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Frío futuro, humano caliente

 

 

 

 

El futuro ya está aquí. Por el planeta tierra existen un buen puñado de seres humanos convertidos en cyborgs. Las pioneras fueron aquellas que subieron implantes de silicona a sus mamas originales. Nosotras, las maestras del postizo: pestañas, extensiones de pelo, labios, narices y, cómo no, las nalgas. Sólo hay que darse la vuelta por algunos gimnasios para percatarse. Virgen, qué cansancio. Ser mujer cada día está más cerca de convertirse en muñeca hinchable. Pero la culpa es nuestra. El patriarcado bastante tiene con lo suyo.

Cierto, hay postizos artificiales que hacen la vida más fácil, sobre todo a aquellos que perdieron el original en un accidente o por enfermedad. Pero a nadie se le escapa que la robótica, el metal y los tornillos formarán parte de nuestra carne y nuestra sangre de un modo inevitable. En ocasiones será por necesidad pero en otras por pura tontería.

Andamos por la vida con relojes que calculan nuestras calorías, evalúan nuestros ciclos de sueño y nos aconsejan qué hacer en las próximas semanas para ser más saludables y guapos. Pronto, estos bichos tecnológicos estarán insertos en nuestro cuerpo y cada día estaremos más cerca de ese mundo ¿ feliz ? que pronosticaba Huxley .

Quédense con este nombre: Yural Noah Harari, es el antropólogo más influyente de nuestra sociedad. Como un Nostradamus con argumentos pronostica que en el futuro la inteligencia artificial invadirá nuestras vidas; arrebatará millones de puestos de trabajo y nos convertirá en una sociedad bien alimentada pero aburrida y frustrada, sin trabajo, sin objetivos en nuestros días, sin sentido de la existencia.

La sociedad estará narcotizada por los millones de contenidos de internet, las series, los videos de gatitos y , por supuesto, por la química: antidepresivos y sus variantes.  Parece ser que los taxistas y otras profesiones más susceptibles de ser mecanizadas desaparecerán de la faz de la tierra y los únicos que no andaremos narcotizados para superar esta vida tan vacía y aburrida seremos los escritores (esto me lo he inventado yo, claro, que me quiero librar como sea de semejante apocalipsis).

Viviremos dominados por los algoritmos que sabrán todo de nosotros:  nuestras intenciones de voto y fantasías ocultas. Retransmitiremos al mundo las propias naderías: desde una partida de videojuego al cumpleaños que celebramos, quizá en soledad. Pero el futuro ya está aquí ¿No estamos haciendo ya todas estas memeces? Yo, de momento, me resisto como puedo a subir videos a las redes sociales pero instangram y periscope me invitan a cada rato a hacerlo. Más madera. Más estulticia.

Saber que nuestra esperanza de vida alcanzará los 125 años me provoca el bostezo y la nausea.  A Mozart sólo le bastaron 35 para componer Don Giovanni y su famoso Réquiem ¿Quién quiere vivir para siempre? En Sillycon Valley están como cabras aspiran a la inmortalidad con ayuda de la inteligencia artificial.

¿Saben? Yo, que no soy antropóloga y que tengo una gran fe en el ser humano, creo que Harari se equivoca. Que sí, que habrá un sinnúmero de colgados congelados en un frigorífico esperando ser reanimados. Que sí, que, dolorosamente, el panorama laboral está cambiando marchas forzadas y que la reinvención es, a día de hoy, tan necesaria como el respirar.

El futuro ya está aquí pero hay cosas que los robots nunca nos arrebatarán: la capacidad de soñar y de amar.

Por muchos implantes que llevemos, no dejamos de ser mamíferos y por eso nos salva el amor, lo caliente, el regazo de los que preferimos, el espíritu lúdico, la ternura, el abrazo, los olores que nos transportan y el pálpito de los corazones valientes. 

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Todas las caras de la violencia

El pasado 25 de noviembre se celebró el Día Mundial contra la violencia de Género.  Los informativos de España ilustran la onomástica con la sobrecogedora paliza que le da un chico ucraniano a su novia. Lo graban las cámaras de seguridad del edificio. La chica no denuncia pero los vecinos sí. Como cantaba Tina Turner ¿Qué tiene que ver el amor con esto?

