La Verdad

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Autor: aarco
¿Cómo dicen sus señorías?
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Antonio Arco | 26-02-2017 | 8:44| 0

26 de febrero de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

(De Iñaki Urdangarin viéndolas venir en Ginebra, al ministro Catalá haciendo un flaco favor a la fe, más bien quebradiza, en la Justicia)

Bueno, pues nada, ilustres señoras y señorías mías, ‘¡ha sido un placer!’, debió pensar, e incluso decirse para sus adentros liberados, o a viva plena voz del día, el ex duque de Palma destronado por sus malas artes de exdeportista, toda vez que ha quedado claro que no practica el juego limpio, y sí la trampa de la que no se ha librado ni Zarzuela. Menudo respiro, aunque sea momentáneo, por un tiempo muerto para seguir disfrutando de la vida, o incluso ya veremos por qué pie cojo o mano firme respira el Tribunal Supremo, debió sentir el otro día Iñaki Urdangarin, allá en Mallorca, durante la visita relámpago a la Audiencia Provincial en la que tan nulos buenos ratos ha pasado, tras serle comunicado que, por ahora y en la hora, y mientras llega el momento de la verdad en la que se dicte sentencia ya definitivamente firme –de momento le han caído seis años y tres meses de cárcel–, entre las medidas cautelares que las tres magistradas que lo han condenado han decidido adoptar, no figura ni la prisión provisional eludible con una fianza de 200.000 euros, que era lo que solicitaba el fiscal Pedro Horrach para que quedase evidencia de que esto no es un juego de niños, de que lo que tuvo el marido de la Infanta Cristina no fue uno de esos malos días de ánimo que puede tener cualquiera, y de que la Justicia no está para bromas, ni para privilegios, ni para no ser ejemplarizante en momentos y circunstancias de especial riesgo de quebranto social de confianza en las instituciones.
Nada. Iñaki Urdangarin, visto y no visto, voló a Ginebra, allí en Suiza, para ver si con suerte llegaba a tiempo para la cena y, una vez pasado el no tan mal trago del todo, y hecha la digestión, como Dios y los buenos hábitos mandan, se acostaba para desconectar su cabeza de tanto mareo de pato. Urdangarin solo tendrá que comparecer cada primero de mes ante la autoridad judicial suiza, además de tener el detalle, si es tan amable de hacerlo y ello no le causa molestias de colon, de comunicar cualquier desplazamiento fuera de la Unión Europea o algún cambio de residencia que pudiese realizar; no sé, pues respirar nuevos aires o variar de vistas, que de todo se aburre uno. Lo curioso –dejémoslo ahí– es que el tribunal justifica su decisión en, por ejemplo, el hecho de que el yerno y cuñado de reyes disponga de “arraigo suficiente en España por su situación familiar, social y laboral”.
Perdonen sus señorías, ¿cómo dicen? ¿Arraigo suficiente? Pero si vive en Ginebra, país Suiza, unos quesos estupendos y un Lago de los Cuatro Cantones que da gusto verlo. ¿Se refieren con lo de ‘su situación familia’ al calor de hogar que recibe de sus parientes políticos?, ¿con lo de su ‘situación social y laboral’ aluden al hecho de que goce de un descrédito absoluto y a que se haya convertido en un nefasto ejemplo, con un pie en prisión, para la ciudadanía a la que ha estafado? Y qué me dice usted del hecho de que las magistradas hayan incluso manifestado por escrito que sus “particulares circunstancias, sobradamente conocidas, nos eximen de un pormenorizado análisis”. ¿Cómo que les eximen?, ¿a qué viene tanta prisa, tienen hora para pasar la ITV del coche, cierran el supermercado o deben intentar encontrar a Eva María, que se fue buscando el sol en la playa? No, más bien al contrario, deberían explicar mejor sus motivaciones porque nos hemos quedado a cuadros, teniendo en cuenta, sobre todo, las “particulares circunstancias” que este país lleva soportando con excesiva paciencia y un coste altísimo.
Llueve sobre mojado. Menuda semana. Por lo menos él nos dijo “ahí os quedáis, tristes de vosotros”, y se marchó lejos. Nosotros nos quedamos aquí para ver, incluso costando trabajo creerlo, cómo el ministro Rafael Catalá de Justicia hacía un flaco favor a los fiscales de este país, a la fe más bien quebradiza de los españoles en el sistema judicial, y a la independencia del poder político que se le supone a los garantes de que se cumpla la Ley y se imparta una justicia igual para todos, con sus modos despectivos, torpes e inadmisibles de dirigirse, para empezar a abrir un melón de despropósitos dialécticos que lo dejan herido en su reputación, a las dos fiscales del ‘caso Púnica’ que, en lo que respecta al presidente autonómico Pedro Antonio Sánchez, mostraron su desacuerdo con la decisión del fiscal general de que no se actuase contra él.
Otro modo de explicar Catalá esta decisión le habría beneficiado más al político popular en su legítimo afán arrollador por salir triunfante de un calvario particular que, de paso, está afectando a la imagen de la Región que lo eligió en su día para que la intentase mejorar. Un calvario anunciado y seguido por toda España. Todo, a la espera, cada vez más dolorosa, de salir airoso “como un árbol que se yergue o un manantial que empuja”, que canta María Victoria Atencia. Pronto lo sabremos.

