La Verdad

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Autor: Inma
En Murcia la inteligencia es de color verde
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Inma | 11-02-2017 | 3:54| 0

 

Aún no han llegado a España pero les confieso que estoy deseando tomar un refresco de cola en las latas verdes que acaban de salir al mercado. Y todo porque los de marketing, que no paran de estudiarnos, dicen que si los consumidores vemos el producto que sea (yogurt, galleta, etc.) en un envase de este color, pensamos que es más natural y sano y, ¡zas! al carro primero y a la caja registradora después. Vaya, que como si fuéramos un semáforo vamos a pasar –si estos estudios de ventas no fallan- del rojo al verde en cuestión de una temporada o, a lo sumo, dos, que no todos los consumidores son tan facilones como yo y necesitan más de una campaña comercial para sucumbir.

Sabiduría que nos viene ya de nuestros antepasados

Pero en Murcia no hacen falta técnicas de marketing. La sabiduría en esta tierra brota en todas las tonalidades de verde. No falta ninguna de la paleta Pantone. Tenemos que reconocer que quedamos admirados cuando vamos al Norte y el verde asoma por todos lados. Pero allí la cosa no tiene tanto mérito. Que no se enfaden los asturianos. Tampoco lo gallegos por favor. Porque convendrán conmigo en que cuentan con un gran aliado: la lluvia.

Cómplices

Pero cuando ya por estas tierras esta bendición del cielo no es tan generosa y, aún así somos capaces de transformarla en un vergel de casi mil kilómetros cuadrados (¡Imagínense la de campos de fútbol que caben en ella!), entonces no queda otra que quitarse el sombrero ante la gran sabiduría de las norias, que es la que provoca la dicha. Cuentan, cierto es, con un aliado: las acequias. Y así, “se expande el color” por muchas tahúllas. Casi se pierde la vista en este “gran lienzo de huerta”.

Muchas norias aún hoy están en pleno funcionamiento. Otras, pendientes de reparación. Son cosas “de la edad”. Y es que el tiempo en algunas ya pesa. Es normal, pues el invento tiene ya sus siglos.

Si D. Quijote hubiera cabalgado por esta huerta murciana, habría descubierto que “los gigantes” eran todo un ejército organizado y contaban con otro frente de batalla, cual hermanos pequeños. Los parecidos saltan a la vista: movimientos circulares; situación estratégica, se dejan llevar por la corriente, del agua aquí, del viento allá. A buen seguro, Sancho no habría sido tan tozudo y sí habría quedado convencido.

Ruta de las norias

Estos “ascensores” consiguen llevar el agua a tierras que superan varios metros de desnivel. Lo mejor es contemplarlos en plena acción. Les aviso, tienen una cierta fuerza hipnótica. Después de un ratico viéndolos, a mí me gusta cerrar los ojos, el sonido es parecido a estar a los pies de una catarata.

Cuando hago la ruta de las norias a lo largo del cauce del río Segura voy notando cómo la admiración de quienes las descubren por primera vez va in crescendo. Es llegar al municipio de Blanca, justo cuando el río se transforma casi en un pequeño mar y veo que necesitan parpadear varias veces. Vaya, que lo que comenzó como hipnosis, ahora empieza a ser una ensoñación.

Somos verdes por nacimiento

Como ven, en la huerta murciana no se necesitan trucos para pasar al verde. Desde que nacen: alcachofas, habas, pepinos, espinacas, escarolas, acelgas, lechugas… ya son así de verdes. Los de marketing por estas tierras, se me antoja a mí, que lo van a tener difícil para convencernos.

El eslogan “Murcia qué hermosa eres”, tal vez se quedó cortico porque cuando a la belleza se le suma la inteligencia, entonces ya es “un suceso digno de felice recordación”.

Murcia que te quiero verde.

 

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Ciudades inteligentes
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Inma | 01-02-2017 | 9:01| 0

 

Dentro de unas semanas Murcia abre sus puertas de par en par al I Congreso Mundial sobre Destinos Inteligentes (Organización Mundial del Turismo).

Serán tres días de plática interesante sobre temas que son todo un desafío en la rama del turismo: medidas de accesibilidad de los parques en Nueva York; los retos de construir el metro en una ciudad en pleno desierto; la experiencia ferroviaria en Francia (que como saben tienen hasta máquinas que con unas moneditas no más expenden cuentos), etc.

