal vez el artista deje huella en quienes participen en el taller, ‘Tal vez’ se titula una de sus obras –de 1992– perteneciente a los fondos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS). Una obra en la que un ojo de mujer, tal vez, mira cómo arde el mundo que un día fue nuestro hogar. O tal vez no.
–¿Se conoce bien?
–No sabría decirle, porque soy muy poco dado a observarme. No suelo analizarme mucho, no estoy pendiente de mí. Creo que tengo la suerte de moverme en otra dimensión: una dimensión en la que lo importante, lo que me interesa, es lo colectivo, lo social. Ese todo que formo con los demás es mucho más importante que yo. Tampoco sabría decirle por qué me observo tan poco.
–¿En qué piensa cuando dice ‘yo’?
–En que eso del ‘yo’ es una construcción, una convención. Al ‘yo’ se le ha dado mucha importancia, sobre todo a partir del siglo XVIII, y es cierto que en algunos aspectos hay que agradecer que así haya sucedido, pero finalmente le hemos concedido una importancia excesiva. Prefiero contemplar la existencia como un asunto colectivo, que nos concierne a todos, y que tiene su sentido, precisamente, en la colectividad.
–¿Qué propone?
–Repensar seriamente sobre esa idea obsesiva del individuo como el centro de todo lo existente, de la especie humana como lo más importante del planeta. Todas estas creencias proceden de la imposición de una ideología muy poderosa que defiende esta posición, pero es necesario repensarlas. El individualismo feroz en la sociedad contemporánea está tomando unas derivas muy peligrosas. Y esa idea de la especie humana como centro del universo hace ya aguas por todos lados.
–¿Qué tenemos todos?
–Propiedades creativas, aunque el propio sistema en el que vivimos las ha ido coartando. Aunque también es cierto que el capitalismo ha sabido ver que pueden resultar rentables, que la imaginación y la creatividad tienen un potencial que puede resultar muy productivo. Ahora mismo, a cualquier trabajador se le pide creatividad e ingenio, porque produce riqueza y son explotables.
–¿Arte para qué?
El arte es un territorio de reflexión, de experimentación, además de serlo también de entretenimiento, satisfacción y gozo. Me parece que todos esos niveles pueden convivir en la práctica artística contemporánea.
–¿Qué es un error?
–Pensar que la forma en que miramos el mundo es la única posible. Contemplamos la realidad como si estuviese dividida en compartimentos estancos, y eso no es real. La realidad no es como la televisión, donde existen de manera diferenciada los programas de humor, de noticias, de cotilleos, de debate… En la realidad todo está mezclado. Por ejemplo, el ocio y el turismo están directamente vinculados a las migraciones masivas de personas; y las violencias en las fronteras, al bienestar de determinadas clases privilegiadas. Una de las virtudes que tiene la práctica artística es, precisamente, volver a hacer visible la relación directa entre todas las realidades.
–¿Qué se desmorona?
–La pantalla en la que se proyectaba el relato de que estábamos viviendo, en los países supuestamente democráticos y civilizados, en una especie de mundo que se iba aproximando al mejor de los posibles. Casi que nos lo creíamos porque no queremos vivir con la sensación de que tenemos que estar siempre empezando de nuevo.
