La Verdad

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Categoría: apuntes personales
Nómadas

 

 

 

 

En la antigua Persia existían los caravasars. Eran lugares donde los viajeros podían pernoctar, dar agua a sus camellos, establecerse unos días antes de proseguir su camino. En una palabra, los precursores de los modernos hoteles.

El recientemente fallecido Zigmunt Bauman aseguraba que el hombre de hoy es un viajante que, de cuando en cuando, encuentra un caravasar, y reside por breve tiempo en un lugar. El ser humano se ve abocado a ser un nómada de su propia vida. Lo más probable es que todo cambie a nuestro alrededor. Que pasemos de ser ricos a pobres; de pobres a ricos, de casados a solteros, de parados a currantes, de autónomos a empleados. Que todo se sucederá rápido. De un día para otro. Sin transición. Sin verlo venir.

Imagino a hombres y mujeres surcar dunas, capear tormentas de arena, añorar el aroma petricor del suelo mojado, ansiar el resplandor de la madrugada, construir con primor hogueras nocturnas, asignar provisiones para el camino hasta el próximo caravasar, quizá hasta el destino final; pergeñar planes y sueños para ese momento, planear una celebración, desear el cuerpo de la persona amada, que tal vez nos esperará al traspasar el horizonte.

La visión romántica del nomadismo se me antoja dura. Y nosotros somos nómadas, tenedlo por seguro. Estoy convencida que en nuestras agendas nada falta de la anterior enumeración. Que vamos a una etapa a otra de nuestra vida así: añoramos, ansiamos, guardamos, planificamos, soñamos, deseamos. Es duro el camino. Aquellos que nos encontramos entre una etapa y otra intentamos atrapar los amaneceres, distraer la soledad con buenos amigos, con sabias palabras; espantamos la incertidumbre con los buenos recuerdos y con la certeza de que un cielo protector siempre, siempre cuida de nosotros.

Soy más optimista que Bauman. El trecho entre caravasar y caravasar ha de ser un tiempo robado para crecer, para buscar nuestro yo más auténtico y ofrecérselo al mundo. Porque seguro que todos contamos con un tesoro, algo singular que a nadie más pertenece y que puede cambiar las cosas, a la gente. Nuestra aportación a las horas de los otros.

Hay que disfrutar las etapas del viaje. No son un tedioso periplo hasta el próximo oasis, son lecciones y regalos para cada día. El universo es generoso. Nos empacha la investidura de Trump pero Ivana derrocha buen gusto por una vez y copia el look Jacqueline. La cuesta de enero es gélida pero la nieve nos hace soñar con paisajes de blanca navidad. Las hidroeléctricas son inmisericordes y nos condenan a pasar frío en nuestras propias casas pero el calor del ser humano es increíble. Y damos gracias por no ser esos otros nómadas que están en la calle con nieve que huyen de un mundo en llamas, atrapados en un espacio en blanco donde parece que nadie les quiere. Sí, más vale ser nómada que refugiado.

Abocados al nomadismo, dejemos de luchar por la perfección. Es absurdo querer encontrar el momento perfecto, el trabajo perfecto, el ser humano perfecto. Obtendríamos un Frankestein de enormes dimensiones imposible de gestionar. Un monstruo creado por nosotros mismos que nos engulliría con suma facilidad. En realidad, si uno lo piensa bien todo es perfecto o casi perfecto, porque lo que nos disgusta, nos enseña, nos prepara para llegar a nuestro próximo caravasar.

Los trenes, los aviones nos muestran pasajeros atribulados con prisa y quizá convenga frenar u poco el ritmo porque el tiempo es igual para todos. Total, para llegar al mismo sitio.

Dejemos de hacer el imbécil. Nosotros, nómadas del siglo XXI, aprendamos de una puñetera vez a disfrutar del paisaje

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Transexuales

 

 

 

 

Somos unos analfabetos emocionales. Nos enseñan a leer, a escribir, la tabla de multiplicar pero nadie habló de gestionar la ira, los celos, el deseo, la tristeza, incluso la alegría y el entusiasmo. Por tanto, si carecemos de educación en aspectos básicos y vitales de nuestra existencia, imaginen el desconocimiento atroz para tratar con una persona que nace con un sexo y se siente de otro.

