La Verdad

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Autor: Antonio Arco
IN(MADURO)
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Antonio Arco | 21-05-2017 | 3:21| 0

21 de mayo de 2017

El PP, cegado, se cree indestructible, a lo que le ayuda ver jugar a Podemos a las mociones de censura, y al PSOE partido en tres

Pepe H / Nacho Rodríguez

Pepe H / Nacho Rodríguez

Vaya, un tipo o algo así como Nicolás Maduro se permite decirle, casi ordenarle, a este rey nuestro de aquí, Felipe de Borbón, que «ponga orden en el racismo y el fascismo» de la derecha española. ¡Que vuelva su padre de Botsuana o de donde se encuentre! El de Felipe, no el de Maduro, para que le diga al nada venezolano ilustre que se calle y, de paso, que se vaya a casita antes de que deje convertido en tierra quemada, abrasados uno tras otro los principios democráticos y de respeto absoluto a los Derechos Humanos, el país de Rómulo Gallegos y su ‘Doña Bárbara’, que es precisamente una novela crítica contra los comportamientos dictatoriales y el atraso al que conducen al pueblo, que somos también usted y yo, a no ser que usted sea Amancio Ortega o Ana Patricia Botín, los despropósitos del poder mal entendido y todavía peor practicado. No vas bien por ahí, Maduro, porque uno de los logros que todavía hoy España puede exhibir con orgullo, como país democrático, y por encima de las potencias francesa e incluso alemana, es que la extrema derecha no es aquí un problema; ni puede decirse, porque sería injusto, que Presidente/Rajoy, con su «mañana será otro día» como filosofía de porrón y de cabecera, y esa nada elogiable actitud suya de ‘halcón maltés’ ante la corrupción que campea a sus anchas en demasiados puntos negros de su partido, tenga en su corazoncito y en su pensamiento político hueco dispuesto para el extremismo violento.
Lo que tampoco tiene Presidente/Rajoy, eso también es verdad, es a mucha gente de sobra ocupando cargos que se aproximen, ni de lejos, ni de coña, al talento de Dashiell Hammett o de John Huston, algo que queda claro con un simple vistazo que echemos a sus obras, que son por las que los conoceréis.
Volviendo a Maduro, nada que objetar, a su simpleza manifiesta, y además dañina, si se dedicase a gobernar a su gusto pedestre su casa particular, o a labrar los campos, o a la doma de caballos, o a bailar la conga o a coleccionar fotos de Carlos de Inglaterra, cuya madre se ha empeñado en hacerle la puñeta hasta que el cuerpo aguante, e incluso después también. Maduro es otro sujeto más de los que aprender a no darles rienda suelta, pero no aprendemos: qué cruz y qué plaga y qué proliferación tan nefasta de individuos nocivos para la salud mental y del cuerpo, que por cierto tiene que estar bien alimentando y no padeciendo una economía en ruinas.
Maduro, a quien se le posó una mariposa y dijo reconocer en ella el «espíritu inmortal de Chávez», ha vociferado una frivolidad tan grande que provoca escalofríos y vergüenza: «Somos [los chavistas] los nuevos judíos del siglo XXI, que persiguió Hitler». Alejandro Sanz ha proclamado a los cuatro vientos que Maduro es «un cobarde» y que tiene «las manos manchadas de sangre», pero los que deberían posicionarse con firmeza frente a los abusos de este esperpento son Pablo Iglesias y los suyos, suponiendo que lo que persigan no sea ir adelgazando como alternativa seria de Gobierno frente a un PP que, con todo lujo de detalles, se ha equivocado con el ministro de Justicia, llamémosle Rafael Catalá. Cuesta entender cómo no aprenden de los votos que les está restando esa avaricia cutre que surge en forma de lava delictiva, con nombres y apellidos que todos sabemos, del interior de un volcán que un día podría desbocarse. Y en esto no valen disimulos, darse algunos golpes de pecho y hacerse las víctimas de una conspiración de cuatreros. Lo que urge es una regeneración real, que empieza por no obstaculizar la labor de la Justicia y por dotarla de medios suficientes. Recuerda la joven poeta murciana Noelia Illán en unos versos que «nunca te bañaras dos veces / en el mismo río. / No sucede lo mismo / con los errores».
Pero el PP, cegado, se cree indestructible, a lo que le ayuda mucho ver jugar a Podemos a las mociones de censura, y al PSOE en horas bajas, partido en tres, porque lejos de haberse unido para ayudar a la gente a vivir mejor y poder hacer frente con más ánimo a las tres heridas a las que cantó Miguel Hernández –la del amor, la de la muerte, la de la vida–, se ha echado en manos de tres candidatos nada del otro jueves que, quitando a Patxi López, que ya tiene pocas ganas de gresca, la otra y el otro van a terminar retándose a un duelo al amanecer, en plan Miyamoto Musashi y Sasaki Kojiro, pero sin saber ambos japonés. Oye, o a lo mejor sí.

