La Verdad

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Categoría: Crítica teatral
¡UN 10!

Oriol Pla sobrecoge con una perfecta actuación en ‘Ragazzo’, el monólogo escrito y dirigido por Lali Álvarez que el viernes se representó en el Teatro Romea

 

ORIOL SEGON TORRA

ORIOL SEGON TORRA

ASÍ FUE. Obra: ‘Ragazzo’. Texto y dirección: Lali Álvarez. Intérprete: Oriol Pla. Teatro Romea de Murcia, viernes 19 de mayo de 2017. Calificación: Muy interesante.
Dicho queda: ¡Un 10! La actuación de Oriol Pla en ‘Ragazzo’ es portentosa, volverías a verlo en la misma función una y otra vez y, desde luego, sueñas con encontrártelo de nuevo en escena interpretando a grandes personajes; ¿cómo sería su Hamlet, por ejemplo? ¿Y cómo explicar su trabajo en ‘Ragazzo’, el impacto que provoca, la huella que deja? Digamos, por ejemplo, que su actuación es pura verdad, pasión sin artificio, ternura contagiosa, convicción y precisión matemática en cada gesto que convierte en sentimiento, en grito que atraviesa toda la Tierra, en homenaje a todas las víctimas de la violencia del mundo. Más cosas: esa capacidad camaleónica de Pla para cambiar de registro, ese envidiable magnetismo que querrías para ti, su fortaleza, sus notables cualidades de atleta, su voz que te habla al oído y a las vísceras, su juventud abrasadora –bueno, eso se agotará…–, un talento de muchos quilates para la interpretación, y un encomiable respeto absoluto por cada uno de los espectadores que tiene frente a sí, a los que se entrega como si, realmente, actuar fuese lo único que pudiese salvarle de la muerte.
Oriol Pla, en ‘Ragazzo’, te hipnotiza, te lleva a su terreno: te importa lo que le pasa y te duele el crimen absurdo que acaba con su vida. Lo sientes de veras. Te duele. Un éxito rotundo, un cañonazo de actuación: directo al corazón. El actor se ha puesto en manos, doblemente, de Lali Álvarez, autora del texto y directora del montaje, muy bien arropado técnicamente. La función, que pasa de una calma propia de un mar cristalino y sin oleaje, a la furia de una manada de perros rabiosos, es un evidente homenaje al joven Carlo Giuliani, muerto, el 20 de julio de 2001 en Génova, por disparos de la Policía durante una manifestación del movimiento antiglobalización, que protestaba por la reunión del G-8 en una ciudad completamente blindada. La obra, que recrea de un modo tan realista como emotivo, tanto su asesinato como la vida del joven en los días previos a su final, se construye sobre la denuncia y la indignación, pero sin renunciar a una atmósfera poética que ayuda con acierto a sobrellevar el horror que se avecina.
La escena que reconstruye la muerte del ‘ragazzo’ es, sencillamente, memorable. ¿Cómo es posible que Oriol Pla consiga hacerte ver, incluso sentir, a una nube de policías rodeándole? ¿Cómo es posible que, sin nadie más en el escenario, tengas la impresión de que estás en mitad de una estruendosa manifestación que terminará en desastre? ¿Cómo es posible, de una forma tan sencilla –iluminación y algunos redondos efectos sonoros–, recrear la carga policial que destruyó la existencia de un chaval que tan solo tenía 23 años?
Hay un momento magistral, entre otros muchos momentos magistrales, en el que, una vez tiroteado, el «ragazzo» Oriol Pla se levanta del suelo y se queda muy quieto, como una estatua. Y le cuenta al público, que no parpadea: «Dos tiros, y me caeré al suelo. Después, el «jeep» que está parado delante de nosotros y desde donde salen los tiros, quizás, porque una pistola nos apunta detrás de la ventana rota, este «jeep», digo, después pasará por encima de mi cuerpo dos veces. La primera vez me pisará la pelvis; la segunda, las piernas. Y además, después, alguien me tirará una piedra en la cabeza. El chico ha muerto, sí. Que corra la voz. ¿Por eso estamos aquí, no? Nunca tienen bastante. Nunca tenemos bastante. No quiero ninguna estatua, ¿me oís? ¿Me oís? Que corra la voz, eso sí… No me han matado por ser un ladrón o un traidor. Me han matado por ser un ‘ragazzo’. Y podrían matarme dos veces, y podría renacer dos veces, y volvería a hacer lo mismo que he hecho. Defenderme».

