La Verdad

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Categoría: Sur de España
En Murcia la inteligencia es de color verde

 

Aún no han llegado a España pero les confieso que estoy deseando tomar un refresco de cola en las latas verdes que acaban de salir al mercado. Y todo porque los de marketing, que no paran de estudiarnos, dicen que si los consumidores vemos el producto que sea (yogurt, galleta, etc.) en un envase de este color, pensamos que es más natural y sano y, ¡zas! al carro primero y a la caja registradora después. Vaya, que como si fuéramos un semáforo vamos a pasar –si estos estudios de ventas no fallan- del rojo al verde en cuestión de una temporada o, a lo sumo, dos, que no todos los consumidores son tan facilones como yo y necesitan más de una campaña comercial para sucumbir.

Sabiduría que nos viene ya de nuestros antepasados

Pero en Murcia no hacen falta técnicas de marketing. La sabiduría en esta tierra brota en todas las tonalidades de verde. No falta ninguna de la paleta Pantone. Tenemos que reconocer que quedamos admirados cuando vamos al Norte y el verde asoma por todos lados. Pero allí la cosa no tiene tanto mérito. Que no se enfaden los asturianos. Tampoco lo gallegos por favor. Porque convendrán conmigo en que cuentan con un gran aliado: la lluvia.

Cómplices

Pero cuando ya por estas tierras esta bendición del cielo no es tan generosa y, aún así somos capaces de transformarla en un vergel de casi mil kilómetros cuadrados (¡Imagínense la de campos de fútbol que caben en ella!), entonces no queda otra que quitarse el sombrero ante la gran sabiduría de las norias, que es la que provoca la dicha. Cuentan, cierto es, con un aliado: las acequias. Y así, “se expande el color” por muchas tahúllas. Casi se pierde la vista en este “gran lienzo de huerta”.

Muchas norias aún hoy están en pleno funcionamiento. Otras, pendientes de reparación. Son cosas “de la edad”. Y es que el tiempo en algunas ya pesa. Es normal, pues el invento tiene ya sus siglos.

Si D. Quijote hubiera cabalgado por esta huerta murciana, habría descubierto que “los gigantes” eran todo un ejército organizado y contaban con otro frente de batalla, cual hermanos pequeños. Los parecidos saltan a la vista: movimientos circulares; situación estratégica, se dejan llevar por la corriente, del agua aquí, del viento allá. A buen seguro, Sancho no habría sido tan tozudo y sí habría quedado convencido.

Ruta de las norias

Estos “ascensores” consiguen llevar el agua a tierras que superan varios metros de desnivel. Lo mejor es contemplarlos en plena acción. Les aviso, tienen una cierta fuerza hipnótica. Después de un ratico viéndolos, a mí me gusta cerrar los ojos, el sonido es parecido a estar a los pies de una catarata.

Cuando hago la ruta de las norias a lo largo del cauce del río Segura voy notando cómo la admiración de quienes las descubren por primera vez va in crescendo. Es llegar al municipio de Blanca, justo cuando el río se transforma casi en un pequeño mar y veo que necesitan parpadear varias veces. Vaya, que lo que comenzó como hipnosis, ahora empieza a ser una ensoñación.

Somos verdes por nacimiento

Como ven, en la huerta murciana no se necesitan trucos para pasar al verde. Desde que nacen: alcachofas, habas, pepinos, espinacas, escarolas, acelgas, lechugas… ya son así de verdes. Los de marketing por estas tierras, se me antoja a mí, que lo van a tener difícil para convencernos.

El eslogan “Murcia qué hermosa eres”, tal vez se quedó cortico porque cuando a la belleza se le suma la inteligencia, entonces ya es “un suceso digno de felice recordación”.

Murcia que te quiero verde.

 

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Del Caribe al Mar Menor

 

Vienen desde Puerto Rico. Van a recorrer España casi entera. Empezarán por San Sebastián; Luego parada en Segovia, Toledo… Su último destino es Murcia. Y lo que más ilusión les hace de todo este recorrido es darse un baño en el Mar Menor.

Hace unos meses:

Puerto Rico: Entrada al Caribe

Estábamos merendando en una chocolatería del viejo San Juan.  Mis amigas puertorriqueñas me decían que era casi un pecado mortal regresar a España sin haber ido a la parte caribeña de la isla. No paraban de enseñarme fotografías. En una, las tres dentro del agua transparente, flotando en unos sillones-colchoneta, con sus piñas coladas y sus sombreros panamás.

