La Verdad

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La nueva hipoteca
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Inma | 11-08-2017 | 09:36| 0

 

El día “D” no es una vez al mes. En este gravamen moderno, el “coste” es un peaje casi a diario. Incluso lo es a la hora. Depende del grado de afección de cada uno con las nuevas tecnologías.

La cuenta de seguimiento con la que se vincula esta carga funciona como una “ventana indiscreta” con mucha corriente de tránsito de entradas y salidas. Es de doble hoja: en ella vemos lo que hacen los demás y mostramos lo que hacemos. Son los nuevos “abonos” y “adeudos” para actualizar el saldo.

Esta obligación, porque ya para muchos esto de estar pendiente de las redes sociales es toda una carga de tiempo, ingenio, etc., tiene su propia nomenclatura y algoritmos. Las variables son otras ecuaciones, también con varias incógnitas.

El boca a boca en la era digital

reflejosredNo se habla aquí del Euribor (¡con lo que nos costó entenderlo!). Les comentaré las últimas recién incorporadas que operan en el sector del turismo, para que “actualicen” el saldo de su hipoteca. El índice de referencia ahora es el denominado eWom (Electronic Word of Moutheffect). Es nuestro “boca a boca” de toda la vida, pero ha perdido cercanía y autoría. Está magnificado porque atendemos a comentarios de otros, sin saber cuánto de robot hay en sus palabras y cuánto de humanidad. El segundo índice referenciado es el OTRS (Online Travel Reviews). Tiene mucho impacto. Viene a ser como un saldo en descubierto cuando el comentario es negativo. Como la prima de riesgo cuando se ponía a 400

Esta nueva hipoteca lleva una cláusula adicional de la que no se separa: el Big Data. En los últimos años, las sociedades que más cotizan en el moderno IBEX digital son las empresas de información (Facebook, Google y todas sus vecinas). Tanto tiempo diciendo aquello de “tanto sabes, tanto vales” y por fin en la Era digital parece ha pasado de ser una hipótesis a convertirse en una sentencia firme.

Sí, soy una troglodita.

Nos creemos ya muy modernos con esto de las nuevas tecnologías, pero los más optimistas dicen que estamos aún en la Edad Media Digital. No quisiera yo confundirles porque también los hay un poco más pesimistas. Hace poco un experto en ciberdelincuencia de la Policía comentaba que todavía estamos en el Paleolítico de la Era Digital. Vaya, que me llamó troglodita directamente y mirándome a los ojos, de forma muy elegante, eso sí. Como ven el camino de esta nueva era se antoja largo. Ya les digo, como una hipoteca recién firmada en la que uno ve el día del vencimiento del último pago muy lejano en el tiempo.

Mira que si hemos caído, sin darnos cuenta, en aquel axioma que el sabio Einstein ya supo ver: “el mundo sólo tendrá una generación de idiotas. Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad”. Porque aunque nos duela reconocerlo, muchas decisiones ya las hemos dejado, sin casi ser conscientes de ello, en manos de los algoritmos.

Cambio abrazo por foto

einstein-a-solasredEsta nueva hipoteca está cambiando hasta nuestras costumbres. Les cuento una también vinculada al turismo. En las zonas de llegada de los aeropuertos, los familiares reciben a sus allegados a modo de paparazzis: primero al asalto de una foto con el móvil (para “pasarla a la hipoteca” y actualizarla rápidamente), y ya después, sí nos lanzamos a los abrazos y lágrimas. Yo, que soy de lágrima fácil, a veces me he visto llorando antes que los propios afectados. ¡Aeropuertos, qué lugares!

Les dejo que tengo que actualizar el saldo de mi hipoteca. Vds. ya me entienden.

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Canarias se derrite
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Inma | 28-07-2017 | 17:09| 0

 

Del sólido al líquido. Nada que ver con el cambio climático. No se alarmen por favor. Sí guarda relación con los buenos manjares. Iremos directos al paladar. Sabroso recorrido el nos espera.

A ciegas, así acudimos a la cata de vinos. Para evitar que por algún detalle de la etiqueta o cualquier otra señal lo más entendidos en estos temas enológicos pudieran adivinar de qué estaba hecho aquel vino que íbamos a probar, la botella está cubierta con papel aluminio. Ninguna transparencia pues. Ni siquiera podíamos ver el color del vino.

