27 Dic 2009
Gracias a todos
Cuando la vida te da un revés, parte de su trascendencia depende de los apoyos con los que cuentas para superarlo. Así, si uno está acompañado ante la nueva situación que se le plantea, resulta –o al menos eso parece- más fácil enfrentarse a ello e incluso alcanzar el éxito en el empeño. La soledad, por el contrario, es una más de las piedras que se pueden arrastrar en momentos de adversidad.
El cáncer abre un cráter en la vida de cualquier persona, por favorable que pueda resultar su pronóstico. Ese agujero negro invadió una buena mañana de enero de 2008 el día a día de mi familia, teniéndome a mí como protagonista.
A lo largo de 23 meses mi marido, mi hija y yo hemos debido superar diversas situaciones que nos han venido planteadas por la enfermedad, alterando con ello nuestra vida cotidiana y la de nuestras familias. Pero esa alteración ha llegado más lejos, a nuestro entorno más cercano en todos los ámbitos, incluido el del trabajo.
A través de estas líneas queremos expresar, en primer lugar, que hemos sido conscientes de que detrás de cada operación, de cada eventualidad, de cada ciclo de quimioterapia, de cada sesión de radioterapia, de terapia biológica, de cada consulta de oncología, se encontraba una persona haciendo el esfuerzo que nosotros hemos dejado de hacer en el trabajo, el vecindario y en nuestra familia para tratar de vencer la enfermedad que se me diagnosticó. Un compañero tratando de lograr los objetivos señalados por un jefe que, en más de una ocasión, se ha visto atropellado por el anuncio de una nueva ausencia o de la prolongación de ésta. Un amigo o familiar desempeñando en casa la labor que nos resultaba imposible por falta de tiempo, de fuerza o, simplemente, de ánimo. Un hermano, hermana, padre o madre corriendo hacia la guardería para recoger a la pequeña de la casa. Un vecino de casa o de corazón trayendo una tortilla de patatas, un plato de higos, una docena de huevos caseros que ayudaran a recuperar la fuerza maltrecha por los tratamientos.
Hoy que parece que la enfermedad nos ha dado una tregua y la vida una prórroga, al menos de momento, no podemos tratar de retomar nuestra ‘normalidad’ sin mirar a nuestro alrededor y dar las gracias. Una y otra vez.
Gracias al gran equipo humano que acude cada día a ofrecer lo mejor de sí a los usuarios del Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca, que han convertido en trabajo esto de salvar vidas, mejorarlas o simplemente hacer más llevadero el tránsito, llegando cada vez más allá en su entrega y cualificación.
Gracias a nuestros jefes, en el Ayuntamiento y la Base Aérea de Alcantarilla, que se pusieron a nuestro lado y nos ofrecieron todo el apoyo necesario. Gracias a nuestros compañeros de trabajo, que se expresaron directamente desde el corazón dándonos su cariño y reforzando nuestras ausencias con esfuerzo y comprensión, pero sacrificando su tiempo. Gracias a nuestros vecinos y amigos, incluso a los recién llegados, porque intentaron aliviar lo más penoso de este trance como pudieron y lo lograron.
Gracias también a la junta local de la Asociación Española Contra el Cáncer, que tanto bien hace a diario entre las personas afectadas por esta enfermedad, amortiguando su impacto, consolando la pena y ampliando la información de los afectados y sus familias.
Y, muy especialmente, gracias a nuestras familias, que se cogieron de nuestras manos y se adentraron en el oscuro túnel que atravesamos y a cuyo final llegamos ahora para retomar esta vida llena de adversidades pero con un gran valor añadido; el sentimiento de solidaridad de las personas.
Gracias a todos, hoy podemos decir que no hemos estado solos, que nos hemos sentido acompañados y arropados en todo momento, que han sido muchos nuestros compañeros y que el cariño de los alcantarilleros ha contribuido en buena medida al éxito de los tratamientos.
Muchas gracias, de corazón.