–¿Cómo se maneja con su propia indignación?
–Sabiendo que mi indignación, por si sola, no va a ningún sitio. También la indignación, para que sea útil, tiene que ser colectiva. Al sistema le interesa que cada uno nos indignemos por nuestra cuenta, que insultemos a los políticos mientras los vemos aparecer en televisión, y poco más. Esas indignaciones individuales son inofensivas. Al poder le interesa destruir la indignación colectiva, atomizarla.
–¿Saludable qué le resulta?
–Me cabreo, claro, pero también me divierto, ironizo y, sobre todo, como le decía, no pierdo de vista que lo importante en la vida es hacerlo todo en compañía de otros. No creo que estemos ninguno de nosotros subidos a una atalaya observando la realidad; estamos todos, de alguna manera, hundidos en ella. Lo que resulta difícil es no estar presos de determinadas inercias, porque la velocidad a la que nos vemos obligados a consumir noticias nos impide reflexionar sobre las mismas.
–Ponga un ejemplo.
–Un loco comete un atentado suicida en París, Londres o Kabul. Decimos: «¡Un loco!». Sí, un loco, pero esos atentados están relacionados con todo un contexto económico, político y social que, por supuesto, no lo justifica, pero que lo explica. Estamos acostumbrados a consumir las imágenes como si fuesen la realidad, cuando son también construcciones ideológicas.
–¿Qué ha comprobado?
–Que en situaciones de precariedad, notas que enseguida aparecen posibilidades de desarrollo de las peores potencialidades del ser humano, y surge la lucha por la migaja; pero también, al mismo tiempo, se produce el afloramiento de la conciencia de que solo se puede hacer frente a determinadas situaciones de un modo colectivo. Yo creo que sí, que en los últimos años de la llamada crisis han florecido ese tipo de iniciativas y de sentimientos, y nos hemos dado cuenta de que no es cierta esa idea que nos habían vendido de que tú en soledad, y con tus tarjetas de crédito en el bolsillo, puedes afrontar la vida. No es cierto, los amigos y la familia son más importantes que el mercado. No se trata de renunciar a las ventajas que tiene lo individual, pero sí de saber valorar la potencialidad que tiene lo colectivo. Me siento parte de los débiles de una manera indudable, y por eso defiendo que los débiles tenemos que unirnos para defendernos.
–Donald Trump, Marine Le Pen… por ahí van los tiros de feria.
–Bueno, ahí están, sí, pero tampoco vayamos a caer en la trampa de considerar que, frente a esta especie de ‘demonios’, de bufones, de caricaturas del mal, las políticas neoliberales que se han estado aplicado hasta ahora han sido positivas o no son peligrosas. No estoy rebajando la gravedad de que personajes como estos lleguen al poder, pero eso no debe servir para que nos olvidemos de todo el daño que han hecho las políticas aplicadas hasta ahora. Tenemos que ser capaces de buscar otras alternativas al capitalismo salvaje y al populismo.
–¿A qué no renuncia?
–A luchar contra todo tipo de violencia ejercida sobre el otro: homofobia, misoginia, xenofobia… Y a estar abierto a enriquecer mi mirada con las de otros, a dejarme sorprender y a dejar de creer en el diálogo. Con esa actitud voy a Cartagena.

