La Verdad

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Categoría: Lolita
Todo está conectado

 

El mundo es un mapa gigante de afectos. Lazos que nos atan a los otros y que recorren laberínticos caminos que sólo comprendemos más tarde. O quizá nunca.

Ray Loriga me habla de Arrebato la peli favorita del director de este periódico. Y me cuenta que vivía en Blanca de Navarra como Calderón y resulta que eran amigos y luego caigo que era con él con quien se iba al cine, que era él quien se subía a ver películas antiguas  a su casa. Me llega nítida su voz. El día que me explicó por teléfono cuándo y cómo se conocieron y que, es verdad, que me hablaba de un tal Ray. Y luego Ray me abraza porque ambos quisimos a ese viejo loco y nos falta. “¿Joder, hace cuatro años ya que ha muerto”? Pues sí, las mujeres llevamos mejor la cuenta de esas cosas. Por cierto, que Ray fuma tanto como Alberto y le gusta beber como a Calderón y que su nombre me vino a la cabeza un mes de octubre y hoy es Premio Alfaguara y casi creo ver un milagro de nuestro amigo porque ese galardón le permitirá seguir escribiendo esos libros distintos, divertidos, llenos de genio. Aquí  ya no hay rendición posible.

Lola López Mondéjar nos habla de la hija de Lolita, su nuevo trabajo. Lolita que a tantos nos ha obsesionado, que une la pederastia con la pasión y como en su “afán reparador” hace que la nueva Lolita triunfe y escape de las garras del dolor. Y cerrar el círculo de los daños para que esa nueva Lola esté protegida bajo la cúpula que el autor-demiurgo fabrica para ella. Ojalá los escritores diseñaran el mundo. Ojalá todos los políticos recuerden ese círculo perfecto, esa cúpula pre medieval que nos protegía;  el útero de sus madres. Ojalá aspiren a esa esfera donde la humanidad está a salvo de riesgos nucleares, de muros de la vergüenza, de sinvergüenzas que saquean un país de familias medias que pasan frío en invierno.

El afán reparador me lleva a otros dos estupendos creadores con los que he compartido esta semana. Manuel Clavel, cuyo primer trabajo, un panteón familiar, vino a restaurar una tétrica escena que acaeció en su familia hace 25 años. “Ahí nació un nuevo proyecto, en ese momento. Uno lo ve después, con la perspectiva”.  La hilarante imagen de un ataúd que se resbala de sus portadores y se estrella en el suelo porque el antiguo panteón estaba en sótano, provocó que el abuelo de Manuel encargara aquella primera obra. Le llamaba el chalet. El abuelo, sin saberlo, tenía un afán reparador, como Lola. A  Paco López Mengual le encargaron una carta de amor y así hizo de “negro” por primera vez en su vida. Aunque lo intentó, en este caso no pudo reparar nada pero estoy segura que es el germen de una gran historia.

Calderón, sin saberlo, también tenía un afán reparador. Cuántas parejas se juntaron gracias a sus canciones. “Lo siento mucho”, se disculpaba él. Pero influir en las vidas de los demás no es una elección. Te acontece sin más. Todo está conectado, los humanos somos parte de una gran corriente de sangre, alma, tiempo y vísceras. Despertar el genio dormido es improgramable. Unos cambiamos los caminos de los otros.

Hoy me siento en el centro de un gran mandala, agradecida por la oportunidad de vivir tantas vidas, protegida por una cúpula, la cúpula de “créetelo porque eres maravillosa” (yo puedo, yo valgo, yo merezco), que Calderón fabricó para mi, hace muchos años, cuando quedé con el gran compositor en la calle Blanca de Navarra.

 

 

 

 

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El deseo y su laberinto

Dicen que Freud se torturaba en su lecho de muerte preguntándose por el deseo femenino “¿Pero qué anhelan las mujeres?”. Tras esa pregunta sin respuesta, murió.  Como escribía el otro día la genial twittera @arcitecta “si no me entiendo ni yo, me vas a entender tú, que encima eres
tonto”.

 El deseo es algo muy complejo. Es un fractal de interminables ramificaciones . Leyendo a Nabokov descubres que a él le obsesionaba la pubertad porque un gran amor le dejó
herido para el resto de sus días. Pero el deseo cambia. ¿Cuántas veces encuadras a determinado tipo de hombre en ese arquetipo de lo deseable y de pronto aparece ante ti lo inesperado y te sorprende? Entonces tus anhelos se transforman. El arquetipo se desdibuja.

Por ejemplo, siempre me han fascinado las personas con un talento especial: para cocinar, para prosperar, para escribir pero sobre todo para hacer música. Yo nunca envidié el pene, envidié al que supo crear música dibujando notas en un pentagrama. Mis primeros recuerdos sentimentales, mi primera figura paterna, no fue mi padre (que siempre estaba metido en sus fogones) fue mi tio Antoñín que me descubrió a Morricone, a Leonard Bernstein.
Los domingos por las mañanas tocaba sesión de tocadiscos. Mi tio murió trágicamente en un accidente cuando yo apenas tenía cinco años (cuentan que andaba triste por una ruptura amorosa). Ahí empezó mi relación con la muerte.
Todos tenemos una. Y el deseo siempre está vinculado a nuestra experiencia de la muerte. Los griegos acuñaron el eterno eros y tánatos. Y por eso, deseé al primer novio que cantaba como Josep Carreras y viajaba en Vespa, como mi tío, con el que no tenía nada en común. 
A partir de ahí, el deseo se fue desdibujando pero siempre lo vinculo con la ausencia y la muerte. Es terrible, lo sé. Porque el deseo se multiplica exponencialmente en función de lo efímero, de lo
precario. El deseo se esconde tras una vitrina de Tiffany’s, en un fotograma de La ley del silencio, en la imagen de alguien que nos hace tilín en las redes sociales y al que, probablemente, nunca conoceremos.