Imaginen a ese niño de 10 años que no sabe si acudir al lavabo de hombres o de mujeres. Que preferiría vestir una falda, en lugar del pantalón. O a esa niña que se siente extraña en su piel y que prefiere callar ante la incomprensión de sus progenitores o el ámbito social que la rodea. Y sobrepasa la complicada barrera de la pubertad con unos pechos que no quiere, que no siente como propios y que, probablemente, le acompañarán gran parte de su vida, si no toda.

La Administración está tomando conciencia de esta realidad manifiesta y contundente pero le ha costado su tiempo y todavía en muchos lugares se cuestiona si alguien que es mujer, pero tiene pene de hombre, puede someterse a la operación de cambio de sexo, con coste a la Seguridad Social. Nadie se plantearía algo similar en el caso de una apendicitis, por poner un burdo ejemplo.

Las infinitas complicaciones vitales de los transexuales sólo las conocen con detalle quienes las sufren de cerca. Algunos podemos vislumbrar esta realidad, gracias a charlas como la que escuché este verano del doctor Guillermo González Antón en la Universidad de Oviedo. Podemos sensibilizarnos con detalles escalofriantes de las operaciones a las que se someten y podemos concluir que, efectivamente, nadie haría algo semejante por capricho.

Los costes actuales de dichas intervenciones rondan los 40.000 euros. Son operaciones difíciles, de recuperación lenta y dolorosa.  A menudo, con infecciones y complicaciones que les impiden llevar una vida corriente y moliente. Por supuesto, el transexual se tiene que olvidar del placer en esa zona, tal y como lo conocemos los hombres y mujeres que nacemos con un sexo que se ajusta a lo que nos sentimos por dentro.

Por tanto, insinuar que la operación de cambio de sexo es algo así como un capricho; que está emparentado con la estética, es errar por completo. Nadie se mete en un quirófano por experimentar.

Sinceramente, más atroz que todo el proceso al que se deben someter los transexuales para lograr que la Sanidad Pública les realice la operación (como el alegar motivos psicológicos, e inclusive enfermedad mental) considero que pueden ser esos años de crianza para los propios niños y sus padres.

Si no sabemos gestionar el estrés ¿Cómo pretendemos comprender lo que supone nacer con una disforia? (término que quizá tampoco les guste a los afectados. A mi me parece igual de espantoso que la palabra “discapacitado”).

Sería ideal que pronto los baños de los colegios públicos también contemplasen esta diferenciación, esta peculiaridad. Y sería casi un sueño que las palabras dejasen de condenar a los individuos por nacer de una determinada manera, adquirir una enfermedad crónica o quedar en una silla de ruedas por el motivo que fuere.

Quizá sea pedir demasiado a una sociedad que cada día nos uniforma más, que aísla lo diferente y lo subversivo, en lugar de observarlo desde un punto de vista objetivo y aceptarlo sin juzgar. ¿Por qué lo diferente ha de ser sinónimo de malo? ¿Por qué hay tanto miedo a lo distinto?

Amigo que tachas, pones etiquetas y juzgas. Algún día ese mismo castigo caerá sobre ti y te tropezarás con el muro de la incomprensión ajena. Por nadie pase.

 

 

