La Verdad

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Deberías casarte con mi esposo
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Lola Gracia | 12-03-2017 | 19:50| 1

Todavía me estoy recuperando del impacto. Me contaron que al lugar de encuentro de Pérez Casas le denominan la “Segunda oportunidad”.  ¿Para quién?, ¿Para qué?

Soy alérgica a los locales de ligoteo. No puedo con ellos ni soporto el ritual de las personas que acuden. Las vestimentas, las miradas, las risas. Debo ser una sosa de tres pares de narices pero yo siempre lo supe. El amor no lo buscas. El amor te encuentra. Y desde luego yo no lo encontraré en la barra de un bar ni con un tipo estándar.

Esos hombres de Pérez Casas, con todos mis respetos, no me inspiran. Quizá la culpa es mía porque yo no busco novios, sino musos y entiendo que de esto no abunda. Imagino que algo semejante le pasó en su día a la escritora Amy Krouse. Actualmente, está enferma de cáncer, le queda menos de un año de vida y hace unas semanas escribió una carta en el New York Times, donde colabora habitualmente, titulada “Deberías casarte con mi esposo”.

Ella dice de Jason, cosas impresionantes: “llegó al ultrasonido de nuestro primer embarazo con flores. Es el tipo de hombre que, ya que siempre se despierta temprano, me sorprende los domingos en la mañana al hacer caritas felices con algo que se encuentre cerca de la cafetera: una cuchara, una taza o un plátano”.

Amy quiere que Jason tenga otro amor tras su marcha. Imagino que estas cosas de Amy son sólo propias de escritores que no nos basta con manejar nuestra vida si no que queremos enmendar la de los demás, incluso después de muertos. Es un afán por mejorar el mundo. En el fondo, detrás de esta actitud sólo hay buenas intenciones. Cierto que resulta invasivo. Pero como dice Teresa Viejo, qué difícil es amar sin invadir.

Jason es un partidazo. Vamos, porque me pilla muy lejos que lo mismo también le daba un “like” pero, sobre todo, porque está a años luz de esos tipos que uno se encuentra en Pérez Casas o lugares denominados de segundas oportunidades. Entiéndanme: soy una romántica seducida por señores como Hemingway. Esos hombres con sed de aventura que pretenden exprimir cada segundo de plenitud a la existencia. Con sus desventajas, claro, porque todo no es bonito al lado de individuos de esta condición pero diez años con ellos casi equivalen a toda una vida. Los aventureros han muerto. No existen. Ni Saint Exupéry, ni Henry Miller, ni, qué sé  yo, un De la Cuadra Salcedo nos encontramos. Hombres de armas, alma y letras.

Hoy las relaciones se convierten en transacciones, lo cual me parece un horror. No hay generosidad sólo ego y egoísmo y comodidad. Y aquí todos somos culpables.

Seres increíbles poblaban el mundo; seres originales y sin cortapisas. Anais Nin —bailarina de flamenco y escritora y casada con un banquero y también casada con Rupert Pole, 16 años menor que ella (Oh Anaís, eres mi heroína)— vivía en una civilización todavía bastante parecida a la nuestra. Y todo era posible y sus obras fueron publicadas en todo el mundo (no hablemos del mundo editorial que entonces sí que me deprimo, con esos escritores profesionales aburridos como ellos solos que nunca alzan su propia voz).

El mundo, incluso con sus contrastes, era hermoso

La carta de Amy intentando buscarle un novia a su aún esposo Jason es lo único bonito que he leído en meses. Hay nobleza, generosidad, quizá un punto de vanidad. Te vas, pero dejas las cosas medio atadas y sabes que tu hombre tendrá una auténtica segunda oportunidad.

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Brutalismo
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Lola Gracia | 05-03-2017 | 19:39| 1

 

El hormigón armado se ha puesto de moda. Al menos, eso es lo que proclaman los expertos en arquitectura. Edificios como la gigante mazorca que veía de estudiante desde la residencia de Avenida de América, ejemplifican esta tendencia.

Siempre imaginé vidas lujosas en ese moderno pero feo edificio situado entre las  calles Monte Esquinza con Marqués de Riscal. Gigantescos áticos, modelos y actrices, corredores de bolsa, deportistas, piscinas integradas en la terraza, plantas tropicales, jacuzzys y fiestas nocturnas con cocktails y grupos de rock.

Una veinteañera de provincias se asomaba a la ventana de su residencia y se topaba con esa mole pesada y ultramoderna, el fragor del tráfico y los aviones que surcaban el cielo, camino de algún remoto lugar. Es muy probable que mis sueños superasen con creces la realidad. O no.

