La Verdad

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Categoría: Guiriland
Guiriland: los importantes

 

Y llega el momento de la verdad. Le decimos adiós a la orilla, a los amaneceres, a los atardeceres. El paraíso se queda aquí y regresamos a la auténtica realidad. Este verano he vivido una historia de amor con mis amigos y con mi gente, la que siempre ha estado ahí. Los importantes. Mi santo y mi Gonzalo. Ya nos ves a todos, empaquetando los recuerdos. Desamueblar el piso que alquilamos cada verano. Despoblarlo de nosotros y llenarlo de silencio. Aunque aquí nunca ha habido excesivo ruido. Muchas risas, mucho : “haz los deberes”; “qué comemos mañana”: “no dejes el bañador mojao en el alféizar que no tiene patas hasta el tendedero” y mucho “buenos días”. Qué educados somos.
Guiriland se volverá pequeño como un lunar en la cara de Shreck y apenas nos vendrá a la mente durante el curso escolar. Quizá un poquito estos días, en los que me encaramaré a unas escaleras para limpiar cristales, deshollinar y aportar la claridad de septiembre a la casa familiar que ha tenido mucho invierno y mucho calor. Claro que pensaremos en Guiriland. Todavía quedan meses de sudores varios.
Echaremos de menos la brisa que es nuestra aliada generosa cuando la temperatura sube y se encarama y nos deja abotargados y nos repetimos muy convencidos de que este año hace más calor que el anterior. Aunque las estadísticas dicen que sí, que efectivamente así ha sido.
A veces buscamos excitación y peligro en las vacaciones. Vivir grandes emociones. Los hay que se dejan un ojo de la cara para probar el skyjet o se arriesgan a salir lanzados a propulsión por las bananas gigantes cargadas de adrenalina y gente. Este año Guiriland se ha convertido en un lugar donde hay que hacer lo que hay que hacer en verano: descansar.

 

Largos paseos, sí, pero con momentos de relax. Buenos libros, emociones de papel que se nos meten adentro de las vísceras como una carcoma dulce. Un veneno benefactor. Y, sobre todo ellos, los importantes. A los que nunca me cansaré de decirles gracias, te quiero y buenos días, porque el amor no se gasta y nunca es suficiente.

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Maru

 

 

 

Los vemos a diario. Surcan nuestras playas con sus cuerpos atléticos, delgados, oscuros como el café negro. Tan sonrientes.

Uno dijo que se quería casar conmigo. Y otro aseguraba que yo debía ser rica sin ninguna duda porque era muy bonita. Son sus trucos para vender algo. Unas gafas, una gorra de marca, relojes, bolsos. Son príncipes de la arena, embajadores de tantas orillas, con un pasado a sus espaldas que quizá quieran borrar. Y construyen desde la nada.

El otro día Julia y yo nos tomábamos una caña en El Pirata cuando apareció él. Se llamaba Maru. Todo era color. Camiseta verde, dientes blancos, labios rosados y un abanico de bagatelas en su manga y en sus brazos. No me quedaba dinero, casi todo lo habíamos gastado en el aperitivo y con esa pena y sinceridad concluimos nuestra breve transacción. Ya se marchaba: “Maru, espero que lo vendas todo”. Me levanté. Cogí su cabeza con las manos y le planté un beso en cada carrillo. Maru no se lo esperaba. Yo tampoco, a decir verdad. Juraría que amenazaba con escaparse una lágrima de sus ojos anonadados.

Creo que volví a ver a Maru por la Manga, pero no estaba segura de si sería él. E imaginé todos los Marus que atraviesan kilómetros de costa a grandes zancadas con sus historias tras ellos. Sus amores, sus hermanos, sus padres, su familia. Sus dramas, sus hambres, sus sueños, sus desvelos… ¿Cómo llegaron a este Guiriland? ¿Qué esperan de la vida? ¿Qué piensan en verdad de nosotros que casi los vemos ya como parte del paisaje sin inmutarnos? ¿Cuánto dinero les costó llegar hasta aquí? ¿Cuánta ingenuidad han sacrificado cada día que amanecen en una playa diferente, en una orilla desconocida?¿Hasta donde están dispuestos a luchar?

Incluso, me gustaría saber cuántos de ellos se han rendido y se conforman con ver el sol cada mañana, poder resguardarse de la lluvia, comer un plato al día y tener un jergón donde dormir. Porque cuando se sufre demasiado ya no se espera demasiado de nadie, ni de los días. Quizá en su lengua se repitan aquello de: “virgencia, que me quede como estoy”.

