La Verdad

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Categoría: Opinión
“PADRE, TE QUIERO”

14 de mayo de 2017

A Juan Carlos Maya le concedieron en Archena, a título póstumo, el Escudo de Oro de la Villa

Pepe H / Nacho Rodríguez

Su hijo adolescente, evaporado ya su cuerpo hasta haber dejado en ella un dolor sin consuelo que le niega toda posibilidad de un último abrazo, o de arroparle mientras le da un beso impagable –el de «buenas noches, cariño»–, no pasó el Día de la Madre con ella. Qué tristeza para esa pobre mujer ya para siempre hecha fósforos húmedos, y qué tragedia tan temprana, y de eternas consecuencias, para ese pobre hijo: un adolescente de once años que, imagíneselo usted, podría ser su propio hijo – «buenas noches, cariño»–, con toda la existencia por delante para agasajarlo con felices paraísos y duros tropiezos de esos que, así es la vida cuando te dejan vivirla, te ayudan a ir macerándote como hombre. Once años tenía, hasta ahí llegó su conocimiento del mundo y su caminar de criatura por la Tierra. Once años de vida y una muerte, aterradora, que ni una hiena furiosa se la hubiese provocado con tanta crueldad. Lo asesinó su padre, era el Día de la Madre. Ella denunció que su exmarido no había regresado con él, a la hora y en la hora fijada para volver a respirar tranquila, tras disfrutar el progenitor de uno de esos días contemplados por el régimen de visitas acordado tras la separación.
La peor de las pesadillas imaginables se hizo realidad. Macabra. Marcos Javier Mirás, de 42 años de edad, confesó que había asesinado a su hijo y que había dejado su cadáver abandonado en una boscosa. De Galicia. Qué soledad tan amarga envolvió al hijo asesinado, qué mala suerte y qué mala muerte. Y qué capricho tan útil para la supervivencia de la especie, pero tan estúpido y tan peligroso para el reinado de la cordura, que cualquier imbécil redomado pueda ser padre, que cualquier idiota redomada pueda ser madre.
Mató a su hijo sin andarse con rodeos; un golpe seco, con una pala, y se acabaron los latidos y los días en los que enamorarse. El padre convertido en el peor enemigo, el padre actuando con la falta de piedad de un patíbulo. Mírenla: la madre frente al cadáver del hijo, con sus mejillas a varios grados bajo cero y sus labios inertes como la sombra de un espino blanco. El hijo amado…
También otro adolescente, en este caso murciano, se golpeó sin esperarlo con una muerte imposible de digerirse. Zarpazos así no deberían cebarse con gente tan joven, justo cuando empiezan a descubrir que la vida les ofrece un estallido de senderos en los que adentrarse para descubrir el amor, la nobleza, la amistad, la aventura, la fe, el compromiso, las nueces y la llamada del mar esperando ansioso nuestras zambullidas.
Hablo ahora de un adolescente con el que podría cruzarse hoy por las cales de Archena, y que todavía temblará recordando el modo en el que perdió a su padre: dos puñaladas certeras. Juan Carlos Maya se llama su padre asesinado, y el Hospital de Molina fue el lugar donde la tragedia dejó un temblor pavoroso que aún deambula por sus pasillos como un fantasma. El adolescente, para ser atendido de una fractura, acudió al centro hospitalario acompañado por sus padres. Amorosamente. En unos minutos, que le pesarán por siempre como toda una cordillera cuajada de peligros incomprensibles, su vida giró con la contundencia de un tornado: por intentar mediar en una reyerta para evitar que una chica fuese violentada, fue atacado por un joven cuyo impulso fatal resultó mortal. Con qué facilidad el infierno llueve sobre los inocentes. No quiero ni imaginarme cómo le darían la noticia al adolescente, ni tampoco cómo se la darían a su madre, ni tampoco quiero imaginarme cómo podrán vivir, ¡ojalá!, sin sentir odio. El viernes, en Archena, donde vivía la familia, a Juan Carlos Maya le concedieron, a título póstumo, el Escudo de Oro de la Villa.
He visto ‘Z, la ciudad perdida’, la tan bellísima como aburrida nueva película de James Gray. Encierra una escena conmovedora, en la que un padre y su hijo, sabiendo que van a morir, se dicen, serenamente, orgullosos, el uno al otro: «Padre, te quiero», «Hijo, te quiero». Le das vueltas a la cabeza, a los crímenes. Y sientes en tu interior un martilleo inquietante de dudas, desazón, temblor, rabia… Nada entiendes, mientras escuchas en tu interior ese doblar tristísimo de campanas que tampoco se habitúan a tanto horror.

