La Verdad

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Autor: lolagraciaexpo
Ese milagro llamado amor
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Lola Gracia | 19-03-2017 | 7:47| 0

 

 

 

 

Hablemos de amor.

Ni de sexo, ni de muñecas hinchables con inteligencia artificial. Ni de vibradores con blue tooth que rastrean al usuario y que, atención, se ponen en marcha solos sin tu consentimiento. Tampoco entremos en si esta intromisión en tus genitales es acoso. Dejemos a un lado si el sexo no consentido entre una pareja consolidada es violación o no (que sí, que lo es).

No. Hoy no toca.

Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente”, explica Coetzee. Hay una línea muy delgada que separa la atracción del amor, la amistad del amor, la hermandad del amor, la paternidad-maternidad del amor, el miedo a la soledad del amor, la ansiedad del amor, la adicción del amor, la complacencia y autocomplacencia del amor, la lástima del amor, la vanidad del amor, el narcisismo del amor. ¿Y quién es el guapo que traza la frontera? ¿Quién se atrevería a poner etiquetas y nombres a los sentimientos? Nadie en su sano juicio pero, ay de los osados. Los que juzgan y etiquetan. Los que tienen esa certeza inmensa y envidiable. Los que eliminaron la palabra duda de su diccionario. Tienen suerte, sí. Si se conforman con confundirlo todo y alimentarse de todo y nada a  la vez.

Esa línea frágil, camaleónica; esa línea sutil y terrible que nos diferencia entre ir bien vestidos o disfrazados (Anne Wintour). Entre hacer el ridículo o sucumbir al éxtasis de saberse amado y de amar. Todo al mismo tiempo. Ese extraño milagro que en ocasiones sucede.

El amor carece de líneas, de mapas, de manual de instrucciones y nadie puede erigirse en maestro. Las respuestas acerca de tan arcano concepto las iremos hallando poco a poco, si somos hábiles, si nos alcanza la vista para encontrar las migas de pan que el destino nos arroja.

Hoy nadie habla de amor. Las relaciones nacen capadas. Como algunos móviles que sólo reciben llamadas pero que te impiden realizarlas.

Salimos con gente pero sin compromiso. Salimos pero sólo risas (buenas son). Salimos pero no salimos de nosotros mismos. Nos quedamos en nuestra burbuja confortable ¿Para qué esforzarse en escapar de uno y encontrar al otro? Es una aventura que también requiere cierta dosis de osadía. Sobre todo si se derrumbó sobre ti algún diluvio que otro y te dejó empapado, aterido de frío, muerto de tristeza, bajo la lluvia.

Explica Erich Fromm: «En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.» No puedo estar más de acuerdo pero ¿Cuántas veces encontramos un partenaire en esa misma sintonía? La precariedad también campa a sus anchas en el mundo afectivo. La incertidumbre se recrea en las relaciones humanas de todo tipo donde nada es para siempre y donde la desconfianza, el temor y miedo al rechazo son las protagonistas de este baile del desastre.

El otro debería ser entusiasmo, ilusión, alegría, futuro, renovación. Y el uno con el otro todo un alegato contra la desidia y el pesimismo. ¿Cómo salir de este círculo?

Quizá comenzando a hablar sin tapujos del amor. El amor con mayúsculas. Nuestra máxima aspiración. Abandonar los miedos y lanzarse a la aventura de otra galaxia distinta de la tuya. Escribir la palabra amor sin vergüenza y apostar por las relaciones humanas —que pueden fracasar incluso—por encima de nuestra confortable pero aburrida superficie de humanos vacíos que, a fuerza de olvidarse del amor y de amar, terminan por convertirse en piedra y consiguen que el corazón sea un músculo tumefacto, putrefacto y triste.

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Deberías casarte con mi esposo
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Lola Gracia | 12-03-2017 | 7:50| 0

Todavía me estoy recuperando del impacto. Me contaron que al lugar de encuentro de Pérez Casas le denominan la “Segunda oportunidad”.  ¿Para quién?, ¿Para qué?

Soy alérgica a los locales de ligoteo. No puedo con ellos ni soporto el ritual de las personas que acuden. Las vestimentas, las miradas, las risas. Debo ser una sosa de tres pares de narices pero yo siempre lo supe. El amor no lo buscas. El amor te encuentra. Y desde luego yo no lo encontraré en la barra de un bar ni con un tipo estándar.