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Guiriland: paquetes

Hombres del mundo: ¿Qué ser vivo os ha dicho que los bañadores slip os sientan bien?. ¡Ay, la virgen! Una no gana para disgustos aquí en Guiriland. Ya los he visto de todos los colores ¡¡Incluso blancos y gris perla!!. Da igual que tengáis cuerpos esculturales. Llevar el paquete ahí, arrepretao, huevo contra huevo, casi como pidiendo auxilio, es hortera, soez, vulgar. ¡Horroroso, horroroso!!
Vale que en tierras de guiris uno se sienta desinhibido y juguetón. Que ande por la vida con minifaldas, ultra-shorts, flores en el pelo y luces en la cabeza. Pero esto no, señores. Sus bultos a las orillas de la playa me provocan arcadas. Es como un mondongo embutido en una tripa de elastán. Un globo irregular que parece haberse reventado en algún cactus morboso y fuese soltando el aire a regañadientes. Un blandiblub deforme.
Ya sé que esto es clamar en el desierto. Que a la orilla del mar encontraremos un sucedáneo de morcilla cada siete trajes de baño gayumberos pero, por el bien de nuestra vista, he de insistir en ello.  Por cierto, especímenes con algo de barriga, michelín y demás, abstenerse totalmente. Vamos, que si quieren humillarse a sí mismos sólo tienen que ponerse un bañador- paquetero sobresale-lorzas.
Es la técnica que utilizo yo misma para desmitificar y quitar importancia a ciertos personajes del mundo real. Es imaginármelos de esa guisa y soy capaz de perdonarles hasta la ofensa más gorda del mundo. Criaturas.
Aquí en Guiriland puede suceder de todo. Lo mismo te tropiezas con una batucada en la arena, que aparecen chicas vestidas con tutús azules repartiendo publicidad de un centro comercial o que un bañista decida llevarse al loro para que también disfrute de la brisa marina. Podría ser un sueño surrealista pero no, no lo es. Todo es cierto y real como la vida misma. Como el chorrete de sudor que baja desde los senos al tobillo. Al igual que el vocabulario despiadado e inverosímil de las pollitas de mi urbanización. Ahora les ha dado por tararear lo siguiente: “bollera, cabrona, tonta hija de puta”. Así, como suena. De tirón. Charming.

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Empatizar, no idiotizar

Soy una firme creyente de la empatía. Mi error es que, a veces, empatizo tanto con el de al lado que me perjudico. Me ha pasado mucho. Hay momentos en los que hay que decir BASTA.

Ayer me pareció muy bien la arenga que aquel periodista lanzó a los etarras que se reunieron en un matadero de Durango. No podía estar más de acuerdo con él. Creo que muchos de nosotros sentimos igual. Pues bien, lo creáis o no, otros periodistas colegas consideran que fue un acto impropio, que el periodista en cuestión estaba adoctrinado y esgrimían algo parecido a esto: “como es Intereconomía vamos a atacarlo porque es un medio de derechas”.

Estoy harta de la superioridad moral de alguna izquierda y de la tontería de algunos periodistas de izquierda (Y os lo dice alguien que se considera de izquierdas). Un auténtico periodista debe saber estar en un punto de observación. Puede tener sus simpatías o antipatías pero lo que falta en nuestro país, sobre todo, es SENTIDO DEMOCRÁTICO por parte de todos.

Por parte de la izquierda que se siente superior y por parte de la derecha que, a la chita callando, acomete reformas que agreden de muerte al estado de bienestar y el derecho de las personas, como la reciente modificación de Ley del Aborto.

Llevo años diciéndolo. Cuando trabajé en comunicación dentro de una Administración veía con claridad que es imposible hablar, imposible ser diferente en un entorno como aquel y que cuando hay cambio de gobierno, los primeros que caen son los periodistas de un ala o del otra, dependiendo quien esté.
Los que intentamos mantenernos al margen de un partido o de otro lo tenemos aún peor. Lo tenemos francamente jodido. Así de claro.
¿Cual es nuestro destino?

Yo os lo diré: el autoempleo si tenemos suerte y conseguimos buenos clientes o, directamente, trabajos de mierda por sueldos de mierda.

Es muy fácil ser insobornable desde una trinchera en la que estás protegido y resguardado. Lo difícil es ser insobornable y contar con opiniones diferentes en territorio “enemigo”.

Hemos de aprender a escuchar puntos de vista contrarios a los nuestros
A este país le pierden los sectarismos.
Siempre seremos un Estado endeble, triste, mediocre.

PD. EL PERIODISTA EN CUESTIÓN SE LLAMA Cake Minuesa

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Colgados, víctimas y verdugos (La otra verdad de Lolita)







“En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra…”. Así explica y justifica Nabokov el amor perturbado, impúdico, frenético, agonizante de Humbert Humbert por una niña de 12 años. El profesor se quedó colgado de una pasión adolescente que reconoció inmediatamente cuando conoció a Dolores “fue un amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista”.

