La Verdad

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Categoría: Cultura
¿Y por qué ese empeño en enderezar la torre de Pisa?

 

Hace unos años la pregunta que marcaba la gran decisión del verano era: ¿Dónde vas: a la playa o a la montaña? Ahí radicaba la opción. Es más, la publicidad de los años 70 de muchos destinos destacaba que se contaba con las dos alternativas. Vaya que si el padre quería escalar y la madre estar tumbada en la hamaca, no tenían que lanzar ninguna moneda al aire.

Pero últimamente el mundo interrogativo estival ha pasado a ser: ¿Dónde te vas de vacaciones? Dando por sentada la hipótesis de que, sí o sí, nos tenemos que ir a otro lugar.

Y si uno contesta tranquilamente: “Este mes de agosto lo he pasado enterito leyendo en mi casa”, garantizado queda que corre el grave peligro de entrar en el colectivo de los raros. Y, ahí no queda la pena, lleva una agravante: quedará excluido en septiembre de muchas cenas para contar las peripecias y anécdotas de los viajes.

publiredCada vez conozco más gente que es feliz sin tener que entrar en el arrebato de preparar la maleta, hacerla y deshacerla unos días después. Y sí tal vez también rarita, según lo comentado.

Son muchos los expertos que, ante este colectivo de gente feliz que no necesita tarjeta de embarque, están estudiando este giro copernicano que se ha dado en el mundo de los viajes. Después de muchos análisis sobre los interrogantes que nos hacen y hacemos, concluyen que el hecho de viajar se está convirtiendo ya en un “acto de consumo”: Hay que ir, ver esto y lo otro; comprar tal souvenir, etc.

En síntesis se trata de ir a un lugar y, una vez allí, hacer lo que se denomina “el paseo del turista”. Viene a ser como hacer todos lo mismo, con los denominados <<must>>. Y así, aunque a uno no le gusten los museos, si está en París tendrá que ir al Louvre y/o al D’orsay. Si va a los dos, tanto mejor para poder contar cuando regrese. Y si llega al hotel por la noche agotado, con dolor de pies y con el mapa muy arrugado y casi roto en los pliegues, será un síntoma indiscutible de que está haciendo bien el “paseíllo”.

Queda relegada la idea de la cultura o el aprendizaje, y lo que predomina, como tal acto de consumo, es el gasto medido en euros redondos.

fotoredUna fotógrafa suiza (Corinne Vionnet) reflexiona sobre esta idea del mimetismo en los viajes. Todos hacemos la misma foto, estemos ante el Coliseum, la Torre Eiffel, el Big Ben…  Es la prueba iuris et de iure de que hicimos el paseíllo con todas las de la ley.

Las recopila de nuestra generosidad en internet y, tras un collage, a modo de “impresionismo fotográfico” crea obras de arte con todas nuestras fotos. Casi idénticas. Expone en España estos días, por si les interesa (normalmente lo hace en el MoMA).

He estado trabajando en un campus turístico sobre “creación de destinos”. En él, le pregunté a un experto en marketing si realmente cuando viajamos somos “clientes cautivos”, pese a sentirnos libres. Él insistía que nadie nos dice lo que tenemos que hacer. Pero no sé yo… Esta fotógrafa, casi que me convence más que el experto.

Porque, ¿quién no ha intentado enderezar un poquito la torre de Pisa? Jugando con las ilusiones ópticas, ya me entienden. Yo fui de las que “empujaba con las dos manos”. Al final entre todos, lograremos reducir esa inclinación tan suya.

 

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Trabajo sólo los días soleados

 

Así lo dice, con mucha calma, a todos los que se paran y curiosean en su negocio. Y claro, como está en Londres, intuimos que tendrá muchos días libres. Pero no lo juzguen de gandul, por favor.