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¿CÓMO OLVIDARLOS?, ¿CÓMO OLVIDARNOS?

‘Cáscaras vacías’, la historia de seis discapacitados ejecutados por el régimen nazi, conmueve al público del Romea, donde se representó programada dentro del Festival Venagua (Arte para la inclusión)

MARCOS G PUNTO

 

ASÍ FUE. Obra: ‘Cáscaras vacías’. Texto y dirección: Magda Labarga y Laila Ripoll. Intérpretes: Natalia Abascal, Raúl Aguirre, David Blanco, Patty Bonet, Ángela Ibáñez, Jesús Vidal. Escenografía: José Luis Raymond. Iluminación: Juanjo Llorens. Vestuario: Almudena Rodríguez. Videoescena: Emilio Valenzuela. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 29 de abril de 2017. Festival Venagua (Arte para la inclusión). Calificación: Muy interesante.

Una voz anuncia nada más comenzar la representación: «‘¡Vamos a proceder a la desinfección! ¡Desvístanse, rapidito! Ropa en un lado, zapatos a otro. Vamos, vamos… ¡No se duerman, deprisa!». Dice desinfección por no anunciarles a los desgraciados a quienes se dirige que van a ser eliminados, ejecutados, exterminados. Se trata de seis hombres y mujeres, todos ellos con alguna discapacidad física o intelectual, a los que se les niega no solo el derecho a su dignidad como personas, sino incluso la posibilidad de la piedad, cero compasión. Una humanidad de fieras enloquecidas. Un horror de fondo, que causa dolor solo de imaginarlo, lo inunda todo. Ah, y otra cosa, ¿cómo dormirse viendo ‘Cáscaras vacías’? ¡Imposible! El espectáculo no es solo emocionante, no es solo necesario, no es solo inquietante y por momentos demasiado ácido, demasiado duro de contemplar desde nuestras cómodas vidas que consumen teatro desde las butacas rojas del bellísimo Teatro Romea, sino que, también, es un montaje de excelente calidad.
Les explico brevemente de lo que va: Adolf Hitler llamaba ‘cáscaras vacías’ a las personas con discapacidad, a la que despreciaba por considerarlas inútiles y, además, por costarle dinero al Estado. El programa ‘Aktion T-4’ llevó a cabo espeluznantes ensayos médicos y el asesinato de cientos de miles de estas ‘cáscaras vacías’. Pronto llegaría también el exterminio de judíos en los campos de concentración. La obra que Magda Labarga y Laila Ripoll han escrito y dirigido –¡gracias, de verdad, a ambas!–, cuenta la historia de seis discapacitados que fueron ejecutados en el castillo austríaco de Hartheim, uno de los seis establecimientos donde se realizaron estas matanzas a manos tanto de personal sanitario como militar.