Pocos años después, yo misma surqué el cielo y descubrí al otro lado del charco que al cemento se le denomina concreto. No sólo eso, tuve un novio puertorriqueño, relaciones públicas de la Puerto Rican Cement Company.

La rueda de la fortuna me ha vuelto a escupir en la cara el Madrid que tanto odié durante los primeros días como su habitante y que amé después. Incluso mucho después y que ya es familiar como una mascota o un viejo tío que visito y que me trae el perfume de la amistad, del amor, de fiestas increíbles, de noches increíbles. Cosas que no le suceden habitualmente a una humilde chica de provincias pero a mi sí.

20 años después, descubro que aquel edificio que disparaba mis deseos y sueños post adolescentes, que contemplaba al amanecer o al anochecer —tras el gimnasio con Kenny G sonando en mis walkman—se ha puesto otra vez de moda y que ejemplifica una corriente arquitectónica a la que llaman brutalismo, que vuelve a hacer furor.

El brutalismo saca las tripas de los edificios y te los muestra con crudeza, te restriega el gris que preside los días de esta sociedad pantallizada. Presume de hormigón, cables y tuberías como si de bisutería de firma se tratase.

Al fragor del brutalismo hay otros brutos que sacan a autobuses a la calle con mensajes que condenan la diferencia. Que visten su odio con el lustre de la siempre noble libertad de expresión. Que, no contentos con odiar en conjunto, pretenden hacer proselitismo de su estulticia y animan con alegres colorines y desenfadados vehículos a unirse a su coro, a su monstruoso séquito.

A los de hazte oír yo les diría eso de haztelo mirar. Algo que ya he escuchado por las redes. Imagino que algún especialista desprejuiciado estaría incluso dispuesto a estudiar su itinerario. El periplo vital de todos y cada uno de esos colectivos, compuestos por personas individuales, profesionales, empleados, empresarios, padres y madres de familia incluso, que se atreven a juzgar al otro sin ponerse en sus zapatos. Que odian porque sí. Porque no son como ellos. Porque la diferencia les acojona.

Ellos, máximos estandartes del brutalismo vital, se atreven a subrayar eslóganes como dictadura de la izquierda y de la cultura gay. Son tan brutos que no se han dado cuenta de que ellos y sus actitudes espantan a una gran parte de la sociedad. A casi todos nosotros.

Ellos que no saben lo que es nacer hombre y tener genitales de mujer. O viceversa. Y todas sus consecuencias y todos los tratamientos, juzgan, señalan con el dedo y promueven el escarnio, el totalitarismo, la uniformidad.

Ellos tienen cemento en sus corazones. Son grises y brutales. Y presumen. Y nos muestran sus neuras y manías, como si de bisutería de firma se tratase.

 

 

Imagen: Las redes han tuneado a los de hazte oir

 

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Simetrías
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Lola Gracia | 27-02-2017 | 06:43| 1

 

 

La vida está llena de simetrías.  Sospecho  —y bastantes leyendas circulan sobre esto—que cada cual tiene su gemelo en otra parte del mundo.  Aristófanes narraba en El banquete  una fábula al respecto. El humano era un cilindro pomposo y engreído :”los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo y combatir con los dioses”, apuntaba el dramaturgo.

Júpiter quiso bajarles los humos y los partió por la mitad. De esta forma no les quedó otra que buscar ayuda y apoyo en el otro. La necesidad del otro nos obliga a aterrizar en lo cotidiano y practicar el noble arte de la humildad.

Quién sabe si Júpiter decidió que estaríamos jodidos hasta el fin de los tiempos si el infortunio nos impedía encontrar a nuestro simétrico. Tal vez, para bajarnos los humos llenó el universo de galaxias calcadas de esta.

La NASA anuncia que ha descubierto un sistema planetario similar al nuestro, con siete planetas. Un lugar ideal, dicen los expertos, para buscar gemelos terrestres. Un lugar quizás también con vida. ¿Se imaginan que de verdad hay vida ahí fuera?¿Que este mundo en realidad está enloquecido, paranoico porque ha de encontrar a su gemelo en este nuevo sistema simétrico del nuestro?

El nuevo sistema está a 40.000 años luz de nosotros al fondo a la derecha, en torno a la estrella enana ultrafría TRAPPIST-1.

La vida es simétrica, dice Stephen King. Y es cierto. Nacemos y morimos solos. Muchas personas entran en nuestra vida y se marchan del mismo modo. Si uno observa su propia biografía, encontrará muchos paralelismos. Con los amores, con los amigos, con los oficios y hasta con los viajes.

