La Verdad

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Categoría: Asturias
Posaderas y un ósculo un poquito más arriba

 

¿Se animan a un viaje hasta “los límites de la honestidad”? No se alarmen ¡por favor! Nada de cometer un delito. Seguimos aquel juego lingüístico cervantino y con él llegaremos a cuatro lugares que se encuentran justo… “donde la espalda pierde su honesto nombre”. ¡Ejem! Ya me entienden.

Oviedo, vista al fondo

Comenzamos “a lo grande”.

La primera parada, en Oviedo, en la calle Pelayo donde se encuentra la famosa estatua “Culis Monumentalis” de Úrculo. Aquí el latín se deja traducir fácilmente. Recuerdo que cuando paseábamos, un amigo me dijo que esta calle te arrastra, quieras o no, hacia  “el  monumento”. Vaya que tiene una “vis attractiva” –que también dirían los latinistas-, que te hace cambiar la ruta inicial y evitar cualquier otra trayectoria distinta que no sea la línea recta. Convendrán conmigo que es fácil entender las muchas razones por las que Woddy Allen cayó seducido por el embrujo ovetense. Y es que, esta ciudad es de las que atrapan a todo visitante.

Coimbra, nalga con mucho ritmo

Nalgas al son de la música

En Portugal tenemos otra parada con nalgas bellas, en este caso, unidas al mundo de la música. Escondida en una pequeñísima plaza de Coímbra, callejeando por el casco histórico, se puede admirar una estatua en forma de guitarra muy sexy y, por partida doble, esto es, se mire por delante o por detrás. En la foto, por aquello de no ser demasiado indiscreta he puesto la parte trasera nada más.

Yo la descubrí porque vi a un señor dando una vuelta en redondo por la plaza con una gran sonrisa pícara. Y la curiosidad –y la intriga por saber la razón de su sonrisa- me alertó del secreto que aquella guitarra tenía. Para más inri, se trata de una guitarra típica portuguesa que, como saben, en su forma, es más curvilínea y abombada que la española. Sobran las semejanzas para inspirarse. Éstas, saltan a la vista.

Madrid, atención a las zonas más brillantes de la estatua

La felicidad que transmite una hermosa posadera

Este recorrido por el mundo trasero nos lleva a Madrid. Ahora menos escondida. Es un lugar muy fotografiado: la estatua de Botero en la Plaza Colón y que también es fácil que nos haga sonreír.  Pues sí, a falta de playa, ella parece que está tomando el sol. Y tranquilamente además. El dato gracioso es prestar atención a qué partes de la estatua son las que están más brillantes. Vaya que se nos van las manos.

Barcelona, donde una dama desnuda posa sin que nadie la visite

Pero ahora sí que sería un delito –con su agravante y todo- hacer un recorrido por zonas vinculadas con esta parte de la anatomía humana y no detenernos en Barcelona, tierra de “culés”. Qué buena fotografía, digna de estar en el museo por supuesto. En ella, los aficionados, todos alineados en lo alto de un muro, con sus cuerpos hacia delante, a modo de contrapeso y, también para no perder el equilibrio, y con los culos respingones.

La última parada de este tour tan sexy, la hacemos en Barcelona, con los glúteos de una buena moza que pese a estar en la transitada Plaza Cataluña, es toda una desconocida y eso que tiene mucha sensualidad y belleza. Es una dama con una postura parecida –pero más sugerente, dónde va a parar- a los de los “culés”. La cosa es que, estando a tiro de piedra de la futbolera fuente de Canaletas… pues eso que las posaderas de esta bella dama pasan desapercibidas.

Helsinki, diseño de una silla muy amorosa por la espalda

Ósculos también por la espalda

No quería yo terminar este recorrido sin un ósculo a modo de despedida que, como no, también lo es por la parte trasera del cuerpo humano. Pero ya, saliendo de la zona peligrosa de las lumbares y subiendo a las dorsales.

No es el sillón rojo besucón de Dalí, pero tiene su puntito amoroso también. Tomen asiento –¡qué mejor silla!- si esta ruta se les antojó larga. Y lo dicho, el viaje termina hoy con una silla-beso del Museo del Diseño de Helsinki.

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Quisiera ser un pez

¿En qué animal te gustaría convertirte? Esta pregunta seguro que todos, de pequeños, la hicimos alguna vez. Pues el viaje de hoy lo es, a un lugar donde aquella ilusión infantil se puede convertir en realidad. En este destino  nos olvidamos de nuestra masa corpórea (sí, también de nuestros michelines) y… ¡vamos a zambullirnos, como si fuéramos peces, en un balneario salino maravilloso! 