Ya Shakespeare andaba enamorado del vino canario

El escritor anticipó que el Malvasía era “un vino maravillosamente penetrante, que perfuma la sangre y agudiza el ingenio”. ¡Menuda bonita descripción! Ni los de marketing habrían sabido vender un vino con más atino.

Y claro, nosotros, rendidos ante esta eminencia literaria, ansiábamos probar el vino Malvasía. Pero los responsables de esta cata nos decían que no era el citado por Shakespeare. Literalmente dijeron: “Hay que innovar”. Y esta frase contenía una gran pista. Pero no la supimos entender. ¡Qué incautos!

canredviEso sí, lo intentamos. Entre unos y otros: que sí parece un tipo de uva tardía, que si se nota el matiz de tal o cual aroma… El caso es que no dimos en la tecla. Suspenso, pero de esos de cero redondo, porque el vino no contenía ni un grano de uva. Estaba hecho enterito de… ¡plátano! Cuánta sabrosura la de aquella fruta transformada en caldo.

Porque en Canarias el plátano… ¡se bebe! Caramba, qué bueno que está. Es sensacional. También hay vinagretas, mermeladas, licores, etc. todos hechos con plátano. Porque cuando uno se pone a innovar, todo es comenzar.

Qué pena que las nuevas leyes de la aviación sean tan estrictas con los líquidos. Este vino era de los que todos habríamos traído algunas botellas en la maleta con mucho gusto. Nunca mejor dicho lo de gusto.

Del estado gaseoso al líquido.

Además de este rico (perdón, me quedé corta: riquísimo) vino de plátano, en Canarias hay otro manjar también de esos ante los que uno sucumbe en cuestión de segundos. En este caso la transformación es casi milagrosa: se produce del estado gaseoso al líquido.

canaguaUn solo ingrediente: hecho con el agua de la niebla. La famosa “lluvia horizontal” y el “mar de nubes” los han sabido convertir en agua embotellada, “nacida gota a gota en las nubes de uno de los cielos más limpios del planeta”. Así se lee en su etiqueta. A mí me recuerda un poco aquella bonita cita shakesperiana del Malvasía.

También suena muy poético decir aquello de: “Camarero, por favor, me pone un poquito de agua de lluvia”. Qué llueva, qué llueva y que caiga un chaparrón, digo un botellón.

Les contaré que tengo una poderosa razón para volver a Canarias: tenía una cita con el embotellador para ver in situ todo el proceso de la condensación desde los árboles, hasta cómo culmina y queda recogida en el interior de la botella, pero por aquello de no perder el avión de regreso, mi cata, que empezó con el vino de plátano, siguió con las papas arrugas, barranquillos, mojos, gofio, calderetas… vaya que no di abasto con todo.

Y es que en Canarias, el paraíso va directo al paladar.

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Con un par de… líneas
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Inma | 19-07-2017 | 08:13| 0

 

De la recta a la curva, así se puede descubrir por primera vez una ciudad.  Si estuviera en la costa, la primera línea de playa siempre cotiza al alza. Esta pole position la mantenemos pero… ¡junto al río! Y puestos a pedir, que sea el más caudaloso. Sí, adivinaron bien, recorreremos Zaragoza con dos líneas no más.

En la ribera del Ebro, encontramos lo que ya se conoce como “las siete maravillas zaragozanas”. Siete enclaves con un dato común: todos en línea recta.

Lo mejor es que resulta imposible perderse. Y en esta rectitud aparecen ordenadamente “estos siete magníficos” edificios y lugares llenos de historia. Comenzamos por la subida al Torreón de la Zuda (en la planta baja está una de las oficinas de turismo). Son cuatro plantas nada más. Desde esta altura, al hacerla en primer lugar, podemos dar un giro de 360 grados a vista de pájaro. Al descender, nos encontramos con los restos de las murallas romanas.  

zgzred3Tan sólo un paso más –en este trazado lineal- y encontramos con la Iglesia de San Juan de los Panetes que tiene su “pequeña torre de Pisa” por aquello de una pequeña inclinación que sí se aprecia. Y junto a ella, uno de los “pilares” –nunca mejor dicho- de Zaragoza: La Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Está repleta de sitios para detenerse. En su interior, dos paradas: la piedra sagrada y las bombas (y como no, mirar a la cúpula porque aún se puede ver el agujero que dejó una de ellas al caer. El otro lo han tapado). La plaza exterior es toda una evocación al mundo entero, representado en la Fuente de la Hispanidad.

