La Verdad

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Trillo, de nuevo
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Antonio Arco | 08-01-2017 | 15:48| 0

(¿Por qué no ha mostrado jamás compasión por los seres queridos de los muertos del Yak-42, a quienes trata con desdén?)

8 de enero de 2017

Pepe H / Nacho Rodríguez

Un día me dijo: «Cuando voy [por Cabo de Palos] disfrazado de Spiderman en bicicleta, la gente me da ánimos, me muestra afecto y me recuerda el lema del pontificado: ¡manda huevos!». Ya no era por entonces el Federico Trillo popular y campechano de aquel inmortal ‘¡viva Honduras!’ que exclamó ante el ejército de El Salvador siendo ministro de Defensa, y con el que obligó a los soldados salvadoreños, ¡pobres!, a responder ¡viva!, antes de que el que también fue con éxito presidente del Congreso de los Diputados, ya más atinado, exclamase a continuación ¡viva El Salvador!, seguido del ¡viva!, ahora sí dicho de corazón, de los soldados, todo ello en un contexto de chiste de Jaimito en el que se descuida un pelo el coqueto Trillo y todavía estarían allí todos gritando ¡viva!. Ya no gozaba de tantas simpatías. Por entonces, reprobado con ahínco por toda la oposición por su actuación en el caso –terrible– del Yak-42, y mientras seguía defendiendo su inocencia con una vehemencia que encerraba una lluvia de lágrimas y de rabia, estaba a la espera de que la Justicia se pronunciase y confiado en que las aguas de su honor herido de muerte volverían a su cauce. Pero no fue así, aunque su partido y Presidente/Rajoy decidieron enviarlo más tarde a un envidiable exilio dorado: embajador en Gran Bretaña.

Y, ahora, cuando parecía estar hibernado el trágico, persistente, nada épico, humanamente comprensible a ratos, y más que dudosamente útil y galante férreo afán de Trillo por quitarse de encima con fruición y al galope toda responsabilidad en la tragedia abierta e imposible de olvidar del Yak- 42, el avión hecho un asco que en mayo de 2003 decidió estrellarse por su cuenta en suelo turco y acabar con la vida y la hoja de servicios de 62 militares españoles que regresaban de Afganistán, el Consejo de Estado ha vuelto a encender el fuego de la verdad responsabilizando por unanimidad a Defensa de tan vergonzoso y dramático episodio y otorgándoles, de paso, una gran victoria moral a las familias de los fallecidos.

Trillo siempre peleó por salir airoso de un episodio tan triste e injusto para las Fuerzas Armadas españolas, pero cuesta trabajo creer, por mucho que el único rostro que él muestre en público sea el de una inaceptable arrogancia y una falta de piedad que provoca pavor, que no sienta sobre sus espaldas el peso, personal y político para un hombre que siempre ha valorado el honor, el cumplimiento del deber y el servicio a la patria como tres obligaciones de su condición de buen español, de que ya en su momento la Comisión de Defensa del Congreso lo señalase para la Historia como «responsable político directo» del infierno del Yak-42, y de que por siempre millones de sus compatriotas de buena voluntad sientan vergüenza ajena por su desfachatez a la hora de enfrentarse al desgarro de tantos muertos y vidas de sus allegados violentadas para siempre.

Fueron tiempos muy duros. ¿Cómo olvidar también las desastrosas autopsias que se realizaron a los cadáveres antes de su rápido, pero esperpéntico, traslado a España, a la hora de analizar el hecho inaceptable y bochornoso de que hubo errores en la identificación de treinta de los cuerpos de los militares? Treinta cuerpos sin vida llorados, cubiertos de flores, oraciones y palabras de amor, y finalmente incinerados o sepultados, con el mayor de los mimos y el desconsuelo, por madres, padres, hermanos, mujeres, maridos, novias, novios, hijos y amigos que no eran los suyos y a los que ni siquiera habían sido presentados.
Me gustaba hablar con Trillo de Shakespeare, a cuya obra dedicó su tesis doctoral. Un día lo hicimos sobre el criminal y tirano personaje de Macbeth, que es cierto que termina inspirando, devorado por los remordimientos, cierta ternura. Me contó que su padre le enseñó a que «odiase el delito y compadeciese al delincuente». Y que añadió: «La razón juzga y el corazón compadece». ¿Por qué entonces él no ha mostrado jamás compasión por los seres queridos de los muertos, a quienes trata con desdén? ¿Por qué no ha rectificado su modo despiadado de referirse a ellos? ¿Por qué siendo un tío inteligente, y valioso en muchos aspectos, se ha olvidado del consejo de su padre y se empeña en no rectificar en nada, pensando que, una vez más, este invierno de descontento shakesperiano que lo ha cercado pasará y no habrá ya un solo muerto que ose perturbar sus sueños y su conciencia?

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Ser valiente
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Antonio Arco | 18-12-2016 | 16:01| 0

(El alhameño olímpico Antonio Peñalver declara que sufrió abusos de su entrenador cuando tenía 14 años)