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NUESTROS VECINOS

7 de mayo de 2017

Son muchas las voces que denuncian alarmadas que un sector de la izquierda francesa está favoreciendo a Marine Le Pen

Pepe H / Nacho Rodríguez

Ha colgado Greenpeace muy bien colgado, de la simbólica Torre Eiffel –hay que ver lo encantador que resulta pasear por París cuando estás enamorado, ¡eh!, y ¡lo caro que te sale!– una no menos simbólica gran pancarta con la no menos simbólica y civilizada divisa republicana que, cimentada sobre un triángulo de palabras que los nuevos vientos políticos –totalitarios, populistas, desquiciados…– están intentando dilapidar a golpes de simplista catana ideológica, dice así orgullosa de haberse conocido: ‘Liberté, Égalité, Fraternité’. Las tres palabras –libertad, igualdad, fraternidad– no es ya solo que se las estén pasando por su tupé oxigenado el mandamás del planeta –Trump, qué pereza y qué ardor de estómago–, y los millones de estadounidenses que se han puesto por montera, ejerciendo su legítimo derecho democrático a que así sea, el cerebro de un mosquito del período Triásico, sino que son ya mucho más que demasiados los propios franceses que andan ya dispuestos a pasarse el ideario revolucionario más aclamado de la Historia por el arco del triunfo; por cierto, si lo escribimos con mayúsculas, otro gran símbolo de esa ciudad a la que Woody Allen contribuyó a que amásemos todavía más con su ‘Medianoche en París’, que incluye a esa actriz que logra quitarte las penas llamada Marion Cotillard.
Las elecciones en Francia no son un tema menor, ni ajeno, ni que con su pan con mantequilla se lo coman a la salud del más misterioso de todos los poetas geniales, Rimbaud. No, se trata del futuro que se presenta amenazador, perverso, de un gris pegajoso. De Trump ya sabemos que a sus formas oseznas hay que sumar el dato, que pone los pelos de las delicadas relaciones internacionales de punta, de que no son pocos los psiquiatras de prestigio que ya han alertado de sus problemas mentales y de personalidad infantil. Si yo fuese Justin Trudeau, no estaría muy tranquilo; esa imagen de Ivanka Trump mirando completamente embelesada, o sea embobada, al primer ministro canadiense, seguro que su esposo la lleva clavada como una estaca en su corazoncito de macho reinante.
Pero Marine Le Pen es algo más fina, y desde luego mucho más culta, y es francesa, ciudadana de un gran país del que Europa no se podría permitir, sin quedarse ya herida de muerte, prescindir. Y Marine Le Pen ha llegado muy alto, exactamente en la misma proporción en la que sus votantes han caído muy bajo. Es un peligro real, un jarro de agua helada sobre las conciencias de la gente de bien, y un insulto a la inteligencia individual y también a la colectiva, esta última con claros síntomas de pérdida del conocimiento y pulso extremadamente debilitado. Debe ser que tiene razón Raffaele Simone cuando afirma que somos totalitarios por instinto, lo que equivale a decir que la cabra tira al monte. Puede ser, como es una realidad, que las opciones de izquierda y de derecha más equilibradas estén en declive: de identidad, de seguidores y de líderes, que o bien han muerto todos o están por nacer, pero que por ahora no se les espera a tomar el té –otro enjambre más que anda revuelto: Gran Bretaña–. Ahí los tienen, la parejita de moda en Francia: Marine Le Pen y Emmanuel Macron. Dos soles en combate y un solo Palacio Elíseo.
El historiador Emmanuel Todd, empeñado en otorgarle legitimidad a la marea de abstencionistas que se anuncia, los define con pocas pero lacerantes palabras: «Marine Le Pen es la xenofobia. Emmanuel Macron es la sumisión a la banca. No puedo elegir entre ellos». Pues, nada, señor Todd, dedíquese usted hoy a verlas venir y a cantar en la ducha ‘Sur le Pont d’Avignon’, que ya llegarán incluso tiempos peores. Más fieros.
No piensa lo mismo el ministro de Exteriores alemán Sigmar Gabriel. A él le ocurre lo que a muchísimos europeos, españoles de cuerpo aquí presente incluidos, que no puede entender el muy alemán a ese sector de la izquierda francesa, encabezada por Jean-Luc Mélenchon, que como dice el muy avispado Sami Naïr, amparándose en su complacencia antisistema, lo que hacen manteniéndose al margen es «favorecer a Le Pen». Y eso es irresponsable, defiende Sigmar, porque lo que se está decidiendo es, también, «el futuro de nuestro proyecto pacífico de Europa». No, no creo que sea momento para quedarse al margen, sondeando si la nave ‘Cassini’ se ha desintegrado ya en la atmósfera gaseosa de Saturno. Los enemigos son cada vez más fuertes. ¿A qué estamos jugando?

