La Verdad

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Autor: Lola Gracia
Mosso bueno, mosso malo
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Lola Gracia | 08-10-2017 | 8:06| 0

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Me ha caído la del pulpo. Se me ha ocurrido decir que Trapero me pone y, madre mía, como se ha puesto el personal en las redes sociales. Eso sí, las señoras, la mayoría de ellas, me han dado la razón porque, por muy independentista que sea, por muy de saltarse las normas a la torera que sea, Trapote está bueno. Tiene ese punto viril, masculino, basto y algo animal que, por lo menos, a mi me encanta.

Queridos míos, con algo hemos desengrasar este panorama que nos tiene a todos de los nervios. Esta tensión insostenible entre los que queremos el AVE soterrado aunque las obras sean molestas y los que no se creen que las obras sean transitorias y entre los que amamos este país crujiente, caliente, diverso y plural que se llama España y aquellos que no se sienten españoles. La mayoría de ellos son jóvenes, incluso de mi quinta. Sus antepasados son de Jaén o Calatayud o Jumilla o Cáceres pero, quien sabe porqué, sólo se sienten catalanes y no quieren sentirse otra cosa. Imagino que quitarse la etiqueta de charnego ha sido imperativo para algunos, así como pronunciar y escribir un correcto catalán (al final muchos de ellos no escriben bien ni el castellano ni el catalán). ¿Es una cuestión de complejos? ¿De dorarles la píldora a todos esos nombres que desde el feudalismo les han jodido y bien jodidos?¿Por qué se empeñan en buscar fuera al enemigo? El enemigo siempre ha estado dentro y son esos poderosos que siempre lo fueron y que gracias a proceder de una familia de sangre pura ostentan un cargo con sueldos de muchos ceros. Y sé de lo que hablo. Conozco casos concretos, con nombres y apellidos. Y de los otros, también.

Queridos míos, amo el catalán, a sus autores, su lengua, sus campos, sus vinos, sus costumbres, sus playas pero es que eso forma parte de nuestra maravillosa España. Yo no quiero ser sólo murciana. Quiero ser catalana y vasca y gallega y castellano-manchega y valenciana y puertorriqueña y neoyorquina y parisina. Quiero tener siete nacionalidades en vez de una y un piso franco en cada ciudad del mundo de la que me he enamorado ¡Pero qué manía de encerrarse en el terruño!

Quiero decir que Trapote me pone —menudo apellido catalán, por cierto — y que nos peguemos unas risas y no montemos en cólera. Nos estamos tomando la vida demasiado en serio y la vida es un sueño, es una broma que se termina y que se termina pronto y Puigdemont es ridículo, con su chuleria y su pelo estilo perezoso y ojillos de mofeta ¿Y esas urnas para votar compradas en los chinos que parecen un tupper gigante? Todo es de chicha y nabo, aunque quedan semanas tensas y terribles y me consta que muchas amigos que viven allí lo están pasando mal. Sobre todo aquellos que ya vivieron una posguerra de mierda como la que tuvimos. No hay derecho. Porque yo soy también de donde son mis amigos.

Pero volviendo a Trapero, el físico es el físico y Trapero es un señor que se cuida, no tiene michelines a sus 52 años y lleva las cejas perfectamente depiladas (con cera, diría yo) y en todo este invento del referéndum, ese cuerpo y cara de mosso, es lo único capaz de quitarme un poco el estupor. Lo otro, es lo otro, que diríamos aquí.

El murciano no es tan proteccionista con lo suyo porque somos así: universalistas y adoptamos a quien haga falta. A Trapero, mismamente, si cambia de parecer político, me lo quedo yo.

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Los espejos de Atwood
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Lola Gracia | 01-10-2017 | 3:53| 0

 

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Dice Margaret Atwood que un país sin historias sería un país sin espejos. “¿Quién soy? se preguntarán los ciudadanos”. No, no, olvidadlo. No pienso dedicar ni una línea al omnipresente referéndum fantasma pero, qué duda cabe, que hay mucha ficción y fantasía alrededor del nacionalismo.

La reflexión de esta semana se acerca a la sempiterna bipolaridad del ser humano. He empezado por la más recurrente entre los creadores: el binomio ficción-realidad.

Según Barthes, un hecho real de más de cinco líneas se convierte en ficción. El ser humano es una máquina de reinterpretar los datos. Al final, las vivencias son secuencias de datos que se graban en nuestro subconsciente y los recuerdos (esos datos muertos, porque el pasado es algo muerto, no lo olvidéis) son una recreación de la verdad, verdadera que se adaptará a nuestros patrones perceptivos. Nuestra experiencia es única, personal e intransferible, casi como una huella digital. Miranda en “La Tempestad” de Shakespeare se preguntaba “¿Es cosa mía ver lo que veo?” para concluir “Sólo puedo ver lo que veo”. El dramaturgo británico se adelantó al psicoanálisis unos cuantos siglos. Cosa de genios.