18 de diciembre de 2016

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

Te piden ayuda, salen de sus tumbas todos tus fantasmas, vuelves a vivir el atropello y la humillación, te pones en la piel de otro, del que ahora está pasando por el mismo pequeño o gran infierno que tú ya conociste, y regresa la rabia, la culpa por haber permanecido callado, el profundo malestar por no haber hecho lo necesario para evitar que otros pasasen más tarde por el mismo temblor de cuerpo y afectos mal entendidos que tú. Te sientes mal, te miras al espejo, han pasado muchos años, sí, pero no has podido olvidar: los abusos, la traición de la confianza. Tú, con tan solo 14 años, frente al hombre maduro en quien confiabas, tú y tu familia confiabais. Llámalo sexo, deseo, debilidad de la carne…; llámalo confundir la autoridad con la sumisión, llámalo aprovecharte de la admiración ajena, llámalo que no te importe hacer daño, erosionar para siempre el futuro de un adolescente entre tus manos, llámalo ser un pobre hombre.
‘¿Cómo no hacerlo?’, ¿cómo nadie supo parar a tiempo?’, ‘¿cómo seguir callado?’. Se mira al espejo, solo él ante el espejo. Las heridas son internas, siguen respirando. Ha pasado mucho tiempo, ha tenido dos hijos, ha conocido en cuerpo y alma la gloria olímpica, y nunca se ha ido de su tierra, donde fue herido, donde calló, donde aprendió a convivir en un silencio espeso, extraño, con la fractura que los abusos causaron en su ingenuidad, en sus anhelos, en su modo de convivir con los afectos: ¿cómo desterrar la desconfianza, cómo volver a fiarte por igual de los otros? Hay otros que se presentan como modelos a seguir, otros que reciben el reconocimiento de la sociedad, otros que llevan doble vida, otros que no saben parar antes, a tiempo, que no ponen freno, que se creen libres de ser descubiertos.
‘¿Cómo no voy a hacerlo?’, se dijo Antonio Peñalver ahora, pasado un largo tiempo de triunfos y espinas, sabido que el silencio aviva el ímpetu de todas las violencias por perpetuarse, por alimentarse de nuevas víctimas: de abusos, de guerras, de avasallamientos económicos, la violencia política, económica, religiosa, los prejuicios, las iras, los vendidos al enemigo por venganza, los inocentes acusados en un baile de envidias y de celos, el eterno devorar del fuerte al débil; los menores acosados entre pupitres, sacristías, entre los de su propia sangre, por aquellos a los que tienden sus manos para recibir apoyo, protección, enseñanzas.
Cuesta entender los abusos. Llegó el momento. Antonio Peñalver recibió un mensaje, casi una llamada de socorro. No hay un día en el que ya estemos libres de tener que cargar con nuestra noche oscura. Llegaba desde Tenerife, donde una juez no había creído a Alberto, un joven exatleta de 19 años –Peñalver también lo fue: joven, atleta de lujo en las memorables Olimpiadas del 92– que denunciaba al entrenador de atletismo Miguel Ángel Millán por haber abusado de él cuando tenía… 13 y 14 años. Sabían que se comentaba que él pasó por lo mismo, los abusos, cuando en la década de los 80, en Alhama, fue entrenado por Millán –en libertad con cargos, investigado por un juzgado de La Laguna por un presunto delito de acoso sexual agravado– y ‘obsequiado’ con sus excesos.
Le pedían ayuda. ¿Podrías contar lo que te pasó, Antonio, y apoyar así a Eduardo para que lo crean? Otros muchos prefieren guardar silencio, por la vergüenza, por la familia, por su honor, por miedo o por si acaso así, en lo invisible, se alejan alguna vez las pesadillas. ‘¿Cómo no voy a hacerlo?’, se dijo y les dijo. ¿Cómo no parar las injusticias, los abusos? Hay que pararlos, plantar cara, ¿cómo no hacerlo?
No ha sido fácil. Han pasado muchos años. Se podría haber amparado en que esta ya no es su guerra. Podría haber seguido con su vida, sin más líos. No es agradable reconocer que han abusado de ti, y que han pasado décadas sin denunciarlo, y que has podido contribuir a que la pelota en carne viva siguiera rodando: llámalo sexo, llámalo poder, llámalo enfermedad que, en todo caso, habría que tratar. Ahora Peñalver tiene 48 años, es profesor en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM), es padre, expolítico, historia gloriosa del deporte español. Ha hablado, ha sido valiente. Su relato ante la Policía le costará haber finiquitado su apacible anonimato. Fue objeto de deseo, ahora lo será de interminables comentarios. Relató los abusos que padeció: tenía 14 años, los 14 años de un atleta de élite que siempre tuvo una mirada que escondía desamparo.
Algo extraño se le adhirió para siempre en el transcurrir de sus días, algo que jamás debió ocurrir. No más silencio. Nunca es tarde para ser valiente, colaborar, pensar en otra gente. No ha querido permitir que Eduardo quede como un mentiroso. ‘¿Cómo no iba a hacerlo?’, ¿Cómo seguir callando si «todavía hay gente que no ha sido capaz de hablar de ello, gente que se ha ido a la mierda porque, y esta es una suposición mía, no ha sido capaz de digerir esta atrocidad»? Parar a tiempo, antes de que sea tarde. Dar la cara, poder mirarte a ti mismo a los ojos.

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Llegar a fin de mes
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Antonio Arco | 11-12-2016 | 18:37| 0

11 de diciembre de 2016

(Dice el cosmólogo Fergus Simpson que la especie humana podría extinguirse en menos de 700 años)

 

