La Verdad

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Categoría: Nabokov
Sobrevivir al genio

 

 

 

 

Todos los amores matan. Siempre. El auténtico amor es una fuerza transformadora que arrasa con antiguos hábitos, que nos hace valientes, osados, que detesta el Status Quo y que anhelará con vehemencia dinamitar el orden establecido. Pero hay amores que incluso sobrepasan esa barrera. Hay mortales que difícilmente encajan en la estructura básica que nos es común: huesos, vísceras, corazón, pasiones, celos, odios, posesión. Hay mortales dotados con el don de los dones. La fuerza creadora.

La creatividad puede ser una maldición para quien la padece. De hecho, diría sin ambagajes que lo es. Es una amante sin género que suele dar lindos hijos pero que deja innumerables víctimas en el proceso de creación.  El creador siempre andará con un leitmotiv en su vida. Alrededor de él construirá su cosmogonía particular y entonces, aparece la musa. Ese ser que Nabokov llamó Lolita, pero que se nos presenta a lo largo de la historia bajo otros nombres, otros rostros,otras anatomías. El creador se enamorará una vez y ciento de ella.  Le quitará todos los afeites que no encajan con su imagen ideal. Quizá unos tacones, quizá unos pendientes de perlas. Porque ella siempre es fresca y juvenil. Y llevará el pelo largo y jeans. Y detestará verla enfundada en un traje de noche aunque le resulte evidentemente hermosa. Porque ella no tiene ya derecho a ser ella. Ella nació, alguien la puso en este mundo pero una vez tocada por su mano ya no es ella. Es quien el creador decide que sea. Y se agarrará a una mirada de fuego, a una sonrisa limpia, a unos labios carnosos, a unos pechos casi adolescentes y recortará todo lo que le sobra.

El creador necesita a su musa pero, qué duda cabe,  todas las musas son respondonas,inteligentes. No se limitarán al papel que el creador se empeñará en darles.  La Elisa Doolittle de Pigmalion, le enseñará unas valiosas lecciones al profesor de fonética que vive una vida en su perfecto mundo de dialectos, diptongos, consonantes y vocales. Porque la existencia es mucho más rica. La florista del Covent Garden, que pisa el suelo, que se mancha los pies con el rocío de la mañana, que conoce todos los secretos de la calle, también posee otra fuerza creadora: la de la supervivencia. Y aunque el creador suele estar en su torre de marfil, en su bastión inexpugnable, finalmente se rendirá a los encantos de su musa –después de todo, está enamorado de ella– e incluso la escuchará y se dejará influir.Y de pronto, llega un punto en el que desconocemos de quién es el terreno que pisa cada uno. Quién influye a quién.

Como escribió un compositor amigo mío, llega ese momento: el de “Ya soy tú de tanto tú”. Y ahí se desdibujan las fronteras.

El genio creador es, ante todo eso, un genio. O sea, la mayor parte del tiempo, intratable. Será un mentor de su musa, la adorará, creará en torno a su figura, Incluso la supervisará, estará en todo momento pendiente de su cotidianidad: qué come, cuántas horas duerme, cómo y con quién;  cuáles son sus sueños, qué hace en su tiempo libre (que cada vez será menos porque él se ocupará de ir tejiendo a su alrededor horas de conversaciones, momentos robados, incluso besos y sexo robados, entre cuatro paredes, en la soledad de los creadores, en lo más alto de la más alta torre); guiará sus pasos cada día pero sin saber ni cómo ella también hará lo propio con él.

El genio, que la mayor parte de las veces es algo misántropo, que adora la soledad, se volverá manso a su lado, dulce y tierno pero también un rayo vengativo cuando la musa sobrepase esos límites en los que fue creada. Desde luego, no harán eso de comer dos veces por semana sin ganas de comer. Será cuando sea. Quizá todos los días de una semana mañana y noche. Quizá una vez cada dos meses. Porque entre el genio y la musa siempre media el destino, el muy cabrón,que se entromete, quizá muerto de celos.

