La Verdad

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Categoría: Israel
Y tiro porque me toca

 

Dicen los expertos que uno de los parámetros para saber si hemos sido verdaderamente felices en nuestra infancia es si de niños jugamos a aquello de buscar tesoros. Yo cuando lo oí, respiré tranquila pues era uno de mis juegos favoritos.

Alicante, rayuelas en la calle San Francisco

El recorrido de hoy sigue este espíritu juguetón de la infancia porque sí, las ciudades también tienen algunos rincones en los que, si no un tesoro, sí se pueden encontrar guiños a modo de juegos, aunque ya seamos adultos.

Comenzamos la ruta de juegos en Alicante. En una de las calles peatonales del casco histórico lo podemos pasar la mar de bien. Hay rayuelas ya preparadas en el paviemento para, en un pispás, ponerse a jugar.

Yo siempre paro en esta calle pues en una de sus cafeterías tienen horchata casera y los camareros me comentan que son los mayores los que primero se animan a jugar y luego ya, los pequeños les siguen. Yo aún no me he lanzado pero… todo se andará. Si es que me entretengo con la horchata y, claro, se me pasa el tiempo con esta delicia.

Seguimos por la costa mediterránea. En Cartagena hay otro guiño juguetón. Aquí por mucho empeño que le pongamos, lo de animarse a jugar se antoja un poco difícil. El peso del hormigón hace que ni siquiera podamos intentar mover el cubo de Rubik. Pero ahí está para hacer el paseo más divertido.

Cartagena, el cubo de Rubik en el muelle

Y no acaba ahí la diversión. Si seguimos caminando por el muelle, encontramos un dado gigante. En él ya la suerte está echada.

“De dado a dado y”… terminamos este paseo por rincones divertidos en Jerusalén. Concretamente en la Plaza Valero. En ella hay unas amapolas sui generis. Vaya que tienen vida propia, sin necesidad de fotosíntesis. Les cuento el funcionamiento. Sus pétalos gigantes se abren al ritmo del ruido y movimiento de la plaza. Por la noche se iluminan (su tallo esconde el cable de la electricidad) Sombra y luz, día y noche. ¡Cuánta inteligencia la de los arquitectos que idearon este “jardín”! Lo más divertido es ver la sorpresa que causa en quienes caminamos por primera vez y vemos que a nuestro paso, “florecen” y se abren estos pétalos de par en par. Y cuando nos alejamos, se cierran a modo de despedida.

Amapolas en Jerusalén. Fotografía de HQ Arquitectos

Yo quedé sorprendida cuando las vi en movimiento. Es fácil verlas desde el tranvía que te lleva al museo del Holocausto. Llaman tanto la atención que al final, si a uno le pilla con ganas de jugar, se baja en esa parada seguro. Razones no faltan, pues en la plaza hay un mercado, así que… ¡imagínense el trasiego de ruido, paseantes…!

Bueno y, nunca se sabe… ¡ojalá encuentren un tesoro! Mientras tanto, podemos seguir jugando en nuestras ciudades. ¡Páseme el dado que me toca!

 

 

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Un jardín junto al Mediterráneo

 

Nuestro destino nos lleva al norte de Israel, a una ciudad muy curiosa: Haifa. En ella la playa y la montaña se llevan muy bien. Nada de la eterna disyuntiva de tener que elegir una u otra.

Tiene un emplazamiento muy singular: La colina en la que se asienta esta ciudad forma parte del Monte Carmelo. A mí me recuerda mucho a la ciudad San Francisco, vas caminando por las calles y ves la bahía abajo. Aquí, es el Mediterráneo el que espera al fondo.

Tres colores la definen.

Esta ciudad se queda fácilmente en la retina por tres colores: el verde de los jardines que se extienden por toda la ladera del monte; el azul del mar que rodea la ciudad y el blanco de los edificios.

¡Vamos montaña arriba!

Lo mejor para visitarla –y evitar la fatiga- es ascender a uno de los puntos más altos en metro. Tiene la peculiaridad de ser uno de los más pequeños del mundo. Y el dato curioso de que sus paradas en lugar de frenar en seco, se hacen con un sistema de balanceo que da la sensación de estar dentro de un columpio. Ah, y para más inri, la decoración es casi como estar dentro de un arcoíris.