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Guiriland: paquetes

Hombres del mundo: ¿Qué ser vivo os ha dicho que los bañadores slip os sientan bien?. ¡Ay, la virgen! Una no gana para disgustos aquí en Guiriland. Ya los he visto de todos los colores ¡¡Incluso blancos y gris perla!!. Da igual que tengáis cuerpos esculturales. Llevar el paquete ahí, arrepretao, huevo contra huevo, casi como pidiendo auxilio, es hortera, soez, vulgar. ¡Horroroso, horroroso!!
Vale que en tierras de guiris uno se sienta desinhibido y juguetón. Que ande por la vida con minifaldas, ultra-shorts, flores en el pelo y luces en la cabeza. Pero esto no, señores. Sus bultos a las orillas de la playa me provocan arcadas. Es como un mondongo embutido en una tripa de elastán. Un globo irregular que parece haberse reventado en algún cactus morboso y fuese soltando el aire a regañadientes. Un blandiblub deforme.
Ya sé que esto es clamar en el desierto. Que a la orilla del mar encontraremos un sucedáneo de morcilla cada siete trajes de baño gayumberos pero, por el bien de nuestra vista, he de insistir en ello.  Por cierto, especímenes con algo de barriga, michelín y demás, abstenerse totalmente. Vamos, que si quieren humillarse a sí mismos sólo tienen que ponerse un bañador- paquetero sobresale-lorzas.
Es la técnica que utilizo yo misma para desmitificar y quitar importancia a ciertos personajes del mundo real. Es imaginármelos de esa guisa y soy capaz de perdonarles hasta la ofensa más gorda del mundo. Criaturas.
Aquí en Guiriland puede suceder de todo. Lo mismo te tropiezas con una batucada en la arena, que aparecen chicas vestidas con tutús azules repartiendo publicidad de un centro comercial o que un bañista decida llevarse al loro para que también disfrute de la brisa marina. Podría ser un sueño surrealista pero no, no lo es. Todo es cierto y real como la vida misma. Como el chorrete de sudor que baja desde los senos al tobillo. Al igual que el vocabulario despiadado e inverosímil de las pollitas de mi urbanización. Ahora les ha dado por tararear lo siguiente: “bollera, cabrona, tonta hija de puta”. Así, como suena. De tirón. Charming.

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Mi guiri interior

Todos llevamos un guiri en nuestro interior. Tuve una profesora de inglés de ascendencia australiana que se vino a España y acabó lavando a mano con las señoras de Las Alpujarras. No lo soñó, me mandó una foto. Cuando se lo conté a mi amigo Juanillo de Granada, se encogió de hombros, bufó y afirmó con rotundidad: “Sólo a los guiris les pasan estas cosas”.
 Pero dejemos ejemplos ajenos. La única vez en mi vida que estuve en Nueva York, allá por el año 93, no sólo visité las Torres Gemelas de noche y recorrí el Bronx sin bajarme del carro de mi novio puertorriqueño, sino queme tropecé a Sigourney Weaver una mañana muy fría, cerca de Columbia University y saludé al mismoKofi Annan. Otro ejemplo, verano del 92, paso tres semanas en Londres y termino bailando en unescenario de Covent Garden. Juro que pasada la treintena nunca me han sucedido cosas parecidas, salvo las miradas lascivas de los parisinos y la aciaga noche que pasé en un albergue surfero, rodeado de tíos buenos ( y tías, por supuesto) hace unas semanas en Somo (Cantabria). Pero, a lo que iba, que todos, en algún momento de nuestra vida somos ese guiri que tan simpático nos cae.
Está científicamente comprobado que cuanto más no resistimos a cantar en el Karaoke, más difícil es que soltemos el micro una vez metidos en faena y tambiénestá comprobado que todos hacemos cosas de guiris varias veces en nuestra vida. ¿Quién no tiene una foto en la Torre Eiffiel? ¿En la de Pisa? ¿Quién no se ha dejado un ojo de la cara tomándose lo que sea en el Café de Flore, buscando las huellas de la bohemia parisina?. ¿Quién no ha escanciado sidra en Asturias?¿Quién no se ha bailado una Sevillana en la Feria de Abril? Da igual que parezca que tiras dardos, en lugar de escanciar. Da igual que parezcas un mandril asustado en lugar de bailar.

 

Aquí en Guiriland disfruto viendo a los muchachos haciendo running al atardecer. Se diría que les encanta sudar. También veo a veces a Pedro Canohaciendo cosas de guiri, como pasear en bermudas al borde del mar.

