La Verdad

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Autor: Lola Gracia
Come prima
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Lola Gracia | 24-07-2017 | 7:09| 0

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El verano es la estación del descubrimiento. El primer beso, el primer baño, el primer churro, la primera picadura de medusa, tus primeras quemaduras solares, el primer biquini.

Los que tenemos la suerte de vivir con el mar cerca apenas tenemos memoria de esa primera vez que contemplamos un horizonte por la mañana, con el azul en calma y las gaviotas surcando el cielo. Va en nuestro ADN: “porque yo, nací en el Mediterráneo”

El olor a bronceador de coco despierta jornadas memorables con mesas plegables, conejo con tomate y tortilla de patatas. Esa primera vez que no veraneas porque no hay posibilidad y descubres la grandeza de esas reuniones familiares con sombrillas sembradas por la arena que crean la urbanización efímera de los tuyos. Después llegará el otoño y las lluvias pero las risas flotan por siempre en el éter de esa felicidad compartida.

Las nuevas prohiciones playeras, me temo, lo cambiarán todo. Lo de hacer pipí en el agua no es bonito, lo sé, pero tampoco tan grave: el orín mezclado con la mar salada se convierte en otra sustancia química. Alquimia natural, vamos. Ninguna tragedia ¿Cómo detectar a los que perpetran tal delito? Fácil, observa a aquellos que se meten con el agua hasta la cintura y sonrisa de alivio. Me pregunto si las autoridades costeras piensan crear una política batiscafa que vigile los bajos de la gente y alguna lista de sospechosos reincidentes.

Plantar la sombrilla al amanecer para guardar sitio tiene también su punto entrañable. Es lo más cerca que muchos estarán de una verdadera competición en su vida pero ¿Prohibir los castillos de arena? eso sí que no. Es como  prohibir la infancia, como prohibir soñar.

¿Recuerdan la satisfacción del constructor? Aquella primera edificación con cuevas, almenas y vasos comunicantes que llenábamos con espuma de mar y decorábamos con chapinas, piedrecitas y algas?

Esas primeras veces: castillos, besos, bronceador, biquini y picnics vintage deberían ser declaradas patrimonio inmaterial de la humanidad. Esas primeras veces insobornables llenas de verdad, ilusión y brisa nos representan, nos definen. Igual que ese verano sin veraneo jugando a los “Clicks” en el caluroso balcón de tu casa.

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Relaciones no monógamas
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Lola Gracia | 24-07-2017 | 7:04| 0

Harry, Hermione and Ron are spotted by Deatheaters. They hide and Harry sends Patronus. Hogsmeade. (SC210)

El padre de mi amigo Juan siempre le decía: “hijo mío, esta vida es un saco de cuernos y cuanto antes lo asumas, mejor”

Esta frase sin duda pertenece al último siglo XX, incluso al antepenúltimo siglo XIX. Hoy la cosa es distinta.

Los estudiosos del mundo relacional del siglo XXI proponen un mapa de relaciones a la carta en la que cabe el engaño pero en un grado muy mínimo. El planteamiento general es el siguiente: esto de la monogamia consecutiva suele acabar en divorcios consecutivos, así que, para qué narices nos vamos a complicar la vida con contratos y reglas inmovilistas.

Como en todas las relaciones, la base de esta nueva forma de intercambiar fluidos, pieles y sentimientos (o no) tienen como base un pacto, incluso una definición o una etiqueta.

Hoy día tenemos estructuras familiares antiguas como el sol: la poligamia religiosa (soy mormón o soy el líder de una secta y como tal tengo derecho a un harén) y la poligamia social (se muere mi hermano y me quedo con la propia y con la suya, que no se diga que dejamos tirada a la familia). Pongamos también que a mi me disgusta el Sado Maso pero a él le apasiona, pues yo, como soy tan moderna, le permito que tenga una ama —siempre y cuando le dé latigazos y patadas en la espinilla por ser tan gilipollas— que esa pene sólo se mete en un lugar, en mi lugar para ser exactos. Que yo podría ser ama, pero el latex, el cuero y las fustas me dan repelús.