Hay una razón “escrita” que justifica este horario laboral. Regenta una librería abierta al público dentro de un barco amarrado en uno de los canales del Támesis. De ahí que cuando vamos paseando y nos detenemos en el muelle, comprendemos el porqué de su jornada de trabajo tan sui generis. Sale el sol: “Voy al trabajo”.

Ha sabido aprovechar cualquier rincón del barco para darle un uso literario. La cubierta hace las veces de estantería donde pone “los más vendidos” o “las últimas adquisiciones”. Y claro es comprensible que, en caso de lluvia, sus existencias peligren. De ahí que cierre la cubierta y espere a que mejore el tiempo. No es otra cosa que el principio de prudencia en la custodia del negocio.

El capitán-librero anima a saltar al interior por la escalerilla. Una vez dentro, el camarote es la versión de los hermanos Marx pero repleta de libros. Los libros-joya están en la cabina del capitán. Toda una sabiduría de marketing a la hora de gestionar la eslora, medida en este caso, en milímetros cuadrados.

Ya les decía yo que este librero, lejos de ser un gandul, tiene muchas millas literarias recorridas y, ahora, las comparte en este anclaje.

Este paseo por Londres por “los hijos del Támesis” tiene un no sé qué de relax que al final, cuando uno llega a este escaparate al aire libre que es esta librería hace que todos nos paremos ante ella. Y, ya saben, del curiosear al comprar hay un instante nada más. 

Y más aún en el caso de libros, que este instante de la “primera vez” que se lee una contraportada te puede atrapar de tal manera que, por favor, lleven cuidado que estos paseos por los canales no tienen quitamiedos, y no quisiera yo que el embelesamiento en la lectura les llevará a un chapuzón.

Pese al espacio tan reducido, tan solo tiene unos tres metros de cubierta aproximadamente, su dueño ha sabido “estirar el espacio” y hacerse con una cómoda y amplia <<zona de lectura>>. Les cuento su truco. img_9141

Junto a este barco-librería hay un banco en el paseo. Este librero te anima a que si algún libro te gusta, te sientes tranquilamente y… ¡a empezar la lectura! Sí, ahí mismo, sin necesidad de pagarlo antes. Cuando yo pasé, este banco estaba repleto.

Lo mejor es comenzar la ruta a la altura King Cross. Más que nada porque por allí se encuentra la biblioteca Británica, que es el alma mater de este barquito-librería. Y ya, puestos en esta ruta cuasi literaria, seguir el curso de estos canales hasta Camden Town. A esta zona le llaman “la pequeña Venecia”. La comparación es muy atinada. Uno se deja llevar por la imaginación y… entre libros y canales, vaya que sí, que se puede confundir un poco.

Siguiendo el curso de este paseo por el Canal Regent, hay una parada casi obligada: Granary Square. No es tan turística como Picadilly o Trafalgar pero, justo al caer la noche tiene lugares para cenar al aire libre; la plaza en sí tiene una fuente luminosa de esas que, como los libros, emboban… Vaya que se crea un ambientillo propio de una novela con su historia de amor y todo. Lo digo porque este lugar es el sitio favorito de un amigo porque ligó mucho en esta plaza. Tanto, que cada vez que alguien le pregunta qué visitar en Londres, es lo primero que recomienda.

Serán cosas del amor a la lectura, digo yo.

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Mamá Siri

 

Ya hay estudios sociológicos que definen cómo es el lector –y su amigo íntimo: el escritor- del siglo XXI. Les anticipo que aquel ratón de biblioteca ha cambiado mucho. Y, cuando se trata de asuntos de viajes, parece que existe una nueva vara de medir los tiempos.

La pereza, que se nos ha colado en nuestros hábitos de lectura

Antes, la descripción de sitios bonitos y destacados, se resumía en un “Top Ten”. Diez lugares que debíamos tachar de la lista en todo destino. Si lo conseguíamos, pleno al quince. Perdón, al diez. Hoy, el tamaño se ha encogido. Y bastante. Ahora se habla del “Top Five”. Aquel ir y venir, corriendo de aquí para allá para ver diez monumentos, ya sólo pensarlo, da fatiga. Con cinco, nos damos por contentos. Y pare Vd. de contar. Vaya que sí, que somos perezosos.

