La Verdad

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Categoría: estereotipos
8 minutos y 40 segundos

 

 

 

Queridos, les tengo que hacer una queja. No sé cómo andará el mundo gay, pero en el universo hetero de la España del siglo XXI, los caballeros, por llamarles de algún modo, cada día tienen menos pundonor y a muchas se nos hace cuesta arriba denominarles de tal forma.

No, no quiero generalizar, pero las señoras, amigas de 30 en adelante con las que me topo me vienen todas con la misma historia. Los hombres se esfuerzan poco. Cada vez menos. No sólo en la conquista ( y ahora me adentraré en ese tema, que es otro) sino en un simple encuentro de cama.

A ver si se enteran de una vez. La mayoría de las mujeres no buscan en el amor verdadero cuando tienen un encuentro sexual pero, al menos, quieren sentirse deseadas, mimadas, cuidadas. Eso de follar y largarse es lo peor del mundo. Y perdonen la palabra pero es que a eso no se le puede tildar de algo tan cursi como hacer el amor. No hay clase y si me apuras, ni educación.

Vayamos a la conquista. El hombre es cazador por naturaleza y no le gusta sentirse presa ni preso. Cuando es ella la que toma la iniciativa finalmente acaba condenada no sólo por el propio (incluso después de haber compartido muchos momentos de cama, incluso de relaciones de varios años) si no por toda la sociedad.

No nos engañemos. Está mal visto eso de la mujer lanzada, fogosa, con temperamento. A los señores les encanta soñar con ellas, verlas en las películas, desearlas con ardor en su soledad pero esta mujer asusta. Hace falta un hombre muy yang (o sea, muy masculino, muy tío para entendernos) para medirse con este estilo de doña poderosa y sin miedos.

Mi explicación está clara y responde a una realidad que he manifestado en más de una ocasión en estos artículos. Nos estamos acostumbrando al sexo solitario. A las relaciones virtuales.

Qué pereza, qué asco de tíos, por favor.

Lo más divertido es que según un estudio de la web PornHub el hombre español tarda exactamente 8 minutos y 4 segundos en consumir porno. Ya saben a qué se dedican durante ese tiempo ¿no? Porque además, a diferencia de otros países, no sólo se gasta un minuto menos de media en este autoconsumo masturbatorio, sino que los señores (sólo un 20% de la mujeres consume porno) lo ven en sus casas, en sus PC, vamos.

Si nos acostumbramos a relaciones sexuales de 8 minutos y 4 segundos, entiendo que todo lo demás para ustedes, ejemplares del sexo masculino, sea picar piedra: nada de dormir en cucharita, nada de palabras bonitas al oído, nada de cosquillas, de juegos con la piel, de comer y follar y dormir y volver a comer y follar y dormir. No, nada de eso. Es mucho trabajo.

Entiendo y estoy segura de que esto no es así en todo el espectro masculino pero en otro sí lo es. Y alarmante. El sexo se ha convertido en un objeto de consumo. Si no media dinero de por medio, parece que tan poco luce.

Es una pena. El sexo es un vehículo para conocerse a uno  mismo y a los demás. Una vía de acercamiento. El sexo es rico, nos humaniza, nos hace grandes. Follar y largarse, no. Eso es basura. Pero, por lo visto, cada día nos gusta más la basura, nos aterran más los cambios, nos desequilibra el hecho de abrir nuestra vida a otra persona y preferimos mantener nuestro status quo de mierda a costa de lo que sea. Incluso a costa de nosotros mismos.

 

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Deseos imperfectos

 

 

 

No estamos locos, que sabemos lo que queremos pero ¿Qué sucede cuando lo que queremos entra en contradicción flagrante con la moral social imperante? ¿Con nuestro estilo de vida? ¿Con lo que hemos sido siempre? ¿Con lo que se espera de nosotros?

La verdad verdadera es que en muchas ocasiones para hacer lo que uno quiere se requieren grandes dosis de valor.  Atreverse a enfrentarte con tus deseos más ocultos y con tus fantasmas no está alcance de todo el mundo.

