La Verdad

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Categoría: Amor
Dime que me quieres

 

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Hay que atreverse. Atreverse a salir del cascarón. Atreverse a hacer preguntas incómodas, preguntas que nadie más quiere a hacer. Atreverse a mirar tu lado oscuro y abrazarlo. Atreverse a ser feliz. Hay que hacer lo necesario para ello. Atreverse a salir del armario y gozar de esa gran liberación. Y ese armario no siempre es sexual. No siempre tendrá que ver con tus tendencias. Cuántas veces uno calla y otorga. Y ese silencio pesa como mil cadenas en el corazón. Cuántas veces uno quiere escapar de una vida que no le llena, una relación aburrida y previsible, un trabajo que le roba la alegría, que esquilmará tus energías, tu creatividad, hasta convertirte en el fantasma de quien eras.

Hace falta valor, claro. Cuántos de los que estáis leyendo esto estaréis sepultados por toneladas de agua, estupefactos, encogidos e inmóviles bajo esa gran angustia submarina.

La vida es muy larga, dicen algunos. Y van posponiendo, procastinando, esa decisión tan dura de tomar, tan radical, que desgarrará de un modo salvaje sus vidas y las de sus seres amados. Y se enferman, y caen en adicciones y entretienen las horas con mil actividades para perder la conciencia de lo jodidos que están. Pero lo peor de todo es que creen que sacrifican sus horas por un bien mayor. Esa es la gran excusa: los hijos, el dinero, el futuro. La verdad es esta: te acostumbraste a no pedirle más a la vida. Cuando te entran las ganas de moverte, de pronto te dices que esa burbuja de insatisfacción tampoco está tan mal. Otros lo pasan peor; ahora no es el momento adecuado, te auto convencerás.

Volverás a mentirte una y otra vez. ¿Hasta cuándo?

Decidir una ruptura de nuestra rutina, de cualquier aspecto de nuestra vida es algo que nos atañe a nosotros única y exclusivamente. Dejemos de tirar balones fuera. Si preferimos la mugre al esplendor por el miedo al qué dirán, al menos, atrevámonos a decirlo en voz alta: sí, soy un cobarde y prefiero la perenne desidia al riesgo, a la magia, al infinito mundo de posibilidades que espera ahí afuera.

Hace unos días vi una serie magnífica que les recomiendo: “Tell me, you love me” (HBO 2007), “Dime que me quieres”. La protagonista es una psicoterapeuta de pareja y apenas nos acercamos a la intimidad de unos pocos personajes. Es una serie valiente. Hay sexo, sexo real, no el de las comedias románticas, ni el del porno. Cualquiera podrá verse reflejado en esas escenas. Y hay amargura y hay frustración. Lo que sucede en tantas y tantas parejas que primero se engañan y luego se topan, valientemente, con la verdad. Su verdad. Hay que atreverse a decir palabras como “Ya no te quiero”, “Te quiero, pero no quiero hijos” o “Me aterra el compromiso y por eso te monto escenas de celos, para sabotear la relación. En realidad no son celos, es que no quiero ser monógama toda mi vida”.

El mundo de las relaciones es complejo. El de las emociones, no tanto pero si algo me han enseñado estos años es que, primero, la vida es corta. Cuando te das cuenta casi tienes 50. Segundo: cuando muera me arrepentiré únicamente de aquello que el miedo me impidió realizar y, tercero: cuando erradicas esa palabra viscosa de tu vida: “miedo”, todo es mucho más fácil.

Odio perder el tiempo con personas que no me interesan por eso a las que me interesan, de inmediato se lo hago saber. También hay que atreverse a decir en voz alta, aunque sea de vez en cuando: “Dime que me quieres”.

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Flores del más allá

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Hace cinco años murió mi amigo Juan Carlos Calderón. Quienes le amamos tenemos presente esta fecha, como la de su cumpleaños. De una forma natural, agradecidos de haber compartido tanto.

En estos días a todos nos llegó alguna flor del más allá. Pero es que nunca se va. Una canción suya suena cada minuto en alguna emisora del mundo. O en la música de algún spot, esos anuncios que patrocinan tu programa y serie favoritos. ¿Casualidad?

Calderon, Cacalos llamado así por sus seres queridos, por mí, tuvo —tristemente— una conciencia muy precoz de la muerte. De la suya, de la su hijo Juanín incluso. La premonición llegó en forma de letra. Esa canción se llamaba El pequeño Chopin. Quién sabe si por su genio creador o por una manía terrible pensaba obsesivamente en ella.

