La Verdad

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Categoría: Entrevistas
Eduardo Arroyo: «Me disgusta esta lamentable clase política que nos gobierna»

10 de mayo de 2017

«Un rostro de mujer: belleza, sensualidad, alegría, fortaleza…»; así explica el artista desde París su cartel para la XXIII edición de La Mar de Músicas de Cartagena

JOSÉ RAMÓN LADRA

Habla con ‘La Verdad’ rodeado de una calma de monasterio tibetano, porque posee un hilo de voz apenas perceptible que requiere de un esfuerzo de concentración de gladiador por parte del que habla y del que escucha. Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), autoridad del arte español, Premio Nacional de Artes Plásticas (1982) y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2000), devoto del boxeo, ser incendiario e hilador de un mundo propio tan interesante como reconocible, es el autor del cartel de la XXIII edición del festival La Mar de Músicas, que del 14 al 22 de julio se celebrará en Cartagena y que, en esta ocasión, ofrecerá un ‘Especial sonidos latinoamericanos’. Arroyo, un ser al que cuando se conoce es imposible olvidar, atiende al periódico con motivo, precisamente, de su autoría de la imagen con la que La Mar de Músicas, organizada por el Ayuntamiento cartagenero, llegará a partir de hoy al circuito internacional en el que ya hace años que adquirió prestigio. El cartel, un rostro de mujer, se presentó ayer en Cartagena, mientras Arroyo sigue en París, desde donde la entrevista tuvo lugar justo en la víspera de las elecciones presidenciales del pasado domingo. El artista se encuentra en esta ciudad preparando, entre otros proyectos, una gran antológica en la Fundación Maeght (en Saint Paul-de-Vence), que podrá visitarse del 1 de julio al 19 de noviembre y que estará compuesta por 150 obras. Allí solo han expuesto hasta la fecha cuatro creadores españoles: Miró, Tàpies, Chillida y Miquel Barceló.
–¿Qué no es usted?
–Ni soy pefecto, ni soy ejemplar; eso se lo aseguro. Es más, creo que me atemorizaría serlo.
Eduardo Arroyo, cuando a veces se ríe, da la impresión de que así encuentra alivio, se relaja, toma aire, combate su carácter mucho más de lobo que de cordero, y deja que su lengua y su mente descansen. Porque el autor de óleos como ‘Carmen Amaya fríe sardinas en el Waldorf Astoria’ y ‘Velázquez, mi padre’, que también es escultor y escenógrafo y está considerado uno de los principales representantes españoles del ‘pop-art’, no tiene un trato de hada madrina.
Eduardo Arroyo ha sido feliz, en ocasiones, pintando; con reconocimiento o sin él, con dinero o sin él, solo o en compañía de otros, en el París sin mar, en las proximidades del mar de Nápoles, en rincones perdidos donde la pintura salía excitada a su encuentro y él le entraba al trapo, la seducía, le mostraba su mejor cara o le montaba una bronca monumental. La pintura y él no se perdonan ni una, se divierten conquistándose, peleándose, escondiéndose, mimándose a veces, logrando belleza, emocionando; no se aburren.
–¿Le alarman las crisis?
–Personalmente, no mucho. Yo soy un viejo pintor que ha vivido situaciones muy complicadas. Estoy acostumbrado a las crisis. Lo que sí me molesta es ver a la gente pasarlo mal, ver sufrir a la gente me disgusta. Como también me disgusta esta clase política tan lamentable que nos gobierna.
–¿Usted cómo está?
–Soy artista, y un artista siempre vive situaciones complicadas y angustiosas.
–¿Qué no es conveniente?
–Como ciudadanos, relajarnos. Lo hacemos y se producen situaciones desastrosas y se cometen errores enormes. Nuestro adocenamiento es a veces bestial, y eso favorece que los sinvergüenzas se aprovechen todo lo que pueden.
–¿Es posible otro tipo de sociedad?
–Quisiera creer que sí. Recuerdo esa vieja parábola bíblica de las siete vacas gordas y las siete flacas [las segundas terminaron devorando a las primeras]. Alguna posibilidad remota puede que haya. De todos modos, en España no está todo perdido porque tenemos recursos y pertenecemos a la Unión Europea, que yo defiendo. Pese a tanta corrupción y tanto mediocre, vivimos en libertad y tenemos libertades que la mayoría de países no tienen. Y eso conviene que lo valoremos.
–¿De qué sociedad le gustaría formar parte?
–De una en la que todos fuésemos un poco más responsables, menos cínicos, menos cobardes, más enérgicos y generosos.
–¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
–No, en absoluto. Yo no quiero por nada del mundo, ni para mí ni para este país, regresar al pasado. Ese regreso al pasado me produciría una cierta angustia.
–¿Cuál es su guerra?
–Combato contra mí mismo, eso está claro. La gente que se ocupa de las mismas cosas que yo me comprenderá. Los pintores, al menos los que a mí me interesan, vivimos en una situación complicada y angustiosa en la que la batalla es continua. El juicio conmigo mismo es muy severo.
–¿Y el triunfo?
–Es que yo eso del triunfo no sé lo que es. Experiencia sí que tengo bastante, incluida una gran experiencia de fracasos, que también creo que es necesaria.
–¿Qué desea?
–Continuar hasta el final. Seguiré manteniendo una relación conflictiva con la pintura, que para mí es vida y complicación. Lo importante es que no me falten ganas de seguir peleando. Tengo miedo a un envejecimiento que no me permita, justamente, trabajar. Por lo demás, no tengo demasiados temores.
–¿Nunca está usted en paz?
–¿Paz?, ¿tranquilidad? No, eso no lo conseguiré nunca; soy una persona indudablemente inquieta, nerviosa; y tampoco eso es una cosa que me preocupe demasiado.
–¿Qué música le apasiona?
–No soy muy musical. Tengo un oído muy complicado, muy difícil, y a pesar de que he trabajado mucho en el mundo de la ópera [con el director de escena Klaus Michael Grüber, por ejemplo], tampoco soy un entendido en ópera.