Pero la violencia también se ejerce de forma sutil. La palabras es una forma terrible y machacona de violencia. Estigmatizar a alguien por sus errores del pasado y hacerle pagar toda la vida es una venganza tan cruel que duele más que los moretones, las patadas en el suelo, los tirones de pelos y las ostias a manos llenas. Esta violencia está tan presente que asusta. Se cuela tan disimuladamente en los titulares de noticias, en los corrillos de los compañeros de trabajo, entre colegas o entre personas que apenas conocen al señalado, que pasa desapercibida. Lo peor de todo es que muchos somos  co-partícipes de ella.

Nadie debería morir a manos de otra persona, sea del género que sea pero, indiscutiblemente, por in-cultura, por fortaleza física o porque, todavía, en muchos lugares del mundo la mujer es considerada algo no-humano, con lo que se puede traficar, jugar, romper y atacar, la mujer, decía, es diana de caprichos y juegos porque no habrá consecuencias. La mujer es menos que nada.

Hagamos recuento. En nuestro país, a día de hoy, han muerto 39  mujeres a manos de sus parejas, ex parejas. Personas que, se suponía, las amaban. Como cantaba Malevaje: No me quieras tanto, quiéreme mejor. Más de la mitad habían denunciado su situación.

En México mueren 7 personas al día. Muchas de esas personas son mujeres que viven en Ciudad Juárez y cruzan la frontera para trabajar como maquiladoras. Se estima que en las últimas dos décadas alrededor de 1.500 mujeres fueron víctimas de feminicidios.

En el mundo, el 35% de las mujeres han sufrido o sufren algún tipo de violencia de género según la ONU. Hay más 700 millones de “niñas-novia”: mujeres casadas antes de llegar a la edad adulta; 200 millones de víctimas de mutilación genital femenina; 120 millones de mujeres violadas en algún momento de su existencia. En Brasil, 47.000 agresiones sexuales al año, una cada 11 minutos. 25 millones de mujeres agredidas en Europa

Sin palabras. O sí, yo utilizaría la palabra pandemia. O lo titularía: cómo ser mujer y no morir en el intento. Sin ironías de ninguna clase.

Y ahora pongamos el foco en esa pareja-ejemplo con la que nos ilustraban los informativos. Porque la violencia es terrible pero que tu verdugo sea alguien a quien amas, en quien depositas tu confianza, crea un caos en la vida emocional de cualquiera. En este caso es una pareja pero hay muchos más tipos de relaciones. El vínculo hace más dolorosa la violencia. El estrés sufrido durante, antes y después crea incredulidad, desconcierto y desconfianza en el mundo, en la vida.

Y no olvidemos ese escudo protector que ostentan tan saludablemente otras personas y que en las víctimas del maltrato ha desaparecido: la autoestima. La reconstrucción tras el bombardeo de insultos, humillaciones  es ardua tarea. El miedo, el terror que ocasiona el agresor en sus víctimas las paraliza y predispone para caer de nuevo en las garras de los depredadores emocionales y sexuales.

Ante un desgarro semejante sólo existe un arma eficaz: la del amor propio. Despertar y ser sensibles y valientes ante los posibles abusos e impedirlos. En otras palabras: ser corazón de león.

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La posverdad y la cámara de eco

 

El diccionario Oxford ha designado “posverdad” como palabra del año, cuyo difuso significado es el siguiente: “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Lo confieso. Lo he tenido que leer varias veces para entenderlo.

En román paladino viene a ser que da igual como sean las cosas. Un pino es verde pero si apelando a tus emociones te hago creer que es amarillo, al final, al amarillo de cabeza vas.

En este caso ha sido al naranja. Gracias a este palabro, los británicos se explican la victoria de Trump o del Brexit.

Boberías. La posverdad no pasará a la historia como palabra concluyente y constituyente.

El ser humano es increíble y maravilloso pero también estúpido. Tiene a un imbécil delante de sus narices, disfruta de su espectáculo y al final, aunque le parezca un patán de tres pares de narices,  le vota. A veces, la sobre exposición da sus frutos.

Oxford asegura que nos estamos aficionando peligrosamente a las teorías de la conspiración y a establecer patrones y etiquetas a eventos de un solo día. A dar por definitivo algo que ocurrió en alguna ocasión.

Otro ejemplo lo tenemos en nuestro presidente otrora pantallizado. El plasma de un día le ha valido a Rajoy una condena eterna.