Esos hombres de Pérez Casas, con todos mis respetos, no me inspiran. Quizá la culpa es mía porque yo no busco novios, sino musos y entiendo que de esto no abunda. Imagino que algo semejante le pasó en su día a la escritora Amy Krouse. Actualmente, está enferma de cáncer, le queda menos de un año de vida y hace unas semanas escribió una carta en el New York Times, donde colabora habitualmente, titulada “Deberías casarte con mi esposo”.

Ella dice de Jason, cosas impresionantes: “llegó al ultrasonido de nuestro primer embarazo con flores. Es el tipo de hombre que, ya que siempre se despierta temprano, me sorprende los domingos en la mañana al hacer caritas felices con algo que se encuentre cerca de la cafetera: una cuchara, una taza o un plátano”.

Amy quiere que Jason tenga otro amor tras su marcha. Imagino que estas cosas de Amy son sólo propias de escritores que no nos basta con manejar nuestra vida si no que queremos enmendar la de los demás, incluso después de muertos. Es un afán por mejorar el mundo. En el fondo, detrás de esta actitud sólo hay buenas intenciones. Cierto que resulta invasivo. Pero como dice Teresa Viejo, qué difícil es amar sin invadir.

Jason es un partidazo. Vamos, porque me pilla muy lejos que lo mismo también le daba un “like” pero, sobre todo, porque está a años luz de esos tipos que uno se encuentra en Pérez Casas o lugares denominados de segundas oportunidades. Entiéndanme: soy una romántica seducida por señores como Hemingway. Esos hombres con sed de aventura que pretenden exprimir cada segundo de plenitud a la existencia. Con sus desventajas, claro, porque todo no es bonito al lado de individuos de esta condición pero diez años con ellos casi equivalen a toda una vida. Los aventureros han muerto. No existen. Ni Saint Exupéry, ni Henry Miller, ni, qué sé  yo, un De la Cuadra Salcedo nos encontramos. Hombres de armas, alma y letras.

Hoy las relaciones se convierten en transacciones, lo cual me parece un horror. No hay generosidad sólo ego y egoísmo y comodidad. Y aquí todos somos culpables.

Seres increíbles poblaban el mundo; seres originales y sin cortapisas. Anais Nin —bailarina de flamenco y escritora y casada con un banquero y también casada con Rupert Pole, 16 años menor que ella (Oh Anaís, eres mi heroína)— vivía en una civilización todavía bastante parecida a la nuestra. Y todo era posible y sus obras fueron publicadas en todo el mundo (no hablemos del mundo editorial que entonces sí que me deprimo, con esos escritores profesionales aburridos como ellos solos que nunca alzan su propia voz).

El mundo, incluso con sus contrastes, era hermoso

La carta de Amy intentando buscarle un novia a su aún esposo Jason es lo único bonito que he leído en meses. Hay nobleza, generosidad, quizá un punto de vanidad. Te vas, pero dejas las cosas medio atadas y sabes que tu hombre tendrá una auténtica segunda oportunidad.

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Brutalismo
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Lola Gracia | 05-03-2017 | 7:39| 0

 

El hormigón armado se ha puesto de moda. Al menos, eso es lo que proclaman los expertos en arquitectura. Edificios como la gigante mazorca que veía de estudiante desde la residencia de Avenida de América, ejemplifican esta tendencia.

Siempre imaginé vidas lujosas en ese moderno pero feo edificio situado entre las  calles Monte Esquinza con Marqués de Riscal. Gigantescos áticos, modelos y actrices, corredores de bolsa, deportistas, piscinas integradas en la terraza, plantas tropicales, jacuzzys y fiestas nocturnas con cocktails y grupos de rock.

Una veinteañera de provincias se asomaba a la ventana de su residencia y se topaba con esa mole pesada y ultramoderna, el fragor del tráfico y los aviones que surcaban el cielo, camino de algún remoto lugar. Es muy probable que mis sueños superasen con creces la realidad. O no.

Pocos años después, yo misma surqué el cielo y descubrí al otro lado del charco que al cemento se le denomina concreto. No sólo eso, tuve un novio puertorriqueño, relaciones públicas de la Puerto Rican Cement Company.

La rueda de la fortuna me ha vuelto a escupir en la cara el Madrid que tanto odié durante los primeros días como su habitante y que amé después. Incluso mucho después y que ya es familiar como una mascota o un viejo tío que visito y que me trae el perfume de la amistad, del amor, de fiestas increíbles, de noches increíbles. Cosas que no le suceden habitualmente a una humilde chica de provincias pero a mi sí.

20 años después, descubro que aquel edificio que disparaba mis deseos y sueños post adolescentes, que contemplaba al amanecer o al anochecer —tras el gimnasio con Kenny G sonando en mis walkman—se ha puesto otra vez de moda y que ejemplifica una corriente arquitectónica a la que llaman brutalismo, que vuelve a hacer furor.

