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Asuntos internos (de pipís y cacas)

 

 

Siempre he creído casi con una fe inquebrantable en el siguiente axioma: el hombre y la mujer pueden compartir muchas cosas menos el aseo. No siempre es posible pero hay que intentarlo. Qué se yo: crear un mecanismo de horarios, domesticar el esfínter. Todo antes de defecar al mismo tiempo. A mi esos ataques de intimidad me descuartizan la libido igual que si llegase Jack el destripador con un serrucho. Todavía no entiendo como hay hombres que pretenden acostarse contigo en la primera cita. Eso es casi lo mismo que, ya saben, mear y cagar en la misma taza. No puede ser. Me siento invadida. La invasión es una cosa. La conquista otra y la dulce rendición lo mejor que le puede pasar a todo el mundo: al conquistador y al conquistado. Y eso es todo un proceso. Pero yo quería hablar de los aseos públicos y me estoy desviando. Todo esto viene a cuento porque un día tan importante como es el bando de la huerta, el tema de los urinarios, los pipises y las cacas se vuelve algo de importancia vital, como en cualquier fiesta callejera del mundo. Los humanos nos convertimos en hordas que comemos, bebemos y lo otro. En un día así uno se da cuenta de dos cosas: una, que en Murcia no hay aseos públicos salvo los de los bares y las barracas. Y dos: que las mujeres solemos invadir los aseos masculinos porque en los nuestros siempre hay el doble de espera. Mismamente, mi amigo Jose me dijo el otro día después de hacer cola en el aseo de hombres que tras la puerta apareció una mujer. Imagínate que sucede al contrario, me dice con una sombra de indignación. Cierto, se puede montar un buen pifostio, aunque no necesariamente. Todo depende. Si el aseo se queda limpito y si al entrar no hay olores a troll podrido, por mi no hay problema. Yo que soy una gran usuaria de los aseos fuera del hogar sé de buena tinta que las chicas somos más tardonas. Hay varios motivos: para nosotras el baño es más que un espacio donde deponer. A saber: tocador, confesionario, peluquería, repaso de abluciones, lugar donde vamos las mamis con los niño/as pequeños, cambiador de pañales, oficina improvisada donde mantener conversaciones comprometidas por móvil, zona franca para cambiarte de ropa y también sala de desahogo vital. Cuántas veces he visto esos ojos enrojecidos tras la puerta de un W.C y los snifes y las lagrimillas. A veces, en medio del tumulto necesitamos ese espacio en blanco para ordenar el caos del día. Lo que me fascinan son los nombres aplicados al lugar de la defecación; de la letrina (que viene del latín latriña que a su vez procede de lavatrum) a la cloaca (cuya raíz indoeuropea es kleu “limpiar”). Y qué decir de los inodoros japoneses. Los más sofisticados son los de la marca Toto que no sólo te limpian el “ídem” con un chorro de agua cálida sino que te secan el culito, te abren la tapa del váter y hasta te pueden calentar el cuarto de baño. Los japos hacen de las deposiciones todo un arte. ¿Cómo es posible que en el cuerpo humano estén tan cerca las áreas de placer con las de los residuos? Porque así somos. Paseo de las delicias y plaza del excremento quedan pared con pared.  Uno puede pasar del amor al espanto en décimas de segundo. Compartir olores y pedos con el objeto de tu adoración es una prueba que pocas parejas superarán y además ¿Qué necesidad hay de pasar por semejante suplicio?

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El novio de la muerte

 

 

Mi hermano David ahora es maestro de Yoga pero todos tenemos un pasado. En su búsqueda vital ha hecho de todo, incluso se apuntó voluntario a la legión.

Aún recuerdo su entusiasmo cuando vino un día de permiso y nos cantó el Novio de la muerte. Por aquel entonces, me había leído un magnífico libro que les recomiendo, titulado “La revolución desde arriba”, escrito por el que era embajador de Israel en España, Shlomo Ben Ami. El hecho es que estaba muy concienciada contra todo lo que oliese a Franco, a la España mutilada, al fascismo sanador.

La anécdota me sirve para enmarcar la noticia que ha revolucionado las redes sociales esta semana. Muchos se han rasgado las vestiduras porque los legionarios han visitado la unidad de oncología infantil de un hospital malagueño y les han cantado El novio  de la muerte a los críos. Si uno invita a los legionarios ¿Qué piensan que van a interpretar? ¿Cuál es el hit parade de los legionarios? ¿Despacito, de Luis Fonsi? ¿“Mañana, mañana” del musical Annie?.