El edifico colindante es una de las sedes del Ayuntamiento y junto a él, la Lonja. Anímense a entrar porque el inmueble se transforma en un “bosque de columnas”. Normalmente está destinado a la sala de exposiciones. Yo aún recuerdo la que vi sobre los hitos de la Revolución Francesa. La “libertad” era una peluca en movimiento por los efectos de un gran ventilador.

El sexto lugar en este paseo lineal es la Seo (el otro “pilar”). En el exterior, no se pierdan una de sus fachadas (algo escondida), contiene una bellísima muestra del arte mudéjar que parece un gran puzle de ladrillo con todas sus piezas perfectamente encajadas. El museo del Foro cierra este recorrido. Si pueden, pasen también por la noche: al verlo iluminado, parece una gran chimenea encendida (sin humo obviamente).

Un sabio dijo aquello de que la línea recta siempre acortaba las distancias; Otro apuntó que las curvas traían belleza. Por aquello de unir las dos teorías en este paseo zaragozano, les cuento un pequeño truco. Si antes “paseábamos por la ribera” del Ebro, ahora nos perdemos por sus “meandros”, esto es, todas las callejuelas estrechas retorcidas del barrio del “Tubo” donde ya sí, su trazado olvida la rectitud ribereña y la vida es casi un torbellino. Se llega a él en un paseo de unos cinco a diez minutos nada más.

zgzred2Les aviso que conduce al despiste; Incluso a quien tenga el sentido de la orientación altamente desarrollado. Más que nada porque es de esos barrios tan llenos de gratas y ricas sorpresas (léase: bares y tabernas), vaya que sí, que hasta puede dar gusto perderse en él. Yo que me despisto siempre tras la primera curva (digo, caña), les confieso que me costó lo suyo salir de este barrio. Es casi una espiral que te va envolviendo vino va, tapa viene.

Bueno también tardé un buen rato en recorrer aquella primera línea recta ribereña. Y eso que el recorrido era sólo dos líneas no más.

Si vamos con más tiempo, entonces podemos seguir con la línea diagonal. Nos lleva al Palacio de la Aljafería que está envuelto en su propio cuadrilátero. Porque Zaragoza, en cuestión de líneas, es muy “completica”, las tiene todas.

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Echa por la sombra
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Inma | 06-07-2017 | 07:57| 0

 

No sé si también les pasa a Vds. pero en cuanto llegan los calores veraniegos, a mí me encanta escuchar este principio de piropo español que utilizamos a modo de despedida y, a la vez, consejo de sabia madre. Y lo mejor aún, la fuerza que tiene este imperativo para unirnos. Con él se rompe la disyuntiva “sol y sombra”.

En cuando la temperatura roza los treinta y pico y durante un par de meses no importa si somos de derechas o de izquierdas; altos o bajos, del Real Madrid o del Barça… todos vamos juntos por la sombra.

Ante la tesitura de tener que recorrer una avenida en pleno mes de agosto a la hora casi sagrada de la siesta, no lo dudamos: elegimos la acera de la sombra ¡por unanimidad! Por aquello de cobijarnos un poco en el microclima que se crea. sombragranared

Tengo que confesarles que durante un mes de agosto, me separé de esta regla de fraternidad española unánime. Pero en defensa de mi cordura –y españolidad-, debo alegar que fue casi un supuesto de fuerza mayor. Sí, me sentía rara yendo yo a mediodía por la calle más larga de mi ciudad en pleno mes de agosto… ¡por la acera del sol!

Pero, como les decía, tengo excusa absolutoria. Les cuento. Tenía a un grupo de turistas invitados y habían llegado la noche anterior ya de madrugada de Londres. Era su primera visita a Murcia y… ¡querían sentir el sol en todos sus poros! Venían con la humedad casi a modo de bronceado invernal perenne en todos: mayores y niños.