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¡UN 10!
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Antonio Arco | 19-05-2017 | 3:46| 0

Oriol Pla sobrecoge con una perfecta actuación en ‘Ragazzo’, el monólogo escrito y dirigido por Lali Álvarez que el viernes se representó en el Teatro Romea

 

ORIOL SEGON TORRA

ORIOL SEGON TORRA

ASÍ FUE. Obra: ‘Ragazzo’. Texto y dirección: Lali Álvarez. Intérprete: Oriol Pla. Teatro Romea de Murcia, viernes 19 de mayo de 2017. Calificación: Muy interesante.
Dicho queda: ¡Un 10! La actuación de Oriol Pla en ‘Ragazzo’ es portentosa, volverías a verlo en la misma función una y otra vez y, desde luego, sueñas con encontrártelo de nuevo en escena interpretando a grandes personajes; ¿cómo sería su Hamlet, por ejemplo? ¿Y cómo explicar su trabajo en ‘Ragazzo’, el impacto que provoca, la huella que deja? Digamos, por ejemplo, que su actuación es pura verdad, pasión sin artificio, ternura contagiosa, convicción y precisión matemática en cada gesto que convierte en sentimiento, en grito que atraviesa toda la Tierra, en homenaje a todas las víctimas de la violencia del mundo. Más cosas: esa capacidad camaleónica de Pla para cambiar de registro, ese envidiable magnetismo que querrías para ti, su fortaleza, sus notables cualidades de atleta, su voz que te habla al oído y a las vísceras, su juventud abrasadora –bueno, eso se agotará…–, un talento de muchos quilates para la interpretación, y un encomiable respeto absoluto por cada uno de los espectadores que tiene frente a sí, a los que se entrega como si, realmente, actuar fuese lo único que pudiese salvarle de la muerte.
Oriol Pla, en ‘Ragazzo’, te hipnotiza, te lleva a su terreno: te importa lo que le pasa y te duele el crimen absurdo que acaba con su vida. Lo sientes de veras. Te duele. Un éxito rotundo, un cañonazo de actuación: directo al corazón. El actor se ha puesto en manos, doblemente, de Lali Álvarez, autora del texto y directora del montaje, muy bien arropado técnicamente. La función, que pasa de una calma propia de un mar cristalino y sin oleaje, a la furia de una manada de perros rabiosos, es un evidente homenaje al joven Carlo Giuliani, muerto, el 20 de julio de 2001 en Génova, por disparos de la Policía durante una manifestación del movimiento antiglobalización, que protestaba por la reunión del G-8 en una ciudad completamente blindada. La obra, que recrea de un modo tan realista como emotivo, tanto su asesinato como la vida del joven en los días previos a su final, se construye sobre la denuncia y la indignación, pero sin renunciar a una atmósfera poética que ayuda con acierto a sobrellevar el horror que se avecina.
La escena que reconstruye la muerte del ‘ragazzo’ es, sencillamente, memorable. ¿Cómo es posible que Oriol Pla consiga hacerte ver, incluso sentir, a una nube de policías rodeándole? ¿Cómo es posible que, sin nadie más en el escenario, tengas la impresión de que estás en mitad de una estruendosa manifestación que terminará en desastre? ¿Cómo es posible, de una forma tan sencilla –iluminación y algunos redondos efectos sonoros–, recrear la carga policial que destruyó la existencia de un chaval que tan solo tenía 23 años?
Hay un momento magistral, entre otros muchos momentos magistrales, en el que, una vez tiroteado, el «ragazzo» Oriol Pla se levanta del suelo y se queda muy quieto, como una estatua. Y le cuenta al público, que no parpadea: «Dos tiros, y me caeré al suelo. Después, el «jeep» que está parado delante de nosotros y desde donde salen los tiros, quizás, porque una pistola nos apunta detrás de la ventana rota, este «jeep», digo, después pasará por encima de mi cuerpo dos veces. La primera vez me pisará la pelvis; la segunda, las piernas. Y además, después, alguien me tirará una piedra en la cabeza. El chico ha muerto, sí. Que corra la voz. ¿Por eso estamos aquí, no? Nunca tienen bastante. Nunca tenemos bastante. No quiero ninguna estatua, ¿me oís? ¿Me oís? Que corra la voz, eso sí… No me han matado por ser un ladrón o un traidor. Me han matado por ser un ‘ragazzo’. Y podrían matarme dos veces, y podría renacer dos veces, y volvería a hacer lo mismo que he hecho. Defenderme».