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SUSANA, MARTA, LLUIS…

30 de abril de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

El fiscal Luis Bermejo, harto, le dijo al frescales de Jordi Pujol hijo que sus explicaciones «insultan a una inteligencia media»

Parece evidente que, por ahora, y después ya veremos hacia dónde nos conduce este río revuelto que nos lleva sobresaltados, nada hace presagiar que el ángel de la democracia vaya a anunciar a la ciudadanía boquiabierta, cuando no dormida o cuando no directamente jodida o en vías de ello, que llega un tiempo nuevo de verdadera regeneración democrática, un reinado de la honradez y un gobierno de los mejores, tan necesarios estos para aquello que esperamos como un maná: la resolución de los problemas, y no que hagan de la política un circo en decadencia o una exhibición de piruetas infantiles de esas que no hacen gracia ni a los propios engendradores de las criaturas. Sigue lloviendo sobre mojado en un tiempo que anda enmoheciéndose por falta de líderes con buenas ideas y empuje. Gente de bien, por favor.
Me cuenta Aitana Sánchez-Gijón, mientras la escucho embobado como si me estuviese cantando al oído para mí solo el bolero ‘Bésame mucho’, que le parece inaudito que España, «frente a tantísimas corruptelas y corrupciones brutales que vamos descubriendo día a día», siga gobernada por los mismos.
Ya, pero es que, también, enfrente tenemos lo que tenemos, y eso ayuda poco a no desfallecer en el intento de remar colectivamente hacia puertos más generosos, donde las mercancías al alcance sean la lucha contra toda injusticia, la defensa entusiasta de una libertad que se alimente de una cultura y una educación que tiendan a la excelencia, y la implicación individual en la extinción de todo peligroso desmán ideológico que favorezca cualquier florecimiento de la violencia. Soñar es gratis. La actriz lo tiene claro: «Tenemos que seguir bien alerta porque es la única manera de poder cambiar las cosas, y hay que exigirles a nuestros políticos que se dejen de luchas intestinas, de numeritos, de golpes de efecto y de autobuses, y que vayan más a lo que importa». Ay, esa chiquillada sobre ruedas de Podemos, a ver si cogen ya de una vez por los cuernos el toro de la gestión responsable e inteligente, que ya toca.
Una ‘iluminada’ que ha visto la luz, aunque ignoro si también se ha caído de una jaca, es Susana Díaz, que legítimamente aspira a salvar España, para lo cual lo primero que tendría que pasar es que se salvase el PSOE de la cuna del descrédito en la que anda meciéndose, para desconsuelo de los socialistas de bien y de quienes defienden las bondades del bipartidismo. No puede ser que solo dejemos de cuestionar las actuaciones judiciales cuando favorecen a nuestros intereses. ¡Eh, no es ir por ahí! La presidenta andaluza ha vuelto a ver conspiraciones de los jueces en contra del PSOE. En concreto, ahora, de los magistrados de la Audiencia de Sevilla, que han decidido sentar en el banquillo –caso ERE mediante– a Manuel Chaves y José Antonio Griñán, junto a otros 20 altos cargos de la Junta.
Qué nada afortunada ha estado diciendo con su voz de carantoña que «cada vez que el PP está hasta el cuello por la corrupción, sale algo de los ERE». Debería recordar estas palabras de Mariana Pineda: «Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios para comprometer a nadie».
Los jueces y los fiscales valientes de este país requieren de todo nuestro apoyo, no de nuestras sospechas partidistas. El fiscal Fernando Bermejo, contundente y hasta las narices de aguantar tanta desfachatez por parte del clan Pujol –¿recuerdan a Marta Ferrusola, ¡uff!, lamentándose de que no tenían ‘ni un duro’?–, ha pedido prisión provisional y sin fianza para el primogénito de su exhonorable padre, quien, entre otras ocurrencias de torpe de solemnidad, ocultó, según la UDEF, nada menos que 14 millones de euros desde que se le empezó a investigar.
Bermejo le dijo al frescales que las explicaciones con las que intentaba defenderse «insultan a una inteligencia media». En general, y en blanco y negro o a todo color, el nivel de la clase política española es un insulto para, incluso, cualquier inteligencia en estado incipiente de gestación. Nos faltaba, para colmo, que de nuevo se vaya a poner de moda el Tamagotchi, ahora que hasta el gran cantautor catalán Lluis Llach, transformado en un radical e ‘iluminado’ independentista que utiliza la burda intimidación contra quienes no piensan como él, nos hace añorar al hombre que cantó maravillosamente eso de «compañeros, si buscáis las primaveras libres, con vosotros quiero ir».