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SUSANA, MARTA, LLUIS…
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Antonio Arco | 30-04-2017 | 14:43| 0

30 de abril de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

El fiscal Luis Bermejo, harto, le dijo al frescales de Jordi Pujol hijo que sus explicaciones «insultan a una inteligencia media»

Parece evidente que, por ahora, y después ya veremos hacia dónde nos conduce este río revuelto que nos lleva sobresaltados, nada hace presagiar que el ángel de la democracia vaya a anunciar a la ciudadanía boquiabierta, cuando no dormida o cuando no directamente jodida o en vías de ello, que llega un tiempo nuevo de verdadera regeneración democrática, un reinado de la honradez y un gobierno de los mejores, tan necesarios estos para aquello que esperamos como un maná: la resolución de los problemas, y no que hagan de la política un circo en decadencia o una exhibición de piruetas infantiles de esas que no hacen gracia ni a los propios engendradores de las criaturas. Sigue lloviendo sobre mojado en un tiempo que anda enmoheciéndose por falta de líderes con buenas ideas y empuje. Gente de bien, por favor.
Me cuenta Aitana Sánchez-Gijón, mientras la escucho embobado como si me estuviese cantando al oído para mí solo el bolero ‘Bésame mucho’, que le parece inaudito que España, «frente a tantísimas corruptelas y corrupciones brutales que vamos descubriendo día a día», siga gobernada por los mismos.
Ya, pero es que, también, enfrente tenemos lo que tenemos, y eso ayuda poco a no desfallecer en el intento de remar colectivamente hacia puertos más generosos, donde las mercancías al alcance sean la lucha contra toda injusticia, la defensa entusiasta de una libertad que se alimente de una cultura y una educación que tiendan a la excelencia, y la implicación individual en la extinción de todo peligroso desmán ideológico que favorezca cualquier florecimiento de la violencia. Soñar es gratis. La actriz lo tiene claro: «Tenemos que seguir bien alerta porque es la única manera de poder cambiar las cosas, y hay que exigirles a nuestros políticos que se dejen de luchas intestinas, de numeritos, de golpes de efecto y de autobuses, y que vayan más a lo que importa». Ay, esa chiquillada sobre ruedas de Podemos, a ver si cogen ya de una vez por los cuernos el toro de la gestión responsable e inteligente, que ya toca.
Una ‘iluminada’ que ha visto la luz, aunque ignoro si también se ha caído de una jaca, es Susana Díaz, que legítimamente aspira a salvar España, para lo cual lo primero que tendría que pasar es que se salvase el PSOE de la cuna del descrédito en la que anda meciéndose, para desconsuelo de los socialistas de bien y de quienes defienden las bondades del bipartidismo. No puede ser que solo dejemos de cuestionar las actuaciones judiciales cuando favorecen a nuestros intereses. ¡Eh, no es ir por ahí! La presidenta andaluza ha vuelto a ver conspiraciones de los jueces en contra del PSOE. En concreto, ahora, de los magistrados de la Audiencia de Sevilla, que han decidido sentar en el banquillo –caso ERE mediante– a Manuel Chaves y José Antonio Griñán, junto a otros 20 altos cargos de la Junta.
Qué nada afortunada ha estado diciendo con su voz de carantoña que «cada vez que el PP está hasta el cuello por la corrupción, sale algo de los ERE». Debería recordar estas palabras de Mariana Pineda: «Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios para comprometer a nadie».
Los jueces y los fiscales valientes de este país requieren de todo nuestro apoyo, no de nuestras sospechas partidistas. El fiscal Fernando Bermejo, contundente y hasta las narices de aguantar tanta desfachatez por parte del clan Pujol –¿recuerdan a Marta Ferrusola, ¡uff!, lamentándose de que no tenían ‘ni un duro’?–, ha pedido prisión provisional y sin fianza para el primogénito de su exhonorable padre, quien, entre otras ocurrencias de torpe de solemnidad, ocultó, según la UDEF, nada menos que 14 millones de euros desde que se le empezó a investigar.
Bermejo le dijo al frescales que las explicaciones con las que intentaba defenderse «insultan a una inteligencia media». En general, y en blanco y negro o a todo color, el nivel de la clase política española es un insulto para, incluso, cualquier inteligencia en estado incipiente de gestación. Nos faltaba, para colmo, que de nuevo se vaya a poner de moda el Tamagotchi, ahora que hasta el gran cantautor catalán Lluis Llach, transformado en un radical e ‘iluminado’ independentista que utiliza la burda intimidación contra quienes no piensan como él, nos hace añorar al hombre que cantó maravillosamente eso de «compañeros, si buscáis las primaveras libres, con vosotros quiero ir».

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¿CÓMO OLVIDARLOS?, ¿CÓMO OLVIDARNOS?
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Antonio Arco | 29-04-2017 | 15:49| 0

‘Cáscaras vacías’, la historia de seis discapacitados ejecutados por el régimen nazi, conmueve al público del Romea, donde se representó programada dentro del Festival Venagua (Arte para la inclusión)

MARCOS G PUNTO

 

ASÍ FUE. Obra: ‘Cáscaras vacías’. Texto y dirección: Magda Labarga y Laila Ripoll. Intérpretes: Natalia Abascal, Raúl Aguirre, David Blanco, Patty Bonet, Ángela Ibáñez, Jesús Vidal. Escenografía: José Luis Raymond. Iluminación: Juanjo Llorens. Vestuario: Almudena Rodríguez. Videoescena: Emilio Valenzuela. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 29 de abril de 2017. Festival Venagua (Arte para la inclusión). Calificación: Muy interesante.