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¡Qué grande es usted, señor Alterio!
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Antonio Arco | 28-01-2017 | 7:34| 0

LA OBRA. Título: ‘El padre’. Autor: Florian Zeller. Adaptación y dirección: José Carlos Plaza. Intérpretes: Héctor Alterio, Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes, María González. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Música: Mariano Díaz. Diseño de vestuario: Juan Sebastián Domínguez. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 28 de enero de 2017. Calificación: Muy buena.

Foto: Miguel Ángel de Arriba

El bombazo emocional en que se convierte Héctor Alterio dando vida a Andrés, enfermo de alzhéimer, en ‘El padre’, te deja literal y felizmente derrotado. No hablamos de preciosista sensiblería barata, no hablamos de viejos trucos de actor sabio y veterano para zarandearte el corazón, ni tampoco de un espectacular final operístico que seduzca por completo tus sentidos y tu laberinto emocional. Lo que logra aquí Alterio, ese ‘monstruo’, en esta obra de Florian Zeller que ha adaptado y dirigido con exquisito tacto, mesura y buen gusto José Carlos Plaza –sin duda sirviéndonos uno de sus mejores montajes, cuidado al detalle con precisión y dirigido desde una humanidad combatiente y necesaria–, va más allá de las buenas interpretaciones a las que nos tiene acostumbrados.
Lo que aquí ocurre, el milagro que aquí tiene lugar, y que dejó literalmente impactado, conmocionado en lo más profundo, al público que abarrotó el Romea, es que Alterio se echa sobre sus espaldas, a modo de corona de espinas y de verdad lacerante en carne viva y sin la menor trampa, el reto titánico de convertirse, a sus 86 años, en el portador universal de un grito de auxilio en favor de la piedad, de la compasión, del amor a los padres enfermos, a los mayores que pierden sus facultades, a todos los hombres y mujeres que se aproximan asustados y perdidos a la muerte; y lo hace logrando que los espectadores experimenten, como si de un misterioso ritual sagrado se tratase, todo el dolor, la fragilidad, la desesperación y la ternura con los que está tejida el alma humana.
Y el resultado es sobrecogedor, sin la menor caída en lo rutinario, sin ni siquiera rozar la caricatura o el fingimiento, manteniendo en todo instante viva la dignidad que todo ser humano merece –hasta el último suspiro–, y sin ocultar en absoluto la brutalidad infernal que conlleva el alzhéimer. Se retrata a quienes lo padecen y también a sus seres más cercanos, sin que ningún afectado pueda sentirse molesto. No conviene no ser delicado con el fuego y, desde luego, ‘El padre’ no cae en los riesgos de la sordidez sin poda alguna, en el efectismo extremo con el que, por ejemplo, el siempre interesante Roberto Castellucci ha retratado el deterioro degradante que con tanta frecuencia acompaña a la vejez.
Está en este montaje Alterio, al igual que todo el reparto –enhorabuena a todos, en especial a Ana Labordeta, que convence y desgarra como Ana, la hija que tendrá que bregar con todas las exigencias, sobresaltos y agotamiento que conlleva la enfermedad del padre–, arropado por las estupendas escenografía e iluminación creadas por el murciano Paco Leal, que acierta con esa especie de gran estancia diáfana y kafkiana al mismo tiempo, en cuanto a las pesadillas que en ella tendrán lugar, en la que hallarán perfecto acomodo, en un juego de viajes en el tiempo, la realidad y la ensoñación, la demencia, el olvido, la obsesión y el deseo de, a veces, salir corriendo bien lejos.
Alcanza Alterio unas cotas de verdad en escena que llegan nítidas al espectador a través de cada minúscula modulación de voz, de cada apenas perceptible movimiento de cuerpo, de cada mirada que se convierte en un libro abierto. Y con qué perfección transmite asimismo la rabia, la rebeldía, la nostalgia y el desamparo que acrecienta el hecho de la ausencia de otra hija, Elisa, cuya muerte en accidente ha olvidado. Y la espera…
Esa mirada suya, a veces de animal salvaje, perdido finalmente en una especie de jaula física y mental, de cripta laica, de caja de música envenenada, de irrespirable isla cada vez más desierta, más amenazante, te desarma del todo. Brutales los momentos en los que ya ha sido ingresado en una residencia: no resta más futuro que la espera de la muerte como liberación. Su temblor, el pavor que lo aflige, su petición entre lágrimas asombrosas de que acuda su madre a rescatarlo, su necesidad de dejar de sufrir, tanta y tan injusta indefensión…; vi entre sus gestos y su entrega admirable la sombra benéfica de algunos de los más grandes personajes dramáticos: el hundimiento emocional de Willy Loman, el carácter poderoso de James Tyrone, la caída en la locura de Lear… Pero no es solo ‘El padre’ un drama notable; también hay muchos momentos muy divertidos en este montaje por el que Pentación ha apostado con gran entusiasmo. ¡Gracias por ello!