Mi amor a los robots

Y se hablará largo y tendido de apps, portales y de robots. Estoy que vivo sin vivir en mí. Vaya que estoy hecha un lío. Ahora que ya los robots nos pueden dar la bienvenida en un hotel. Y lo hacen con más de treinta expresiones faciales distintas, leo los borradores de las futuras leyes europeas y hay una que me preocupa: “no podremos cogerles cariño”. Con esa forma tan humanoide que tienen… ¿Quién se puede resistir? Si yo hasta los veo guapos. El texto legal resumidamente: obligación de poner en ellos una pegatina que nos recodará que no saben amar. Y eso que el Congreso comienza justo después del día de los enamorados.

Me cuenta mi amiga Ana, profesora experta en robótica, que ya los hay que les cuentan cuentos a los niños cuando van a dormir. Y los pequeños, al apagarlos, hasta les dan las buenas noches y los acarician y todo. ¡Cuánta ternura! Así hasta que entre en vigor la ley.

Séneca traducido en una fórmula matemática

El caso es que además de este sinvivir en el que la robótica me tiene casi abducida, también ando un poco asustada. Y eso que como verán, he hecho los deberes y todo. Mi comunicación en el Congreso será sobre lo importante que es el factor humano en los viajes. Sí, sé que soy osada. Vaya que es como ir a la guerra sin armas. Yo apeló al sabio Séneca con su “homo sacra res homini”.  Y es que el contacto con las gentes, culturas… -y más aún en los viajes- tiene un alcance tal que, aquí sin prohibiciones legales, podemos cogerle cariño. Los expertos en marketing ya le han puesto una fórmula casi matemática a este poderío humano: H2H (human to human).

Brújula versus GPS

Hace poco asistí a una charla en la que un grupo de montañeros contaban algunos desafíos que su expedición había tenido. Son de los que llegan a todos los “techos del mundo”, vaya que dejan las luces de la civilización detenida muchos kilómetros más abajo. En el grupo hay uno que sigue viajando con su brújula. Otros, los más modernos, se han pasado al GPS. Pues bien, el de la brújula contaba satisfecho que jamás se había perdido nunca. Y que en alguna ocasión los del GPS se habían tenido que unir a él.

Así las cosas, aún se puede viajar sin apps en el móvil o… ¿es demasiado arriesgado? Será que sigo siendo demasiado osada tal vez. Y es que al mundo de las nuevas tecnologías hay que hacerles algún guiño porque… ¿y si somos nosotros los que terminamos imitando a los robots de tanto usarlas?

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¿Es posible alojarse en la residencia de un presidente?
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Inma | 19-01-2017 | 6:00| 0

 

Sin serlo, entiéndase, que me faltó añadir este dato en la frase interrogativa. Y la respuesta es sí. Así que, hoy le ponemos un poquito de lujo al asunto porque la cosa va de auténticas… ¡mansiones!

De puertas adentro

En este viaje los curiosos –bueno, los curiosos tirando a cotillas- vamos a disfrutar de lo lindo pues cruzamos el umbral y entramos… ¡puertas adentro! Sí, acertaron, el destino será el interior de una vivienda. Y ya puestos en el empeño, que lo sea a lo grande, concretamente en una Casa Presidencial.

Debo confesar que mi interés comenzó cuando una amiga me contó sus peripecias en la isla de Trinidad y Tobago. Había tenido una etapa de muchísimo trabajo, con horas extra, un reto de esos de mucha responsabilidad y enjundia y, por fin, tenía vacaciones. No lo dudó: unos días en una isla caribeña le vendrían de maravilla. Y, ¿a quién no? Y más con estos fríos.

“Mi casa está abierta” dijo la trinitense

Su amiga vivía en la casa paterna en Trinidad y Tobago y varias veces le había dicho que las puertas de su casa estaban abiertas. Le preguntó si podía ir y le confirmó que seguían abiertas: “ven cuando quieras. Toma nota de la dirección”. La calle y el número de policía quedaron anotados en un papel.

A la hora de embarcar, en el control de inmigración tenía que cumplimentar el impreso. En la casilla <> puso la dirección de la casa de su amiga. Los funcionarios, se quedaron con el tampón en alto, mirando el papel, mirando a mi amiga, con cara entre sorpresa e incredulidad. Le preguntaron: “¿Está Vd. segura de que ha puesto la dirección correcta? Revíselo por favor”.

Mi amiga lo confirmó con la nota que llevaba de los datos de su anfitriona y así se lo indicó al policía: “Está todo correcto Señor”. El funcionario le dijo: “Perdone Sra. pero es que Vd. ha indicado las señas de la Casa del Presidente y como comprenderá…”.

