La Verdad
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Morirse de gusto
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Lola Gracia | 18-02-2018 | 19:15| 0

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Quedarse en blanco. Olvidar que existes. Flotar. Algunas mujeres, tras el orgasmo, sufren una leve pérdida de conciencia. Los franceses lo denominan La petite morte. Os juro que creía que todo el mundo conocía tal acepción. Pues no. Resulta que son más listos los chavales de 22 años que saben tanto como yo tras dos años de máster de Sexología. O eso le dijeron a la evaluadora.

Masters and Johnson: media vida intentando solucionar la impotencia masculina y resulta que ellos conocían el método ¡¡Yo tuve que leerme varios libros sobre sus experimentos con parejas afectadas por disfuncionalidades!! Añadid mentalmente el emoticono de una sonrisa.

Eso sí, todos ellos desconocían quiénes eran esta formidable pareja. Sí, vivimos en un país de exigentes y de sabelotodos.

Los hay rarunos, como la que escribe, que jamás se considera lo suficientemente preparada. Quizá tampoco sea tan negativo. Vamos de listos y luego pasa lo que pasa. Repunte de venéreas, del SIDA y no hablemos de los embarazos no deseados entre adolescentes.

Tenéis que saber algo. He propuesto muchas veces dar charlas de educación sexual a algunos institutos. Cosas básicas: identidad de género, identidad sexual, atracción romántica, proceso de sexuación, proceso de procreación, evitar embarazos, evitar enfermedades indeseables. La respuesta es que no. Que es algo muy controvertido. Maldita sea mi estampa.

Ahora vienen los “madresmías”, el rasgarse las vestiduras pero ¿A qué aspira esta sociedad hipócrita? Evitar hablar de sexualidad abiertamente no evitará que los jóvenes descubran lo que pueden hacer con sus genitales.

La tragedia no está en el incesto, a pesar de su sordidez. La tragedia no está en vidas lastradas por tener un hijo con 17 años cuando no eres ni siquiera capaz de cuidar de ti mismo. La tragedia no está en la dura decisión de un aborto. La tragedia reside en el desconocimiento atroz de las infinitas posibilidades de la sexualidad humana. Las infinitas posibilidades de goce y disfrute a lo largo y ancho de nuestros cuatro kilos de piel sin necesidad de poner en riesgo la salud o de traer al mundo a criaturas que preferirían nacer en un entorno más centrado.

La tragedia es que adultos que leen estas columnas siguen al pie de la letra los mandamientos de la coitocracia cuando la esplendorosa realidad es que el sexo nos recorre por completo. No está entre las piernas. Está en el perfume que usamos (o no) en cómo vestimos, en cómo miramos. Hay comportamientos más sexuales que el coito que, en ocasiones, se acerca más a una tabla de Pilates que a esa explosión deliciosa de olores, sabores, sensaciones y afectos compartidos. Porque también se nos olvida. O se les olvida a los que quieren que nos tapemos los oídos y cerremos los ojos: el sexo es la expresión de un sentimiento, incluso del sagrado amor. Lo repito: el sexo también es la expresión del sagrado amor.

Y así estamos. Mudos ante las noticias de niñas preñadas. Porque son niñas. Y en blanco, como nosotras en la petite morte. ¿Ahora qué? Los de mi generación vivimos pegados a un condón por miedo al SIDA y porque incluso quedarte embarazada de tu novio medio formal nos aterraba. Los chavales de ahora lo saben todo. Ojalá de verdad conozcan todos los secretos de una sexualidad consciente, plena y responsable. Los jóvenes son jóvenes y están legitimados para menospreciar a los adultos pero las autoridades educativas y médicas deberían dejar a un lado sus creencias morales y procurar el bien común. Yo apuesto por la petite morte: morir de gusto, sí. Morir de estupidez y desconocimiento, no.

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El triunfo de la tontería
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Lola Gracia | 04-02-2018 | 18:43| 0

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La actualidad me aburre. Siempre lo hace.  Aunque la realidad supera la ficción, los cachitos de lo que se supone que nos interesa cada día se alejan  cada día más de lo que me interesa. La estúpida noticia del fin de las azafatas en la Fórmula 1 por considerarlas un símbolo machista me produce bostezos. Tanta corrección política acabará con la libertad de expresión. De hecho, ya lo está haciendo, por eso nos fascina Juego de tronos: sangre, sexo, sudor, guerra, muerte, cenizas. Y las pobres chicas azafatas, que eligen ese trabajo porque pueden, porque son monas y porque ganan en cuatro días lo mismo que yo en cuatro meses, a comerse los mocos (perdón, sé que suena fatal, pero me las imagino con su permanente de pestañas, su perfección física, sus horas de gimnasio y sus uñas de gel tirados a la basura). Están indignadas, no me extraña.