José Francisco Costa García
María Isabel Franco Sánchez
María Isabel Costa Franco
10 Dic 2009
Cuento blanco
Estaba sola. En medio de una plaza sobre la que confluían varias calles. Se sabía observada, pero aislada a la vez por los mismos pares de ojos que la controlaban con sigilo desde un escondite absurdo.
No recordaba cómo había llegado allí. Se sentía igual que con resaca. En su mente vagaban las imágenes de una gran fiesta; alegría, descontrol, amigos, diversión, risas. Todo era tan agradable…
Todo iba tan bien…
Y de repente, sin poder explicar lo ocurrido, sus pies atrapados en esa gran piedra que ahora la sostenía en pie, en medio de un lugar desconocido. No le cabía duda “debe ser una broma macabra del destino”.
Pasaban las horas y ella no se movía. Erguida en el mismo lugar esperaba que algo, “un pliegue en la dimensión del tiempo”, cambiara aquello. Pero, por otro lado, se dio cuenta de que más allá de su fantasía pocas cosas iban a cambiar en las próximas horas, en los próximos días. “Quien sabe, incluso puede que nunca vuelva a ser igual”.
De repente empezó a llover. Pensó que era bueno. Pensó que el destino le estaba echando una mano. Levantó por primera vez la mirada hacia el cielo. El primero de mil gestos iguales que habría de repetir en el futuro. Abrió la boca. Tragó agua. Buscaba saciar su sed. Los primeros tragos le calaron el ser. Entraron directos al fondo de su alma. Y le escocieron. Estaba salada. Llovía agua salada. No lo entendía. No se explicaba qué pudo cambiar tanto el sabor del agua. El mismo líquido venido de ese lugar azul e idílico, que en su infancia le encantaba cazar entre correrías.
Lo notó de repente. No sabía cómo reaccionar. Estaba perpleja. Llovían lágrimas. Era su propia tristeza la que recorría su cuerpo, gota a gota, hasta bañarla por completo, empapando su alma de una pena húmeda y fría. Comenzó a temblar. Era demasiado. No podía seguir. “No puedo más”.
Pasaba el tiempo, horas y más horas, y nada cambiaba. Nadie aparecía. Seguía sola y sin saber qué hacer. Poco a poco, fue deduciendo que sólo estaba en su mano dar un giro a la situación. Únicamente ella podía hacer algo por sí misma. Estaba mojada, triste, cansada, confusa, perdida en un lugar desconocido, se sentía amenazada por el vacío existente a su alrededor y se sabía irremediablemente unida a una piedra que debería de arrastrar a cada paso. Si es que se decidía a andar.
Cansancio, apatía, confusión, más confusión, y pena. La tristeza era como una gran mancha de aceite que se iba extendiendo a su alrededor. Lo manchaba todo y lo dejaba pegajoso, desagradable. No podía limpiarlo, no había manera de limpiarlo, y la mancha cada vez era más grande. “Pobre de mí, nadie me ayuda, no se imaginan lo triste que estoy”.
Hablaba para si misma, susurrando, tratando de aferrarse a sus sentidos para no perder la compostura. Los susurros cada vez iban a más, eran más fuertes y casi se convirtieron en gritos. Un torrente expresivo en medio de ningún lugar.
“Psssss, silencio, espera, escucha, a lo mejor te contestan” se decía. Parecía un sueño. Un sueño que comenzó a materializarse progresivamente. Primero más bajito. Voces que parecían salidas de su propio recuerdo. Luego más fuerte, pero siempre susurros.
Una mancha blanca comenzaba a acercarse a ella. Estaba agotada, totalmente desorientada y con la sensación de haber perdido por completo la noción del tiempo y de sí misma. La mancha temblaba, la veía titilar como amenazada por la suave brisa que dejó la lluvia. Se acercaba poco a poco, a cada paso ganaba en claridad, en luz, el blanco era más intenso. La deslumbraba. Cerró los ojos.