Además no necesitamos preparar ninguna maleta. Tampoco hace falta ningún equipo especial de buceo. Las únicas alforjas para ese viaje son un traje de baño, unas chanclas y un gorro. Los tímidos, pueden utilizar albornoz también.

Nuestro destino se encuentra en pleno centro de Gijón. Allí, el Cantábrico, hace de las suyas. Ya nos advirtió en su día Jovellanos cuál era la fuerza del mar en esta ciudad. Es fácil recordarlo. Hay colocada una placa en el paseo marítimo (antiguo Muro de San Lorenzo) con la frase que este escritor anotó a propósito del poder del: “mar, bravísimo. ¡Sublime espectáculo el choque de sus olas contra el paredón!”.  Pero nuestro baño no tendrá peligro. No se asusten. En este balneario, el mar Cantábrico, pierde un poquito su bravura, para convertirse en un lugar nada peligroso. Hasta podríamos decir que llega tener un matiz “caribeño”, por aquello de rozar el paraíso. Nos situamos en mitad del puerto marítimo gijonés y entramos en el balneario “Talasoponiente” para disfrutar de todas las bondades del mar.

Sus piscinas son de agua salina. En una de ellas podríamos decir que estuvimos en un concierto: Uno puede estar escuchando música… ¡dentro del agua! Mientras, el techo va cambiando lentamente de color e invadiendo lentamente el lugar de destellos propios del mismo arcoíris. Si ya de por sí escuchar música es relajante, imagínense que la escuchan dentro del agua.

No es necesario ir al Mar Muerto para lograr la sensación de flotar, en otra de sus piscinas, la gravedad desaparece por completo. En este momento en el que uno está flotando desaparece de la tierra la palabra “problema”.

En el primer telediario de cada uno de enero podemos ver muchos osados que, en el norte de Europa, desafían la temperatura del agua y dan la bienvenida al nuevo año con un capuzón de esos que ahuyentan cualquier resfriado posible para el resto de los doce meses. En este balneario, podremos experimentar en primera persona aquello que tantas veces hemos visto este primer telediario de cada año. Les cuento. En otra de sus piscinas, tenemos también la sensación de darnos un baño como si estuviéramos rodeados de icebergs por todos lados. Es, entrar y salir inmediatamente, pues casi nadie resiste un largo baño en esta piscina. La razón: la temperatura del agua es la mismísima del Polo Norte. Parece que no están atravesando cuchillos conforme bajamos por las escaleras. Yo, al salir, ¡no sentía las piernas! Pero, eso sí, ¡como nueva!

No acaba el viaje ni mucho menos. Podemos darnos otro baño, ahora bajo las cataratas del Niágara, con un poquito de imaginación claro quede. O, cambiar de piscina y perdernos casi por completo entre una pequeña marea de burbujas. 

Lo mejor de todo es que, desde dentro de casi todas las piscinas, podemos ver el mar. Incluso en una de ellas estamos al aire libre, y uno puede estar en una piscina justo en la misma orilla del mar. ¡Brisa fría y baño calentito a la vez!

Lleven cuidado porque el Norte está repleto de estos balnearios salinos. Hay otro saltum per aquam cerca, en la misma franja cantábrica.  Es “Termaria. La Casa del Agua” en La Coruña. Y es que, lleven cuidado, porque esta querencia de ser un pez crea adicción –doy fe-. Allí mi favorita es la piscina remolino, donde la corriente le hace a uno dar vueltas y vueltas sin poder parar. Yo incluso llegué a dar más vueltas de la cuenta porque no sabía cómo salir de este remolino tan divertido. Cosas de no estar del todo acostumbrada a ser un pez. Pero, poco a poco, voy cogiendo experiencia, como ven.

Así que, sólo queda decir, por aquello de animarles un poquito más: ¡al agua ”peces”!

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Gijón y “el árbol de la sidra”

Tomar una cerveza o un vino, qué duda cabe que es un momento placentero. Si, además, lo hacemos con amigos, entonces, puede llegar a ser (si acompaña el sitio, la charla y la tapa) uno de esos momentos inolvidables en nuestras vidas. Y si lo que pedimos es una sidra en Gijón, entonces la cosa pasa a tener ya unos niveles artísticos; No les exagero.