Vale, ya sabemos todo eso de que puestas donde están, en un pódium, al lado del champagne y la corona de olivo las convierte en regalo más para el vencedor. Pero no lo son. Están ahí para la foto. Y punto. Si hay futbolistas, ciclistas, motociclistas, tenistas o corredores que las magrean, besuquean y se pasan de la rosca, ellas tienen manos para pararles las osadías. Pero qué manía tienen algunas de querer que la mujer sea esa víctima desvalida. Me niego a que ningún movimiento que ve agresión por todas partes me defienda. No lo necesito. Y como yo, la mayoría de nosotras.

En los lamentables casos de maltrato físico y agresión en parejas lo que hay es una flagrante falta de educación en valores y una construcción cultural que algunas aceptan sin rechistar y las convierte en sumisas. No olvidemos que toda víctima necesita de su victimario. Y sin ambos, la agresión no se consuma. Luego se suceden las adicciones al drama, los círculos concéntricos de “me quiere, aunque a veces se pase” y toneladas de falta de autoestima por parte de ambos. Porque hay que tener muy poco amor a uno mismo para maltratar a la persona que supuestamente quieres y cero amor a ti misma para permitir que,aquel quien dice quererte con toda su alma,te machaque la cabeza y las costillas.

Caso muy distinto es esa moda deleznable, entre algunos energúmenos, de violaciones múltiples. Drogas a tu compañera de cuartel y a follársela entre todos.  Resultado de la sociedad del juego en la que vivimos, donde no sabes si vives o pasas pantallas; donde el porno feroz reduce a la mujer a mero receptáculo de fluidos, laceraciones y golpes. También en este caso existe una flagrante falta de educación, ya no en valores, sino educación a secas. Los hay tan mendrugos que son incapaces de distinguir la ficción de la realidad. Y en la realidad hay consecuencias. Espero que castiguen a todos esos malnacidos, después de un juicio justo, eso sí.

Las mujeres de Juego de tronos son poderosas, incluso un poco maquiavélicas. Ese empoderamiento es al que hay que aspirar y si soy poderosa y estoy buena y quiero ser azafata de Fórmula 1 o de las carreras de mi pueblo, que lo pueda hacer sin que venga ninguna organización a joderme el presupuesto anual. Y si hay azafatos, mejor que mejor.

De verdad, pero cuanto me aburre todo esto. Me parece más interesante Carlos Canales, que hablará las posibilidades de la inmortalidad del hombre en el ciclo Universo Líquido, o, por supuesto la reina de Meereen, de Juego de Tronos: amorosa y justa, respetada y amada a pesar de la brutalidad de los hombres.

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El final del compromiso
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Lola Gracia | 29-01-2018 | 16:13| 0

 

compromiso

 

Los humanos del siglo XXI, tan descomprometidos y superficiales, somos incapaces de fijar una fecha con tres días vista. Todo es líquido, móvil, intercambiable. Las estructuras fijas desaparecieron. Lo efímero conlleva una parte de belleza esencial e indiscutible. Ya lo cantaba la inmortal Rocío Jurado: jamás duró una flor dos primaveras. Sin embargo, conforme pasan los años —quizá precisamente por eso— me aferro a lo que permanece. Lo que nos arraiga a la vida, lo que nos hace esencialmente humanos. Los hijos, por ejemplo. Los amores de verdad, los amigos de la infancia. Esas personas raíz y referente en tus memorias: un profesor que marcó tu vida, las zapatillas que te regaló aquel vecino que te convirtieron en deportista por siempre, la canción que te descubrió el misterio de las relaciones, tu familia y — cómo no—la playa de la infancia.

Lo efímero tiene su encanto pero, personalmente, me irrita. Se salvan los ramos de rosas, o las rosas sin ramo, o el aire que respiramos, o las cañas con marineras que duran un segundo mientras charlas con tu amiga del alma al solecico. Sin embargo, rosas, cañas, marineras y sol conforman en muchas ocasiones momentos eternos. La red de afectos tan importante para sostener nuestras vidas y mantener tersa la sonrisa. Ese andamiaje de besicos, “cuidate”, “te quiero mucho” y abrazos, muchos abrazos. Ese mapa de relaciones humanas nos define, nos construye, nos cuida, nos mantiene sanos y salvos de la depresión y la tristeza. Y eso jamás puede ser efímero.

Para bien o para mal, hemos de aprender a navegar en este mundo donde, definitivamente, ya nada es para siempre y dónde los valores permanentes gozan de cierto tufo a alcanfor. Cierto, venimos al mundo sin libro instrucciones y de existir un tratado para permanecer a flote en tiempos de tormentas y naufragios, este nacería con su correspondiente obsolescencia programada.