En nuestro país existe un término para eso desde los tiempos de la Inquisición: se llama colgar el San Benito. También hay otro dicho popular: Por un perro que maté, mataperros me llamaron.

Yo encuentro otra explicación a este triunfo del populismo, la superstición y el hecho de validar la creencia en lugar de los hechos. Somos unos catetos. Y encima nos vanagloriamos de ello.

Cada día estamos sujetos a más estímulos y mensajes que rara vez ponemos en duda. Cierto, la duda metódica es un coñazo pero nos ahorra no pocos kilos de ridículo.

Estos hechos “inexplicables” se deben a otro fenómeno denominado cámara de eco y que tiene que ver con la difusión y consumo de contenidos por redes sociales y los famosos algoritmos de Facebook, que son como la piedra filosofal de la comunicación actual.

Facebook, la mayoría de las redes sociales y medios digitales están diseñados para mostrarte una parte de la realidad. Esa que, supuestamente, te interesa. El resultado es que al final vivimos en un mundo donde sólo escuchamos un tipo de opiniones y un tipo de contenidos. Todo se vuelve de una endogamia asfixiante. Yo a veces lo he notado. Esa falta de aire.

Compañeros, estamos fichados, y los medios digitales nos ofrecen el pienso que solicitamos (eso también se llama In bound marketing). Si has escuchado a Michel Bublé en Spotify; Facebook te intenta vender su último álbum. Si has reservado una habitación por booking, a continuación el mismo hotel te oferta reservas para el próximo puente.

Con las opiniones ha sucedido igual. Los medios tradicionales se ponen de acuerdo con que algo es lo razonable pero se olvidan de que existe otro mundo, otros núcleos de población que jamás leerán un periódico o que apenas verán la tele. O que les dará igual. El que una opinión o un grupo de opinión no sea “cool”, no significa que no exista. Esto es como lo de las meigas.

La posverdad otorga el triunfo sorpresivo a los marginales, a los desarrapados, viene a decir Oxford.

Pero mira tú por donde ahí tenemos a Ramón de Campoamor  en el siglo XIX quien afirmó que nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.

Tu suficiencia te matará, mundo civilizado ¿Verdad?

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Camina hacia la luz

 

 

 

 

 

El video de una Miley Cyrus  llorosa y desconsolada porque Hillary ha perdido la oportunidad de gobernar en los Estados Unidos es lo que más me ha impactado de la resaca post-electoral norteamericana.

Todas las estrellas, desde Barbra Streisand hasta Lady Gaga se quedaron sin palabras. La segunda se subió a un camión de la basura y se fue hasta la Trump Tower para mostrar su repulsa con un cartelito que venía a decir algo así como “el amor vence al odio”. Mientras tanto, Giuliani, el ex alcalde de Nueva York, cuyo nombre suena mucho para conformar el gabinete de Trump, tildó a todos los protestantes que aparecieron en Washington de niñatos.

El mundo sigue perplejo. Todos los late night del planeta continúan con el chiste. Pero la broma se ha terminado y el señor naranja cuyo tupé semeja a una cobaya muerta estará muy pronto en el despacho oval; Atesorará los códigos nucleares y desconocemos si las burradas que ha soltado por su boca durante la campaña electoral eran sólo gags de un payaso listo o las llevará a cabo. Ya sabéis: el muro de la vergüenza que los mexicanos habrán de pagar con el gravamen que impondrá a los productos que procedan de aquel país,  la prohibición  de que los musulmanes entren a los USA o el reconocimiento de Jerusalem como capital unificada de Israel.

Trump no está sólo. Su discurso no habrá convencido a las estrellas de la industria musical o cinematográfica pero ha encontrado un eco importante en esa otra América cabreada y empobrecida que considera que los tratados de libre comercio son una amenaza para sus vidas. Decía Kafka que «Un idiota es un idiota . Dos idiotas son dos idiotas. Pero diez mil idiotas son un partido político».  Pero no seré yo quien condene al votante, ni tan siquiera al partido.

¿Qué ha pasado con Hillary? ¿Por qué ha sido derrotada? Porque ha ido de ganadora. Los discursos triunfalistas apoltronan al votante en su casa. Los sondeos positivos son contraproducentes.  Si crees que ya está todo hecho y decidido, te confías. El votante de Trump, el cabreado, el que odia el establishment y todo lo que Hillary representa, sabía que tenía que acudir a las urnas sí o sí.