Hay muchos ejemplos de musas con creadores.El más reciente, si nos atenemos a los rumores, el de UmaThurman con Tarantino. Pero también hubo otras parejas como aquella conformada durante unos breves años por Orson Welles y Rita Hayworth. En el rodaje de La Dama de Shangay el iluminador pedía cortar la secuencia: “¡Por favor, maquillaje, Miss Hayworth está sudando!”.  A lo que Welles respondía: “Miss Hayworth no suda, resplandece”.

Ser musa, sin duda, enaltece el ego, te coloca en un pedestal del que ya nadie podrá bajarte pero, también es insufrible en ocasiones. Los mortales normales y corrientes no te inmortalizarán en cuadros ni canciones pero, al menos, te dejarán respirar y ser como eres.

Sobrevivir al genio requiere de una fuerte personalidad y de la elasticidad necesaria para absorber como una esponja todo lo positivo que una relación así sin duda te aportará, sin poner en peligro la propia esencia y, en ocasiones, la cordura.

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El deseo y su laberinto

Dicen que Freud se torturaba en su lecho de muerte preguntándose por el deseo femenino “¿Pero qué anhelan las mujeres?”. Tras esa pregunta sin respuesta, murió.  Como escribía el otro día la genial twittera @arcitecta “si no me entiendo ni yo, me vas a entender tú, que encima eres
tonto”.

 El deseo es algo muy complejo. Es un fractal de interminables ramificaciones . Leyendo a Nabokov descubres que a él le obsesionaba la pubertad porque un gran amor le dejó
herido para el resto de sus días. Pero el deseo cambia. ¿Cuántas veces encuadras a determinado tipo de hombre en ese arquetipo de lo deseable y de pronto aparece ante ti lo inesperado y te sorprende? Entonces tus anhelos se transforman. El arquetipo se desdibuja.

Por ejemplo, siempre me han fascinado las personas con un talento especial: para cocinar, para prosperar, para escribir pero sobre todo para hacer música. Yo nunca envidié el pene, envidié al que supo crear música dibujando notas en un pentagrama. Mis primeros recuerdos sentimentales, mi primera figura paterna, no fue mi padre (que siempre estaba metido en sus fogones) fue mi tio Antoñín que me descubrió a Morricone, a Leonard Bernstein.
Los domingos por las mañanas tocaba sesión de tocadiscos. Mi tio murió trágicamente en un accidente cuando yo apenas tenía cinco años (cuentan que andaba triste por una ruptura amorosa). Ahí empezó mi relación con la muerte.
Todos tenemos una. Y el deseo siempre está vinculado a nuestra experiencia de la muerte. Los griegos acuñaron el eterno eros y tánatos. Y por eso, deseé al primer novio que cantaba como Josep Carreras y viajaba en Vespa, como mi tío, con el que no tenía nada en común. 
A partir de ahí, el deseo se fue desdibujando pero siempre lo vinculo con la ausencia y la muerte. Es terrible, lo sé. Porque el deseo se multiplica exponencialmente en función de lo efímero, de lo
precario. El deseo se esconde tras una vitrina de Tiffany’s, en un fotograma de La ley del silencio, en la imagen de alguien que nos hace tilín en las redes sociales y al que, probablemente, nunca conoceremos.

Alguien me confesó hace poco que le gustaba aquello de sentir asfixia en el momento del coito. Esa sensación cercana a la muerte y al éxtasis.
Aquí lo tenemos otra vez. El abismo que nos libera. La petite morte que nos deja suspendidos en el espacio-tiempo por unos segundos: sin las presiones de la vida diaria, sin las metas que ansiamos, sin la tortura de lo que debemos y el trabajo que nos resta por hacer en este mundo para dejar algo sembrado en los demás, en nuestros hijos, en nuestro entorno. La muerte y el deseo son la misma liberación.

