La Verdad

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Categoría: poliamor
Las parejas muertas

 

 

 

 

 

“Te quiero, pero ya no estoy enamorada de ti“. Imagino que esta frase les sonará. No gusta en escucharla en voz alta pero está ahí, como una pus que infecta muchas relaciones.

De hecho, un señor que se llama Andrew Marshall se está haciendo de oro con un libro que titula precisamente de este modo.

Es un dolor sordo que ya ni duele. Porque esas parejas que se gritan y discuten todavía están vivas pero aquellas que conducen en silencio, comen en silencio y practican ese coito y soso polvo marital están muertas.

Y como nos encanta ponerle etiquetas a todo, ahora se las denomina parejas zombie.

En la gran película “Dos en la carretera” queda así de claro:

– ¿Qué clase de personas son las que pasan horas sin tener nada que decirse?

– Los matrimonios.

Estas pareja zombie salen en grupo con otros amigos,  planean las vacaciones y acuden al mismo tiempo al lugar de veraneo. Incluso harán el Camino de Santiago juntos y dan por hecho que vivirán así, en esa medianía el resto de sus vidas porque es lo que toca.

Y no, no discuten. No discuten normalmente porque, si uno no quiere, dos no se pelean. No discuten porque uno de los dos cargará con el fardo de la relación e intentará que el vacío aplastante que reina entre ellos se note lo menos posible: cenas románticas, escapadas sin los hijos y grandes fiestas y eventos para que el atronador silencio y la sosería reinante se note lo menos posible.

Gastarán mucho dinero en afrontar lo inevitable. Porque jode mucho romper el status quo. Habrá muchas lágrimas en afrontar lo inevitable porque si una no está enamorada del hombre con el que duerme, seguro que ya se ha enamorado de otro, o de varios. Y con los señores sucede igual. Lo disfrazarán de aventura, de “error” pero hay una ley universal: cuando lo que tienes en casa no te llena, encontrarás siempre algo fuera de tu hogar.

Esta frase: “te quiero pero no estoy enamorada de ti” es sencilla pero, aún así, hay mucha gente que no la entiende. Es tan fácil como comprender que hay muchos tipos de amor. Y que la amistad y el compañerismo también son clases de amor. ¿Es menos válido que el amor de pareja? No, pero no nos vale para mantener unidos a dos personas que alguna vez se amaron.

Para otras cosas sí. Para poner lavadoras, hacer la lista de la compra o elaborar el menú semanal es muy útil. Igual que con un compañero de piso. Pero falta lo esencial

De acuerdo, no podemos vivir permanentemente enamorados. Biológicamente no hay cuerpo que lo resista ni cerebro capaz de sobrevivir a esa explosión de endorfinas.

Pero si perdemos el encanto, la risa, el perfume de la lujuria y la complicidad de lo que une verdaderamente a las parejas, todo se habrá ido a la porra.

El amor fraternal está muy bien pero el amor “de dos” (como dirían los Martes y 13) todavía tiene el color de la picardía, de las burradas que se hacen bajo las sábanas y de miradas que nos retrotraen a ese momento tan especial, tan íntimo que sonroja recordarlo rodeado de gente.

La pareja amorosa tiene esa esencia del juego, de los placeres y de un algo sagrado que se esconde tras el fuego de la pasión y el sexo. Andrew G Marshall recomienda a las parejas zombies que discutan y despierten; que lleven un vida sexual a un nivel profundo de intimidad y que creen su propio lenguaje amoroso.

Difícil pero no imposible.

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Swingers y romanticismo

 

 

 

La propuesta me llegó por e-mail: “me encantas, pareces de porcelana. A mi novia también le gustas, nos apetecería hacer un trío contigo“. Creo que me ruboricé de inmediato. El mensaje parpadeaba en mi móvil entre las hileras de un gran hipermercado.

De un intercambio profesional, de verme en fotos, quizá en alguna entrevista on-line, pasé directamente a sus fantasías. Pero hay señores así, que no se conforman, que se atreven con todo. Y señoras.
El  supuesto seductor anduvo como un mes mandándome mensajes del tipo, estoy tirándome a tres tahilandesas, una de ellas ganadora de un certamen de belleza, pero no dejo de pensar en tus labios. Me enviaba una foto de su chocita de fin de semana: “Estoy sólo. Esta noche mi chica hace el amor con otro hombre. Me pone muchísimo saber que está con otro“.
No me importó parecer una timorata a sus ojos. Hay cosas que no censuro, cada cual es libre de hacer con su pareja y su miembro sexual lo que quiera pero “soy una romántica — le decía — Estoy más cerca del joven Werther que de las heroínas del Poliamor”.
—Es una pena porque eres tremendamente sexy.
El caso es que pensaba a menudo en esta pareja, cuyas andanzas profesionales seguía por Twitter y Facebook, su gran compenetración, su gran amor incluso; él siempre me recordaba lo enamorados que estaban — sobre todo él, me remarcaba— y  me contaba que fue ella quien le introdujo en estos juegos donde compartían cama con otras parejas amigas, después de compartir la cena. Lo mismico que si se jugasen un Monopoly a los postres.
Pero, por otro lado, estoy segura que cuando una pareja está muy enamorada no necesita nada para hervirse la sangre el uno al otro. Apenas un roce, un beso más profundo de lo normal y la excitación está servida en bandeja. Siempre he sospechado que en estos locales de parejas hay mucho matrimonio aburrido —sobre todo ellos— que buscan subirse a otras mujeres con el consentimiento de la propia porque, salvo excepciones, en todo este tipo de encuentros hay muchos más hombres que mujeres. Aunque, sí, es posible que haya personas que vean el sexo como un juego, como una posibilidad creativa más, como una performance de la propia vida.
Como la mayoría, pertenezco quizá al aburrido segmento de la “monogamia sucesiva” y además otorgo al sexo una importancia capital en las relaciones de pareja. Como dice Silvia de Béjar, el sexo es el pegamento que une a la pareja. Hacer malabarismos con cuerpos propios y ajenos siempre conlleva cierto peligro,  aparte deasquillo que me da pensar que mi pareja estuviera metiendo el churrico en cuatro o cinco cuevas diferentes. Creo que al sufrimiento y los celos le seguirían la repulsión.
No me malinterpretéis. El tipo de la propuesta era apuesto, guapo, un triunfador hombre de negocios, forrado hasta el punto de pegarse un viaje de una punta hasta la otra del mundo para echar un kiki. A simple vista, una se puede sentir halagada, incluso le puede parecer fascinante y curioso este universo de swingers pero esto no es para mi. Y sí, por muy guapo que fuese el tipo, por muchos condones que me asegurasen una relación completamente saludable —quizá aséptica—mi mente no dejaría de pensar que para este señor yo era otro coño más en su inmensa colección de tías a las que se ha tirado. Y perdonad mi rudeza.