Como por arte de magia, ayer asistí a un concierto en el que el magnífico violinista belga Wibert Aerts interpretaba, precisamente, el Concerto fúnebre (Hartmann). Otra flor, me dije. En esas sincronías me encuentro siempre a Calderón. En vida podía llegar a ser muy pesado y gruñón… y le adorábamos por ello. Por su encantadora insistencia, por ese afán de sentirse imprescindible y hacerte sentir imprescindible;  una vez traspasado el plano de los mortales aparece cuando  tiene que estar. Ni antes, ni después. Como la estrella que era, que sigue siendo.

Casi por arte de magia,  esta semana unos auriculares nuevos se rompieron y me obligaron a escuchar los arreglos puros de Mediterráneo. En las grabaciones antiguas, el karaoke funciona así: Serrat muy lejos, los arreglos, muy contundentes. Confieso que se me saltaron las lágrimas. Les invito a que prueben el ejercicio. Callen a Serrat. Como dirían los americanos: Fucking great!

En las grabaciones antiguas todo era orgánico y nada digital. En ese soundtrack suena un ruido extraño. Es como un crujido, como la aguja del tocadiscos que raspa impertinente el vinilo. A saber qué cosa sería: ¿Un papel arrugado? ¿La grabación de un lápiz sobre el papel de partitura?. Me vinieron a la mente las gamberradas de Cacalos. En el primer disco de Luis Eduardo Aute  “Diálogos de Rodrigo y Ximena” (1968) se grabaron los latidos del corazón y por ahí andan, entre guitarras eléctricas y melotrones. Estas cosas me las contaba porque me consideraba una arqueóloga musical, dado que me interesé por una “antigualla”como él.

Ese ruido extraño era otra flor, otro guiño póstumo de aquel que siempre fue un mago con la música y sus maravillosas letras. Él hizo magia de sí mismo, de su vida, de sus relaciones con los demás. Todo lo que tocaba se convertía en oro, le recriminaban chistosamente: “Nada de rey Midas del Pop, que trabajo como un cabrón”.  Él era un mago y creaba su destino. Nunca se rendía.

A eso me enseñó Calderón. A valorarme y no rendirme. A casarme con mis sueños. A ser fiel a mi misma por encima de todo.  A ser adolescente eterna, y abandonar la eterna responsabilidad de ser la hermana mayor. Me enseñó el valor de la familia, de los amigos, de los amores que nos brinda Dios. A sentirme segura. Los que le importamos algo siempre lo supimos. Nos quería y lo demostraba. Calderón era capaz de ver lo mejor de los demás, tu tesoro escondido a los ojos del mundo, pero nunca a los suyos. Su magia era tener la conciencia exacta de la grandeza que reside en el fondo de los corazones

En los días importantes, su energía siempre está ahí y nos revela tesoros escondidos en la pista secreta de sus canciones.

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Mi yo superior

 

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Desde hace unos días me voy a la cama esperando la cita con mi otro yo, mi yo cuántico. Quiero respuestas y las quiero ya. Así que con estudiado respeto me dirijo a este otro elemento superior que es la mejor versión de mi misma, la más adelantada, la que toma las decisiones correctas y le suplico, por favor, por favor, (espejito, espejito) muéstrame cual será el mejor de mis futuros posibles. Lamentablemente, los sueños no me devuelven respuestas muy claras, imagino que tendré que depurar la técnica. Es lo que toda la vida Dios se ha denominado “consultarlo con la almohada”

A Malet, premio Nobel 20106, físico y experto en la mecánica de los fluidos, por fin le han reconocido sus teorías pero muchos lo tomaron por un iluminado no hace tanto. ¿Conocen la Ley del desdoblamiento? Malet sostiene que tenemos dos tiempos diferentes a la misma vez. Un segundo en un tiempo consciente y miles de millones de segundos en otro tiempo imperceptible, en el que hacemos cosas cuya experiencia pasamos luego al consciente. Esta teoría explica de un modo científico —que me costaría horrores reproducir aquí—el por qué de los “Dejà vu”, las premoniciones, las intuiciones e incluso los flechazos. Ese alguien te impacta porque tu yo cuántico ya lo ha vivido todo antes que tú, porque, aunque tu memoria consciente lo haya olvidado, tu memoria subconsciente tiene muy presente los besos, los olores, las sábanas, los coitos, las promesas de amor y casi también todo el caos que sobreviene después: el desengaño, el dolor, las lágrimas y la depresión.  No es flechazo, es que te vas de cabeza a vivir lo que ya conoces. Como nos gusta lo malo conocido.