“Toma, es para ti”, una niña le tocaba, le hablaba, le estaba entregando algo. No se lo podía creer. Notó como su corazón se abría, cómo dejaba pasar la alegría de aquella visión, y la saboreaba con gusto. El contacto con la niña le devolvió al mundo de las personas. Al lugar del que no debió salir nunca, de donde fue arrebatada por una realidad más fuerte que el ritmo inexorable que empuja las agujas del reloj a cada segundo.
Le entregó un puñado de globos. Eran todos blancos, se movían de un lado a otro, balanceados con suavidad por el movimiento que aún recordaban. Flotaban en la misma realidad que ella, pero parecían felices, daba la sensación de que se sentían cómodos en su mano. Los globos y ella no se sentían igual, era evidente, a pesar de encontrarse en una situación parecida: En medio de ningún sitio, trabados por la base y con una única compañía al final de sus extremos.
En ese momento sintió envidia, envidia por los globos, por su pasado “tan diferente del mío, seguro” y por la sensación de serenidad que irradiaban. “¿Porqué ellos y yo no?” y decidió investigarlos.
Entonces se olvidó de las miradas, de la soledad de la plaza, de la humedad de la pena y de su tacto pegajoso. Se dispuso a observar hasta el último rincón de cada uno de esos diminutos cuerpos sintéticos rellenos de aire. Miraba por uno y otro lado, hasta que observó una pequeña inscripción en la base de cada uno:
“Eres inocente, tú no tienes la culpa de lo que te ha ocurrido”
“No estás sola, mira a tu alrededor y pide que te acompañen, alguien
aparecerá”
“Ten confianza, los profesionales quieren ayudarte a salir de aquí”
“La piedra se compone de miedo y tristeza, ayúdala a disolverse”
“Exprésate, di lo que sientes, eres un ejemplo para otros”
“Se paciente, recuperarás tu vida”
Y si todo esto no te vale; “Te quiero”
Dio un salto. No esperaba el último mensaje. A decir verdad no esperaba ninguno de ellos. Miró hacia sus pies, al saltar la piedra se había movido, había avanzado un poco, ya no estaba en el mismo lugar y eso le permitió tener la sensación de que algo estaba cambiando. “Si quieres que cambie haz cosas diferentes”, pensó, y volvió a saltar.
De repente, uno a uno, un numeroso grupo de personas fue saliendo de las esquinas, de los portales, de los comercios. Todos se encaminaban hacia ella. Iban vestidos como para un carnaval, con atuendos de diversa naturaleza y poca ropa de calle, pero tenían una cosa en común; sólo la miraban a ella. Y se sintió bella. Bella por dentro. Sintió un calor que le llenaba una vez más el corazón, el mismo al que asomó tímidamente la alegría en forma de niña vestida de blanco. El calor iba a más, crecía y crecía hasta que comenzó a rebosar. Y la grasa de la pena se comenzó a derretir, abriendo un camino que le acercaba a cada pequeño salto a las personas.
Siguió saltando. Saltando. Saltando. A veces tropezaba, otras casi perdía el equilibrio, y volvía a ajustar la intensidad del brinco para no dañarse.
Y así logró llegar a la gente, y facilitar que la gente llegara a ella. Y se sintió como los globos; flotando alegre y confiada, mecida por un vaivén cálido y ameno. Estaba entre los suyos, personas de su misma naturaleza y condición que se acercaron a ella en cuanto tuvieron la sensación de que les necesitaba; cuando la vieron luchar por sí misma.
Y siguió saltando y avanzando, sonriendo cada vez más y disfrutando de pequeños detalles que descubría a cada salto, favorecida por la lentitud de su paso para descubrir matices que nunca contempló cuando llevaba ‘el ritmo habitual’.
La piedra desapareció, se disolvió en la alegría vital que ella sentía, como la sal en el agua. Volvió a caminar, a ser dueña de sus pasos, del ritmo, de la distancia. Pero nunca fue lo mismo, porque ahora quería seguir disfrutando de los matices, de esos pequeños detalles que hacen cada segundo diferente del anterior.