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¿Cómo dicen sus señorías?

26 de febrero de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

(De Iñaki Urdangarin viéndolas venir en Ginebra, al ministro Catalá haciendo un flaco favor a la fe, más bien quebradiza, en la Justicia)

Bueno, pues nada, ilustres señoras y señorías mías, ‘¡ha sido un placer!’, debió pensar, e incluso decirse para sus adentros liberados, o a viva plena voz del día, el ex duque de Palma destronado por sus malas artes de exdeportista, toda vez que ha quedado claro que no practica el juego limpio, y sí la trampa de la que no se ha librado ni Zarzuela. Menudo respiro, aunque sea momentáneo, por un tiempo muerto para seguir disfrutando de la vida, o incluso ya veremos por qué pie cojo o mano firme respira el Tribunal Supremo, debió sentir el otro día Iñaki Urdangarin, allá en Mallorca, durante la visita relámpago a la Audiencia Provincial en la que tan nulos buenos ratos ha pasado, tras serle comunicado que, por ahora y en la hora, y mientras llega el momento de la verdad en la que se dicte sentencia ya definitivamente firme –de momento le han caído seis años y tres meses de cárcel–, entre las medidas cautelares que las tres magistradas que lo han condenado han decidido adoptar, no figura ni la prisión provisional eludible con una fianza de 200.000 euros, que era lo que solicitaba el fiscal Pedro Horrach para que quedase evidencia de que esto no es un juego de niños, de que lo que tuvo el marido de la Infanta Cristina no fue uno de esos malos días de ánimo que puede tener cualquiera, y de que la Justicia no está para bromas, ni para privilegios, ni para no ser ejemplarizante en momentos y circunstancias de especial riesgo de quebranto social de confianza en las instituciones.
Nada. Iñaki Urdangarin, visto y no visto, voló a Ginebra, allí en Suiza, para ver si con suerte llegaba a tiempo para la cena y, una vez pasado el no tan mal trago del todo, y hecha la digestión, como Dios y los buenos hábitos mandan, se acostaba para desconectar su cabeza de tanto mareo de pato. Urdangarin solo tendrá que comparecer cada primero de mes ante la autoridad judicial suiza, además de tener el detalle, si es tan amable de hacerlo y ello no le causa molestias de colon, de comunicar cualquier desplazamiento fuera de la Unión Europea o algún cambio de residencia que pudiese realizar; no sé, pues respirar nuevos aires o variar de vistas, que de todo se aburre uno. Lo curioso –dejémoslo ahí– es que el tribunal justifica su decisión en, por ejemplo, el hecho de que el yerno y cuñado de reyes disponga de “arraigo suficiente en España por su situación familiar, social y laboral”.
Perdonen sus señorías, ¿cómo dicen? ¿Arraigo suficiente? Pero si vive en Ginebra, país Suiza, unos quesos estupendos y un Lago de los Cuatro Cantones que da gusto verlo. ¿Se refieren con lo de ‘su situación familia’ al calor de hogar que recibe de sus parientes políticos?, ¿con lo de su ‘situación social y laboral’ aluden al hecho de que goce de un descrédito absoluto y a que se haya convertido en un nefasto ejemplo, con un pie en prisión, para la ciudadanía a la que ha estafado? Y qué me dice usted del hecho de que las magistradas hayan incluso manifestado por escrito que sus “particulares circunstancias, sobradamente conocidas, nos eximen de un pormenorizado análisis”. ¿Cómo que les eximen?, ¿a qué viene tanta prisa, tienen hora para pasar la ITV del coche, cierran el supermercado o deben intentar encontrar a Eva María, que se fue buscando el sol en la playa? No, más bien al contrario, deberían explicar mejor sus motivaciones porque nos hemos quedado a cuadros, teniendo en cuenta, sobre todo, las “particulares circunstancias” que este país lleva soportando con excesiva paciencia y un coste altísimo.
Llueve sobre mojado. Menuda semana. Por lo menos él nos dijo “ahí os quedáis, tristes de vosotros”, y se marchó lejos. Nosotros nos quedamos aquí para ver, incluso costando trabajo creerlo, cómo el ministro Rafael Catalá de Justicia hacía un flaco favor a los fiscales de este país, a la fe más bien quebradiza de los españoles en el sistema judicial, y a la independencia del poder político que se le supone a los garantes de que se cumpla la Ley y se imparta una justicia igual para todos, con sus modos despectivos, torpes e inadmisibles de dirigirse, para empezar a abrir un melón de despropósitos dialécticos que lo dejan herido en su reputación, a las dos fiscales del ‘caso Púnica’ que, en lo que respecta al presidente autonómico Pedro Antonio Sánchez, mostraron su desacuerdo con la decisión del fiscal general de que no se actuase contra él.
Otro modo de explicar Catalá esta decisión le habría beneficiado más al político popular en su legítimo afán arrollador por salir triunfante de un calvario particular que, de paso, está afectando a la imagen de la Región que lo eligió en su día para que la intentase mejorar. Un calvario anunciado y seguido por toda España. Todo, a la espera, cada vez más dolorosa, de salir airoso “como un árbol que se yergue o un manantial que empuja”, que canta María Victoria Atencia. Pronto lo sabremos.

