La Verdad

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Categoría: pareja
Hey, Jude móntatelo mejor

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Y el mundo se paró  para hablar de amor. Así comienza el último capítulo de la recomendable serie: “El papa joven”, protagonizada por un perturbador, extraño y seductor Jude Law; no apto para mujeres solas porque comenzarán a fantasear con esa cara, esas manos, ese cigarrillo y ese, ejem, alzacuellos, las 24 horas del día.

Se descubren unas cartas que el joven papa, antes sacerdote, escribiese a alguien de quien se enamoró y a quien renunció por su vocación. El locutor de Radio Vaticana repite: Y el mundo se detuvo para hablar de amor. Por una vez, la noticia no es el terrorismo si no las conmovedoras letras de Su Santidad.

Qué bonito sería ¿Verdad? Y eso que el amor, aparte de ser bonito y limpio y un milagro, el amor es nuestra esencia aunque en ocasiones los atascos, las facturas, los conatos independentistas, los informativos, lo campeonatos del mundo, hasta la perturbadora belleza de Jude Law nos empujen a olvidarlo.

Una vez, Jorge Bucay me pidió delante de 600 personas que relatase una anécdota familiar. Yo nunca he sido muy familiar, ni tan siquiera por aquel entonces, casada y con un niño pequeño. Aquello no iba conmigo. Viví durante años sumergida en una brutal estupidez de la que Jorge, sin quererlo, me despertó.

La anécdota: mi abuelo hacía un teatrillo encantador por las mañanas y le llevaba el café a mi abuela a la cama. No sé cómo me vino la imagen a la cabeza. Pero el mundo se detiene para hablar de amor. Lola y Antonio, con sus más y sus menos, durmiendo ya décadas en camas separadas, me mostraron  una ternura que jamás  vi entre mis padres. Jamás. Mi abuelo tocaba la puerta y preguntaba ¿Da su permiso la señora? Ella me miraba y sonreía: pasa, pasa. El café con leche, humeante y delicioso,  entraba con una magdalena que reposaba en un simple platillo. El abuelo lo colocaba en su mesilla. Esperaba a que ella lo probase ¿Está al gusto de la señora? Y entonces siempre sucedía del mismo modo. Ella debía regresar la taza a la mesa porque no podía parar de reir.

Ya no era el detalle de llevarle el café, era lo jodidamente gracioso que siempre fue mi abuelo. Creo que ahí empecé mi relación amor-odio con los sosos. Porque los sosos te dan seguridad, te llevan el café con leche pero nunca te hacen reír ni tocar las estrellas. La risa es volátil, intermitente, sin garantías. La seguridad es fiable pero también lo es el peso del mundo sobre tus hombros durante toda una vida.

Como en la violencia, en el amor todo son grados. Es violencia el abucheo, el escrache, los gritos, los insultos, la invasión y también la agresión física por supuesto. Es amor un gesto de cortesía, devolver un cumplido, crear un momento eterno entre tus amigos y tus amores; Demostrar el afecto en vez de esconderlo, disculpar las torpezas incluso ver en ello algo encantador que define a quien amamos y nos hace desearlo un poco más.

La anécdota de mis abuelos me obligó a aterrrizar en  mi estúpida vida.  No había en ella un amor como el de Lola y Antonio. Luego viví  ese amor con mayúsculas de un modo hermoso pero dolorosamente fugaz. Y las muestras de afecto recibidas son monstruosos fantasmas intangibles, sobrealimentados en estos años del hastío y la soledad.

Sorrentino me hizo llorar en el último capítulo del Papa Joven. Porque el mundo se tiene que parar, porque el amor es lo único importante y porque Jude Law te traspasa el corazón con la fragilidad de su personaje.

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¿ En qué piensas?

 

 

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Pintemos la escena. Habitación blanca, sábanas blancas. Un ambiente diáfano, brillante de luces otoñales. Una pareja hace el amor. La silueta de ambos se recorta contra el fondo de la pared. Sombras chinescas y calientes. Tras la resolución él la besa. No dice palabra. Se tumba boca arriba. Está satisfecho, feliz. Nada necesita. El blanco del techo se le antoja, insinuante, un buen lugar para perderse. Y de repente la pregunta, esa pregunta: ¿En qué piensas? Fin de la paz. Ellos siempre dicen que en nada y nosotras querríamos tener un gran destornillador, abrirles un agujero imaginario en la frente y saber, de verdad, qué tienen los hombres en la cabeza.