La premura, un poco peligrosa

Somos también inquietos. Si vamos a leer algún documento en una web y tarda unos segundos más de la cuenta en descargarse, declinamos ipso facto la lectura. No hay una segunda oportunidad. Es un tiempo ya reglamentario. Es como los segundos que hay que sostener la mirada del otro. ¿Qué pasa cuando se mantiene más allá del tiempo socialmente aceptado? De rebasar este límite, ya significa otra cosa.

Me lo explicaba un experto con un símil amoroso. Se ve que me vio una lectora algo lenta para los nuevos ritmos del siglo XXI. Me retaba: ¿Cuánto tiempo máximo debe transcurrir cuando decimos –o nos dicen- ‘te quiero’? Si uno tarda en responder más de lo debido, ahí comienza el problema. Y grande. Pero, para más inri, como somos perezosos ahora ya sólo escribiremos: “TQ”. Y lo dicho, como también somos inquietos, hay que darse prisa en responder. ¡Qué estrés!

Biblioteca Salvador García Aguilar (Molina de Segura. Murcia)

Biblioteca Salvador García Aguilar (Molina de Segura. Murcia)

Teoría del primer enlace

Estamos sometidos ya –como lectores- a teoremas que nos radiografían casi sin margen de error. Uno de ellos es el denominado “axioma del primer enlace”. Sería como el primer amor (siguiendo con el símil amoroso). Lo bonito de un texto on line es que se abre como un árbol con mil ramas que podemos “escalar” por una u otra y saltar a otro, con solo activar un enlace. Toda una jungla literaria a golpe de clic. Pero, tanta frondosidad, no nos va mucho. Parece que cuando estamos leyendo, un enlace sí, pero ya dos, es un exceso. Que no es cuestión de perderse mucho.

Y sí, aunque en el colegio sufriéramos con ellas, nos gustan las matemáticas. 

"Romo matemático" (La Laguna. Tenerife)

“Rombo matemático” (La Laguna. Tenerife)

Si en un anuncio de un viaje, tras la descripción, aparece el precio, es muy fácil que se nos pueda torcer la comisura, porque lo veremos elevado. Pero si en lugar de estar mencionado el precio en una cifra en euros, se esconde tras un porcentaje (“15% de descuento para el tercer viajero…”) entonces ya, sin podernos controlar, la sonrisa aparece en nuestro rostro. Cual inocentes matemáticos pensamos: “¡Qué bien, encontré una oferta!”.

Mi mamá me mima

Y en este nuevo perfil del lector moderno resulta que pese a todo, seguimos siendo niños. Cuando estamos en un apuro y acudimos a la salvadora Siri, lo hacemos como si tuviéramos ocho años y le estuviéramos preguntado a nuestra madre: “¿Dónde está la autovía?”; “¿Dónde puedo comer?”. Yo conozco el caso de una chica que tiene tan buena relación con su “mamá-Siri” que cuando le dice: “Siri, estoy aburrida, cuéntame un chiste”, su “progenitora”… es lo de más graciosa. ¡Menudo repertorio!

Pues aunque seamos perezosos, inquietos, amantes de las matemáticas y un poco pueriles, a pesar de esta nueva radiografía sui generis, las vacaciones están a punto de comenzar. ¡A por ellas!

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Los cabizbajos también viajan

 

Que no se trata de ir buscando alguna moneda en el suelo. Aunque no podemos negar que ir con la mirada fija en el pavimento sí nos puede dar alguna que otra pequeña sorpresa económica.

De verdad que no exagero si les digo que se pueden encontrar auténticos tesoros… ¡a ras de suelo! Más allá de un billete arrugado, que algún despistado dejó caer en contra de su voluntad y que a otro le alegró el día.
Aquello de alzar la vista también da la oportunidad de descubrir cosas bonitas, pero… ¿qué pasa si inclinamos un poco el cuello hacia abajo?