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Trillo, de nuevo

(¿Por qué no ha mostrado jamás compasión por los seres queridos de los muertos del Yak-42, a quienes trata con desdén?)

8 de enero de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

Un día me dijo: «Cuando voy [por Cabo de Palos] disfrazado de Spiderman en bicicleta, la gente me da ánimos, me muestra afecto y me recuerda el lema del pontificado: ¡manda huevos!». Ya no era por entonces el Federico Trillo popular y campechano de aquel inmortal ‘¡viva Honduras!’ que exclamó ante el ejército de El Salvador siendo ministro de Defensa, y con el que obligó a los soldados salvadoreños, ¡pobres!, a responder ¡viva!, antes de que el que también fue con éxito presidente del Congreso de los Diputados, ya más atinado, exclamase a continuación ¡viva El Salvador!, seguido del ¡viva!, ahora sí dicho de corazón, de los soldados, todo ello en un contexto de chiste de Jaimito en el que se descuida un pelo el coqueto Trillo y todavía estarían allí todos gritando ¡viva!. Ya no gozaba de tantas simpatías. Por entonces, reprobado con ahínco por toda la oposición por su actuación en el caso –terrible– del Yak-42, y mientras seguía defendiendo su inocencia con una vehemencia que encerraba una lluvia de lágrimas y de rabia, estaba a la espera de que la Justicia se pronunciase y confiado en que las aguas de su honor herido de muerte volverían a su cauce. Pero no fue así, aunque su partido y Presidente/Rajoy decidieron enviarlo más tarde a un envidiable exilio dorado: embajador en Gran Bretaña.

