La Verdad

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El aprendizaje en la vida es largo…
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Isabel Franco | 19-06-2008 | 19:18| 0

…pero con la enfermedad se acorta.
Es la segunda vez que cito a Luz Casal, se me va a ver el plumero. Pero es que, una vez que te pones a navegar por internet buscando algo de información que sacie la angustia que sientes los primeros días, no tienes más remedio que destacar lo tierna y cercana que esta mujer se ha mostrado ante todo el mundo, con respecto al cáncer de mama.
Hice caso a los médicos y, mientras esperaba la operación, traté de no volverme loca con la avalancha de información que te ofrece “La red” acerca del cáncer. Seleccioné las fuentes de información y sólo me dediqué a bucear en sus páginas. Me refiero a las dos páginas de la Asociación Española Contra el Cáncer (www.muchoxvivir.org y www.todocancer.org) y a la página de la Sociedad Española de Oncología Médica (www.seom.org). Esta última, a mi juicio, destaca por la amplia información que te ofrece respecto a los efectos de la quimioterapia, sobre la que, por cierto, se debería hablar más (es la única manera de que deje de ser la bestia negra).
Bueno, otro contenido a destacar entre los que encontré son los testimonios de famosas y no famosas que recoge la página muchoxvivir. Allí están las palabras de esta maravillosa cantante que ha seguido, después de superar los tratamientos, mandando mensajes de ánimo a quienes padecemos este dichoso mal a través de todos los medios de comunicación.
Yo hice lo mismo, desde mi humilde anonimato, y quise dejar constancia en este foro de heroínas anónimas, con mis palabras, que voy a por todas…



Isabel
Mantén una actitud positiva, quiérete, confía en los profesionales, sé prudente a la hora de manejar la información y ¡plántale cara al cáncer!

Tengo cáncer de mama, y una niña de 18 meses que es la alegría de mi vida -ya lo era antes del diagnóstico- y mi generador de energía, y no porque me falten pareja, familia, amigos… hasta mi jefe me da ánimos. El jueves me operan, 14 de febrero ¡como para olvidar la fecha!, y pienso convertirla en mi segundo cumpleaños a partir de ahora. He llorado, gemido, rabiado y me he dejado arrastrar por la tristeza hasta el fondo del pozo (por cierto, ¡qué fuerte es!). Ahora solo tengo determinación, ánimo, sosiego, fuerza, entereza, seguridad y energía. Voy a sufrir, lo sé, y le temo más al sufrimiento sicológico que al físico, pero no me voy a dejar vencer, y pretendo ser una heroína, sólo una más. Volveré a dejar mi testimonio según todo vaya avanzando, cuando comience la lucha. Mientras esto ocurre, enhorabuena a todas vosotras, sois las mejores porque no solo lucháis a diario contra la enfermedad, sino que sacáis unos minutos para apoyar con vuestro testimonio a las demás.

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De sopetón
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Isabel Franco | 18-06-2008 | 12:30| 0

Esa misma tarde teníamos que cerrar un contrato de alquiler, así que me lo monté para que coincidiéramos todos en la inmobiliaria. Firmaríamos y luego, mientras tomábamos un café, les contaría.
Y así fue, tras una comparecencia más que lamentable ante los agentes inmobiliarios y la otra parte (yo estaba desquiciada), nos fuimos a tomar algo para aprovechar la coincidencia y hablar un rato:
– Bueno, como esto no merece dar muchos rodeos, tengo que deciros algo – empecé a hablar como una autómata, no había preparado las palabras y me costaba trabajo orientarme en mi propio discurso – hace unos meses me salió un bulto en el pecho y, después de hacerme unas pruebas, me han diagnosticado un cáncer – Lo solté así, de sopetón, delicada que es una.
Mi madre comenzó a llorar, mi hermana le siguió y mis sobrinas, que jugaban en una mesa cercana, comenzaron también a llorar siguiendo la estela de su madre. Mi hermano, el hombretón de la familia, me miraba con los ojos muy abiertos, sus lágrimas fluían hacia adentro, se le notaba. Y es que la pequeña de la casa les estaba diciendo que le acababan de diagnosticar una enfermedad muy grave, y todo ello sin anestesia. Comenzaron las preguntas, entre lágrimas, y llorando yo también les conté lo poco que había logrado investigar hasta ese momento. Poco a poco fue llegando la calma, mientras a esa misma hora mi marido se desahogaba ante los suyos, al transmitirle una noticia que lamentablemente en su casa llegaba por segunda vez, mi suegra lo padeció hace 11 años.



