La Verdad

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Categoría: microrrelatos
Killing me softly







Cogió mi cara entre sus manos y besó las lágrimas: “son mías”. Besó los párpados, mi boca. Con hambre. Volaba su lengua entre mi paladar. “Llevo muchos años con el mismo hombre”, le dije. 

 El deseo y la emoción de aquel momento alimentaban la vibración que precede al tsunami. El temblor, la fragilidad, eso éramos nosotros.

Se disculpó. No estaba seguro de su vigor aquel día. Demasiados nervios: “Haré que merezca la pena, te lo prometo”.



Me sentía invadida y escéptica.

Con resolución me desvestí: “¡Qué hermosa eres! Desnuda más bella que con ropa”. Sonrió satisfecho. Yo no, no sonreía. Tenía un miedo monstruoso. Me aterraba mi propio ardor. Así que también era capaz de aquello. Capaz de la traición, de quebrantar los ideales por un calentón. Pero era mucho más que un juego. Por eso era transgresor, por eso peligroso.

Nos tendimos en las sábanas. Su piel morena contra la mía blanca –“resplandeces”— sólos en la gran ciudad.

Nos envolvía una atmósfera onírica, irreal. Aquello era un milagro porque abandoné el pudor y el hastío. Porque sus besos y sus manos me recorrieron entera, me dibujaron, me esculpieron, me convirtieron en la mujer más erótica del mundo. A partir de ese día nació otra persona. Comió de mi sexo tanto tiempo que perdí la cuenta “¿Otro más?” y se reía. Y se ponía sobre mi, y me mostraba su perfil –chistoso –porque siempre le decía que tenía un bonito perfil. Y sentía el sabor de mi sexo en su boca, distinto a como sabía con otros hombres. Y me gustaba. Y le dije: “¡Me vas a matar!” Y añadió: “Killing me softly”. Y es verdad que me mató. Porque desde entonces ya no hubo paz para mi, ni sensaciones capaces de acallar las de aquella tarde de los prodigios.

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El reflejo

Asomaba su rostro al espejo. Los ojos oscuros como boca de lobo. El reflejo mostraba sus ojeras violáceas, un cuello con rastro rojo de muerte y el dibujo de una soga trepando por su piel. No, no podía salir a la calle con semejante aspecto. Ya no sabía qué hacer para ocultar los orificios que su amado había ido perforando un día y otro, y otro. Las hormigas podrían crear un universo en su interior. Los dientes, esos dientes que adoraba como cada palmo de su cuerpo, habían hecho un gran trabajo. Menuda tuneladora. Parecía simple. Tumbarse en un lugar alejado. Un prado, un bosque. Dejarse morir. Que las hormigas se apiadasen de su cuerpo mortal, que se colasen por entre las huellas de su amor. Tan maltrecho. Que se la comieran en vida. Formar parte de la cadena alimenticia, convertirse en abono del mundo.

El reflejo era demoledor. Conforme pasaban los segundos, su sistema venoso convertía su cuerpo en un mapa de ríos. Como cuando era niña: el Miño, el Duero, el Tajo. Toda ella convertida en una osamenta transparente y carnosa. Ahora sobresalía del espejo su masa muscular. ¡Vaya! Era cierto. El esternocleidomastoideo era muy largo. Tan largo como el infierno en el que se encontraba atrapada. Si fuera como ellos, no habría reflejo. Por eso no entendía las visiones.

No habrá maquillaje capaz de ocultar este desastre, pensaba. Si fuera como ellos, gozaría con la sangre. Pero la detestaba. El mero olor la hacía vomitar. Todos ellos eran repulsivos. Parásitos de la vida.  Permanecía en aquella tribu por amor. Llevaba más de un año con aquella doble vida porque no sabía no hacerlo. Tendría que salir al exterior. Otra vez. Pero si el espejo se empeñaba en devolverle esa imagen de pesadilla no tendría el valor.

“Ven aquí, Kyra” le ordenaba autoritario cuando apenas conspiraba con llegar a la puerta, asomar su maltrecho ser a la calle.

–Lo siento, Samuel. Hoy voy a salir. Voy a escaparme de este tugurio. Os detesto a todos. A ti, también. Ya no te amo.

–No es verdad. Habla el miedo, Kyra. Pero ya no hay miedo.

 

Las escenas del cautiverio se reflejaban en el blanco de sus ojos. Ese espejo quería decirle algo. Nada le importaba. Ser monstruosa, ser bella, ser un despojo. Hoy saldría afuera. Vería el cielo, respiraría la polución de aquel universo contaminado tras la hecatombe nuclear. “No tengo miedo”.