Allá que nos vamos, pues nos invitan a “sidrinas”. A buen seguro el diminutivo será escuchado en más de una ocasión. Ya lo avisa el dicho popular: “Gijón, con fabes y sidrina, nun fai falta gasolina”.

Toca abrir bien los ojos llegado el momento de beber. Ya, nuestra mandíbula se abrirá casi sola, por pura admiración, cuando veamos cómo escancian la sidra. ¡Todo un arte! Y, también toda una ciencia detrás, ya que tiene su propia metodología. Les cuento un poquito.

Los camareros suben una de sus manos, casi en línea recta. Cuanto más alto, más maestría. Y sin mirar el vaso que está inclinado en la otra mano, la escancian, con la botella puesta del revés. Los más artistas, colocan el vaso casi en posición horizontal. Son un poquito anchos, para facilitar este trance. A la hora de escanciarla, tomen buena nota cuando el camarero la vierte, porque la sidra debe caer directamente al cristal. “Así se oxigena”, me contaban los expertos.

Los camareros llenan el vaso sólo un poquito. No es por tacañería, no vayan a pensar mal. Pues es ahora, quien está al otro lado de la barra, o sea, nosotros, quienes debemos beberla… ¡de un solo trago! Me decían -e insistían-, que si no: “se estropea”.

¡Ah! Y no se puede beber todo el líquido. Aunque nos haya gustado mucho. Hay que dejar un poco –“el último chispín”, como dicen por allí-. Pero, se complica un poquito más la cosa: este “chispín” no se puede dejar en el vaso, hay que tirarlo al suelo. Sí, como suena: al suelo. Cualquier persona que entrara por primera vez sin saber nada de este trasiego, pensaría que el bar estaba lleno de gente maleducada. Y, a buen seguro, se saldría. Craso error.

Ya los bares están preparados y tienen en el suelo a lo largo de toda la barra unas rejillas para que puedan correr por sus huecos estos “chispines”. Pero a la hora de arrojarlos al suelo, hay otro detalle a tener en cuenta que no podemos pasar por alto: Debemos hacerlo justo por el lado del vaso por donde hemos bebido, porque así se limpia. Antes, era normal compartir un mismo vaso varios amigos. Y de esta forma el vaso quedaba en buenas condiciones para su reutilización por otra persona. Como ven, está todo bien pensado.

Hoy ya cada cual utiliza su propio vaso, pero se siguen “limpiando” de esta forma. Un requisito más: debemos estar al tanto porque cuando hemos bebido de un trago, hemos arrojado el “chispín” al suelo, con la cautela de hacerlo justo por donde hemos bebido, a la hora de dejar de nuevo nuestro vaso en la barra, se hace en fila, todos justo delante de nuestra botella. Preparados y listos para cuando llegue el segundo “trago” y así sabemos cuál es nuestro vaso según dónde lo dejamos en la fila. Es curioso ver las barras con estas hileras de vasos delante de cada botella. Ahora bien, no hay problema para reconocerlo en los dos primeros tragos. Pero en mi caso, cuando llegó el tercer trago, tenía yo algunas dudas para recordar con exactitud cuál era el mío. Menos mal que siempre hay algún amigo de la tierra con mayor resistencia al efecto de la bebida, que pone orden en estos momentos.

Hay bares que tienen en sus estanterías, además de las botellas, un buen muestrario de vasos diferentes. Sus dueños los dejan ahí y cuando van, les sirven la sidra en su propio vaso. Da prestigio tener un vaso propio. Una amiga me enseñó con mucho cariño dónde tenía su padre este pequeño “tesoro” cuando, de pequeña, iba con él de la mano.

Hace un tiempo, bajo el lema de fomentar el reciclaje, se “plantó” el frondoso “árbol de la sidra”. Sus “hojas” son más de tres mil botellas de vidrio verde. Hoy es de esos lugares donde turista que pasa, fotografía que se hace. Y más aún si es de noche, entonces ya el ansia de inmortalizar la originalidad y belleza resulta irresistible, ya que una lámpara escondida a modo de “tronco” y el verde de las botellas, provoca la magia lumínica.

Seguro que cuando vean la puesta en escena de esta bebida y si, para colmo, la toman con amigos y gente del lugar, entonces ya… ¡será algo difícil de olvidar! Y si les gusta el primer trago, acabarán con la botella entera. Doy fe.

¡Bares, qué lugares!

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