La Verdad

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Categoría: desnudos
Swingers y romanticismo

 

 

 

La propuesta me llegó por e-mail: “me encantas, pareces de porcelana. A mi novia también le gustas, nos apetecería hacer un trío contigo“. Creo que me ruboricé de inmediato. El mensaje parpadeaba en mi móvil entre las hileras de un gran hipermercado.

De un intercambio profesional, de verme en fotos, quizá en alguna entrevista on-line, pasé directamente a sus fantasías. Pero hay señores así, que no se conforman, que se atreven con todo. Y señoras.
El  supuesto seductor anduvo como un mes mandándome mensajes del tipo, estoy tirándome a tres tahilandesas, una de ellas ganadora de un certamen de belleza, pero no dejo de pensar en tus labios. Me enviaba una foto de su chocita de fin de semana: “Estoy sólo. Esta noche mi chica hace el amor con otro hombre. Me pone muchísimo saber que está con otro“.
No me importó parecer una timorata a sus ojos. Hay cosas que no censuro, cada cual es libre de hacer con su pareja y su miembro sexual lo que quiera pero “soy una romántica — le decía — Estoy más cerca del joven Werther que de las heroínas del Poliamor”.
—Es una pena porque eres tremendamente sexy.
El caso es que pensaba a menudo en esta pareja, cuyas andanzas profesionales seguía por Twitter y Facebook, su gran compenetración, su gran amor incluso; él siempre me recordaba lo enamorados que estaban — sobre todo él, me remarcaba— y  me contaba que fue ella quien le introdujo en estos juegos donde compartían cama con otras parejas amigas, después de compartir la cena. Lo mismico que si se jugasen un Monopoly a los postres.
Pero, por otro lado, estoy segura que cuando una pareja está muy enamorada no necesita nada para hervirse la sangre el uno al otro. Apenas un roce, un beso más profundo de lo normal y la excitación está servida en bandeja. Siempre he sospechado que en estos locales de parejas hay mucho matrimonio aburrido —sobre todo ellos— que buscan subirse a otras mujeres con el consentimiento de la propia porque, salvo excepciones, en todo este tipo de encuentros hay muchos más hombres que mujeres. Aunque, sí, es posible que haya personas que vean el sexo como un juego, como una posibilidad creativa más, como una performance de la propia vida.
Como la mayoría, pertenezco quizá al aburrido segmento de la “monogamia sucesiva” y además otorgo al sexo una importancia capital en las relaciones de pareja. Como dice Silvia de Béjar, el sexo es el pegamento que une a la pareja. Hacer malabarismos con cuerpos propios y ajenos siempre conlleva cierto peligro,  aparte deasquillo que me da pensar que mi pareja estuviera metiendo el churrico en cuatro o cinco cuevas diferentes. Creo que al sufrimiento y los celos le seguirían la repulsión.
No me malinterpretéis. El tipo de la propuesta era apuesto, guapo, un triunfador hombre de negocios, forrado hasta el punto de pegarse un viaje de una punta hasta la otra del mundo para echar un kiki. A simple vista, una se puede sentir halagada, incluso le puede parecer fascinante y curioso este universo de swingers pero esto no es para mi. Y sí, por muy guapo que fuese el tipo, por muchos condones que me asegurasen una relación completamente saludable —quizá aséptica—mi mente no dejaría de pensar que para este señor yo era otro coño más en su inmensa colección de tías a las que se ha tirado. Y perdonad mi rudeza.

 

La frase: pareces de porcelana es romántica, incluso cursi. Pero compartir al tipo que dice semejantes cosas con su novia, pues no. Llamadme antigua. Incluso muy antigua.

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Dormir contigo

 

 

Una pareja alcanza cierto grado de madurez cuando dejas de oír roncar al otro. ¿Pero yo ronco?, te preguntarás clavando tu pupila en mi pupila del color de la Coca-Cola: pues sí, creo que todos lo hacemos. Dormir en sí tiene poco de sexy. Se nos abre la boca, se nos cae la baba, hablamos en sueños,  pataleamos. Mucho peor son esos que duermen boca arriba y no se cantean un milímetro en horas.


Cierto, si de pronto un día te despiertas con frío, ganas de ternuras o de sensaciones más fuertes, ahí tienes otro cuerpo, dispuesto para ti pero ya sabes que el aliento no olerá a brisa marina precisamente. El ser humano es así de asquerosillo.


Dicen los expertos que hay que dormir desnudos.  ¡Hala, que corra el aire! Los espermatozoides estarán más contentos y nosotras tendremos menos bacterias. Además, evitar temperaturas muy altas favorece la producción de melatonina, hormona de la juventud, y de la HGH, esencial para la reparación ósea y muscular. También se elevan nuestros niveles de cortisol, lo que ayuda a regular la tendencia a aumentar de peso y el envejecimiento.