No entiendo a qué viene tanto alboroto. Los niños parecían contentos. Yo soy niña y me veo a ese puñado de tíos en uniforme y creo que me gustaría. Sobre todo si estoy  encerrada en un hospital sin posibilidad de salir, más aburrida que una mona.

Además, El novio de la muerte es una canción de amor. La letra nos cuenta que el soldado quiere morir en el campo de batalla para reunirse con su amada (fallecida, claro): “por ir a tu lado a verte/mi más leal compañera/me hice novio de la muerte/la estreché con lazo fuerte/y su amor fue mi bandera” . Este cuplé lo popularizó la cantante Lola Montes y la adaptó para marcha militar un personaje con muchas sombras: Millán Astray.

En la época legionaria de mi hermano yo odiaba personalmente a Millán Astray. Era un pirata aterrador. Mutilado de guerra, sin ojo, casi sin dientes, para mi representaba todo lo peor del fascismo. Pero resulta que no es el animal de bellota que imaginaba. Investigando para este artículo he descubierto que fue el fundador de Radio Nacional de España; jefe de Propaganda y Prensa de la dictadura militar y que, atención, adoraba la cultura japonesa, tanto que tradujo del inglés el código Samurai: el Bushidō. Hasta tenía una hermana comediógrafa que escribió una obra popularizada para el cine por Lina Morgan: “La tonta del bote”. Les suena ¿verdad? La historia está llena de sorpresas.

Astray protagonizó junto a Miguel de Unamuno un sonoro enfrentamiento resumido en la frase del genial autor: “Venceréis pero no convenceréis”. Aquel día, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, Unamuno le hizo un certero retrato: “un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es  de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor”.

Por suerte, hoy no luchan la inteligencia contra la muerte —al menos en nuestro país —y la Legión, creada en 1920, para combatir en las guerras coloniales, permanece unida históricamente al pasado fascista de nuestro país. Eso ya es irremediable.

Esto arranca del pasado y de todo lo malo siempre se puede extraer una enseñanza. Los mutilados de guerra pueden escribir  obras maestras de la literatura como Cervantes y los legionarios distraer a unos niños del insoportable tedio de la vida hospitalaria.

¿Y qué tiene de malo? La legión es lo que es y si no quieres que los dulces oídos infantiles reciban el dramático mensaje de enamorados suicidas pues no convoques a los legionarios.

Chimpún.

 

 

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La tristeza de Brad

 

 

El pobre Brad Pitt está muy flaco. Las chicas nos apiadamos de él. Es como si Angelina le hubiese pegado un bocado enorme con esa bocaza que tiene. Yo no me pediría nunca a Brad de novio y menos con lo flaco que se ha quedado pero a una buena olla gitana sí que le invitaba. Vamos, se le quitaban todas las tonterías

Brad, vente pa Murcia. Una borrachera de azahar, unas marineras, un garbeo por aquí con tanta gente guapa y divertida y recuperas masa muscular en un par de meses.

El amor y sus estragos. El desamor y  sus efectos colaterales. Lo del engorde y el adelgace es lo más evidente pero quitarse de golpe el químico que genera la compañía humana —una compañía en concreto, claro —suele acarrear efectos psicosomáticos. De pronto, te vuelves más alérgico, o todo te adelgaza, o todo te engorda, o las décimas de fiebre se convierten en tus compañeras perennes, junto con tu gata y las palomitas.

Pero, Brad, todo pasa. Hasta el hecho terrible de que un día descubres otra imagen del que había compartido tu vida. Y te topas con un desconocido. Y aparece la cara más fea del amor, que se llama egoísmo. Y poco a poco te conviertes en escéptico. Las personas que te parecían tan buenas se convierten mismamente en demonios dispuestos a lanzarse a tu yugular. El resentimiento de algunos ex les lleva a ser fastidiosos, a quejarse por todo, a odiar hipócritamente porque llenan ese odio de palabras amables y bienintencionadas.