Así que, con unas sutiles pinzas, dejo colgada esta duda ¿Hasta qué punto los datos que duermen en nuestro cerebro, transmitidos de generación en generación por el subconsciente colectivo familiar distorsionan mi percepción de la realidad?

El otro binomio que me apabulla es el de la necesidad de los recuerdos que teje el tapiz patrimonial de los pueblos (el espejo de Atwood) y por otro, la necesidad del auténtico vacío para volver a crear y generar innovación y avance. Este binomio: lleno-vacio, historia-futuro es un puro nudo contradictorio. La maravillosa Margaret  afirma que todo ser humano es intrínsecamente creativo y la materia prima de esa creación son los recuerdos (“Cuando estas palabras se le hayan ido de la cabeza, se perderán para siempre”). El arte es el corazón de la civilización y la escritura es el arte de las emociones pero, maldita sea, todos los escritores necesitan esa materia prima: la realidad acontecida en el pasado. O sea, los recuerdos. Y los recuerdos dice el profesor  Hew Len, son datos muertos. Imaginaos el hedor terrible. Lo muerto al final se pudre pero al narrador, al creador de ficciones no le queda otro remedio que hacer incursiones en su vida muerta. O sea, en su pasado.

Un exceso de recuerdos provoca un atasco emocional. Y eso sentí el otro día. No depresión ni ansiedad sino un monumental atasco. En mi afán recolector para poder escribir historias nuevas me he topado con una laguna tumefacta de pasado muerto que ya no sirve para nada. Atwood sostiene que el arte para el artista es una tubería hueca, un amplificador, incluso un truco para llevarse a alguien a la cama pero, ojo, si la tubería está atascada ¿Qué obtendremos? Ya sabéis lo mal que huelen los desagües.

A veces creo que el subconsciente colectivo de nuestra querida España, esta España mía, esta España nuestra, es como esa tubería y es imperativo que el agua circule. Lo mismo que es deseable para mi, para cualquiera — en especial  para los creadores de todo tipo— eliminar todos los datos viejos, llegar al Nirvana, a la página en blanco de Shakespeare, porque sólo desde ahí, desde el vacío absoluto, surge la más genial de las inspiraciones. La magia inexplicable de Giocondas y Quijotes. Si nuestra vasija está llena, la abundancia pasará por nuestro lado y nada podrá caer en ella.

Esta España bipolar pide a gritos uno o varios instantes de vacío creador. Y un poco de silencio blanco entre tanto berrinche.

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¿ En qué piensas?
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Lola Gracia | 24-09-2017 | 7:41| 0

 

 

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Pintemos la escena. Habitación blanca, sábanas blancas. Un ambiente diáfano, brillante de luces otoñales. Una pareja hace el amor. La silueta de ambos se recorta contra el fondo de la pared. Sombras chinescas y calientes. Tras la resolución él la besa. No dice palabra. Se tumba boca arriba. Está satisfecho, feliz. Nada necesita. El blanco del techo se le antoja, insinuante, un buen lugar para perderse. Y de repente la pregunta, esa pregunta: ¿En qué piensas? Fin de la paz. Ellos siempre dicen que en nada y nosotras querríamos tener un gran destornillador, abrirles un agujero imaginario en la frente y saber, de verdad, qué tienen los hombres en la cabeza.

Probablemente los hombres no guarden en ese momento un grave secreto ni una preocupación. Probablemente exista una nada que nadea en el blanco de sus pensamientos post coitales y nosotras,descreídas, caemos rendidas a su misterio.

Ah, el misterio. Ese es el gancho más eficaz que existe para enamorar y que nos enamoren. Al menos, al principio. Al menos, hasta que llega un momento en que te das cuenta que pocos misterios se resisten a la complicidad de las miradas, de las palabras clave, ese glosario que crean los enamorados y que resumen mil sensaciones en una. No hay misterio ni falta que hace.

De niña me gustaba cavar hoyos en la arena y en la tierra huertana de mis abuelos. Esos agujeros eran el escondite de mis tesoros: un trozo de espejo roto, una canica, pétalos de rosa, una margarita, una piedra chula. Regresar al día siguiente, desenterrar los tesoros y mirarlos uno a uno era un ejercicio delicioso. Siento que, a veces, he realizado ritual con las cabezas de mis amantes y en su vacío mental he guardado palabras, momentos, olores, músicas, frases que luego ellos han recreado y desenterrado y entregado de su fosa encefálica. De entre su masa gris, un rayo de luz sembrado, germinado, cosechado. Buen trabajo, me digo.