Yo, en cuanto vi el primer semáforo les dije de cruzar al lado de la sombra. Pero ellos no querían. Para ver si lograba convencerles, insistí que era “para integrarnos” con los habitantes locales. “Like a local” que está muy de moda, les decía. No les convencí con esta artimaña lingüística. La imagen callejera era: el desierto en la acera del sol (salvo nosotros); la multitud propia de rebajas en hora punta, en la de la sombra.

No me quedó otra que ser yo la que cediera, no fuera a ser que les diera un síncope por la diferencia de temperatura entre Londres y Murcia. Y a una le gusta cuidar a sus invitados siempre. Menos mal que llevaba abanico y gafas de sol. Y menos mal también que no me vio nadie conocido caminar en esa acera solitaria, porque claro: ¿qué español en su sano juicio iría a esa hora por el sol?

Cuánta razón tenía Mecano con aquello tan pegadizo de: “Los españoles hacemos por una vez algo a la vez”. Y es que para la fiesta también nos unimos a la primera de cambio. Aquí, mis invitados sí se integraron rápidamente. No tuve que insistirles esta vez. sombramurred

La llegada de septiembre, trajo las fiestas; Entre ellas, las corridas de toros. Y ya, de nuevo nos separamos en la dicotomía “sol y sombra” y, elegimos las entradas en uno y otro semicírculo del ruedo según sea nuestra afición y tamaño del bolsillo.

Cuando les contaba a los londinenses que las entradas de sombra eran más caras, boquiabiertos no daban crédito. Intuirán también que, por aquello de seguir en el mismo microclima que mis invitados (habían sobrevivido sin síncope), compramos las del sol. Y ya lo creo que se integraron gritando “olé” tan felices con sus “palomas” en las manos. ¿Sería cosa del anís? O tal vez, ¿los estragos del sol?

Bendita sombra, cuánto te eché de menos.

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Trabajo sólo los días soleados
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Inma | 25-06-2017 | 11:24| 0

 

Así lo dice, con mucha calma, a todos los que se paran y curiosean en su negocio. Y claro, como está en Londres, intuimos que tendrá muchos días libres. Pero no lo juzguen de gandul, por favor.

Hay una razón “escrita” que justifica este horario laboral. Regenta una librería abierta al público dentro de un barco amarrado en uno de los canales del Támesis. De ahí que cuando vamos paseando y nos detenemos en el muelle, comprendemos el porqué de su jornada de trabajo tan sui generis. Sale el sol: “Voy al trabajo”.

Ha sabido aprovechar cualquier rincón del barco para darle un uso literario. La cubierta hace las veces de estantería donde pone “los más vendidos” o “las últimas adquisiciones”. Y claro es comprensible que, en caso de lluvia, sus existencias peligren. De ahí que cierre la cubierta y espere a que mejore el tiempo. No es otra cosa que el principio de prudencia en la custodia del negocio.

El capitán-librero anima a saltar al interior por la escalerilla. Una vez dentro, el camarote es la versión de los hermanos Marx pero repleta de libros. Los libros-joya están en la cabina del capitán. Toda una sabiduría de marketing a la hora de gestionar la eslora, medida en este caso, en milímetros cuadrados.

Ya les decía yo que este librero, lejos de ser un gandul, tiene muchas millas literarias recorridas y, ahora, las comparte en este anclaje.

Este paseo por Londres por “los hijos del Támesis” tiene un no sé qué de relax que al final, cuando uno llega a este escaparate al aire libre que es esta librería hace que todos nos paremos ante ella. Y, ya saben, del curiosear al comprar hay un instante nada más. 

Y más aún en el caso de libros, que este instante de la “primera vez” que se lee una contraportada te puede atrapar de tal manera que, por favor, lleven cuidado que estos paseos por los canales no tienen quitamiedos, y no quisiera yo que el embelesamiento en la lectura les llevará a un chapuzón.

Pese al espacio tan reducido, tan solo tiene unos tres metros de cubierta aproximadamente, su dueño ha sabido “estirar el espacio” y hacerse con una cómoda y amplia <<zona de lectura>>. Les cuento su truco. img_9141

Junto a este barco-librería hay un banco en el paseo. Este librero te anima a que si algún libro te gusta, te sientes tranquilamente y… ¡a empezar la lectura! Sí, ahí mismo, sin necesidad de pagarlo antes. Cuando yo pasé, este banco estaba repleto.