Queridos, que no me extraña nada que Brad esté así de flaco. Las peleas por el favor  y el tiempo de los hijos es algo que también come la moral. Y entre los dientes de Angelina y las fauces de los abogados, unos adelgazan, otros pierden el control, se deprimen, se imsomnian. Nada nuevo bajo el sol. Muchos han pasado ya por ese tránsito. Algunos quedarán atrapados por el desánimo, se convertirán en descreídos, crearán un muro alrededor. A algunas mujeres  todos los hombres les parecerán feos, hasta aquellos de quienes estuvieron enamoradas. A los hombres, todas las mujeres  les parecerán unas brujas de escoba, hasta aquellas a las que amaron hasta el delirio.

La decepción no deja títere con cabeza ni corazón indemne…Al menos por un tiempo. Algunos jamás volverán a ser los que eran. Habrá un antes y un después.

Pero, queridos, hay que avanzar.  No tiene sentido quedarse atrapado en esa burbuja de “mira lo que me has hecho”. Nadie se merece nuestro eterno rencor. Muy pocos, nuestro eterno amor.  Lo que merecemos todos es ser felices y reconectar con la bondad.  Fácil de decir, complicado de hacer pero, de verdad, creánme: cuando uno se levanta por la mañana, se mira al espejo y se siente estupendo, bello, chispeante, nada le puede dañar de nuevo. Ni nadie. Y para eso no son necesarias corazas sino amor propio, sentirse contento en nuestro pellejo, en nuestra alma. Satisfechos con lo que nos queda por delante y orgullosos de lo vivido. Lo fundamental, lo principal, es saber que la belleza es la verdad, como decían los griegos y nuestra verdad es ser felices. Todo lo que nos aleje de ese estado no es amor. Nunca lo fue.

La persona que nos hizo sentir así nunca nos amó. Todo se confunde con el amor.  A veces es preciso atravesar un desierto de arena (pena) para llegar al oasis que es la reconciliación con nosotros mismos.

Brad, un poquito de olla gitana, solecito, paseos por la playa, unas cañitas, unos cariñitos y Angelina dejará de dolerte tanto. Ya verás.

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Sublimar o consumar

 

 

Aún a riesgo de que el director del periódico me regañe y me diga que siempre escribo de sexo, he de comentar seriamente una iniciativa sexuarrr, como diría Chiquito.La gran ocurrencia procede de un concejal de la localidad sueca de Överoneä.

Per-Erik Muskos ha propuesto que las empresas ofrezcan horas libres para que sus empleados/as practiquen sexo con sus parejas. El objetivo es doble: mantenernos sanos, sustituir el spinning por los encuentros amatorios y, tachán, aumentar la natalidad. Per-Erik sostiene que las familias con hijos pequeños no tienen energías ni tiempo de continuar con la sexualidad pre-familiar. Y lleva razón. Sumen ustedes: nueve horas de trabajo al día, unas tres de tareas domésticas, una de ejercicio. Uno llega a la cama con la libido excavando túneles.

Per-Erik especifica que los solteros también tengan derecho a esta “gracia” que pagarían los empresarios. Aunque si eres soltero y sin pareja ¿Qué haces con tanto tiempo libre? ¿Practicas sexo contigo mismo?

Lo que no entiendo es cómo pretende comprobar  Per-Erik que los empleados dedican ese tiempo extra gratis en conjunciones carnales ¿Cámaras ocultas? ¿Chips que rastreen el itinerario de su propietario? ¿Arresto domiciliario? ¿Elaborar censos de nacimiento cada nueve meses?

Las carcajadas de sus compañeros de pleno locales todavía resuenan —en sueco, eso sí — por las calles de Överoneä. En este país, España, donde ni la baja maternal femenina es lo que debería de ser, una propuesta de estas características ni se contempla. Se acabaron las risas. A los tres meses de parir, tu hijo a la guardería y tú al curro. Si tienes suerte de tenerlo, claro.

El caso es que Muskos no dice tonterías por muy sueco que nos parezca todo. Estoy segura que Emanuel Santos debe llevar meses en el dique seco. Es la única explicación que le encuentro a su última obra: el busto de Ronaldo. Ese gemelo de Gremlin, esa boca de morder limones amargos. Ronaldo no me gusta. Me parece maleducado y chulo pero —Emanuel, querido—  Ronaldo es guapo. Tiene una bonita cara angulosa de cejas cuidadosamente depiladas. Cuando se ríe no lo hace “pa” un lao. Este pobre artista no se come un colín. Os lo digo yo. Un poco más de alegría carnal y ese rictus de bronce se suaviza.

