La Verdad

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Categoría: sarandonga
¿Qué hacías en el 92?

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Esta semana se ha conmemorado el 25 aniversario de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Aquel año fue glorioso por muchos motivos. España brillaba en el panorama Internacional lejos de las futuras FILESAS y MALESAS. Además teníamos la Expo, todos los murcianos regresaban emocionados de los chufletazos de agua que les tiraban en Sevilla para apaciguar el calor. Cuanta modernez y cuanta cola. Todavía éramos inexpertos en Parques Temáticos. No existía Port Aventura, ni Eurodisney, así que eso de las colas para  ver pabellones nos parecía un justo sacrificio en pos del enriquecimiento cultural. Hoy día, sin montaña rusa o waikiki splash no nos esforzamos tanto pero recordad cuando hasta para ver una exposición de Velázquez la gente esperaba pacientemente ¿Qué ha quedado de esa España inquieta y brillante?

Yo por mi parte ni visité la Expo ni las Olimpiadas, trabajé de becaria cubriendo festivales de Flamenco con gloriosas entrevistas a Tomatito, José Mercé, Enrique Morente y mi adorada Merche Esmeralda. El apasionante mundo del periodismo cultural, de noches sin dormir en La Unión. No existían los teléfonos móviles, ni las cámaras digitales. Siempre estaban las socorridas cabinas, aquel tipo del bar que se solidarizaba contigo y no sólo te hacía de cuartel general sino que te invitaba a comer. Incluso si se retrasaba mucho un evento podías dictarle tu crónica a una teclista. Los gallos cantaban al alba y los días eran un tumulto de páginas, personajes y taxistas.

No creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor, sin embargo, estoy convencida que la marca España debería rescatar ese espíritu del 92, ese empoderamiento de querer y poder ser los mejores; superar marcas y crear nuevos retos. Hemos de salir del engandulamiento generalizado que percibo en quienes persiguen sus sueños. Lo quieren todo, lo quieren ya pero que trabaje otro. Millenials, os diré un secreto: el éxito fácil es un badulaque de secretos y mentiras. Como viene, se va.

Hay que recuperar ese poderío de Freddy Mercury y Caballé. Como dice Víctor Küper, pon a brillar tu bombilla, enciéndete y lúcete, España. Ya está bien de tanta crisis, que el mundo nos mire y exclame de nuevo: ¡Ole y ole!.

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Come prima

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El verano es la estación del descubrimiento. El primer beso, el primer baño, el primer churro, la primera picadura de medusa, tus primeras quemaduras solares, el primer biquini.

Los que tenemos la suerte de vivir con el mar cerca apenas tenemos memoria de esa primera vez que contemplamos un horizonte por la mañana, con el azul en calma y las gaviotas surcando el cielo. Va en nuestro ADN: “porque yo, nací en el Mediterráneo”

El olor a bronceador de coco despierta jornadas memorables con mesas plegables, conejo con tomate y tortilla de patatas. Esa primera vez que no veraneas porque no hay posibilidad y descubres la grandeza de esas reuniones familiares con sombrillas sembradas por la arena que crean la urbanización efímera de los tuyos. Después llegará el otoño y las lluvias pero las risas flotan por siempre en el éter de esa felicidad compartida.

Las nuevas prohiciones playeras, me temo, lo cambiarán todo. Lo de hacer pipí en el agua no es bonito, lo sé, pero tampoco tan grave: el orín mezclado con la mar salada se convierte en otra sustancia química. Alquimia natural, vamos. Ninguna tragedia ¿Cómo detectar a los que perpetran tal delito? Fácil, observa a aquellos que se meten con el agua hasta la cintura y sonrisa de alivio. Me pregunto si las autoridades costeras piensan crear una política batiscafa que vigile los bajos de la gente y alguna lista de sospechosos reincidentes.

Plantar la sombrilla al amanecer para guardar sitio tiene también su punto entrañable. Es lo más cerca que muchos estarán de una verdadera competición en su vida pero ¿Prohibir los castillos de arena? eso sí que no. Es como  prohibir la infancia, como prohibir soñar.

¿Recuerdan la satisfacción del constructor? Aquella primera edificación con cuevas, almenas y vasos comunicantes que llenábamos con espuma de mar y decorábamos con chapinas, piedrecitas y algas?

Esas primeras veces: castillos, besos, bronceador, biquini y picnics vintage deberían ser declaradas patrimonio inmaterial de la humanidad. Esas primeras veces insobornables llenas de verdad, ilusión y brisa nos representan, nos definen. Igual que ese verano sin veraneo jugando a los “Clicks” en el caluroso balcón de tu casa.