Una voz anuncia nada más comenzar la representación: «‘¡Vamos a proceder a la desinfección! ¡Desvístanse, rapidito! Ropa en un lado, zapatos a otro. Vamos, vamos… ¡No se duerman, deprisa!». Dice desinfección por no anunciarles a los desgraciados a quienes se dirige que van a ser eliminados, ejecutados, exterminados. Se trata de seis hombres y mujeres, todos ellos con alguna discapacidad física o intelectual, a los que se les niega no solo el derecho a su dignidad como personas, sino incluso la posibilidad de la piedad, cero compasión. Una humanidad de fieras enloquecidas. Un horror de fondo, que causa dolor solo de imaginarlo, lo inunda todo. Ah, y otra cosa, ¿cómo dormirse viendo ‘Cáscaras vacías’? ¡Imposible! El espectáculo no es solo emocionante, no es solo necesario, no es solo inquietante y por momentos demasiado ácido, demasiado duro de contemplar desde nuestras cómodas vidas que consumen teatro desde las butacas rojas del bellísimo Teatro Romea, sino que, también, es un montaje de excelente calidad.
Les explico brevemente de lo que va: Adolf Hitler llamaba ‘cáscaras vacías’ a las personas con discapacidad, a la que despreciaba por considerarlas inútiles y, además, por costarle dinero al Estado. El programa ‘Aktion T-4’ llevó a cabo espeluznantes ensayos médicos y el asesinato de cientos de miles de estas ‘cáscaras vacías’. Pronto llegaría también el exterminio de judíos en los campos de concentración. La obra que Magda Labarga y Laila Ripoll han escrito y dirigido –¡gracias, de verdad, a ambas!–, cuenta la historia de seis discapacitados que fueron ejecutados en el castillo austríaco de Hartheim, uno de los seis establecimientos donde se realizaron estas matanzas a manos tanto de personal sanitario como militar.
Cinco de los intérpretes, excelentes en el fruto del esfuerzo que realizan y en la verdad impagable que transmiten, muestran su discapacidad real con una naturalidad que sobrecoge. Un portentoso David Blanco, el único sin minusvalías, da a vida a Roland. Nada de pena, admiración es lo que provocan. Y como el espectáculo tiene formato de cabaret, y por suerte también destila buen humor en mitad del grito de angustia y rabia que atraviesa esta historia de crímenes en masa, el personaje de Hans (Jesús Vidal), presenta así a todos sus compañeros, protagonistas de la crónica de una muerte anunciada que te mantiene en todo momento con los ojos abiertos como cráteres. Expectante(s). Sobrecogido(s). Divertido(s). Los seis personajes nos contarán sus vidas; los escuchas desde el primer momento como si fuesen miembros de tu propia familia, personas queridas. Te ganan de inmediato.
Ellos son: Lotte (Patty Bonet), «nuestra albina ciega ha llegado de la fría tierra de las Walkirias»; Roland (el ya citado David Blanco), «nuestro epiléptico, llegado desde la cuenca del Ruhr»; Heyde (Natalia Abascal), «ella es mongólica, desde Sajonia llega»; Paul (Raúl Aguirre), «casi dos metros de hombre y así de cerebro: como un guisante. Llega desde un establecimiento psiquiátrico de Brandemburgo»; Agnes (brutal interpretación de Ángela Ibáñez), «nuestra sordomuda llega desde una casa de reposo de Múnich»; y el personaje que cree ser el doctor Hans Klismann (Jesús Vidal, citado ya también), «famoso en elmundo entero».
Todos ellos bailan, cantan, narran sus vivencias y se sostienen unos a otros en el transcurso de una representación en la que tienen cabida la tristeza profunda y la sonrisa amplia, y en la que, por encima de todo, se siente una descomunal vergüenza por los actos que, ¿por qué no decirlo?, ninguno de nosotros estaríamos libres de llevar a cabo en un momento determinado. La exclusión, los prejuicios, el fanatismo… Sin duda, ‘Cáscaras vacías’ es un espectáculo –muy cuidado en la parte artística, y que se disfrutaría mucho más en un espacio más reducido que el imponente Romea– que, con toda humildad, ternura y sin aspavientos, rinde homenaje a todas aquellas personas que, de un modo u otro, sufrieron la crueldad nazi.
Hay algunos momentos estremecedores, como cuando Roland lee la siguiente carta: «Queridos padres: os escribo para despedirme porque dentro de dos días volverán los autobuses y esta vez sé que vienen a por mí. Se ve de lejos que soy una boca inútil que alimentar y que no sirvo para nada. Entiendo que no me queráis tener con vosotros en casa. Os ruego que perdonéis todos mis errores. Os llevo en el corazón. Vuestro, siempre, Roland». Todos los intérpretes/personajes, justo antes de morir, se dirigen a cada uno de los espectadores para decirles: «No me olvides». Segundos después, el silencio más aterrador. Y la total oscuridad. Y una merecida ovación. Tranquilos, nunca os olvidaremos. Espero, lo espero de veras.