 

Abrió la puerta. Al otro lado encontró el páramo de los vivos ¿Pero dónde estaban? A sus pies, un precipicio. ¿Ves lo que te dije? Samuel se carcajeó de un modo despiadado. “Sólo nos tienes a nosotros porque sólo existimos nosotros”. Era un cabrón vengativo y un mentiroso. Y un manipulador. No creía sus palabras. No creía la imaen que tenía ante sí. La enorme meseta, cuyo horizonte se perdía en lontananza. El ulular del viento, la lluvia ácida, el gris plomizo de las nubes, de la tierra, de todo.

Volvió a su espejo. Hizo su toilette como siempre, como si nada ocurriera. Volvió a la puerta. Abrió y cerró esa puerta cientos de veces. Volvió a su espejo cientos de veces. Como si nada ocurriera. Volvió a su imagen terrorífica. Al fantasma de su osamenta que se desintegraba y se regeneraba minuto a minuto. Un bucle demoníaco de su reflejo al vacío. Del vacío al terror de saberse sola.

Un último intento, se dijo. Cerró los ojos, concentrada,  y abrió la puerta de la calle. Sabes que esto no está pasando. Es el engaño de Samuel. Es su afán por poseerte cada noche, cada día, hasta el final de los tiempos.

Como por arte de magia, tras la puerta encontró su calle. La de siempre. El kiosko de en frente. La cafetería de la esquina. El olor algo salobre del tráfico cercano al mar. Se tropezó con André, aquel vecino francés tan sofisticado: Bonjour! Le mostró la mejor de sus sonrisas. Pero no obtuvo respuesta. Entró a la cafetería. Comería algo normal para variar. Pero nadie atendía a su llamada. Bajó a la gran ciudad y repitió esta operación en cientos de lugares, con cientos de personas sin obtener respuesta. Llegó al metro, se metió en un vagón y allí estaba él. Su padre ¿`Pero qué coño es esto? ¿Su padre? Su padre estaba muerto. Hacía casi 15 años de aquellos. La miró. Abandonó su asiento y se dirigió a ella que esperaba de pie que se abriese la puerta. En la siguiente estación.  Kyra, Kyra ¿Qué haces aquí, cielo? ¿Y tan pronto? Eras una buena chica ¿Que te ha pasado?

Contestó sin pensar. Con la certeza brutal de que hizo algo horrible. Como su padre. Que se quitó la vida. Fue un día de viento. En el bosque. Se colgó de un árbol. Y se la comieron las hormigas.

 

http://germansaez.com/fotografia/retratos/bn/

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Niña tonta





No podía mencionar su nombre, recordar su rostro o algunas de sus palabras sin esbozar un puchero, un amago de lluvia en sus ojos. En muchas ocasiones intentó explicarse por qué alguien tenía semejante poder sobre otra persona. Por qué Bill siempre tuvo tanta influencia en  ella.

Atravesaba una enorme avenida de Madrid, probablemente Goya; O Avenida de América, tan inhóspita en los días fríos de viento, sumergida en el tráfico ensordecedor, como un océano donde le faltaba el aire, y ahí estaban sus palabras. Le recriminaban ese olvido feroz, esa distancia radical que puso entre los dos un buen día. 



Un mal día.



Los luminosos en la noche:semáforos, carteles, los frenos rojos de los coches querían advertirle algo. Ser inflexible no la haría más dichosa. No ceder a la compasión la alejaba de personas que quizá la dañaron pero la herían mortalmente. A ella más que a nadie. “Déspota de pacotilla. Evitas un gesto de compasión y te traicionas a ti misma, niña tonta.  Un día descubrirás que no eres ni tu sombra”.



Un mal día.



Accedió por fin a reencontrase con él.

Por no escucharle más, niña autosuficiente. Para alejar los sentimentalismos que no hacían otra cosa que perjudicarla. Los afectos. Esos caramelos de barniz rojo y brillante por fuera y podridos por dentro.


La encontró deslumbrante

“Estás muy guapa”.

Ya lo sabía. Ella sabía eso, sabía lo que diría y sabía de sus reproches. A punto estuvo de dejarle con la palabra en la boca en aquella cafetería modernilla y pija cercana a Génova. Un mundo que siempre le fue tan ajeno.
“Estoy muy mal”.

Cojones. 

Ya sabía también que le iba a soltar algo semejante, apelando a su sentido de la culpabilidad. Cuarto y mitad de chantaje emocional.



–No vayas por ese camino, Bill.

–Va en serio, niña tonta. Creo que me muero. Pero es mejor así. Hace ya tiempo que no tengo  ganas de vivir

–Has vivido una larga y apasionante vida. Puedes morirte tranquilo si eso es lo que quieres.

–Eso es muy cruel.

–Adivina quien me enseñó estas artimañas, mi amor.