(Al día siguiente) “Tengo que decirte una cosa, es urgente”, si, le mandé un mensaje al móvil a mi jefe para que me atendiera lo antes posible. Caminaba hacia el trabajo con el parte de baja en las manos y la imagen de mi médico de familia totalmente sorprendida por el diagnóstico que me habían dado apenas 24 horas antes.
Nunca antes había usado este recurso para llamar la atención de mi jefe, por eso esperaba que me contestara rápido, y así fue:
– Qué pasa Isa – me preguntaba al otro lado del teléfono.
– Tengo que decirte algo y no puede ser por teléfono, es lo bastante importante para decírtelo en persona. Llámame a tu despacho en cuanto tengas un hueco, por favor – Ya estaba que me ahogaba y acababa de comenzar el día, uno de los más duros de mi vida.
– Pero qué te pasa, me estás asustando – Es así, no suele rendirse a la primera.
– Mira, vengo de recoger el parte de baja del médico – a estas alturas no podía hablar y andar a la vez, me faltaba el aire – y lo que me ocurre es lo bastante grave como para que insista en contártelo en persona.
– Bueno, te llamo ahora.
Llegué al trabajo como si me hubieran dado cuerda, mientras esperaba que mi jefe me llamara comencé a contarlo como una muñeca de esas que hablan, necesitaba oirme para creerlo. Ante mi noticia, mis compañeros reaccionaban con estupor, cuando te cuentan algo así sientes como se acerca la enfermedad hasta casi tocarte, es estremecedor, lo sé. Y también comencé a percibir el cariño de la gente a través de sus palabras de ánimo; ¡Tu eres fuerte! ¡Ya verás como lo superas! ¡ De esto se sale! ¡Animo que no estás sola!, etc.
– Isa – era Rosa al teléfono – el jefe te llama.
Llegué a su despacho como el que alcanza la meta, la idea era contárselo y salir pitando hacia mi casa, a refugiarme.
Igual de delicada que con mi familia, tomé la palabra:
– Tengo cáncer, en el pecho, me lo diagnosticaron ayer.
Sorpresa y conmiseración se dibujaron en su cara:
– Pero ¿cómo es posible? ¿así, de la noche a la mañana? – me contestó. Estaba hablando la persona, el hombre que se siente más cerca de tí como amigo, no el jefe que ha de decidir cómo suplirte o que puede lamentarse por tu baja, yo lo sabía, y lo agradecía de corazón. Le puse al día de lo ocurrido durante los últimos meses, de cómo lo noté al terminar la lactancia de mi hija, sobre como cada uno de los médicos que me veía me decía que era benigno y acerca de mi insistencia para que me lo quitaran pese a todo. Mientras lo hacía, me abrazó, me reprendió no haber compartido antes con él mis temores -¡que tierno!- y me entregó un objeto que me acompaña desde entonces las 24 horas del día:
– Llévalo contigo, te va a dar suerte y fuerza, yo lo llevo siempre conmigo y me ha ayudado cuando lo he necesitado – Otro abrazo, es cálido, aunque yo estoy en conflicto conmigo misma, la verdad es que había pensado que a nadie le importaría demasiado y no sería tan difícil dar la noticia y salir pitando. Me había equivocado.
Mientras pensaba sobre ello, mi jefe había levantado el teléfono, llamaba al presidente de la junta local de la Asociación Contra el Cáncer, le pidió que viniera y me invitó a volver a su despacho cuando llegara.
Mientras, al salir de allí, volví a soltar la noticia entre mis compañeros como si de un racimo de granadas explosivas se tratara. Además, ese día había pleno, así que todos se enteraron casi a la vez. Los más impactados me seguían a mi puesto de trabajo para hacerme llegar su cariño y darme ánimos, ya se me estaba haciendo muy cuesta arriba seguir. Cuando Pedro Hernández Caballero, el presidente de la AECC de Alcantarilla, llegó, me llamaron inmediatamente.
Volví al despacho de mi jefe y le conté, me miraba muy serio, pero sin dureza, se notaba que se había enfrentado en demasiadas ocasiones a esta situación.