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Camas apestosas

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Si uno lo piensa bien, el ser humano tiene un punto repugnante. Sobre todo con estos calores y nuestros cuatro kilos de piel empapados en sudor a todas horas. Un tipo llamado Philip Tierno de la Universidad de Nueva York  sostiene que sudamos 94 litros al año mientras dormimos. Con lo cual, según Tierno, las camas también son algo repugnante si no cambias las sábanas al menos una vez por semana. Philip dice que es lo mismo que tocar caca de perro. Así que, con esta información en el bolsillo, que cada cual obre en consecuencia. El microbiólogo señala con el dedo sobre todo a los más jóvenes, esa panda que comparte piso y que es posible que se peleen por zamparse los nachos pero no por poner lavadoras.

La cama, que antes era tu lugar de sosiego, de solaz, espacio de paraísos compartidos y de paisajes oníricos, ahora es tu enemigo. Un nido de bacterias. Aunque no duermas en ella. La propia fuerza de la gravedad atrae a tus sábanas el polvo y no precisamente el polvo enamorado.

El Tierno este se podía haber quedado callado porque aunque yo cumplo con la normativa ahora sospecho entre mis sábanas una trepidante actividad de microcriaturas purulentas. Y con este calor, más. Imagina encima si la compartes o si haces otras cosas. Por todos los dioses, ¡la cama es una cloaca!.

Este verano, he decidido dos cosas importantes. Invitar a mi lecho sólo a Gabriel, un maravilloso hombre de plástico que es un poco soso, pero no suda ni emana fluidos raros. Y la otra, comprarme un kukun body, algo así como un esnifador corporal que pita cuando te canta el alerón, para ponérselo a los partenaires de chiringuito. El bicho, inventado por Konica Minolta detecta las pestes antes de que lleguen a tu pituitaria.

Si uno lo piensa bien, el ser humano es algo asquerosillo y yo he decidido quedarme este verano en el mundo de las ideas, de las camas vacías (y limpias) y de la gente inodora e insípida. El plan no es muy sarandonga, lo sé, pero me ahorro pestes y bacterias que no veas.

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Pitita y yo

 

Dice Pitita que estamos en el Apocalipsis, con esa boca que tiene ella, con sus másters en levitación, con sus amistades peligrosas —Andy Wharhol— y con sus apariciones marianas. Soy fan de Pitita. Es muy auténtica y nada me gusta más en el mundo que la gente que va con la verdad por delante. Que se confiese casta me subyuga. A mi, sí, que escribo de erotismo, amor y sexo.

Pitita habla con Dios y yo también, qué pasa. Su Dios le pide castidad y el mío toma forma y cuerpo como una realidad luminosa y bellísima. Yo soy más de la idea del hinduísmo y encuentro que no hay forma más divina de consagrarse y hermanarse con “ello” que el sexo con amor. Porque cuando amamos somos dioses.

Lo mejor de todo es que ni su idea de Dios ni la mía están reñidas aunque vosotros, queridos lectores penséis que Pitita y yo estamos en las antípodas. Ni mucho menos. En la esencia de todo este entramado de vírgenes o diosas de siete brazos se esconde la bondad y, por supuesto, el deseo de trascender.

¿Qué es el sexo sino también una forma de perpetuarse? Porque el sexo con otra persona si se hace con fundamento y rico, rico, es un intercambio mutuo de saberes carnales, de complacencias e incluso de sino kármico. Mismamente se transforma ella con las apariciones marianas y sus solecitos que dan vueltas mientras el cura increpa a las iluminadas: “Toas p’adentro, pa la iglesia”. Pero Pitita y yo sabemos que la verdad está ahí fuera y sin coñas me alineo en su misma senda espiritual. En su naturalidad y aceptación de sí misma. Su poca vergüenza para hablar de su afán trascendente, de su vivir célibe. Que también tiene derecho, por Vishnú.

Cuando con maldad los periodistas le preguntan si toma drogas ella responde con bondad que no. Y la creo. Porque yo creo en ti, Pitita. Que no sé si habrás visto a la virgen o a Santo Tomás pero sé que algo has visto y me encanta que te rías de ti misma y tus amigas pijas. Si llega el Apocalipsis que me pille haciendo el amor y a ti, levitando.