Cuando ya consiguió acreditar todos los trámites para embarcar llamó a su amiga: “¿Pero cómo no me habías dicho que tu padre era el presidente?”. Con toda su humildad y quitándole importancia al asunto, la trinitense le dijo que no había caído en ese pequeño detalle sin importancia. Y por fin llegó, ya entrada la noche a la “Casa Blanca caribeña”.

Segundo control policial

Al día siguiente mi amiga salió a correr (a hacer running, como se dice por allí, bueno últimamente también por aquí) y al regresar a “su casa”, el policía de la verja le dio el alto: “Perdone, Vd. no puede pasar, es un recinto privado”.

Mi amiga, sin documentación alguna, con su chándal y zapatillas, le dijo que ella estaba alojada en “la casa”. El policía pensaba que le estaba tomando el pelo y de nuevo, educadamente le denegó el acceso.

Pero logró sortear este stop policial con inteligencia práctica: le dijo que llamara a su compañero de la noche anterior, que él sí la conocía. Y, por supuesto, entró. Me contaba que ya los siguientes días, los policías la conocían y que entraba y salía como Perico por su casa. Y allí que estuvo alojada la mar de bien.

Cuando mi amiga me relataba todas sus andanzas por la casa, tengo que confesarles que me entró un poco (bueno sí, mucha) envidia: yo también quería alojarme en una casa presidencial. Hasta que un buen día, estando en Puerto Rico… casi lo conseguí. Casi. To be continued

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Por todo lo alto
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Inma | 05-01-2017 | 1:50| 0

 

Ver una ciudad desde un punto elevado siempre tiene un no sé qué que ayuda a entender cuándo se hizo grande y se atrevió a saltar al otro lado del río; por dónde se descuidó y fue conquistada o, por qué la expansión moderna lo es por una zona y no por otra.

Una “panocha” que “se come” con los pies 

Y nada mejor que empezar un año “por todo lo alto”. Sí, en sentido literal. Nos subimos hasta la Cresta del Gallo para dar un paseo por la montaña y, rodeados de pinos, conocer un poquito mejor Murcia a vista de lince, porque para los que ya usamos gafas, lo de vista de pájaro se nos quedó un poco pequeño en las distancias que se miden por kilómetros.

Escalada y taconeo

Esta subida es de las fáciles. Se puede llegar casi en coche. En Navidad tiene el aliciente de ir recorriendo la pinada y poder llegar hasta el Belén colocado por los montañeros en uno de los puntos más altos. Hay una estrella encajada estratégicamente en las rocas para los que nos perdemos con facilidad. Ya les digo, que la ruta es de las sencillas: He llegado a subir con señoras que superaban las barrera de los setenta y todas ellas, con sus tacones y todo, pensaban que no llegarían al pesebre pero, allí junto al portal, hasta cantaron villancicos y todo.

Yo para animarlas les recordaba la anciana de más de ochenta años que habíamos visto en la exposición de fotografías del Centro de Visitantes de La Luz en plena escalada en este lugar. Y es cosa buena una previa visita a esta exposición, pues es de las que abre el apetito de la montaña.

De Murcia a la luna 

Muy conocido es el eslogan turístico: “De Madrid al cielo” como el no va más. Pero el caso es que en Murcia, ¡lo superamos! Pues nos salimos de la bóveda celeste y… ¡rozamos la luna! Y es otro de los atractivos, que ya les digo, hay muchos, de este rincón murciano. Una vez en lo alto, se puede admirar el famoso “paisaje lunar” donde si uno si le pone un poco de imaginación cree estar pisándola de verdad. ¿Quién dijo que no era posible ir a la luna todavía?

Hay días en los que la suerte viene con nosotros: esos claros y sin nubes, entonces ya es el acabose pues hay “mar de fondo” en la ruta: El Mar Menor se deja ver y según la hora del día que sea, hay un momento en el que el sol se refleja con tal fuerza que en lugar de agua, parece casi una plataforma de fuego candente. Otros, un espejo del cielo.

Murcia también tiene su Mar Menor… ¡de nubes! 