Eduardo Arroyo no deja indiferente, su cultura es amplísima, su personalidad es compleja, tratarle no es un camino de rosas, experimenta siempre, no es un experto en hacer amigos, dice lo que le da la gana cuando le da la gana, y a veces provoca incendios con sus juicios; por ejemplo, con los de Antoni Tàpies, que son demoledores. Le gusta embarcarse en proyectos interesantes, como el que realizó basándose en el políptico «El Cordero Místico», de Jan van Eyck: 21 paneles en blanco y negro en papel vegetal, con dibujos reinterpretados a lápiz, que impresionaban expuestos en la Sala D del Museo del Prado, del que también escribió una guía singular titulada ‘Al pie del cañón’ (Elba).
–¿Qué no le interesa nada?
–El ambiente del arte actual. Me parece insoportable, es de una estupidez mayúscula. ¿Qué quiere que le diga? No me gusta; está lleno de frívolos, de cínicos, de funcionarios. Pues no, no quiero saber nada ni de los frívolos, ni de los cínicos, ni de los tontos.
–¿Alguna certeza?
–No, ninguna.
–¿Fe en sus semejantes?
–A pesar de los pesares, todavía creo que existen personas que merecen la pena.
–¿Dónde encuentra estímulos?
–Sigo encontrándolos en la pintura, sí.
–¿Y consuelo?
–Consuelo no encuentro ninguno en nada, a pesar de que mi madre se llama Consuelo.
–¿Qué vendría bien?
–Tener escuelas y universidades que apostasen de verdad por el saber y por la excelencia. Y apoyar la cultura. Educación y cultura son muy importantes para la vida del individuo, y no les damos en absoluto la importancia que tienen. Pero dada la situación en la que nos encontramos en España, no tengo muchas esperanza de que vaya a cambiar la situación.
–¿Qué opina de Marine Le Pen?
–Bueno, Marine Le Pen es algo casi tan malo como Podemos, o sea que… A mí ya no me sorprende nada

–¿Cómo explica su cartel para La Mar de Músicas 2017?

–No creo que necesite mucha explicación. Me gusta mucho la mar; así, en femenino: la mar. Y, por otro lado, el paisaje que a mí más me interesa es el del rostro humano. Un rostro de mujer: belleza, sensualidad, alegría, fortaleza… Y esos ojos: la importancia de saber mirar el mundo sin perder nunca la curiosidad.
–¿Podrá venir al festival?
–Lo siento, me va a ser imposible.