La idea de coleccionar tesoros, de rincones secretos, de espacios sagrados donde todo es posible creo que siempre me ha obsesionado pero, además, las mujeres tenemos ese afán de llegar al final de todo, de conocer todas las piezas del rompecabezas, de escudriñar las cien mil neuronas del amante, como las cien mil estrellas del cielo hasta que uno despierta y piensa ¿Para qué? ¿Para qué lo quieres saber absolutamente todo del otro? ¿No tienes suficiente con saberlo todo de ti mismo? ¿Acaso estás seguro de saberlo todo de ti mismo? Porque yo no.

Chicas, dejemos de hacer la absurda y recurrente pregunta: ¿En qué piensas? Porque después de hacer el amor los hombres básicamente piensan: “qué agusto me quedao y qué ganas tengo de dormir”. No encontraréis filosofías trascendentes, ni frases híper románticas que guardar en vuestro hoyo excavado bajo la tierra. Además, la trepanación mental es una cosa muy fea. Casi mejor ocúpate de crearte un interior fantástico, tu cosmogonia personal en la que perderte sin ansias ni carencias de hombres que después de hacer el amor miran el techo sin palabras. Encuentra el misterio en tu interior porque, sin duda, existe, nuestro subconsciente está plagado de información genética ancestral, de tus sueños más peregrinos, esos que se perdieron en la marabunta de las obligaciones y exigencias más urgentes.

Chicas, vosotras sois el misterio. No digo que haya por el mundo un macho trascendente que tras el desahogo le venga a la mente un tratado sobre la velocidad de la luz, salvo, quizá Einstein. Y tampoco. Los hombres, por muy genios que sean,  siempre son literales y cuando dicen nada, siempre es nada.

 

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 Saturno
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Lola Gracia | 17-09-2017 | 8:05| 0

 

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Tu historia es mi historia. Las vidas se parecen tanto las unas a las otras que se sorprenderían. Y todo el mundo quieren que cuenten la suya. Cuántas personas se han acercado a mi y me han dicho la famosa frase: si te cuento mi historia, escribes un libro. Y con algo de cinismo y mala leche les contesto que no es menester.

En los últimos siete años me han despedido injustamente de un trabajo que me encantaba, han muerto familiares que quería, ha fallecido mi mejor amigo, me han traicionado personas que amaba y me he divorciado. Les ahorro los detalles porque, efectivamente, daría para escribir un libro, pero, sobre todo, porque mi biografía y la de casi cualquiera es semejante y más con el terremoto de la crisis a nuestras espaldas.

 

Escucho la nueva canción de Pablo Alborán, “Saturno”, y pienso que vaya una suerte que tenemos los que contamos con una vena creativa porque el desamor nos viene de perlas. Cualquiera que haya sufrido una o varias rupturas puede deducir que esa canción cuenta, efectivamente, su vida. Los cadáveres del abandono, de los amores rotos, siempre son los mismos: los hijos que no se tuvieron, los lugares que no se visitaron juntos, tantas y tantas fotos que quedaron por hacerse, la casa que se hubiese compartido.

El aborto del amor es el más cruel de los destinos. Es matar a un niño no nacido. O sea, matar la esperanza, el futuro. Aunque claro, como canta Pablo: “tuve tantos momentos felices que olvido lo triste que fue darte de mi alma, lo que tú echaste a perder”.

Si vives en misma ciudad que te enamoraste y te despreciaron todo es un recordatorio permanente: aún se oyen los gritos de amor, no en Plutón, sino en el viejo barrio, en una playa; besos en la calle o en la ladera de un monte…Uno quiere pasar página pero hay demasiados cadáveres aún calientes por todos los rincones.

 

Alborán dice que se interesó por la leyenda de Saturno, el que se comía a sus hijos. Las historias de desamor tienen eso en común: en ocasiones sientes como alguien monstruoso te desolla las entrañas para comerte crudo. ¿A quién se come Saturno? a su propio hijo no nacido.

Los rompeamores son Saturnos. Unos monstruos sin corazón.

No empieces algo si no estás convencido de ello. No utilices.

 

Por otro lado, todos los que somos del signo Sagitario hemos tenido al puto Saturno retrógrado durante 3 años haciéndonos la puñeta. Con todas mis amigas Sagitario lo comento: hemos sufrido debacles increíbles. Unas más que otras. Aún cruzo los dedos para llegar a final de año con vida.