Alguien me confesó hace poco que le gustaba aquello de sentir asfixia en el momento del coito. Esa sensación cercana a la muerte y al éxtasis.
Aquí lo tenemos otra vez. El abismo que nos libera. La petite morte que nos deja suspendidos en el espacio-tiempo por unos segundos: sin las presiones de la vida diaria, sin las metas que ansiamos, sin la tortura de lo que debemos y el trabajo que nos resta por hacer en este mundo para dejar algo sembrado en los demás, en nuestros hijos, en nuestro entorno. La muerte y el deseo son la misma liberación.

Los griegos lo tenían muy claro. Incluso, en ocasiones, el deseo nos guía. Es el puro instinto que sabe más de nosotros que nosotros mismos. Cuantas relaciones han empezado en la cama, como una tontería, un desfogue, un morbo perseguido y han acabado en esa tórrida historia de amor que
nos espanta –porque el amor siempre da miedo– y que nos vinculará a esa persona por el resto de nuestros días. Incluso cuando esa persona ya no está. El deseo ha dejado esa cicatriz de la muerte, la memoria del instinto en el mapa de nuestra piel. Que ya nunca más será la misma piel a partir de ese momento.
Por supuesto, esto no ocurrirá siempre, nos volveríamos locos. Pero quizá esta mínima reflexión nos muestre un atisbo apenas del misterio que se esconde tras el deseo. Ese intrincado laberinto –personalísimo–de suspiros, caricias, placer y dolor.



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Colgados, víctimas y verdugos (La otra verdad de Lolita)







“En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra…”. Así explica y justifica Nabokov el amor perturbado, impúdico, frenético, agonizante de Humbert Humbert por una niña de 12 años. El profesor se quedó colgado de una pasión adolescente que reconoció inmediatamente cuando conoció a Dolores “fue un amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista”.

La justificación literaria esconde sin embargo una verdad absoluta. Nos atrapa aquello en lo que nos reconocemos, de tal forma, que sólo dos personas muy determinadas, en instantes puntuales pueden percibir con nitidez cegadora esas señales que nadie más capta, por mucha gente que haya alrededor. Igual que la tragedia se circunscribe a un momento íntimo, como un cañón de luz que se proyecta sobre la sangre derramada, el amor irrumpe en la vida de los mortales: siembra caos alrededor para crear una cosmogonia particular que sólo comprenden exactamente las dos personas implicadas. El amor es una fuerza que transforma y destruye.
Para crear hay que romper el orden establecido.

Los buenos amantes siempre hablan el mismo idioma. Se comunican con las mismas claves, vibran en la misma escala del pentagrama, sueñan con los mismos colores. Ven la vida con los mismos ojos. Llegar a ese grado de compenetración no es algo espontáneo. Existe primero el germen y la brutal atracción que es un visitante incómodo en ocasiones Pero, al igual que somos cabeza y corazón; vísceras y carne, también somos eternos. Somos alma. 

Hay parejas que no necesitan palabras. Sus señales son más poderosas en el silencio (The sound of silence). Cuando uno de los miembros se marcha, el otro se queda mudo, sordo, ciego. Nadie le comprende. Se queda colgado en un mundo que le es ajeno porque falla ese interlocutor que le interpretaba a la perfección. El otro es un demiurgo, que  esculpe, que saca lo auténtico que hay en nosotros,  con cincel y martillo va delimitando nuestros perfiles. Probablemente, nosotros hicimos igual con nuestro partenaire: le recordamos quien fue, su verdad esencial

Miro parejas ancianas, jóvenes y en todas ellas contemplo ese gesto de agradecimiento, de sentirse en casa, a salvo. Son esas parejas bien avenidas que, arriesgadamente, en algún momento de sus vidas decidieron dar vacaciones a la cabeza para quedarse con el corazón y el instinto, con alguien que hablaba su mismo idioma. Juntos inventaron un nuevo lenguaje, que les pertenece sólo a ellos. Que nadie más comprende.

Nabokov justifica a Humbert Humbert porque debe hacerlo, porque enamorarse de una cría es perverso,  es un tabú, pero él tenía que contar esa historia ¿Por qué? Quizá hubo una Lolita en su propia vida,  30 años menor, mascadora de chicle, con trenzas y pedorra que, sin embargo,  captaba a la perfección sus señales. Y él las de ella. Es fácil y lógico pensar que él la corrompió para siempre llevándola por el camino del pecado, aprovechándose de la sabiduría que le otorgan los años pero, a fin de cuentas, Humbert Humbert es casi siempre un monigote, una marioneta en manos de la chiquilla. Si el amor no tiene edad ¿Por qué rasgarnos las vestiduras? Mi cabeza me dice que si tuviese una hija condenaría al viejo profesor, le cortaría los huevos incluso, pero mi corazón me ha demostrado que es imposible comprender qué ocurre en las relaciones entre dos personas que se quieren, o  que se quieren y se odian.  Da igual la edad que tengan. La experiencia también me demuestra que en esas historias de amor creativo, de amor de picos,  los dos componentes  se transforman mutuamente y son, mutuamente,  víctimas y verdugos.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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