Una de ellas dirige un pequeño hotel de esos con encanto a pie de arena finísima caribeña y justo enfrente tiene islas desiertas para elegir. Me insistía en que me podía alojar sin coste alguno y hasta me dejaba la canoa para ir al cayo que yo quisiera. “Todos están desiertos”, añadía. Con la ilusión que a mí me hace aquello tan aventurero de ir a una isla desierta…

En fin que viendo las fotos, andaba yo con la pena metida en el cuerpo porque el avión regresaba al día siguiente y me iba a perder todas aquellas maravillas.

Otra amiga se incorporó más tarde a la merienda y preguntó dónde estaba Murcia. Fue oír mi ciudad, vaya que sin querer (bueno queriendo un poco también) me crecí. Todo empezó casi sin darme cuenta, como si fuera un desafío: “Sí, sí vosotras tenéis el Caribe, pero yo tengo el Mar Menor”.

Déjenme que me explique. Que la pena que yo sentía porque no iba a conocer el Caribe puertorriqueño, se transformó ipso facto en orgullo patrio. Vaya que me inflé y empecé a contarles las maravillas del Mar Menor. Que si la bondad de los lodos; los baños casi de sal; los paseos de varias millas adentro sin que te cubra; las historias de los balnearios…

Según iba contándoles, todas: boquiabiertas. Tanto que rápidamente cogieron sus móviles (yo estaba sin datos) para buscar fotos de este mar del que jamás habían oído hablar. Y el fondo documental gráfico de Google fue mi aliado: mostró vistas aéreas, playas de arena fina… Ahora todas: ojipláticas.

Dentro de unos meses:

Mar Menor: con un toque muy caribeño

Todas (sí, sin proponérmelo logré unanimidad) vienen a Murcia. Tienen mucho interés por este “mar chiquitito” o “lago salado”. Así lo llaman. Se ve que del impacto al ver las fotográficas olvidaron el nombre. Y según me cuentan, ya tienen el bikini en la maleta.

Aún no les he dicho que el Mar Menor está últimamente “enfermo”. Dragados por una zona; vertidos por otra… En fin el sumario judicial está formado las piezas de este puzle de destrozos y nos aclarará qué hicimos mal. El caso es que cambiamos la arena por licencias de obra y cédulas de habitabilidad; matamos a los caballitos y enturbiamos el agua. Este paraíso está latiendo y pide ayuda a gritos.

La última vez (no hace tanto) llevé a un grupo de japoneses al Mar Menor y se hicieron fotos con sus pies dentro del agua rodeados de miles de peces haciéndoles cosquillas en los dedos. A ver cómo salgo yo de ésta. Tal vez un buen caldero sea esta vez el único consuelo para mitigar la desilusión. Y yo habré incumplido “el baño en el verdadero paraíso” como les prometí bajo los efectos (sé que no es excusa) de un chocolate con coco.

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Murcia, love's in the air

Un recorrido musical por la huerta de Murcia, con un toque amoroso;)

 

Vamos a alargar un poquito el espíritu amoroso de San Valentín. Y para ello nos vamos de paseo y, también de ligoteo, por la huerta de Murcia.

Danza del cortejo amoroso

Y es que literalmente en Murcia, el amor flota en el aire. Afinen el oído que el viaje lo hacemos con música de fondo. Cojan la batuta que les cuento.

En un día soleado, una de las sorpresas más curiosas de la huerta es la danza del cortejo amoroso en el cielo: Los palomos “revolotean” en lo alto, queriendo conquistar a la paloma. Una sola hembra entre el “remolino” de aves. Será ella la que elegirá a su compañero. Eso sí, mientras que están todos “de ligoteo” volando, podemos verlos y… son muchos los giros y acrobacias de las aves, pues la paloma, cosas de la vida, siempre se hace de rogar un poquito. Y mientras tanto, los dueños de los palomos sufriendo por ver quién se queda con la prenda. Cada propietario reconoce fácilmente a su palomo por la decoración de colores.

Hay que andarse con un pelín de cuidado en este paseo porque en nada que nos despistemos, podemos llegar a algún choque inesperado. Desde tierra, los palomistas con sus motos van siguiendo este baile y no quieren perderse detalle. Y claro, aquello de ir mirando hacia arriba, con la fijación puesta en su palomo y, nosotros, los paseantes, también mirando hacia arriba absortos con el deleite del cortejo, puede terminar en un: ¡zas! y se producirá el encuentro, no amoroso en este caso.