 

Los astrólogos, sin embargo, coinciden en señalar que Saturno es el maestro del Karma: el pasado que regresa a tu vida, conflictos no resueltos y la imperiosa necesidad de ejecutar lo que tantos años atrás has ido posponiendo. Los procastinadores perecen. Saturno te obliga a ordenarte, estructurarte y te da lecciones imposibles de olvidar.

Saturno te pone a los pies de los caballos y a los pies de tus citas a esos tipos que no te convienen —una amiga los denomina follapavas —para que aprendas a esquivar de una jodida vez ese pedrusco.

Todos hemos sufrido“saturnos” en nuestra vida. Esas vivencias que dejan cicatrices en vez de huellas. Todos hemos querido perdernos en la galaxia de los futuros hermosos y hemos dado con los pies en el polvo, sin una ilusión con fundamento que llevarse a la boca.

Lo dicho: tu historia es mi historia y con todas, efectivamente, se escriben muchos, muchos libros.

 

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Fallos de concordancia
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Lola Gracia | 11-09-2017 | 7:27| 0

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Y la esperanza explota como una olla a presión. Hay caminos de no retorno. Noticias de no retorno. Uno puede sobrevivir a ellas, sobrellevarlas, aprender los días sin esa ilusión que brotaba del corazón. Es inútil que todos te digan: tranquilo, todo pasará. Porque no pasa. O si, pero uno ya no es el mismo.

En la vida todo es cuestión de tiempos, de ritmo y también de concordancia. Un fallo de concordancia es que tu corazón se incline al lado derecho de tu cuerpo. Tu corazón se mete donde no le toca y el resultado es la vida en un puño. Sabes que tarde o temprano algo dentro de ti se resquebrajará.

Un fallo de concordancia es que los habitantes de un mismo pedazo de tierra denominen patria a tierras supuestamente distintas. Un fallo de concordancia es que uno ame y no lo amen. Que uno aporte y los otros no, que tu mente vaya por un lado y tu cuerpo por el suyo: terco y desobediente.

Los humanos somos distópicos y discordantes y ese es nuestro encanto, nuestra magia, salvo cuando esa discordancia conduce al caos.

En los últimos días he visto ejemplos de separatismo por todos sitios; con las amistades, con los compañeros, con las sociedades y con ese parlament que dice representar a todos los catalanes.

Soy la primera a la que le cuesta tomar partido por determinadas personas, por determinadas causas. Me encanta vivir en mi neutralidad y, en todo caso, trazar puentes y conseguir esa meta tan absurdamente ambiciosa de que todo el mundo se lleve bien. Pero hay puntos de no retorno, como el que vive nuestro país estos días. Pase lo que pase, ya nada será como antes.

Hay momentos en los que es obligatorio elegir, tomar partido. Has de apostar por lo que te salva o te destruyes.

La discordancia mata al ser humano. La incoherencia le vuelve loco, bipolar, ansioso. La inconsciencia produce binomios tan antipáticos y sobrecogedores como el de Trump-Kim Jong Un; Por cierto, lean los dos apellidos en voz alta ¿No suena a mascletá? Las palabras son sabias.

Conviene de vez en cuando apearse de nuestro ego, de esas certezas que apenas son ilusiones que —lejos de darnos paz— siembran nuestra vida de vallas insalvables. La cabezonería nos estalla en el corazón, igual que la esperanza. Pero somos nosotros los artificieros suicidas de semejante ruina. Acabemos ya con el terror psicológico heredado, con el auto boicot. Abandonemos esa mecha encendida, la cuenta atrás, la que nos desconcierta, la que nos provoca el insomnio, el estrés, las enfermedades autoinmunes, los miedos inventados. Los miedos que son la trampa mortal más peligrosa que existe.

Nos empeñamos en hacernos listas: para ser feliz, para tener una vida sexual saludable, para adelgazar, para comprar lo imprescindible;tips de ahorro, de limpieza, de belleza; listas de lo que hay que ver, leer, comer. Apps que nos miden el consumo calórico, los pasos andados y los pensamientos perdidos. Para qué tanto. Queridos, en esta vida hay que elegir. Es imposible llegar a todo, no somos súper hombres ni falta que hace. No tiene porque caerte bien todo el mundo y, por supuesto, hay que perder esa manía de decir que sí a todo. Un “NO” ahorra muchos fallos de concordancia con uno mismo y nos pone más guapos y contentos.

Es estupendo querer agradar a los demás pero siempre sin perder de vista la propia coherencia y esa famosa frase de Sam de Sexo en Nueva York: Te quiero mucho pero me quiero mucho más a mi.Esa es la única concordancia imprescindible.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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