Y la niña, al verla tan feliz, se quedó con ella. Creció compartiendo alegría, esperanza e ilusiones. Todas ellas palabras dibujadas alguna vez por una mano misteriosa en un puñado de globos blancos.
30 Nov 2009
A por ellos...
...que son pocos y cobardes.
Este suele ser mi grito de ánimo cuando tengo que dar un paso adelante. Llevo todo el fin de semana repitiéndolo, porque este lunes 30 me incorporo de nuevo al trabajo. Y ¡puf! Tengo miedo.
Han pasado tantas cosas, y sobre todo ha pasado tanto tiempo, que no puedo evitar tener un nudo en el estómago. Así que bueno y malo, ya veremos cómo pasan los primeros días. Y por supuesto contaré.
Bueno, vamos por partes, porque llevo mucho tiempo. La experiencia de Madrid fue genial. No solo porque me permitió participar de un evento de categoría, como es La Conversación 2.0 , sino porque me permitió medir mis fuerzas después de todo este tiempo. Y es que me fui sola, me llevé hasta la capital y me mantuve allí casi 24 horas. Y pude con todo. Lo que en condiciones normales puede ser normal, en mis circunstancias me generaba dudas. Pero lo superé, paseo por la Gran Vía, Puerta del Sol y Arenal incluido, por supuesto.
Quien tenga interés en ver el vídeo de la mesa redonda, puede pinchar sobre este enlace y seleccionar el vídeo. Es la segunda sesión de la tarde.
Después me vi muy ocupada con mi nena y mi casa, el viaje a Portugal de mi marido puso una nueva prueba para mi, que finalmente también superé. Ya va siendo habitual que me enfrente, poco a poco, a situaciones de la vida cotidiana. Y suelo tener éxito.
La competición de mi querido fue muy bien porque son unos campeones, quedaron los segundos. Prueba de ello:
Quedaron subcampeones, y eso porque al final hubo que desempatar y las normas no les favorecieron. Bueno, que tenemos un ejército excepcional.
Mañana tengo cita con mi cirujano plástico. Para hablar sobre la anulación de la intervención por mi parte y tratar de llegar a un nuevo punto. Seguiré contando.
No os olvido.
11 Nov 2009
...Y el viento los junta
Ya estoy en Madrid, pero nobleza obliga y lo primero es lo primero. Yecla es un enclave privilegiado, y no tanto por su ubicación y sus cualidades como por sus gentes. Tengo una amiga que dice que "Dios los cría y el viento los junta". Pues bien, a mi me llevó a Yecla una ráfaga de las grandes (estos últimos días ha soplado fuerte en esta zona). Allí, me encontré con una queridísima amiga y colega; Carmen Ortín. Ella se encargó de que me sintiera más que cómoda, muy cómoda y mejor acompañada. Me reunió con personas que me demostraron que junto a Carmen sólo permanecen los de mejor calidad humana. Y todos me acogieron con cariño y cercanía, como si nos conociéramos de siempre.
Este comité, que me ofreció la mejor impresión de los yeclanos, estuvo integrado por Miguel Soriano, decorador, Clotilde Agero, jefa de urgencias del Hospital de Yecla, Yuma Puche, asesora de comunicación del grupo Popular en el Ayuntamiento de Yecla, el economista Rafael Verdú, la maestra Esperanza Coloma y la psicóloga Concha Martínez, además de la citada periodista de Onda Regional y La Verdad . El aderezo contó con la profesionalidad de La Barrica , en forma de riquísimos manjares remojados en un vino de la tierra, no podía ser de otro modo, de la bodega La Purísima .
En el Auditorio Municipal todo fueron atenciones y mucho, mucho cariño. Yo estaba pasando un mal trago, me había costado mucho preparar mi relato en voz alta por todo lo que implicaba evocar lo vivido durante los últimos meses. Era la primera vez que me escuchaba contando lo ocurrido, dejando asomar las emociones que aún quedan y mostrándolo ante medio centenar de personas.