Cinco de los intérpretes, excelentes en el fruto del esfuerzo que realizan y en la verdad impagable que transmiten, muestran su discapacidad real con una naturalidad que sobrecoge. Un portentoso David Blanco, el único sin minusvalías, da a vida a Roland. Nada de pena, admiración es lo que provocan. Y como el espectáculo tiene formato de cabaret, y por suerte también destila buen humor en mitad del grito de angustia y rabia que atraviesa esta historia de crímenes en masa, el personaje de Hans (Jesús Vidal), presenta así a todos sus compañeros, protagonistas de la crónica de una muerte anunciada que te mantiene en todo momento con los ojos abiertos como cráteres. Expectante(s). Sobrecogido(s). Divertido(s). Los seis personajes nos contarán sus vidas; los escuchas desde el primer momento como si fuesen miembros de tu propia familia, personas queridas. Te ganan de inmediato.
Ellos son: Lotte (Patty Bonet), «nuestra albina ciega ha llegado de la fría tierra de las Walkirias»; Roland (el ya citado David Blanco), «nuestro epiléptico, llegado desde la cuenca del Ruhr»; Heyde (Natalia Abascal), «ella es mongólica, desde Sajonia llega»; Paul (Raúl Aguirre), «casi dos metros de hombre y así de cerebro: como un guisante. Llega desde un establecimiento psiquiátrico de Brandemburgo»; Agnes (brutal interpretación de Ángela Ibáñez), «nuestra sordomuda llega desde una casa de reposo de Múnich»; y el personaje que cree ser el doctor Hans Klismann (Jesús Vidal, citado ya también), «famoso en elmundo entero».
Todos ellos bailan, cantan, narran sus vivencias y se sostienen unos a otros en el transcurso de una representación en la que tienen cabida la tristeza profunda y la sonrisa amplia, y en la que, por encima de todo, se siente una descomunal vergüenza por los actos que, ¿por qué no decirlo?, ninguno de nosotros estaríamos libres de llevar a cabo en un momento determinado. La exclusión, los prejuicios, el fanatismo… Sin duda, ‘Cáscaras vacías’ es un espectáculo –muy cuidado en la parte artística, y que se disfrutaría mucho más en un espacio más reducido que el imponente Romea– que, con toda humildad, ternura y sin aspavientos, rinde homenaje a todas aquellas personas que, de un modo u otro, sufrieron la crueldad nazi.
Hay algunos momentos estremecedores, como cuando Roland lee la siguiente carta: «Queridos padres: os escribo para despedirme porque dentro de dos días volverán los autobuses y esta vez sé que vienen a por mí. Se ve de lejos que soy una boca inútil que alimentar y que no sirvo para nada. Entiendo que no me queráis tener con vosotros en casa. Os ruego que perdonéis todos mis errores. Os llevo en el corazón. Vuestro, siempre, Roland». Todos los intérpretes/personajes, justo antes de morir, se dirigen a cada uno de los espectadores para decirles: «No me olvides». Segundos después, el silencio más aterrador. Y la total oscuridad. Y una merecida ovación. Tranquilos, nunca os olvidaremos. Espero, lo espero de veras.