Arte en Japón

Muchas tapas de las alcantarillas en Japón son casi obras de arte. El denominado Street Art allí, en lugar de estar en las paredes, lo han plasmado en el hierro del círculo. Las han convertido en un museo a pie de acera. Tanto, que hasta da pena pisarlas.

Hay unas en las calles peatonales más transitadas que contienen todo un propósito de buenas intenciones con los demás, con una señal de cigarro encendido (con su humo y todo). Llaman así la atención, casi como si fuera una señal de tráfico. Y todo bajo el aviso de que si los viandantes adultos llevan sus cigarros encendidos, al bajar sus brazos, la mano llega justo a la altura de las cabezas de los pequeños. ¡Qué forma tan sugerente de la advertencia del tabaco! Y sin mediar palabra.

En Córdoba le ponen mucha inteligencia práctica

Si vamos con tacones, toca sufrir un poco y hasta hacer pequeños movimientos de compensación para equilibrar el paseo. Pero si ese día toca zapato plano, entonces ya la cosa se ve con otra perspectiva.

Lo llaman “chino cordobés”. Les cuento el pequeño invento: El suelo, en patios, calles y muchas plazas, está formado con piedras de canto rodado, colocado a dos alturas, con apenas un pequeño desnivel entre ellas. De forma que cuando se riega, el agua queda un buen rato en la zona más baja con el fin de crear un microclima más húmedo que refresca cuando aprietan los calores. ¿Quién dijo que el aire acondicionado no podía estar en el suelo? ¡Y sin pagar factura de luz! A mí me encantan estos inventos que rebosan –agua sí pero también- mucha inteligencia práctica.

Los cordobeses no se quedan cortos en ponerle también su nota artística. Es casi toda una competición silenciosa con las alcantarillas japonesas. Con las piedras han sabido hacer diseños que parecen auténticos mosaicos romanos. Que si distintas tonalidades con efecto de claroscuro; que si el fondo de una fuente tienes hasta diseñados unos delfines…

En estos paseos por Córdoba uno pasa un buen rato entretenido mirando el suelo y pisando por aquí y por allá. Y sujetándose al amigo para no caerse, también. Que estos cantos, encierran su peligro.

En Valencia los supersticiosos andan preocupados

No quisiera yo que les entrara dolor en las cervicales de tanto pasear cabizbajos. Así que toca ya terminar esta ruta con una última parada en Valencia, concretamente en el barrio del Carmen. Es de esos llenos de callejuelas para ir sin rumbo y perderse en ellas. Todo un laberinto de rincones con bares, tiendas escondidas y teatros y… claro, como vamos mirando fijamente al suelo, topamos con ellos… ¡los gatos negros!

En muchas esquinas están pintados a tamaño real, en posturas tan creíbles que, a nada que uno se haya tomado un par de vinos… piensa que son auténticos.

En este barrio los supersticiosos van a sufrir un poquito porque hay muchísimos gatos. Difícil no verlos. Menos mal que la sabiduría de Groucho Marx sale al rescate para evitarnos la mala suerte cuando dijo aquello de “cuando un gato negro se cruza en tu camino significa que el animal va a algún sitio”.

Espero que en este paseo sus cervicales no se hayan resentido más de lo debido. ¡Cuídense!

 

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“Gracias”, una palabra de largo recorrido

 

.- ¿Qué vas a ir a Egipto en agosto? ¿Con el calor que hace? Entre asombro y alarma, era lo que todos me preguntaban cuando les decía que iba a la boda de mi amiga Nagwa.

Después de entrar en todos los pasadizos de las pirámides; de bucear en el Mar Rojo; de aprender a regatear con verdadero nivel… tocaba regresar. Tenía que coger un primer vuelo doméstico Sharm El-Sheikh-El Cairo que aterrizaba en un pequeño aeródromo egipcio. Y después, ir en coche al aeropuerto internacional para tomar ya el avión de regreso a España.