Y, ahora, cuando parecía estar hibernado el trágico, persistente, nada épico, humanamente comprensible a ratos, y más que dudosamente útil y galante férreo afán de Trillo por quitarse de encima con fruición y al galope toda responsabilidad en la tragedia abierta e imposible de olvidar del Yak- 42, el avión hecho un asco que en mayo de 2003 decidió estrellarse por su cuenta en suelo turco y acabar con la vida y la hoja de servicios de 62 militares españoles que regresaban de Afganistán, el Consejo de Estado ha vuelto a encender el fuego de la verdad responsabilizando por unanimidad a Defensa de tan vergonzoso y dramático episodio y otorgándoles, de paso, una gran victoria moral a las familias de los fallecidos.

Trillo siempre peleó por salir airoso de un episodio tan triste e injusto para las Fuerzas Armadas españolas, pero cuesta trabajo creer, por mucho que el único rostro que él muestre en público sea el de una inaceptable arrogancia y una falta de piedad que provoca pavor, que no sienta sobre sus espaldas el peso, personal y político para un hombre que siempre ha valorado el honor, el cumplimiento del deber y el servicio a la patria como tres obligaciones de su condición de buen español, de que ya en su momento la Comisión de Defensa del Congreso lo señalase para la Historia como «responsable político directo» del infierno del Yak-42, y de que por siempre millones de sus compatriotas de buena voluntad sientan vergüenza ajena por su desfachatez a la hora de enfrentarse al desgarro de tantos muertos y vidas de sus allegados violentadas para siempre.

Fueron tiempos muy duros. ¿Cómo olvidar también las desastrosas autopsias que se realizaron a los cadáveres antes de su rápido, pero esperpéntico, traslado a España, a la hora de analizar el hecho inaceptable y bochornoso de que hubo errores en la identificación de treinta de los cuerpos de los militares? Treinta cuerpos sin vida llorados, cubiertos de flores, oraciones y palabras de amor, y finalmente incinerados o sepultados, con el mayor de los mimos y el desconsuelo, por madres, padres, hermanos, mujeres, maridos, novias, novios, hijos y amigos que no eran los suyos y a los que ni siquiera habían sido presentados.
Me gustaba hablar con Trillo de Shakespeare, a cuya obra dedicó su tesis doctoral. Un día lo hicimos sobre el criminal y tirano personaje de Macbeth, que es cierto que termina inspirando, devorado por los remordimientos, cierta ternura. Me contó que su padre le enseñó a que «odiase el delito y compadeciese al delincuente». Y que añadió: «La razón juzga y el corazón compadece». ¿Por qué entonces él no ha mostrado jamás compasión por los seres queridos de los muertos, a quienes trata con desdén? ¿Por qué no ha rectificado su modo despiadado de referirse a ellos? ¿Por qué siendo un tío inteligente, y valioso en muchos aspectos, se ha olvidado del consejo de su padre y se empeña en no rectificar en nada, pensando que, una vez más, este invierno de descontento shakesperiano que lo ha cercado pasará y no habrá ya un solo muerto que ose perturbar sus sueños y su conciencia?

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Ser valiente

(El alhameño olímpico Antonio Peñalver declara que sufrió abusos de su entrenador cuando tenía 14 años)