En el 2006 la revista American Institute of Physics de Nueva York y su comité científico validaron la teoría de Malet. Llevo días escuchando a este francés quien asegura que existen infinitos planos de realidad. Existen cientos de “yoes” pululando alrededor. No los vemos, pero están ahí. Hay una miríada de opciones y de mundos posibles que coexisten en otros cientos de planos y tu yo cuántico te las acerca en sueños para que aceptes, por ejemplo,  que lo mejor que pudo ocurrir fue la ruptura. Y así le das una oportunidad a tu yo consciente de abrirse a otros caminos. El yo cuántico te dice, mira tonta, esto es lo que te hubiese pasado si hubieras seguido con fulanito. Y como un fantasma de las navidades futuras, te ves a ti misma, onírica, atrapada en un bucle de frustración y aburrimiento.

Imagino a Puigdemont desde hace meses escondido tras su flequillo cuántico y preguntándose por el mejor de los futuros posibles. Las greñas no le dejan ver el bosque, está claro. Por mucho que Malet haya desarrollado esta maravillosa teoría con la que todos podemos auto ayudarnos, hay seres atrapados en un enorme ego. Ese ego que crea el fantasma de la dualidad. Ellos son malos, yo soy el bueno. Ese ego que te engaña y te lleva siempre al desastre.

Despertemos. No hay otros. No hay enemigos imaginarios. Asumamos la responsabilidad. Nosotros somos los auténticos creadores de nuestra vida. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Es lógico que en ocasiones uno se sienta perdido. En ese caso, escuchen a su intuición más que a su razón. Piensen en Malet. Pongan a dialogar a su consciente con su yo cuántico y se producirá un intercambio de información que —si su ego lo permite—le anticiparán el mejor presente posible.  Y no es magia, sostiene Jean Pierre: “en física se llama hiperincusión y está perfectamente demostrada”.

 

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Hey, Jude móntatelo mejor

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Y el mundo se paró  para hablar de amor. Así comienza el último capítulo de la recomendable serie: “El papa joven”, protagonizada por un perturbador, extraño y seductor Jude Law; no apto para mujeres solas porque comenzarán a fantasear con esa cara, esas manos, ese cigarrillo y ese, ejem, alzacuellos, las 24 horas del día.

Se descubren unas cartas que el joven papa, antes sacerdote, escribiese a alguien de quien se enamoró y a quien renunció por su vocación. El locutor de Radio Vaticana repite: Y el mundo se detuvo para hablar de amor. Por una vez, la noticia no es el terrorismo si no las conmovedoras letras de Su Santidad.

Qué bonito sería ¿Verdad? Y eso que el amor, aparte de ser bonito y limpio y un milagro, el amor es nuestra esencia aunque en ocasiones los atascos, las facturas, los conatos independentistas, los informativos, lo campeonatos del mundo, hasta la perturbadora belleza de Jude Law nos empujen a olvidarlo.

Una vez, Jorge Bucay me pidió delante de 600 personas que relatase una anécdota familiar. Yo nunca he sido muy familiar, ni tan siquiera por aquel entonces, casada y con un niño pequeño. Aquello no iba conmigo. Viví durante años sumergida en una brutal estupidez de la que Jorge, sin quererlo, me despertó.

La anécdota: mi abuelo hacía un teatrillo encantador por las mañanas y le llevaba el café a mi abuela a la cama. No sé cómo me vino la imagen a la cabeza. Pero el mundo se detiene para hablar de amor. Lola y Antonio, con sus más y sus menos, durmiendo ya décadas en camas separadas, me mostraron  una ternura que jamás  vi entre mis padres. Jamás. Mi abuelo tocaba la puerta y preguntaba ¿Da su permiso la señora? Ella me miraba y sonreía: pasa, pasa. El café con leche, humeante y delicioso,  entraba con una magdalena que reposaba en un simple platillo. El abuelo lo colocaba en su mesilla. Esperaba a que ella lo probase ¿Está al gusto de la señora? Y entonces siempre sucedía del mismo modo. Ella debía regresar la taza a la mesa porque no podía parar de reir.