Cuando uno se resiste a fijar lo que sea: una amistad, una relación, el fin de una relación o una bonita palabra del vocabulario es por el temor a creer que se está perdiendo algo ¿Y si me descalabro? ¿Y si me equivoco? ¿Y si por el camino encuentro algo mejor? Hala, pues lo dejo en el aire y juego con el calendario, con los planes y en definitiva con las personas. Cuando se juega con las personas de ese modo se las cosifica. Las transformas en mercancía. Y esto es aplicable a todo tipo de relaciones.

Pero tengo dos noticias: primera, jugar con las vidas ajenas siempre conlleva consecuencias. Seguda, equivocarse no es tan malo. Es más, se precisa el error para obtener ese hallazgo que transforma las cosas y que nos lleva a ese momento Eureka.

Cuando uno deja en manos del “tiempo” la solución de determinados dilemas morales o decisiones importantes que afectan a otros, en la cuenta atrás, algo le explotará en la cara. O decides, o te “deciden”.  Eso de que el tiempo pone cada cosa en su lugar tiene su parte de realidad  pero, y les doy otra noticia: no siempre ese lugar será el de tu agrado ¿Quién te dice que el tiempo será tu aliado? Puede ser el más cruel de tus verdugos.

Yo soy partidaria del compromiso. Primero con uno mismo y después con los demás. Partidaria de coger el toro por los cuernos y ser valiente para tachar el “Sí quiero”, el “No quiero” en tu vida, a pesar de las consecuencias.

En esta época de gilipollez supina, selfitis, ombliguismo y miedo a tomar partido, lo valiente, lo revolucionario y subversivo es apostar por el compromiso.

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Límites calientes
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Lola Gracia | 21-01-2018 | 08:58| 1

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Lo confieso. Me halaga que me entre un chaval de 20 años y me diga que le doy mucho morbo y que le gustaría, ejem, tener sexo conmigo. No me ofende. No me enfada. ¿Esto puede considerarse acoso? Desde luego que no. No a mis ojos. Me puede divertir que hombres con pareja hechos y derechos me expliquen mirándome a los ojos y sin asombro de vergüenza que hay hombres y mujeres que sólo quedan para acostarse. Yo ni pestañeo. Sonrío y contesto: pues ese rollo no me va. ¿Estoy inmunizada ante los lances atrevidos? No lo creo. Es más, me divierten. Me causa simpatía dar esa impresión de ser tan accesible, incluso fácil, aunque, no lo sea en absoluto. A veces callo, observo, espero pacientemente cuán lejos pueden llegar las proposiciones. Porque en el fondo todo es cuestión de límites.

¿Es en verdad el hombre ese depredador sexual de libido desatada? ¿Qué ha pasado hasta ahora? ¿Hemos consentido determinados comportamientos porque “ya sabes, son hombres no dan para más”? ¿Acaso no ha existido connivencia por parte de algunas mujeres para dar cabida a estas situaciones? ¿Soy una mala mujer y poco solidaria por decir esto en voz alta y ponerlo negro sobre blanco? No creo. No a mis ojos.

Cuando en los años 40 las actrices de Hollywood buscaban ser adoptadas por una productora ¿estaban dispuestas a todo? La respuesta es sí. O casi siempre sí. La mayoría de ellas procedían de mundos terribles. Rita Hayworth, sin ir más lejos, sufrió abusos sexuales por parte de su padre ¿Qué Harry Cohn le magreaba el culo de cuando en cuando? Pongo la mano en el fuego. Lo que ha declarado esta semana Brigitte Bardot acerca de que muchas han calentado a los productores para que les den un papel no es ninguna tontería. Es verdad aplastante. Sin entrar a juzgar moralidades, hay personas que se juegan lo que sea en pos del éxito. ¿Acaso no lo harán hoy día también muchos hombres atractivos? Me apuesto el cuello.

El terrible peaje a pagar por tantas mujeres y hombres que han perseguido el estrellato era en algunos contextos algo consabido. En otros, tolerado a regañadientes. Ahora todas han decidido hablar y me parece legítimo, pero en ese juego perverso han estado inmersas/os durante décadas.