Probablemente los hombres no guarden en ese momento un grave secreto ni una preocupación. Probablemente exista una nada que nadea en el blanco de sus pensamientos post coitales y nosotras,descreídas, caemos rendidas a su misterio.

Ah, el misterio. Ese es el gancho más eficaz que existe para enamorar y que nos enamoren. Al menos, al principio. Al menos, hasta que llega un momento en que te das cuenta que pocos misterios se resisten a la complicidad de las miradas, de las palabras clave, ese glosario que crean los enamorados y que resumen mil sensaciones en una. No hay misterio ni falta que hace.

De niña me gustaba cavar hoyos en la arena y en la tierra huertana de mis abuelos. Esos agujeros eran el escondite de mis tesoros: un trozo de espejo roto, una canica, pétalos de rosa, una margarita, una piedra chula. Regresar al día siguiente, desenterrar los tesoros y mirarlos uno a uno era un ejercicio delicioso. Siento que, a veces, he realizado ritual con las cabezas de mis amantes y en su vacío mental he guardado palabras, momentos, olores, músicas, frases que luego ellos han recreado y desenterrado y entregado de su fosa encefálica. De entre su masa gris, un rayo de luz sembrado, germinado, cosechado. Buen trabajo, me digo.

La idea de coleccionar tesoros, de rincones secretos, de espacios sagrados donde todo es posible creo que siempre me ha obsesionado pero, además, las mujeres tenemos ese afán de llegar al final de todo, de conocer todas las piezas del rompecabezas, de escudriñar las cien mil neuronas del amante, como las cien mil estrellas del cielo hasta que uno despierta y piensa ¿Para qué? ¿Para qué lo quieres saber absolutamente todo del otro? ¿No tienes suficiente con saberlo todo de ti mismo? ¿Acaso estás seguro de saberlo todo de ti mismo? Porque yo no.

Chicas, dejemos de hacer la absurda y recurrente pregunta: ¿En qué piensas? Porque después de hacer el amor los hombres básicamente piensan: “qué agusto me quedao y qué ganas tengo de dormir”. No encontraréis filosofías trascendentes, ni frases híper románticas que guardar en vuestro hoyo excavado bajo la tierra. Además, la trepanación mental es una cosa muy fea. Casi mejor ocúpate de crearte un interior fantástico, tu cosmogonia personal en la que perderte sin ansias ni carencias de hombres que después de hacer el amor miran el techo sin palabras. Encuentra el misterio en tu interior porque, sin duda, existe, nuestro subconsciente está plagado de información genética ancestral, de tus sueños más peregrinos, esos que se perdieron en la marabunta de las obligaciones y exigencias más urgentes.

Chicas, vosotras sois el misterio. No digo que haya por el mundo un macho trascendente que tras el desahogo le venga a la mente un tratado sobre la velocidad de la luz, salvo, quizá Einstein. Y tampoco. Los hombres, por muy genios que sean,  siempre son literales y cuando dicen nada, siempre es nada.

 

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Ese milagro llamado amor

 

 

 

 

Hablemos de amor.

Ni de sexo, ni de muñecas hinchables con inteligencia artificial. Ni de vibradores con blue tooth que rastrean al usuario y que, atención, se ponen en marcha solos sin tu consentimiento. Tampoco entremos en si esta intromisión en tus genitales es acoso. Dejemos a un lado si el sexo no consentido entre una pareja consolidada es violación o no (que sí, que lo es).

No. Hoy no toca.

Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente”, explica Coetzee. Hay una línea muy delgada que separa la atracción del amor, la amistad del amor, la hermandad del amor, la paternidad-maternidad del amor, el miedo a la soledad del amor, la ansiedad del amor, la adicción del amor, la complacencia y autocomplacencia del amor, la lástima del amor, la vanidad del amor, el narcisismo del amor. ¿Y quién es el guapo que traza la frontera? ¿Quién se atrevería a poner etiquetas y nombres a los sentimientos? Nadie en su sano juicio pero, ay de los osados. Los que juzgan y etiquetan. Los que tienen esa certeza inmensa y envidiable. Los que eliminaron la palabra duda de su diccionario. Tienen suerte, sí. Si se conforman con confundirlo todo y alimentarse de todo y nada a  la vez.