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La vida siempre te sorprende
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Isabel Franco | 16-06-2008 | 03:53| 0

Fue el 30 de enero de este año. Y si, es cierto, tal y como señala la prota de Sexo en Nueva York nada más empezar su aventura en el cine “La vida siempre te sorprende”, grata e ingratamente.
Nosotros aquel día no sabíamos cómo actuar, ni mi marido ni yo dábamos con las palabras adecuadas, ni la postura correcta, era tanto lo que nos jugábamos…
Siempre he admirado a esas personas que parecen saber lo que tienen que hacer en todo momento, y he lamentado no ser capaz de huir de la mediocridad para rozar el paraíso junto a ellas. Era un sueño.




Tras una larga espera en la salita de la Unidad de Mama, nos dispusimos a pasar a la consulta del Dr. Revert (ya sé cómo se llama):
– Efectivamente, tal y como nos temíamos, las pruebas han confirmado que se trata de algo maligno. – Silencio, se notaba que existe una especie de protocolo o ritual que se adopta ante estas situaciones. Vuelvo a alegrarme de la profesionalidad.
El primero en hablar es Jose, yo tengo un nudo en la garganta:
– ¿Y esto qué significa? ¿Es grave? ¿Existen varios tipos?
A partir de ese momento se inicia una conversación a 3 bandas -el doctor, mi marido y yo- en la que se nos ofrece todo tipo de información sobre estos tumores, su incidencia, las causas que han podido dar lugar a ello, los tipos de intervenciones, etc. Me gusta hablar con este doctor menudo y espabilado que destila carácter hasta por las gafas que no lleva. Para concluir, nos introduce en el futuro:
-Todos los viernes se desarrolla el comité, es una reunión de todos los especialistas que ejercen en estos temas donde se exponen los nuevos casos que surgen y se adoptan las decisiones sobre el tipo de intervención que se va a realizar. Esta semana yo expondré tu caso, pero mientras vas a comenzar a hacerte el preoperatorio para que lo tengamos todo preparado.
Junto a él, un sol vestida de enfermera nos dirige palabras dulces, tiernas, de consuelo, y nos orienta para pedir cita para las pruebas; radiografía de tórax, análisis de sangre y electrocardiograma.
Me marean, siento vértigo, esto es como una montaña rusa bestial que casi me deja sin sentido.
Ya está, ha ocurrido, mi vida ha dado un vuelco.
Sólo un pensamiento me ocupa la cabeza: ¡Dios mio! ¿Qué he hecho? Mi hija.



Nos fuimos al Quitapesares, para nosotros es un lugar especial, escenario de tantos encuentros cuando comenzamos a salir hace ya más de 17 años. Por las mañanas, durante la semana, no hay casi gente. Te permite tomar la distancia necesaria para decidir sin ajetreo. Aunque yo sólo lloraba. Eso sí, con serenidad.
Siempre he pensado que mi salud era de hierro, me he sentido afortunada por ello e incluso me he mostrado altanera. Yo pensaba que tenía la suerte de no padecer enfermedades graves (soy hipertensa por culpa del maldito estres, pero nada más). Me imaginaba a mí misma cuidando de mi marido, de mi madre, de mis hermanos, pero nunca imaginé que sería todo lo contrario, que en el mejor momento de mi vida serían los míos los que se harían cargo de mí porque un cáncer ha decidido arrebatarme el protagonismo de estos días y producirles a ellos un sufrimiento injusto.
– ¿Qué piensas? – le pregunté a Jose.
– Yo no me esperaba esto tampoco. Sabía que era posible, pero tu siempre has tenido suerte ante las situaciones más difíciles y creí que iba a ocurrir lo mismo. Esperaba que al final todo quedara en un susto – Estaba muy emocionado.
Acordamos que, por la tarde y cada uno por su lado, le comunicaríamos a nuestras familias la situación en que nos encontrábamos. Al día siguiente, yo haría lo mismo en el trabajo, tras pasar por la consulta de mi médico de familia y recibir sus instrucciones. Una vez más, el entorno del Santuario de la Fuensanta nos animaba ante una difícil situación. Entré, mandé un beso a la Virgen junto con una plegaria y salí hacia el coche. Parece que, cuando sabes lo que tienes que hacer, los pies te guían.