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¡Qué grande es usted, señor Alterio!

LA OBRA. Título: ‘El padre’. Autor: Florian Zeller. Adaptación y dirección: José Carlos Plaza. Intérpretes: Héctor Alterio, Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes, María González. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Música: Mariano Díaz. Diseño de vestuario: Juan Sebastián Domínguez. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 28 de enero de 2017. Calificación: Muy buena.

Foto: Miguel Ángel de Arriba

El bombazo emocional en que se convierte Héctor Alterio dando vida a Andrés, enfermo de alzhéimer, en ‘El padre’, te deja literal y felizmente derrotado. No hablamos de preciosista sensiblería barata, no hablamos de viejos trucos de actor sabio y veterano para zarandearte el corazón, ni tampoco de un espectacular final operístico que seduzca por completo tus sentidos y tu laberinto emocional. Lo que logra aquí Alterio, ese ‘monstruo’, en esta obra de Florian Zeller que ha adaptado y dirigido con exquisito tacto, mesura y buen gusto José Carlos Plaza –sin duda sirviéndonos uno de sus mejores montajes, cuidado al detalle con precisión y dirigido desde una humanidad combatiente y necesaria–, va más allá de las buenas interpretaciones a las que nos tiene acostumbrados.
Lo que aquí ocurre, el milagro que aquí tiene lugar, y que dejó literalmente impactado, conmocionado en lo más profundo, al público que abarrotó el Romea, es que Alterio se echa sobre sus espaldas, a modo de corona de espinas y de verdad lacerante en carne viva y sin la menor trampa, el reto titánico de convertirse, a sus 86 años, en el portador universal de un grito de auxilio en favor de la piedad, de la compasión, del amor a los padres enfermos, a los mayores que pierden sus facultades, a todos los hombres y mujeres que se aproximan asustados y perdidos a la muerte; y lo hace logrando que los espectadores experimenten, como si de un misterioso ritual sagrado se tratase, todo el dolor, la fragilidad, la desesperación y la ternura con los que está tejida el alma humana.
Y el resultado es sobrecogedor, sin la menor caída en lo rutinario, sin ni siquiera rozar la caricatura o el fingimiento, manteniendo en todo instante viva la dignidad que todo ser humano merece –hasta el último suspiro–, y sin ocultar en absoluto la brutalidad infernal que conlleva el alzhéimer. Se retrata a quienes lo padecen y también a sus seres más cercanos, sin que ningún afectado pueda sentirse molesto. No conviene no ser delicado con el fuego y, desde luego, ‘El padre’ no cae en los riesgos de la sordidez sin poda alguna, en el efectismo extremo con el que, por ejemplo, el siempre interesante Roberto Castellucci ha retratado el deterioro degradante que con tanta frecuencia acompaña a la vejez.
Está en este montaje Alterio, al igual que todo el reparto –enhorabuena a todos, en especial a Ana Labordeta, que convence y desgarra como Ana, la hija que tendrá que bregar con todas las exigencias, sobresaltos y agotamiento que conlleva la enfermedad del padre–, arropado por las estupendas escenografía e iluminación creadas por el murciano Paco Leal, que acierta con esa especie de gran estancia diáfana y kafkiana al mismo tiempo, en cuanto a las pesadillas que en ella tendrán lugar, en la que hallarán perfecto acomodo, en un juego de viajes en el tiempo, la realidad y la ensoñación, la demencia, el olvido, la obsesión y el deseo de, a veces, salir corriendo bien lejos.
Alcanza Alterio unas cotas de verdad en escena que llegan nítidas al espectador a través de cada minúscula modulación de voz, de cada apenas perceptible movimiento de cuerpo, de cada mirada que se convierte en un libro abierto. Y con qué perfección transmite asimismo la rabia, la rebeldía, la nostalgia y el desamparo que acrecienta el hecho de la ausencia de otra hija, Elisa, cuya muerte en accidente ha olvidado. Y la espera…
Esa mirada suya, a veces de animal salvaje, perdido finalmente en una especie de jaula física y mental, de cripta laica, de caja de música envenenada, de irrespirable isla cada vez más desierta, más amenazante, te desarma del todo. Brutales los momentos en los que ya ha sido ingresado en una residencia: no resta más futuro que la espera de la muerte como liberación. Su temblor, el pavor que lo aflige, su petición entre lágrimas asombrosas de que acuda su madre a rescatarlo, su necesidad de dejar de sufrir, tanta y tan injusta indefensión…; vi entre sus gestos y su entrega admirable la sombra benéfica de algunos de los más grandes personajes dramáticos: el hundimiento emocional de Willy Loman, el carácter poderoso de James Tyrone, la caída en la locura de Lear… Pero no es solo ‘El padre’ un drama notable; también hay muchos momentos muy divertidos en este montaje por el que Pentación ha apostado con gran entusiasmo. ¡Gracias por ello!

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¡Bravo, bravo, bravo!

1 de diciembre de 2016

LA OBRA: Título: ‘Incendios’. Autor: Wajdi Mouawad. Traducción: Eladio de Pablo. Intérpretes: Ramón Barea, Laia Marull, Nuria Espert, Carlota Olcina, Álex García, Germán Torres, Lucía Barrado, Alberto Iglesias. Iluminación: Felipe Ramos. Espacio sonoro: Orestes Gas.Vídeo: Álvaro Luna. Vestuario: Antonio Belart. Escenografía: Carl Fillion. Dirección: Mario Gas. Representación: Teatro Romea de Murcia, jueves 1 de diciembre de 2016. Calificación del espectáculo: Excelente.