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

Que en menos de 700 años justos usted y yo, sin distinción de sexo, raza o religión, vamos a ser calvos de solemnidad, calvos con todo merecimiento y calvos a los que ya nos dará igual no tener derecho a réplica, eso ya se lo dejo yo claro ahora mismo para que ninguno nos llevemos luego a engaño, señoras y señores míos, todos calvos y, por fin, libres de toda carga y completamente iguales, ¡objetivo cumplido!, ante la Ley.
Pero es que ya no solo se trata de lo que nos vaya a pasar a nosotros, que, la verdad sea dicha, tampoco es un tema tan trascendente más allá de lo irrefutable que es el hecho constatable de que cada uno tiene su corazoncito, sus buenas púas y algún que otro plan para cuando llegue la jubilación, sino de algo más grave que traspasa los límites de nuestro propio ombligo hasta convertirse en una catástrofe, o puede que no tanto, universal. Dice el cosmólogo Fergus Simpson, literalmente y sin aparente afán de amargarle a nadie las Pascuas más allá de las amarguras propias con las que ya andamos braceando cada uno, que la especie humana podría extinguirse en menos de 700 años.
Eso es, 700 años, que es un número redondo que, fíjese bien, te descuidas unas cuantas reencarnaciones, viviéndolas a lo tonto, y te lo encuentras a la vuelta de la esquina, que es el lugar más filosófico del mundo porque allí te puedes encontrar con mil sorpresas y preguntas.
Ha coincidido en el tiempo el anuncio de Simpson verdaderamente conmovedor, esperanzador y por qué no muy de calentar los consumistas motores navideños, con la noticia de alcance de que cien destacados científicos piden inversiones para evitar que un asteroide destruya la Tierra, que es justamente ese planeta que tenemos tan a mano, cada vez más azul plástico, que ya nos estamos encargando nosotros solitos de mandar al cuerno, bien es verdad que con el apoyo incontestable y obstinado de mamíferos bípedos como el así llamado sirio Bashar al-Asad, por solo poner un ejemplo sangriento e irritante de entre todos los que no tendrían cabida en tres o cuatro océanos atlánticos.
Y si esto es así, que se nos van acortando los plazos mientras al mismo tiempo disminuyen, de paso, los días de ensueño que podemos destinar a bucear entre corales y a felicitarnos por haber conseguido tener ya prácticamente la vida y sus placeres resueltos, no cabe más que alegrarse por todos aquellos a los que la última palabra dicha por el Tribunal Supremo –cuyos miembros, de nuevo sin excepción de sexo, raza o religión, no se salvarán de lo de la calvicie a la vista sí o sí, suponiendo que no la tengan ya instalada a perpetuidad sobre sus doctas cabezas– les vendrá bien a la hora de ahorrarse algún que otro gasto de los muchos que conlleva este final de mes de diciembre.
Porque el Supremo ha tenido a bien, a lo mejor porque le pillaba de camino al supermercado, o porque donde esté un buen jamón de cerdo, con perdón, ibérico, es más fácil que florezca la paz de estómago, dejar bien claro que las cestas de Navidad son un derecho adquirido del trabajador, con cuyas ilusiones infantiles y despensas familiares no se puede ir jugando al escondite.
El Supremo se ha pronunciado muy solemnemente sobre tan sensible asunto, a raíz de que solicitasen amparo unos trabajadores, muy de cesta navideña arraigada en sus adentros, que afectados por una fusión empresarial vieron cómo volaban sobre sus cabezas embutidos y turrones sin que estos terminasen aterrizando entre sus brazos. Y todo porque la empresa de la que provenían tenía la «voluntad inequívoca» de gratificar a sus empleados, mientras que la de acogida como que pasa de afianzar lazos como no sea a coste cero.
Cierto es que una cesta navideña bien surtida ayuda a llegar a final de mes, otro lugar al que cada vez le cuesta arribar ilesa a más gente corriente, pero yo prefiero, sin desmerecer para nada el valor intrínseco, incluso cultural, de un noble queso curado y unos buenos berberechos, por ejemplo, que la «voluntad inequívoca» de nuestras empresas sea la de favorecer al máximo las condiciones técnicas y humanas para que se pueda llevar a cabo de forma sostenidas en el tiempo un trabajo bien hecho, valorado con atinados criterios profesionales y remunerado justamente. Y el morcón, si acaso, pues ya veremos de dónde lo sacamos.

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Para gastos
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Antonio Arco | 04-12-2016 | 19:05| 0

4 de diciembre de 2016

 

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

(He aquí una secretaria judicial, he aquí 150.000 euros que fueron desapareciendo del juzgado como por un mandato zodiacal)

Nada, nada, poca cosa escasa, calderilla de rico como Dios manda: 150.000 euros no son todo el oro del mundo, aunque está claro que usted y yo, incluso quitándole a esa cantidad los tres ceros finales, ya nos daríamos con un canto en los dientes. 150.000 euros, sí. Eso es justo lo que fue robando, sin querer queriendo robar, sin prisa pero sin pausa robando, incluso con serenidad y robando sin echar las campanas al vuelo y contárselo a los cuatros vientos. No, fue robando llevando el asunto del robo sistemático con cautela, como para sus adentros –sin por lo visto incluir su conciencia–, la ya exsecretaria judicial de Cazalla de la Sierra, doña Isabel Esteban. He aquí todo un ejemplo fino de que en casa de herrero, cuchillo de palo, y de que no hay nada como no tener que trabajar para pagarte los caprichos y el asueto. Con dinero de los otros, con dinero que no es tuyo, con dinero que debería dar vergüenza solo pensar en rozar, se va tirando mejor, más sueltos de bolsillo y ánimos, como que las cuentas salen más redondas y, mientras no me pillen, pues yo a vivir, que incluso para las secretarias judiciales esto de existir también son dos días, con sus respectivos insomnios, decepciones y sueños por cumplir. He aquí una secretaria judicial, he aquí 150.000 euros que fueron desapareciendo del juzgado como por arte de magia, como por obra y gracia del Espíritu Santo, como por un mandato zodiacal o como fruto de una chorizada más, ni más ni menos, tan típicamente Marca España.
Doña Isabel Esteban se gastó esos ‘eurillos’» robados al contribuyente, ese dinero a su cargo, ese pequeño tesoro sevillano, en ropa para ella y para su hijo, porque no hay nada más hermoso que compartir con tus seres queridos lo no ganado con razón, y en viajar, porque se sabe que no hay nada como tirar millas para conocer gente, para hacer amigos, gente de paz, gente de bien. Descubierto el robo, una vez imputada, confesó al mundo todo que fue quedándose con lo ajeno porque se encontraba mal, como fuera de sí misma, como perdida entre neblinas, como falta de algo suelto para el café de la tarde, como presa de un no sé qué que la impulsaba al robo descarado; la misma fuerza oculta la podría haber conducido a hacerse voluntaria de Cruz Roja, o a practicar yoga en las Alpujarras; pero no, mira qué casualidad, los designios del cosmos para con ella se ve que iban por el camino que conduce a meter la mano en la caja. Se lleva mucho eso, sí, intentar vivir de lujo o parecido a costa de otros, los otros, los votantes, los asalariados, los afiliados, los activistas, los pobres de pedir, los pobres que se dejan torear, los necios que se empeñan en seguir siendo honrados y los que no escarmientan nunca.
A doña Isabel Esteban le gustaba ir de compras por Sevilla, lo cual tampoco deberíamos considerar una excentricidad, pero todavía le gustaba más hacerlo con los euros trianeros que fue desviando, incluso en esos días en los que el calor te deja sin fuerzas para nada, de las cuentas bancarias del juzgado que tenía su confianza depositada en ella.
Durante al menos cuatro años, que se pasan en un vuelo de cóndor, entre 2011 y 2015, se puso literalmente las botas. Pero, fíjese, lo curioso es que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) –llamémosle ‘ojo de lince’– la destituyó por otra serie de irregularidades que tenían que ver con el cometido de su cargo –abogados y procuradores la acusaban de despotismo y abuso de autoridad–, pero no con el dinero que se iba evaporando hacia su cuenta.
Te quedas mirando a ver cómo reaccionará el personal y las sorpresas no se hacen de rogar. 150.000 euros son una gota de sangre en el océano para todo el poderío económico que maneja con pies de metralla el Estado Islámico, que encima tiene superávit de terroristas, instalados en la debilitada Europa, dispuestos a darlo todo para que cada vez sean menos los que tengan que compartir el aire enrarecido que se respira. Pero, tranquilos, que Trump ya está empezando a tomar cartas, café y puro no cubano en los asuntos que, en mitad de este zarpazo que ha dado la Historia para evidenciar en horario de máxima audiencia mundial que todo está en el aire, resulta que sí le conciernen. Ya ha llegado para quedarse, como secretario de Defensa de Estados Unidos, el general retirado James Mattis, apodado ‘Perro Loco’; él sabrá por qué y sus motivos tendrá. Enternecedor.

