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Categoría: Perú
Madrid, entre daiquiris y piscos

 

A veces las estadísticas no dan en el pleno. Porque mucho análisis del big data, muchas macroencuestas, pero el poder de seducción que tiene un manjar te lleva, si hace falta, a cruzar océanos. La de viajes que han surgido alrededor de un mantel.

Y, allende los mares que nos vamos con dos bebidas, pero también con sus platos típicos, que el buen beber requiere siempre que sea posible una “compañía” masticable.

Viajamos de Cuba a Perú. Bueno lo de “nos vamos” es un decir. Hoy es un viaje de esos de mesa y mantel. El paladar sí viajará. Nosotros nos quedamos sentados en dos pequeños restaurantes de Madrid: de esos con pocas mesas pero con mucho encanto.

Una estudiante cubana en Madrid

Inés no terminó sus estudios. Las circunstancias duras, esas que te pone la vida, se le cruzaron antes de los exámenes finales. La obligaron a emigrar. Llegó a España y abrió un pequeño restaurante: unas cuantas mesas y un menú bien rico desde los entrantes hasta el último postre. Perdió el contacto con sus compañeras y profesoras del colegio. Su infancia, se quedó en Cuba.

Muchos años más tarde, la directora del centro donde estudiaba llegó a España y claro, después de un tiempo a este lado del Atlántico, esta maestra sentía la morriña de su tierra. Para mitigarla fue a un restaurante cubano que le llamaba la atención cuando paseaba por el centro de Madrid. Y es que la comida tiene un poder de transportación emocional que ipso facto, al primer mordisco, uno puede sentirse en la tierra de origen.

A la hora de cobrar, la dueña del restaurante cuando vio los apellidos en la tarjeta de crédito, le resultaban familiares. Se acercó a la mesa para saber de quién era la tarjeta. Y sí, eran los de la directora del centro, que ella no había olvidado. Y así fue como, casi veinte años después de dejar Cuba, la alumna volvió a ver a su profesora. Lloraron las dos. Y mucho. Luego ya, pudieron hablar.

Fue María, la nieta de esta directora, quien me contaba la historia entre la “ropa vieja”, los “tostones de maíz” y el “coco con crema de queso”. Yo la notaba aún un poco emocionada. Cuando pregunté a los camareros por Inés, la dueña, yo quería conocer a aquella alumna que ahora ronda los ochenta años, se encontraba en París y no pude charlar con ella para que me siguiera relatando aquel bonito reencuentro que surgió gracias al registro de datos que deja una tarjeta de crédito.

Volveré al restaurante “Zara” para investigar. Bueno, les confieso que también tengo una segunda poderosa razón: probar más platos de este pequeño rincón cubano en Madrid. Se encuentra en la calle Barbieri (muy céntrica, en la zona de Chueca) por si Vds. también gustan. Por favor, prueben sus daiquiris: es dar un primer sorbo y, “pisar” Cuba.

De Perú a Madrid, pasando por Avilés

Los piscos nos llevan a Perú, bueno nosotros -ya saben- seguimos cómodamente sentados, pero ahora en el barrio de Salamanca. Su dueño comenzó en Avilés y ha abierto su segundo restaurante (“japo-peruano”, ¡menuda fusión!) en Madrid. Eso sí, un poquito del verde asturiano lo ha trasladado a su “Ronda 14″. Les cuento. El techo, muy original, parece un jardín colgante; Uno de sus platos “roll de mar y montaña”: auténtica combinación asturiana hasta en el nombre de la tapa.

En este restaurante también elegir plato es tarea complicada. Si uno pide un pisco para ir abriendo apetito, la carta es tan apetitosa y, como el pisco entra casi sin darnos cuenta, vaya que es posible que sean dos los que nos bebamos. Lo mejor es ver cómo los hacen delante de nosotros en la misma barra. ¡Cuánto arte hay en estos lugares!