Parecía una fulana barata de novelón sudamericano. No podía escucharse decir semejantes burradas sin sentirse aún peor en su fuero interno. El rencor seguía ahí, latiendo fuerte. Un motor que jamás se agotaba. 



–¿Cómo puedes ser tan hija de puta?

–Corta el rollo, Bill, dime que quieres de una vez. No tengo toda la tarde. Te recuerdo que me has hecho perder ya mucho tiempo.

–¿No me perdonarás jamás?

Tentada estuvo de mostrarle la cicatriz en carne viva. Los errores abultados que aún se escondían bajo su blanca piel. Las heridas del alma. El secuestro de su ingenuidad, las mentiras, el enfrentamiento descarnado de los deseos con sus ideales. Sus nobles ideales tirados al cubo de la basura. 

 Bill la hizo mala. Le enseñó a robar, a engañar jóvenes incautos como ella; le enseñó a tejer las redes de la dependencia con otros seres humanos. Bill la utilizaba a ella. Ella utilizaba a los demás. Una rueda vampírica de amoríos y chanchullos.



–No era más que una huérfana idiota y tú me tuviste que meter en tu mierda de mundillo. No quería nada tuyo. Era feliz jugando a ser tu hija.  Nos iba bien al principio. Éramos amigos, éramos legales.



–Pero tuve que enamorarme de ti– le interrumpió él.



Los fríos ojos de Bill se humedecieron ligeramente.



–Exactamente– asintió con un gesto de hielo– Hiciste de mi vida un infierno, querido. Estuve a punto de morir en las calles. Me metiste todo tu veneno. Tus business endemoniados, tus manías, tus adicciones. Y ahora que he conseguido remontar quieres sacarme de mi camino.

–Me muero.

–Eso ya lo has dicho

–Quiero que me ayudes a morir.

–Esto es demasiado, Bill. Siempre abusaste de mi confianza. No puedo hacer algo así. ¿No te puede ayudar un médico? Además

A ella se le quebró la voz de un modo insospechado

–Yo no quiero que te mueras. Me encanta saber que estás vivo y que vendrás de cuando en cuando a darme el coñazo, a pedirme cosas absurdas. Tú no te quieres morir, carajo.

–Que sí, niña tonta. Que estoy muy cansado.

–Vete a un balneario. Con la pasta que me sacaste a mi y a todos los incautos que engañamos tienes para vivir como un marajá.



Se hizo un silencio.



–Búscate una novia–sentenció ella

–Pero, niña, mi niña.

–Te equivocas. Ya no soy una niña y nunca fui TU niña, sólo eran negocios…Papi tonto. Cuídate. El mes que viene, en la próxima crisis pitopáusica ¿me volverás a llamar? Creo que te he perdonado un poquito.



Ella se marchó como una exalación. “Tengo hora en la estheticienne”. Le pareció una palabra demodé, como él. A él le pareció que, efectivamente, ya no era una niña



Él se recreó en sus piernas y su culo mientras salía por la puerta. Ella le pilló.

–Bill

–¿Qué?

–Como te conviertas en un viejo verde te juro que no me vuelves a ver.

–Pues lo llevo claro.



La imagen es de Germán Saez



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Irse (microrrelatos)

Amontonó cientos de enseres de su hijo muerto que atesoraba en un viejo armario. Vaqueros, gafas de sol, las deportivas blancas –siempre de ese color– hasta una guitarra; libros, pequeños diarios. Escritos de adolescente, incluso escritos crueles hacia el mundo, hacía sí mismo. Siempre que intentó abrir aquel armario una fuerza oscura se lo impedía. Probaron todos los miembros de la familia, hasta el primo culturista. Nada. El niño se resistía a abandonar el hogar familiar. Al igual que todos los miembros de aquella estirpe, prefería vagar por el mundo de las sombras al duelo de la despedida. Así, toda la casa estaba poblada por generaciones y generaciones de personas que se acurrucaban en diversos espacios, que cohabitaban con los vivos, intentando no molestar, adaptándose a sus horarios. Cualquier cosa antes que abandonar el nido. Un día, ella le dijo en voz alta: ¡Esta no es vida para un muchacho! ¡Vete, explora, habita otros paraísos, otros universos! ¡Esta no es vida para un muchacho!, repetía con lágrimas, con estertores. Finalmente, un día, la puerta del armario cedió solitaria. Quedó abierto de par en par, como una boca de naftalina y camisetas. La madre prendió la pira funeraria del joven, fallecido hacía 20 años. Un cenotafio teenager que ardió a la velocidad de su motocicleta. Pero ya no había asfalto, ni sangre. El muchacho se había marchado.

 

Imagen de Germán Saez

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¿Un sólo? No, con Clooney (Micros II)

 

-¿Le pongo el café sólo?

- No, con Clooney

-¿Y yo no te valgo?