Lo mejor es comenzar la ruta a la altura King Cross. Más que nada porque por allí se encuentra la biblioteca Británica, que es el alma mater de este barquito-librería. Y ya, puestos en esta ruta cuasi literaria, seguir el curso de estos canales hasta Camden Town. A esta zona le llaman “la pequeña Venecia”. La comparación es muy atinada. Uno se deja llevar por la imaginación y… entre libros y canales, vaya que sí, que se puede confundir un poco.

Siguiendo el curso de este paseo por el Canal Regent, hay una parada casi obligada: Granary Square. No es tan turística como Picadilly o Trafalgar pero, justo al caer la noche tiene lugares para cenar al aire libre; la plaza en sí tiene una fuente luminosa de esas que, como los libros, emboban… Vaya que se crea un ambientillo propio de una novela con su historia de amor y todo. Lo digo porque este lugar es el sitio favorito de un amigo porque ligó mucho en esta plaza. Tanto, que cada vez que alguien le pregunta qué visitar en Londres, es lo primero que recomienda.

Serán cosas del amor a la lectura, digo yo.

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Mamá Siri
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Inma | 10-06-2017 | 19:24| 0

 

Ya hay estudios sociológicos que definen cómo es el lector –y su amigo íntimo: el escritor- del siglo XXI. Les anticipo que aquel ratón de biblioteca ha cambiado mucho. Y, cuando se trata de asuntos de viajes, parece que existe una nueva vara de medir los tiempos.

La pereza, que se nos ha colado en nuestros hábitos de lectura

Antes, la descripción de sitios bonitos y destacados, se resumía en un “Top Ten”. Diez lugares que debíamos tachar de la lista en todo destino. Si lo conseguíamos, pleno al quince. Perdón, al diez. Hoy, el tamaño se ha encogido. Y bastante. Ahora se habla del “Top Five”. Aquel ir y venir, corriendo de aquí para allá para ver diez monumentos, ya sólo pensarlo, da fatiga. Con cinco, nos damos por contentos. Y pare Vd. de contar. Vaya que sí, que somos perezosos.

La premura, un poco peligrosa

Somos también inquietos. Si vamos a leer algún documento en una web y tarda unos segundos más de la cuenta en descargarse, declinamos ipso facto la lectura. No hay una segunda oportunidad. Es un tiempo ya reglamentario. Es como los segundos que hay que sostener la mirada del otro. ¿Qué pasa cuando se mantiene más allá del tiempo socialmente aceptado? De rebasar este límite, ya significa otra cosa.

Me lo explicaba un experto con un símil amoroso. Se ve que me vio una lectora algo lenta para los nuevos ritmos del siglo XXI. Me retaba: ¿Cuánto tiempo máximo debe transcurrir cuando decimos –o nos dicen- ‘te quiero’? Si uno tarda en responder más de lo debido, ahí comienza el problema. Y grande. Pero, para más inri, como somos perezosos ahora ya sólo escribiremos: “TQ”. Y lo dicho, como también somos inquietos, hay que darse prisa en responder. ¡Qué estrés!

Biblioteca Salvador García Aguilar (Molina de Segura. Murcia)

Biblioteca Salvador García Aguilar (Molina de Segura. Murcia)

Teoría del primer enlace

Estamos sometidos ya –como lectores- a teoremas que nos radiografían casi sin margen de error. Uno de ellos es el denominado “axioma del primer enlace”. Sería como el primer amor (siguiendo con el símil amoroso). Lo bonito de un texto on line es que se abre como un árbol con mil ramas que podemos “escalar” por una u otra y saltar a otro, con solo activar un enlace. Toda una jungla literaria a golpe de clic. Pero, tanta frondosidad, no nos va mucho. Parece que cuando estamos leyendo, un enlace sí, pero ya dos, es un exceso. Que no es cuestión de perderse mucho.

Y sí, aunque en el colegio sufriéramos con ellas, nos gustan las matemáticas. 