Luego pasamos a un término que se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos: las relaciones abiertas, dentro de este apartado encontramos el ya conocido y polémico poliamor. ¿Para qué vivir con el remordimiento de la infidelidad? Es una inutilidad. Apostemos por la honestidad caníbal:

“Hola Hermenegildo, resulta que me he enamorado de Tomás, pero que os amo a los dos por igual y él me quiere tanto que no le importa compartirme. Además, si en el fondo tenéis muchas cosas en común ¡¡verás que bien lo vamos a pasar los tres!!”. Aquí no hay cuernos, aquí no hay engaño. Eso sí, hay que tener un estómago del Cañón del Colorado para afrontar la situación, e incluso la convivencia  ante semejante panorama. Lo reconozco, debo ser muy antigua, porque si fuera a la inversa, si Hermenegildo me presenta a Sarita puede que la integridad física de ambos peligrase.

Vamos, que los puedo asesinar con un destornillador si es que no encuentro otra cosa más a mano.

Dentro del PoliIamor, como en toda estructura consensuada, hay de todo. De parejas que admiten a un tercero pero asumiendo que es algo muy secundario en su estructura original, a tríadas en las que todos tienen la misma categoría y que pueden ser heteros, homos o bis. Hay estructuras de Poliamor más o menos rígidas, a las que se pueden ir sumando componentes y los hay que lo practican sin orden ni concierto. Sin pactos ni obligaciones.

Dentro de las relaciones no monógamas los hay que “salen con gente” y aquí no media ningún tipo de exclusividad ni compromiso. Pero también hay parejas establecidas en las que se tolera cierta libertad sexual: “tú no me cuentes, que no yo te pregunto”;  En otras se acepta la conocida regla de los 200 kilómetros: “si mi marido se va de viaje tengo permiso para un escarceo”; aquí también podríamos incluir la infidelidad o el sexo de convención. Fíjate tú, hombres y mujeres solos, de viaje de trabajo en enormes habitaciones de hotel con camas dobles.

Entramos en el apartado de los swingers, que son aquellos que apuestan tácitamente por el intercambio de parejas. Los hay que acuden a sofisticadas y carísimas fiestas, como las que organiza la amiga íntima de Kate Middleton dentro de su empresa “Matando gatitos”  (Killing Kittens)  y los hay que practican sexo en lugares de intercambio de parejas pero sólo con su partenaire habitual.

Lo más común, dentro de lo infrecuente, es el denominado swinging cerrado. Cuernos consentidos con una pareja amiga, quizá siempre con la misma; O tríos con compañeros de trabajo e invitados especiales (elementos exóticos que quizá acudan al ágape carnívoro a cambio de emoluentos, o sólo por curiosidad). En este estilo de vida puede pasar cualquier cosa: “como soy tu macho dominante te presto a mi amigo Paulo”;  “O te llevo para que te intercambies con otros mientras yo te observo”

El swinging también se da en el mundo gay,  por supuesto, e incluso en el mundo bi: “Papi se escapa los fines de semana a saunas”. Esto incluso puede entrar en la categoría de “No me cuentes, que yo no te pregunto” .

Están las famosa play partys tematizadas al gusto de cada cual: bondage, sado o felaciones en grupo, como las denominadas fiestas del arco iris, donde chicas con los labios pintados de colores buscan a los machos para darles placer.

Para los solteros empedernidos y amantes de su soledad está la solución de siembre. Y no, no me refiero a la masturbación (que lleva camino de convertirse en una sofisticada práctica, sólo tenéis que echar un vistazo a la cantidad de vibradores y dildos masculinos y femeninos que prometen y logran orgasmos intensos y repetidos), sino al tradicional y casi vulgar sexo esporádico, a los amores de barra y al “si te he visto no me acuerdo”. Esto se está quedando casi tan demodé como la frase del padre de mi amigo.

Hoy se lleva quererse mucho, quizá no de un modo intenso —alejados de los dramas dieciochescos y de pasiones otelianas — pero quererse de buen rollito y compartirse, casi igual que los niños se intercambian los cromos a la hora del recreo.

 

Como soy una mala pero una mala antigua me niego a repartir, a ceder a mi chico para que otra lo domine. Porque para eso ya estoy yo. El único trío o relación de poliamor que mi mente admite es con dos macizos locos por mi, heteros hasta las trancas y dotados física e intelectualmente. A esto le denominaría yo el paraíso de la mala.

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Camas apestosas
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Lola Gracia | 17-07-2017 | 6:47| 0

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Si uno lo piensa bien, el ser humano tiene un punto repugnante. Sobre todo con estos calores y nuestros cuatro kilos de piel empapados en sudor a todas horas. Un tipo llamado Philip Tierno de la Universidad de Nueva York  sostiene que sudamos 94 litros al año mientras dormimos. Con lo cual, según Tierno, las camas también son algo repugnante si no cambias las sábanas al menos una vez por semana. Philip dice que es lo mismo que tocar caca de perro. Así que, con esta información en el bolsillo, que cada cual obre en consecuencia. El microbiólogo señala con el dedo sobre todo a los más jóvenes, esa panda que comparte piso y que es posible que se peleen por zamparse los nachos pero no por poner lavadoras.