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“PADRE, TE QUIERO”
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Antonio Arco | 14-05-2017 | 3:07| 0

14 de mayo de 2017

A Juan Carlos Maya le concedieron en Archena, a título póstumo, el Escudo de Oro de la Villa

Pepe H / Nacho Rodríguez

Su hijo adolescente, evaporado ya su cuerpo hasta haber dejado en ella un dolor sin consuelo que le niega toda posibilidad de un último abrazo, o de arroparle mientras le da un beso impagable –el de «buenas noches, cariño»–, no pasó el Día de la Madre con ella. Qué tristeza para esa pobre mujer ya para siempre hecha fósforos húmedos, y qué tragedia tan temprana, y de eternas consecuencias, para ese pobre hijo: un adolescente de once años que, imagíneselo usted, podría ser su propio hijo – «buenas noches, cariño»–, con toda la existencia por delante para agasajarlo con felices paraísos y duros tropiezos de esos que, así es la vida cuando te dejan vivirla, te ayudan a ir macerándote como hombre. Once años tenía, hasta ahí llegó su conocimiento del mundo y su caminar de criatura por la Tierra. Once años de vida y una muerte, aterradora, que ni una hiena furiosa se la hubiese provocado con tanta crueldad. Lo asesinó su padre, era el Día de la Madre. Ella denunció que su exmarido no había regresado con él, a la hora y en la hora fijada para volver a respirar tranquila, tras disfrutar el progenitor de uno de esos días contemplados por el régimen de visitas acordado tras la separación.
La peor de las pesadillas imaginables se hizo realidad. Macabra. Marcos Javier Mirás, de 42 años de edad, confesó que había asesinado a su hijo y que había dejado su cadáver abandonado en una boscosa. De Galicia. Qué soledad tan amarga envolvió al hijo asesinado, qué mala suerte y qué mala muerte. Y qué capricho tan útil para la supervivencia de la especie, pero tan estúpido y tan peligroso para el reinado de la cordura, que cualquier imbécil redomado pueda ser padre, que cualquier idiota redomada pueda ser madre.
Mató a su hijo sin andarse con rodeos; un golpe seco, con una pala, y se acabaron los latidos y los días en los que enamorarse. El padre convertido en el peor enemigo, el padre actuando con la falta de piedad de un patíbulo. Mírenla: la madre frente al cadáver del hijo, con sus mejillas a varios grados bajo cero y sus labios inertes como la sombra de un espino blanco. El hijo amado…
También otro adolescente, en este caso murciano, se golpeó sin esperarlo con una muerte imposible de digerirse. Zarpazos así no deberían cebarse con gente tan joven, justo cuando empiezan a descubrir que la vida les ofrece un estallido de senderos en los que adentrarse para descubrir el amor, la nobleza, la amistad, la aventura, la fe, el compromiso, las nueces y la llamada del mar esperando ansioso nuestras zambullidas.
Hablo ahora de un adolescente con el que podría cruzarse hoy por las cales de Archena, y que todavía temblará recordando el modo en el que perdió a su padre: dos puñaladas certeras. Juan Carlos Maya se llama su padre asesinado, y el Hospital de Molina fue el lugar donde la tragedia dejó un temblor pavoroso que aún deambula por sus pasillos como un fantasma. El adolescente, para ser atendido de una fractura, acudió al centro hospitalario acompañado por sus padres. Amorosamente. En unos minutos, que le pesarán por siempre como toda una cordillera cuajada de peligros incomprensibles, su vida giró con la contundencia de un tornado: por intentar mediar en una reyerta para evitar que una chica fuese violentada, fue atacado por un joven cuyo impulso fatal resultó mortal. Con qué facilidad el infierno llueve sobre los inocentes. No quiero ni imaginarme cómo le darían la noticia al adolescente, ni tampoco cómo se la darían a su madre, ni tampoco quiero imaginarme cómo podrán vivir, ¡ojalá!, sin sentir odio. El viernes, en Archena, donde vivía la familia, a Juan Carlos Maya le concedieron, a título póstumo, el Escudo de Oro de la Villa.
He visto ‘Z, la ciudad perdida’, la tan bellísima como aburrida nueva película de James Gray. Encierra una escena conmovedora, en la que un padre y su hijo, sabiendo que van a morir, se dicen, serenamente, orgullosos, el uno al otro: «Padre, te quiero», «Hijo, te quiero». Le das vueltas a la cabeza, a los crímenes. Y sientes en tu interior un martilleo inquietante de dudas, desazón, temblor, rabia… Nada entiendes, mientras escuchas en tu interior ese doblar tristísimo de campanas que tampoco se habitúan a tanto horror.

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Eduardo Arroyo: «Me disgusta esta lamentable clase política que nos gobierna»
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Antonio Arco | 10-05-2017 | 3:21| 0

10 de mayo de 2017

«Un rostro de mujer: belleza, sensualidad, alegría, fortaleza…»; así explica el artista desde París su cartel para la XXIII edición de La Mar de Músicas de Cartagena

