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Categoría: París
Un paseo con el teniente Colombo

 

Buscamos siempre lo más grande. Una catedral, un palacio, un estadio… Y a menudo en estas ansias, tal vez por la inclinación del cuello o por la facilidad con la que sucumbimos ante la magnitud de un inmueble, lo más pequeño nos los saltamos. Vaya que ni lo vemos.

¿Y si hacemos un viaje por estos diminutos lugares del mundo? Les aviso que el recorrido va a ser al estilo del teniente Colombo, todo un experto en resolver grandes enigmas con sólo un dato obtenido de los más pequeños detalles. Será nuestro guía pues.  ssred1

La hija de

En San Sebastián las barandillas de la playa La Concha constituyen todo un icono de la ciudad. Como dato curioso, la ONCE en una de sus series, la dedicada a representar ciudades con tan solo una imagen, fue esta barandilla la elegida. Pero a mí me seducen también las de esos pequeños parterres en los jardines de otra playa vecina, Ondarreta que parecen casi sus “hijas pequeñas”. De verdad que no exagero, el parecido con “su madre” es asombroso: mismo color, diseño circular, hechas del mismo material… Aquello de mater semper certa est no falla en  estas barandillas.

La hermana pequeña parterre2ss

En París todo el mundo habla de las famosas terrazas. La verdad es que atrapan porque invitan sutilmente a sentarse un rato y ver la vida pasar. Pero, yo ahora –en este interés casi detectivesco por las menudencias de los sitios- soy más de aceras.

Y es que hay algunas que se pasan de atrevidas. Quieren ser también terrazas y ya sólo con las sillas y mesas ocupan todo el espacio. Al final para poder seguir el paseo tienes que jugarte la vida y seguir caminando por la calle. Y claro, en este empeño de parecerse a “sus hermanas mayores”, las terrazas, y con el riesgo añadido de que nos pueda atropellar un coche, vaya que nos tenemos que sentar en ellas queramos o no. Aunque sólo sea por evitar un accidente de tráfico.

El tatarabuelo terrazasred

En Murcia, hay un famoso cruce de caminos donde se encuentran las calles Platería y Trapería que confunde a más de uno, sea residente o turista. En este punto es fácil dudar si seguir de compras, acercarse a la zona de bares, seguir de paseo hacia Alfonso X… Pero si los pies se dirigen hacia la Catedral (que se intuye ya al fondo la fachada y es la cuarta opción de todo cruce), entonces a la altura del Casino merece la pena detenerse para conocer en su fachada a quien ya es casi uno más: “el habitante más longevo de Murcia”. Está a la altura de los ojos, pero al estar adosado a la piedra, calladito, muy escondido, fosilizado… vaya que yo creo que hasta el mismísimo Colombo habría tenido bastante difícil dar con él en Murcia.

Cuánta razón tenía Ramón J. Sender cuando describía el mundo desde la mirada de un turista y decía: “a fin de cuentas los humanos somos una gran familia”. Y es que recorrerlo en su versión XS es casi como estar en familia. 

fosil1No sé si también les pasa a Vds. pero estos “pulgarcitos” casi invisibles del mundo son para coleccionarlos. Se les va cogiendo un cariño… Porque el mundo es grande pero a la vez, es pequeño. Es la gran paradoja. Y bien bonita además. ¿Verdad?

Yo ya, de tan adicta que soy, llevo gafas para ver de cerca. Y sí, Vd. también puede ser un detective. Dicen que este otoño se vuelven a llevar las gabardinas.

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¿Y por qué ese empeño en enderezar la torre de Pisa?

 

Hace unos años la pregunta que marcaba la gran decisión del verano era: ¿Dónde vas: a la playa o a la montaña? Ahí radicaba la opción. Es más, la publicidad de los años 70 de muchos destinos destacaba que se contaba con las dos alternativas. Vaya que si el padre quería escalar y la madre estar tumbada en la hamaca, no tenían que lanzar ninguna moneda al aire.

Pero últimamente el mundo interrogativo estival ha pasado a ser: ¿Dónde te vas de vacaciones? Dando por sentada la hipótesis de que, sí o sí, nos tenemos que ir a otro lugar.

Y si uno contesta tranquilamente: “Este mes de agosto lo he pasado enterito leyendo en mi casa”, garantizado queda que corre el grave peligro de entrar en el colectivo de los raros. Y, ahí no queda la pena, lleva una agravante: quedará excluido en septiembre de muchas cenas para contar las peripecias y anécdotas de los viajes.

publiredCada vez conozco más gente que es feliz sin tener que entrar en el arrebato de preparar la maleta, hacerla y deshacerla unos días después. Y sí tal vez también rarita, según lo comentado.

Son muchos los expertos que, ante este colectivo de gente feliz que no necesita tarjeta de embarque, están estudiando este giro copernicano que se ha dado en el mundo de los viajes. Después de muchos análisis sobre los interrogantes que nos hacen y hacemos, concluyen que el hecho de viajar se está convirtiendo ya en un “acto de consumo”: Hay que ir, ver esto y lo otro; comprar tal souvenir, etc.

En síntesis se trata de ir a un lugar y, una vez allí, hacer lo que se denomina “el paseo del turista”. Viene a ser como hacer todos lo mismo, con los denominados <<must>>. Y así, aunque a uno no le gusten los museos, si está en París tendrá que ir al Louvre y/o al D’orsay. Si va a los dos, tanto mejor para poder contar cuando regrese. Y si llega al hotel por la noche agotado, con dolor de pies y con el mapa muy arrugado y casi roto en los pliegues, será un síntoma indiscutible de que está haciendo bien el “paseíllo”.