La cama, que antes era tu lugar de sosiego, de solaz, espacio de paraísos compartidos y de paisajes oníricos, ahora es tu enemigo. Un nido de bacterias. Aunque no duermas en ella. La propia fuerza de la gravedad atrae a tus sábanas el polvo y no precisamente el polvo enamorado.

El Tierno este se podía haber quedado callado porque aunque yo cumplo con la normativa ahora sospecho entre mis sábanas una trepidante actividad de microcriaturas purulentas. Y con este calor, más. Imagina encima si la compartes o si haces otras cosas. Por todos los dioses, ¡la cama es una cloaca!.

Este verano, he decidido dos cosas importantes. Invitar a mi lecho sólo a Gabriel, un maravilloso hombre de plástico que es un poco soso, pero no suda ni emana fluidos raros. Y la otra, comprarme un kukun body, algo así como un esnifador corporal que pita cuando te canta el alerón, para ponérselo a los partenaires de chiringuito. El bicho, inventado por Konica Minolta detecta las pestes antes de que lleguen a tu pituitaria.

Si uno lo piensa bien, el ser humano es algo asquerosillo y yo he decidido quedarme este verano en el mundo de las ideas, de las camas vacías (y limpias) y de la gente inodora e insípida. El plan no es muy sarandonga, lo sé, pero me ahorro pestes y bacterias que no veas.

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Hey
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Lola Gracia | 10-07-2017 | 7:59| 0

 

 

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Algunas teorías sostienen que somos nosotros los que decidimos nacer en una familia o en un entorno determinado con el objetivo de aprender singulares lecciones de vida. Que nada es fortuito. Vamos, que las casualidades no existen y que todo, todo lo que nos acontece, lo inventamos, lo creamos con nuestra fuerza subconsciente y está destinado a nuestra evolución como seres humanos. Así las cosas, no sé qué extraña fuerza empuja a nacer y reproducirse al clan Iglesias. En concreto, a todo lo procreado por Julio “y lo sabes”.

Las circunstancias que envuelven a esta tribu destilan cierto tufo a los Kennedy aunque los irlandeses siempre tuvieron una aureola trágica, casi siniestra. Ni todos los rezos a San Patricio lograron evitar catástrofes personales y muertes prematuras.  Hasta las “arrimadas” en momentos puntuales como Jacqueline o Joan fueron arrastradas por las circunstancias adversas de estos fervientes cristianos. Los estudiosos de las constelaciones familiares seguro que encontrarían fascinante viajar por este árbol genealógico plagado de tormentas, incertidumbres y pesadillas.

Pero volvamos a Julio. Cuando habla sube el pan. Lo de colocarse la medalla al mejor amante de todos los tiempos ya da un poco de risa. Por supuesto, por encima de su hijo, que en el fondo es una criatura delicada, le falta añadir. Lo que ocurre, dear, es que eso de presumir a determinadas edades es respetable pero raro. Y, al igual que tu bronceado, aquello de acostarse con cuantas más mujeres mejor, está completamente obsoleto. Además, luego te salen hijos de debajo de las piedras. Algunos insisten con tanta ferocidad que son capaces de escarbar en la basura de tus otros hijos en pos de un rastro de ADN que confirme lo que es más que evidente. Los genes Iglesias cantan por todas partes.

Esta semana se ha vuelto a hablar de un —todavía— hijo ilegítimo de Julio. Se trata de Javier Sánchez Santos que acaba de cumplir 40 años y vive en Valencia. Hace un tiempo intentó la aventura musical apelando a su gran parecido con el padre.  Julio sigue negando lo innegable pero ahora el abogado del “chaval” anuncia que existe un aprueba de ADN, obtenida en Miami que demostraría la paternidad irrefutable del cantante.

Desde la barrera, con la frialdad y la enorme suerte de no tener nada que ver ni con el clan Kenney ni el  clan Iglesias, me pregunto por qué tanto ahínco en que alguien reconozca algo que no quiere reconocer. Ya bastante  humillación es que te huyan, te eviten, renieguen de ti, como para desperdiciar tu tiempo en buscar huellas de ADN de ese señor con el fin de demostrar su paternidad.