Si este paseo lo hacemos con música, resultará casi mágico ver esta danza y escuchar la 6ª Sinfonía de Beethoven justo en el movimiento de la “Pastoral” donde se oyen los pájaros. Será seguro uno de esos momentos que nunca olvidaremos. Es un truco que yo tengo con amigos de fuera a los que les enseño las riquezas huertanas. Por aquello de multiplicar la belleza, les paso los cascos para que vean el cortejo de los palomos con este movimiento sinfónico. Han pasado años y, ya les digo, aún lo recuerdan cuando vienen de nuevo.

Dar un paseo por la huerta de Murcia es casi como abrir una caja llena de sorpresas.

Si ya mirar al cielo nos lleva a esta danza amorosa, otro tanto de belleza lo encontramos cuando miramos hacia abajo y, ante nuestros ojos aparecen en todo su esplendor (varían según en qué época del año nos demos el paseo) los productos que más tarde tendremos a la mesa: habas, alcachofas, lechugas, patatas (éstas, escondidas pero fácilmente reconocibles)… ¡Un auténtico vergel a ras de suelo!

Si elevamos un poco el punto de mira a la misma altura de nuestros ojos, el deleite (ahora visual y también olfativo) continúa. Podemos incluso estirar el brazo para coger limones, mandarinas, naranjas, granadas… Vaya que podemos tomar un refresco en plena naturaleza.

Pero aún hay más sorpresas. Una de ellas son las norias en pleno funcionamiento. ¡Cuánto arte e inteligencia práctica unidos! Aquí no hacen falta los cascos, el concierto sonoro lo pone el agua de la noria que es casi como una pequeña cascada.

Alcachofas. Murcia, ¡qué verde era mi huerta!

Pues sí, literalmente en Murcia la huerta es una desmesura de amor y belleza, que tiene el añadido de poder luego verla más tarde convertida en un manjar sobre una buena mesa. Estas verduras a la plancha tampoco las han olvidado mis amigos de fuera. ¡Si es que la huerta tiene un no sé qué que enamora hasta las palomas!

Si esta explosión de manjares y curiosidades son los del invierno, esperen a que llegue la primavera entonces ya… ¡es el acabose! En estos casos, como habrán intuido, cambio Beethoven por Vivaldi y a mis amigos les pongo en los cascos “las cuatro estaciones”. Una, que sabe adaptarse al calendario.

Como ven –y como oyen- la huerta de Murcia es toda una partitura musical y… ¡bien “completica” además! ¿Se vienen de paseo? Habrán intuido que en este viaje, nunca se pasa hambre.

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Vivo en la calle del Beso

 

No sé si a Vds. cuando están de viaje también les pasa lo mismo: De repente, pasean por un lugar que les fascina tanto que empiezan a imaginar que estuvieran viviendo en él.

Calle del Beso. Sólo con el nombre, los pies se van solos

Hoy vamos a recorrer juntos una calle en la que a muchos de nosotros nos gustaría vivir. El nombre ya de por sí, atrae: “Calle del Beso”. Ya les digo, no me importaría estar empadronada en ella. ¡Hasta pagaría feliz el IBI todos los años!

Está en el corazón del laberinto del barrio del Albaicín bajo. Es paralela a la Carrera del Darro. Además de la belleza del lugar, a mí me encantaría vivir aquí más que nada pensando en ese momento cuando alguien me preguntase dónde vivo, y poder responderle, como quien no quiere la cosa: “Vivo en la calle del beso”. Muy sugerente ¿verdad?

Entonces: ¿Me acompañan?

Granada, imposible no amarla cada día un poquito más.

Granada es de esas ciudades que cada vez que uno va de nuevo, descubre un rincón aún más bello que en una ocasión anterior. Y claro es fácil sucumbir a una belleza que va in crescendo.

A esta calle se puede acceder desde una pequeña plaza con escalones (¡lleven cuidado que, para más inri, está en curva!) donde se encuentra la “Casa-Palacio Porras”. Tomen aire en esta pequeña plaza porque esta calle como les digo es muy estrecha (no caben coches por ella).

Cuenta la leyenda…

Esta callejuela tiene una leyenda muy bonita: Vivía hace siglos un matrimonio que se amaba con locura y ansiaba tener un hijo. Al cabo de mucho tiempo (ya andaban preocupados con el tema) tuvieron una niña preciosa. Muchos pretendientes merodeaban por la casa. Y ella cada día más guapa y más salada. La zagala era muy querida en el barrio. De repente un día su madre al ir a despertarla, vio que no respiraba. Todos los vecinos lloraban con mucha pena. Cuando la madre se acercó a darle el último beso, la niña despertó. Y es que hay besos que son pequeños milagros.

Callejear por el Albaicín tiene su fatiga y… ¡su sorpresa!