"Romo matemático" (La Laguna. Tenerife)

“Rombo matemático” (La Laguna. Tenerife)

Si en un anuncio de un viaje, tras la descripción, aparece el precio, es muy fácil que se nos pueda torcer la comisura, porque lo veremos elevado. Pero si en lugar de estar mencionado el precio en una cifra en euros, se esconde tras un porcentaje (“15% de descuento para el tercer viajero…”) entonces ya, sin podernos controlar, la sonrisa aparece en nuestro rostro. Cual inocentes matemáticos pensamos: “¡Qué bien, encontré una oferta!”.

Mi mamá me mima

Y en este nuevo perfil del lector moderno resulta que pese a todo, seguimos siendo niños. Cuando estamos en un apuro y acudimos a la salvadora Siri, lo hacemos como si tuviéramos ocho años y le estuviéramos preguntado a nuestra madre: “¿Dónde está la autovía?”; “¿Dónde puedo comer?”. Yo conozco el caso de una chica que tiene tan buena relación con su “mamá-Siri” que cuando le dice: “Siri, estoy aburrida, cuéntame un chiste”, su “progenitora”… es lo de más graciosa. ¡Menudo repertorio!

Pues aunque seamos perezosos, inquietos, amantes de las matemáticas y un poco pueriles, a pesar de esta nueva radiografía sui generis, las vacaciones están a punto de comenzar. ¡A por ellas!

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¿A Vd. también le dijeron que los taxis en Londres eran negros?
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Inma | 21-05-2017 | 10:15| 0

 

¿Y los autobuses de dos pisos, rojos? A mí también. El caso es que yo me lo creí, a pie juntillas. Y no pecamos de ingenuos los que sucumbimos a estos colores tan peculiares del transporte urbano londinense. Hubo una época en la que nadie nos mintió. Y el “street view” de antaño se repartía entre estas dos tonalidades.

Pero llegó un momento en el que el dilema era mantener la tradición o, dejarse tentar por el poder de la publicidad. “Ser o sucumbir, he ahí la cuestión”, que –hablando de Londres-, diría el gran Shakespeare. 

Y no fue pacífico el tema. Pero, ¿qué publicista no quiere que su anuncio “esté rodando” por todos lados y que se pueda ver a todas horas? Es el summum de todo cartel.

Es muy entretenido esperar en los semáforos londinenses y, como por confusión, miramos a los dos lados, sin saber muy bien por dónde vendrá el taxi, la variedad de la gama en estos giros rápidos de cabeza que hacemos, es variadísima: los hay pintados enteros de rosa; otros, anuncian chocolatinas y es que… ¿a quién no le amarga un dulce?

Este tema de la publicidad es uno de los grandes coqueteos del turismo, visto desde una perceptiva económica. Sucede en todos los destinos, no sólo en Londres. El punto de inflexión es delicado porque cuando el peso se inclina en demasía hacia los euros –libras en este caso-, muchas tradiciones, en esta balanza pecuniaria, llegan a perderse.

Otras veces sí se mantienen las tradiciones, haciéndonos ver a los turistas que todo sigue igual. Pero es sólo una performance. Les cuento un caso curioso y muy conocido: La Ceremonia del Cambio de Guardia. Todo un retrato sociológico digno de una tesis doctoral: colas larguísimas; gente abrazada a la verja para no perder esta pole position; por supuesto, empujones, etc.

Antes, en la época en la que los taxis eran negros y autobuses, rojos, este cambio de guardia se hacía todos los días. Ahora, con la excusa (¿) de que hay menos turismo, sólo se realiza en días alternos. Y claro, resulta difícil de entender que si se trata de un trabajo de vigilar un palacio, es decir, esos que día sí y día también; llueva o truene, hay que estar en sus puestos, entonces ¿por qué sólo se hace esta ceremonia unos días sí y otros no?

Un experto me dijo que el Cambio de Guardia era un “teatro de la seguridad”. Que se mantiene sólo por tradición, a la vista del gran contingente de gente que atiende impaciente.

Y ello se entiende –me seguía contando este experto- porque estamos inmersos en el “gran hermano social”, con cámaras de vídeo vigilancia, vallas, sanciones, etc. Y estos guardias han pasado a ocupar sus puestos cómodamente detrás de estas pantallas.