JOSÉ RAMÓN LADRA

Habla con ‘La Verdad’ rodeado de una calma de monasterio tibetano, porque posee un hilo de voz apenas perceptible que requiere de un esfuerzo de concentración de gladiador por parte del que habla y del que escucha. Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), autoridad del arte español, Premio Nacional de Artes Plásticas (1982) y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2000), devoto del boxeo, ser incendiario e hilador de un mundo propio tan interesante como reconocible, es el autor del cartel de la XXIII edición del festival La Mar de Músicas, que del 14 al 22 de julio se celebrará en Cartagena y que, en esta ocasión, ofrecerá un ‘Especial sonidos latinoamericanos’. Arroyo, un ser al que cuando se conoce es imposible olvidar, atiende al periódico con motivo, precisamente, de su autoría de la imagen con la que La Mar de Músicas, organizada por el Ayuntamiento cartagenero, llegará a partir de hoy al circuito internacional en el que ya hace años que adquirió prestigio. El cartel, un rostro de mujer, se presentó ayer en Cartagena, mientras Arroyo sigue en París, desde donde la entrevista tuvo lugar justo en la víspera de las elecciones presidenciales del pasado domingo. El artista se encuentra en esta ciudad preparando, entre otros proyectos, una gran antológica en la Fundación Maeght (en Saint Paul-de-Vence), que podrá visitarse del 1 de julio al 19 de noviembre y que estará compuesta por 150 obras. Allí solo han expuesto hasta la fecha cuatro creadores españoles: Miró, Tàpies, Chillida y Miquel Barceló.
–¿Qué no es usted?
–Ni soy pefecto, ni soy ejemplar; eso se lo aseguro. Es más, creo que me atemorizaría serlo.
Eduardo Arroyo, cuando a veces se ríe, da la impresión de que así encuentra alivio, se relaja, toma aire, combate su carácter mucho más de lobo que de cordero, y deja que su lengua y su mente descansen. Porque el autor de óleos como ‘Carmen Amaya fríe sardinas en el Waldorf Astoria’ y ‘Velázquez, mi padre’, que también es escultor y escenógrafo y está considerado uno de los principales representantes españoles del ‘pop-art’, no tiene un trato de hada madrina.
Eduardo Arroyo ha sido feliz, en ocasiones, pintando; con reconocimiento o sin él, con dinero o sin él, solo o en compañía de otros, en el París sin mar, en las proximidades del mar de Nápoles, en rincones perdidos donde la pintura salía excitada a su encuentro y él le entraba al trapo, la seducía, le mostraba su mejor cara o le montaba una bronca monumental. La pintura y él no se perdonan ni una, se divierten conquistándose, peleándose, escondiéndose, mimándose a veces, logrando belleza, emocionando; no se aburren.
–¿Le alarman las crisis?