Otra alternativa –también con su puntito de gracia- es subir en teleférico desde la playa, sobrevolando todas las casas. El dato singular es la visión del “miniskyline” de Israel: todas las casas con sus depósitos de agua en los tejados, mucha inteligencia práctica en esta normativa del sector de la construcción.

Como ven, la “escalada” por la ciudad lejos de ser difícil, está llena de sorpresas. Y llegamos, en este ascenso al “punto geodésico”: 19 alturas sobre el mar Mediterráneo.

Y una vez que se está en lo alto, las vistas de la ciudad deslizándose como una alfombra suave en verde montaña abajo hasta caer casi literalmente a pie de playa son una preciosidad. De esos momentos en los que hay que parpadear varias veces al contemplar tanta belleza.

Jardín vertical

El recorrido por la ciudad, es decir, el descenso se puede realizar por el interior de los jardines Bahaí. Este jardín toma el nombre del fundador de la religión. Uno de los pilares de esta creencia es la belleza y la armonía. Y estos jardines son una muestra real de este credo. Prepárense bien: la simetría en ellos roza la perfección. Es muy curioso situarse en medio y mirar a un lado y a otro: ¡similitud total a ambos lados!

Los jardines están impecables. En ellos da gusto ver trabajar pausadamente a los jardineros, que son feligreses de esta religión. Yo iba con gente joven descendiendo por la escalinata de este jardín vertical, y me decían que les gustaría “hacer la croqueta” y dejarse caer dando vueltas por el césped. A mí también me entraban ganas pero, evidentemente no estaba permitido. Oler y contemplar sí, pero pisar no. ¡Qué pena!

Este jardín tiene diecinueve niveles (el 19 es el número sagrado de esta religión). Se puede ir parando en balcones que hacen las veces de miradores sobre la ciudad. También es muy llamativo ir observando todas las zonas diferencias de este edén sagrado: palmeras, rosales… Hay hasta un pequeño desierto.

El descenso: dos barrios con un toque peculiar.

Una vez que se ha descendido, siguen los rincones bellos. En esta parte baja de la ciudad hay dos barrios que a mí me encantaron, cada uno con su punto peculiar. Uno de ellos es la Colonia Alemana: organizada en torno a un gran boulevard (Ben Gurion Ave.). Los edificios son de dos plantas convertidos en su mayoría en restaurantes. Por la noche, en la zona de las terrazas, se puede sentir la brisa del mar a la espalda y ver los jardines iluminados de frente: ¡pura delicia! Y es que, además de las vistas y la brisa, las cartas de menú son de esas en las que cuesta elegir en qué restaurante quedarse.

Otro de los barrios también singulares es Wadi Nisnas. Aquí cambia el trazado: Es un laberinto de calles estrechas, que no siguen jamás la línea recta. De esos es lo que da gusto perderse porque, mientras que uno busca la salida (que según el nivel de despiste de cada uno se tardará más o menos en lograr salir del barrio. Yo fui de las que me quedé “atrapada” un buen rato en él), se van descubriendo lugares interesantes. Botón de muestra: una casa donde las paredes son ¡pura poesía! Sí, literalmente hablando.

También los hay: Atajos sui generis

Una vez que uno ya conoce un poco la ciudad, una forma de sentirse integrado es tener localizados los “atajos”. Les cuento cómo dar con ellos: Son largas (en ocasiones: larguísimas) las escalinatas que hacen las veces de calles escalonadas. En ellas se evita tener que seguir el trayecto curvilíneo de las calles. Pero claro, no es igual encontrar un atajo de bajada que de subida. Aquí, ya les digo, como iba con jóvenes, me quedaba la última cuando el “atajo” era de subida. Ellos ya habían llegado y yo aún estaba por la mitad de este atajo. ¡Cosas que tiene la edad!

Pero sea con fatiga o sin ella, Haifa es una ciudad que igual que se puede “escalar”, se puede pasear por ella. Allí está, al otro lado del Mediterráneo.