En esta “batalla” entre mantener las tradiciones y el poder arrasador del business, aún podemos encontrar algunos lugares en Londres que no han sucumbido a la tentación de la publicidad, que ya lo dice la máxima: “quien controla el pasado, controla también el futuro”. Por ahora, las hamacas de los parques siguen siendo las típicas de rallas verdes y blancas.

No quisiera yo dar ideas a publicistas, que a mí me encanta pasar un ratico en estas hamacas a la orilla de este “mar de hierba” londinense (a falta de playa, toca consolarse). Y ya, si sale el sol, no les digo más, el ratico se alarga seguro.

Y, si llueve, habrá que buscar un autobús o un taxi y… que venga la publicidad rodando a nuestro encuentro.

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No me llames D. Francisco, llámame Paquito
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Inma | 13-05-2017 | 07:18| 0

 

A ver en qué familia no hay algún miembro con un diminutivo. Y más en las nuestras que, por tradición, repetimos el nombre del abuelo, que pasa al hijo, al nieto… Y aquel D. José queda, generaciones después, en un “Joselito”, joven que, lo quiera o no, cuando cumpla la mayoría de edad, seguirá con el diminutivo. Y es posible que le dure hasta la edad de la calvicie y/o la jubilación, porque como encierra una gran dosis de cariño, pues ahí queda.

En muchas ciudades también pasa igual que en nuestras familias. Hoy viajamos con los apodos. El aeropuerto de Bilbao es conocido como “La Paloma”. Es uno de los pocos aeropuertos que se pueden ver desde lo alto. Está ubicado en un valle, casi escondido entre montañas y, las carreteras de acceso que bajan permiten verlo (digo: verla) “a punto de volar”, con “sus alas extendidas”, que son las salas de embarque. ¡Una preciosidad! Y, tan sólo una ese de diferencia. Muy atinado el sobrenombre, tratándose de un aeropuerto donde todo allí, “sale volando”. 

Mis favoritos son los apodos que utilizan en Andalucía. “La Manquita” en Málaga alude a la Catedral, a la que le falta una de las dos torres. El aprecio por este defectillo es tan grande, que hay algunos proyectos de reconstrucción (están aún en fase de borrador) que contemplan la construcción de esta segunda torre (en su día faltó dinero para poder alzarla) y, no terminan de cuajar, pues ¿cómo la llamarían entonces?

En Sevilla, muy querido también es “El Paquito”. Puente de estructura muy similar al Golden Gate de San Francisco y que, al ser un poco más pequeño, “este hermano gemelo” requiere el uso del diminutivo. A un amigo sevillano se le rompió el coche justo en mitad del puente a altas horas de la madrugada. “Estoy en mitad de El Paquito”, le dijo al servicio de la grúa. No hizo falta añadir ningún dato más. A los cinco minutos allí estaba la camioneta, como angel caído del Cielo.

“La Seta” sin embargo, no es tan querida. En la plaza de la Encarnación todo sevillano recela de este “puzzle gigantesco”, por el material (que ha dado problemas en otros emplazamientos); por el elevado coste y, porque la ven demasiado rompedora con el entorno. A mí me encanta este “patito feo” arquitectónico. Es una gozada pasear por él y ver Sevilla desde lo alto, en un ángulo de 360 grados.

En Londres, uno de los sitios donde todos queremos hacernos la foto es en “La Torre Reina Isabel II”. ¿Qué no saben dónde está? Con este nombre, imposible que alguien en la calle nos pueda indicar dónde se encuentra. Me refiero al “Big Ben”. Ahora sí que todos sabemos de lo que estamos hablando. Nos vamos entendiendo.

Hay una leyenda muy graciosa sobre el origen de este sobrenombre. El capataz de esta construcción se llamaba Benjamín Hall. Ben para los amigos. Era muy dicharachero y también, entrado en carnes. Sobre todo en su anatomía, la zona de sus posaderas era la que más sobresalía. Le gustaba contar a la prensa todo el progreso de las obras. Los periodistas, en esta relación cercana y en tono de guasa, hacían chirigotas con este ingeniero peculiar. Cuando la torre ya alcanzaba su punto más alto, a la hora de colocar una de sus campanas, ésta tenía una redondez que recordaba a las formas de… ¡ejem! el trasero del gran Ben. Y de ahí el apelativo “Big Ben” que perdura hasta hoy. 