Detesto hacer análisis a posteriori y hacer leña del árbol caído. Lamento muchísimo que el mundo se pierda la oportunidad de que una mujer esté al frente de la Casa Blanca pero, por otro lado, ¿No os ha pasado que Hillary cada vez se estaba pareciendo más a Merkel y menos a la ex primera dama de educación metodista y grandes ideales?

Existe un voto muy peligroso: el voto del odio. Ni siquiera puedo utilizar la palabra populismo. La rabia, el rencor y el miedo nos dan unos dirigentes insensatos y malsanos. En cualquier caso, Trump ,el abusón, creo que será el más inofensivo de este estilo de líderes y aunque todo nos parezca muy tremendo, no olvidéis que estamos al final de un viejo orden y,  mientras surge el nuevo, aparecen los monstruos (Gramsci).

Al igual que los creadores de los Simpson, el gran Leonard Cohen  tuvo su momento clarividente de lo que iba a acontecer como lo demuestran estos versos:

Ring the bells that still can ring/Forget your perfect offering/There is a crack in everything/That’s how the light gets in.” (“Toca las campanas que sigan sonando/ Olvida tus ofrendas perfectas/ Hay una ruptura en todo/ Así es como la luz entra”.)

La historia de la humanidad es caprichosa. Ya veréis:  los exabruptos de Trump resquebrajarán el viejo orden social.

Y entrará la luz

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La cobra

 

 

Creo que todas las mujeres de nuestro país hemos empatizado con la pobre Chenoa esta semana.

Feo es que te nieguen un beso pero peor aún es que algo así te suceda delante de millones de espectadores. Y terrible que al suceso le den tanta bola en los medios que hasta yo esté escribiendo de la cobra que le hicieron a Chenoa.

Hay que ser tonto, David Bisbal. Y los desmentidos no se los traga nadie. El lenguaje no verbal no miente.

¿Qué narices nos importa el plantel de nuevos ministros? La comidilla, lo que le importa a la gente, incluso a mí —que parezco tan fría y soleta—es la tontería del amor.

Bisbi le dice unas palabras emotivas a su “Laurita” (No olvidéis como la llamaba así estando ya enrollados en la academia) después de cantar ¡tachán! “Escondidos”. Ese himno al amor prohibido que muchos nos sabemos de memoria. La oscura habitación, tu cuerpo el mío, el tiempo de un reloj y bla, bla, bla.

Los de OT le encasquetaron la canción de marras al dúo amoroso porque les pegaba. Ya sabéis, si hay una cámara 24 horas grabando todo lo que ocurre hay que esconderse mucho para tocarse, besarse y practicar la cópula. Y cuando uno está con la química disparada se sufre mucho. Pobres. Me los imaginando amancebados buscando los ángulos muertos de la casa.

A lo que iba: el mozo de Almería le dice que ha sido un privilegio cantar con ella. Se dan un emotivo abrazo y ella intenta besarle pero no, el chico decide que ya está bien de tanto sobeteo. Y sí, lo he visto desde el otro ángulo también. Él con su pose y gesto de artista parece que se va a lanzar. Pero no. La separa de él. Él rompe el momento. Es muy evidente. Chenoa se queda más cortada que una falda al biés. Y la chica me podrá caer mejor o peor, pero esa seguridad en sí misma que destila siempre se le cae al suelo.

Sólo te hieren si amas. Si te importa. Las tías somos así de tontas. Y cuanto más aparentas comerte el mundo y pisar a lo Nancy Sinatra “These boots are made for walking”, más frágil eres.

Bisbal demuestra con este gesto ser un idiota, un soberbio y un paleto. A nadie se le niega un beso. Y menos aún a alguien que ha sido tu pareja con quien compartiste algo tan mágico. Chenoa tuvo un gesto bonito hacia él. Un beso en el escenario mejora el plano y sube el share ¿Qué problema hay? Un beso ahí, en ese contexto, no significa volver a empezar.