–Personalmente, no mucho. Yo soy un viejo pintor que ha vivido situaciones muy complicadas. Estoy acostumbrado a las crisis. Lo que sí me molesta es ver a la gente pasarlo mal, ver sufrir a la gente me disgusta. Como también me disgusta esta clase política tan lamentable que nos gobierna.
–¿Usted cómo está?
–Soy artista, y un artista siempre vive situaciones complicadas y angustiosas.
–¿Qué no es conveniente?
–Como ciudadanos, relajarnos. Lo hacemos y se producen situaciones desastrosas y se cometen errores enormes. Nuestro adocenamiento es a veces bestial, y eso favorece que los sinvergüenzas se aprovechen todo lo que pueden.
–¿Es posible otro tipo de sociedad?
–Quisiera creer que sí. Recuerdo esa vieja parábola bíblica de las siete vacas gordas y las siete flacas [las segundas terminaron devorando a las primeras]. Alguna posibilidad remota puede que haya. De todos modos, en España no está todo perdido porque tenemos recursos y pertenecemos a la Unión Europea, que yo defiendo. Pese a tanta corrupción y tanto mediocre, vivimos en libertad y tenemos libertades que la mayoría de países no tienen. Y eso conviene que lo valoremos.
–¿De qué sociedad le gustaría formar parte?
–De una en la que todos fuésemos un poco más responsables, menos cínicos, menos cobardes, más enérgicos y generosos.
–¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
–No, en absoluto. Yo no quiero por nada del mundo, ni para mí ni para este país, regresar al pasado. Ese regreso al pasado me produciría una cierta angustia.
–¿Cuál es su guerra?
–Combato contra mí mismo, eso está claro. La gente que se ocupa de las mismas cosas que yo me comprenderá. Los pintores, al menos los que a mí me interesan, vivimos en una situación complicada y angustiosa en la que la batalla es continua. El juicio conmigo mismo es muy severo.
–¿Y el triunfo?
–Es que yo eso del triunfo no sé lo que es. Experiencia sí que tengo bastante, incluida una gran experiencia de fracasos, que también creo que es necesaria.
–¿Qué desea?
–Continuar hasta el final. Seguiré manteniendo una relación conflictiva con la pintura, que para mí es vida y complicación. Lo importante es que no me falten ganas de seguir peleando. Tengo miedo a un envejecimiento que no me permita, justamente, trabajar. Por lo demás, no tengo demasiados temores.
–¿Nunca está usted en paz?
–¿Paz?, ¿tranquilidad? No, eso no lo conseguiré nunca; soy una persona indudablemente inquieta, nerviosa; y tampoco eso es una cosa que me preocupe demasiado.
–¿Qué música le apasiona?
–No soy muy musical. Tengo un oído muy complicado, muy difícil, y a pesar de que he trabajado mucho en el mundo de la ópera [con el director de escena Klaus Michael Grüber, por ejemplo], tampoco soy un entendido en ópera.