Esa línea frágil, camaleónica; esa línea sutil y terrible que nos diferencia entre ir bien vestidos o disfrazados (Anne Wintour). Entre hacer el ridículo o sucumbir al éxtasis de saberse amado y de amar. Todo al mismo tiempo. Ese extraño milagro que en ocasiones sucede.

El amor carece de líneas, de mapas, de manual de instrucciones y nadie puede erigirse en maestro. Las respuestas acerca de tan arcano concepto las iremos hallando poco a poco, si somos hábiles, si nos alcanza la vista para encontrar las migas de pan que el destino nos arroja.

Hoy nadie habla de amor. Las relaciones nacen capadas. Como algunos móviles que sólo reciben llamadas pero que te impiden realizarlas.

Salimos con gente pero sin compromiso. Salimos pero sólo risas (buenas son). Salimos pero no salimos de nosotros mismos. Nos quedamos en nuestra burbuja confortable ¿Para qué esforzarse en escapar de uno y encontrar al otro? Es una aventura que también requiere cierta dosis de osadía. Sobre todo si se derrumbó sobre ti algún diluvio que otro y te dejó empapado, aterido de frío, muerto de tristeza, bajo la lluvia.

Explica Erich Fromm: «En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.» No puedo estar más de acuerdo pero ¿Cuántas veces encontramos un partenaire en esa misma sintonía? La precariedad también campa a sus anchas en el mundo afectivo. La incertidumbre se recrea en las relaciones humanas de todo tipo donde nada es para siempre y donde la desconfianza, el temor y miedo al rechazo son las protagonistas de este baile del desastre.

El otro debería ser entusiasmo, ilusión, alegría, futuro, renovación. Y el uno con el otro todo un alegato contra la desidia y el pesimismo. ¿Cómo salir de este círculo?

Quizá comenzando a hablar sin tapujos del amor. El amor con mayúsculas. Nuestra máxima aspiración. Abandonar los miedos y lanzarse a la aventura de otra galaxia distinta de la tuya. Escribir la palabra amor sin vergüenza y apostar por las relaciones humanas —que pueden fracasar incluso—por encima de nuestra confortable pero aburrida superficie de humanos vacíos que, a fuerza de olvidarse del amor y de amar, terminan por convertirse en piedra y consiguen que el corazón sea un músculo tumefacto, putrefacto y triste.

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Compañeros de piso

 

 

 

Decían Masters and Johnson que un matrimonio sin sexo es poco matrimonio. Esta afirmación que parece de cajón no es compartida por un gran número de personas. Cuando digo esta frase en algún foro de chat o grupo de whatsapp levanto ampollas. Literalmente.

Detesto estos memes cursis que proclaman que el amor en pareja es compartir, cuidar y apoyar y no son besos, sexo o pasión. Los detesto porque son falsos. Si usted está en una pareja moribunda o cadáver desde hace 15 años, tales afirmaciones le convienen para mantenerse en su zona de confort. Desean pensar que con perpetrar un polvo marital protocolario cada 6 meses, o tres semanas como mucho, es suficiente para mantener a salvo la relación. Es posible. Pero ¿De qué forma?

Cada pareja es un mundo, justifican. Cierto es, puntualizaría Yoda. Pero yo que tengo menos arrugas, y alguna que otra experiencia vital, pese a todo, les digo: las parejas que tornan su actividad en compañerismo estudiantil derivarán peligrosamente por una senda de escapismo. Porque el vacío es insalvable y enfrentarlo muy incómodo.  Estamos bien, proclamará su monólogo interior. Estamos bien pero cada uno, poco a poco, casi sin notarlo comenzará por vivir un destino, unas fantasías y unos deseos no compartidos. Poco a poco, el muro se engrosa, vamos que se hace gordo de narices. Poco a poco, las palabras más escasas.

Y del silencio a la mentira hay un paso.

La pareja real debe compartir sus miserias, sus mentiras, sus miedos, sus fracasos, sus ensoñaciones con otros lechos, o sus realidades manifiestas con otras personas. Y ese es un primer paso para que esos dos —que se ven quizá únicamente a la hora de la cena— puedan retomar aquello que les unió hace diez, quince o veinte años atrás.

Pero vamos al sexo que es lo que molesta sobremanera. ¿Qué pasa con las parejas de ancianos que permanecen juntas? Me preguntan. No pasa nada. Aunque a usted le desagrade la visión de dos cuerpos desgastados, plagados de huellas del tiempo, aunque a usted le escandalice, la gente mayor practica sexo. De acuerdo, no se enredarán en intricadas posturas del Kamasutra pero sus ratos de regocijo —como explicaba una mujer muy sabia y cercana— los tienen.