Vivimos en un mundo distraído. Pasamos de una tontería a otra, sumergidos en la insustancial cotidianidad pero muchos cuentan con un universo paralelo. Lo necesitan. Es la verdad de las mentiras que proclama Vargas Llosa. Algunos prefieren la ficción para sublimar sus deseos más canallas. En el mundo real intentan no romper un plato (sin conseguirlo, claro).

Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Claro que sí.

Los terapeutas del XIX y parte del XX han tenido siempre este dilema. ¿Qué hacemos con este sujeto? ¿Lo amoldamos para que sea feliz en este orden moral imperante, castrador, hijoputista y maniqueo?  ¿Le enseñamos a aceptarse tal como es? ¿Con sus locas ansias, sus singularidades y todo aquello le diferencia de la apabullante normalidad? Vaya lío ¿no?

Lo diferente es tachado de peligroso. Lleva una etiqueta y un estigma difícil de borrar. La pregunta que me hago es ¿Por qué habría que borrarlo? ¿Qué más avances científicos y filosóficos deben existir para que aprendamos a aceptar a cada uno tal y como es? Y lo que es más importante ¿Qué revolución tenemos pendiente para que aprendamos a aceptarnos y querernos con todos nuestros defectos y manías?

En sexualidad no se admite la palabra parafilia o perversión, sino peculiaridad. Siempre y cuando no se atente contra la libertad o la integridad de alguien no hay nada “raro” ni “perverso”.  Es más, uno de los primeros intentos de analizar y estudiar la sexología humana y resaltar conductas presuntamente patológicas, acabó convirtiéndose en un manual que tranquilizaba a mucha gente.  ¡Ah!, suspiraban aliviados algunos lectores, ¡hay más individuos por ahí como yo!.

Me refiero a alguna de las once ediciones del tratado Psycopathia Sexualis, escrito por Krafft-Ebing, donde, por ejemplo, la homosexualidad se consideraba una enfermedad; pero también ciertas querencias o prácticas como el fetichismo con zapatos o el masoquismo femenino.

En 1969 la homosexualidad figuraba en catálogo de las enfermedades mentales de Estados Unidos. No hace tanto ¿verdad?. A partir de los sucesos de Stonewald y de la rebelión de parte de la comunidad gay de Nueva York, las cosas cambiaron. Se obligó a la Asociación de Psiquiatras Norteamericanos a realizar un referéndum sobre si ser gay era algo patológico. Dos tercios votaron a favor de eliminarlo de ese catálogo.

Así, Krafft-Ebign, como otros estudiosos de su época (y me atrevería a decir que aún quedan vestigios de ese pasado excluyente) no negaban el instinto sexual pero siempre y cuando estuvieran orientados a la reproducción. A la moral sexual imperante del momento.

Hemos avanzado, sí, pero aún queda un largo camino por recorrer. Viejas creencias como que el instinto y el deseo sexual es más exacerbado en hombres que en mujeres aún permanecen ancladas en nuestro sustrato ideológico.  El orden moral ha sido sustituido por otros órdenes: el psicológico y el insustancial.

Pero, insisto, no estamos locos, sabemos lo que queremos. Aquí el que más y el que menos tiene su punto friki y es saludable. Hay que asumirse y quererse. Y atreverse. Si te quedas parado pensando que evitarás la muerte o el dolor propio y ajeno, ya estás muerto. Si te obsesionas con ajustarte a un molde, te romperás. Tú decides.

 

 

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Transexuales

 

 

 

 

Somos unos analfabetos emocionales. Nos enseñan a leer, a escribir, la tabla de multiplicar pero nadie habló de gestionar la ira, los celos, el deseo, la tristeza, incluso la alegría y el entusiasmo. Por tanto, si carecemos de educación en aspectos básicos y vitales de nuestra existencia, imaginen el desconocimiento atroz para tratar con una persona que nace con un sexo y se siente de otro.

Imaginen a ese niño de 10 años que no sabe si acudir al lavabo de hombres o de mujeres. Que preferiría vestir una falda, en lugar del pantalón. O a esa niña que se siente extraña en su piel y que prefiere callar ante la incomprensión de sus progenitores o el ámbito social que la rodea. Y sobrepasa la complicada barrera de la pubertad con unos pechos que no quiere, que no siente como propios y que, probablemente, le acompañarán gran parte de su vida, si no toda.