Queda relegada la idea de la cultura o el aprendizaje, y lo que predomina, como tal acto de consumo, es el gasto medido en euros redondos.

fotoredUna fotógrafa suiza (Corinne Vionnet) reflexiona sobre esta idea del mimetismo en los viajes. Todos hacemos la misma foto, estemos ante el Coliseum, la Torre Eiffel, el Big Ben…  Es la prueba iuris et de iure de que hicimos el paseíllo con todas las de la ley.

Las recopila de nuestra generosidad en internet y, tras un collage, a modo de “impresionismo fotográfico” crea obras de arte con todas nuestras fotos. Casi idénticas. Expone en España estos días, por si les interesa (normalmente lo hace en el MoMA).

He estado trabajando en un campus turístico sobre “creación de destinos”. En él, le pregunté a un experto en marketing si realmente cuando viajamos somos “clientes cautivos”, pese a sentirnos libres. Él insistía que nadie nos dice lo que tenemos que hacer. Pero no sé yo… Esta fotógrafa, casi que me convence más que el experto.

Porque, ¿quién no ha intentado enderezar un poquito la torre de Pisa? Jugando con las ilusiones ópticas, ya me entienden. Yo fui de las que “empujaba con las dos manos”. Al final entre todos, lograremos reducir esa inclinación tan suya.

 

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Terrazas parisinas

Un café o una cerveza en una terraza, es un placer de esos que la vida nos pone, no en bandeja, sino en mesa en este caso. La escritora murciana Lola López Mondéjar se instaló un tiempo en París para documentarse de cara a uno de sus libros que ya le rondaba en mente. Comentaba cómo las terrazas marcan un poco el ritmo de una ciudad, lo rápido o lento que sus gentes viven. Otro escritor de la misma tierra, Arturo Pérez-Reverte también aludía a las terrazas y a su fuerza inspiradora, pues desde ellas “se ve la vida pasar”.

Quizá en nuestras ciudades, si el clima lo autoriza, tengamos un buen muestrario de terrazas: con vistas; en sombra; en plazas; escondidas, etc. Pero claro, cuesta poder disfrutar de ellas, pues siempre tenemos algo pendiente qué hacer: que si ir al dentista; que si pasar por el supermercado… Yo me he inventado un pequeño truco. Se lo cuento por si les sirve y lo quieren copiar. Cuando quedo con amigos para tomar un aperitivo y, el lugar elegido es una terraza, llego unos diez minutos antes de la hora, así puedo “anticipar” este pequeño momento de intensidad vital. ¡Les animo a ello! Pues tal vez, después del ratito de charla, nos entren a todos las prisas. Así que lo estiro, pero de forma anticipada, ya ven.

Este placer de la vida en las terrazas nos lleva a París donde ya, la disposición de las sillas, todas ordenadas en forma paralela, mirando a las avenidas y calles, dice mucho de cómo conciben estos momentos de felicidad. ¡Oh-là-là! En muchos países del norte de África podemos ver cómo se expandió esta idea de disfrutar de las terrazas y de “la vida que pasa”, por la misma colocación de las sillas observadas en Francia. Sin embargo, en otros ayuntamientos –así sucede en el mío-, la ordenanza obliga a que las sillas se coloquen “de forma reticular sobre la mesa”. ¡Qué se le va a hacer! o, “C’est la vie!”, que dirían nuestros vecinos parisinos.

Pero ya acomodados en una terraza de París, las mesas están cerquísima unas de otras. Tanto es así, que se pueden escuchar sin querer –bueno, queriendo también-, las conversaciones de otras mesas cercanas, pegadas casi, ¡vaya! Y yo que fui con el ánimo de aprender francés, progresé muchísimo en mi aprendizaje de vocabulario nuevo.

Y hay una razón para esta proximidad extrema entre las mesas de las terrazas parisinas. La ordenanza francesa, además de fomentar la felicidad al colocar las sillas mirando a las avenidas, regula el impuesto a pagar en función del número de las mesas. A mayor número, mayor contribución. De ahí que no solo estén próximas, sino que son casi diminutas. “Para optimizar el espacio”, me decían los camareros. Pero la ordenanza es bien minuciosa. Si la terraza en cuestión donde nos hemos sentado tiene algún elemento decorativo, pensemos en jardineras o en toldos, entonces se incrementa la tasa un poquito más (y es posible que, con ello, el precio del café). Y ya, el súmmum es cuando en la carta del menú el restaurante ofrece en la terraza ostras o marisco. Entonces ya, entran en juego unos coeficientes de incremento que suben la cuota del impuesto casi al séptimo cielo, donde –casualmente- también estará el cliente que esté sentado en esta terraza comiéndose los langostinos.

Pero, con o sin marisco, al menos “un café au lait” en los Campos Elíseos es un “must” que todos deberíamos tener anotado en nuestro listado, más o menos largo, de momentos felices. Y si, para colmo de bienes, somos invitados, sumatorio que añadimos, como la ordenanza francesa que va añadiendo factores. Lo que sí nos pondrán, sin pedirlo, es un vaso pequeño de agua. ¡Todo un detalle!

¡Camarero, por favor, póngame otro “café-olé”! Que yo aquí sentada… me quedo un ratito más.

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