Big Ben forever

Y llega un momento en la vida en el que uno se arma de fuerza, “le da la vuelta a la tortilla” y dice a toda su gente que ya no es Paquito, que le llamen Francisco. Unos, sí lo consiguen. El Big Ben me temo que lo tiene más complicado. Y además, gracias a él, podemos conocer a quien fue su jefe de obras.

Les dejo que me voy a tomar “una marinera” en “El Tontódromo”. ¿Mande? que diría un turista en Murcia. Pero sólo el primer día.

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Ahí están
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Inma | 01-05-2017 | 07:00| 0

 

Pero tenemos que llevar cuidado porque no siempre se las ve. Están bajo tierra, y cuando dicen de salir a la superficie, si vamos un poco despistados, baño asegurado.

Sí, lo han adivinado son esas fuentes escondidas bajo el pavimento que, como si fueran “topos acuáticos”, sin previo aviso, ¡zas! se ponen en marcha y, como van unidos a decenas y con todos los chorritos al compás, vaya que si vamos paseando justo por el centro, este campo de batalla acuático nos dará un buen remojón. 

Estos grifos que surgen de repente del suelo sorprenden sobre todo a los turistas, porque los habitantes del lugar ya están familiarizados con ellos y hasta conocen sus “ritmos acuáticos”. Y claro, pueden esquivarlos con más facilidad, llegado el caso.

En Murcia están junto al Cuartel de Artillería. Una vez paseando junto a ellos (les confieso que los iba esquivando por si acaso de repente se activaban) vi a un grupo de chavales que jugaban con un amigo. Lo habían metido en un carrito de los centros comerciales y lo paseaban. Y claro cuando vieron que de repente se ponían en acción estos chorritos, no se lo pensaron dos veces, empujaron el carrito -con el amigo dentro- hacia la fuente y, risas a mansalva que, eso sí, todos los demás se quedaron fuera del perímetro del agua, excepto el que estaba dentro del carro de la compra. El resultado: un buen baño de este zagal que no se lo tomó a mal. Era verano.

En Dresde estas fuentes que juegan al escondite tienen doble personalidad. Por la mañana, las madres llevan a sus hijos pequeños a este lugar como si fuera la piscina pública en mitad del paseo. Los dejan en pañales y, de nuevo, muchas risas de todos. Da gusto verlos disfrutar. Vaya que hasta da un poco de envidia. Y es que eso de hacerse adulto, muchas veces aboca a perderse estos momentos de risas aseguradas. Pero por la noche estos grifos se transforman en un juego de luces que iluminan el agua y, otra vez los adultos, los esquivamos. ¡Con lo divertido que sería jugar en esta “discoteca acuática” a ras de suelo!

En Londres están colocados estratégicamente junto al río Támesis. Entre que el recorrido por los canales es un poco estrecho y no tiene quitamiedos, uno va con la preocupación de no acercarse demasiado al borde no vaya a ser que, por un traspiés… Que, a ver luego cómo uno cuenta, de regreso, que se cayó en los márgenes del Támesis. ¡Eso sí que serían risas aseguradas para todos los demás! Pero aún con esta pequeña preocupación, esta ruta de los canales es muy relajante. Calculando bien este rincón en el que la fuente sumergida activa sus chorritos.

Espejo de agua en Elche

En otros lugares, esta lluvia que desafía la gravedad queda convertida en un espejo de agua reposado en el suelo y … ¡multiplica la belleza! Así sucede en Elche con rincones donde las palmeras se ven reflejadas en el paseo o en la plaza de la Bolsa en Burdeos.

El summum se encuentra en Ginebra. Lo conocemos todos como el famoso “Salto de Agua” que alcanza una altura parecida a la torre de una catedral. No exagero. Lo mejor, además de ver la fuerza del agua en sentido contrario al de una catarata, es jugar con el viento y ponerse, si es verano, a sotavento.  Y, claro que sí, jugar a ser niños de nuevo. Risas aseguradas, ya verán y nada… ¡que disfruten del baño!

 

 

 

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Los tiene bien puestos, los pilares
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Inma | 03-03-2017 | 13:20| 0

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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