Ros Rivas

No es ‘Incendios’ solo una obra de teatro: es un regalo extraordinario, un bálsamo muy lúcido contra las trampas que nos tiende el corazón –la indiferencia, el rencor, la furia…–; es un vuelo altísimo de águilas majestuosas que contemplan con piedad las miserias humanas; es un dolor inmenso que se instala en la garganta, si bien, lejos de ahogarte, te ayuda a respirar más hondo en la medida en la que vas comprendiendo: nuestra fragilidad, el amor sobrenatural de las madres, la sabiduría de la vejez, el poder de la amistad, la grandeza de las promesas cumplidas, la heroicidad del que dona su sangre al enemigo. Es un texto, de Wajdi Mouawad, de una belleza brutal: amarga por momentos como un corte en la yema de los dedos, deslumbrante hasta conseguir que pierdas por completo la noción del tiempo: tres horas.
¿Qué importa el tiempo cuando estás, no viendo, sino sintiendo con unos nuevos ojos la crueldad inútil de todas las guerras, la barbarie instalada junto a nuestros balcones y vidas cotidianas, el desgarro que a ti también te hiere de todo combatiente masacrado en la batalla, de toda mujer violada, de todo bebé arrojado al vacío o al hielo, de todos los huérfanos, las viudas, los hombres convertidos en asesinos de sus propios hermanos? Todo esto, y una poesía de lujo, y una carne dramática que palpita ante ti con un arrojo propio de enamorados, se encuentra en «Incendios», uno de los grandes textos del siglo XXI; mejor, seamos justos: de todos los siglos. Es la gran tragedia contemporánea, la gran lección por aprender, el gran alarido urgente que alerta sobre la inutilidad de la violencia, del ojo por ojo.
Nawal Marwan muere tras pasar los cinco últimos años de su vida en un silencio hermético. Aunque no se dice expresamente en el texto, es libanesa y llegó a Quebec huyendo de la guerra que desgarró su país de 1975 a 1990.
Sobre su espíritu se acumulan las cicatrices de todas las atrocidades que padeció: torturas, humillaciones, quebrantos inimaginables. Guarda grandes secretos, terribles secretos, que jamás compartió con sus hijos gemelos: se llaman Simon y Jeanne. En su testamento, le encarga a su amigo, el notario Hermile Lebel, que entregue a cada uno de ellos una carta, que a su vez estos deberán entregar a otros destinatarios del modo siguiente: él, a un hermano cuya existencia desconocían por completo; ella, a su padre, que siempre creyeron muerto. Empieza ahí una ‘odisea’ de aventuras tan fascinantes –se mezclan el pasado y el presente– como desgarradoras, con claros ecos gozosos de Sófocles y de Shakespeare. Una locura.
Y si el texto es perfecto en su forma de tejer una vida entera con todas sus luces y sombras, y el rostro marcado por el amor y el odio de toda la Humanidad, el trabajo de todos los profesionales que han puesto en pie este montaje, que dejó al público del Romea paralizado, envuelto en una conmoción palpable, es magnífico. Lo es la dirección del maestro Mario Gas, que parece haber dirigido este montaje con el corazón sujetado entre sus manos; y lo son los trabajos de los intérpretes que han tenido la suerte de participar en él.
Nuria Espert y Ramón Barea son los más veteranos del reparto, sea para ellos la mayor gloria; se la merecen. Espert es un milagro. Queda dicho. Ya no es una actriz, no, no; ya se ha convertido en una manada de lobos que te recorre el pecho, ya se ha transformado en un frescor de arroyo que desciende purísimo de las altas montañas; en un fuego que no se extingue jamás, de cuyo calor y compañía no quieres separarte. Hay que verla en ‘Incendios’, dando vida a Nawal adulta –una estupenda Laia Marull se encarga de mostrárnosla en su juventud– o a la anciana Nazira, para saber en qué consiste el verdadero teatro: te sientes vivo como nunca. Barea derrocha una humanidad y un poderío escénico que te desarma.
Nawal le dice a su hijo Simon: «La infancia es un cuchillo clavado en la garganta y tú has sabido extraerlo. Ahora, hay que reaprender a tragar saliva. Ahora, hay que reconstruir la historia. La historia está hecha añicos». Llegado ese momento, todo el público habita ya en una emoción asombrosa.

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¿Lorca? ¡Que pase!

19 de noviembre de 2016

LA OBRA. Título: ‘El público’. Autor: Federico García Lorca. Intérpretes: Nao Albet, Jesús Barranco, David Boceta, Juan Codina, Laia Durán, Rubén de Eguia, Irene Escolar, Óscar de la Fuente, María Herranz, Alejandro Jato, Jaime Lorente, David Luque, Nacho Vera, Guillermo Weickert. Escenografía: Max Glaenzel. Iluminación: Carlos Marquerie. Vestuario: Silvia Delagneau. Espacio sonoro: Nao Albet. Dirección: Àlex Rigola. Producción: Teatro de la Abadía y Teatre Nacional de Catalunya. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 19 de noviembre de 2016. Calificación: Interesante.