El brutalismo saca las tripas de los edificios y te los muestra con crudeza, te restriega el gris que preside los días de esta sociedad pantallizada. Presume de hormigón, cables y tuberías como si de bisutería de firma se tratase.

Al fragor del brutalismo hay otros brutos que sacan a autobuses a la calle con mensajes que condenan la diferencia. Que visten su odio con el lustre de la siempre noble libertad de expresión. Que, no contentos con odiar en conjunto, pretenden hacer proselitismo de su estulticia y animan con alegres colorines y desenfadados vehículos a unirse a su coro, a su monstruoso séquito.

A los de hazte oír yo les diría eso de haztelo mirar. Algo que ya he escuchado por las redes. Imagino que algún especialista desprejuiciado estaría incluso dispuesto a estudiar su itinerario. El periplo vital de todos y cada uno de esos colectivos, compuestos por personas individuales, profesionales, empleados, empresarios, padres y madres de familia incluso, que se atreven a juzgar al otro sin ponerse en sus zapatos. Que odian porque sí. Porque no son como ellos. Porque la diferencia les acojona.

Ellos, máximos estandartes del brutalismo vital, se atreven a subrayar eslóganes como dictadura de la izquierda y de la cultura gay. Son tan brutos que no se han dado cuenta de que ellos y sus actitudes espantan a una gran parte de la sociedad. A casi todos nosotros.

Ellos que no saben lo que es nacer hombre y tener genitales de mujer. O viceversa. Y todas sus consecuencias y todos los tratamientos, juzgan, señalan con el dedo y promueven el escarnio, el totalitarismo, la uniformidad.

Ellos tienen cemento en sus corazones. Son grises y brutales. Y presumen. Y nos muestran sus neuras y manías, como si de bisutería de firma se tratase.

 

 

Imagen: Las redes han tuneado a los de hazte oir

 

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Simetrías
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Lola Gracia | 27-02-2017 | 6:43| 0

 

 

La vida está llena de simetrías.  Sospecho  —y bastantes leyendas circulan sobre esto—que cada cual tiene su gemelo en otra parte del mundo.  Aristófanes narraba en El banquete  una fábula al respecto. El humano era un cilindro pomposo y engreído :”los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo y combatir con los dioses”, apuntaba el dramaturgo.

Júpiter quiso bajarles los humos y los partió por la mitad. De esta forma no les quedó otra que buscar ayuda y apoyo en el otro. La necesidad del otro nos obliga a aterrizar en lo cotidiano y practicar el noble arte de la humildad.

Quién sabe si Júpiter decidió que estaríamos jodidos hasta el fin de los tiempos si el infortunio nos impedía encontrar a nuestro simétrico. Tal vez, para bajarnos los humos llenó el universo de galaxias calcadas de esta.

La NASA anuncia que ha descubierto un sistema planetario similar al nuestro, con siete planetas. Un lugar ideal, dicen los expertos, para buscar gemelos terrestres. Un lugar quizás también con vida. ¿Se imaginan que de verdad hay vida ahí fuera?¿Que este mundo en realidad está enloquecido, paranoico porque ha de encontrar a su gemelo en este nuevo sistema simétrico del nuestro?

El nuevo sistema está a 40.000 años luz de nosotros al fondo a la derecha, en torno a la estrella enana ultrafría TRAPPIST-1.

La vida es simétrica, dice Stephen King. Y es cierto. Nacemos y morimos solos. Muchas personas entran en nuestra vida y se marchan del mismo modo. Si uno observa su propia biografía, encontrará muchos paralelismos. Con los amores, con los amigos, con los oficios y hasta con los viajes.

La vida es circular, decía Borges. Y es cierto. No sabemos por qué pero nuestros pasos vuelven siempre sobre los mismos lugares y también sobre algunas personas, como si formasen parte de nuestro paisaje vital. Hay ciudades en las que somos reincidentes y otras que jamás pisaremos. Hay barrios y tiendas de barrio que estaban contigo en tu infancia y permanecen hoy, después de tanto tiempo, después de los avatares. Después de haber vivido al otro lado del mundo.