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¡Bravo, bravo, bravo!
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Antonio Arco | 01-12-2016 | 14:01| 0

1 de diciembre de 2016

LA OBRA: Título: ‘Incendios’. Autor: Wajdi Mouawad. Traducción: Eladio de Pablo. Intérpretes: Ramón Barea, Laia Marull, Nuria Espert, Carlota Olcina, Álex García, Germán Torres, Lucía Barrado, Alberto Iglesias. Iluminación: Felipe Ramos. Espacio sonoro: Orestes Gas.Vídeo: Álvaro Luna. Vestuario: Antonio Belart. Escenografía: Carl Fillion. Dirección: Mario Gas. Representación: Teatro Romea de Murcia, jueves 1 de diciembre de 2016. Calificación del espectáculo: Excelente.

Ros Rivas

No es ‘Incendios’ solo una obra de teatro: es un regalo extraordinario, un bálsamo muy lúcido contra las trampas que nos tiende el corazón –la indiferencia, el rencor, la furia…–; es un vuelo altísimo de águilas majestuosas que contemplan con piedad las miserias humanas; es un dolor inmenso que se instala en la garganta, si bien, lejos de ahogarte, te ayuda a respirar más hondo en la medida en la que vas comprendiendo: nuestra fragilidad, el amor sobrenatural de las madres, la sabiduría de la vejez, el poder de la amistad, la grandeza de las promesas cumplidas, la heroicidad del que dona su sangre al enemigo. Es un texto, de Wajdi Mouawad, de una belleza brutal: amarga por momentos como un corte en la yema de los dedos, deslumbrante hasta conseguir que pierdas por completo la noción del tiempo: tres horas.
¿Qué importa el tiempo cuando estás, no viendo, sino sintiendo con unos nuevos ojos la crueldad inútil de todas las guerras, la barbarie instalada junto a nuestros balcones y vidas cotidianas, el desgarro que a ti también te hiere de todo combatiente masacrado en la batalla, de toda mujer violada, de todo bebé arrojado al vacío o al hielo, de todos los huérfanos, las viudas, los hombres convertidos en asesinos de sus propios hermanos? Todo esto, y una poesía de lujo, y una carne dramática que palpita ante ti con un arrojo propio de enamorados, se encuentra en «Incendios», uno de los grandes textos del siglo XXI; mejor, seamos justos: de todos los siglos. Es la gran tragedia contemporánea, la gran lección por aprender, el gran alarido urgente que alerta sobre la inutilidad de la violencia, del ojo por ojo.
Nawal Marwan muere tras pasar los cinco últimos años de su vida en un silencio hermético. Aunque no se dice expresamente en el texto, es libanesa y llegó a Quebec huyendo de la guerra que desgarró su país de 1975 a 1990.
Sobre su espíritu se acumulan las cicatrices de todas las atrocidades que padeció: torturas, humillaciones, quebrantos inimaginables. Guarda grandes secretos, terribles secretos, que jamás compartió con sus hijos gemelos: se llaman Simon y Jeanne. En su testamento, le encarga a su amigo, el notario Hermile Lebel, que entregue a cada uno de ellos una carta, que a su vez estos deberán entregar a otros destinatarios del modo siguiente: él, a un hermano cuya existencia desconocían por completo; ella, a su padre, que siempre creyeron muerto. Empieza ahí una ‘odisea’ de aventuras tan fascinantes –se mezclan el pasado y el presente– como desgarradoras, con claros ecos gozosos de Sófocles y de Shakespeare. Una locura.
Y si el texto es perfecto en su forma de tejer una vida entera con todas sus luces y sombras, y el rostro marcado por el amor y el odio de toda la Humanidad, el trabajo de todos los profesionales que han puesto en pie este montaje, que dejó al público del Romea paralizado, envuelto en una conmoción palpable, es magnífico. Lo es la dirección del maestro Mario Gas, que parece haber dirigido este montaje con el corazón sujetado entre sus manos; y lo son los trabajos de los intérpretes que han tenido la suerte de participar en él.
Nuria Espert y Ramón Barea son los más veteranos del reparto, sea para ellos la mayor gloria; se la merecen. Espert es un milagro. Queda dicho. Ya no es una actriz, no, no; ya se ha convertido en una manada de lobos que te recorre el pecho, ya se ha transformado en un frescor de arroyo que desciende purísimo de las altas montañas; en un fuego que no se extingue jamás, de cuyo calor y compañía no quieres separarte. Hay que verla en ‘Incendios’, dando vida a Nawal adulta –una estupenda Laia Marull se encarga de mostrárnosla en su juventud– o a la anciana Nazira, para saber en qué consiste el verdadero teatro: te sientes vivo como nunca. Barea derrocha una humanidad y un poderío escénico que te desarma.
Nawal le dice a su hijo Simon: «La infancia es un cuchillo clavado en la garganta y tú has sabido extraerlo. Ahora, hay que reaprender a tragar saliva. Ahora, hay que reconstruir la historia. La historia está hecha añicos». Llegado ese momento, todo el público habita ya en una emoción asombrosa.

