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Categoría: cine
El lobo de Wall Street: fuckin' great!



Hay directores fundamentales, ineludibles en el mundo del cine. Uno de ellos es Scorsese. Todo en él es siempre exuberante como mínimo. Lo puede hacer con elegancia y dandismo como en “La edad de la inocencia”; O con violencia y chulería como en “Casino”.

Estas semanas tenemos en pantalla “El lobo de Wall Street”. Martin es un maestro de hacer cine. Nunca defrauda. Mantiene un ritmo envidiable en todas y cada uno de sus films.

Sobre ese compás trepidante encontramos casi siempre sexo y siempre erotismo. Encontramos amor, pasiones imposibles, enamoramientos muy inconvenientes (Drácula) Y en “El lobo..”, como en “Casino” encontramos la pornografía del dinero. El dólar retratado, untado, viajado, repetido, adorado. El dinero como fuente de entusiasmo. La codicia y los vicios como el origen de la decadencia y el fracaso. Y algo más, los protagonistas de sus películas, también en esta última, llevan sus decisiones hasta las últimas consecuencias. Caiga quien caiga. Incluso si caen ellos.

Me ha encantado “El lobo de Wall Street”. Adoro el exceso y sobre todo en el Arte. En la vida real nos obligan a ser comedidos, asi que, qué narices. Demos rienda suelta a los instintos en el cine. Que para eso está. Para soñar que somos otros.

Me ha enamorado la actuación de Di Caprio. Deberían darle el Oscar. Sobre todo esa escena en la que se ve obligado a reptar por una escalera fruto de un colocón descomunal.

Y, como siempre, no contaré más. “El lobo de Wall Street” se parece a “Casino” en muchas cosas: hay chicas malas, obsesión sin escrúpulos por la pasta, hay lujo, sexo y drogas pero, por encima de todas las cosas, las dos son largas películas que se ven sin pestañear. Scorsese te agarra por el cuello y no te suelta. Y tú te sientes, Fucking’ great!

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Agosto

Os recomiendo esta película. Hay dramas familiares, como en casi todas las familias. Hay secretos y cuernos. Hay madres castradoras (Meryl Streep) padres alcohólicos y suicidas e hijos amargados.
Una historia dura pero con impresionantes interpretaciones de todos y cada uno de sus actores. Julia Roberts, mi favorita. Ya veréis porqué. Es una actriz que me encanta y que se despoja de su belleza, de su sonrisa para completar la visión de una mujer de mediana edad que ve como el mundo, su mundo, se le desmorona. Sin embargo sabe romper cadenas. Hasta las más gruesas.

Agosto es la traslación al cine de una obra de teatro con el mismo título (cuya duración real es de cuatro horas) escrita y adaptada a la gran pantalla por su autor, Tracy Letts. Un nombre a recordar. Ha sido dirigida por John Wells

Y no sigo que os reviento la peli. Tenéis que verla.

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La erótica del tabaco

 

 

   Rita Hayworth en Gilda

 

 

Marlene Dietrich

 

Burt Lancaster

 

 

 

Paul Newman

 

 

Varguitas en Paris

 

  Cortázar
Jane Fonda en su época más reivindicativa

Scott Eastwood


Paul Newman  adorna su
bello torso con un pitillo en la mano. Ese elemento contemporáneo rompe el halo
de su belleza clásica y eterna. Rita es Gilda, enfundada en un traje de satén,
sostiene con sus largos dedos el tabaco, una nube de humo la envuelve como la
musa bajada a la tierra que siempre fue
. El humo cegaba sus ojos y ellos se
dejaban cegar en un arrebato de valentía.

El halo embriagador del tabaco suavizó los duros perfiles de
Burt Lancaster y Edward G. Robinson; de Ingrid Bergman, de la inefable Marlene
Dietrich, quien otorgaba al cigarrillo una categoría inusitada, un descaro, su
descaro propio, el reto, la aventura
. Por supuesto, Bette Davis, Jane
Crawdford, Mae y todas las estrellas de la época pre -code, fumaban sin recato,
amaban sin recato, eran lesbianas y libres sin recato. Acaso, después del
despendole de los años 20 y 30, el tabaco fue el único clavo al que se pudieron
agarrar
. Quedó la rebeldía de ir vestidas como si fueran desnudas, levantar una
copa, coquetear descaradamente delante de su macho-alfa y, por supuesto, fumar
las salvaba de tanta moralidad. Fumar era sofisticado, elegante, atrevido,
tremendamente erótico
. Sin llegar a los puros ostensibles de nuestra Sara
Montiel, la sensualidad de manos, boca y ese gesto de expulsar el humo era un
potente reclamo para el sexo
. Sin contemplaciones. A Bogart, el cigarro le
hacía más duro, más justiciero, más viril y ellas jugaban con ese pequeño
cilindro en una danza de diálogos reveladores.