.- “Nada más aterrizar del primer vuelo, estará esperándote un señor con una pizarra con tu apellido. Te llevará en coche hasta el aeropuerto internacional”.  Me indicaron en la agencia de viajes cuando contraté este traslado.

Aterricé y había varios chicos con pizarras con apellidos escritos con tiza. En ninguna estaba escrito el mío.

Esperé y, poco a poco este pequeño aeropuerto iba perdiendo su trasiego: algunas luces se apagaban, las tiendas bajaban sus persianas… Sólo quedaba un chico con una pizarra en la que estaba escrito a mano otro apellido.

Me dijo que sí conocía la agencia pero que no había visto a ninguno de sus empleados esa noche por allí. También me comentó que en unos minutos este aeropuerto se cerraría: el vuelo que yo había tomado era el último de ese día.

Se ofreció a llevarme en su coche al aeropuerto internacional. Su cliente probablemente habría perdido el vuelo ya que no aparecía. El dilema era esperar en un aeropuerto casi vacío ya o, irme con aquel desconocido.

Acepté su ofrecimiento. Al despedirnos en el aeropuerto internacional me dio su tarjeta: “Por si tienes algún problema”; Insistía: “Estaré encantado de poder ayudarte de nuevo”.

Unos minutos después, cuando me encontraba en el mostrador de facturación llegó corriendo un señor mayor. Esa noche había un partido de fútbol de esos importantes en El Cairo que había colapsado (aún más si cabe) el tráfico. “Yo no entiendo mucho de fútbol”, se excusaba de corazón. Me quedé un rato largo hablando con él. “Con el dinero que gano por los traslados y los ahorros que mi mujer y yo tenemos, podemos pagar la universidad a nuestros hijos”.

Él no me lo dijo pero después de nuestra conversación intuí que si me quejaba a la agencia por su retraso, lo despedirían ipso facto. Otro dilema más. Por supuesto, puse la cruz en “servicio excelente” cuando me enviaron el formulario de satisfacción.

Llegué ya amaneciendo a España. Ordenando los papeles vi la tarjeta de visita del chico joven que me había ayudado casi como un ángel caído del cielo en el traslado al aeropuerto internacional y con las prisas y líos de maletas no recordaba si le había dado las gracias. Ante la duda, le envié un mensaje. Recibí otro de respuesta: “Este es el mensaje más bonito que jamás he visto en mi vida al despertar”.

Y es que la palabra <> en todos los idiomas en los que pronuncie, siempre provoca efectos mágicos. El último párrafo quería dedicárselo a Vds., lectores, y darles las gracias por “recorrer tantos kilómetros de lectura” en estas crónicas.

Y ya, el próximo “destino juntos” lo será en 2107. ¡Feliz Navidad!

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¡Agárrense que vienen curvas!

 

Reconozco mi pasión por los lugares que saben comunicar sin necesidad de palabras. Sobre todo cuando lo hacen los museos. Con un poquito de inteligencia por aquí y un toque de humor por allá, consiguen hacer entender un mensaje utilizando, en este caso, piezas de arte. Y lo mejor de todo, comprensible sin necesidad de saber idiomas ni de ser un experto en Picasso o Kandinsky.

Muy cerca tenemos una buena muestra: Los valencianos con sus fallas, rozan la perfección en esto de la narración de historias a través de figuras. Ya les digo, sobran las palabras ante los Ninots.

La línea curva en su máxima expresión

Con el círculo viajamos un poco más lejos, a Helsinki, concretamente al Museo del Diseño. Una de sus exposiciones las dedicó al inventor Eero Aarnio, gran amante de la línea curva. Y no piensen mal, por favor.

