La Verdad

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Categoría: Anais Nin
Sexo imaginario

Mi amiga Valèrie Tasso sostiene que siempre que hablemos de sexo, pensemos, escribamos de sexo es como si estuviéramos haciendo sexo. Algunos de mis seguidores de Facebook difieren de esa opinión. Yo les invito a conocer a Henry Miller o Anais Nin. Recuerdo con pavor mi primera excitación instantánea, en plena calle, mientras leía uno de los cuentos del libro “Pájaros de fuego”. Casi como un Síndrome de Stendhal, tuve que pararme, sentarme y tomar aire. El corazón latía a mil por hora y sentí una turbación brutal, casi violenta. Apenas tenía 14 años pero la curiosidad y el destino me llevaron aquel día a perderme entre aquellas páginas. Así que, mi primera relación sexual fue con un libro. Creo tanto en el poder de las palabras y de la mente que, sin duda, aparte de la química y los flechazos, los considero columnas fundamentales de la seducción.
El ejemplo más claro lo tenemos en Cyrano de Bergérac: “No necesitáis ojos para oír mi corazón”.  Si alguien te seduce con palabras, cuidado, puedes caer para siempre en sus redes. A veces sucede a la inversa. El enamorado se eleva y palabras mágicas, nunca antes dichas ni pensadas, salen de su boca.
Con palabras o sin ellas, todos, absolutamente todos hemos fantaseado en alguna ocasión con cierta persona que nos atraía. A veces, la realidad supera con creces la ficción. Felicidades. Lo más común es que suceda al contrario. Barbra Streisand le dice a Pierce Brosnan en “El amor tiene dos caras”: “te confieso que siempre has sido el hombre de mis sueños –y añade– Eras mejor en mis sueños“.
Al igual que los viajes que planeamos y que nunca haremos. Al igual que esa cita que quedó pendiente por un infortunio del destino (Sueno melodramática, qué se le va a hacer) El sexo soñado, también es sexo vivido. Incluso sentido. Exactamente igual que nos sucede con la literatura. Las lágrimas derramadas leyendo Los Miserables tienen para mi tanto valor como las que provoca una emoción real, qué se yo, un reencuentro anhelado por mucho tiempo (esos abrazos que vemos en los aeropuertos de Love Actually). Si nos adentramos en la música, podemos perdernos en un  bosque de emociones inabarcable ¿Por qué habrían de tener menos valor esa sensaciones que las que nos pueden sobrevenir un día cualquiera andando por la calle de nuestra ciudad?
Eusebio Poncela en Martín Hache habla de follarse a las mentes: “Me atrae un cuerpo cuando hay una mente que vale la pena admirar, conocer, poseer, dominar”. Y cuántas veces hemos escuchado esa frase de que el principal órgano sexual es el cerebro. Yo digo que no, que no lo es, pero sin duda, influye poderosamente en los mecanismos de seducción y los grandes seductores suelen tener una cabeza bien amueblada. Algunos, incluso, toda una cosmogonia particular, un mundo interior tan rico como una galaxia infinita. Para los curiosos, estos son los ejemplares más atractivos del universo. Porque son inabarcables, porque no sólo nos completan, si no que nos llenan, nos revolucionan.  Les puede acompañar un físico imponente o uno normalito pero su fuego interior les hará transformarse, evolucionar, mejorar. En definitiva, una persona inteligente acabará definiendo su exterior desde dentro. Conozco ejemplos asombrosos.
El sexo imaginario puede ser rico, completo, orgásmico, mágico pero, sobre todo, el sexo imaginario es el primer paso para que el sexo real funcione. Primero hay que soñarlo. Es de necios desdeñar los sueños porque son los cimientos de la vida y porque una relación sin fantasía es como hacer una tabla de Pilates.

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Mírame y no me toques, pero mírame

 


Vivimos en el tiempo del exhibicionismo. Nos empeñamos en que la humanidad conozca nuestros gustos, costumbres, conductas. O mejor dicho, se empeñan desde algunas redes sociales, que insisten en preguntarnos ¿Qué estás pensando?  (qué indiscretos, la virgen) y en que clickemos un “me gusta” a cada nuevo post. Han creado una necesidad inédita de mostrarnos continuamente al mundo ¿El resultado? Es pronto para tasar los efectos pero ahí estamos todos: exhibicionistas y voyeurs, desparramados en el mundo virtual.

El exhibicionismo como parafilia sexual ha existido siempre. Mostrar la desnudez es cosa de niños, es otro elemento más del “caca, pedo, culo, pis”, que les hace tanta gracia. Un exhibicionista es un adulto sexualmente inmaduro y con problemas de adaptación y aceptación. Vamos, que nos enseña la mercancía para que lo queramos porque no sabe relacionarse de otro modo. Los hay que enseñan sólo el culo pero lo hacen para protestar (se le denomina mooning); en este subgrupo humano algunos se decantan por el streaking (correr en eventos deportivos como su madre los trajo al mundo). Otras hacen el anasyrma, o sea,  se levantan las faldas para mostrar diferentes partes del cuerpo, véase  la Venus Calipigia.  El candaulista obtiene placer de mostrarse a sí mismo y a su pareja, desnudos, frente a los demás, y el cancaneo, no significa menear el cancán precisamente, sino desfogarse donde uno pilla, sobre todo en parques. A esto también se le denomina dogging. Total, que entre los que muestran sus partes pudendas y los que mostramos otras cosas — desde fotos a opiniones, desde recetas hasta nuestro planning del día– el número de exhibicionistas es tal que podríamos fundar un club o la república independiente del “mírame y no me toques, pero mírame” (buscad la canción de Serrat, parecía premonitoria).

Vivir de cara a la galería puede resultar muy moderno pero no lo es. Los artistas lo hicieron siempre, desde Altamira a Da Vinci. Los artistas, por ego o porque no lo pueden remediar, dejan parte su esencia en este mundo. Muestran su yo más íntimo en forma de cúpula o sonata. Y no os engañéis, hasta los más pudorosos; hasta los que parecen retratar un mundo completamente ajeno a ellos abonan la faz de la tierra con su ADN; sus sueños, sus fantasmas, sus obsesiones, sus manías, sus amores, sus filias y sus fobias. En cada reglón, en cada escultura; esos Adonis que retrataba Miguel Ángel, poseso de la belleza masculina; O en cada pintura: Dalí y su Gala impenetrable y algo dominatrix; Sorolla y su Mediterráneo, Goya y su maja, Velázquez y su Venus del espejo.

Hubo una pareja descarada cuyo exhibicionismo ha escrito algunas de las páginas más apasionantes de la Literatura. Me refiero a Anais Nin y a Henry Miller. Por separado: ella con sus diarios, él con sus libros disparatados de sexo y demonios. Juntos y ardientes en la entelequia de las palabras. Sirva como ejemplo esta declaración amorosa de Miller: “Quiero verte reir siempre. Te lo mereces (…) cuando pienso cómo te aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué húmeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer”.
Voyeurs y exhibicionistas virtuales de la red: aspiremos, al menos, a un poco de esta belleza. Si nos empeñamos en mostramos al mundo, hagamos que nuestra estela merezca la pena.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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