La vida es circular, decía Borges. Y es cierto. No sabemos por qué pero nuestros pasos vuelven siempre sobre los mismos lugares y también sobre algunas personas, como si formasen parte de nuestro paisaje vital. Hay ciudades en las que somos reincidentes y otras que jamás pisaremos. Hay barrios y tiendas de barrio que estaban contigo en tu infancia y permanecen hoy, después de tanto tiempo, después de los avatares. Después de haber vivido al otro lado del mundo.

Nuestra vida son círculos concéntricos semejantes a las ondas que se hacen en el agua cuando tiramos una piedra. Ondas que reproducen el viaje del sonido. Ondas circulares como los anillos de Saturno. Ondas circulares como muchos planetas porque la Tierra ya saben ustedes que no es redonda, es ovoidal. O sea, gemela del huevo

En la naturaleza, las estructuras se repiten. Las mariposas y su simetría nos enseñan que existe belleza a cierta distancia porque, de cerca, con un microscopio, quizá su visión nos aterrorizaría. Los valles y montañas de la superficie son similares a valles y montañas bajo el océano marino. Las líneas de nuestra mano las equiparo al verdor fresco de las hojas que acompañan a las flores. Los pistilos almenados tienen la connotación innegable y sexual del pene en erección…Por no hablar de esas flores de gran clase y elegancia. Las calas (Zantedeschia aethiopica).

La infancia y la vejez también se asemejan. Incluso Nietzsche aseguraba que la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño.

Encontrar el equilibrio en nuestra maltrecha simetría humana (ya saben, un ojo más grande que otro; una pierna más larga que otra) sería ya la perfección del círculo. Quién sabe, tal vez, en uno de esos itinerarios circulares y reincidentes hallemos esa paz. La tranquilidad que sólo otorgan la frialdad de los números.

 

 

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Machirulo, marichulo, papichulo
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Lola Gracia | 20-02-2017 | 06:41| 1

 

Machirulo no existe en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Lo más cercano es cachirulo. Casi como de mentirijillas, estas broncas parlamentarias de patio de cole debieran ser ficción. Pero no. Son una vergüenza.

El caso es que yo pensaba que Machirulo era algo así como marimacho. Pero no. Según el docto lenguaje de la calle es una mezcla entre machista y chulo. Ains. De verdad que me siento hasta un poco out. ¡Mira que pasárseme este nuevo vocablo tan sofisticado!. Marichulo, que es una variante que me he inventado así, de pronto, tampoco existe y me parece más divertida ¿Qué sería? ¿Una mezcla entre marujo y chulo?.

La que me encanta, queridos, es papichulo. Es que es muy hot. Y esto es innegable.

La actualidad nos devuelve a una murciana, llamada Lola, radicalizada hacia el Daesh; a una Tamara Falcó que ha anunciado practicarse un détox espiritual —los retiros, que decían nuestras abuelas—y una pareja de undargarines en apuros. Eso entre otras muchas cosas, claro.

Cuántas veces algo que creemos verdadero, como estos vocablos que pululan desde el lumpen hasta los barrios pijos, no constan en ningún registro oficial. Es más, es muy posible que fenezcan en el triste olvido y quizá sólo sean rescatados por algún postapocalíptico escritor que pierda su tiempo sumergiendo su pluma en esta cavernosa y oscura época.

Lo de mezclar el hot y el detox con lo espiritual y lo carnal es detestable. Lo sé. A mi me mola, qué se le va hacer.

Muchos sentirán repugnancia al leer estos vocablos revolcados con nuestro noble castellano. Esos mismos se llenarán la boca de expresiones igualmente detestables como “poner en valor” o “en base a”. Por lo menos, el machirulo tiene un punto de gracia, como que entre los ambientes llamemos al actual presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez, PAS.

Pero nada ha sido tan gracioso esta semana como la desternillante imitación que hizo Joaquín Reyes de ese rey del autobronceador, Trump (ya saben, tiriti trump, trump, trump).

Lola, la peligrosa murciana del Daesh podría ser un personaje de ficción. Pero no. Por los floripondios de su chador, se nos asemeja a una versión con más tela de las amas de casa de los Morancos. Nada más lejos de la realidad. Ejercía de captadora y estaba dispuesta a todo. Incluso a sacrificar a sus cuatro hijos. Yo es que no lo entiendo, de verdad. Ustedes dirán: “la gente por amor hace de todo”. Pero no. Les digo yo que no. Que eso no es amor. Es estulticia. Mirar para otro lado mientras tu marido se lo lleva calentito. Firmar sin saber  lo que firmas o arrojarte a los brazos del terrorismo por seguir a un hombre no es amor. Porque el amor es real y esto está más cerca de los cuentos para no dormir.