Eduardo Arroyo no deja indiferente, su cultura es amplísima, su personalidad es compleja, tratarle no es un camino de rosas, experimenta siempre, no es un experto en hacer amigos, dice lo que le da la gana cuando le da la gana, y a veces provoca incendios con sus juicios; por ejemplo, con los de Antoni Tàpies, que son demoledores. Le gusta embarcarse en proyectos interesantes, como el que realizó basándose en el políptico «El Cordero Místico», de Jan van Eyck: 21 paneles en blanco y negro en papel vegetal, con dibujos reinterpretados a lápiz, que impresionaban expuestos en la Sala D del Museo del Prado, del que también escribió una guía singular titulada ‘Al pie del cañón’ (Elba).
–¿Qué no le interesa nada?
–El ambiente del arte actual. Me parece insoportable, es de una estupidez mayúscula. ¿Qué quiere que le diga? No me gusta; está lleno de frívolos, de cínicos, de funcionarios. Pues no, no quiero saber nada ni de los frívolos, ni de los cínicos, ni de los tontos.
–¿Alguna certeza?
–No, ninguna.
–¿Fe en sus semejantes?
–A pesar de los pesares, todavía creo que existen personas que merecen la pena.
–¿Dónde encuentra estímulos?
–Sigo encontrándolos en la pintura, sí.
–¿Y consuelo?
–Consuelo no encuentro ninguno en nada, a pesar de que mi madre se llama Consuelo.
–¿Qué vendría bien?
–Tener escuelas y universidades que apostasen de verdad por el saber y por la excelencia. Y apoyar la cultura. Educación y cultura son muy importantes para la vida del individuo, y no les damos en absoluto la importancia que tienen. Pero dada la situación en la que nos encontramos en España, no tengo muchas esperanza de que vaya a cambiar la situación.
–¿Qué opina de Marine Le Pen?
–Bueno, Marine Le Pen es algo casi tan malo como Podemos, o sea que… A mí ya no me sorprende nada

–¿Cómo explica su cartel para La Mar de Músicas 2017?

–No creo que necesite mucha explicación. Me gusta mucho la mar; así, en femenino: la mar. Y, por otro lado, el paisaje que a mí más me interesa es el del rostro humano. Un rostro de mujer: belleza, sensualidad, alegría, fortaleza… Y esos ojos: la importancia de saber mirar el mundo sin perder nunca la curiosidad.
–¿Podrá venir al festival?
–Lo siento, me va a ser imposible.

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NUESTROS VECINOS
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Antonio Arco | 07-05-2017 | 3:51| 0

7 de mayo de 2017

Son muchas las voces que denuncian alarmadas que un sector de la izquierda francesa está favoreciendo a Marine Le Pen