Ser padres no es algo puramente biológico. Una noche tonta la tenemos todos y eso debió pensar el bravo de Julio. Pero claro, tan demodé como sus extensiones e implantes teñidos,  es su filosofía rancia de irresponsable niñato bien. Quizá con ese ego pantagruélico, de verdad se llegó a creer que todas, todas las mujeres querrían tener un hijo suyo.

Dudo mucho que se trate sólo de un asunto de dinero. Javier quiere algo más pero ese algo no lo encontrará en el intérprete de “Hey”. Las relaciones con los padres ausentes son siempre frustrantes.

Javier, deja de perseguir una vida que no es tu vida y disfruta de lo que tienes. Si los jueces te dan la razón, maravilloso pero, al final, ese vacío no lo llenará el dinero, ni la fama. Sólo hay que echar un vistazo a las gélidas relaciones de Julio con sus hijos.  Hey, yo no pelearía jamás por tener un padre así.

 

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Fibonacci y las flores
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Lola Gracia | 03-07-2017 | 5:37| 0

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Todo es perfecto. Todos somos perfectos. Tienes un problema si crees que tienes un problema. Pero en verdad, el universo es sencillo, natural, fácil. Mira una flor. Su estructura, su número de pétalos, ubicados sobre el tallo siguiendo  —alineadas como majorettes— la sucesión de Fibonacci. Mira las espirales del universo, el dibujo de los copos de nieve, las células vistas al microscopio. Tú eres perfecto, como una flor, como el ritmo de las mareas, como el latido constante de nuestro corazón, como el incesante murmullo de la respiración, de la cual no eres ni consciente.

La verdad es esta: respiras y es gratis y estás vivo. Y no te percatas hasta que te alguien te hace tomar conciencia de ello.

La ciencia está cada segundo más cerca de Dios que de los laboratorios. Un ejemplo es la sucesión de Fibonacci: una serie de números naturales, que se suman de a 2, a partir de 0 y 1. La sucesión resulta siempre de la suma de los dos últimos números. Lo extraordinario de la serie es que cada uno de esos números se acerca a la denominada proporción áurea que era como los antiguos denominaban algo guay o cool. La proporción áurea resuena en el inconsciente humano. Arquitectos, escultores y músicos de todas las épocas la han empleado en sus obras. Algunos la han buscado, otros la usaron de forma inconsciente.

¿Por qué los cánones de belleza clásicos no pasan nunca de moda? ¿Por qué hay autores inmortales cuyas frases traspasan la barrera del tiempo? ¿No será que en verdad no hay tiempo y que el tiempo es relativo? ¿No será por eso que te emociona una frase de Víctor Hugo, una cantata de Bach o la misma cúpula Brunelleschi? ¿Y sabes por qué? Porque en el inconsciente todo acaba de suceder y porque en el inconsciente colectivo ese tiempo no existe. No hay distancia. No hay modas . Y si el arte surgido de esa misteriosa proporción aurea extasió a los griegos también te extasiará a ti si estás en esa onda.

 

¿No será que todos vivimos sumergidos en una atmósfera creada por nuestras mentes, que a su vez creó una fuente a la que estamos conectados? Mozart y tú sois la misma cosa. Como Mozart y la flor, como la genialidad de Leonardo de Pisa, el auténtico nombre de Fibonacci.

El universo se repite a sí mismo en un encadenamiento perfecto de formas, palabras y ritmos y casi me atrevería a decir que al ser humano le ha tocado en suerte el ADN más torpe de la cadena humana. Hay flores que crean sus propias vacunas cuando se ven amenazadas. El instinto animal escucha con más nitidez ese ritmo hipnótico, el baile de las esferas del universo y obedece a su conservación y procreación sin hacerse preguntas estúpidas.

No somos especiales, tampoco mendigos. Somos espejos de los otros y ellos de nosotros. Si entendiéramos esto, este lugar que habitamos que llamamos mundo, tendría otro sosiego. Nos empeñamos en buscar diferencias, que sí, que las hay, pero nuestra sustancia elemental es la misma. Sé que esto rompe con la tonteria millenial de distinguirse de los demás pero todos lo hicimos en su día, porque nuestros actos son una sucesión de Fibonacci y nuestra biografía está plagada actos y lugares que se repiten. Y esos actos y lugares y amores los repetirán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos en el alineamiento perfecto de los números que alcanzan esa proporción áurea. Porque los milagros existen y para eso sólo hay que mirarte a los ojos y disfrutar de tu sonrisa.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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