Es injusto, es deleznable, pero del mismo modo que algunos hombres prueban a ver hasta dónde pueden llegar con proposiciones verbales (si cuela, cuela); las personas que ostentan puestos de poder también prueban. ¿Dónde tendrá el límite fulanita?. En algunos casos, imagino, que se pierde el sentido de la realidad, tal y como le ha ocurrido a Harvey Weinstein. Presentarte en bata, desnudo, en la habitación de hotel de una de tus actrices ya oscarizadas es mear fuera de tiesto. Si era su práctica habitual pedir un piquito, un masaje u otras demandas, eso se enmarca en un contexto de tolerancia generalizada a este tipo de comportamientos. Ni disculpo, ni acepto. Imagino que a muchas no les quedaba más remedio y que a otras les daría casi igual y no verían mayor problema.

A este respecto hay otro particular. El peligro de realizar juicios mediáticos y erradicarla presunción de inocencia siempre y en todos los caso de denuncias por acoso. Lo proclamaba también en voz alta mi admirada Margaret Atwood “¿Soy por eso una mala feminista? No lo creo, no a mis ojos.

Todo es cuestión de límites Tenemos derecho al honor, a la intimidad y la propia imagen. Todos somos inocentes salvo que se demuestre lo contrario pero ¿Quién establece el límite entre las denuncias públicas y la calumnia?

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Indefensión aprendida
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Lola Gracia | 15-01-2018 | 08:01| 0

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Esta semana escuché que el ser humano actúa movido por dos impulsos: la búsqueda del placer y el miedo. Es muy simple, lo sé, pero una gran verdad a poco que reflexionemos. En la base de la célebre pirámide de Maslow residen elementos tan básicos como la respiración, la alimentación, el descanso, el sexo y la estabilidad metabólica. Los regímenes autoritarios, los torturadores, las políticas de exterminio bien conocían este primer escalón. Si te quitan la comida, el descanso, la mínima circunstancia que te permita un día a día normal, te vienes abajo. O se te va la cabeza, o pierdes todas las vitaminas de tu cuerpo y ese cerebro tuyo capaz de luchar contra los elementos se doblega ante las circunstancias.

Del sexo no hablemos. Poca gente me toma en serio pero la falta de sexo real en las sociedades modernas nos está condenando a soledades atroces, a relaciones estúpidas y frías tras una pantalla de ordenador o un dispositivo móvil. En Japón, una de las sociedades más ricas del planeta, cada vez se practica menos el sexo entre personas. Ustedes hagan su propia cuenta. Es claro meridiano. ¿El sexo qué genera? Para empezar una gran autoconfianza, endorfinas, un “feeling good” imprescindible para la evolución. Pero la sociedad detesta el cambio y, especialmente,  a aquellos que quieren saltarse un escalón, no ya de la pirámide de Maslow, sino de su condición social. Les mostrarán un mundo que jamás podrán alcanzar por mucho que se esfuercen. Llegarán tan exhaustos a sus casas que ni modo pensarán en hacer el amor con sus parejas. Las parejas se fracturan por falta de sexo. El resultado son las escandalosas cifras de divorcio, las soledades compartidas y el paupérrimo reducto del terrible aislamiento al que muchos se ven reducidos.

La ecuación es simple. Menos sexo, menos autoconfianza, fractura de la pareja, soledad y fin de los estímulos positivos para tu salud y tu bienestar. El éxito social te puede inflar el ego pero sólo la respiración acompasada del que duerme contigo o aquel con quien te abrazas genera oxitocina, dopamina y esas sustancias del bienestar.

¿Cómo contrarrestamos esto? Pues con química. El paralelismo entre el incremento de la soledad y el consumo de fármacos es brutal.

Si todos en nuestro fuero interior sabemos esto ¿Por qué seguimos encerrados en esta alambrada de opresión? Porque tenemos miedo. Miedo a perder lo conseguido, aunque sea a todas luces insuficiente y nos condene a una infelicidad permanente.

En casos más extremos tendríamos a las víctimas de la violencia y el terror. Privar de alimento, descanso o incluso de un sentimiento de filiación  (no eres nada, ni siquiera ser humano) desprovee al hombre del mínimo impulso para luchar contra esa injusticia manifiesta. Aquí es donde aparece la indefensión aprendida. Los judíos marchaban mansamente a las cámaras de gas, despojados de todo, ya no les quedaba nada por lo que luchar.

Las mujeres abusadas durante tantos años también han vivido con esa indefensión aprendida. No sólo las actrices de Hollywood. Al menos luego les quedaba un buen cheque o una estrella en el paseo de la fama pero ¿Qué hay de esas otras mujeres que apenas obtendrán el salario mínimo para alimentar a sus hijos? Como dijo Oprah Winfrey en la entrega de los Golden Globe, han existido camareras, oficinistas; en nuestro país, las criadas que servían en casa de los señoritos a cambio de casa y techo tenían encima que dejarse manosear de vez en cuando o ser abusadas de formas aún más crueles.