Todo fue cariño por su parte, compresión y apoyo. Lo demás, lo puso el corazón, porque entendí que era la única manera de expresarme. No se pueden tamizar con la razón tantas emociones. Y yo creo que así lo entendió todo el mundo que, al finalizar, se acercó a saludarme.
Gracias, muchas gracias a todos. Volveré a Yecla, porque merece la pena.
Ahí van unas imágenes de lo que se puede contar de aquel día...
Con el presidente de junta local de Yecla de la Asociación Española Contra el Cáncer, Rafael Yago, la vicepresidenta Paki Muñoz, y la teniente de Alcalde delegada de Política Social, Inmigración y Mujer, Sanidad y Consumo y Festejos, María Concepción Palao Andrés.


En esta imagen, un grupo de asistentes al acto, entre los que se encuentra mi querido José Francisco, mi marido, que está atrás, sonriendo.
Del acto se hicieron eco, poco después, los medios de comunicación. Entre otros, La Verdad publicó una crónica y un reportaje de fotos en el portal digital y El Periódico de Yecla le siguió. Gracias a los dos.
En la siguiente foto, veremos un momento de la marcha por la vida que, a pesar del viento, recorrió las calles de la localidad.
Para seguir La Conversación en directo, pinchar aquí .
28 Oct 2009
4 besos que me dan vida
Sigo tratando de cubrir a buen paso el último tramo que me acerca a la vida real. Poco a poco, se van cumpliendo los plazos y parece que todo está más cerca. Para actualizar esta información os cuento que ya estoy dada de alta en la Seguridad Social, como trabajadora en activo, aunque ajustes de última hora que siguen pendientes impiden que me incorpore aún.
Mientras todo se soluciona y lo que es más importante, yo lo tengo claro, el mundo sigue dando vueltas a mi alrededor y yo trato de tomar el pulso a la cotidianidad asumiendo diversas responsabilidades.
Las más destacadas; la charla que bajo el título de 'Yo también tengo cáncer' protagonizaré el próximo día 6 de noviembre, a partir de las 20 horas, en el Auditorio Municipal de Yecla , donde he sido invitada por la junta local de la Asociación Española Contra el Cáncer.

El 11 de noviembre, para no parar, me traslado a Madrid. Nada menos que a la Universidad Politécnica. Allí participaré en La Conversación 2.0 , un encuentro que cada año adquiere mayor protagonismo. El programa en el enlace y el blog, para seguir la evolución de esta edición, aquí .
Pero la más importante de mis ocupaciones ahora y la que más satisfacción me reporta, con permiso de todas las demás, está en casa otra vez. Allí comienzo todo los días a las 7 de la mañana y me permito recibir los 4 besos que me dan la vida. El primero de mi marido, el gran Jose, mi sufridor. Los otros 3, de mi hija y mis dos sobrinos a la puerta del colegio (nos besamos antes de entrar porque a algunos, que ya son mayores, les da un poco de vergüenza eso de los besos delante de sus compañeros)
Y después, a vivir, a seguir manteniendo el equilibrio que me permite disfrutar de este triple encuentro entre mi mente, mi cuerpo y mi corazón.
También sigo de pruebas, después de cumplir los 39 el próximo viernes 30 -este año sí- también está señalado en mi agenda el día 6, primera revisión doble en oncología y la unidad de mama. A cruzar los dedos. Os seguiré contando.
21 Oct 2009
Quieres seguir viva
Ese es el título del artículo de opinión que hoy ha publicado La Verdad en su edición de Murcia. Lo escribí a petición del Director Adjunto del periódico, Mariano Caballero, con motivo de la conmemoración del Día Mundial del Cáncer de Mama. A través de estas palabras, quiero agradecerle que pensara en mí para representar a las afectadas por esta enfermedad.
Es difícil opinar sobre lo que te ha hecho sufrir. Las palabras con que has construido tu relación con el cáncer son demasiado duras para compartirlas en voz alta, cuando menos escribirlas. Aún así, la relación con esta enfermedad no es sólo negativa.
