La Verdad

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Categoría: Santander
La amistad entre la naturaleza y la arquitectura

 

"Tú a Londres y yo a California" (La Coruña)

Ese momento en un viaje en el que se descubre algo por primera vez. Callejear sin rumbo.

 

Los flâners

Hay una palabra francesa que me encanta. Es: “flâner”. Viene a ser como ese momento en que vamos caminando, sin prisa, sin rumbo,  dejándonos llevar… Que si algo nos llama la atención, nos paramos a averiguar; que si de repente vemos un café bonito, entramos. Y claro, si este paseo lo damos en un lugar que no conocemos, esta “primera vez” callejeando, se convierte en un verdadero placer, que casi siempre está lleno de sorpresas.

Haciendo amigos

"Amistades peligrosas" (Santander)

Hoy vamos a hacer una ruta tipo flâners; Les llevo de paseo por el norte de España, para ver lugares  en los que la naturaleza hace de las suyas, juega a trepar por aquí y por allá y, en estas andanzas se encuentra a su gran amiga del alma: la arquitectura.  Les anticipo, en esos paseos, a veces soy un poco “peliculera”. Y es que, esta primera vez da mucho juego a la imaginación. Vean si no.

Casas y bares

Hay una casa preciosa en La Coruña, donde la fachada se le han repartido casi a partes iguales. Una amistad consensuada: las plantas altas para la arquitectura; las bajas, para la naturaleza. ¡Ni Salomón habría pensado algo similar! Ojo al dato que la naturaleza ya ha alcanzado la planta segunda…

Y es que son muchos los lugares donde la naturaleza y la arquitectura se van conociendo poquito a poco. Aunque, en ocasiones esta amistad puede llegar a ser algo peligrosa. En Santander, cerca de Cabo Mayor, esta casa corre peligro de desaparecer. ¿Quién iba a decir cuando se plantó la semilla que la cosa llegaría tan lejos?  Cada vez que voy a Santander me doy una vuelta para ver cómo va esta “relación” y, el corazón hasta se me acelera cuando estoy ya por la manzana.

"Una habitación con vistas"

Yo me quedé con las ganas de ver esta ventana desde dentro. Si anunciaran este lugar como “Una habitación con vistas”, deberían matizar: “pero sólo aptas para miopes”. Porque la lejanía… ¡poco se podrá apreciar! Claro que así, se ahorran en cortinas.

De las casas nos vamos a los bares. Concretamente a ¡una cafetería en pleno bosque! Es muy llamativo el detalle –bien calculado- de cómo salen las ramas de los árboles por los laterales de esta cafetería casi transparente en Santiago de Compostela.

Qué pena que cuando fui estaba cerrada y sólo lo puede ver por fuera.  Tengo que volver a tomarme algo en ella.

"Bagdad Café" (Santiago de Compostela)

 

 

 

 

La amistad también por el Sur

Y ya, para terminar le damos la vuelta a la tortilla y nos bajamos al Sur. Ahora es la arquitectura la que imita a la naturaleza. Y lo hace con tal belleza, que llega a ser espectacular.

"La escalera de caracol" (Murcia) Fotógrafo: Pedro Cano

 

 

Un botón de muestra es la escalera de caracol del Museo Ramón Gaya de Murcia. A mí este lugar siempre me deja parpadeando y, casi con dolor de cervicales.

Y es que, en un paseo flâner la imaginación… ¡se dispara sola! En sus viajes: aprieten el gatillo.

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“Arquitectura de autor” por el Cantábrico

La ruta de hoy sigue la huella de cuatro arquitectos que han dejado parte de su “alma constructiva” en el norte de España. Como si fuera uno de esos chistes que unen a personas de distintos países en situaciones dispares, ellos  -los arquitectos- serán nuestros guías. Un canadiense, un británico, un italiano y un brasileño, juntos por el Mar Cantábrico… ¿Qué harían? Y la situación no es otra que trazar un mapa de viaje donde la cultura hace el camino. Haremos, con ellos, tres paradas. Todas junto al agua de una ría o del mar. He ahí la nota común.

Comenzamos en Bilbao. Esta ciudad ha sufrido lo que ya se conoce como el “efecto Guggenheim” ante la capacidad de atracción turística que ha desplegado este museo, lo que provoca a su vez, que el propio edificio destaque por encima de sus colecciones. Frank Gehry tiene la culpa de ello. Coloquialmente este inmueble se conoce como “la flor de titanio”, porque desde una panorámica aérea se asemeja a una flor abierta. Y el material de la fachada (¡Valiente Gehry!), que refleja los rayos de sol a distintas horas, hace el resto de la magia lumínica. Es difícil entrar en el museo y no quedar atrapado por el “efecto” comentado, pues al final son –somos- muchos los visitantes que vagabundeamos por el inmueble –por dentro; por fuera; en sus terrazas… – y prestamos poca atención a las obras colgadas en las paredes, maravillados por los entresijos del edificio. Sobre todo si es la primera vez que vamos al museo. En la segundas visitas, ya se controla un poco mejor este “síntoma” y uno puede disfrutar de los cuadros o las esculturas. Así pues: ¡Pasen y vean! Y, si pueden, repitan para superar ya, o al menos un poquito, el “efecto”.

En Bilbao las bocas del metro son muy queridas por lo bellas que han quedado. Muestra del cariño es el apodo con el que se conocen: “los fostercitos”, alusivos a su autor, el arquitecto británico Sir Norman Foster. Es raro que una entrada al metro incite a bajar, pero están tan bien logrados que, en nada que nos despistemos, ¡estamos dentro! Los más bonitos están justo debajo de grandes tilos, casi escondidos.

Seguimos nuestra ruta, en trazado paralelo a la costa y, nos detenemos en Santander. En esta ciudad el proyecto está aún en fase de ejecución. El guía es ahora Renzo Piano. En pleno centro de la ciudad, casi robándole lugar al mar, se está construyendo el “Centro Botín”. La idea predominante es la suspensión en el aire. Los dos edificios que componen el conjunto parecen no precisar pilares. Queda aún un tiempo para que podamos verlos terminados. Pero, eso sí, garantizado queda, que se podrá pasear por la planta baja sin apenas tropiezos.

Una hora y poco más de camino y la parada es en Avilés, muy cerca de Oviedo. Nuestro guía es ahora Oscar Niemeyer y la parada es en el “Centro Niemeyer”. Cuando el arquitecto recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes tuvo ya la primera idea del entonces proyecto. De esas visiones que comienzan su primer trazado en una servilleta de papel o en un pequeño folio en blanco y, de ahí, terminan quedando plasmadas en una forma tridimensional gigantesca. El brasileño es amante –cosa que no sorprende- de la línea curva. Y el centro rinde honor a este amor curvilíneo pues hasta el restaurante es circular. Es más, uno de sus accesos lo es por una escalera de caracol de igual trazado curvo. Su idea originaria era crear un lugar que estuviera vinculado con los Premios, donde cada premiado dejara alguna muestra de sí mismo o de su legado artístico. E ir así aglutinando un patrimonio de gran valía.

Si empezamos la ruta en Bilbao donde, casi seguro, para superar el “efecto Guggenheim”, nos tomaríamos un “pintxo” al salir del museo, ya en la última parada nos espera una “sidrina”. Pero esto ya sería hablar de gastronomía de autor y es otro cantar, digo, manjar.

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Sobre el autor Inma

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