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Un minuto de silencio
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Antonio Arco | 27-11-2016 | 19:11| 0

27 de noviembre de 2016

(No tuvo la suerte el corazón de Rita Barberá que sí tuvo el del ingeniero Tal Golesworthy, que lleva diez años pudiéndolo contar)

No tuvo la suerte el corazón de Rita Barberá –jodida y triste muerte, a solas, en una jodida y triste habitación de hotel– que sí tuvo el del ingeniero Tal Golesworthy, a quien el destino y la medicina le dieron otra oportunidad. Oportunidad que aprovechó de maravilla Golesworthy, que se diseñó a conciencia, con evidente éxito y bajo la enorme presión que conlleva el hecho de saberse carne de cañón mortal, el implante que desde hace una década le mantiene vivo. Barberá llegó a estar más de dos décadas gobernando el corazón de la ciudad de Valencia, pero las pulsaciones de la ciudad dejaron de serle favorables y terminó llevándose en las urnas lo que ella misma describió, sin venirse a engañó, así de terrenalmente: «¡Qué hostia, qué hostia». Fue el principio del fin, y la menor de las hostias que se cruzaron en su camino ya nunca más de rosas, que se tiñó a plena luz de toda España pendiente, con su calvario a cuestas como imputada por el Tribunal Supremo, del color negro de un rosario de desengaños y tristezas.
No sé si empeoró su salud – «está lloviendo salud», dice un verso del poeta valenciano Vicente Gallego que, en efecto, nada tiene que ver con ella–, pero sí que lo hicieron la cantidad y la calidad del afecto que recibía, tan vital para una mujer tan torrencial, para una reina destronada que no tenía costumbre alguna de sentirse un estorbo de grandes proporciones, tan grandes como que hablamos de la investidura presidencial de Mariano Rajoy, su amigo; la sola idea de perjudicarle la descorazonaba. Era fiel a los suyos y se quedó helada cuando la apartaron de la que era su vida: el PP.
«Pobre España», escribió Barberá al periodista Carlos Herrera, a quien reconoció por WhatsApp, aunque intuyéndose su voz ronca de ordeno y mando arropando sus palabras, tras ser expulsada de su partido. «Estoy rota. Todo es injusto, desproporcionado e inhumano», dijo. ¿Injusto? Quedará por ver si habría sido o no condenada. ¿Desproporcionado? Para desproporcionado, el comportamiento, no por previsible menos reprobable, que una vez más tuvo el portavoz popular Rafael Hernando, tirando balones fuera, encendiendo fuegos, irresponsable, muy por debajo de lo que se espera de la proyección de su cargo, que él se empecina en arrojar por los suelos; «¿qué chorrada es esa, Rafael Hernando, del linchamiento de las hienas?».
«Inhumano», decía Barberá. ¿Inhumano? Pues eso que no ha vivido para ver las necedades que se han dicho, aquí y allá, estando todavía caliente la noticia de su imprevisto adiós. No me voy a referir a la negativa de Iglesias&Podemos a guardar un minuto de silencio en el Congreso, estando claro que se afanan en dar la impresión de que allí no tienen nada mejor que hacer que chiquilladas.
Pobre España. Una hay que tenía por sensata, Uxue Barkos, ahora presidenta de Navarra, cuyo Gobierno ha considerado una loable acción sumarse a la manifestación celebrada en Alsasua contra el procesamiento por terrorismo de nueve mendas detenidos por el, por lo visto, minúsculo detalle de haberla emprendido a garrotazos goyescos, y en solidaria pandilla, contra dos guardias civiles que iban acompañados de sus parejas, con las cuales tuvieron la ‘galantería’, para que estas no se sintieran menos importantes que ellos, de darles también lo suyo en forma de golpes que se distribuían sin restricciones y de acuerdo con una política de linchamiento no sexista.
A estas alturas de la película de tensión creciente que se está rodando en nuestro país, deberían saber ya nuestros, así llamados, representantes políticos de todo pelaje –la gran Nuria Espert dice hoy en ‘La Verdad’ que «los nuevos partidos son ya viejísimos, y los viejos directamente Matusalén»–, no solo que es cierto que conviene, como dice Sáenz de Santamaría –que lo mismo baila que acierta–, distinguir la firmeza de la dureza y la dureza de la crueldad. También tienen el deber, la obligación, el mandato y la razón de ser fundamental de no contribuir a desatar los más bajos instintos, de intentar frenar el caos en lugar de acelerar su expansión, y de trabajar codo con codo para que no involucionemos hacia lo primitivo, la demagogia enfermiza, la burda mentira alimentando la vida pública y el no esperar ni sesenta segundos antes de echarse unos a otros el muerto, sin darle tiempo a que pueda convertirse en polvo enamorado.

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¡Toma patada!
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Antonio Arco | 20-11-2016 | 19:18| 0

20 de noviembre de 2016

Pepe H / Nacho Rodríguez

(Valentino Rossi conducía su ‘scooter’ entre el gentío, por lo visto esperando que a su paso se abriesen de nuevo las aguas del Mar Rojo)