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Trillo, de nuevo
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Antonio Arco | 08-01-2017 | 4:48| 0

(¿Por qué no ha mostrado jamás compasión por los seres queridos de los muertos del Yak-42, a quienes trata con desdén?)

8 de enero de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

Un día me dijo: «Cuando voy [por Cabo de Palos] disfrazado de Spiderman en bicicleta, la gente me da ánimos, me muestra afecto y me recuerda el lema del pontificado: ¡manda huevos!». Ya no era por entonces el Federico Trillo popular y campechano de aquel inmortal ‘¡viva Honduras!’ que exclamó ante el ejército de El Salvador siendo ministro de Defensa, y con el que obligó a los soldados salvadoreños, ¡pobres!, a responder ¡viva!, antes de que el que también fue con éxito presidente del Congreso de los Diputados, ya más atinado, exclamase a continuación ¡viva El Salvador!, seguido del ¡viva!, ahora sí dicho de corazón, de los soldados, todo ello en un contexto de chiste de Jaimito en el que se descuida un pelo el coqueto Trillo y todavía estarían allí todos gritando ¡viva!. Ya no gozaba de tantas simpatías. Por entonces, reprobado con ahínco por toda la oposición por su actuación en el caso –terrible– del Yak-42, y mientras seguía defendiendo su inocencia con una vehemencia que encerraba una lluvia de lágrimas y de rabia, estaba a la espera de que la Justicia se pronunciase y confiado en que las aguas de su honor herido de muerte volverían a su cauce. Pero no fue así, aunque su partido y Presidente/Rajoy decidieron enviarlo más tarde a un envidiable exilio dorado: embajador en Gran Bretaña.

Y, ahora, cuando parecía estar hibernado el trágico, persistente, nada épico, humanamente comprensible a ratos, y más que dudosamente útil y galante férreo afán de Trillo por quitarse de encima con fruición y al galope toda responsabilidad en la tragedia abierta e imposible de olvidar del Yak- 42, el avión hecho un asco que en mayo de 2003 decidió estrellarse por su cuenta en suelo turco y acabar con la vida y la hoja de servicios de 62 militares españoles que regresaban de Afganistán, el Consejo de Estado ha vuelto a encender el fuego de la verdad responsabilizando por unanimidad a Defensa de tan vergonzoso y dramático episodio y otorgándoles, de paso, una gran victoria moral a las familias de los fallecidos.