¿Qué pasa con los parapléjicos o mal llamados discapacitados?

—¿Qué pasa?— Les pregunto yo.

No pasa nada, que también practican sexo cuando pueden y encuentran al partenaire adecuado. Igual y igual que homos y heteros de toda clase y condición.

El gran error es creer que todo el sexo es coito. El sexo tiene mil caras. Las palabras lo son, las sensaciones, los juegos de la piel. De hecho, las terapias de Masters and Johnson para prevenir la eyaculación precoz y la falta de erección proponen erradicar el coito durante un tiempo. Prohibición expresa para aliviar la presión, la ansiedad y la angustia de si llegaré, si me mantendré, sin conseguiré una relación sexual completa y normal. Esos pensamientos también son erróneos. Nada es normal. Normal es un programa de la lavadora.

La relación completa sexual no se define en ningún lugar, cada uno la construye con sus herramientas, opciones, decisiones y elecciones.

Pero no se engañen. Cuidar y acompañarse es muy saludable, nadie lo niega, pero eso no es el amor de pareja. Como practicar el coito esporádicamente con una misma persona tampoco convierte el evento en una relación de pareja.

Entiendo que en este mundo de prisas y sobresaltos cueste tanto encontrar el equilibrio pero mentirse a uno mismo y mentir a los demás no es justo para nadie.

Ustedes mismos. El tiempo pasa. Y no perdona.

Foto de  Katharina Shumskaya

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500 variedades del kiki

 

 

El marido de una amiga mía le regala zapatos. Pero no un par, sino varios de golpe. También lencería fina. A ver si aprendéis los demás.

Un modo de cuidar a la pareja es éste. Participar juntos en un juego. Él juega a comprarle zapatos y ropita como si fuera su muñeca y ella accede encantada a entrar en ese mundo. Y se divierten juntos. Que conste, que yo también accedería.

A lo que voy es que en el entorno de la pareja y las relaciones afectivas, amorosas y eróticas, lo lúdico es muy importante. Y nadie es sospechoso de ser raro porque le guste vestir a su chica. Incluso si le gusta ponerla de chico con sus propios calzoncillos y camisas.

Otra pareja que conocí tenían un hábito muy gracioso. En cada encuentro amoroso (vivían en ciudades diferentes y alejadas) él se quedaba las bragas de ella. A cambio, él —un personaje conocido— le tocaba ir a unos famosos grandes almacenes a comprarle ropa interior nueva…y retransmitirselo.

En muchas ocasiones. Un objeto, un fetiche como los zapatos, forma parte del ese ritual del cortejo y la seducción. Y así debiera ser una vez y otra. Las parejas mueren por falta de alimento, por falta de atención y de tiempo. Si una vez hubo amor, deseo, sexo y pasión, todo eso puede regresar, salvo que uno de los dos, o los dos al mismo tiempo, hayan cambiado tanto que ya ni se reconozcan.

A veces, es el mejor camino. La vida es hermosa y nunca se puede hablar de fracaso. Es una experiencia más. Mucho más positivo crear nuevos recuerdos continuamente con otras personas que vivir estancado en calendarios amarillos y fechas que se retrotraen a décadas atrás ¿Para qué?

La vida es rica. Y las parejas que juegan son las más saludables.

No he visto Kiki, la última película de Paco León, pero sé que analiza la excitación que provocan determinadas conductas ajenas. Las fantasías con el sexo violento, por ejemplo, son muy comunes ¿Estamos mal de la cabeza por ello? Ni hablar. A otros les encanta el sexo sucio y otros se excitan con ver a alguien dormido. Ni raro, ni normal, sino todo lo contrario.

Hace mucho tiempo que la Asociación de Psiquiatría Americana reconoce que no hay nada de enfermo en estas y otras querencias. Sólo se puede considerar patológico en el caso de que esa excitación y deseo cause malestar en la persona que lo siente y que las conductas involucren a otros sin su consentimiento, o que no estén en condiciones para poder oponerse a las mismas.