El amor te hace cosquillitas, te pone guapa, te da luz y no te cubre con un burka ni te convierte en monarca choriza.

¿Quién tiene la culpa? Muchos dirían que el mito del amor romántico. Pero no.  Ser mitómano/a presupone cierta absorción de la cultura y aquí yo sólo encuentro gilipollismo.

Ea, que esta semana estoy muy cansada de tanto idiota. Así que, ahí les dejo que se lo piensen. Realidades, ficciones, mitos y palabras raras. Menudo mejunge. Al final lo liamos todo. Tanto, que en 2008 el 23% de los británicos pensaban que Churchill era un personaje de mentiras.

Yo me voy con mi Papichulo —que sí existe para la RAE— a celebrar San Valentín con un poco de retraso.

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Escapismo
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Lola Gracia | 12-02-2017 | 20:47| 1

Houdini es la metáfora perfecta del que consigue sobrevivir en nuestros días sin volverse completamente loco. Houidini era un escapista. Esposado, bajo el agua, conseguía zafarse de la trampa que él mismo había creado para entusiasmo y horror de sus seguidores.

Los humanos del siglo XXI somos expertos en fabricarnos trampas. El máximo exponente es la hipoteca. Seguimos con el coche y así con tantas y tantas pequeñeces que nos atan a números y no de magia precisamente.

Una vez recluidos en el hogar, en la rutina del trabajo y en las obligaciones ineludibles, le es muy sencillo al sistema apestillarnos un poquito más. El ejemplo lo tenemos este mes en la factura de la luz que, además, por arte de magia, tachán, se convierte en un monumental sablazo mensual. A pesar del  frío en nuestros hogares y no tener la calefacción prendida las 24 horas, la mayoría de nosotros pagaremos de media unos 100 €.

No sé qué pensaría Houdini, hijo de un rabino, feroz combatiente de todo lo paranormal, de los fenómenos extraños que acaecen a este esclavo humano del siglo XXI. No tenemos su fuerza descomunal, su gran voluntad para meterse en bañeras de hielo, su férrea disciplina y su genialidad. Como sabemos que falleció un día de Halloween yo apuesto por convocarlo el próximo año y pedirle, por favor, que se manifieste y nos dé una receta para burlar el impresentable coste de la vida que siempre acaece tras las navidades.

Si uno echa la vista atrás —muy atrás, de acuerdo— se tropieza estos súper hombres, casi hijos de los dioses que todavía hoy son una inspiración y un referente. Si uno echa la vista atrás, se sorprende de esos visionarios, de esos autores que viajaron en submarino o subieron a la luna desde las páginas de un libro, adelantándose en siglos a sus propios congéneres. Ese George Orwell de más actualidad que nunca que tuvo conciencia del imponente gran hermano que, no sólo nos observa, sino que se cuela hasta en el más recóndito de nuestros pensamientos para devolvernos un mensaje publicitario certero iluminando la pantalla de nuestro móvil.

Ese ser conscientes de las elaboradas mentiras que nos tragamos y regurgitamos al sostener opiniones opuestas y contradictorias. Opiniones parásitas pero que defenderemos con fervor.

Si uno echa la vista atrás, es sorprendentemente sencillo sentir el terror psicológico de Farenhait  451. La naturalidad con la que se ejecuta la persecución de unos humanos a otros. El delirio, el horror y la duda mágica. Quizá sí podemos escapar de las normas.

Nos arrojamos en los brazos de Ray Bradbury y le decimos, sí, tenías razón: es un placer arder. Porque a pesar de las consignas, las facturas, los mandatarios insolidarios, las guerras de pacotilla y los argumentos de chicha y nabo, todavía encontramos en la esencia del ser humano ese espíritu rebelde e insatisfecho del Gran Houdini. Ese que prefiere los bosques y que sabe encontrar la felicidad lejos de los grandes almacenes; Quizá entre las páginas de un libro, quizá en brazos de otro ardoroso cuerpo; quizá en su propia mente, creando personajes, argumentos, nuevas teorías de la liberación.

Houdini es nuestro espejo porque nos hemos convertido en expertos escapistas para salvaguardar la cordura ante la interminable incertidumbre. Somos expertos funambulistas en equilibrio. Las esposas no nos condenan, el agua helada no nos atemoriza.

No sé vosotros pero yo me escapo de un universo a otro, de un pensamiento a otro, de un sueño a otro y me siento invencible, etérea, ardiente, real.