Ros Rivas

 

Pero qué bien que le sentó al gran espectáculo visual en que ha convertido Àlex Rigola ‘El público’ –ese fuego anárquico que Lorca escribió como desahogo emocional y estético–, ser representado en el murciano Teatro Romea, donde se lució en todo su esplendor: su poderosa y creativa iluminación, obra de Carlos Marquerie, realmente extraordinaria; la inquietantemente festiva o trágica, según baile solemnemente la iluminación, escenografía que ha concebido Max Glaenzel, que recuerda a una amarga noche de brillante luna, a un cementerio de costa o a un salón de bailes señoriales, a una boca de lobo o a un festín nocturno de ‘music-hall’; el vestuario también excelente, y acertadísimo, exquisito, de Silvia Delagneau; y el espacio sonoro de Nao Albet, tan hipnótico y trágico, marcando un ritmo sin horizonte al que llegar, envolvente, ajeno a todo y, no obstante, muy atento a surtir oxígeno al texto.
Más, más que en el Teatro de la Abadía, que produce este montaje junto al Teatre Nacional de Catalunya, lució este ‘Público’ –melancólico, tan extraño, simbólico, surrealista y deseoso de arder en la pira de la conquista de todas las libertades, empezando por la sexual– en el Romea, cuyos espectadores siguieron este auto sacramental laico, este ‘réquiem’, bellísimo en lo formal, que Àlex Rigola ha montado para homenajear como a un dios al genio granadino, en mitad de un silencio reverencial y, por supuesto, sin entender nada, como ningún público del mundo lo entendería. Y rompiendo ese silencio de meteorito, al final de la representación, brindándole a los actores, entre ellos al murciano Jaime Lorente, que se deja siempre corazón y piel en escena, un gran aplauso.
Rigola –¡qué maravilla su montaje ‘El policía de las ratas’, tan distinto al de ‘El público’, con solo dos actores y un espacio vacío– ha conseguido urdir una pieza escénica muy hermosa, eso es evidente, pero en la que no brilla lo suficiente, ni con el ímpetu debido, ni arañando los estómagos y las almas, el texto de Lorca, de una belleza convulsa y demasiado enroscado entre sombras. Críptico, salvajemente indomable. Hay mucho del autor derramado en el texto: su obsesión por lo que Miguel Hernández llamó las tres heridas: la de la vida, de la muerte, la del amor. Y también su pasión por el escenario vivo, que en ‘El público’ convierte en un monumento al teatro eternamente llamado a renacer, transformado, de sus cenizas; un teatro que no tema servir «la verdad de las sepulturas».
Esta especie de danza sonámbula y atemporal, por momentos gloriosa, que Rigola ha dirigido, incluye una introducción escénica con músicos en directo, a pie de escenario, recibiendo a los espectadores que llegan al teatro, y que no pueden evitar mover tímidamente las caderas al ritmo de «¡ya viene el negro zumbón, bailando alegre el bayón!» –qué buenos recuerdos: de Silvia Mangano a Pink Martini–. Arrastra el montaje un fallo galopante: la tensión visual vence a la dialéctica, y sus intérpretes, pese a sus esfuerzos, parecen decir las palabras del autor como si estas, en efecto, fuesen peces luna imposibles de atrapar; o como si una lluvia de cascabeles embrujados les impidiese abrirse en canal a ese desfile incesante de palabras que queman. Palabras que vienen a decirnos, enloquecidas: vosotros, el público, vivid desenmascarademente, sin dueños, sin temores. [«Señor. / ¿Qué? / Ahí está el público. / Que pase».]

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¡Qué bienestar!

7 de noviembre de 2016

ESPECTÁCULO. Título: ‘¡Chist!’ (antología). Textos, música, arreglos y dirección: Les Luthiers. Iluminación: Bruno Poletti. Intérpretes: Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Carlos Núñez Cortés, Martín O»Connor y Horacio Tato Turano. Representación: Auditorio Víctor Villegas. Lunes 7 de noviembre de 2016. Calificación: Muy bueno.

Aparecen los cómicos/músicos/cantantes de Les Luthiers en escena, y el público se deshace vivo en una cariñosa ovación que, a partir de ese momento, se repetirá constantemente. Claro está que los espectadores que acuden año tras año, década tras década, y ya mismo siglo tras siglo al reclamo jovial y entrañable de los argentinos menos pesados y mejor recibidos de planeta, está integrado en su práctica totalidad por forofos insobornables que se han malcriado a base de un humor fino y con talento. Y son unos mimados.