 

La frase: pareces de porcelana es romántica, incluso cursi. Pero compartir al tipo que dice semejantes cosas con su novia, pues no. Llamadme antigua. Incluso muy antigua.

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Final feliz para Lancelot

Descubrí que mi hijo tenía escrito en su brazo pre adolescente la palabra: “Lancelot”. “¿Conoces la historia?” — Le pregunté. Primero se avergonzó y tapó su garabato de boli con el suéter. Con una sonrisa tímida pero llena de valor me confesó: “Yo quiero ser como Lancelot”. Y le volvía a lanzar la pregunta “¿Pero conoces la historia? ¿Sabes que Lancelot traicionó a su mejor amigo y  tuvo una historia de amor con Ginebra, su esposa?”.
Sí, sí que sabía algo pero  este detalle no le interesaba demasiado. Todavía no. Él me habló de la espada de Lancelot y de no sé qué batallas pero me pareció curioso que un niño de su edad asumiera la traición con esa naturalidad.
La mitología está llena de infidelidades. De las peores. Porque aquí encontramos a dos infieles. Cada cual a su manera.Lancelot engaña a su mentor, a alguien que podía ser su padre. Ginebra se deja querer y también engaña a aquel hombre magnánimo que, quizá por la edad y según la versión que nos queramos creer de la historia, entiende la pasión de la juventud. Su juventud perdida.
La infidelidad de Ginebra es la más común de todas. Un reciente estudio realizado por la Universidad de Bradley en Illinois concluye, entre otras cosas, que las mujeres son infieles con un conocido de su entorno. Lo más habitual: un amigo común de la pareja. Quizá sea por una cuestión de comodidad, del carácter práctico que habitualmente se nos achaca. Igual que esa tontería de que podemos hacer dos cosas a la vez. Cuando una mujer se enamora no piensa en otra cosa. Podrá pasar el mocho pero la cabeza la tiene en otro sitio. ¿Somos multitarea? Si no queda otro remedio, pero en la mayoría de las ocasiones no podemos elegir.
A lo que iba. Ahora yo os planteo un final feliz de la historia. Es el final que propugnan los defensores del Poliamor. Cierto que esto rompe esquemas, que llevamos siglos y siglos comprobando como la mujer infiel muere arrollada por un tren (Ana Karenina), es engañada por su amante (Emma Bovary) O es avergonzada públicamente por todos los dioses del Olimpo, pillada en con las manos en la masa (O sea, pegándosela a Efesto con el aguerrido Ares). Pero ¿Y si Ana pudiera ser feliz sin el peso de la culpa? ¿Y si Emma le lanzase uno de sus libros a la cabeza a ese pendejo ligón y se dedicase a vivir en libertad sin el peso de un marido soso, sin el coñazo de un amante inconstante, inconsistente? ¿Y si los dioses en lugar de abuchear a Afrodita le aplaudieran el gusto porque Ares estaba mucho más bueno que Efesto? Pero incluso iré más lejos; ¿Y si el magnánimo Arturo dijese: “Ole, Lanzarote, no has podido elegir mejor, ahora conviviremos los tres como personas que se aman en libertad, que nos consentimos las unas a las otras. Incluso es posible que se nos una alguna más ¿No te parecerá mal, verdad?”.
Cierto, sé lo que están pensando. Esto es romper mucho , pero mucho los esquemas. Es voltear por completo los planteamientos preestablecidos pero que no dejan de ser planteamientos humanos. Igual que inventamos y seguimos unas normas, podemos inventarnos y seguir otras. Y esto es lo que proponen, perfectamente razonado, Dossie Easton y Janet W.Hard en su libro titulado “Ética promiscua”. Un libro muy útil para entender el trasfondo de las relaciones y hacerse muchas preguntas: ¿Por qué vivimos cómo vivimos? ¿Por qué no puede existir un final feliz consensuado para Ginebra, Arturo y Lancelot?

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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