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El pasillo del miedo
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Isabel Franco | 14-06-2008 | 20:24| 0

Estamos en la planta semisótano del maternal de la Arrixaca, a la izquierda las consultas de ginecología -llenas de embarazadas, valiosas portadoras de nuevas vidas que vendrán a alegrar las de aquellos que les querrán de corazón-, a la derecha rayos de infantil -donde decenas de niños demasiado jóvenes para estar enfermos esperan junto a sus madres que les realicen la prueba. Entre todos, apenas una veintena de mujeres a cuyos rostros asoma un fantasma común; la DUDA.



Llegamos puntuales, entregamos los papeles, y a los pocos minutos un anestesista de casi 2 metros de altura y más de 100 kilos de peso sale al pasillo y pronuncia mi nombre:
-Isabel Franco
-Aquí – le contesto mientras las demás miran con recelo cómo es posible que me hayan llamado tan pronto si he llegado de las últimas.
-Ven aquí – me lleva a un cuarto de paso, para tratar de obtener más información sobre la prueba (y yo descubro porque me llamó antes, soy la única punción del día) – ¿que te pasa?
– Estuve en la Unidad de Mama y me mandaron aquí a hacerme estas pruebas después de comprobar que, lo que inicialmente se me diagnosticó como un fibroadenoma, retraía la piel al elevar el brazo – le relaté, haciendo gala de una desconocida capacidad de enumeración que no he dejado de perfeccionar desde entonces.
– A ver – me pide, mientras pienso “¡Ya estamos otra vez! Una gran mano reduciendo a la nada mi pequeño pecho”. Ahí va, me abro la camisa, se lo enseño, levanto el brazo izquierdo emulando el famoso saludo de todo un pueblo europeo a un loco genocida cuyo nombre no merece ser pronunciado.
No dice nada, este será el primero de una larga serie de ‘silencios oportunos’ que, sin querer decir nada, lo terminan diciendo todo.
– Bueno – se decide después de unos instantes – vas a esperar, te llamarán primero para la mamografía y después te avisamos para la punción. Vuelvo al pasillo, 10 minutos más, observando la tensión, la ansiedad, el miedo, nerviosismo siempre justificado por la gravedad del posible diagnóstico grabado al fuego en todos y cada uno de los rostros presentes. Por fin paso al mamógrafo, primer problema, estas máquinas no están pensadas para el tamaño de mis pechos.
– Te va a molestar un poco, si te duele, avisa y paramos – me tratan con amabilidad, me gusta, pero me temo que ese sea el preámbulo de una condescendencia fruto de la lástima.
¿Y para que nos vamos a engañar? Doler, duele, pero no te quejas porque quieres que hagan pronto y bien la dichosa prueba. Sobre todo duele en el pecho izquierdo, donde apareció este indeseable bulto que amenaza con dinamitar mi vida. Acaban, me visto, me recompongo y salgo. Ahora yo también tengo el miedo grabado en la cara, son ellas las que me miran, como dándome la bienvenida a un club de involuntarios miembros (¿o son miembras? 😉
20 minutos más tarde me vuelven a llamar, el anestesista está dentro, se presenta:
– Soy Bernardo, y voy a ayudar al Dr. Xxxxx durante la punción, yo te voy a inyectar anestesia local para evitarte el dolor, si en cualquier momento sientes algo o tienes alguna molestia, avísame – y entonces entiendo por qué es tan grande, necesita espacio para abarcar la ternura que destila, y lo agradezco, de verdad, porque lo último que necesito en estos momentos es la más mínima muestra de frialdad.
Junto a él, una enfermera:
– Yo soy Almudena, voy a asistir al Dr. Xxxxx durante la punción, ya sabes que estamos aquí para que te sientas cómoda – otra vez agradecida, es un encanto de mujer a la que tengo oportunidad de conocer mejor durante los siguientes minutos, su hermano Ramón tiene suerte una vez más.
Por fin llega el Doctor:
– Hola Isabel, como sabe vamos a realizar una prueba que pretende determinar la verdadera naturaleza de la masa detectada en su pecho, vamos a utilizar para ello esta aguja (y me muestra un tubo de metal que, según parece, me van a introducir en el pecho, “¡uf! menos mal que Bernardo se va a encargar de que no sufra”, pienso-deseo yo)
El doctor se sienta a mi lado, bajan la intensidad de la luz para incrementar la visibilidad del ecógrafo que habrá de guiarles durante la prueba, y me sorprende palpando mi axila. Al cabo de unos instantes encuentra algo, ya empezamos, y resulta que es un pequeño bulto de 1 cm. en la axila, yo sé que eso no es bueno.
– Vamos a realizar dos incisiones, en vez de una como teníamos previsto inicialmente, para tratar de saber más sobre lo que te he encontrado – me informan y empiezan.
A mi ya me tiemblan las piernas, las cosas empeoran, lejos de mejorar, y eso no es lo que yo deseo con todas mis fuerzas. Parece que una gran corriente me empuja hacia un drama que ¡maldita sea! yo no quiero protagonizar. Decido relajarme, dejarles hacer, actuar con humildad y confiar en su profesionalidad, y no me va mal. Al final, tras varias punciones y alguna que otra actuación de Bernardo, una bolsa de hielo seco divorcia a mi brazo de mi pecho, anticipando un desenlace inevitable.
Me visto, me hago fuerte y salgo, a Jose también se le ha grabado el miedo en la cara, mi expresión y el silencio del doctor durante la prueba se convierten en afirmaciones que poco a poco van dando paso al miedo.
– Ahora toca disimular, no quiero que mi madre nos vea llegar a casa así – le digo a mi querido, mi amigo, mi compañero del alma, mientras confirmo lo que esta pasando; hemos comenzado a sufrir.



