La Verdad

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Italia, ¡bien vale una buena mesa!
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Inma | 09-01-2015 | 08:00

¿En qué momento justo empieza un viaje? Esta pregunta yo la he formulado muchísimas veces. Muchos son los que me contestan que en una librería, que después de leer un libro, quedan atrapados por un lugar. Otros, que después de ver una película. Los hay que siguieron a rajatabla las ofertas y recomendaciones ya sentados en una agencia de viajes.  Comparto las tres teorías y las he vivido en primera persona. Hoy les contaré una más sobre el origen de los destinos y de cómo en torno a una buena mesa podemos planear un próximo destino y también hacer un viaje culinario que nos lleve, en este caso, a Italia. A mí me ha sucedido en varias ocasiones.

Viaje salida Murcia con destino a Italia

Viaje salida Murcia con destino a Italia

En una primera, todo comenzó en un restaurante italiano situado en España. De esos que tan sólo tiene cuatro mesas. El dueño, un siciliano, terminó sentado con nosotros en la mesa contándonos cosas de su país. Y unos meses después, el grupo de amigos que aquella noche cenamos en su bar estábamos paseando por Taormina.

Hace unos días, de nuevo, es la cocina la que “sella un pasaporte” y nos acerca a un destino. Lo mejor de estos llamémosles “viajes culinarios” es que nuestro paladar, ojos y olfato se alinean en una especie de conjura, que te transporta a otro país. Así me sucedió nada más entrar en casa de mi amiga Cristina, el olor ya delataba que algo bueno estaba a punto de masticarse.

Nos había dicho que la cena sería sólo cocina italiana y, para “cruzar la frontera” desde nuestra España, tras una primera cerveza de la tierra, puso unos vasitos con un vermut que se tomaba con cuchara: sus artes en la buena cocina –unidas con algunos conocimientos de física básica- lo había convertido en estado sólido. Para trasladarnos ya a territorio italiano, este “viaje culinario” empezaba con unas piruletas de parmesano y especias que, entre tan bonitas que eran y colocadas en unas jarras de artesanía local yo, nada más llegar, había confundido con unas flores secas decorativas.

Cualquier turista que venga, sobre todo al Levante español, no regresará a su país –a buen seguro- sin probar una paella. Y en el nuestro, evidentemente había también un must: una buena pizza no podía faltar. Que si de manzana con gorgonzola, que si otra con guindillas… Había que estar bien atento al trozo que se eligiera.

El toque original fue un consomé de calabaza con jengibre que habíamos probado en nuestro último viaje a Madrid. Qué tiemble el cocinero de “Ten Con Ten” que el nuestro tenía unas almendritas flotando. Y es que dónde esté un detalle de generosidad…

Después celebramos el día de los inocentes, culinariamente hablando. Nuestra chef (perdón: top-chef) nos ofreció lo que parecían ser -alguien habría apostado a que de verdad lo eran- unos espaguetis y… que no eran sino unos trozos de pepino cortados en tiras largas. ¡Qué rico engaño! Eso, ¡qué vivan las inocentadas culinarias!

Después del plato principal, esta vez ya sí espaguetis de verdad, llegó la hora del postre. Y claro, estando en Italia y en época navideña, nada más idóneo para la ocasión que un panettone, bañado en mascarpone. Yo, como llegué un poquito antes, fui testigo de cómo se hizo la magia con este manjar, que a simple vista se antojaba similar a nuestro arroz con leche español. En estos viajes culinarios, hay que andarse con un poco de cuidado porque la vista suele ser, a veces, engañosa.

Detrás de esta “magdalena gigante”, como en ocasiones en tono de broma la he oído mencionar, está la historia de Toni, que ideó este pan dulce para conquistar a la hija del panadero, haciéndose pasar por aprendiz y ocultar así su origen aristócrata. De mucho amor e ingenio nació -según cuentan- el “Pan de Toni” (nuestro hoy: Panettone). Rige actualmente un reglamento con la disciplina minuciosa de los ingredientes y la proporción exacta que han de tener para poder contar con el certificado de ser un auténtico panettone. Hasta hay un concurso para puntuar cuál es el mejor y, atención que el “Antico Forno Roscioli” en Roma ya lleva ganándolo varios años.

Después de todo viaje, siempre destaca un momento especial, aquel que por haber sido muy divertido, por haber sido asombroso o verdaderamente bonito siempre se recordará. Y en este “viaje de mesa y mantel” también hubo un “momento estelar”. Después de la cena, como si estuviéramos en una auténtica discoteca de los años ochenta, las estrellas invadieron el lugar mientras hacíamos la digestión. “Volare, oh oh… felice di stare lassu”

Ya les digo: L’Italia, merita una buona tavola! Y es que, un poquito de Italia sobre un mantel español, siempre puede ser una excusa perfecta para ir planeando… un prossimo viaggio?

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