18 de diciembre de 2016

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

Te piden ayuda, salen de sus tumbas todos tus fantasmas, vuelves a vivir el atropello y la humillación, te pones en la piel de otro, del que ahora está pasando por el mismo pequeño o gran infierno que tú ya conociste, y regresa la rabia, la culpa por haber permanecido callado, el profundo malestar por no haber hecho lo necesario para evitar que otros pasasen más tarde por el mismo temblor de cuerpo y afectos mal entendidos que tú. Te sientes mal, te miras al espejo, han pasado muchos años, sí, pero no has podido olvidar: los abusos, la traición de la confianza. Tú, con tan solo 14 años, frente al hombre maduro en quien confiabas, tú y tu familia confiabais. Llámalo sexo, deseo, debilidad de la carne…; llámalo confundir la autoridad con la sumisión, llámalo aprovecharte de la admiración ajena, llámalo que no te importe hacer daño, erosionar para siempre el futuro de un adolescente entre tus manos, llámalo ser un pobre hombre.
‘¿Cómo no hacerlo?’, ¿cómo nadie supo parar a tiempo?’, ‘¿cómo seguir callado?’. Se mira al espejo, solo él ante el espejo. Las heridas son internas, siguen respirando. Ha pasado mucho tiempo, ha tenido dos hijos, ha conocido en cuerpo y alma la gloria olímpica, y nunca se ha ido de su tierra, donde fue herido, donde calló, donde aprendió a convivir en un silencio espeso, extraño, con la fractura que los abusos causaron en su ingenuidad, en sus anhelos, en su modo de convivir con los afectos: ¿cómo desterrar la desconfianza, cómo volver a fiarte por igual de los otros? Hay otros que se presentan como modelos a seguir, otros que reciben el reconocimiento de la sociedad, otros que llevan doble vida, otros que no saben parar antes, a tiempo, que no ponen freno, que se creen libres de ser descubiertos.
‘¿Cómo no voy a hacerlo?’, se dijo Antonio Peñalver ahora, pasado un largo tiempo de triunfos y espinas, sabido que el silencio aviva el ímpetu de todas las violencias por perpetuarse, por alimentarse de nuevas víctimas: de abusos, de guerras, de avasallamientos económicos, la violencia política, económica, religiosa, los prejuicios, las iras, los vendidos al enemigo por venganza, los inocentes acusados en un baile de envidias y de celos, el eterno devorar del fuerte al débil; los menores acosados entre pupitres, sacristías, entre los de su propia sangre, por aquellos a los que tienden sus manos para recibir apoyo, protección, enseñanzas.
Cuesta entender los abusos. Llegó el momento. Antonio Peñalver recibió un mensaje, casi una llamada de socorro. No hay un día en el que ya estemos libres de tener que cargar con nuestra noche oscura. Llegaba desde Tenerife, donde una juez no había creído a Alberto, un joven exatleta de 19 años –Peñalver también lo fue: joven, atleta de lujo en las memorables Olimpiadas del 92– que denunciaba al entrenador de atletismo Miguel Ángel Millán por haber abusado de él cuando tenía… 13 y 14 años. Sabían que se comentaba que él pasó por lo mismo, los abusos, cuando en la década de los 80, en Alhama, fue entrenado por Millán –en libertad con cargos, investigado por un juzgado de La Laguna por un presunto delito de acoso sexual agravado– y ‘obsequiado’ con sus excesos.
Le pedían ayuda. ¿Podrías contar lo que te pasó, Antonio, y apoyar así a Eduardo para que lo crean? Otros muchos prefieren guardar silencio, por la vergüenza, por la familia, por su honor, por miedo o por si acaso así, en lo invisible, se alejan alguna vez las pesadillas. ‘¿Cómo no voy a hacerlo?’, se dijo y les dijo. ¿Cómo no parar las injusticias, los abusos? Hay que pararlos, plantar cara, ¿cómo no hacerlo?
No ha sido fácil. Han pasado muchos años. Se podría haber amparado en que esta ya no es su guerra. Podría haber seguido con su vida, sin más líos. No es agradable reconocer que han abusado de ti, y que han pasado décadas sin denunciarlo, y que has podido contribuir a que la pelota en carne viva siguiera rodando: llámalo sexo, llámalo poder, llámalo enfermedad que, en todo caso, habría que tratar. Ahora Peñalver tiene 48 años, es profesor en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM), es padre, expolítico, historia gloriosa del deporte español. Ha hablado, ha sido valiente. Su relato ante la Policía le costará haber finiquitado su apacible anonimato. Fue objeto de deseo, ahora lo será de interminables comentarios. Relató los abusos que padeció: tenía 14 años, los 14 años de un atleta de élite que siempre tuvo una mirada que escondía desamparo.
Algo extraño se le adhirió para siempre en el transcurrir de sus días, algo que jamás debió ocurrir. No más silencio. Nunca es tarde para ser valiente, colaborar, pensar en otra gente. No ha querido permitir que Eduardo quede como un mentiroso. ‘¿Cómo no iba a hacerlo?’, ¿Cómo seguir callando si «todavía hay gente que no ha sido capaz de hablar de ello, gente que se ha ido a la mierda porque, y esta es una suposición mía, no ha sido capaz de digerir esta atrocidad»? Parar a tiempo, antes de que sea tarde. Dar la cara, poder mirarte a ti mismo a los ojos.

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Sobre el autor Antonio Arco
Junto a una selección de entrevistas y críticas teatrales, el lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, los artículos de Opinión publicados los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con filósofos, poetas y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa' 2016.

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