Yo mismo mataría, por ejemplo, al necio de turno que se atreviera a decir una sola palabra en contra de ese sinvergüenza, de ese canalla, de ese fresco, de ese plagiador, de ese descaradado, de ese trepa, de ese mediocre sin igual, de ese compositor irrepetible llamado Johan Sebastian Mastropiero, a quien amamos por encima de todas las cosas porque le debemos un tropel de carcajadas medicinales que curan sin dolor los males del alma.
Te ríes mucho disfrutando de la antología ‘¡Chist!’, con la que han regresado a Murcia; te relajas, te sientes como en casa, entre amigos, entre ingeniosos juegos de palabras y un trabajo excelente de Les Luthiers, que siguen en su línea: ‘sketches’ muy cuidados y hábiles, alta dosis de escepticismo, nula intención de adoctrinar, relativismo positivo y humanidad a raudales. Son ya muchos los años disfrutando con Les Luthiers y, como el tiempo, que es cruel, no perdona, la muerte nos dejó sin Daniel Rabinovich, que ha sido sustituido, la verdad es que con mucho acierto, por Martín O’Connor, que canta tan «como los ángeles» que, la verdad, si en algún momento del espectáculo nos hubiese interpretado completa, por ejemplo, la romanza ‘Por el humo se sabe dónde está el fuego’, o incluso ‘Doña Francisquita’ entera, tan contentos que nos habríamos puesto. Qué imponente registro lírico el suyo, y qué grandes dotes para la comicidad. Estuvo espléndido en todo momento.
‘¡Chist!’, la antología estrenada en 2011, ofrece algunas –entre tantísimas– de las mejores piezas de la trayectoria de Les Luthiers. Y logra el resultado habitual: qué bienestar, qué gran triunfo sobre el abatimiento y qué certeras palabras inventadas –»fusilánime», por ejemplo–. Arranca ‘¡Chist!¡ con una pieza estrenada en 1994, ‘Manuel Darío (canciones descartables)’, con la que hace su presentación O’Connor dando vida a un conocido cantautor de música popular; magnífico en este número Marcos Mundstock como Franz Oppenheimer, prestigioso profesor de Música a quien Manuel Darío llama ¡‘López Jaime’! Por cierto, ambos vuelven a estar magníficos en ‘La hija de Escipión (fragmento de ópera)’–por supuesto del maestro Mastrpoiero– dando vida a Daniel ‘El seductor’ (O’Connor), que acude a cantarle a su ventana a Juana María del Sagrado Corazón, y a Escipión (Mundstock), quien se niega a que su hija sea cortejada por cualquiera… que no tenga dinero.
También ellos protagonizan ‘La comisión’, que cuenta la tronchante reescritura de un himno nacional solicitada por el partido corrupto en el poder, cuyo desarrollo se va intercalando en diversos momentos del espectáculo y a cuyo elenco se suma, dando vida al compositor, el grandioso Carlos Núñez Cortés. Qué grandes tambien Carlos López Puccio en ‘Los jóvenes de hoy en día (r.i.p. al rap)’, y Jorge Maronna en la propina con la que se cierra el espectáculo, el delicioso número musical ‘Rhapsody in Balls’, perteneciente al espectáculo ‘Lutherapia’. Un genial mano a mano entre el piano de Carlos Núñez Cortés y el impresionante bolarmonio, artefacto musical de viento construido con dieciocho balones de voley y que convierte a Maronna en un ‘tocapelotas’ de gran e hipnótico virtuosismo.
Todo muy bien, pero, ay, por qué nos dejaron sin el inmenso placer, desternillante placer, apoteósico placer, de volver a escuchar a Nuñez Cortés metido en el pellejo de esa maravillosa negra ciega cantante de jazz que protagoniza ‘Quién mató a Tom McCoffee’. Ni que decir tiene que el público que llenaba el lunes el Víctor Villegas, en la primera de las tres funciones que ofrecen en Murcia, los despidió, en pie, con otra rotunda ovación de lujo. ¡Mastropiero, cabronazo, vuelve pronto!

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Sobre el autor Antonio Arco
Junto a una selección de entrevistas y críticas teatrales, el lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, los artículos de Opinión publicados los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con filósofos, poetas y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa' 2016.

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