Pero que no cunda el desánimo si el día en el que suben está nublado, entonces la sensación de estar paseando sobre ellas, pese a no poder ver la ciudad abajo, es también algo mágico. En las fotos, verán que soy adicta a esta ruta (la he hecho hasta con familias de chinos), pueden ver el ascenso en días claros y nublados. Es de esos lugares con contrastes, que se desdoblan en dos, casi una metáfora montañosa del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Vuelo rasante sobre la ciudad 

Pero mi ruta favorita es ir en bicicleta –también andando- por toda la cornisa desde la Cresta del Gallo, “La Panocha” para los murcianos, hasta la bajada por El Valle. Unos cuantos kilómetros de pista forestal que transcurren en paralelo al trazado urbano de la ciudad y, entre la brisa y las vistas, uno va siguiendo el largo y ancho de Murcia desde las alturas. Vaya que uno se siente también cual piloto, bueno sí, en vuelo rasante no más. Y también entran ganas de cantar, como les pasó a las señoras en el portal cuando llegaron a lo alto.

Espero que se animen a hacer esta sencilla escalada, sea con pedales o con tacones. Las dos variantes son posibles. Que siempre empezar el año con brisa nueva, amplía horizontes. ¡Feliz año nuevo!

 

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“Gracias”, una palabra de largo recorrido
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Inma | 23-12-2016 | 12:00| 0

 

.- ¿Qué vas a ir a Egipto en agosto? ¿Con el calor que hace? Entre asombro y alarma, era lo que todos me preguntaban cuando les decía que iba a la boda de mi amiga Nagwa.

Después de entrar en todos los pasadizos de las pirámides; de bucear en el Mar Rojo; de aprender a regatear con verdadero nivel… tocaba regresar. Tenía que coger un primer vuelo doméstico Sharm El-Sheikh-El Cairo que aterrizaba en un pequeño aeródromo egipcio. Y después, ir en coche al aeropuerto internacional para tomar ya el avión de regreso a España.

.- “Nada más aterrizar del primer vuelo, estará esperándote un señor con una pizarra con tu apellido. Te llevará en coche hasta el aeropuerto internacional”.  Me indicaron en la agencia de viajes cuando contraté este traslado.

Aterricé y había varios chicos con pizarras con apellidos escritos con tiza. En ninguna estaba escrito el mío.

Esperé y, poco a poco este pequeño aeropuerto iba perdiendo su trasiego: algunas luces se apagaban, las tiendas bajaban sus persianas… Sólo quedaba un chico con una pizarra en la que estaba escrito a mano otro apellido.

Me dijo que sí conocía la agencia pero que no había visto a ninguno de sus empleados esa noche por allí. También me comentó que en unos minutos este aeropuerto se cerraría: el vuelo que yo había tomado era el último de ese día.

Se ofreció a llevarme en su coche al aeropuerto internacional. Su cliente probablemente habría perdido el vuelo ya que no aparecía. El dilema era esperar en un aeropuerto casi vacío ya o, irme con aquel desconocido.

Acepté su ofrecimiento. Al despedirnos en el aeropuerto internacional me dio su tarjeta: “Por si tienes algún problema”; Insistía: “Estaré encantado de poder ayudarte de nuevo”.

Unos minutos después, cuando me encontraba en el mostrador de facturación llegó corriendo un señor mayor. Esa noche había un partido de fútbol de esos importantes en El Cairo que había colapsado (aún más si cabe) el tráfico. “Yo no entiendo mucho de fútbol”, se excusaba de corazón. Me quedé un rato largo hablando con él. “Con el dinero que gano por los traslados y los ahorros que mi mujer y yo tenemos, podemos pagar la universidad a nuestros hijos”.

Él no me lo dijo pero después de nuestra conversación intuí que si me quejaba a la agencia por su retraso, lo despedirían ipso facto. Otro dilema más. Por supuesto, puse la cruz en “servicio excelente” cuando me enviaron el formulario de satisfacción.

Llegué ya amaneciendo a España. Ordenando los papeles vi la tarjeta de visita del chico joven que me había ayudado casi como un ángel caído del cielo en el traslado al aeropuerto internacional y con las prisas y líos de maletas no recordaba si le había dado las gracias. Ante la duda, le envié un mensaje. Recibí otro de respuesta: “Este es el mensaje más bonito que jamás he visto en mi vida al despertar”.

Y es que la palabra <> en todos los idiomas en los que pronuncie, siempre provoca efectos mágicos. El último párrafo quería dedicárselo a Vds., lectores, y darles las gracias por “recorrer tantos kilómetros de lectura” en estas crónicas.

Y ya, el próximo “destino juntos” lo será en 2107. ¡Feliz Navidad!

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