Qué poca clase, Bisbal. Me encantabas en la academia. Me enamoraste con tu prueba de voz pero imitas fatal a Luis Miguel y cuando empezaste a buscar tu estilo propio pues te salió esa vena de polígono. Una vena fatal. Uno puede tener baja extracción social pero la educación no la otorga nada de eso. Los grandes, grandes cantantes de verdad poseen un charme que tú jamás tendrás por mucho que ensayes; por muchas vueltas que des y muchos gorgoritos que sueltes. Te falta. Y vas a peor.

Un beso no se pide, se roba. Y es lo que hizo Chenoa. E hizo bien ¿Qué daño hacía? Ninguno. Ya que estás ahí, pues, ándale, sigue el rollo que para eso aceptaste a encontrarte con tu pasado en este reencuentro de OT.

La falta de clase me pone enferma. Pero me enferman mucho más aquellas personas que renuncian a su pasado.

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Papawins

 

 

 

Si polvo somos y en polvo nos convertiremos ¿Qué problema hay con acelerar un poquito el proceso? . Qué queréis que os diga, que el Papa Francisco se haya descolgado esta semana con el tema de las cenizas y los enterramientos me ha dejado algo patitiesa. Como es tan mediático, se ha dicho: ahora que vienen los muertos, voy a robarle un poquito de protagonismo a Hillary y Trump, que los feligreses se acuerden de sus antepasados.

Lo ha conseguido.

La estrategia para que hablemos del ayer y no del hoy es perfecta: a partir de ahora, nada de incineraciones. Eso es de infieles y, por supuesto, nada de llevarte las cenizas de la tía Pepita a tu casa, o de esparcirlas por el mar, o, peor aún, repartirlas entre los parientes.

El argumento que da la iglesia de que un día habrá de venir la resurrección de los muertos puede que satisfaga a mentalidades simples pero nosotros, mortales del siglo XXI que ya hemos visto de todo, no tragamos. Quedarte en tu cajica hasta la llegada del juicio final no te garantiza una reconstrucción completa de tu cuerpo. Ah, ¿Que no es eso lo que insinúa la iglesia? Pues es lo que parece. Hija mía, quédate aquí, que como el día del Apocalipsis te pille disuelta en el océano atlántico (por poner un caso) marcharás a la vida eterna más desportillada que Michael Jackson en Thriller.

Cierto, la tradición cristiana siempre ha sido fan del corpore in sepulto. Es lo suyo. Pero España se ha apuntado al carro de las cenizas con un entusiasmo febril y fabril. Es el país europeo con más hornos crematorios: 358,  aunque sólo el 35% decide prenderse fuego.

Nada,  se nos ha juntado el afán de quitar enredos con los genes falleros. A las parcelas de los camposantos les salen telarañas y los carteles de “se vende” crían malvas.

No obstante, quiero que miréis otra tradición. La de los vampiros. Esos seres del averno también han de dormir en sus ataúdes por la misma razón que los cristianos hemos de morar en el camposanto: por la cosa del resucitar.

¿No presumís que se esconda otra razón más práctica para que la iglesia nos llame a ser enterrados donde corresponde y que nuestros restos no estén de acá para allá como la falsa “monea”? Pues existe y es una razón de peso…económico. No podía ser de otro modo.

De los 100.000 inmuebles que tiene la iglesia en nuestro país, muchos son cementerios. No sólo eso, gracias a una Ley de Aznar (que fue una especie de desamortización de Mendizábal pero a la inversa), la iglesia inscribió desde 2003, 4.500 nuevas propiedades sin pagar impuestos ni nada. Además de los cementerios, se incluyen otros lugares tan emblemáticos como la Mezquita de Córdoba.

Papa Francisco ha conseguido que hablemos de él, es cierto. Pero tiene perdida la batalla de los difuntos. Por suerte, ha desaparecido el temor de Dios y la voluntad del finado está por encima de mandatos eclesiásticos. La gran mayoría de nosotros  obrará con los amados cadáveres según ellos nos hayan pedido en vida. La mayor parte de nosotros, solicitaremos la incineración y que nos repartan, o nos vuelen como a un cometa, o nos esnifen como hizo Keith Richards con las cenizas de su padre.

Del Holywins, lo mismo. Halloween es una fiesta patrimonio de la gente y como tenemos el libre albedrío, así obraremos.

De todos modos, ya sabemos cómo es el buen cristiano practicante en nuestro país: hace lo que le da la gana y luego se confiesa.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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