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Vivir en el filo

Indefensión aprendida

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Esta semana escuché que el ser humano actúa movido por dos impulsos: la búsqueda del placer y el miedo. Es muy simple, lo sé, pero una gran verdad a poco que reflexionemos. En la base de la célebre pirámide de Maslow residen elementos tan básicos como la respiración, la alimentación, el descanso, el sexo y la estabilidad metabólica. Los regímenes autoritarios, los torturadores, las políticas de exterminio bien conocían este primer escalón. Si te quitan la comida, el descanso, la mínima circunstancia que te permita un día a día normal, te vienes abajo. O se te va la cabeza, o pierdes todas las vitaminas de tu cuerpo y ese cerebro tuyo capaz de luchar contra los elementos se doblega ante las circunstancias.

Del sexo no hablemos. Poca gente me toma en serio pero la falta de sexo real en las sociedades modernas nos está condenando a soledades atroces, a relaciones estúpidas y frías tras una pantalla de ordenador o un dispositivo móvil. En Japón, una de las sociedades más ricas del planeta, cada vez se practica menos el sexo entre personas. Ustedes hagan su propia cuenta. Es claro meridiano. ¿El sexo qué genera? Para empezar una gran autoconfianza, endorfinas, un “feeling good” imprescindible para la evolución. Pero la sociedad detesta el cambio y, especialmente,  a aquellos que quieren saltarse un escalón, no ya de la pirámide de Maslow, sino de su condición social. Les mostrarán un mundo que jamás podrán alcanzar por mucho que se esfuercen. Llegarán tan exhaustos a sus casas que ni modo pensarán en hacer el amor con sus parejas. Las parejas se fracturan por falta de sexo. El resultado son las escandalosas cifras de divorcio, las soledades compartidas y el paupérrimo reducto del terrible aislamiento al que muchos se ven reducidos.

La ecuación es simple. Menos sexo, menos autoconfianza, fractura de la pareja, soledad y fin de los estímulos positivos para tu salud y tu bienestar. El éxito social te puede inflar el ego pero sólo la respiración acompasada del que duerme contigo o aquel con quien te abrazas genera oxitocina, dopamina y esas sustancias del bienestar.

¿Cómo contrarrestamos esto? Pues con química. El paralelismo entre el incremento de la soledad y el consumo de fármacos es brutal.

Si todos en nuestro fuero interior sabemos esto ¿Por qué seguimos encerrados en esta alambrada de opresión? Porque tenemos miedo. Miedo a perder lo conseguido, aunque sea a todas luces insuficiente y nos condene a una infelicidad permanente.

En casos más extremos tendríamos a las víctimas de la violencia y el terror. Privar de alimento, descanso o incluso de un sentimiento de filiación  (no eres nada, ni siquiera ser humano) desprovee al hombre del mínimo impulso para luchar contra esa injusticia manifiesta. Aquí es donde aparece la indefensión aprendida. Los judíos marchaban mansamente a las cámaras de gas, despojados de todo, ya no les quedaba nada por lo que luchar.

Las mujeres abusadas durante tantos años también han vivido con esa indefensión aprendida. No sólo las actrices de Hollywood. Al menos luego les quedaba un buen cheque o una estrella en el paseo de la fama pero ¿Qué hay de esas otras mujeres que apenas obtendrán el salario mínimo para alimentar a sus hijos? Como dijo Oprah Winfrey en la entrega de los Golden Globe, han existido camareras, oficinistas; en nuestro país, las criadas que servían en casa de los señoritos a cambio de casa y techo tenían encima que dejarse manosear de vez en cuando o ser abusadas de formas aún más crueles.

De todos los pecados de la civilización el peor es de la indefensión aprendida y el carecer de herramientas para erradicar semejante mal.

 

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Sobre el autor

Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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