Ya no era el detalle de llevarle el café, era lo jodidamente gracioso que siempre fue mi abuelo. Creo que ahí empecé mi relación amor-odio con los sosos. Porque los sosos te dan seguridad, te llevan el café con leche pero nunca te hacen reír ni tocar las estrellas. La risa es volátil, intermitente, sin garantías. La seguridad es fiable pero también lo es el peso del mundo sobre tus hombros durante toda una vida.

Como en la violencia, en el amor todo son grados. Es violencia el abucheo, el escrache, los gritos, los insultos, la invasión y también la agresión física por supuesto. Es amor un gesto de cortesía, devolver un cumplido, crear un momento eterno entre tus amigos y tus amores; Demostrar el afecto en vez de esconderlo, disculpar las torpezas incluso ver en ello algo encantador que define a quien amamos y nos hace desearlo un poco más.

La anécdota de mis abuelos me obligó a aterrrizar en  mi estúpida vida.  No había en ella un amor como el de Lola y Antonio. Luego viví  ese amor con mayúsculas de un modo hermoso pero dolorosamente fugaz. Y las muestras de afecto recibidas son monstruosos fantasmas intangibles, sobrealimentados en estos años del hastío y la soledad.

Sorrentino me hizo llorar en el último capítulo del Papa Joven. Porque el mundo se tiene que parar, porque el amor es lo único importante y porque Jude Law te traspasa el corazón con la fragilidad de su personaje.

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 Saturno

 

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Tu historia es mi historia. Las vidas se parecen tanto las unas a las otras que se sorprenderían. Y todo el mundo quieren que cuenten la suya. Cuántas personas se han acercado a mi y me han dicho la famosa frase: si te cuento mi historia, escribes un libro. Y con algo de cinismo y mala leche les contesto que no es menester.

En los últimos siete años me han despedido injustamente de un trabajo que me encantaba, han muerto familiares que quería, ha fallecido mi mejor amigo, me han traicionado personas que amaba y me he divorciado. Les ahorro los detalles porque, efectivamente, daría para escribir un libro, pero, sobre todo, porque mi biografía y la de casi cualquiera es semejante y más con el terremoto de la crisis a nuestras espaldas.

 

Escucho la nueva canción de Pablo Alborán, “Saturno”, y pienso que vaya una suerte que tenemos los que contamos con una vena creativa porque el desamor nos viene de perlas. Cualquiera que haya sufrido una o varias rupturas puede deducir que esa canción cuenta, efectivamente, su vida. Los cadáveres del abandono, de los amores rotos, siempre son los mismos: los hijos que no se tuvieron, los lugares que no se visitaron juntos, tantas y tantas fotos que quedaron por hacerse, la casa que se hubiese compartido.

El aborto del amor es el más cruel de los destinos. Es matar a un niño no nacido. O sea, matar la esperanza, el futuro. Aunque claro, como canta Pablo: “tuve tantos momentos felices que olvido lo triste que fue darte de mi alma, lo que tú echaste a perder”.

Si vives en misma ciudad que te enamoraste y te despreciaron todo es un recordatorio permanente: aún se oyen los gritos de amor, no en Plutón, sino en el viejo barrio, en una playa; besos en la calle o en la ladera de un monte…Uno quiere pasar página pero hay demasiados cadáveres aún calientes por todos los rincones.

 

Alborán dice que se interesó por la leyenda de Saturno, el que se comía a sus hijos. Las historias de desamor tienen eso en común: en ocasiones sientes como alguien monstruoso te desolla las entrañas para comerte crudo. ¿A quién se come Saturno? a su propio hijo no nacido.

Los rompeamores son Saturnos. Unos monstruos sin corazón.

No empieces algo si no estás convencido de ello. No utilices.

 

Por otro lado, todos los que somos del signo Sagitario hemos tenido al puto Saturno retrógrado durante 3 años haciéndonos la puñeta. Con todas mis amigas Sagitario lo comento: hemos sufrido debacles increíbles. Unas más que otras. Aún cruzo los dedos para llegar a final de año con vida.

 

Los astrólogos, sin embargo, coinciden en señalar que Saturno es el maestro del Karma: el pasado que regresa a tu vida, conflictos no resueltos y la imperiosa necesidad de ejecutar lo que tantos años atrás has ido posponiendo. Los procastinadores perecen. Saturno te obliga a ordenarte, estructurarte y te da lecciones imposibles de olvidar.

