La Verdad

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Categoría: depilación
Mundo peludo, mundo tontuno

 


Imagen del concurso del Rendibú de La Verdad. Los peludos están de moda en el mundo hípster. A mi no me molan nada, la verdad.


A mi no me veréis con pelos en el sobaco. Recuerdo con estupor una actuación de folclórica en el Corral de la Pacheca, aquel invento de Lauren Postigo donde había tanto arte. La señora cantaba muy bien. Pero mucho. De pronto, levanta su brazo lleno de aje y tronío y bajo él se desmadeja una catarata negra de pelos. Una especie de mocho tieso, gigante y muy negro.
Yo tenía seis años. Sí, queridos. Me traumatizó, snif, snif. Y eso que estaba acostumbrada al sobaco de mi madre, con su vello fino y suave, color castaño.

Os juro por Llongueras que a mi padre jamás le escuché decir nada negativo del pelo sobaquil. Así que, toda esta cosa hípster de reivindicar los pelos del sobaco me parece una tontería. Dejaos de patriarcados opresores ni mamarrachadas. El vello no siempre es bello. En ocasiones, es francamente agresivo e incómodo. Recuerdo a una amiga que le creía tan fuerte que le dolía, eran como las cerdas de un cepillo. El pelo resultaba precioso y brillante sólo en su cabeza.

Con la moda, también hípster, de las súper barbas, ídem de lo mismo. Sólo dos hombres en mi vida se dejaron barba por mi: uno porque le rompí el corazón (o eso decía) y otro porque le sentaba francamente bien. Eso sí, la barba pica cuando te besan, donde quiera que te besen.

Vincular la cantidad de vello a la ideología es de risa. Lo que nos sucede con el pelo es que es ese reducto simiesco que nos queda. Es anacrónico, no nos cuadra y por eso siempre andamos haciendo cosas raras con él: desde las mechas californianas, a raparlo al cero (otra forma de transgresión, de protesta). Ahora lo moderno es reivindicar esta cosa
ancestral: el hombre peludo, sobacos con materia prima para hacer tirabuzones y pubis que parecen las melenas de Maradona pero, creedme: pasará. Pasará muuuy rápido. Es otra manifestación de este siglo XXI insustancial que se entretiene
debatiendo y enredándose en temas inútiles, banales, intrascendentes.

Como niña que se negaba a crecer odié todo de mi. Mis pechos a los 13 años, el vello en los sobacos y por supuesto, en el pubis. Poco a poco me fui acostumbrando y lo natural, lo evolutivo, es que poco a poco el pelo deje de importarnos tanto.

Sin extremismos lampiños, sin sobaquembers ni tendencias por el estilo.

Este es el tercer artículo que dedico al pelo en tres años de PuntoG. Y es un tema que siempre trae cola. Desde el tinte de Rajoy, hasta la importancia que damos a la apariencia de nuestros genitales. Algo que, se supone, ve tan poca gente. Un día dejará de hacernos gracia. Ya veréis.

Los deportistas se depilan porque es cómodo y la mayoría de nosotras también. Para todo: para untarte la crema, el desodorante, para el sexo, para lucir un bikini. El pelo en los sobacos se puede dejar crecer un poco pero jamás me metería con él y un vestido sin mangas a una cocina. Un amigo cocinero de FB me manda su foto en la faena. Esconde su poblada barba tras una redecilla. Hasta Arguiñano lleva una perilla recortada .  En la cocina de mi padre nunca vi un pelo fuera. Así que, el vello, como reza la filosofía  Julio Iglesias, “A veces sí, a veces no”.
Pongo todos estos ejemplos carrozas para diferenciarme de los hípster, aunque llegará un momento que reivindicar el Corral de la Pacheca sea lo más in y los torsos masculinos, bellos, esculpidos y depilados, una cosa rancia, neoclásica.
Porque somos así de volubles.  
Este mundo peludo también es algo tontuno.

 

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Ética y estética de la entrepierna





En  este mundo aséptico y cómodo de la vida virtual nadie se corta para hablar del vello púbico. Una cosa tan íntima, caray. Más de un centenar de personas me han confesado por FB ó Twitter cómo les gustaría encontrarse el susodicho asunto de un posible partenaire,  e incluso, como calzan los pelámenes de la entrepierna. Total, que en esta sociedad pantallizada, olernos y tocarnos, poco, pero mostrarnos a los demás con la cómoda distancia de un teclado o un dispositivo móvil, mucho.

Lo decía el otro día la gran Rosa Montero, que apostaba por la visión de “donde hay pelo hay alegría” tan popular en los 70, tan demodé en la actualidad. Ella le echaba la culpa al porno. Creo que aparte de la industria cinematográfica hay otros aspectos importantes que influyen en que, cada vez más gente –joven, mayor, incluso muy mayor– adopte el look “culito de bebé”. El primero es nuestra vida exhibicionista . Los hay que te plantean relaciones por Skype y, antes incluso de conocerte en persona, ya te preguntan si vas depilada. Así que me imagino en qué consisten en esas historias que tienen como protagonista un chat, una videocámara integrada y los órganos genitales.  Horror. Llamadme antigua pero es que me encanta el sudor, los aromas y todos los licores que conlleva el sexo. El sucedáneo bien puede valer para salvar una distancia forzosa pero nunca cómo única vía de expresión.

Pero, vamos al tema: la mayoría de los chicos de hoy huyen del Matto Grosso. Yo misma, que comparto vestuario femenino, me asusto ante alguna mofeta que otra entre las piernas. No me malentendáis, cada uno es libre de llevar el Paseo de las Delicias como quiera, pero, es cierto que determinadas actividades físicas nos acostumbran a una higiene distinta. Igual que algún chico en Facebook me confesaba que si eres activo sexualmente, lo suyo es ir rasurado. No sólo por moda –me aclara– sino porque “ópticamente ganas en centímetros”. Volvemos a la importancia del aspecto, antes del tacto, del olor. Incluso  antes–sí, antigua, más que antigua– de la genuina atracción,  o del amor hacia nuestra pareja.

La cultura de la imagen es así. Una cebolleta resulta repugnante para la gran mayoría de las féminas. Hay hombres que tienen la suerte de tener el vello justo, ni más ni menos, pero es una faena cargar con una capa peluda por todo el cuerpo. En nuestro caso, por este imperativo machista reinante en el podrido siglo XXI, pareciera que estamos obligadas a llevarlo pelón o recortado a una mínima expresión. Lo del felpudo pasó a la historia y hay toda una ciencia en cuanto a las depilaciones femeninas: la caribeña dibuja formas distintas sobre el monte de venus (Martini, Margarita, Champán); La americana ofrece las opciones red carpet o runaway. (una especie de bigotito más o menos alargado, más o menos estrecho). La brasileña es una tira justo encima de la vulva.  Incluso, en el  Valle de San Francisco hay lugar denominado Pink Cheeks donde te incrustan hasta piedras de Swarovsky (imagino que para una ocasión especial).

Los hay que piensan en perversidad al ver el pubis completamente  desnudo como si fuéramos niñas otra vez. Y es posible que acierten en algún caso. Otros opinan que se gana en placer al eliminar bosque entre las pieles. También es posible que tengan razón. Creo que tanto hombres como mujeres debieran sentirse libres de andar a sus anchas para dejarse crecer, recortar o rasurar. Que podemos complacer el capricho de nuestra pareja pero sin dictaduras ni obsesiones y, sobre todo, sin dolor.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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