De todos los pecados de la civilización el peor es de la indefensión aprendida y el carecer de herramientas para erradicar semejante mal.

 

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Ese viejo par de jeans (el buen amor)
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Lola Gracia | 07-01-2018 | 20:53| 0

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Me encantan los vaqueros. Sin llegar a exagerar puedo tener unos veinte: pitillos, talle alto, talle bajo, big size, blancos, azules, grises, negros ¿Al final que ocurre? Os sucederá a vosotros. Al final casi siempre te pones los mismos; algunos perecen por el excesivo uso y se rajan por lugares indiscretos, aún así te resistes a arrojarlos al contenedor de la ropa vieja. Adoras esos vaqueros. Ese instante mágico en el que encuentras al jean que te ajusta a la perfección, te hace el culo perfecto, con los que te sientes joven, feliz…

Sin saber por qué, el vaquero es esa prenda fetiche de infinitas connotaciones positivas. El día que encuentras el vaquero perfecto, lo anotas en las jornadas gloriosas de tu existencia.

El buen amor es un viejo par de jeans. No son necesariamente ni los más caros, nunca los más baratos pero se convierten en tus compañeros inseparables en invierno y verano. Puedes vestirlos horas, te han acompañado en cientos de eventos importantes, en las mejores citas y sobre todo en esos días que eres consciente de pasar la jornada entera fuera de tu casa.

¿El buen amor por fuerza ha de ser cómodo? Sí, pero no comodón ni aburrido. No darlo por sentado una vez que lo hallas. El gran esfuerzo de cada día alcanza a mantener lo conseguido. El buen trabajo diario logra de cuando en cuando un destello de inmortalidad y esto lo podemos aplicar a cualquier área de la vida, siempre y cuando no descuidemos la labor de mantenimiento. Un amigo mío lo denominaba “servicios mínimos”; cortesía, amabilidad, respeto y educación. Eso es lo mínimo, sí.

El buen amor no es un sentimiento sino un compromiso. Por muy frío que parezca, así es. Este se construye gracias a pactos, acuerdos y continuos reajustes. Cierto. Ese pálpito, la emoción, la excitación, los nervios y enamoramiento también nos hace inmortales, nos endiosa pero también puede destrozar nuestra salud. La pasión erótico-amorosa dura unos cuatro años, dicen los expertos. Nuestro corazón explotaría. Por otra parte, las turbulencias emocionales son un horror, minan nuestra autoestima y nuestro bienestar físico y emocional.

En el buen amor hay planes, hay paz, hay futuro y tranquilidad.  ¿Qué buscamos cuando el amor aparece en nuestras vidas? Por desgracia, nuestras relaciones y antepasados familiares marcan sobremanera las relaciones de pareja presentes y futuras pero — por si alguien aún no se ha enterado —somos naranjas completas o hemos de serlo. El buen amor comparte y suma cualidades no va buscando desesperadamente que el otro supla tus carencias. Igual que un buen blueyin, se adapta a ti como una segunda piel pero no te crea una extremo adicional o te añade centímetros en las piernas.

¿Qué energía preside ese amor que vives? En los amores más apasionados hay una energía de muerte. Grandes historias de amor son profundamente luctuosas. Carmen, Medea, Otello tienen en común el asesinato ¿Qué mal rollo no? Vivir contaminado de ficción nos conduce sin remedio a un concepto erróneo del amor. Incluso hay adictos a estos sentimientos de peligro, infelicidad y montaña rusa emocional. Quizá yo misma en algún momento de mi vida me he paseado por estos raíles.

El buen amor se vislumbra claro desde el principio; es rápido y suave y fácil y sigue la ley natural del mínimo esfuerzo. Igual que crece la hierba sin sacrificios aparentes o amanece cada día sin necesidad de grandes estrategias, el buen amor debe ser sencillo, natural.

Malevaje cantaba aquello de no me quieras tanto, quiéreme mejor. Una verdad absoluta. Por eso para mi, el buen amor es un viejo par de jeans.

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Cuento de Navidad
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Lola Gracia | 24-12-2017 | 09:14| 0

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Podría escribir los versos más tristes esta noche. Amé y no me amaron. Me esforcé en vano. Toda mi vida, cada minuto de mi vida. Es como la Yerma de Lorca. Buscando una inseminación inútil. Nada fructifica. Esfuerzos titánicos en balde. Entiendo a los marineros del Titanic. Sólo me falta una orquesta que armonice las navidades más desoladoras de mi existencia. Y cuántos como yo se sentirán igual.