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¿Cómo dicen sus señorías?
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Antonio Arco | 26-02-2017 | 19:44| 0

26 de febrero de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

(De Iñaki Urdangarin viéndolas venir en Ginebra, al ministro Catalá haciendo un flaco favor a la fe, más bien quebradiza, en la Justicia)

Bueno, pues nada, ilustres señoras y señorías mías, ‘¡ha sido un placer!’, debió pensar, e incluso decirse para sus adentros liberados, o a viva plena voz del día, el ex duque de Palma destronado por sus malas artes de exdeportista, toda vez que ha quedado claro que no practica el juego limpio, y sí la trampa de la que no se ha librado ni Zarzuela. Menudo respiro, aunque sea momentáneo, por un tiempo muerto para seguir disfrutando de la vida, o incluso ya veremos por qué pie cojo o mano firme respira el Tribunal Supremo, debió sentir el otro día Iñaki Urdangarin, allá en Mallorca, durante la visita relámpago a la Audiencia Provincial en la que tan nulos buenos ratos ha pasado, tras serle comunicado que, por ahora y en la hora, y mientras llega el momento de la verdad en la que se dicte sentencia ya definitivamente firme –de momento le han caído seis años y tres meses de cárcel–, entre las medidas cautelares que las tres magistradas que lo han condenado han decidido adoptar, no figura ni la prisión provisional eludible con una fianza de 200.000 euros, que era lo que solicitaba el fiscal Pedro Horrach para que quedase evidencia de que esto no es un juego de niños, de que lo que tuvo el marido de la Infanta Cristina no fue uno de esos malos días de ánimo que puede tener cualquiera, y de que la Justicia no está para bromas, ni para privilegios, ni para no ser ejemplarizante en momentos y circunstancias de especial riesgo de quebranto social de confianza en las instituciones.
Nada. Iñaki Urdangarin, visto y no visto, voló a Ginebra, allí en Suiza, para ver si con suerte llegaba a tiempo para la cena y, una vez pasado el no tan mal trago del todo, y hecha la digestión, como Dios y los buenos hábitos mandan, se acostaba para desconectar su cabeza de tanto mareo de pato. Urdangarin solo tendrá que comparecer cada primero de mes ante la autoridad judicial suiza, además de tener el detalle, si es tan amable de hacerlo y ello no le causa molestias de colon, de comunicar cualquier desplazamiento fuera de la Unión Europea o algún cambio de residencia que pudiese realizar; no sé, pues respirar nuevos aires o variar de vistas, que de todo se aburre uno. Lo curioso –dejémoslo ahí– es que el tribunal justifica su decisión en, por ejemplo, el hecho de que el yerno y cuñado de reyes disponga de “arraigo suficiente en España por su situación familiar, social y laboral”.