Saturno te pone a los pies de los caballos y a los pies de tus citas a esos tipos que no te convienen —una amiga los denomina follapavas —para que aprendas a esquivar de una jodida vez ese pedrusco.

Todos hemos sufrido“saturnos” en nuestra vida. Esas vivencias que dejan cicatrices en vez de huellas. Todos hemos querido perdernos en la galaxia de los futuros hermosos y hemos dado con los pies en el polvo, sin una ilusión con fundamento que llevarse a la boca.

Lo dicho: tu historia es mi historia y con todas, efectivamente, se escriben muchos, muchos libros.

 

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Ese milagro llamado amor

 

 

 

 

Hablemos de amor.

Ni de sexo, ni de muñecas hinchables con inteligencia artificial. Ni de vibradores con blue tooth que rastrean al usuario y que, atención, se ponen en marcha solos sin tu consentimiento. Tampoco entremos en si esta intromisión en tus genitales es acoso. Dejemos a un lado si el sexo no consentido entre una pareja consolidada es violación o no (que sí, que lo es).

No. Hoy no toca.

Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente”, explica Coetzee. Hay una línea muy delgada que separa la atracción del amor, la amistad del amor, la hermandad del amor, la paternidad-maternidad del amor, el miedo a la soledad del amor, la ansiedad del amor, la adicción del amor, la complacencia y autocomplacencia del amor, la lástima del amor, la vanidad del amor, el narcisismo del amor. ¿Y quién es el guapo que traza la frontera? ¿Quién se atrevería a poner etiquetas y nombres a los sentimientos? Nadie en su sano juicio pero, ay de los osados. Los que juzgan y etiquetan. Los que tienen esa certeza inmensa y envidiable. Los que eliminaron la palabra duda de su diccionario. Tienen suerte, sí. Si se conforman con confundirlo todo y alimentarse de todo y nada a  la vez.

Esa línea frágil, camaleónica; esa línea sutil y terrible que nos diferencia entre ir bien vestidos o disfrazados (Anne Wintour). Entre hacer el ridículo o sucumbir al éxtasis de saberse amado y de amar. Todo al mismo tiempo. Ese extraño milagro que en ocasiones sucede.

El amor carece de líneas, de mapas, de manual de instrucciones y nadie puede erigirse en maestro. Las respuestas acerca de tan arcano concepto las iremos hallando poco a poco, si somos hábiles, si nos alcanza la vista para encontrar las migas de pan que el destino nos arroja.

Hoy nadie habla de amor. Las relaciones nacen capadas. Como algunos móviles que sólo reciben llamadas pero que te impiden realizarlas.

Salimos con gente pero sin compromiso. Salimos pero sólo risas (buenas son). Salimos pero no salimos de nosotros mismos. Nos quedamos en nuestra burbuja confortable ¿Para qué esforzarse en escapar de uno y encontrar al otro? Es una aventura que también requiere cierta dosis de osadía. Sobre todo si se derrumbó sobre ti algún diluvio que otro y te dejó empapado, aterido de frío, muerto de tristeza, bajo la lluvia.

Explica Erich Fromm: «En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.» No puedo estar más de acuerdo pero ¿Cuántas veces encontramos un partenaire en esa misma sintonía? La precariedad también campa a sus anchas en el mundo afectivo. La incertidumbre se recrea en las relaciones humanas de todo tipo donde nada es para siempre y donde la desconfianza, el temor y miedo al rechazo son las protagonistas de este baile del desastre.

El otro debería ser entusiasmo, ilusión, alegría, futuro, renovación. Y el uno con el otro todo un alegato contra la desidia y el pesimismo. ¿Cómo salir de este círculo?

Quizá comenzando a hablar sin tapujos del amor. El amor con mayúsculas. Nuestra máxima aspiración. Abandonar los miedos y lanzarse a la aventura de otra galaxia distinta de la tuya. Escribir la palabra amor sin vergüenza y apostar por las relaciones humanas —que pueden fracasar incluso—por encima de nuestra confortable pero aburrida superficie de humanos vacíos que, a fuerza de olvidarse del amor y de amar, terminan por convertirse en piedra y consiguen que el corazón sea un músculo tumefacto, putrefacto y triste.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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