Mejor será que Ana Cabanillas, de Cádiz mismo, no tuviera entre sus sueños el de que Valentino Rossi, tras cruzar su mirada con las pupilas de ella, no pudiese resistirse a la tentación de pedirle de rodillas que aceptase ser invitada a una cena íntima a la luz de las velas. Mucho mejor que esto no se le hubiese pasado jamás por la cabeza porque, lo que sí pasó en realidad es que el piloto le arreó, sin querer queriendo, una patada despectiva y muy patada, mientras ella, toda inocente en su mañana de domingo, se disponía a hacerse un ‘selfie’» con palo. ¿Cómo se lo iba a imaginar? Pisando con su calzado color fresa por el ‘paddock’ del circuito valenciano de Cheste, muy concurrido y soleado, de pronto, mientras –¡eso sí!– caminaba de espaldas y a la aventura, buscando el mejor ángulo para su foto de recuerdo, sintió en su propia piel lo que se viene llamando una patada –se admite también coz–, acompañada de un nada cariñoso empujón y de un gesto de desdén nada instructivo. Cuando Ana Cabanillas se volvió, dolorida pero entera, a ver quién la había tratado como a una pieza de rodeo, descubrió, sorprendida pero no agradecida, que había sido Rossi el autor material del gesto bruto.
Rossi conducía su ‘scooter’ entre el gentío, por lo visto esperando que a su paso se abriesen de nuevo las aguas del Mar Rojo y él pudiese transitar por el ‘paddock’ como una reina, cuando, al toparse con el cuerpo de espaldas de Ana Cabanillas tropezando con el suyo, tuvo una revelación: «¡A esta le pego yo una patada, sin autógrafo incluido, y asunto concluido!». Ahora, ella se plantea denunciarle, porque, tras pensar en un primer momento que ¡la patada más empujón más gesto de desprecio! había sido todo ello sin querer, se dio cuenta al ver el vídeo de los hechos de que de eso, nada. Lo ha comprendido: lo hizo con mala leche, con pleno conocimiento de causa, a plena luz del día, toma patada que yo me voy.
La que no debió imaginarse ni muerta la forma terrible en la que moriría, un modo de irse de este mundo a los 81 años que debería hacernos salir a todos a la calle a poner un poco de humanidad allí donde habiten los más desamparados, que siempre son los que en mayor multitud terminan pagando el desorden injusto en que vivimos, fue Rosa. Así se llamaba: Rosa. Vivía, por así decirlo, en una vivienda de Reus. Bueno, hasta ahí todo normal, tarde o temprano será una suerte que usted y yo también podamos llegar a los 81 años de vida; y, en cuanto a lo de ser habitante de Reus, pues nada que objetar, así en principio, tampoco. Lo que ya no está tan claro, más bien todo lo contrario, es la forma en la que iluminaba Rosa su vivienda cuando llegaba la noche. Con velas. Y no por gusto, no era un homenaje a la tierna escena amorosa, a la luz de una de ellas, que protagonizan Reina y Golfo en ‘La dama y el vagabundo’.
A Rosa le habían cortado la luz hacía dos meses porque no podía pagarla. De momento, se apañaba con velas, ya veríamos qué pasaría cuando el frío llamase a su puerta. No tenía edad para penurias y sobresaltos, pero ambas cosas las conoció demasiado bien, con todo lujo de detalles. Murió tras el incendio que las velas provocaron. Ardió. Por lo visto, ni el Ayuntamiento de Reus ni Gas Natural, que no es precisamente una compañía pobre de solemnidad, querían que pasase lo ocurrido. No, no, por supuesto que no. Uno y otra andan cruzándose acusaciones tratando de quitarse el muerto de encima. Pero el muerto de encima tiene nombre, y también tenía una edad que hubiese requerido un gran respeto, un inmenso respeto.
El Ayuntamiento alega, a la luz de la bofetada que se le ha venido encima, que Gas Natural no le había avisado del corte en el suministro de luz de la anciana; Gas Natural replica, ensombrecido su nombre por una muerte que se podía haber evitado, que desconocía que la fallecida se hallaba en una situación vulnerable. Sin querer, nadie quería, nadie sabía, nadie es responsable.
Queriéndolo, la Audiencia ha absuelto al concejal madrileño Zapata –esa luz que ilumina el camino de la inteligencia y el humor fino– del delito de humillación a las víctimas del terrorismo, como si las víctimas del terrorismo no tuviesen ya bastante encima para que llegue Zapata a tocarles los huevos crudos. Zapata se mofó sin la menor gracia de Irene Villa, una víctima de ETA que lo pudo contar por los pelos. Zapata dice que no quiso ofenderla, no quiso herirla, no quiso hacer el cafre. Fue sin querer.

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¿Lorca? ¡Que pase!
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Antonio Arco | 19-11-2016 | 14:07| 0

19 de noviembre de 2016

LA OBRA. Título: ‘El público’. Autor: Federico García Lorca. Intérpretes: Nao Albet, Jesús Barranco, David Boceta, Juan Codina, Laia Durán, Rubén de Eguia, Irene Escolar, Óscar de la Fuente, María Herranz, Alejandro Jato, Jaime Lorente, David Luque, Nacho Vera, Guillermo Weickert. Escenografía: Max Glaenzel. Iluminación: Carlos Marquerie. Vestuario: Silvia Delagneau. Espacio sonoro: Nao Albet. Dirección: Àlex Rigola. Producción: Teatro de la Abadía y Teatre Nacional de Catalunya. Representación: Teatro Romea de Murcia, sábado 19 de noviembre de 2016. Calificación: Interesante.

Ros Rivas

 

Pero qué bien que le sentó al gran espectáculo visual en que ha convertido Àlex Rigola ‘El público’ –ese fuego anárquico que Lorca escribió como desahogo emocional y estético–, ser representado en el murciano Teatro Romea, donde se lució en todo su esplendor: su poderosa y creativa iluminación, obra de Carlos Marquerie, realmente extraordinaria; la inquietantemente festiva o trágica, según baile solemnemente la iluminación, escenografía que ha concebido Max Glaenzel, que recuerda a una amarga noche de brillante luna, a un cementerio de costa o a un salón de bailes señoriales, a una boca de lobo o a un festín nocturno de ‘music-hall’; el vestuario también excelente, y acertadísimo, exquisito, de Silvia Delagneau; y el espacio sonoro de Nao Albet, tan hipnótico y trágico, marcando un ritmo sin horizonte al que llegar, envolvente, ajeno a todo y, no obstante, muy atento a surtir oxígeno al texto.
Más, más que en el Teatro de la Abadía, que produce este montaje junto al Teatre Nacional de Catalunya, lució este ‘Público’ –melancólico, tan extraño, simbólico, surrealista y deseoso de arder en la pira de la conquista de todas las libertades, empezando por la sexual– en el Romea, cuyos espectadores siguieron este auto sacramental laico, este ‘réquiem’, bellísimo en lo formal, que Àlex Rigola ha montado para homenajear como a un dios al genio granadino, en mitad de un silencio reverencial y, por supuesto, sin entender nada, como ningún público del mundo lo entendería. Y rompiendo ese silencio de meteorito, al final de la representación, brindándole a los actores, entre ellos al murciano Jaime Lorente, que se deja siempre corazón y piel en escena, un gran aplauso.
Rigola –¡qué maravilla su montaje ‘El policía de las ratas’, tan distinto al de ‘El público’, con solo dos actores y un espacio vacío– ha conseguido urdir una pieza escénica muy hermosa, eso es evidente, pero en la que no brilla lo suficiente, ni con el ímpetu debido, ni arañando los estómagos y las almas, el texto de Lorca, de una belleza convulsa y demasiado enroscado entre sombras. Críptico, salvajemente indomable. Hay mucho del autor derramado en el texto: su obsesión por lo que Miguel Hernández llamó las tres heridas: la de la vida, de la muerte, la del amor. Y también su pasión por el escenario vivo, que en ‘El público’ convierte en un monumento al teatro eternamente llamado a renacer, transformado, de sus cenizas; un teatro que no tema servir «la verdad de las sepulturas».
Esta especie de danza sonámbula y atemporal, por momentos gloriosa, que Rigola ha dirigido, incluye una introducción escénica con músicos en directo, a pie de escenario, recibiendo a los espectadores que llegan al teatro, y que no pueden evitar mover tímidamente las caderas al ritmo de «¡ya viene el negro zumbón, bailando alegre el bayón!» –qué buenos recuerdos: de Silvia Mangano a Pink Martini–. Arrastra el montaje un fallo galopante: la tensión visual vence a la dialéctica, y sus intérpretes, pese a sus esfuerzos, parecen decir las palabras del autor como si estas, en efecto, fuesen peces luna imposibles de atrapar; o como si una lluvia de cascabeles embrujados les impidiese abrirse en canal a ese desfile incesante de palabras que queman. Palabras que vienen a decirnos, enloquecidas: vosotros, el público, vivid desenmascarademente, sin dueños, sin temores. [«Señor. / ¿Qué? / Ahí está el público. / Que pase».]