Este museo es de los que saben narrar sin palabras. Les cuento algunos de sus “trucos lingüísticos”: Antes de entrar, vas caminando tranquilamente por la calle y junto a la fachada “sin mediar palabra”, nos atrapa. ¡Vaya que si lo hace! La plaza que está junto al museo ya tiene unas réplicas de algunas piezas del museo colocadas sabiamente.

Al verlas, uno se pregunta: ¿Qué hacen aquí estos perritos tan monos? Así que, si uno iba caminando distraído, caerá enseguida en la cuenta de que el edificio que casi se pasaba por alto, “esconde” algo bonito. Bien es cierto que el edificio ya en sí lo es. Pero muchas veces, los que somos despistados corremos el riesgo de estar justo en el sitio y no darnos cuenta. Estos perritos hacen las veces del famoso: “Pasen y vean”.

Cuando “la joya de la corona” sale a tu encuentro.

En muchos museos la pieza más valiosa está casi escondida. Hay que recorrer plantas, salas, etc. para dar con ella. No sé si también les ha pasado a Vds., yo he llegado a perderme en estos laberintos de arte en más de una ocasión buscando una obra que me interesaba. No sucede así en el Louvre con “La Gioconda”, donde una multitud con sus cámaras nos avisa.

En este museo la cosa cambia: Es la pieza maestra la que tranquilamente se pasea a tu lado. Sí, como si fuera un visitante más. La joya de la corona es la famosa silla-bola. Hollywood tiene escenas curiosas –y muy sexys- con este sillón.

A su aire por el Museo. Y es que, con esas curvas... imposible pasar desapercibida!!

Su autor, Eero Aarnio logró sin ninguna línea recta, idear un cómodo asiento con apoyabrazos, reposacabezas y, por supuesto, su pie de apoyo. La belleza de la línea curva es la gran protagonista del sillón, que casi te abraza y te cobija a la vez. Hasta se puede jugar al escondite en ella y todo. ¡Cuánto ingenio Sr. Aarnio!

En el museo han sabido darle “la vuelta a la tortilla”: es ella, la silla-bola la que avanza contigo por las salas. Sí, en sentido literal. Para lograr este “recorrido del balón” a sus anchas por todas las salas, lo han colocado sobre una pequeña plataforma (redonda, como no podía ser menos) que se mueve con un sensor incorporado que detecta la presencia de los visitantes y, se va apartando para no chocar con ellos o con las columnas.

Esta colocación magistral permite verla por todos los datos y hasta parece estar dotada de vida propia, con este ir y venir a su antojo por el museo. Estuvimos las dos juntas un buen rato. Yo me entretenía haciéndola variar de dirección tan pronto detectaba mi presencia.

Vd. puede ser un artista, láncese.

El “broche final” está pensado para que ningún visitante –niño y adulto- se marche sin probar sus dotes como artista. Y es que, entre tanto diseño tan minimalista, siempre surge aquello de: ¡Esto lo haría cualquiera! Pues… dicho y hecho. Hay una sala especial para poder diseñar, colorear y dejar la obra expuesta en la pared. Uno sale sintiéndose casi un artista.

La despedida también, sin mediar palabra.

¿Le ha gustado el Museo? Encuestas sin necesidad de papel ni bolígrafo

Incluso al salir el museo te pide tu opinión. Te pregunta: ¿Qué le ha parecido?”. Y de nuevo, lo vuelve a hacer “sin mediar palabra”. Buen ingenio los de marketing: Al entrar, el ticket contiene una pegatina y en la pared de la escalinata de salida del museo hay pintadas unas caras gigantescas (a modo de emoticones). Desde el ceño fruncido hasta la sonrisa gigante. Y uno puede colocar esta pegatina según le haya gustado más o menos. El museo tiene así su encuesta y, el visitante que muchas veces no sabe qué hacer con la entrada, puede darle un uso provechoso.

Hoy no me queda otra que hacer mutis por el foro a modo de despedida. Ya me entienden. Y es que, ante el arte, sobran las palabras.

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