No quiero pensar, ni imaginarme siquiera como sería mi vida después si definitivamente se confirma el diagnóstico. Me dedico a seguir mi rutina diaria como una autómata; levantarme, desayunar, recoger la casa, despertar a la nena, darle el desayuno y vestirla para que su abuelo la lleve a la guardería, a trabajar, después a nadar, a comer-merendar, y hasta el baño, la cena, el sueño de la nena y, por fin, los pocos minutos de charla-televisión a que se han reducido los encuentros con Jose desde que, además de ser personas, somos también padres.
El 30 de enero tengo la cita en la Unidad de Mama para conocer el resultado de las pruebas. He pedido cita al día siguiente en mi médico de familia, si el resultado es positivo quiero que ella sea la primera en saberlo para seguir también sus indicaciones.

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Mejor esperar y cruzar los dedos
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Isabel Franco | 13-06-2008 | 11:36| 0

Le conté a Jose, mi marido, lo que me dijo el médico mientras cenábamos, a las 11 de la noche, cuando la nena nos da la tregua. Después de pasar las horas, parecía que la cosa era menos grave, además contaba con que él iba a encontrar como siempre la explicación más positiva para todo lo que me había ocurrido, y así fue.

– Dice el médico que igual es cáncer, que su experiencia le indica que los demás se han equivocado hasta ahora – solté casi sin pensarlo, mientras peleaba con mano temblorosa para arrebatarle con el tenedor la mayor porción posible de ensalada y miraba de frente al televisor.
– ¿Y qué te hace pensar que no es él el equivocado? – contestó rápido y lúcido, como siempre.
– Pues igual tienes razón – eso es lo más cerca que yo estoy habitualmente de admitir que su punto de vista es el adecuado – pero él es un especialista, se le ve que lleva tiempo en la Unidad de Mama.
– Ya, pero se puede equivocar, no deja de ser uno el que dice que es malo, contra 5 que te han dicho que no te preocupes, que no es nada – concluyó, tajante y seguro, como a mí me gusta que sea, como me hacía falta que fuera en ese preciso instante.
– ¿Sabes lo que vamos a hacer? vamos a cruzar los dedos y a esperar el resultado de las pruebas, no le vamos a contar nada a nadie si te parece, porque a mí me da yuyu eso de estar invocando al maligno y ya sabes a lo que nos arriesgamos, algunos lo darán por hecho incluso sin serlo.
– Como tú quieras, pero yo te acompaño ¿que has dicho que te tienen que hacer?
– Una punción de aguja gorda, para tomar muestras, y una mamografía.
– Pues nada, allí estaremos el día 21 de enero.