La Administración está tomando conciencia de esta realidad manifiesta y contundente pero le ha costado su tiempo y todavía en muchos lugares se cuestiona si alguien que es mujer, pero tiene pene de hombre, puede someterse a la operación de cambio de sexo, con coste a la Seguridad Social. Nadie se plantearía algo similar en el caso de una apendicitis, por poner un burdo ejemplo.

Las infinitas complicaciones vitales de los transexuales sólo las conocen con detalle quienes las sufren de cerca. Algunos podemos vislumbrar esta realidad, gracias a charlas como la que escuché este verano del doctor Guillermo González Antón en la Universidad de Oviedo. Podemos sensibilizarnos con detalles escalofriantes de las operaciones a las que se someten y podemos concluir que, efectivamente, nadie haría algo semejante por capricho.

Los costes actuales de dichas intervenciones rondan los 40.000 euros. Son operaciones difíciles, de recuperación lenta y dolorosa.  A menudo, con infecciones y complicaciones que les impiden llevar una vida corriente y moliente. Por supuesto, el transexual se tiene que olvidar del placer en esa zona, tal y como lo conocemos los hombres y mujeres que nacemos con un sexo que se ajusta a lo que nos sentimos por dentro.

Por tanto, insinuar que la operación de cambio de sexo es algo así como un capricho; que está emparentado con la estética, es errar por completo. Nadie se mete en un quirófano por experimentar.

Sinceramente, más atroz que todo el proceso al que se deben someter los transexuales para lograr que la Sanidad Pública les realice la operación (como el alegar motivos psicológicos, e inclusive enfermedad mental) considero que pueden ser esos años de crianza para los propios niños y sus padres.

Si no sabemos gestionar el estrés ¿Cómo pretendemos comprender lo que supone nacer con una disforia? (término que quizá tampoco les guste a los afectados. A mi me parece igual de espantoso que la palabra “discapacitado”).

Sería ideal que pronto los baños de los colegios públicos también contemplasen esta diferenciación, esta peculiaridad. Y sería casi un sueño que las palabras dejasen de condenar a los individuos por nacer de una determinada manera, adquirir una enfermedad crónica o quedar en una silla de ruedas por el motivo que fuere.

Quizá sea pedir demasiado a una sociedad que cada día nos uniforma más, que aísla lo diferente y lo subversivo, en lugar de observarlo desde un punto de vista objetivo y aceptarlo sin juzgar. ¿Por qué lo diferente ha de ser sinónimo de malo? ¿Por qué hay tanto miedo a lo distinto?

Amigo que tachas, pones etiquetas y juzgas. Algún día ese mismo castigo caerá sobre ti y te tropezarás con el muro de la incomprensión ajena. Por nadie pase.

 

 

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Objetualizar

Cuerpo perfecto según la revista Time en 1955
La perfección me aburre. Esos cuerpos bronceados, esculpidos, tableteados, sin un ápice de grasa son plástico puro. Esas chicas operadas de pies a cabeza, cuyas tetas llegan antes que ellas me dan cierta pena y aunque no quisiera yo fijarme tanto en los físicos cuando paseo por la playa no me queda otra. Es lo que hay, palpable, visible. Ineludible a veces. Porque ahí te los ves — curiosamente sobre todo a ellos — haciendo ostentación de bíceps, femorales, y cuádriceps. ¿Qué queréis que os diga? Me emocionan lo mismo que una almeja putrefacta.
Cierto, los seres humanos tendemos a objetualizar a otros humanos. Que si mira qué culo, que si qué hombros, qué pectorales. Los amantes incluso se regodean en la anatomía en plan Jack el destripador. Es decir, por partes. El enamoramiento consiste en eso, en la abstracción pura del uno con el otro, e incluso con ciertas partes del objeto de nuestro amor (otra vez la palabreja).
En Ciudadano Kane vemos como el protagonista repite en su lecho de muerte: “rosebud, rosebud”; así denominaba el aparato genital de su novia. Incluso el amor podría tener mucho de cosificación en sus comienzos. Unos labios nos salvan la vida. O unos pechos, o un susurro en la oscuridad.
Objetualizar es casi inevitable y más en el mundo que vivimos plagado de imágenes, contaminado con lo audiovisual. Yo me confieso pecadora de objetualizar y de guardar en mi retina imágenes que me acompañarán toda la vida, al igual que atesoro palabras.
El mundo se divide entre los que observan y se saben observados. A veces jugamos uno u otro papel. Los más adorables son aquellos que destilan un encanto natural sin ser completamente conscientes de ello. Aquellos que derraman su gracia de forma espontánea. Los hay que te pueden noquear con una sonrisa, con una mirada y ellos, tan frescos, sin darse ni cuenta.
Sí, a veces objetualizamos a seres humanos, qué atrevimiento, pero los más dignos de atención son los imperfectos, los que guardan armonía en una nariz algo torcida, en, quizá, una anatomía  que muestra un abdominal relajado, o el dibujo irregular y caprichoso de perfiles. Los defectos nos hacen entrañables, únicos y, en ocasiones, objetos de deseo.