La Navidad con sus hermosas luces y sus ofertas de felicidad hace más desgraciado a quien ni tiene para la luz, ni para la felicidad, ni para regalos. El espacio entre el deseo y la realidad se erige más kilométrico en estas fechas. La Navidad en los campos de batalla, en los campos de refugiados. La Navidad en la calle, en la frialdad de la noche. La Navidad en un coche patrulla, en una cama de hospital. La Navidad en un albergue. Lejos, muy lejos de los tuyos. La Navidad y sus ángeles que sólo vienen a rescatarte en las películas de James Stewart, jamás en la realidad.

¡Y hay tanta bondad en el universo! pero a ti no te toca. La desilusión ha hecho costra y se fundió contigo, porque cada nueva cita es recibida con bostezos porque todos los tíos son unos cabrones. Todas las mujeres unas interesadas. Porque, ay, todo es una mierda. Cuántas veces escuchamos esas frases: la vida es injusta, la gente es mala, no esperes nada de nadie, el mal es la moneda de cambio.

Podría escribir los versos más tristes esta noche pero no lo haré. A pesar de la soledad, del frío, de la incertidumbre a lo que vendrá. A pesar de los esfuerzos titánicos y las horas robadas al verano, a la playa, a mi hijo que han resultado inútiles. Horas que no regresarán. Tiempo que ha devorado la arena. Y pasan los años y criamos una arruga más, tejemos una cana más y nada cambia. En este juego de naipes siempre ganan los mismos. Las cartas están marcadas desde el principio.

Ya están aquí los días felices, me dicen algunos.  Me da igual. Honestamente. He llegado al puto nirvana. A dejarme llevar. Al abandono absoluto, porque podría escribir los versos más tristes esta noche pero ¿sabéis qué? No lo haré. No le daré ese poder al que pudo amarme y no lo hizo, a las pruebas con trampa de la vida, a los tahúres que mienten y viven y mienten y mienten. Porque siempre supe —en el fondo siempre lo sabemos— que detrás había el engaño y la falsedad.

Por eso nada de tristezas. Sólo me zambulliré en las personas encantadoras y sin máscaras. En los esfuerzos limpios y a pecho descubierto. En la vida cruda y descarnada y que dure lo que tenga que durar. ¿Quién quiere vivir para siempre? Yo al menos no. De esta manera no. Y estoy segura que la mayoría de vosotros tampoco.

Somos hijos de la divinidad y no esclavos. Nadie nace para las miserias, los mendrugos y las migajas de algunos, sino para el esplendor. La navidad es un recordatorio perenne: somos luz. Siempre y cada vez. Por más que nos machaquen.

Podría escribir los versos más tristes esta noche pero me niego. Quizá un día ya no escriba. Quizá un día me desvanezca pero os juro que ni un sólo minuto habré dejado de brillar con el amor incomparable que el creador me regaló. Aunque mi siembra nunca espigue.

La Navidad es una candela que brilla en tu alma y te dice: “adelante, no te rindas. La vida es hermosa aunque a veces duela”.

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De cabronas y cabrones
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Lola Gracia | 17-12-2017 | 20:11| 0

 

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En Yecla hay un macho cabrío suelto “asilvestrado” haciendo de las suyas. Es una cabra loca pensarán ustedes. Pero se equivocan, esa, en todo caso soy yo.

A ver, pobrecillo. Es como si  a mi me soltaran en Tiffany’s una noche —avariciosa e incrédula— ; rompería las sofisticadas vitrinas y me lo colgaría todo con furia y desasogiego. Y luego, luego deberían detenerme porque joya puesta, joya que se queda la nena. Ya me veo, con un macizo a mis espaldas esposándome con su cálido aliento en mi cogote. Si es que ya me lo dicen mis amigas, tengo que ser más cabrona, a ver si alguno consigue detenerme, ejem.

Como mi sueldo de columnista no me da ni para un Michael Kors, desde aquí les pido como cabrona que soy, que dejen de felicitarme las pascuas, no quiero cosas intangibles como el amor o las buenas intenciones. Yo lo que quiero es un bolso Gucci y después soy capaz hasta de domar al macho cabrón, digo, cabrío. Lo que haga falta por un Chanel o un traje de noche de Dior. Ya de adolescente solía gritar aquello de Dior mío. Mis amigas ex-adolescentes de la escuela lo pueden corroborar. Pero nada, el universo no me envía trajes de colección, sólo pirados en las redes que me molestan. No se puede ser amable con los desconocidos por muy bonito que sea el concepto de Almodóvar. La amabilidad de los extraños en twitter conlleva su correspondiente peaje.