Y es un placer arder. Al coste que sea.

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Compañeros de piso
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Lola Gracia | 05-02-2017 | 20:12| 1

 

 

 

Decían Masters and Johnson que un matrimonio sin sexo es poco matrimonio. Esta afirmación que parece de cajón no es compartida por un gran número de personas. Cuando digo esta frase en algún foro de chat o grupo de whatsapp levanto ampollas. Literalmente.

Detesto estos memes cursis que proclaman que el amor en pareja es compartir, cuidar y apoyar y no son besos, sexo o pasión. Los detesto porque son falsos. Si usted está en una pareja moribunda o cadáver desde hace 15 años, tales afirmaciones le convienen para mantenerse en su zona de confort. Desean pensar que con perpetrar un polvo marital protocolario cada 6 meses, o tres semanas como mucho, es suficiente para mantener a salvo la relación. Es posible. Pero ¿De qué forma?

Cada pareja es un mundo, justifican. Cierto es, puntualizaría Yoda. Pero yo que tengo menos arrugas, y alguna que otra experiencia vital, pese a todo, les digo: las parejas que tornan su actividad en compañerismo estudiantil derivarán peligrosamente por una senda de escapismo. Porque el vacío es insalvable y enfrentarlo muy incómodo.  Estamos bien, proclamará su monólogo interior. Estamos bien pero cada uno, poco a poco, casi sin notarlo comenzará por vivir un destino, unas fantasías y unos deseos no compartidos. Poco a poco, el muro se engrosa, vamos que se hace gordo de narices. Poco a poco, las palabras más escasas.

Y del silencio a la mentira hay un paso.

La pareja real debe compartir sus miserias, sus mentiras, sus miedos, sus fracasos, sus ensoñaciones con otros lechos, o sus realidades manifiestas con otras personas. Y ese es un primer paso para que esos dos —que se ven quizá únicamente a la hora de la cena— puedan retomar aquello que les unió hace diez, quince o veinte años atrás.

Pero vamos al sexo que es lo que molesta sobremanera. ¿Qué pasa con las parejas de ancianos que permanecen juntas? Me preguntan. No pasa nada. Aunque a usted le desagrade la visión de dos cuerpos desgastados, plagados de huellas del tiempo, aunque a usted le escandalice, la gente mayor practica sexo. De acuerdo, no se enredarán en intricadas posturas del Kamasutra pero sus ratos de regocijo —como explicaba una mujer muy sabia y cercana— los tienen.

¿Qué pasa con los parapléjicos o mal llamados discapacitados?

—¿Qué pasa?— Les pregunto yo.

No pasa nada, que también practican sexo cuando pueden y encuentran al partenaire adecuado. Igual y igual que homos y heteros de toda clase y condición.

El gran error es creer que todo el sexo es coito. El sexo tiene mil caras. Las palabras lo son, las sensaciones, los juegos de la piel. De hecho, las terapias de Masters and Johnson para prevenir la eyaculación precoz y la falta de erección proponen erradicar el coito durante un tiempo. Prohibición expresa para aliviar la presión, la ansiedad y la angustia de si llegaré, si me mantendré, sin conseguiré una relación sexual completa y normal. Esos pensamientos también son erróneos. Nada es normal. Normal es un programa de la lavadora.

La relación completa sexual no se define en ningún lugar, cada uno la construye con sus herramientas, opciones, decisiones y elecciones.

Pero no se engañen. Cuidar y acompañarse es muy saludable, nadie lo niega, pero eso no es el amor de pareja. Como practicar el coito esporádicamente con una misma persona tampoco convierte el evento en una relación de pareja.

Entiendo que en este mundo de prisas y sobresaltos cueste tanto encontrar el equilibrio pero mentirse a uno mismo y mentir a los demás no es justo para nadie.

Ustedes mismos. El tiempo pasa. Y no perdona.

Foto de  Katharina Shumskaya

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Monstruos
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Lola Gracia | 29-01-2017 | 18:04| 1

Una semana de mierda. Eso es lo que hemos vivido.

Al delito de odio se podría añadir sin empalago el delito de la estupidez que es infinita, como decía Einstein. A esa maldad verde, putrefacta, asquerosa, estéril, inmunda; Al estiércol de bocas y de teclados hay que agregar la estulticia, el desocupo total de aquellos que no tienen mejor cosa que hacer que insultar desde el anonimato, verter mierda sobre el cuerpo de una fallecida, violar el dolor de aquellos que la han perdido para siempre.