 

Dos notas prácticas:
Se pude ir en tren desde Tel-Aviv. El trayecto dura media hora aproximadamente, con gran frecuencia diaria de trenes en sentido ida y vuelta.
Un rato de playa: Este mismo tren se puede coger para ir desde Haifa a alguna de las playas cercanas. Incluso tiene una parada ad hoc casi a pie de arena. 

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Un “suspenso” con sobresaliente

 

La palabra “suspendido” que tantos sustos nos dio en la época estudiantil hoy será la protagonista de nuestro viaje. Es más, quedará convertida en arte.

Con ella nos vamos a un rincón que está a tiro de piedra de Tel Aviv. ¿Me acompañan? Es una zona que roza el sobresaliente.

¡Un lugar con mucha historia!

Naranjo suspendido

El barrio donde se encuentra es de esos que da gusto ir caminando sin prisa: callejuelas estrechas, empedradas, pequeñas galerías de arte; casas de piedra; las calles tienen el nombre de los signos del zodiaco… Les hablo del lugar que está catalogado por ser el puerto más antiguo del mundo: Puerto de Jaffa.

Aparece mencionado en varias ocasiones en la Biblia (la más conocida es la historia de Jonás y la ballena que tuvo lugar justo en esta parte del Mediterráneo). A las razones citadas se une, pues, la histórica. ¡Imposible no ir!

¡Un puerto que, además de historia, rebosa arte!

Nuestro rincón está justo en el centro de una pequeña plaza. Se trata de una estatua suspendida por cables que la sujetan a los muros de las casas próximas. En esta obra se combinan dos elementos: la tecnología y la naturaleza. Y por supuesto, la mano del hombre que los aúna. En este caso, la del artista israelí Ran Morin. Su título: “el naranjo suspendido”.

Un árbol, que es que el que le da nombre, dentro de una gran tinaja. Y claro la pregunta que surge es: ¿Cómo se riega? Pues al estar suspendido en el aire, no tiene contacto directo con la tierra. Está todo pensado. Junto a los cables que sujetan la escultura, están perfectamente encajados (casi escondidos, hay que fijarse bien para verlos) los tubos por los que se riega el árbol. Pero los más curiosos tenemos aún una segunda pregunta: ¿Qué pasa cuando el naranjo crece? Es aquí cuando la obra artística está preparada para, por su parte superior, permitir que pueda ser trasplantado a un lugar –ya en tierra firme- donde pueda seguir creciendo y, en la tinaja se planta otro nuevo naranjo. Y así, la vida va pasando por este lugar.

Este rincón y la obra en sí tienen tanta belleza que casi todos buscamos hacernos una foto. Los más osados se colocan tumbados justo debajo de la tinaja. Cuando yo la vi, venía un colegio y todos los niños, al acercarse, comenzaban a balancearla. ¡Da mucho juego! Yo fui de las que también la balanceo para comprobar su resistencia.

Callejeando por Jaffa. Israel

Seguir caminando por las callejuelas de Jaffa tiene también más alicientes. Uno de ellos son las vistas de Tel Aviv y toda la franja de costa: Catorce kilómetros de playa ante nosotros.

Como les decía esta zona del viejo puerto está llena de arte. Y de vidilla artística por las noches. Incluso en una de las viejas naves el grupo Mayumana tiene la sede de sus ensayos. Ya les digo… ¡los pies se van solos! Me contaba un amigo israelí que él había tenido la oportunidad de asistir a uno de los ensayos. Yo no tuve tanta suerte.

Una vieja ciudad junto a la capital de Israel

Y es que pasear por una vieja ciudad que se encuentra tan sólo a unos minutos de una gran ciudad, son contrastes de esos que atrapan. Así que… ¡déjense atrapar! No hay peligro, Jonás salió vivo.

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.- Notas prácticas: ¿Cómo llegar? Es muy sencillo. Una de las opciones es alquilar una bicicleta y seguir el paseo marítimo. Otra, son los autobuses urbanos desde el centro de Tel Aviv. En unos quince minutos, se llega al centro de Jaffa.
.- Curiosidades de la zona: La Embajada de la Ciudad del Vaticano se encuentra también en este viejo puerto. En ella se alojó el papa Francisco. Es un edificio muy pequeño, parece casi una capilla adosada a la Iglesia de San Pedro.
.- Por la noche: Muchos bares –sobre todo los de la primera línea- tienen actuaciones musicales en directo.
.- Libros que mencionan la historia de este lugar: “Dispara, yo ya estoy muerto” de Julia Navarro.