Es preciso entender algo. El sexo no lo es todo para triunfar en la vida. Los hay que subliman esa pulsión y desarrollan la teoría de la radioactividad, como Marie Curie. Desconsolada al quedar viuda, dedicó todos sus esfuerzos a finalizar la tarea que había comenzado con su marido al que amaba hasta el delirio (tuvo escondidas sus entrañas esparcidas por la calle donde fue atropellado en un armario de su casa).

Otro tanto padeció Brahms, el famoso compositor. Su amor imposible por Clara Schumann, esposa de su afamado maestro y amigo, fue el culpable de cuatro grandes sinfonías. Sublimar es lo que tiene. Cuando haces pop ya no hay stop. Luego vas y te mueres pero ¿No es bonito que alguien desista de hacerte el amor y en su lugar te componga una sinfonía? Yo creo que merece la pena. Lo otro son fluidos y sudores. Carne y hueso que serán polvo enamorado. Pero la música es como el busto horrible de Ronaldo: inmortal.

Llegados a este punto, y apiadada del pobre Erik y del pobre Emanuel Santos, cuya vida imagino solitaria y onanista, sólo puedo invitarles a la mágica sublimación que hace de los humanos seres extraordinarios que cambian el destino del mundo.

A todo esto me pregunto ¿Qué será de la obra literaria de Varguitas en esta época isabelina?

 

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Testosterona y dinero

Un reciente estudio de Cambridge, realizado en concreto por el Instituto para la Reparación del Cerebro, sostiene que los inversores de bolsa se ven afectados en su toma de decisiones por el nivel de dos hormonas: el cortisol y, por supuesto, la testosterona. Así que, queridos, los mercados son también víctima de la química del cuerpo.

Es un alivio, pensaba que esto me ocurría a mi sola.

Este grupo de científicos de tan prestigiosa universidad estudiaron durante ocho días a 17 corredores de bolsa y concluyeron que aquellos que tenían un elevado índice de testosterona por la mañana recogían beneficios por encima de la media durante el resto de la jornada. Todo tiene un pero. El efecto ganador provoca más apetito de triunfos y una sensación de euforia, lo que les lleva a correr riesgos innecesarios y lo mismo que ganan primero, pierden después.  A más testosterona menos seso. Mira, fíjate, esto es lo que les pasa a los pinches corruptos. Pobrecitos. En realidad, ellos no querían trincar la pasta pero, una vez trincada, la testosterona se dispara a niveles incontrolables y ¿Qué iban a hacer ellos, pobres víctimas de la química del cuerpo?

El único modo de reducir la testosterona en el hombre es: a) hacer que se enamore y, b) convertirle en padre. Así amansamos a la fiera, dice la ciencia. Ya que los británicos han creado un Instituto de Reparación del Cerebro — de lo que se deduce que el cerebro se atrofia—los españoles deberíamos crear el Instituto del Control de la Hormona. Quizá así consigamos, queridos compatriotas, que el dinero esté donde tiene que estar. Esto es, en manos de los ciudadanos y de sus obras públicas y de sus sistemas sanitarios y de la educación y no en los bancos ni en los bolsillos suizos de tipos francamente detestables.

¿Que cómo vamos a conseguir que se enamoren? No sé, lo mismo les ponemos una hormona en el café y andando porque, claro, no sé si saben que la testosterona —responsable de pelos huesos y otros elementos masculinizantes— también les convierte en egoístas y lo del egoísmo es como un pez que se muerde la cola. Llegados a determinado punto sólo se quieren a sí mismos y así ni combatimos la corrupción, ni el aburrimiento, ni nada de nada.

Sí, casi se me olvida, existe esa otra hormona. La del mal rollo, la del cortisol. Odio a don Cortisol a muerte porque así como la testosterona es responsable de la huida y la supervivencia, el cortisol te acojona y te convierte en un ser triste, gris, que no arriesga nada, que todo lo prevé pero que permanece en el hastío permanente y no te cuento el efecto que causa en los demás. El cortisol jode a todos. Es una hormona fabulosa para los analistas de riesgos y esta también convierte en precavidos a los inversores de bolsa pero te inhabilita para la vida normal y agrede a cuantos te rodean.