El macho suelto me ha hecho reflexionar acerca de cuántas veces destrozamos las vidas de los demás por estar en el lugar equivocado. El cabrón tiene que irse con Pedro y Heidy a las montañas. Y allí será feliz y hará felices a los demás con su rica leche y su caliente lana. La ecuación cuernos más ciudad es por fuerza desastrosa. Las almas libres no pueden jurar eterno amor aunque lo sientan en sus corazones porque se convertirá en una pesada cadena que los convertirá en cabríos/as desalmados. Putos en esencia.

Los hombres, los machos cabríos asilvestrados, no son malos en el fondo. Para ellos romper tiestos o clavarte sus afilados cuernos es lo natural. No entenderán porqué te quejas, o porqué los bloqueas o te alejas de ellos. Ellos, que son únicos en su especie, consideran que te están haciendo un favor. Imagínate, un ejemplar único que ha posado sus desorbitados ojos en ti. Es para estar agradecida al universo ¿O no? Pues no, universo, déjalo ya por favor, que paso de hacer más antropología social. Ya aprendí la lección. Vete con los “jelipollers” a otra parte.

La moraleja de esta columna es que uno no es bueno o malo. Que estar en el lugar equivocado te puede convertir en un monstruo o en una zorra sin corazón.

Las cabras locas necesitan espacio, naturaleza y algún bolso caro, o algún reloj bonito para sentirse felices. En serio, una cabra loca es la mejor de las amantes incluso abnegada esposa pero si tratas de dominarla, macho (cabrón), estás acabado y siempre perderás la partida. No hay nada que hacer.

Con los cabrones sucede igual. Mujer, abandona tu plañiderismo y fíjate en otro ejemplar. El chulazo al final siempre te clavará el puñal por la espalda. Porque no lo pueden evitar. Es su naturaleza: no son nobles, ni fieles y apenas piensan en otra persona que en ellos mismos.

En esta vida, todo es cuestión de elegir tu papel en la vida. Eres fruto de tus decisiones. Tú eliges si te quedas o te vas. Ya sabes que la cabra y el cabrón siempre tiran al monte.

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Dime que me quieres
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Lola Gracia | 10-12-2017 | 17:58| 1

 

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Hay que atreverse. Atreverse a salir del cascarón. Atreverse a hacer preguntas incómodas, preguntas que nadie más quiere a hacer. Atreverse a mirar tu lado oscuro y abrazarlo. Atreverse a ser feliz. Hay que hacer lo necesario para ello. Atreverse a salir del armario y gozar de esa gran liberación. Y ese armario no siempre es sexual. No siempre tendrá que ver con tus tendencias. Cuántas veces uno calla y otorga. Y ese silencio pesa como mil cadenas en el corazón. Cuántas veces uno quiere escapar de una vida que no le llena, una relación aburrida y previsible, un trabajo que le roba la alegría, que esquilmará tus energías, tu creatividad, hasta convertirte en el fantasma de quien eras.

Hace falta valor, claro. Cuántos de los que estáis leyendo esto estaréis sepultados por toneladas de agua, estupefactos, encogidos e inmóviles bajo esa gran angustia submarina.

La vida es muy larga, dicen algunos. Y van posponiendo, procastinando, esa decisión tan dura de tomar, tan radical, que desgarrará de un modo salvaje sus vidas y las de sus seres amados. Y se enferman, y caen en adicciones y entretienen las horas con mil actividades para perder la conciencia de lo jodidos que están. Pero lo peor de todo es que creen que sacrifican sus horas por un bien mayor. Esa es la gran excusa: los hijos, el dinero, el futuro. La verdad es esta: te acostumbraste a no pedirle más a la vida. Cuando te entran las ganas de moverte, de pronto te dices que esa burbuja de insatisfacción tampoco está tan mal. Otros lo pasan peor; ahora no es el momento adecuado, te auto convencerás.

Volverás a mentirte una y otra vez. ¿Hasta cuándo?

Decidir una ruptura de nuestra rutina, de cualquier aspecto de nuestra vida es algo que nos atañe a nosotros única y exclusivamente. Dejemos de tirar balones fuera. Si preferimos la mugre al esplendor por el miedo al qué dirán, al menos, atrevámonos a decirlo en voz alta: sí, soy un cobarde y prefiero la perenne desidia al riesgo, a la magia, al infinito mundo de posibilidades que espera ahí afuera.

Hace unos días vi una serie magnífica que les recomiendo: “Tell me, you love me” (HBO 2007), “Dime que me quieres”. La protagonista es una psicoterapeuta de pareja y apenas nos acercamos a la intimidad de unos pocos personajes. Es una serie valiente. Hay sexo, sexo real, no el de las comedias románticas, ni el del porno. Cualquiera podrá verse reflejado en esas escenas. Y hay amargura y hay frustración. Lo que sucede en tantas y tantas parejas que primero se engañan y luego se topan, valientemente, con la verdad. Su verdad. Hay que atreverse a decir palabras como “Ya no te quiero”, “Te quiero, pero no quiero hijos” o “Me aterra el compromiso y por eso te monto escenas de celos, para sabotear la relación. En realidad no son celos, es que no quiero ser monógama toda mi vida”.