Al delito del odio se le adhiere la cobardía de una panda de inútiles que se ensañan con una chica tirada en el suelo y le dan patadas como a un balón de goma. Me trae sin cuidado si era buena, si era mala. Si se lo merecía o no. Así no se lucha contra los chulos acosadores,  de oficio “sus rencores” sin beneficio para nadie. Si ella era una impresentable, una acosadora, una linchadora, lo suyo son las leyes y la cárcel si la merece. Y que se pudra entre barrotes porque los moratones se borran de su piel pero el aislamiento quizá la haga reflexionar.

Me cabrea esa madre que disculpa al inconsciente de su hijo que conduce un autobús escolar con coca en la sangre. No señora. No todo el mundo se droga los fines de semana.

Me horroriza ese chaval que se ha ensañado con cinco chicos de su clase, navaja en mano, porque no aguantaba más el acoso, las descalificaciones y que se metieran con él por ser el empollón del aula.

Ah, casi olvido a ese imbécil de Youtuber que se hace llamar Reset y que le da a un mendigo una galleta rellena de pasta de dientes. Y lo graba. Todo vale para conseguir visitas. Y los desocupaos de turno le ríen la gracia. Y ese pobre señor, que bastante tiene con vivir en la calle, se convierte el hazmereir de una pandilla de descerebrados capitaneados por un mocoso maleducado sin corazón. Me pregunto qué estarían haciendo sus padres mientras esta basura humana perpetra sus videos infectos.

Algo estamos haciendo mal, muy mal. En la época de las comunicaciones, los dedos y el teclado han sustituido al diálogo real y eficaz. La sociedad pantallizada facilita el hecho del odio no abre puertas al conocimiento si no a la destrucción. No enriquece la vida de los usuarios, la envilece.

Gracias a las redes es más sencillo quedar para machacar a una persona ya sea a patadas o con palabras. Los insultos  y vejaciones se vierten con velocidad de vértigo desde los dispositivos viscosos de sus propietarios viscosos que nada respetan. Ni la muerte ajena, ni la vida de los otros. Sus vacíos, sus miedos y su cobardía tumefacta encuentran eco en este caos de gilipollas sin fronteras.

La pantalla no nos devuelve un mundo feliz sino el resentimiento y rencor de mil años que les sale por las orejas a chavales de 15. Ellos, que deberían estar en la meliflua felicidad del que tiene todo por experimentar. En vez de sorprenderse con la vida o descubrir el amor optan por la existencia en diferido, mediatizada por un cristal y una luz que ciega sus ojos por juegos que embotan sus mentes y por líderes de pacotilla, cuyas proezas se ceban con los más débiles.

Pues no. Estos mierdas no pueden salirse con la suya. Han de pagar con dinero, con prisión, con trabajos a la comunidad sus delitos, su depravación y su detestable aportación a esta sociedad.

Yo sólo quiero ver monstruos en las pelis de terror.

 

 

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Nómadas
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Lola Gracia | 22-01-2017 | 20:49| 0

 

 

 

 

En la antigua Persia existían los caravasars. Eran lugares donde los viajeros podían pernoctar, dar agua a sus camellos, establecerse unos días antes de proseguir su camino. En una palabra, los precursores de los modernos hoteles.

El recientemente fallecido Zigmunt Bauman aseguraba que el hombre de hoy es un viajante que, de cuando en cuando, encuentra un caravasar, y reside por breve tiempo en un lugar. El ser humano se ve abocado a ser un nómada de su propia vida. Lo más probable es que todo cambie a nuestro alrededor. Que pasemos de ser ricos a pobres; de pobres a ricos, de casados a solteros, de parados a currantes, de autónomos a empleados. Que todo se sucederá rápido. De un día para otro. Sin transición. Sin verlo venir.

Imagino a hombres y mujeres surcar dunas, capear tormentas de arena, añorar el aroma petricor del suelo mojado, ansiar el resplandor de la madrugada, construir con primor hogueras nocturnas, asignar provisiones para el camino hasta el próximo caravasar, quizá hasta el destino final; pergeñar planes y sueños para ese momento, planear una celebración, desear el cuerpo de la persona amada, que tal vez nos esperará al traspasar el horizonte.

La visión romántica del nomadismo se me antoja dura. Y nosotros somos nómadas, tenedlo por seguro. Estoy convencida que en nuestras agendas nada falta de la anterior enumeración. Que vamos a una etapa a otra de nuestra vida así: añoramos, ansiamos, guardamos, planificamos, soñamos, deseamos. Es duro el camino. Aquellos que nos encontramos entre una etapa y otra intentamos atrapar los amaneceres, distraer la soledad con buenos amigos, con sabias palabras; espantamos la incertidumbre con los buenos recuerdos y con la certeza de que un cielo protector siempre, siempre cuida de nosotros.