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Oda a un “desconocido”

En mi viaje a Israel era yo una niña y, por aquel entonces, una de mis muchas ilusiones infantiles en aquel bonito recorrido era tomarme algún refresco de naranja que tuviera las letras escritas en hebreo. El envase me lo traje a España como uno de mis souvenirs favoritos. Orgullosa, lo conservé en la estantería de mi habitación durante largo tiempo. Incluso este pequeño trofeo era la envidia de casi todos mis amigos.

Pasados los años, ya en tierras españolas, me enteré de tu existencia y de tu nombre: “Sabra”. Por tu denominación, das una pista de tu ser, de tu alma, pues se puede intuir que hablamos de algo “sabroso”.

Entre la curiosidad y el flechazo, fui rápidamente a buscarte al supermercado más grande de mi ciudad, tenía esperanzas de que iba a conocerte por fin, pero … ¡no estabas! No perdí la esperanza y realicé un segundo intentó. Acudí también a un pequeño rincón delicatessen, de esos que vas paseando entre las estanterías y siempre te llevas alguna sorpresa, algún pequeño descubrimiento, pero… tampoco te encontré.

Todos tus “colegas” hacían fila y yo, discúlpame querido “Sabra” pero… ¿qué otra cosa pude hacer? Me consolé –muy sabrosamente eso sí- con tu –casi- hermano gemelo español: Bebí lo que me quedaba de mi “Gloria”, ese licor dulce –como tú– que descubrí en mi último viaje por tierras gaditanas. Curiosamente lo tomo siempre con rodajas de naranja flotando. Naranja y licor, dos notas que os unen. Y es que el Mediterráneo, es un vínculo muy fuerte. ¡Ya lo creo!

Nuestros antepasados, los fenicios se las ingeniaron para custodiar de forma bien segura los líquidos más valiosos y evitar posibles derrames por roturas. ¡Esas ánforas que más tarde cruzaron el Mare Nostrum sin dañarse y que se apilaban sin desperdiciar ni un milímetro de espacio vacío! Y, hoy en pleno siglo XXI tu envoltorio de vidrio tiene ese porte de estabilidad que recuerda en su forma a aquellos envases. Eso sí, transformado el barro por cristal. Los tiempos cambian pero, las cosas buenas también perduran.

Mi querido “Sabra” estoy deseando degustarte y si hay que ir hasta tu tierra para lograrlo, allá que iré encantada y… ¿mira que si me traigo otro pequeño trofeo para lucirlo en las estanterías? Esta vez no lo traeré vacío como aquel infantil bote de refresco de naranja, sino que lo traeré lleno, para compartirlo en España y que te vayan conociendo por aquí. Que eres un poco desconocido por esta parte del Mediterráneo.

Me he imaginado ya cómo será la primera vez que te pueda rodear con mis manos: Me gustaría poder compartirte con más comensales israelíes, después de una comida típica en alguna taberna local, a modo de sobremesa en la que poder saborear el tesoro que esconde tu botella. Eso sí, despacito, traguito a traguito, que una es muy floja para estos licores y mi #RetoSabra sería saborearte lentamente. Ahora bien, no puedo prometerte nada porque no sé yo, pero cuando se juntan la naranja y el chocolate, entonces ya puede ser…¡el acabose! Vaya que yo ya te aviso: que nos podemos terminar de una toda la botella. “¡Absténganse golosos!” me imagino que pondrá en tu etiqueta.

Mientras tanto, sigo esperando con ansias nuestro primer encuentro. A modo de anticipo hasta que te tenga en mis manos, hasta que entres en mi paladar, he aquí mi brindis en forma de post por todo lo alto: ¡A tu salud!  

PD. Este post ha sido premiado por la Oficina Nacional Israelí de Turismo (en la categoría de: “más original”).

 

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