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Parejas reales

Hay parejas tan hermosas que uno hasta agradece (literariamente hablando) que muriesen jóvenes.   No me malinterpretéis, no soy una coleccionista de cadáveres pero, sin duda, hay historias de amor que superan la barrera del tiempo porque sus cónyuges se fueron juntos y jóvenes. Es el caso dela atractiva pareja que hacían John-John Kennedy y Carolyn Bessette. Esta semana se cumplen 15 años del trágico accidente en avioneta que terminó con la vida de ambos. Quedaron sepultados bajo el agua en la Playa Philbin de Martha’s Vineyard. Cuando los encontraron, paradójicamente, aún llevaban el cinturón de seguridad puesto.
De haber seguido con vida, probablemente, John-John habría completado su estela de rubias, propia de la legendaria y atribulada saga de los Kennedy, y Carolyn  sería una chica divorciada más. Su matrimonio ya entonces se tambaleaba.
Sin embargo, hay otros romances a los que el paso del tiempo hizo grandes. Para ello no fue necesaria la muerte de nadie. Lo único importante en estos casos es el valor de lo extraordinario. Como extraordinaria fue la decisión de Charles Dickens de abandonar diez hijos y esposa en plena época victoriana y en su mayor momento de popularidad. El motivo: una joven actriz, Nelly Ternan, que supo encender la pasión de Dickens hasta casi hacerle perder la cabeza. Pronto podremos ver en las pantallas “La mujer invisible”, película que se adentra en este laberinto, dirigida y protagonizada por Ralph Fiennes y basada en la novela del mismo título, escrita por Claire Tomalin.
La literatura dentro de la literatura enaltece este romance y nos muestra la peculiar personalidad de Dickens, un hombre hecho de la nada, que trabajó como sus niños esclavizados de Oliver Twist en una fábrica de betún.  De enorme vitalidad, pero también capaz de destilar cierta crueldad y dureza, Dickens no fue un autor maldito, todo lo contrario, era una celebritie de la época. Poco le importaron las consecuencias y “el qué dirán” de su decisión de abandonarlo todo por amor.Alguien quiso ver en esta historia la repetición de su relación platónica con su cuñada, que murió por una enfermedad fulminante de la noche a la mañana. Se dice que Dickens perdió la inspiración temporalmente tras este suceso y que llevó hasta su muerte el anillo de Mary. Así que, aquí tenemos de nuevo a la muerte que es la que, en definitiva, convierte en ideales pero también irreales los grandes amores.

Decía Dickens que “el corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas; el perfecto conocedor de los hombres las sabe hacer vibrar todas, como un buen músico”. Con los tiempos que corren yo no sé vosotros pero me resulta extraordinario hallar a esos virtuosos de la vida. Los hay, quizá que sí, pero casi siempre sepultados entre toneladas de miedo, cerrazón, angustia y pudor.
Acaso Dickens se quedó enganchado a Mary porque el amor ideal es como un paraíso perdido al que regresar. Pero no olvidemos que era un creador y ese paraíso casi siempre existe sólo en la mente del autor y, como en el enamoramiento, otorga a seres humanos  de carne y hueso, virtudes que no le corresponden ni de lejos. Los escritores nos empeñamos en crear la vida, en inventarla. Como decía Matute, crear es vivir. La realidad nos la fabricamos. Pero no podemos inventar a alguien que ya es. Y es un error pensar que cambiará o querer transformarlo.