Soy más optimista que Bauman. El trecho entre caravasar y caravasar ha de ser un tiempo robado para crecer, para buscar nuestro yo más auténtico y ofrecérselo al mundo. Porque seguro que todos contamos con un tesoro, algo singular que a nadie más pertenece y que puede cambiar las cosas, a la gente. Nuestra aportación a las horas de los otros.

Hay que disfrutar las etapas del viaje. No son un tedioso periplo hasta el próximo oasis, son lecciones y regalos para cada día. El universo es generoso. Nos empacha la investidura de Trump pero Ivana derrocha buen gusto por una vez y copia el look Jacqueline. La cuesta de enero es gélida pero la nieve nos hace soñar con paisajes de blanca navidad. Las hidroeléctricas son inmisericordes y nos condenan a pasar frío en nuestras propias casas pero el calor del ser humano es increíble. Y damos gracias por no ser esos otros nómadas que están en la calle con nieve que huyen de un mundo en llamas, atrapados en un espacio en blanco donde parece que nadie les quiere. Sí, más vale ser nómada que refugiado.

Abocados al nomadismo, dejemos de luchar por la perfección. Es absurdo querer encontrar el momento perfecto, el trabajo perfecto, el ser humano perfecto. Obtendríamos un Frankestein de enormes dimensiones imposible de gestionar. Un monstruo creado por nosotros mismos que nos engulliría con suma facilidad. En realidad, si uno lo piensa bien todo es perfecto o casi perfecto, porque lo que nos disgusta, nos enseña, nos prepara para llegar a nuestro próximo caravasar.

Los trenes, los aviones nos muestran pasajeros atribulados con prisa y quizá convenga frenar u poco el ritmo porque el tiempo es igual para todos. Total, para llegar al mismo sitio.

Dejemos de hacer el imbécil. Nosotros, nómadas del siglo XXI, aprendamos de una puñetera vez a disfrutar del paisaje

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La terrible adolescencia
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Lola Gracia | 15-01-2017 | 19:18| 1

 

 

Jamás volvería a los 13. Fue una edad terrible. No era la niña perfecta que mi mamá quería; Ni coqueta, ni femenina, ni presumida. En el cole me llamaban patata. En las fotos antiguas veo a una mujercita con cara guapa y algo de tripa. Nada del otro mundo, sin embargo, me parecía la más desgraciada del universo.

Por suerte, tenía un grupito de buenos amigos y, por suerte, en aquella época el teléfono móvil era un germen.
Si en algún momento —que los hubo— acudir a clase se convirtió en una pesadilla, a las cinco de la tarde, la pesadilla terminaba y me liberaba hasta el día siguiente.

Nadie sabe porqué hay personas más vulnerables que otras. Yo no lo era. Es evidente. Tenía terror a cosas peores: una hecatombe nuclear, el fin del mundo, la muerte de los que quería, la violencia extrema.

Nadie puede entrar en la mente de un adolescente salvo otro adolescente. Ellos saben dónde hurgar, cómo herir y cómo matar. Y siempre lo hacen en grupo.
Los acosadores son los seres humanos más cobardes del mundo. Los acosados regresan al lugar del horror un día y al siguiente. Esperan que la tormenta pase. Se sentirán ansiosos y angustiados porque nunca saben cuando terminará su mal, pero ahí los ves: con sus carpetas debajo del brazo y sus mochilas al hombro. No se esconden. No se agrupan para atacar desde la masa.

Algunos desisten de la terrible presión y prisión que supone estar en un lugar donde sistemáticamente se te agredirá sin motivo ni razón. Es tan absurdo que el acosado calla muchas veces. Siente vergüenza y no sabe de qué. Siente asco de sí mismo y no sabe por qué. Regresa a casa y ese teléfono vibra sin parar y le escupe inmundicias que sin duda no se merece.

Las palabras escritas, verbalizadas, son dardos que socavan la autoestima, le distraen. Imagino a los menores colapsados por los insultos, incapaces de distinguir la verdad de la basura. Incapaces de salir de su muro de dolor para explicar a sus familias el infierno por el que están pasando.

Las consecuencias del acoso son perennes. Las víctimas padecen síndromes post traumáticos similares a los de una guerra. La violencia deja una herida en el corazón pero también en el cerebro. Esa huella del dolor y la violencia ejercida de mil modos es un recuerdo, es una sombra que no se olvida y el acosado quedará a merced otros futuros depredadores emocionales.