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Rogelio López Cuenca: «Los débiles tenemos que unirnos

4 de mayo de 2017

Creador de prestigio y crítico con que el auge de Trump y Marine Le Pen relativice los males del neoliberalismo, imparte un taller en Mucho Más Mayo de Cartagena

FRANCIS SILVA

Sabe Rogelio López Cuenca (Nerja, 1959), artista visual de reconocida trayectoria y combatiente contra los prejuicios envenenados, los muros desalmados y las manipulaciones en tropel que, como telas de araña, nos atrapan hasta la somnolencia, la parálisis o el terror, que, en un trágico momento dado, todos podemos estar al borde de actuar como salvajes. «Nunca deberíamos olvidarlo», propone este admirador de ‘El corazón de las tinieblas’, la novela de Joseph Conrad que te ayuda a reconocer el rostro del horror: en el infierno o en tu propio interior. López Cuenca, creador de exposiciones tan interesantes como ‘Los bárbaros’, esos semejantes nuestros que tienen por placentera costumbre llenar de desolaciones calles y plazas, impartirá en Cartagena, junto a Elo Vega y programado dentro de Mucho Más Mayo, el Festival de Arte Emergente que se celebra en Cartagena del 12 al 21 de mayo, el taller formativo titulado ‘Relectura crítica de la ingeniería monumental de Cartagena’, coordinado por la también artista cartagenera Lola Nieto.
El taller, «un proyecto que me tiene ilusionado y que está abierto no solo a artistas, sino también a arquitectos, antropólogos, urbanistas, geógrafos…», cuenta López Cuenca a ‘La Verdad’, comenzará mañana y se prolongará hasta el 10 de mayo. Tal vez el artista deje huella en quienes participen en el taller, ‘Tal vez’ se titula una de sus obras –de 1992– perteneciente a los fondos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS). Una obra en la que un ojo de mujer, tal vez, mira cómo arde el mundo que un día fue nuestro hogar. O tal vez no.
–¿Se conoce bien?
–No sabría decirle, porque soy muy poco dado a observarme. No suelo analizarme mucho, no estoy pendiente de mí. Creo que tengo la suerte de moverme en otra dimensión: una dimensión en la que lo importante, lo que me interesa, es lo colectivo, lo social. Ese todo que formo con los demás es mucho más importante que yo. Tampoco sabría decirle por qué me observo tan poco.
–¿En qué piensa cuando dice ‘yo’?
–En que eso del ‘yo’ es una construcción, una convención. Al ‘yo’ se le ha dado mucha importancia, sobre todo a partir del siglo XVIII, y es cierto que en algunos aspectos hay que agradecer que así haya sucedido, pero finalmente le hemos concedido una importancia excesiva. Prefiero contemplar la existencia como un asunto colectivo, que nos concierne a todos, y que tiene su sentido, precisamente, en la colectividad.
–¿Qué propone?
–Repensar seriamente sobre esa idea obsesiva del individuo como el centro de todo lo existente, de la especie humana como lo más importante del planeta. Todas estas creencias proceden de la imposición de una ideología muy poderosa que defiende esta posición, pero es necesario repensarlas. El individualismo feroz en la sociedad contemporánea está tomando unas derivas muy peligrosas. Y esa idea de la especie humana como centro del universo hace ya aguas por todos lados.
–¿Qué tenemos todos?
–Propiedades creativas, aunque el propio sistema en el que vivimos las ha ido coartando. Aunque también es cierto que el capitalismo ha sabido ver que pueden resultar rentables, que la imaginación y la creatividad tienen un potencial que puede resultar muy productivo. Ahora mismo, a cualquier trabajador se le pide creatividad e ingenio, porque produce riqueza y son explotables.
–¿Arte para qué?
El arte es un territorio de reflexión, de experimentación, además de serlo también de entretenimiento, satisfacción y gozo. Me parece que todos esos niveles pueden convivir en la práctica artística contemporánea.
–¿Qué es un error?
–Pensar que la forma en que miramos el mundo es la única posible. Contemplamos la realidad como si estuviese dividida en compartimentos estancos, y eso no es real. La realidad no es como la televisión, donde existen de manera diferenciada los programas de humor, de noticias, de cotilleos, de debate… En la realidad todo está mezclado. Por ejemplo, el ocio y el turismo están directamente vinculados a las migraciones masivas de personas; y las violencias en las fronteras, al bienestar de determinadas clases privilegiadas. Una de las virtudes que tiene la práctica artística es, precisamente, volver a hacer visible la relación directa entre todas las realidades.