Lo primero que detectas cuando te anuncian que padeces un cáncer es el error. La gran equivocación que has cometido una y otra vez al pensar que si no le prestabas atención no te pasaría a ti, que si no va contigo no irá contra ti. Pero más equivocada aún estaba cuando creí que sabría lo que iba a sentir, porque es la más personal de las experiencias. Al menos de las experiencias que yo he vivido en los 39 años que cumpliré el próximo día 30.
Yo no me hacía las tan mencionadas revisiones mensuales, cumplía con las anuales y poco más porque me sentía una persona sana. Incluso cuando la enfermedad apareció alojándose en mi vida apenas unos días después de quitarle el pecho a mi hija, creí que no podía ir conmigo. Y en esto tengo que afirmar que los médicos, inicialmente, pensaron como yo.
Precisamente por eso, a mi parecer, más importante que el 19 de octubre es el día 20, y el 21 y sucesivos, porque durante estos días nadie nos recordará que nos va la vida en ello y que por eso es importante pasar todas las revisiones.
Pero una vez diagnosticado, mi relación con el cáncer no ha sido sólo de enfermedad, en ningún caso de derrota y mucho menos de desaliento. Mientras asumes que lo padeces y que tienes que luchar te sientes más viva que nunca y comienzas a descubrir cómo late todo aquello que te resistes a perder. Experimentas con la mayor intensidad el verdadero significado de la vida, aunque resulte un tópico.
El transcurso de los tratamientos está sembrado de experiencias que nunca habría podido adivinar. Entre ellas, la de saber que quieres seguir viva porque te descubres a ti misma en la imagen que refleja el espejo cada mañana. Te ves despojada de tantos condicionantes que jalonan nuestra vida cotidiana a pesar de su escaso valor. Eso te da alas, te sientes ligera y quieres volar más allá, más lejos y más tiempo si es posible.
En estas condiciones resulta indispensable confiar en los profesionales de la Medicina. No quiero imaginar lo que podría haberme costado sobrevivir a esta enfermedad sin confiar plenamente en todo el personal sanitario que me ha ayudado a salir adelante. Ellos también tienen nombre, una vida y un corazón que se deja sacudir muy a menudo por nuestra situación.
Pero la profesionalidad y los avances médicos, que tanto bien nos están haciendo a los diagnosticados de cáncer, reclaman la actitud positiva del enfermo para hacer más contundente su éxito. Y para ello el mejor ingrediente es el cariño, el apoyo incondicional de familiares, amigos, conocidos y, en mi caso, incluso desconocidos que a lo largo de los meses se alistan en tu ejército demostrando que la mina del ser humano tiene una de sus más valiosas vetas en la solidaridad. Sentimiento del que saben mucho las personas que cada día contribuyen a ayudar a los enfermos y sus familiares desde la Asociación Española Contra el Cáncer, a través de sus juntas locales como la de Alcantarilla, y de otros tantos colectivos.
Para ayudarte a pasar este tiempo, en que la enfermedad te ha mandado al arcén paralizando tu agenda, nada como las palabras que llegan a modo de transfusión de ánimo en unas ocasiones, y de lluvia ácida en otras. Ésta última es la forma que adoptan expresiones tales como “una larga y terrible enfermedad”, las comparaciones desafortunadas como “es el cáncer de la sociedad” o los peores epitafios; “perdió la batalla”. Porque hay muchas largas y terribles enfermedades, un variado vocabulario para describir lo bueno o malo que le ocurre a la sociedad y, sobre todo, porque no existe batalla perdida ante el cáncer. Sólo el hecho de haber existido, de haber sido tal cual uno se reconoce y de haber compartido momentos inolvidables con otras personas es una victoria tal que ni el cáncer puede acabar con ella.