El mundo de las relaciones es complejo. El de las emociones, no tanto pero si algo me han enseñado estos años es que, primero, la vida es corta. Cuando te das cuenta casi tienes 50. Segundo: cuando muera me arrepentiré únicamente de aquello que el miedo me impidió realizar y, tercero: cuando erradicas esa palabra viscosa de tu vida: “miedo”, todo es mucho más fácil.

Odio perder el tiempo con personas que no me interesan por eso a las que me interesan, de inmediato se lo hago saber. También hay que atreverse a decir en voz alta, aunque sea de vez en cuando: “Dime que me quieres”.

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La ciudad sin puertas
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Lola Gracia | 03-12-2017 | 20:13| 0

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He tenido una epifanía. El miércoles pasado bajo la lluvia concluí que todo lo que amo de las ciudades que amo me recuerdan a Murcia. Qué pena que llueva tan poco porque esta ciudad es aún más bonita bajo el agua. Las nubes la convierten en Brigadoon, un lugar donde se detiene el reloj y todos los tiempos: pasado, presente y futuro, confluyen en sus aceras.

De un modo mágico nos encontramos atrapados en esas callejas de trazados confusos donde moriscos, judíos y cristianos compartían la vida. Y es fácil imaginarse que el palacio del Almudí es de nuevo el pósito de trigo y que emerge de sus ruinas el edificio del Contraste de la Seda. Y hasta escucho las cantigas de Alfonso X retumbar en la primigenia mezquita, reconvertida en esa fastuosa iglesia catedral de Santa María.

Es una suerte haber crecido aquí, en un barrio arrabalero e industrial como era San Antolín en la antigüedad. Era una niña de la calle. No había lujos, sin embargo, la vida era abundante y las calzadas donde jugábamos casi hasta las diez de la noche y en pleno invierno, un universo rico, interminable.

Del colmado de Pepe salían aromas de manjares y su escaparate nos anunciaba las estaciones. Los mantecados en Navidad, las sandías en verano y mi padre que me decía que nada de Phoskitos, que palomitas, que son más sanas. Lo mejor de todo es que hasta un barrio como el de San Antolín, aún algo arrabalero y pobretón, tenía una calle de adoquines, como las de París, y su iglesia casi siempre estaba abierta en Semana Santa. Yo me encerraba a solas en el templo y me encontraba  cara a cara con los pasos de las procesiones: esa Verónica preciosa y la fantasmagórica imagen dibujada en un paño y el Caifás enfurruñado con su dedo señalador. Sola, subyugada en la penumbra de la iglesia; en un tiempo sin móviles, libertaria, bañada en arte y fantasía. Menuda friki.

No fui una niña feliz pese a todo. Murcia aún esconde momentos de dolor. De luces y muchas sombras. De hecho, contra todo pronóstico, me fui a Madrid a estudiar Periodismo. Sin dinero, con becas y con una prueba de fe que haría palidecer al propio Kunta Kinte.

En realidad, yo no quería estudiar Periodismo. Lo único que quería era largarme.  Soy experta en huidas. Y he intentado escapar muchas veces de aquí, de las memorias dolorosas de mis antepasados, del maldito privilegio de los antiguos hidalgos que todavía persiste en los apellidos con pedigrí y en cierta tontería estomagante, endogámica y estúpida a la que se agarran algunos colectivos. El postureo lo inventamos aquí.

He cruzado el mundo: el verde de monte y mar de Puerto Rico, en verdad, siempre me recordó las sendas de la huerta; las playas humildes pero tan hermosas del Mar Menor. La luz de Los Ángeles y de los pioneros del cine es la misma luz de Murcia. Los trazados medievales de Londres, Edimburgo o el norte de España me han empujado a una nostalgia atroz de nuestras calles, las que perecieron en pos de un falso progreso.

Tan estúpido como las hidalguías ha sido arrasar con el pasado  y primar el beneficio económico por encima de todo. Por suerte, hemos cambiado un poco. Contra todo pronóstico, ha resurgido un palpitante amor por lo nuestro.

Pero lo que más me gusta de Murcia es que es una ciudad sin puertas, en palabras de su actual alcalde. Por eso no hay llaves, por eso corre el aire. Por eso cuando llueve, Murcia podría ser cualquier lugar del mundo.

 

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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