Trillo siempre peleó por salir airoso de un episodio tan triste e injusto para las Fuerzas Armadas españolas, pero cuesta trabajo creer, por mucho que el único rostro que él muestre en público sea el de una inaceptable arrogancia y una falta de piedad que provoca pavor, que no sienta sobre sus espaldas el peso, personal y político para un hombre que siempre ha valorado el honor, el cumplimiento del deber y el servicio a la patria como tres obligaciones de su condición de buen español, de que ya en su momento la Comisión de Defensa del Congreso lo señalase para la Historia como «responsable político directo» del infierno del Yak-42, y de que por siempre millones de sus compatriotas de buena voluntad sientan vergüenza ajena por su desfachatez a la hora de enfrentarse al desgarro de tantos muertos y vidas de sus allegados violentadas para siempre.

Fueron tiempos muy duros. ¿Cómo olvidar también las desastrosas autopsias que se realizaron a los cadáveres antes de su rápido, pero esperpéntico, traslado a España, a la hora de analizar el hecho inaceptable y bochornoso de que hubo errores en la identificación de treinta de los cuerpos de los militares? Treinta cuerpos sin vida llorados, cubiertos de flores, oraciones y palabras de amor, y finalmente incinerados o sepultados, con el mayor de los mimos y el desconsuelo, por madres, padres, hermanos, mujeres, maridos, novias, novios, hijos y amigos que no eran los suyos y a los que ni siquiera habían sido presentados.
Me gustaba hablar con Trillo de Shakespeare, a cuya obra dedicó su tesis doctoral. Un día lo hicimos sobre el criminal y tirano personaje de Macbeth, que es cierto que termina inspirando, devorado por los remordimientos, cierta ternura. Me contó que su padre le enseñó a que «odiase el delito y compadeciese al delincuente». Y que añadió: «La razón juzga y el corazón compadece». ¿Por qué entonces él no ha mostrado jamás compasión por los seres queridos de los muertos, a quienes trata con desdén? ¿Por qué no ha rectificado su modo despiadado de referirse a ellos? ¿Por qué siendo un tío inteligente, y valioso en muchos aspectos, se ha olvidado del consejo de su padre y se empeña en no rectificar en nada, pensando que, una vez más, este invierno de descontento shakesperiano que lo ha cercado pasará y no habrá ya un solo muerto que ose perturbar sus sueños y su conciencia?

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Ser valiente
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Antonio Arco | 18-12-2016 | 5:01| 0

(El alhameño olímpico Antonio Peñalver declara que sufrió abusos de su entrenador cuando tenía 14 años)