Bajo mi punto de vista, dormir desnudo es algo muy sensual. Notas tu cuerpo, notas el roce con las sábanas y predispone a un despertar de los sentidos. Esto no lo dice ningún estudio, lo digo yo y quizá sea una apreciación subjetiva pero aquellos que amamos los olores, la dicha de tocar, morder y arañar, hallamos un placer único en ese órgano sexual que es toda nuestra piel. Estar en la cama sin ropa es otro placer más.  Por eso también huyo lo que puedo de las fibras sintéticas. Ahí estamos, en la plenitud de nuestros años pero rodeados de felpas, acrílicos y lycras. No, hombre, no.


 

Lo de “dormir contigo” tiene su gracia.  Es encantador acompasar tu respiración a la del otro pero llega un momento en que te hormiguean los brazos, el otro se duerme como un tronco, pesa como un tronco y acaba, sí, roncando como un tronco maléfico en tu oreja. Fin de la estampa romántica.  Hay que estar muy tonto y enamorado para que todo eso no te importe. ¿Amor significa no escuchar los ronquidos? Probablemente.

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Desnudos


 

 







La humanidad se divide entre quienes glorificamos el cuerpo desnudo y quienes lo detestan, ocultan, rechazan; lo violan y agreden. Un cuerpo prestado que llevamos a cuestas y que bajo la ropa ofrece tanta información,  tanta verdad acerca de nosotros: cicatrices, prominencias, vellosidades. La piel que se agrieta o se eriza, que se tensa o relaja. ¿Mostrarnos desnudos es mostrarnos tal como somos en verdad? No estoy tan segura. Vivimos una banalización del desnudo extensible al kalós y agazós que predicaban los griegos. Ni todos los desnudos son hermosos, y mucho menos verdaderos, pero, sin duda, todos captan nuestra atención.


Miley Cirus aparece al final de su último video clip, “Wrecking ball“, como su madre la trajo al mundo sobre una bola de demolición. Dicen que todo esto lo hace para romper su imagen de niña Disney. Lo está consiguiendo pero ¿Por qué todo este revuelo? Porque hay un poso de falsedad. Nada que ver con Madonna y su “Erótica”. Ella sí es así: arrolladora, atrevida, transgresora, sexual.

 El desnudo de los afectados por las preferentes; el de aquel tipo que denunciaba los crímenes de la CIA frente a la Clínica donde se recupera al Rey, no es el mismo desnudo que colgó Paco León para celebrar su millón de seguidores en Twitter, aunque ambos son igual de “verdaderos”. La imagen de Lennon y Yoko  en su encamamiento contra la Guerra de Vietnam es diferente de las performances que ejecuta el colectivo Femen,  ya más famosas por mostrar los pechos que por las causas que defienden.

El desnudo ha encumbrado a algunas actrices (Sylvia Kristel) y ha destrozado a otras (Elizabeth Berkley). Hay desnudos portentosos como el de Viggo Mortensen en “Promesas del este” y otros aterradores, como el de Stallone en “Demolition man” y los hay que han llenado el mundo de una belleza irrepetible: la Victoria de Samotracia, el David de Miguel Ángel, la Venus de Velázquez y la de Botticelli, al templo hindú de Khayuraho. Otros desnudos nos han llenado de vergüenza: el de aquellos humanos inertes apilados como trapos sucios en los campos de concentración.

Somos animales frágiles y sin ropa, aún más. Mostrarse desnudo ante el mundo puede ser una pose, un fake, una moda. Incluso una moda peligrosa. Las damas de la época previa al bonapartismo mojaban sus sedas para que se ciñeran al cuerpo en el húmedo y frío París. Algunas fallecían de unas neumonías tremendas. Al mal lo denominaban la enfermedad de las muselinas. Mostrarse desnudo ante el mundo puede ser también una alegoría de los tiempos que vivimos de auténtica incertidumbre, de no saber si mañana nos encontraremos con una mano delante y otra detrás. La desnudez oscila entre el exhibicionismo y la entrega real. Una especie de “ved como soy, aquí no hay trampa ni cartón y, mucho menos, retoques de photoshop”

Pero el desnudo sólo nos impacta a la cultura eurocentrista, en otros lugares del mundo ha sido y es completamente irrelevante. No hay morbo, ni curiosidad. No hay magia.

Mostrar el cuerpo ha coincidido siempre con episodios brillantes de la civilización humana, mientras que ocultarlo era cosa del medievo y los fascismos pero mostrarse hoy día no siempre responde a la exaltación de la belleza, sino a una obsesión irremediable por la imagen ¿Cuántas celebrities han sido pilladas haciendo un sexting?. El pan nuestro de cada día. Lo hacen a diario miles de adolescentes y también miles de adultos. De esta forma, el desnudo de los griegos ya no son cánones y proporciones sino píxeles del deseo, quizá bellos y verdaderos, que vuelan por el ciberespacio.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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