Muchas gracias, Alicia, Viajes y Pablo de la Rúa, por vuestros comentarios. Ahora que, tras superar varias etapas, estoy en la de hablar, expresarme y contar lo que he vivido hasta el momento, son valiosas como diamantes cada una de las palabras de ánimo que recibo.
Si, si, diamantes, pero aviso que no pienso devolverlos cuando acabe todo esto ¡son mi tesoro!

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“Cuanto más bella es la vida, más feroces sus zarpazos”
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Isabel Franco | 12-06-2008 | 13:36| 0

Tengo a mi niña de 18 meses durmiendo entre los brazos, chiquitica, pero fuerte, entera, viva… La habitación está oscura, casi tanto como mis expectativas hoy. Que ironía, pensaba yo que en la Unidad de Mama del Virgen de la Arrixaca me estaban dejando para la última porque los casos de las demás eran más importantes que el mío, al fin y al cabo yo iba a que me quitaran un fibroadenoma, nada importante, ya me lo habían dicho mi ginecológo, mi doctora en Planificación Familiar, mi médico de familia, en fin.




Un médico pequeño y ya entrado en años me recibe, la auxiliar me gusta, tiene el pelo blanco y yo siempre he pensado que esas mujeres tienen carácter. El doctor está acompañado por estudiantes que, como él, me ponen las manos sobre mis pequeño pecho ocultándo su existencia casi por completo, como si nunca hubiera estado ahí…
– Hay retraimiento de la piel – dice él.
– ¿Cómo lo ve? A ver – susurran ellos como si yo me fuera a asustar.
– Ahí, ahí, al subir el brazo, ¿ves como se lleva la piel hacia adentro?
– Es un fibroadenoma – diagnostico yo, la más lista del grupo – me lo han dicho en todos sitios; en Planificación Familiar, mi médico, el ginecólogo de San Andrés…
– Pues, si de algo vale la experiencia que me dan más de 30 años, yo digo que es cáncer – sentencia él, pasando de ser un pequeño compendio de sabiduría, a poco menos que un verdugo para mí.
Y plaf, ocurrió.
– De todas formas, vamos a hacerte pruebas para que no sea yo, tienes que ir a maternidad y pedir cita para esto… abajo te darán para esto otro… luego les preguntas que cuando estarán y pides cita aquí para que veamos los resultados.
Yo ya no oía, no veía casi, no me acordaba de donde estaba y me faltaba hasta el aire.
¡Dios mío, mi hija!



Estoy sola en el pasillo del Policlinico, me han puesto un montón de papeles en la mano, casi no veo, no sé a donde ir, no tengo a donde ir, no quiero llamar a nadie, no quiero vivir esto, no, no, no.

Pero me aguanto, me ha tocado y ahora tengo que empezar a deshacer un camino que no conozco. Estoy sola, no quise compañía porque la creí innecesaria, así que trato de arrancar, cumplir las instrucciones y llegar a mi casa.

Los profesionales me tratan bien, están haciendo esto a diario con muchas mujeres, yo espero lo necesario y ellos me atienden, las pruebas comenzarán en días.

Hoy no voy a volver al trabajo.

(Este es el resumen de la experiencia que viví durante las navidades de 2007, cuando todo empezó, hoy lo recojo en este blog como el inicio de una historia que, en estos momentos, se encuentra a medio desarrollar, pero que estoy segura de que tendrá el final que debe, y que quiero compartir)

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Sobre el autor Isabel Franco
Periodismo. Social Media. Formación. Aprendiz eterna. Sobreviviente del cáncer. Una entre tantos. Ni más, ni menos.

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