18 de diciembre de 2016

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

Te piden ayuda, salen de sus tumbas todos tus fantasmas, vuelves a vivir el atropello y la humillación, te pones en la piel de otro, del que ahora está pasando por el mismo pequeño o gran infierno que tú ya conociste, y regresa la rabia, la culpa por haber permanecido callado, el profundo malestar por no haber hecho lo necesario para evitar que otros pasasen más tarde por el mismo temblor de cuerpo y afectos mal entendidos que tú. Te sientes mal, te miras al espejo, han pasado muchos años, sí, pero no has podido olvidar: los abusos, la traición de la confianza. Tú, con tan solo 14 años, frente al hombre maduro en quien confiabas, tú y tu familia confiabais. Llámalo sexo, deseo, debilidad de la carne…; llámalo confundir la autoridad con la sumisión, llámalo aprovecharte de la admiración ajena, llámalo que no te importe hacer daño, erosionar para siempre el futuro de un adolescente entre tus manos, llámalo ser un pobre hombre.
‘¿Cómo no hacerlo?’, ¿cómo nadie supo parar a tiempo?’, ‘¿cómo seguir callado?’. Se mira al espejo, solo él ante el espejo. Las heridas son internas, siguen respirando. Ha pasado mucho tiempo, ha tenido dos hijos, ha conocido en cuerpo y alma la gloria olímpica, y nunca se ha ido de su tierra, donde fue herido, donde calló, donde aprendió a convivir en un silencio espeso, extraño, con la fractura que los abusos causaron en su ingenuidad, en sus anhelos, en su modo de convivir con los afectos: ¿cómo desterrar la desconfianza, cómo volver a fiarte por igual de los otros? Hay otros que se presentan como modelos a seguir, otros que reciben el reconocimiento de la sociedad, otros que llevan doble vida, otros que no saben parar antes, a tiempo, que no ponen freno, que se creen libres de ser descubiertos.
‘¿Cómo no voy a hacerlo?’, se dijo Antonio Peñalver ahora, pasado un largo tiempo de triunfos y espinas, sabido que el silencio aviva el ímpetu de todas las violencias por perpetuarse, por alimentarse de nuevas víctimas: de abusos, de guerras, de avasallamientos económicos, la violencia política, económica, religiosa, los prejuicios, las iras, los vendidos al enemigo por venganza, los inocentes acusados en un baile de envidias y de celos, el eterno devorar del fuerte al débil; los menores acosados entre pupitres, sacristías, entre los de su propia sangre, por aquellos a los que tienden sus manos para recibir apoyo, protección, enseñanzas.
Cuesta entender los abusos. Llegó el momento. Antonio Peñalver recibió un mensaje, casi una llamada de socorro. No hay un día en el que ya estemos libres de tener que cargar con nuestra noche oscura. Llegaba desde Tenerife, donde una juez no había creído a Alberto, un joven exatleta de 19 años –Peñalver también lo fue: joven, atleta de lujo en las memorables Olimpiadas del 92– que denunciaba al entrenador de atletismo Miguel Ángel Millán por haber abusado de él cuando tenía… 13 y 14 años. Sabían que se comentaba que él pasó por lo mismo, los abusos, cuando en la década de los 80, en Alhama, fue entrenado por Millán –en libertad con cargos, investigado por un juzgado de La Laguna por un presunto delito de acoso sexual agravado– y ‘obsequiado’ con sus excesos.
Le pedían ayuda. ¿Podrías contar lo que te pasó, Antonio, y apoyar así a Eduardo para que lo crean? Otros muchos prefieren guardar silencio, por la vergüenza, por la familia, por su honor, por miedo o por si acaso así, en lo invisible, se alejan alguna vez las pesadillas. ‘¿Cómo no voy a hacerlo?’, se dijo y les dijo. ¿Cómo no parar las injusticias, los abusos? Hay que pararlos, plantar cara, ¿cómo no hacerlo?
No ha sido fácil. Han pasado muchos años. Se podría haber amparado en que esta ya no es su guerra. Podría haber seguido con su vida, sin más líos. No es agradable reconocer que han abusado de ti, y que han pasado décadas sin denunciarlo, y que has podido contribuir a que la pelota en carne viva siguiera rodando: llámalo sexo, llámalo poder, llámalo enfermedad que, en todo caso, habría que tratar. Ahora Peñalver tiene 48 años, es profesor en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM), es padre, expolítico, historia gloriosa del deporte español. Ha hablado, ha sido valiente. Su relato ante la Policía le costará haber finiquitado su apacible anonimato. Fue objeto de deseo, ahora lo será de interminables comentarios. Relató los abusos que padeció: tenía 14 años, los 14 años de un atleta de élite que siempre tuvo una mirada que escondía desamparo.
Algo extraño se le adhirió para siempre en el transcurrir de sus días, algo que jamás debió ocurrir. No más silencio. Nunca es tarde para ser valiente, colaborar, pensar en otra gente. No ha querido permitir que Eduardo quede como un mentiroso. ‘¿Cómo no iba a hacerlo?’, ¿Cómo seguir callando si «todavía hay gente que no ha sido capaz de hablar de ello, gente que se ha ido a la mierda porque, y esta es una suposición mía, no ha sido capaz de digerir esta atrocidad»? Parar a tiempo, antes de que sea tarde. Dar la cara, poder mirarte a ti mismo a los ojos.