Perdonen sus señorías, ¿cómo dicen? ¿Arraigo suficiente? Pero si vive en Ginebra, país Suiza, unos quesos estupendos y un Lago de los Cuatro Cantones que da gusto verlo. ¿Se refieren con lo de ‘su situación familia’ al calor de hogar que recibe de sus parientes políticos?, ¿con lo de su ‘situación social y laboral’ aluden al hecho de que goce de un descrédito absoluto y a que se haya convertido en un nefasto ejemplo, con un pie en prisión, para la ciudadanía a la que ha estafado? Y qué me dice usted del hecho de que las magistradas hayan incluso manifestado por escrito que sus “particulares circunstancias, sobradamente conocidas, nos eximen de un pormenorizado análisis”. ¿Cómo que les eximen?, ¿a qué viene tanta prisa, tienen hora para pasar la ITV del coche, cierran el supermercado o deben intentar encontrar a Eva María, que se fue buscando el sol en la playa? No, más bien al contrario, deberían explicar mejor sus motivaciones porque nos hemos quedado a cuadros, teniendo en cuenta, sobre todo, las “particulares circunstancias” que este país lleva soportando con excesiva paciencia y un coste altísimo.
Llueve sobre mojado. Menuda semana. Por lo menos él nos dijo “ahí os quedáis, tristes de vosotros”, y se marchó lejos. Nosotros nos quedamos aquí para ver, incluso costando trabajo creerlo, cómo el ministro Rafael Catalá de Justicia hacía un flaco favor a los fiscales de este país, a la fe más bien quebradiza de los españoles en el sistema judicial, y a la independencia del poder político que se le supone a los garantes de que se cumpla la Ley y se imparta una justicia igual para todos, con sus modos despectivos, torpes e inadmisibles de dirigirse, para empezar a abrir un melón de despropósitos dialécticos que lo dejan herido en su reputación, a las dos fiscales del ‘caso Púnica’ que, en lo que respecta al presidente autonómico Pedro Antonio Sánchez, mostraron su desacuerdo con la decisión del fiscal general de que no se actuase contra él.
Otro modo de explicar Catalá esta decisión le habría beneficiado más al político popular en su legítimo afán arrollador por salir triunfante de un calvario particular que, de paso, está afectando a la imagen de la Región que lo eligió en su día para que la intentase mejorar. Un calvario anunciado y seguido por toda España. Todo, a la espera, cada vez más dolorosa, de salir airoso “como un árbol que se yergue o un manantial que empuja”, que canta María Victoria Atencia. Pronto lo sabremos.

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¡Qué grande es usted, señor Alterio!
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Antonio Arco | 28-01-2017 | 18:34| 0

LA OBRA. Título: ‘El padre’. Autor: Florian Zeller. Adaptación y dirección: José Carlos Plaza. Intérpretes: Héctor Alterio, Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes, María González. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Música: Mariano Díaz. Diseño de vestuario: Juan Sebastián Domínguez. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 28 de enero de 2017. Calificación: Muy buena.