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¡Dios salve a América!
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Antonio Arco | 13-11-2016 | 14:49| 0

13 de noviembre de 2016

Pepe H / Nacho Rodríguez

 

 

(«No voto con mi vagina», dijo rotunda la excelente actriz Susan Sarandon. Y, sí, hasta aquí hemos llegado)

Mucha tranquilidad, buenos alimentos, sexo seguro, y ¡aquí paz nuclear y después gloria!, que ni fumar produce cáncer ni, tampoco y ni mucho menos, tenemos que echarnos las manos a la cabeza hueca por los tremendos desastres que dicen que acarreará sobre nuestro planeta el cambio climático. ¡Tonterías todo lo que se dice, bobadas, memeces, ganas de fastidiar!, que aquí, en pleno siglo XXI, lo que ocurre de verdad, lo que de verdad sucede, ¡cojones!, es que «el calentamiento global es un concepto creado por y para los chinos con el objetivo de hacer que la industria estadounidense no sea competitiva». ¡Pues claro! Y es que los chinos son muy suyos, unos provocadores, unos insensatos los chinos, conspiradores, chinos de la China, chinos y no blancos como la nieve pura, mentirosos, antiamericanos, demasiados chinos juntos es lo que hay, una calamidad de país, China. Y eso, lo del cáncer y lo del cambio climático, y lo de que las mujeres están, sobre todo, para lucir lencería fina, y los negros, ¡otros que tal!, para hacer sombra, lo dice el que será, con todas las de la Ley, y el orden y los pilares democráticos de Estados Unidos siendo contemplados como ejemplo de fortaleza por todo el orbe, nuevo inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, elevado a los altares de la estulticia por millones de norteamericanos, sin causas pendientes con la Justicia, que serán cualquier cosa, pero no moco de pavo.
A estas alturas del ‘show’, con el soponcio ya casi deglutido, el que tiene que estar llorando por las esquinas, como la Zarzamora pero sintiendo los genitales por corbata, es el Nobel de la Paz y prestigioso autor del Panel Internacional del Cambio Climático (IPSS), Edward Rubin. Confiado este hombre blanco en que la ciudadanía de los países supuestamente civilizados, entre los que incluía al suyo tan patrióticamente, dispone del suficiente criterio racional, bagaje cultural, propensión al bien y clara apuesta por lo más justo (para todos) frente a la caridad (de unos pocos), le otorgaba a estar tan campante, y tan errático en el caso de sus conciudadanos, la responsabilidad de elegir representantes políticos con verdadera sensibilidad por los temas de Medio Ambiente, incluido el aire que respiramos. Pobre hombre, qué mal trago estará pasando después de defender, con ese envidiable entusiasmo suyo, que «la cosa más importante que podemos hacer es elegir gente para el Gobierno que se dedique a solucionar este problema». ¡Ni puñetero caso te han hecho, Ed!
Llegado el imprevisible fanfarrón y desagradable sujeto al poder, hecho histórico también de consecuencias imprevisibles, Artur Mas lo ha aprovechado para subirse al carro de lo adefésico, mezclar el rodeo con la sardana, hacerse la picha independentista un lío y sugerir que esta elección les insufla fuerzas para seguir creyendo que «lo imposible a veces es posible». Ganas dan de gritar lo mismo que le ha salido del alma al expresidente de Uruguay, José Mujica: ‘¡Socorro!’.
Mejor escuchar ese grito de incomprensión y protesta que escuchar a los niños blancos de un colegio de Michigan –estado donde también ha triunfado ‘su eminencia’–, gritarles a sus compañeros latinos de buena mañana, para alegrarles el día y a falta de que el asunto llegue a mayores, «¡Construye ese muro, construye ese muro!», uno de los eslóganes más celebrados de la campaña del magnate inmobiliario, que ha comprobado como nadie que todo es posible en América.
Mucho se ha hablado, escrito y dicho sobre el paso de Trump, en plan búfalo en celo entrando en una cacharrería, durante las elecciones norteamericanas. Pero nada parecido a lo que Stephen King, muy probablemente el escritor vivo más leído del mundo, escribió en Twitter: «Mi historia de terror más reciente: Érase una vez un hombre llamado Donald Trump, que se postulaba para presidente. Algunas personas querían que ganara». ¡Stephen King, como visionario no tienes futuro!
Desde luego, no es que quisiera que ganase Trump la excelente actriz Susan Sarandon, si bien anunció públicamente que tampoco daría su voto a Hillary Clinton, porque el miedo al ‘showman’ no justificaba el apoyo a la exsecretaria de Estado. De forma muy gráfica, dijo ella: «No voto con mi vagina». Y hasta aquí hemos llegado. ¡Dios salve a América!