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Objetualizar

Cuerpo perfecto según la revista Time en 1955
La perfección me aburre. Esos cuerpos bronceados, esculpidos, tableteados, sin un ápice de grasa son plástico puro. Esas chicas operadas de pies a cabeza, cuyas tetas llegan antes que ellas me dan cierta pena y aunque no quisiera yo fijarme tanto en los físicos cuando paseo por la playa no me queda otra. Es lo que hay, palpable, visible. Ineludible a veces. Porque ahí te los ves — curiosamente sobre todo a ellos — haciendo ostentación de bíceps, femorales, y cuádriceps. ¿Qué queréis que os diga? Me emocionan lo mismo que una almeja putrefacta.
Cierto, los seres humanos tendemos a objetualizar a otros humanos. Que si mira qué culo, que si qué hombros, qué pectorales. Los amantes incluso se regodean en la anatomía en plan Jack el destripador. Es decir, por partes. El enamoramiento consiste en eso, en la abstracción pura del uno con el otro, e incluso con ciertas partes del objeto de nuestro amor (otra vez la palabreja).
En Ciudadano Kane vemos como el protagonista repite en su lecho de muerte: “rosebud, rosebud”; así denominaba el aparato genital de su novia. Incluso el amor podría tener mucho de cosificación en sus comienzos. Unos labios nos salvan la vida. O unos pechos, o un susurro en la oscuridad.
Objetualizar es casi inevitable y más en el mundo que vivimos plagado de imágenes, contaminado con lo audiovisual. Yo me confieso pecadora de objetualizar y de guardar en mi retina imágenes que me acompañarán toda la vida, al igual que atesoro palabras.
El mundo se divide entre los que observan y se saben observados. A veces jugamos uno u otro papel. Los más adorables son aquellos que destilan un encanto natural sin ser completamente conscientes de ello. Aquellos que derraman su gracia de forma espontánea. Los hay que te pueden noquear con una sonrisa, con una mirada y ellos, tan frescos, sin darse ni cuenta.
Sí, a veces objetualizamos a seres humanos, qué atrevimiento, pero los más dignos de atención son los imperfectos, los que guardan armonía en una nariz algo torcida, en, quizá, una anatomía  que muestra un abdominal relajado, o el dibujo irregular y caprichoso de perfiles. Los defectos nos hacen entrañables, únicos y, en ocasiones, objetos de deseo.

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Igualismos

La eterna discusión. El sexo con amor es cosa de mujeres. Los hombres son todos unos descerebrados que sólo buscan pasar el rato. A ellos no les compliques la cabeza. Una vez eyaculados, mirarán hacia otro lado. Si son educados, estarán ahí, en alguna ocasión, por lo que puedas necesitar, pero nada más. Ya bastante liada tienen la vida. ¿Y nosotras? ¿Tan pavas y cursis somos que nos enamoramos del primer hombre que nos besa? Pues ni tanto, ni tan calvo.
Hay hombres que aman y follan. Hay otros que sólo se atreven al amor platónico. Son capaces de obnubilarse con una foto sin decir esta boca es mía o morirse de miedo si el objeto de su amor cobra vida. Fíjate tú, una mujer de carne y hueso ¡¡Y que se atreve a responder afirmativamente a su cortejo!! Huyen despavoridos.
Los hay  que sólo conocen la máquina de su cuerpo. Es lo único que les importa. El buen funcionamiento de los engranajes que suben y bajan la adrenalina y otras cosas, ya me entendéis. No les pidáis palabras románticas o lugares especiales. El asiento de atrás del coche es su lecho habitual. No me malinterpretéis, que para un “de vez en cuando” no está nada mal pero así, como plato único, no mola.
Un amigo me insistía en lo importante que el sexo por el sexo. Con o sin amor. Y nosotras, nos hemos visto de pronto arrojadas a este mundo masculino, a estas guerras que nos dejan muy frías. Porque ellos y nosotras somos muy, muy diferentes. A veces la necesidad obliga a abandonar un lecho en mitad de la noche. No sea que nos enganchemos, no sea que suframos, porque una cosa está clara, como nos enganchemos vamos a sufrir. Y, por supuesto, con la nula esperanza de que ellos sientan algo semejante a nosotras.

 

Pues no, no somos iguales. No diré que todas sean unas sentimentales como yo que todavía pienso en losHeathcliff y Romeos, pero, sin ser puritanos ¿Hay algo de malo de dotar al puro sexo de algo de afecto, simpatía y empatía? En este mundo de alergia a las relaciones y los compromisos, al menos, que haya un poco de calor humano y no sólo erógeno.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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