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Este día raro y gris. Este vacío. Gritos heridos en la espesura, en el silencio verde. Viento helado preñado de presagios. Duele este día. 26 lunas resultaban insuficientes para olvidar el olor de su muerte y el aroma herrumbroso de sus vidas, sus múltiples vidas compartidas en el lecho del sexo, del extásis y la sangre ¿Quién pondría fin a la suya? ¿Cómo encontrar un compañero de viaje que se apiadase de ella, que tuviese el coraje que tuvo ella para con Olivier, su amor, fallecido hacía 26 lunas, a quien cortó el cuello y le clavó una estaca en el corazón?.

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Mario la piensa. A veces hace incursiones en sus juegos, excursiones por sus senos. La recrea en fotogramas de deseo bidimensional, infinito. Jamás le dirá esta boca es mía.

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Bailaban en lo oscuro. Muy lento. Era casi la primera vez que el juego de palabras daba paso a otra cosa. Tango, cambalache. Qué mal bailaba el jodío. Ella se paró en seco y lo separó bruscamente de su seno: “Yo pensaba que esto iba a ser otra cosa”. Cogió el abrigo y se marchó.

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La mosca quedó atrapada en el bloque de mantequilla  -beige, frío, insolente- disfrutó hasta el colapso de sus arterias. Butterfly agónica, extasiada y feliz. Hay amores que matan.

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Nicontigonisinti (microrrelatos)

Imagen de Steven Meisel para Vogue Italia

“No nos vamos a enamorar ¿verdad?” susurró en su oído mientras se le escapaba la vida entre las piernas. Todo era tan azul: la piscina, sus ojos, el correr del agua a borbotones que abrazaba los cuerpos desnudos . Con esa pregunta su príncipe se hacía mendigo tras una hora de ejercicio amoroso: “¿Lo dices en voz alta para convencerte a ti mismo?” jadeaba ella desmayada como una flor.  En una fracción de segundo se convenció de que no importaban tanto los sentimientos como los sentidos y que, acaso, esa fuerza, tan poderosa, era más fiel que el más leal de los amantes. Para qué contradecirle:  ”Lo que tú digas, mi amor, lo que tu digas”. Ella se perdió en el azul, llevada por esa fuerza, tan poderosa, que transmutó su materia de sólida a líquida.Y resurgió de las aguas como una Venus de Botticelli.

Tomó su cabeza entre las manos, tan pequeñas. La tarde se quedó sin palabras y ellos sin saliva “¡Más agua, por favor!” Gritaba Enrique VIII

“Gracias por existir”, le dijo él con los ojos empañados por las lágrimas. “De nada, pero deja de pisarme el juanete, por todos los dioses”.

“Miré y no encontré luna. Y me di cuenta que tú eras la luna”, dijo él solemne. “No my, dear”, resolvió ella: “había luna llena y tú estabas borracho, muy borracho”.

“Me siento vacío sin tu piel”, exclamó desesperado, con los ojos inundados de emoción. “Pues a ver cómo lo arreglamos, sólo tengo una (piel) y tres novios más”.

“Me encanta el brillo de tus ojos”, le dijo él. “No te engañes”, contestó ella: “he estado llorando por otro”.

“No sé si es amor o adicción. No sé si te quiero”, le dijo él pegado a su cara, “Sólo sé que mon coeur batte pour toi trés fort”. Ella tocó su pecho y sintió frío. “Debe ser adicción”, concluyó.

“Sé que me quieres, lo sé”, le dijo él. Y añadió: “Mírame a los ojos y dime que no es verdad”. A ella se le escapó una lágrima: “Sí, sí…y mucho, vive Dios, pero no de esa manera, cariño”

“Me has dejado algo nuevo dentro”, le escribió él en un sms. “Cierto. Se me olvidaron los bostezos en tu casa, ¡aburrebragas!”(sms de vuelta)

“Tengo celos hasta de los neutrinos”, se dijeron perdidos entre la basura interestelar.

“O tú, o ninguna, cabrona mía”,  le dijo él. “Pues será otra, porque yo, lo que soy yo, no voy a ser”, contestó ella.

“Ahora lo tengo claro, eres la mujer de mi vida”, dijo él: “No puedo ser la mujer de tu vida porque soy la mujer de la mía”. Le leyó ella un manifiesto feminista mientras se ponía el sujetador.

“¿Sabes? Siempre he soñado con este momento”, afirmó ella entre suspiros, muy cerca de su oído. “Perfecto, pues este momento ha llegado”, añadió él con prepotencia…”Sólo, sólo hay un problema”, dijo ella separando los labios del guaperas..
-¿Qué, qué, cual es el problema?–inquirió él
-Que eras mejor en mis sueños
(Escena de “El amor tiene dos caras”)

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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