LLegaron los 60 y Redford, Jane Fonda y, también, los intelectuales
de la época. El inefable Cortázar
, el guapo Varguitas de París: el tabaco los
unía a todos hasta que, de pronto, todo eso cambió. Esta semana se cumple el 50
aniversario de la prohibición expresa del tabaco en los Estados Unidos.
Vincularon su consumo al cáncer y sobrevino una sobredosis de realidad
. Hasta
el guapo Don Draper (Mad Men) se posiciona contra el tabaco para recuperar la
reputación de la agencia de publicidad donde trabaja al perder la cuenta de la
todo poderosa Lucky Strike, American Tobacco.

Ya en tiempos más recientes, recuerdo redacciones envueltas en una niebla tóxica, tal que si fuera Londres, y el fastidio de salir de una discoteca
oliendo como veinte ceniceros juntos.
No, nunca he fumado (sólo en ocasiones muy puntuales para
experimentar) y no me gustan en demasía los fumadores que son capaces de
cascarse una cajetilla entera en tu presencia sin preguntar si quiera si el
humo molesta. Y sí, molesta.  Pero, a
pesar de todo ¿Renunciaría a un beso con sabor a tabaco? La respuesta es no. De
hecho, más de uno me he llevado, incluso de tabaco de pipa. Unos besos, todo
hay de decirlo, casi de madera, de cereza, nada que ver con la sequedad, la
osquedad, el amargor del tabaco rubio o negro.
Hoy, fumar ya no es sexy en absoluto. La mayoría de mis
seguidores en Facebook y Twitter reniegan de las formas, las costumbres y la
estética del pitillo. Me resulta imposible ser tan tajante. Aunque yo no fume,
he de reconocer que algunos y algunas lo hacen con un estilo inconmensurable.
Sin ir más lejos, estuve un día entero deseando ser el puro del guapísimo hijo
de Clint Eastwood (Scott). Incluso he intentado imitar a la Dietrich, con un
lápiz en lugar de cigarro. Me encantan como suenan las palabras smoke, cigar,
cigarrette. Entiendo que tanta gente cayese en la adicción intentando atrapar
un poco de ese halo embriagador, de ese mundo de adultos, de prohibiciones
profanadas.

 Yo fumar no, pero que
me fumen, sí.

 

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Desayunos y otras cosas II

 





-Eres una pesada tocapelotas

 

-Por eso me adoras



 

Erin Brockovich



Steven Soderbergh, 2000

 







Fue bonito mientras duró. ¡Pero duró tan poco!

 

Sophie’s Choice 1982, Alan J. Pakula


 

-¿Qué te pasa?

 

-Es el café. Está horrible, horrible



 

Mulholland Drive



David Lynch, 2001


-Correntillero, déjate la avioneta y hazme volar a mi.

-Si me mojo, encojo



“Out of África”

Sidney Pollack, 1985


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Gandolfini es Tony Soprano


Que muera Gandolfini con 51 años es una putada. Le quedaba mucho por interpretar sin duda. Recuerdo la primera vez que comencé a ver Los Soprano. El primer capítulo me parecía algo raro. Ese silencio inmenso entre un gordo, Tony Soprano, y su psiquiatra, la doctora Melfi, resultaba incómodo pero a la vez, hipnótico. Me zampé los Soprano de golpe, sin anestesia, un mes de agosto. Cuando todo el mundo se acostaba, encendía el ordenador y me pasaba la noche sudando, con un litro de té frío y enganchada a esos personajes contradictorios: amantes de la familia, de la paz (de esa cierta paz que se busca entre los tuyos) y a la vez tan salvajes, tan despiadados cuando llega el momento de la venganza. Hay cosas en la vida que hay que hacer y ya está. Cuanto antes mejor. Sin sentimentalismos, con eficacia.
Los Soprano eran cotidianos, eran caseros, como de toda la vida y tenían esa faceta de la brutalidad humana encarnada en Tony. Un ogro que es capaz de asesinar a sangre de su sangre y que se enamora como un tonto de la psiquiatra. Melfi era la madre buena, frente a la propia, su despiadada madre mala: rencorosa, experta en el chantaje emocional. La madre ejemplificaba esa zona oscura que habita en algunas mujeres mediterráneas. Lo mismo te traen comida para la semana que te apuñalan por la espalda. Pero eso, eso tiene otra reflexión. Y hoy, los fans de los Soprano estamos de luto y estupefactos.