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Llegar a fin de mes
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Antonio Arco | 11-12-2016 | 7:37| 0

11 de diciembre de 2016

(Dice el cosmólogo Fergus Simpson que la especie humana podría extinguirse en menos de 700 años)

 

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

Que en menos de 700 años justos usted y yo, sin distinción de sexo, raza o religión, vamos a ser calvos de solemnidad, calvos con todo merecimiento y calvos a los que ya nos dará igual no tener derecho a réplica, eso ya se lo dejo yo claro ahora mismo para que ninguno nos llevemos luego a engaño, señoras y señores míos, todos calvos y, por fin, libres de toda carga y completamente iguales, ¡objetivo cumplido!, ante la Ley.
Pero es que ya no solo se trata de lo que nos vaya a pasar a nosotros, que, la verdad sea dicha, tampoco es un tema tan trascendente más allá de lo irrefutable que es el hecho constatable de que cada uno tiene su corazoncito, sus buenas púas y algún que otro plan para cuando llegue la jubilación, sino de algo más grave que traspasa los límites de nuestro propio ombligo hasta convertirse en una catástrofe, o puede que no tanto, universal. Dice el cosmólogo Fergus Simpson, literalmente y sin aparente afán de amargarle a nadie las Pascuas más allá de las amarguras propias con las que ya andamos braceando cada uno, que la especie humana podría extinguirse en menos de 700 años.
Eso es, 700 años, que es un número redondo que, fíjese bien, te descuidas unas cuantas reencarnaciones, viviéndolas a lo tonto, y te lo encuentras a la vuelta de la esquina, que es el lugar más filosófico del mundo porque allí te puedes encontrar con mil sorpresas y preguntas.
Ha coincidido en el tiempo el anuncio de Simpson verdaderamente conmovedor, esperanzador y por qué no muy de calentar los consumistas motores navideños, con la noticia de alcance de que cien destacados científicos piden inversiones para evitar que un asteroide destruya la Tierra, que es justamente ese planeta que tenemos tan a mano, cada vez más azul plástico, que ya nos estamos encargando nosotros solitos de mandar al cuerno, bien es verdad que con el apoyo incontestable y obstinado de mamíferos bípedos como el así llamado sirio Bashar al-Asad, por solo poner un ejemplo sangriento e irritante de entre todos los que no tendrían cabida en tres o cuatro océanos atlánticos.
Y si esto es así, que se nos van acortando los plazos mientras al mismo tiempo disminuyen, de paso, los días de ensueño que podemos destinar a bucear entre corales y a felicitarnos por haber conseguido tener ya prácticamente la vida y sus placeres resueltos, no cabe más que alegrarse por todos aquellos a los que la última palabra dicha por el Tribunal Supremo –cuyos miembros, de nuevo sin excepción de sexo, raza o religión, no se salvarán de lo de la calvicie a la vista sí o sí, suponiendo que no la tengan ya instalada a perpetuidad sobre sus doctas cabezas– les vendrá bien a la hora de ahorrarse algún que otro gasto de los muchos que conlleva este final de mes de diciembre.
Porque el Supremo ha tenido a bien, a lo mejor porque le pillaba de camino al supermercado, o porque donde esté un buen jamón de cerdo, con perdón, ibérico, es más fácil que florezca la paz de estómago, dejar bien claro que las cestas de Navidad son un derecho adquirido del trabajador, con cuyas ilusiones infantiles y despensas familiares no se puede ir jugando al escondite.
El Supremo se ha pronunciado muy solemnemente sobre tan sensible asunto, a raíz de que solicitasen amparo unos trabajadores, muy de cesta navideña arraigada en sus adentros, que afectados por una fusión empresarial vieron cómo volaban sobre sus cabezas embutidos y turrones sin que estos terminasen aterrizando entre sus brazos. Y todo porque la empresa de la que provenían tenía la «voluntad inequívoca» de gratificar a sus empleados, mientras que la de acogida como que pasa de afianzar lazos como no sea a coste cero.
Cierto es que una cesta navideña bien surtida ayuda a llegar a final de mes, otro lugar al que cada vez le cuesta arribar ilesa a más gente corriente, pero yo prefiero, sin desmerecer para nada el valor intrínseco, incluso cultural, de un noble queso curado y unos buenos berberechos, por ejemplo, que la «voluntad inequívoca» de nuestras empresas sea la de favorecer al máximo las condiciones técnicas y humanas para que se pueda llevar a cabo de forma sostenidas en el tiempo un trabajo bien hecho, valorado con atinados criterios profesionales y remunerado justamente. Y el morcón, si acaso, pues ya veremos de dónde lo sacamos.

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Sobre el autor Antonio Arco
El lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, tanto las críticas teatrales como los artículos de Opinión publicados, los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con pensadores, escritores y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa’ 2016.

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