Por último, admito un fracaso, y es a pesar de haber pedido que dejen el tabaco a todos los fumadores de mi entorno, personas en su mayoría a las que alguna vez he dicho un ‘te quiero’, no he logrado que ninguno me haga caso. Ni uno sólo se ha dejado impresionar pese a verse convertidos en espectadores de primera fila de mi enfermedad. Espero que estas líneas les den, a ellos y a muchos otros, ese empujón definitivo.
08 Oct 2009
El ahora es inaplazable
Esa es la primera y más importante lección que he aprendido de esta experiencia. También es la causa de que, cada vez, encuentre menos tiempo para sentarme a escribir. Y es que, si damos por cierto que la vida se compone de momentos, también lo es que esos momentos no pueden ser programados en la mayoría de las ocasiones.
Para muestra un botón. No, no es el anuncio del coche ese que hace referencia a esto que digo. Os invito a mirar en la mochila del pasado, a asomaros a vuestros recuerdos y analizar, entre los mejores, cuántos estaban programados. Pues eso.
Que al final la vida nos coge por sorpresa en muchas, muchas ocasiones. Que vivimos experiencias que nos sacan de lo cotidiano y esas, precisamente, son la sal que realza el sabor de todo. Hasta de un dolor de muelas.
Y así las cosas, yo no me pierdo una. Que toca sentarse a ver los dibujos animados de la tele con mi hija, pues hala. Que se le apetece ver una vez más, y ya van 20, su película favorita, pues también. Que me echo en la cama con ella y me agarra fuerte y me abraza, pues yo me rompo el cuello en la postura que haga falta para disfrutar de ese instante. Porque eso, y los cariños de mi queridísimo, son algunas de las cosas que más pena me dará perder cuando me marche, que espero que sea dentro de mucho tiempo.
Un golpe de mar
Hace unos días nos dejó Alex , el capitán que con tanto acierto tripuló una embarcación de piratas hasta que la enfermedad le dio un golpe de mar. Le echó del barco a los 16 años.
Esa ola me pilló a mí de refilón. Conocer la noticia de su muerte me sacudió. Era una persona-tesoro, de esas que te enriquecen sin apenas esfuerzo. Un 'amarillo' que diría Albert Espinosa . Y seguir caminando ya no va a ser lo mismo. Pero no tanto porque ya no esté, que seguirá mientras no le olvidemos, como porque ahora me doy cuenta de todo lo que me aportó, y pienso llevar conmigo la experiencia de haberle conocido. Durante toda mi vida.
En este punto me rebelo. Lo siento, pero ya no puedo seguir a expensas del dolor que el cáncer me puede causar. Con tristeza, con ansiedad, con pena por los que se han ido y por los que sufren, voy a mirar hacia delante.
El otro día pedí el alta, de manera voluntaria, y me han dicho que en breve recibiré la carta que me permite incorporarme de nuevo a esa vida de superficialidades que la mayoría lleváis. Y lo digo sin acritud, más bien con envidia. Sana envidia ¿Qué digo? ¿Sana?
Para hacerme a la idea, mientras llega el momento, trato de identificar mi entorno...
27 Sep 2009
¿Y a quién no?
Mañana otoñal en Murcia, está lloviendo, algo que no ocurre habitualmente. Y llueve mucho, porque se ha activado el plan de inundaciones. En fin, es un día apacible para quedarse en casa, con las persianas arriba para ver caer la lluvia y escribiendo...
16 Sep 2009
Calentito, calentito
Medito, medito, y al final me le quedo calentito, calentito. Llevo más de 10 días pensando en lo que iba a escribir para seguir a mi última reflexión. Tanto lo he pensado, que ha pasado más tiempo del que hubiera querido, demasiado.
Lamentablemente, no lo logró
Una triste noticia, aunque con final digno, este es el mejor enfoque que he visto de la información sobre la muerte de Patrick Swayze, no habla de "perdió la batalla", "no perdió la esperanza", ni cita ninguna de esas frases hechas que tanto daño pueden hacer, como han hecho otros periodistas en otros medios sin ningún pudor.
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