Foto: Miguel Ángel de Arriba

El bombazo emocional en que se convierte Héctor Alterio dando vida a Andrés, enfermo de alzhéimer, en ‘El padre’, te deja literal y felizmente derrotado. No hablamos de preciosista sensiblería barata, no hablamos de viejos trucos de actor sabio y veterano para zarandearte el corazón, ni tampoco de un espectacular final operístico que seduzca por completo tus sentidos y tu laberinto emocional. Lo que logra aquí Alterio, ese ‘monstruo’, en esta obra de Florian Zeller que ha adaptado y dirigido con exquisito tacto, mesura y buen gusto José Carlos Plaza –sin duda sirviéndonos uno de sus mejores montajes, cuidado al detalle con precisión y dirigido desde una humanidad combatiente y necesaria–, va más allá de las buenas interpretaciones a las que nos tiene acostumbrados.
Lo que aquí ocurre, el milagro que aquí tiene lugar, y que dejó literalmente impactado, conmocionado en lo más profundo, al público que abarrotó el Romea, es que Alterio se echa sobre sus espaldas, a modo de corona de espinas y de verdad lacerante en carne viva y sin la menor trampa, el reto titánico de convertirse, a sus 86 años, en el portador universal de un grito de auxilio en favor de la piedad, de la compasión, del amor a los padres enfermos, a los mayores que pierden sus facultades, a todos los hombres y mujeres que se aproximan asustados y perdidos a la muerte; y lo hace logrando que los espectadores experimenten, como si de un misterioso ritual sagrado se tratase, todo el dolor, la fragilidad, la desesperación y la ternura con los que está tejida el alma humana.
Y el resultado es sobrecogedor, sin la menor caída en lo rutinario, sin ni siquiera rozar la caricatura o el fingimiento, manteniendo en todo instante viva la dignidad que todo ser humano merece –hasta el último suspiro–, y sin ocultar en absoluto la brutalidad infernal que conlleva el alzhéimer. Se retrata a quienes lo padecen y también a sus seres más cercanos, sin que ningún afectado pueda sentirse molesto. No conviene no ser delicado con el fuego y, desde luego, ‘El padre’ no cae en los riesgos de la sordidez sin poda alguna, en el efectismo extremo con el que, por ejemplo, el siempre interesante Roberto Castellucci ha retratado el deterioro degradante que con tanta frecuencia acompaña a la vejez.
Está en este montaje Alterio, al igual que todo el reparto –enhorabuena a todos, en especial a Ana Labordeta, que convence y desgarra como Ana, la hija que tendrá que bregar con todas las exigencias, sobresaltos y agotamiento que conlleva la enfermedad del padre–, arropado por las estupendas escenografía e iluminación creadas por el murciano Paco Leal, que acierta con esa especie de gran estancia diáfana y kafkiana al mismo tiempo, en cuanto a las pesadillas que en ella tendrán lugar, en la que hallarán perfecto acomodo, en un juego de viajes en el tiempo, la realidad y la ensoñación, la demencia, el olvido, la obsesión y el deseo de, a veces, salir corriendo bien lejos.
Alcanza Alterio unas cotas de verdad en escena que llegan nítidas al espectador a través de cada minúscula modulación de voz, de cada apenas perceptible movimiento de cuerpo, de cada mirada que se convierte en un libro abierto. Y con qué perfección transmite asimismo la rabia, la rebeldía, la nostalgia y el desamparo que acrecienta el hecho de la ausencia de otra hija, Elisa, cuya muerte en accidente ha olvidado. Y la espera…
Esa mirada suya, a veces de animal salvaje, perdido finalmente en una especie de jaula física y mental, de cripta laica, de caja de música envenenada, de irrespirable isla cada vez más desierta, más amenazante, te desarma del todo. Brutales los momentos en los que ya ha sido ingresado en una residencia: no resta más futuro que la espera de la muerte como liberación. Su temblor, el pavor que lo aflige, su petición entre lágrimas asombrosas de que acuda su madre a rescatarlo, su necesidad de dejar de sufrir, tanta y tan injusta indefensión…; vi entre sus gestos y su entrega admirable la sombra benéfica de algunos de los más grandes personajes dramáticos: el hundimiento emocional de Willy Loman, el carácter poderoso de James Tyrone, la caída en la locura de Lear… Pero no es solo ‘El padre’ un drama notable; también hay muchos momentos muy divertidos en este montaje por el que Pentación ha apostado con gran entusiasmo. ¡Gracias por ello!

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Sobre el autor Antonio Arco
Junto a una selección de entrevistas y críticas teatrales, el lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, los artículos de Opinión publicados los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con filósofos, poetas y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa' 2016.

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