–¿Qué se desmorona?
–La pantalla en la que se proyectaba el relato de que estábamos viviendo, en los países supuestamente democráticos y civilizados, en una especie de mundo que se iba aproximando al mejor de los posibles. Casi que nos lo creíamos porque no queremos vivir con la sensación de que tenemos que estar siempre empezando de nuevo.
–¿Cómo se maneja con su propia indignación?
–Sabiendo que mi indignación, por si sola, no va a ningún sitio. También la indignación, para que sea útil, tiene que ser colectiva. Al sistema le interesa que cada uno nos indignemos por nuestra cuenta, que insultemos a los políticos mientras los vemos aparecer en televisión, y poco más. Esas indignaciones individuales son inofensivas. Al poder le interesa destruir la indignación colectiva, atomizarla.
–¿Saludable qué le resulta?
–Me cabreo, claro, pero también me divierto, ironizo y, sobre todo, como le decía, no pierdo de vista que lo importante en la vida es hacerlo todo en compañía de otros. No creo que estemos ninguno de nosotros subidos a una atalaya observando la realidad; estamos todos, de alguna manera, hundidos en ella. Lo que resulta difícil es no estar presos de determinadas inercias, porque la velocidad a la que nos vemos obligados a consumir noticias nos impide reflexionar sobre las mismas.
–Ponga un ejemplo.
–Un loco comete un atentado suicida en París, Londres o Kabul. Decimos: «¡Un loco!». Sí, un loco, pero esos atentados están relacionados con todo un contexto económico, político y social que, por supuesto, no lo justifica, pero que lo explica. Estamos acostumbrados a consumir las imágenes como si fuesen la realidad, cuando son también construcciones ideológicas.
–¿Qué ha comprobado?
–Que en situaciones de precariedad, notas que enseguida aparecen posibilidades de desarrollo de las peores potencialidades del ser humano, y surge la lucha por la migaja; pero también, al mismo tiempo, se produce el afloramiento de la conciencia de que solo se puede hacer frente a determinadas situaciones de un modo colectivo. Yo creo que sí, que en los últimos años de la llamada crisis han florecido ese tipo de iniciativas y de sentimientos, y nos hemos dado cuenta de que no es cierta esa idea que nos habían vendido de que tú en soledad, y con tus tarjetas de crédito en el bolsillo, puedes afrontar la vida. No es cierto, los amigos y la familia son más importantes que el mercado. No se trata de renunciar a las ventajas que tiene lo individual, pero sí de saber valorar la potencialidad que tiene lo colectivo. Me siento parte de los débiles de una manera indudable, y por eso defiendo que los débiles tenemos que unirnos para defendernos.
–Donald Trump, Marine Le Pen… por ahí van los tiros de feria.
–Bueno, ahí están, sí, pero tampoco vayamos a caer en la trampa de considerar que, frente a esta especie de ‘demonios’, de bufones, de caricaturas del mal, las políticas neoliberales que se han estado aplicado hasta ahora han sido positivas o no son peligrosas. No estoy rebajando la gravedad de que personajes como estos lleguen al poder, pero eso no debe servir para que nos olvidemos de todo el daño que han hecho las políticas aplicadas hasta ahora. Tenemos que ser capaces de buscar otras alternativas al capitalismo salvaje y al populismo.
–¿A qué no renuncia?
–A luchar contra todo tipo de violencia ejercida sobre el otro: homofobia, misoginia, xenofobia… Y a estar abierto a enriquecer mi mirada con las de otros, a dejarme sorprender y a dejar de creer en el diálogo. Con esa actitud voy a Cartagena.

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Sobre el autor Antonio Arco
Junto a una selección de entrevistas y críticas teatrales, el lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, los artículos de Opinión publicados los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con filósofos, poetas y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa' 2016.

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