La justificación literaria esconde sin embargo una verdad absoluta. Nos atrapa aquello en lo que nos reconocemos, de tal forma, que sólo dos personas muy determinadas, en instantes puntuales pueden percibir con nitidez cegadora esas señales que nadie más capta, por mucha gente que haya alrededor. Igual que la tragedia se circunscribe a un momento íntimo, como un cañón de luz que se proyecta sobre la sangre derramada, el amor irrumpe en la vida de los mortales: siembra caos alrededor para crear una cosmogonia particular que sólo comprenden exactamente las dos personas implicadas. El amor es una fuerza que transforma y destruye.
Para crear hay que romper el orden establecido.

Los buenos amantes siempre hablan el mismo idioma. Se comunican con las mismas claves, vibran en la misma escala del pentagrama, sueñan con los mismos colores. Ven la vida con los mismos ojos. Llegar a ese grado de compenetración no es algo espontáneo. Existe primero el germen y la brutal atracción que es un visitante incómodo en ocasiones Pero, al igual que somos cabeza y corazón; vísceras y carne, también somos eternos. Somos alma. 

Hay parejas que no necesitan palabras. Sus señales son más poderosas en el silencio (The sound of silence). Cuando uno de los miembros se marcha, el otro se queda mudo, sordo, ciego. Nadie le comprende. Se queda colgado en un mundo que le es ajeno porque falla ese interlocutor que le interpretaba a la perfección. El otro es un demiurgo, que  esculpe, que saca lo auténtico que hay en nosotros,  con cincel y martillo va delimitando nuestros perfiles. Probablemente, nosotros hicimos igual con nuestro partenaire: le recordamos quien fue, su verdad esencial

Miro parejas ancianas, jóvenes y en todas ellas contemplo ese gesto de agradecimiento, de sentirse en casa, a salvo. Son esas parejas bien avenidas que, arriesgadamente, en algún momento de sus vidas decidieron dar vacaciones a la cabeza para quedarse con el corazón y el instinto, con alguien que hablaba su mismo idioma. Juntos inventaron un nuevo lenguaje, que les pertenece sólo a ellos. Que nadie más comprende.

Nabokov justifica a Humbert Humbert porque debe hacerlo, porque enamorarse de una cría es perverso,  es un tabú, pero él tenía que contar esa historia ¿Por qué? Quizá hubo una Lolita en su propia vida,  30 años menor, mascadora de chicle, con trenzas y pedorra que, sin embargo,  captaba a la perfección sus señales. Y él las de ella. Es fácil y lógico pensar que él la corrompió para siempre llevándola por el camino del pecado, aprovechándose de la sabiduría que le otorgan los años pero, a fin de cuentas, Humbert Humbert es casi siempre un monigote, una marioneta en manos de la chiquilla. Si el amor no tiene edad ¿Por qué rasgarnos las vestiduras? Mi cabeza me dice que si tuviese una hija condenaría al viejo profesor, le cortaría los huevos incluso, pero mi corazón me ha demostrado que es imposible comprender qué ocurre en las relaciones entre dos personas que se quieren, o  que se quieren y se odian.  Da igual la edad que tengan. La experiencia también me demuestra que en esas historias de amor creativo, de amor de picos,  los dos componentes  se transforman mutuamente y son, mutuamente,  víctimas y verdugos.

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Si llueve hay que mojarse









La lluvia suena a Jazz. A veces a acordes melancólicos de piano. Al ritmo poppy de algunas canciones de los 70. La lluvia limpia las casas y las calles, refresca el ambiente. La naturaleza decide darnos un regalo y nos envía esas gotas juguetonas que nos inspiran, que perfuman el monte y los pinos. Esa lluvia que a veces suena a ausencia porque nos gustaría contemplarla con algunas personas que ya no tenemos cerca. La lluvia siempre es alegría. Incluso en ausencia, la lluvia nos recuerda que hubo vida tras los cristales. Que hay vida si decidimos salir a la calle y mojarnos. Que mojarse es fundamental para vivir, al menos para vivir con intensidad.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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