Nuestra vida son círculos concéntricos semejantes a las ondas que se hacen en el agua cuando tiramos una piedra. Ondas que reproducen el viaje del sonido. Ondas circulares como los anillos de Saturno. Ondas circulares como muchos planetas porque la Tierra ya saben ustedes que no es redonda, es ovoidal. O sea, gemela del huevo

En la naturaleza, las estructuras se repiten. Las mariposas y su simetría nos enseñan que existe belleza a cierta distancia porque, de cerca, con un microscopio, quizá su visión nos aterrorizaría. Los valles y montañas de la superficie son similares a valles y montañas bajo el océano marino. Las líneas de nuestra mano las equiparo al verdor fresco de las hojas que acompañan a las flores. Los pistilos almenados tienen la connotación innegable y sexual del pene en erección…Por no hablar de esas flores de gran clase y elegancia. Las calas (Zantedeschia aethiopica).

La infancia y la vejez también se asemejan. Incluso Nietzsche aseguraba que la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño.

Encontrar el equilibrio en nuestra maltrecha simetría humana (ya saben, un ojo más grande que otro; una pierna más larga que otra) sería ya la perfección del círculo. Quién sabe, tal vez, en uno de esos itinerarios circulares y reincidentes hallemos esa paz. La tranquilidad que sólo otorgan la frialdad de los números.

 

 

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Machirulo, marichulo, papichulo
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Lola Gracia | 20-02-2017 | 6:41| 0

 

Machirulo no existe en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Lo más cercano es cachirulo. Casi como de mentirijillas, estas broncas parlamentarias de patio de cole debieran ser ficción. Pero no. Son una vergüenza.

El caso es que yo pensaba que Machirulo era algo así como marimacho. Pero no. Según el docto lenguaje de la calle es una mezcla entre machista y chulo. Ains. De verdad que me siento hasta un poco out. ¡Mira que pasárseme este nuevo vocablo tan sofisticado!. Marichulo, que es una variante que me he inventado así, de pronto, tampoco existe y me parece más divertida ¿Qué sería? ¿Una mezcla entre marujo y chulo?.

La que me encanta, queridos, es papichulo. Es que es muy hot. Y esto es innegable.

La actualidad nos devuelve a una murciana, llamada Lola, radicalizada hacia el Daesh; a una Tamara Falcó que ha anunciado practicarse un détox espiritual —los retiros, que decían nuestras abuelas—y una pareja de undargarines en apuros. Eso entre otras muchas cosas, claro.

Cuántas veces algo que creemos verdadero, como estos vocablos que pululan desde el lumpen hasta los barrios pijos, no constan en ningún registro oficial. Es más, es muy posible que fenezcan en el triste olvido y quizá sólo sean rescatados por algún postapocalíptico escritor que pierda su tiempo sumergiendo su pluma en esta cavernosa y oscura época.

Lo de mezclar el hot y el detox con lo espiritual y lo carnal es detestable. Lo sé. A mi me mola, qué se le va hacer.

Muchos sentirán repugnancia al leer estos vocablos revolcados con nuestro noble castellano. Esos mismos se llenarán la boca de expresiones igualmente detestables como “poner en valor” o “en base a”. Por lo menos, el machirulo tiene un punto de gracia, como que entre los ambientes llamemos al actual presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez, PAS.

Pero nada ha sido tan gracioso esta semana como la desternillante imitación que hizo Joaquín Reyes de ese rey del autobronceador, Trump (ya saben, tiriti trump, trump, trump).

Lola, la peligrosa murciana del Daesh podría ser un personaje de ficción. Pero no. Por los floripondios de su chador, se nos asemeja a una versión con más tela de las amas de casa de los Morancos. Nada más lejos de la realidad. Ejercía de captadora y estaba dispuesta a todo. Incluso a sacrificar a sus cuatro hijos. Yo es que no lo entiendo, de verdad. Ustedes dirán: “la gente por amor hace de todo”. Pero no. Les digo yo que no. Que eso no es amor. Es estulticia. Mirar para otro lado mientras tu marido se lo lleva calentito. Firmar sin saber  lo que firmas o arrojarte a los brazos del terrorismo por seguir a un hombre no es amor. Porque el amor es real y esto está más cerca de los cuentos para no dormir.

El amor te hace cosquillitas, te pone guapa, te da luz y no te cubre con un burka ni te convierte en monarca choriza.

¿Quién tiene la culpa? Muchos dirían que el mito del amor romántico. Pero no.  Ser mitómano/a presupone cierta absorción de la cultura y aquí yo sólo encuentro gilipollismo.

Ea, que esta semana estoy muy cansada de tanto idiota. Así que, ahí les dejo que se lo piensen. Realidades, ficciones, mitos y palabras raras. Menudo mejunge. Al final lo liamos todo. Tanto, que en 2008 el 23% de los británicos pensaban que Churchill era un personaje de mentiras.

Yo me voy con mi Papichulo —que sí existe para la RAE— a celebrar San Valentín con un poco de retraso.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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