Pepe H / Nacho Rodríguez

Ha colgado Greenpeace muy bien colgado, de la simbólica Torre Eiffel –hay que ver lo encantador que resulta pasear por París cuando estás enamorado, ¡eh!, y ¡lo caro que te sale!– una no menos simbólica gran pancarta con la no menos simbólica y civilizada divisa republicana que, cimentada sobre un triángulo de palabras que los nuevos vientos políticos –totalitarios, populistas, desquiciados…– están intentando dilapidar a golpes de simplista catana ideológica, dice así orgullosa de haberse conocido: ‘Liberté, Égalité, Fraternité’. Las tres palabras –libertad, igualdad, fraternidad– no es ya solo que se las estén pasando por su tupé oxigenado el mandamás del planeta –Trump, qué pereza y qué ardor de estómago–, y los millones de estadounidenses que se han puesto por montera, ejerciendo su legítimo derecho democrático a que así sea, el cerebro de un mosquito del período Triásico, sino que son ya mucho más que demasiados los propios franceses que andan ya dispuestos a pasarse el ideario revolucionario más aclamado de la Historia por el arco del triunfo; por cierto, si lo escribimos con mayúsculas, otro gran símbolo de esa ciudad a la que Woody Allen contribuyó a que amásemos todavía más con su ‘Medianoche en París’, que incluye a esa actriz que logra quitarte las penas llamada Marion Cotillard.
Las elecciones en Francia no son un tema menor, ni ajeno, ni que con su pan con mantequilla se lo coman a la salud del más misterioso de todos los poetas geniales, Rimbaud. No, se trata del futuro que se presenta amenazador, perverso, de un gris pegajoso. De Trump ya sabemos que a sus formas oseznas hay que sumar el dato, que pone los pelos de las delicadas relaciones internacionales de punta, de que no son pocos los psiquiatras de prestigio que ya han alertado de sus problemas mentales y de personalidad infantil. Si yo fuese Justin Trudeau, no estaría muy tranquilo; esa imagen de Ivanka Trump mirando completamente embelesada, o sea embobada, al primer ministro canadiense, seguro que su esposo la lleva clavada como una estaca en su corazoncito de macho reinante.
Pero Marine Le Pen es algo más fina, y desde luego mucho más culta, y es francesa, ciudadana de un gran país del que Europa no se podría permitir, sin quedarse ya herida de muerte, prescindir. Y Marine Le Pen ha llegado muy alto, exactamente en la misma proporción en la que sus votantes han caído muy bajo. Es un peligro real, un jarro de agua helada sobre las conciencias de la gente de bien, y un insulto a la inteligencia individual y también a la colectiva, esta última con claros síntomas de pérdida del conocimiento y pulso extremadamente debilitado. Debe ser que tiene razón Raffaele Simone cuando afirma que somos totalitarios por instinto, lo que equivale a decir que la cabra tira al monte. Puede ser, como es una realidad, que las opciones de izquierda y de derecha más equilibradas estén en declive: de identidad, de seguidores y de líderes, que o bien han muerto todos o están por nacer, pero que por ahora no se les espera a tomar el té –otro enjambre más que anda revuelto: Gran Bretaña–. Ahí los tienen, la parejita de moda en Francia: Marine Le Pen y Emmanuel Macron. Dos soles en combate y un solo Palacio Elíseo.
El historiador Emmanuel Todd, empeñado en otorgarle legitimidad a la marea de abstencionistas que se anuncia, los define con pocas pero lacerantes palabras: «Marine Le Pen es la xenofobia. Emmanuel Macron es la sumisión a la banca. No puedo elegir entre ellos». Pues, nada, señor Todd, dedíquese usted hoy a verlas venir y a cantar en la ducha ‘Sur le Pont d’Avignon’, que ya llegarán incluso tiempos peores. Más fieros.
No piensa lo mismo el ministro de Exteriores alemán Sigmar Gabriel. A él le ocurre lo que a muchísimos europeos, españoles de cuerpo aquí presente incluidos, que no puede entender el muy alemán a ese sector de la izquierda francesa, encabezada por Jean-Luc Mélenchon, que como dice el muy avispado Sami Naïr, amparándose en su complacencia antisistema, lo que hacen manteniéndose al margen es «favorecer a Le Pen». Y eso es irresponsable, defiende Sigmar, porque lo que se está decidiendo es, también, «el futuro de nuestro proyecto pacífico de Europa». No, no creo que sea momento para quedarse al margen, sondeando si la nave ‘Cassini’ se ha desintegrado ya en la atmósfera gaseosa de Saturno. Los enemigos son cada vez más fuertes. ¿A qué estamos jugando?

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Sobre el autor Antonio Arco
Junto a una selección de entrevistas y críticas teatrales, el lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, los artículos de Opinión publicados los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con filósofos, poetas y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa' 2016.

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