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Guiriland: Híper mercado

Aquí en Guiriland todos estamos al mismo nivel. Es como aquello de la muerte y de los ríos que van a dar al mar (que es el morir, decía Jorge Manrique), sólo que el mar muchas veces es la cola del gran híper mercado. Allí me he encontrado a actores de tele-serie; ex-alcaldes, ex-consejeros. Y mola. Ya no llevan traje chaqueta sino polo, bañador gayumbero y la cartera asomando del bolsillo trasero. Sólo le faltan las cadenas de oro para el kit manolazo completo. Sorprende la uniformidad también para el “sport”. Son gente sin imaginación, me digo. Y ahí los tienes a todos: enfilaos, iguales a cualquier otro guiri del mundo exterior.
A veces, coincido con ex-presentadoras de televisión de grandes canales. Ahí siguen, en los títulos de crédito de los Informativos. Estupendas, paseando por la playa. Y me digo que me gustaría de verdad vivir en otro guiri-lugar donde no retiran a las comunicadoras de las pantallas una vez cumplen los 50. Al contrario, las grandes estrellas de las teles americanas tienen todas la menopausia. Y no pasa nada. Al contrario.
Me encantó ver bajarse de su Mercedes a un importante empresario-jubilado muy conocido. Camiseta fucsia de publicidad, pantalón de deporte gayumbero y, lo mejor de todo, calcetines blancos hasta la pantorrilla a juego con sus zapatillas de deporte. Mi escueto bikini y yo, nos sonreímos. Todo es posible en Guiriland. Hasta los autóctonos hacemos cosas raras, vestimos raro y llegamos a imitar ese gesto tan alemán de ponernos calcetines tobilleros por debajo de las cangrejeras o los zuecos de paseo. Tiene su lógica. Y los alemanes son muy lógicos. Uno se harta de ir todo el santo día con el pie mojado como un besugo y pisar el plástico barato de las chanclas de los chinos.

 

Hay noches que paseo por la gran avenida de Guiriland. Una especie de Sunset Boulevard atestado con vendedores de bolsos de imitación, restaurantes y, por supuesto, guiris de todas las nacionalidades. En ocasiones, portan objetos luminosos en la cabeza, tales como diademas refulgentes con estrellas y corazoncitos. Creo que esta noche bajaré a la gran avenida y me peinaré una trenza africana.

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Guiriland: comida internacional

Lo bueno de Guiriland es que puedes comer todo lo exótico que imagines. Asiáticos, argentinos, bares de tapas cañís y mi querido hindú. Me he aficionado a las tortas de lentejas, que en la carta aparecen como poppadum.
No sé cuánto tiempo llevará esta familia Sikh regentando uno de los múltiples restaurantes, de una cadena con nombre de cantante, pero da igual. Es como si hubiesen llegado ayer de Pakistán. Hablan una mezcla de inglés y noséqué encantadora. Cuando se ponen a decirme el menú les digo: vale ¿eso pica?: “medio picante”, contestan y, ya está. A todo les digo que sí. Ellos me sirven dos “canias”, siempre por el precio de una y todos tan contentos. Al final de la velada he comido cosas que jamás pronunciaré. Es imposible sacarme del Tikka Massala y el pan  (que son los dos únicos platos que repito) ¿Pero qué más da? La vida es alegre en Guiriland.
A veces, visito los templos del Wok,altares elevados a la tempura refrita en aceite de arroz. Se recomienda no comer en el chino dos veces en la misma semana. Lo otro es un deglutir interminable de salsas agripicantes. Es como si en tu boca se instalase la cocina misma del asiático. Y no mola, claro.
Mi favorita es la señora gorda de la playa, que me recuerda a Mami de Lo que el viento se llevó. Ella vende todos los días: “la melona, la melona, el güatermelon y la painapol”; así, por este orden y con la misma cantinela que suelta a orillas de Guiriland desde hace varios veranos.

 

Guiriland es de hecho también el paraíso de la economía sumergida. Entre chapuzón y chapuzón puedes tomarte unmojito servido por unos macizorros que se contentan con tu cash, comprarte una toalla-pareo, un cubre sofás y hasta bisutería de imitación. Todo un mundo de posibilidades. Lo mismo abandono la inaguantable profesión del periodismo y me sumerjo yo también en el mundo de la pasta sin recibos y me dedico a contonear las caderas y vender caipiriñas a los daneses, que, como no entienden ni papa, sospecho que tendrá la misma apertura mental que la mía cuando visito el hindú de mis amores.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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