No es raro que el que ha sufrido violencia doméstica, ha sido tachado de friki en el cole, o de perdedor en el insti, sufra posteriormente mobbing en el trabajo o maltrato de alguno de sus jefes y compañeros futuros.

No hay recetas para esto, salvo estar pendiente de ese tesoro que tienes en casa, ese diamante en bruto que vino a este mundo para ser feliz y nada más que para ser feliz. Y hay que recordárselo. Cada día: con abrazos, con besos, con palabras.

Y qué decir de esa escoria de 12 años en adelante que son los acosadores. Igual que creo en el bien, creo en el mal.
Bastante tienen en sus familias con tener que acogerlos hasta que crezcan.

Yo juntaría a todos estos mierdas y los haría probar su propia medicina una vez y otra y otra y otra.

Ghandi tenía razón: el odio incita al odio

Espero que, al menos, algunos de esos que se han unido a la masa lerda y destructiva recapaciten y cambien de actitud

Por suerte, ya no tengo 13 años.

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Lo Hygge y la rumba
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Lola Gracia | 09-01-2017 | 07:36| 2

He tenido serias dudas acerca de cómo iniciar este primer artículo del año. Tras el fiasco de Mariah Carey en Times Square, la reciente maternidad de Janet Jackson, el noviazgo de Jennifer López, el no-vestido de la Pedroche y las predicciones económicas y astrales, sólo resta el bostezo.

Nada nuevo bajo el sol, salvo por el hecho que la más pequeña de los Jackson ha sido madre primeriza con 50 años. Guau. Eso es estar enamorada de verdad. Y el milagro del amor pasados los 40 o varios divorcios —como es su caso—siempre me asombra.

El caso es que con mi estufita halógena a mis pies, mi manta y mi gata ronroneando alrededor; En esta completa soledad, podría sentir envidia de Janet o de Jennifer. Pero no. Creo que no voy a levantar el culo esta tarde festiva de mi pelota de fitness (escribo sentada en una de ellas porque es beneficioso para la espalda) Os puedo parecer la single más aburrida y carca del mundo. Todo lo contrario. Estoy súper de moda aunque no lo sospechéis. He entrado de lleno en la tendencia hygge que procede de Dinamarca; Se pronuncia algo parecido a huga.

Perseguir todo aquello que es íntimo y confortable nos hace felices, dicen ellos. O al menos lo dice Meik Viking en su libro Hygge, la felicidad de las pequeñas cosas.

Vamos, que regresar a la mesa camilla de nuestras abuelas nos pone en primera línea de vanguardia. Paladear un buen vino, darse un baño relajante, la proverbial manta con su sofá y peli son placeres sencillos y “modernos”.

Lo de vivir peligrosamente se lo dejamos a otras generaciones. Quizá a las de los actuales septuagenarios, cuya vida sentimental es más agitada que la de los cuarentones. Y esto lo sé de buena tinta por los novelones que me cuenta mi madre. Pretendientes atrevidos, citas en la playa, bailes en el “hogar”. A veces creo que la envidio secretamente.

Pero a lo que iba. Todo esto lo veo genial para un rato. Al rollo Hygge le encuentro varios “peros”. La chimenea en nuestro mediterráneo se pone tres veces al año. El vino también me gusta para el invierno y por supuesto el sofá, la manta y la peli. Entiendo que en Copenhague esto sea lo más pero a mi este rollo camastrón me dura tres siestas y hablo casi literal. Una tarde de estar en casa (un día completo me resulta harto imposible) y a la mañana salgo a la calle como un potro desbocao a comerme el mundo.

Que quizá esta sea la idea: “hija mía, reserva fuerzas que lo que te ocurre no es pesimismo ni desánimo, sólo cansancio, petarda, que no paras en casa ni un momento. Y cuando estás en casa te da por hornear, escribir, ver pelis hasta que te dan las claras del día y como pilles un novio, ni te cuento, lo agotas a la cuarta cita”.

Lo siento, la hiperactividad es lo que tiene. No se elige. Y lo hygge nos vale para el día que uno está completamente agotado y le duelen los huesos de tanto deporte, la tripa de tanto reírse y de las ingles de tanto fo…, en fin, ya sabéis. Y creo que no soy la única. Que hay varias cosas que nunca podremos importar a nuestra rumbosa y festiva tierra y una de ellas es el clima y las horas de luz solar al año que lo condicionan todo.

Queridos, que el 2017 os llene de noches inolvidables y días maravillosos. El sofá y mantita para los nórdicos, para nosotros la fiesta y la siesta.

 

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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