Los griegos lo tenían muy claro. Incluso, en ocasiones, el deseo nos guía. Es el puro instinto que sabe más de nosotros que nosotros mismos. Cuantas relaciones han empezado en la cama, como una tontería, un desfogue, un morbo perseguido y han acabado en esa tórrida historia de amor que
nos espanta –porque el amor siempre da miedo– y que nos vinculará a esa persona por el resto de nuestros días. Incluso cuando esa persona ya no está. El deseo ha dejado esa cicatriz de la muerte, la memoria del instinto en el mapa de nuestra piel. Que ya nunca más será la misma piel a partir de ese momento.
Por supuesto, esto no ocurrirá siempre, nos volveríamos locos. Pero quizá esta mínima reflexión nos muestre un atisbo apenas del misterio que se esconde tras el deseo. Ese intrincado laberinto –personalísimo–de suspiros, caricias, placer y dolor.



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Colgados, víctimas y verdugos (La otra verdad de Lolita)







“En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra…”. Así explica y justifica Nabokov el amor perturbado, impúdico, frenético, agonizante de Humbert Humbert por una niña de 12 años. El profesor se quedó colgado de una pasión adolescente que reconoció inmediatamente cuando conoció a Dolores “fue un amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista”.

La justificación literaria esconde sin embargo una verdad absoluta. Nos atrapa aquello en lo que nos reconocemos, de tal forma, que sólo dos personas muy determinadas, en instantes puntuales pueden percibir con nitidez cegadora esas señales que nadie más capta, por mucha gente que haya alrededor. Igual que la tragedia se circunscribe a un momento íntimo, como un cañón de luz que se proyecta sobre la sangre derramada, el amor irrumpe en la vida de los mortales: siembra caos alrededor para crear una cosmogonia particular que sólo comprenden exactamente las dos personas implicadas. El amor es una fuerza que transforma y destruye.
Para crear hay que romper el orden establecido.

Los buenos amantes siempre hablan el mismo idioma. Se comunican con las mismas claves, vibran en la misma escala del pentagrama, sueñan con los mismos colores. Ven la vida con los mismos ojos. Llegar a ese grado de compenetración no es algo espontáneo. Existe primero el germen y la brutal atracción que es un visitante incómodo en ocasiones Pero, al igual que somos cabeza y corazón; vísceras y carne, también somos eternos. Somos alma. 

Hay parejas que no necesitan palabras. Sus señales son más poderosas en el silencio (The sound of silence). Cuando uno de los miembros se marcha, el otro se queda mudo, sordo, ciego. Nadie le comprende. Se queda colgado en un mundo que le es ajeno porque falla ese interlocutor que le interpretaba a la perfección. El otro es un demiurgo, que  esculpe, que saca lo auténtico que hay en nosotros,  con cincel y martillo va delimitando nuestros perfiles. Probablemente, nosotros hicimos igual con nuestro partenaire: le recordamos quien fue, su verdad esencial

Miro parejas ancianas, jóvenes y en todas ellas contemplo ese gesto de agradecimiento, de sentirse en casa, a salvo. Son esas parejas bien avenidas que, arriesgadamente, en algún momento de sus vidas decidieron dar vacaciones a la cabeza para quedarse con el corazón y el instinto, con alguien que hablaba su mismo idioma. Juntos inventaron un nuevo lenguaje, que les pertenece sólo a ellos. Que nadie más comprende.

Nabokov justifica a Humbert Humbert porque debe hacerlo, porque enamorarse de una cría es perverso,  es un tabú, pero él tenía que contar esa historia ¿Por qué? Quizá hubo una Lolita en su propia vida,  30 años menor, mascadora de chicle, con trenzas y pedorra que, sin embargo,  captaba a la perfección sus señales. Y él las de ella. Es fácil y lógico pensar que él la corrompió para siempre llevándola por el camino del pecado, aprovechándose de la sabiduría que le otorgan los años pero, a fin de cuentas, Humbert Humbert es casi siempre un monigote, una marioneta en manos de la chiquilla. Si el amor no tiene edad ¿Por qué rasgarnos las vestiduras? Mi cabeza me dice que si tuviese una hija condenaría al viejo profesor, le cortaría los huevos incluso, pero mi corazón me ha demostrado que es imposible comprender qué ocurre en las relaciones entre dos personas que se quieren, o  que se quieren y se odian.  Da igual la edad que tengan. La experiencia también me demuestra que en esas historias de amor creativo, de amor de picos,  los dos componentes  se transforman mutuamente y son, mutuamente,  víctimas y verdugos.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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