Los hay a los que les excita mirarse en un espejo (ipsofobia); desnudarse en la consulta de un médico (latrunodia) o ver a una chica inflar un globo y luego explotarlo (balloning).  La filia más peligrosa y que ha ocasionado más de una muerte es la hipoxifilia (impedir la respiración propia si es masturbación, o de la pareja).Lo más nuevo son aquellos que se excitan tocando las partes íntimas de un robot (robofilia) pero el catálogo conocido hasta el momento supera las 500 variedades

Y eso sin comentar las cientos de miles de fantasías que nos ponen. Es sorprendente encontrar en el libro “El jardín secreto” de Nancy Friday, la cantidad de mujeres que se excitan al pensar en sexo con otras mujeres, incluso con animales. Y la fantasía es efectiva, es decir, funciona, porque precisamente se queda en este terreno de lo no realizado e irrealizable.

Las mías van por otros derroteros y están más elaboradas. Pero es lo que tiene ser escritora y crecer viendo Poldark o Retorno a Brideshead. Ni raro, ni normal, sino todo lo contrario.

 

Imagen: diseño de Alma Bloom

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La mitad de todo

 

“El pediría en caso de divorcio la mitad de todo dijo él. Medio sofá, medio televisor, media casa de campo, medio kilo de mantequilla, medio hijo”.

Esta frase extraída de un relato de Tove Ditlevsen demuestra a las claras los sinsentidos que se producen tras una separación. Siempre impera el menos común de los sentidos, o sea, el sentido común. La persona que estaba a tu lado y presumías buena, saca las uñas; olvida todo lo que aportaste a su vida y, de pronto, palabras que desconocías del lenguaje jurídico se tornan comunes.

El abogado forma parte de tu vida y alguien insospechado, a veces tu propio hijo, te devuelve el afecto. Un amor inmenso que apenas intuías. Y lo que te parecía importante se convierte en una chorrada. Sabes que lo único trascendente en este momento es ese pedacito de tu carne y de tu sangre que te reclama como nunca lo había hecho. Y no te importa poner lavadoras, vivir con poco dinero y aprovechar cada minuto libre para ocuparte de que la nevera tenga comida, las camas estén hechas y el entorno sea el adecuado para todo cuanto se te viene encima.

 

Hasta dejan de importarte los años compartidos, las causas y los temores que te mantuvieron unida a alguien a quien ya no amabas ni te amaba. Porque es así, por duro que parezca verlo escrito.  Te das cuenta que viviste al lado de alguien al que le trae sin cuidado tu bienestar, tu futuro, tus desvelos y tus sueños más locos. Lo peor de todo, es que siempre todo le ha dado igual y tú te empeñabas en creer que no.

Es imposible partir la vida, igual que no hay medias naranjas. No puedes partir un hogar por la mitad pero lo que importa es que, ante un hecho así, algunos seres humanos se derrumban y otros salen fortalecidos, relucientes, brillantes.

El ir por tu cuenta te muestra quién eres realmente y de todo lo que eres capaz. Vuelves a convertirte en esa unidad poderosa que cumplió sus sueños, que viajó hasta el otro extremo del mundo y que jamás tuvo miedo a la soledad. Porque la soledad no existe, salvo en esas cuatro paredes donde hay habitantes ajenos a los cuales ya no puedes contarle lo que sientes, ni lo que te pasa, ni tus anhelos porque, sencillamente, ya no hablan tu idioma y no harán el mínimo esfuerzo por entenderte.

Las parejas deberían evitar esa ley: la del mínimo esfuerzo. Eso se carga todas las relaciones. Las de la amistad, las de trabajo, las de los jefes con sus subordinados, las de los líderes con sus seguidores…En ocasiones, uno hace un último intento pero llega a esa vía imposible de sortear; a ese callejón sin salida, a ese agotamiento vital.

Uno puede intentarlo una y otra vez pero las relaciones son cosa de dos.

Por desgracia, muchos hombres han sido educados en la creencia de que proveer de materia prima el hogar es su única función. Es un error. Porque la materia fundamental del hogar es el amor, la complicidad, la empatía y la emoción.

No hay ser humano que pueda tirar sólo de ese carro porque lo que verdaderamente nos da felicidad no es encontrar la ropa lavada o planchada y la comida hecha sino saber que tienes un aliado para la vida, que insistirá en compartir todo contigo, o lo máximo posible. Que aprenderá a ponerse en tu lugar.

La mitad de todo no existe. Como no existe la mitad del cielo, ni la mitad del mar. Todos somos completos, prescindibles pero también extraordinarios.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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