 

En cualquier caso, podemos agarrarnos a eso de la profecía autocumplida, y creer y esperar lo mejor de alguien a quien queremos pero apoyándole en su debilidad.  Quizá esta generosidad sea más valiosa que el amor. Quizá torne lo ideal en fecunda realidad.

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Desnudos


 

 







La humanidad se divide entre quienes glorificamos el cuerpo desnudo y quienes lo detestan, ocultan, rechazan; lo violan y agreden. Un cuerpo prestado que llevamos a cuestas y que bajo la ropa ofrece tanta información,  tanta verdad acerca de nosotros: cicatrices, prominencias, vellosidades. La piel que se agrieta o se eriza, que se tensa o relaja. ¿Mostrarnos desnudos es mostrarnos tal como somos en verdad? No estoy tan segura. Vivimos una banalización del desnudo extensible al kalós y agazós que predicaban los griegos. Ni todos los desnudos son hermosos, y mucho menos verdaderos, pero, sin duda, todos captan nuestra atención.


Miley Cirus aparece al final de su último video clip, “Wrecking ball“, como su madre la trajo al mundo sobre una bola de demolición. Dicen que todo esto lo hace para romper su imagen de niña Disney. Lo está consiguiendo pero ¿Por qué todo este revuelo? Porque hay un poso de falsedad. Nada que ver con Madonna y su “Erótica”. Ella sí es así: arrolladora, atrevida, transgresora, sexual.

 El desnudo de los afectados por las preferentes; el de aquel tipo que denunciaba los crímenes de la CIA frente a la Clínica donde se recupera al Rey, no es el mismo desnudo que colgó Paco León para celebrar su millón de seguidores en Twitter, aunque ambos son igual de “verdaderos”. La imagen de Lennon y Yoko  en su encamamiento contra la Guerra de Vietnam es diferente de las performances que ejecuta el colectivo Femen,  ya más famosas por mostrar los pechos que por las causas que defienden.

El desnudo ha encumbrado a algunas actrices (Sylvia Kristel) y ha destrozado a otras (Elizabeth Berkley). Hay desnudos portentosos como el de Viggo Mortensen en “Promesas del este” y otros aterradores, como el de Stallone en “Demolition man” y los hay que han llenado el mundo de una belleza irrepetible: la Victoria de Samotracia, el David de Miguel Ángel, la Venus de Velázquez y la de Botticelli, al templo hindú de Khayuraho. Otros desnudos nos han llenado de vergüenza: el de aquellos humanos inertes apilados como trapos sucios en los campos de concentración.

Somos animales frágiles y sin ropa, aún más. Mostrarse desnudo ante el mundo puede ser una pose, un fake, una moda. Incluso una moda peligrosa. Las damas de la época previa al bonapartismo mojaban sus sedas para que se ciñeran al cuerpo en el húmedo y frío París. Algunas fallecían de unas neumonías tremendas. Al mal lo denominaban la enfermedad de las muselinas. Mostrarse desnudo ante el mundo puede ser también una alegoría de los tiempos que vivimos de auténtica incertidumbre, de no saber si mañana nos encontraremos con una mano delante y otra detrás. La desnudez oscila entre el exhibicionismo y la entrega real. Una especie de “ved como soy, aquí no hay trampa ni cartón y, mucho menos, retoques de photoshop”

Pero el desnudo sólo nos impacta a la cultura eurocentrista, en otros lugares del mundo ha sido y es completamente irrelevante. No hay morbo, ni curiosidad. No hay magia.

Mostrar el cuerpo ha coincidido siempre con episodios brillantes de la civilización humana, mientras que ocultarlo era cosa del medievo y los fascismos pero mostrarse hoy día no siempre responde a la exaltación de la belleza, sino a una obsesión irremediable por la imagen ¿Cuántas celebrities han sido pilladas haciendo un sexting?. El pan nuestro de cada día. Lo hacen a diario miles de adolescentes y también miles de adultos. De esta forma, el desnudo de los griegos ya no son cánones y proporciones sino píxeles del deseo, quizá bellos y verdaderos, que vuelan por el ciberespacio.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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