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Besos que alimentan

 



Seguro que tenéis en la mente más de un beso. En vuestra cabeza aparecen con todo lujo de detalles el lugar, los olores que lo acompañaban, el ruido que rodeaba aquel momento; la temperatura corporal; quizá el rubor, la sudoración excesiva y la adrenalina –como un rayo– que atravesaba vuestras venas. Rápido, un pitillo. Rápido, aire fresco. Los besos son una bomba de relojería. De efectos imprevisibles. Besos en los bares, en coches, sobre una moto, en un taxi, en barco, en hoteles, en el umbral de una casa. Besos en la calle,  bajo la luna, besos campestres,  en los ascensores, sobre la arena de la playa, bajo el portalón de alguna iglesia…

Hay muchos primeros besos ¿Por qué quedarse sólo con uno? Todos son importantes porque abren la puerta a una relación con otra persona. Todas nos enriquecen.  Podría contaros las calorías que quemamos al besarnos; los efectos que tienen sobre nuestra autoestima; la liberación de dopamina y deoxitocina  que generan bienestar; que nos engancha incluso al sabor, a la saliva, al roce de esos labios y esa lengua ajenas. Podría hacerlo, pero todo eso sería demasiado intelectual.

Os podría narrar que ya en el 1.000 A.C el poema épico Mahabharata reproduce escenas de personas que unen sus labios en señal de afecto. Que el “que se besen” con el que torturamos a los recién casados, procede de los romanos, que ya utilizaban esta demostración pública para sellar una unión. Os podría recordar el uso del beso mágico al que recurrían Shakespeare (los riesgos de besar a la persona equivocada que nos conducirán indefectiblemente al desastre) y que recuperarían de forma magistral los Hermanos Grimm para que Blancanieves despertase del sueño de la muerte o para que la rana se tornase en  príncipe. Incluso podría realizar un paralelismo entre el beso y la mordedura del vampiro. Porque, sí, es verdad, los besos tienen algo vampírico. Un poco de nuestra alma se escapa por la boca. Con un buen beso podemos meternos en el bolsillo a ese guapísimo al que echamos el ojo (y luego el diente). De nuevo, sería demasiado intelectual.

Es bonito recorrer el mundo del arte en busca de besos que merezcan la pena. Hay muchos. Desde las lesbianas de Toulousse-Lautrec, al que nos muestra Edison en la película de 1896 “The kiss”; De las esculturas inigualables de Camille Claudel y su novio-amante, Rodin, al friki de Hans Baldung; ¿Qué decir de Hércules y Onfale de François Boucher? Un cuadro lascivo, con tocamiento incluido. ¿Qué decir del precioso homenaje que hace Cinema Paradiso a los besos del celuloide? Nada que añadir y, aún así, toda esta singladura es demasiado intelectual.

Hay frases que esclarecedoras acerca del arte de besar: “Un mundo nace cuando dos se besan” (Octavio Paz); “Un beso es como el agua, no se le niega a nadie.”(Anthony Padilla). Asimismo, el beso es un termómetro infalible. Un intercambio eficaz de feromonas para saber ipso-facto el grado de compatibilidad sexual con el otro. No falla. Como escribió el periodista alemán Robert Lempcke: “Un beso es una encuesta en la planta alta para saber si la planta baja está libre.”
El beso nos sorbe el seso por cientos de motivos que me niego a enumerar.  Me quedo con la frase de mi amigo Antonio Rentero: “Los besos no se piden, se roban” y con la imagen de mi padre dando de comer a una cavernera directamente de su boca. Los buenos besos son así: nos alimentan. Hay algo tierno y primitivo en ellos. Pero sobre todo, los buenos besos nos hacen sentir de puta madre.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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