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¡Qué bienestar!
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Antonio Arco | 07-11-2016 | 14:14| 0

7 de noviembre de 2016

ESPECTÁCULO. Título: ‘¡Chist!’ (antología). Textos, música, arreglos y dirección: Les Luthiers. Iluminación: Bruno Poletti. Intérpretes: Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Carlos Núñez Cortés, Martín O»Connor y Horacio Tato Turano. Representación: Auditorio Víctor Villegas. Lunes 7 de noviembre de 2016. Calificación: Muy bueno.

Aparecen los cómicos/músicos/cantantes de Les Luthiers en escena, y el público se deshace vivo en una cariñosa ovación que, a partir de ese momento, se repetirá constantemente. Claro está que los espectadores que acuden año tras año, década tras década, y ya mismo siglo tras siglo al reclamo jovial y entrañable de los argentinos menos pesados y mejor recibidos de planeta, está integrado en su práctica totalidad por forofos insobornables que se han malcriado a base de un humor fino y con talento. Y son unos mimados.

Yo mismo mataría, por ejemplo, al necio de turno que se atreviera a decir una sola palabra en contra de ese sinvergüenza, de ese canalla, de ese fresco, de ese plagiador, de ese descaradado, de ese trepa, de ese mediocre sin igual, de ese compositor irrepetible llamado Johan Sebastian Mastropiero, a quien amamos por encima de todas las cosas porque le debemos un tropel de carcajadas medicinales que curan sin dolor los males del alma.
Te ríes mucho disfrutando de la antología ‘¡Chist!’, con la que han regresado a Murcia; te relajas, te sientes como en casa, entre amigos, entre ingeniosos juegos de palabras y un trabajo excelente de Les Luthiers, que siguen en su línea: ‘sketches’ muy cuidados y hábiles, alta dosis de escepticismo, nula intención de adoctrinar, relativismo positivo y humanidad a raudales. Son ya muchos los años disfrutando con Les Luthiers y, como el tiempo, que es cruel, no perdona, la muerte nos dejó sin Daniel Rabinovich, que ha sido sustituido, la verdad es que con mucho acierto, por Martín O’Connor, que canta tan «como los ángeles» que, la verdad, si en algún momento del espectáculo nos hubiese interpretado completa, por ejemplo, la romanza ‘Por el humo se sabe dónde está el fuego’, o incluso ‘Doña Francisquita’ entera, tan contentos que nos habríamos puesto. Qué imponente registro lírico el suyo, y qué grandes dotes para la comicidad. Estuvo espléndido en todo momento.
‘¡Chist!’, la antología estrenada en 2011, ofrece algunas –entre tantísimas– de las mejores piezas de la trayectoria de Les Luthiers. Y logra el resultado habitual: qué bienestar, qué gran triunfo sobre el abatimiento y qué certeras palabras inventadas –»fusilánime», por ejemplo–. Arranca ‘¡Chist!¡ con una pieza estrenada en 1994, ‘Manuel Darío (canciones descartables)’, con la que hace su presentación O’Connor dando vida a un conocido cantautor de música popular; magnífico en este número Marcos Mundstock como Franz Oppenheimer, prestigioso profesor de Música a quien Manuel Darío llama ¡‘López Jaime’! Por cierto, ambos vuelven a estar magníficos en ‘La hija de Escipión (fragmento de ópera)’–por supuesto del maestro Mastrpoiero– dando vida a Daniel ‘El seductor’ (O’Connor), que acude a cantarle a su ventana a Juana María del Sagrado Corazón, y a Escipión (Mundstock), quien se niega a que su hija sea cortejada por cualquiera… que no tenga dinero.
También ellos protagonizan ‘La comisión’, que cuenta la tronchante reescritura de un himno nacional solicitada por el partido corrupto en el poder, cuyo desarrollo se va intercalando en diversos momentos del espectáculo y a cuyo elenco se suma, dando vida al compositor, el grandioso Carlos Núñez Cortés. Qué grandes tambien Carlos López Puccio en ‘Los jóvenes de hoy en día (r.i.p. al rap)’, y Jorge Maronna en la propina con la que se cierra el espectáculo, el delicioso número musical ‘Rhapsody in Balls’, perteneciente al espectáculo ‘Lutherapia’. Un genial mano a mano entre el piano de Carlos Núñez Cortés y el impresionante bolarmonio, artefacto musical de viento construido con dieciocho balones de voley y que convierte a Maronna en un ‘tocapelotas’ de gran e hipnótico virtuosismo.
Todo muy bien, pero, ay, por qué nos dejaron sin el inmenso placer, desternillante placer, apoteósico placer, de volver a escuchar a Nuñez Cortés metido en el pellejo de esa maravillosa negra ciega cantante de jazz que protagoniza ‘Quién mató a Tom McCoffee’. Ni que decir tiene que el público que llenaba el lunes el Víctor Villegas, en la primera de las tres funciones que ofrecen en Murcia, los despidió, en pie, con otra rotunda ovación de lujo. ¡Mastropiero, cabronazo, vuelve pronto!

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Sobre el autor Antonio Arco
Junto a una selección de entrevistas y críticas teatrales, el lector encontrará aquí, agrupados desde enero de 2016, los artículos de Opinión publicados los domingos en la contraportada de ‘La Verdad’, ilustrados por el fotógrafo Pepe H y el publicista y diseñador gráfico Nacho Rodríguez. Antonio Arco estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural y crítico teatral, una selección de sus trabajos periodísticos se recoge en los libros de entrevistas ‘Rostros de Murcia’ (1996), ‘Mujeres. Entrevistas a 31 triunfadoras’ (2000), ‘Monstruos. Entrevistas con los grandes del flamenco’ (2004), ‘Sal al Teatro. Momentos mágicos del Festival de San Javier’ (2004) y ‘¿En qué estábamos pensando? (Antes y después de la crisis. Entrevistas con filósofos, poetas y creadores)’ (2017). Finalista de los premios ‘La buena prensa' 2016.

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