Y ya, de regreso, llegó el turno de tomar una sangría, porque la sangre española que corre por las venas parece que se pone hasta celosa entre tanto daiquiri y pisco. Así que hoy me despido con aquello tan a tino, cuando hay un poco vino: ¡A su salud!

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Cosas que pasan cuando el semáforo se pone en rojo

Solemos pensar que cuando un semáforo se pone en rojo, vienen con ello unos minutos de aburrimiento y, si vamos con prisa, de pérdida de tiempo. Y en algunos países la vida real surge precisamente en estos momentos colorados.

Estaba yo un verano metida en un autobús. Abanico en mano. Nos acercábamos a Lima y ya, el tráfico nos hacía ir a veinte por hora. Todos llevábamos las ventanas abiertas para que circulara un poco el aire; No para que entrara el fresco, porque no había. Y nos entreteníamos mirando los coches, los camiones o las motos –muchas- que estaban también en el atasco propio de las vías de acceso a las grandes ciudades. A mí me llamaba la atención cómo, casi todos los vehículos, también nuestro autobús, llevaban sujetos los espejos retrovisores exteriores con candados y cadenas. En esto que el conductor dijo por megafonía: “Por favor, cierren las ventanas o, si llevan bolsos, quítenlos de encima de sus piernas y póngalos en el suelo por su seguridad”. El calor nos hizo a la mayoría inclinarnos por la segunda opción y bajar los bolsos a los pies. Yo quedé sorprendida por la advertencia y la señora mayor que iba a mi lado (que aunque no estaba pegada a la ventanilla también bajo su bolso al suelo, ¡cuánta prudencia da la edad!), más sabia y conocedora de la situación, me explicó que los chicos van de dos en dos en las motos y, que me fijara porque siempre el de detrás, era el más delgado. Aprovechan la lentitud del tráfico y, cuando el semáforo se pone en rojo, entonces se pegan con sus motos a los laterales del autobús y, entonces, en un segundo, el delgadito se estira y mete los brazos por las ventanillas y se lleva los bolsos. ¡Quién podría pensar que le roben el bolso por la ventanilla de un autobús! Y claro, las motos tienen la ventaja de que en un atasco sí se pueden escapar, y a ver quién recupera su bolso que “salió” casi volando por la ventana. Lo único que quedará en estos casos será sacar la cabeza por la ventanilla y gritar aquello digno de película: ¡Al ladrón! Poco consuelo, la verdad. Menos mal que entre el conductor y la señora yo llegué a Lima feliz con mi bolso.

En México también resulta interesante el mundo que gira en torno a los semáforos. Sobre todo en las grandes avenidas. En ellas ¡se puede hacer la compra! Es más, sin necesidad del carro de la compra y sin bajarse del “carro”. Los lugares que cuentan con la oferta de productos más variada son las larguísimas calles, tamaño –llamémosle- XXXL. La media ronda los 15 kilómetros de largo y, para colmo, la posibilidad de que un atasco nos pille en una de ellas es de un 80%. Entonces, ante tan elevada ratio de probabilidad de atascos, la inteligencia se pone en marcha. ¡Asombroso! Es lo que los expertos llaman saber ver “oportunidades de negocio”.

En cada semáforo los vendedores tienen una especialidad. Si en un semáforo venden pan, en el siguiente, será fruta y, en el tercero, pasteles. Así hasta escobas, flores, regalos infantiles, ropa interior, etc. Se respetan unas reglas de distribución de cuotas de mercado en cada parada de luz roja, que es digna de estudios de microeconomía. Yo me lo pasaba en grande en la Avda. Insurgentes. ¡En sus, casi, 28 kilómetros uno puede llegar a comprar hasta lo más rebuscado!

Lo peor de estas grandes avenidas es cuando uno quiere comprar algo y justo en el semáforo donde lo venden… va y te pilla en verde. ¡Contradicciones que da la vida! Ándale

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