Creo que a los corruptos podríamos amenazarlos con un chute de cortisol en vena. A los reincidentes, sin amenazas que valgan, se lo mezclamos con un zumito de naranja cuando vayan a declarar al juez y solucionado.

Me pregunto qué hormona invadiría el cuerpo de Dostoiesvki cuando finalizó su novela “El jugador” en 26 días ¿La testosterona o el puto cortisol? Más bien lo segundo, pues si no cumplía en plazo, sus acreedores por deudas de juego se quedarían con los derechos de todas sus novelas escritas hasta el momento.

El cerebro es una herramienta compleja. La corrupción es simple.

Yo aplicaría medidas simples.

Y hasta aquí puedo leer

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Ese milagro llamado amor

 

 

 

 

Hablemos de amor.

Ni de sexo, ni de muñecas hinchables con inteligencia artificial. Ni de vibradores con blue tooth que rastrean al usuario y que, atención, se ponen en marcha solos sin tu consentimiento. Tampoco entremos en si esta intromisión en tus genitales es acoso. Dejemos a un lado si el sexo no consentido entre una pareja consolidada es violación o no (que sí, que lo es).

No. Hoy no toca.

Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente”, explica Coetzee. Hay una línea muy delgada que separa la atracción del amor, la amistad del amor, la hermandad del amor, la paternidad-maternidad del amor, el miedo a la soledad del amor, la ansiedad del amor, la adicción del amor, la complacencia y autocomplacencia del amor, la lástima del amor, la vanidad del amor, el narcisismo del amor. ¿Y quién es el guapo que traza la frontera? ¿Quién se atrevería a poner etiquetas y nombres a los sentimientos? Nadie en su sano juicio pero, ay de los osados. Los que juzgan y etiquetan. Los que tienen esa certeza inmensa y envidiable. Los que eliminaron la palabra duda de su diccionario. Tienen suerte, sí. Si se conforman con confundirlo todo y alimentarse de todo y nada a  la vez.

Esa línea frágil, camaleónica; esa línea sutil y terrible que nos diferencia entre ir bien vestidos o disfrazados (Anne Wintour). Entre hacer el ridículo o sucumbir al éxtasis de saberse amado y de amar. Todo al mismo tiempo. Ese extraño milagro que en ocasiones sucede.

El amor carece de líneas, de mapas, de manual de instrucciones y nadie puede erigirse en maestro. Las respuestas acerca de tan arcano concepto las iremos hallando poco a poco, si somos hábiles, si nos alcanza la vista para encontrar las migas de pan que el destino nos arroja.

Hoy nadie habla de amor. Las relaciones nacen capadas. Como algunos móviles que sólo reciben llamadas pero que te impiden realizarlas.

Salimos con gente pero sin compromiso. Salimos pero sólo risas (buenas son). Salimos pero no salimos de nosotros mismos. Nos quedamos en nuestra burbuja confortable ¿Para qué esforzarse en escapar de uno y encontrar al otro? Es una aventura que también requiere cierta dosis de osadía. Sobre todo si se derrumbó sobre ti algún diluvio que otro y te dejó empapado, aterido de frío, muerto de tristeza, bajo la lluvia.

Explica Erich Fromm: «En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.» No puedo estar más de acuerdo pero ¿Cuántas veces encontramos un partenaire en esa misma sintonía? La precariedad también campa a sus anchas en el mundo afectivo. La incertidumbre se recrea en las relaciones humanas de todo tipo donde nada es para siempre y donde la desconfianza, el temor y miedo al rechazo son las protagonistas de este baile del desastre.

El otro debería ser entusiasmo, ilusión, alegría, futuro, renovación. Y el uno con el otro todo un alegato contra la desidia y el pesimismo. ¿Cómo salir de este círculo?

Quizá comenzando a hablar sin tapujos del amor. El amor con mayúsculas. Nuestra máxima aspiración. Abandonar los miedos y lanzarse a la aventura de otra galaxia distinta de la tuya. Escribir la palabra amor sin vergüenza y apostar por las relaciones humanas —que pueden fracasar incluso—por encima de nuestra confortable pero aburrida superficie de humanos vacíos que, a fuerza de olvidarse del amor y de amar, terminan por convertirse en piedra y consiguen que el corazón sea un músculo tumefacto, putrefacto y triste.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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