Esta calle estrecha y empinada -como no podía ser de otro modo en este barrio-, tiene además un “regalo sorpresa”. ¡Vuelvan a tomar aire!

Estando en Granada uno no puede quedarse sin ver la Alhambra. Pues bien, en esta calle hay un mirador de estos pequeños, casi escondidos, con árboles, bancos a la sombra, una alberca, suelo empedrado…  En él, el Ayuntamiento debería poner un cartel de esos triangulares que advierten una situación de peligro: “Absténganse los besucones en este rincón”.

Y es que justo aquí, entre la fatiga de la cuesta y, si sumamos el impacto de la belleza de la Alhambra antes nosotros, de verdad que hay un elevado riesgo de que nos pueda llegar a faltar la respiración y suframos un amago de infarto o quedar al borde de la catalepsia (patología frecuente siglos ha por esta zona). Llegado el caso, necesitaremos un beso para superar el trance.

No se pierdan este “regalo” que tiene esta calle: Es el balcón llamado “Placeta de Carvajales” que es el hermano pequeño secreto del Mirador de San Nicolás, mucho más famoso ¡dónde va a parar!

¡No lo cuenten mucho por favor!

Está muy generalizado aquello de “París, la ciudad del amor”, pero no sé yo, este pequeño rincón granadino está a la “altura amorosa parisina”. Shhh, guárdenme el secreto y no corran mucho la voz de este lugar besucón, no vaya a ser que pierda la intimidad y el encanto sigiloso que ahora tiene que a los tímidos nos viene muy bien.

Pues eso… ¡Qué viva San Valentín!

Les dejo que voy a pagar el recibo del IBI…  ¡pero el de mi casa!

 

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La ruta de la sal

 

¿Se animan a un viaje en el que se podrán dar un baño de lodo? Contamos con una guía peculiar en el recorrido: la sal. ¿La seguimos a ver hasta dónde nos lleva?

Flamencos en la charca de almacenamiento

Es un recorrido con un toque especial pues pasaremos del estado líquido, al sólido. Y del color transparente, al blanco (con una parada, si tenemos suerte, en el rosa).

El punto de partida es, evidentemente, el mar. Y, el de llegada: la mesa (o la cocina).

Les llevo hoy al Parque Regional de las Salinas de San Pedro del Pinatar en Murcia. Este recorrido lo he hecho muchas veces: andando, en bicicleta y en coche. Cada uno tiene su puntito de aliciente, pero por ahora mi favorito sigue siendo en bicicleta. Eso de ir pedaleando, con el mar a los dos lados, tiene mucho encanto.  Y es una ocasión de esas casi únicas en el mundo.

Este recorrido pasa por tres “etapas” (muchas menos que el tour de Francia).

La primera parada es la charca de almacenamiento. En ella nos podemos dar un baño de lodo. Al principio, la cosa puede asustar un poco por aquello de untarse de tierra mojada todo el cuerpo de arriba abajo, y esperar a que se seque y llegue ese momento en el que nadie conoce a nadie al ir “disfrazados de hombres de barro”. Hay que superar, también, alguna reticencia por el olor del cieno. Un taxista me contó que él siempre se había reído de la gente que venía desde lejos con el solo propósito de embarrarse. “Están locos” se decía cuando los dejaba. Y, ¡vueltas que da la vida! justo antes de jubilarse, el médico le dijo que sus problemas de espalda sólo se curarían si se daba estos “baños de lodo” (de los que él tantas veces se había reído). Finalmente se embarró y… ¡menuda mejoría!  Yo cuando lo veo, a caso hecho le pregunto qué tal va la cosa de los lodos. Y me dice que, desde entonces, está hecho un chaval.

Una de espías

En esta primera parte de la ruta de la sal, además de darnos un baño, nunca vamos a estar solos. La “compañía” es de lo más variopinta. Más de 150 aves diferentes van con nosotros, según cuál sea la estación del año. Los flamencos siempre son los más llamativos. No dejen de prestar atención a la sonoridad de esta etapa del viaje que es digna de una orquesta sinfónica. Hay lugares para poder “espiar” sin peligro de ser vistos. Poder diferenciar por el oído unas aves de otras a mí siempre me resulta complicado. El centro de visitantes es de gran ayuda pues tiene pistas sonoras de cada especie y como “chuleta”, inicial antes de emprender el viaje es buena cosa. Aquello de: “menuda fauna” en este lugar tiene un significado literal grandioso.

“Olas” de sal

Casi un espejismo

El viaje con la sal pasa a unas segundas charcas: las calentadoras. Y de ahí, llega a la tercera, donde en ésta ya, aquellos “compañeros de viaje” sí nos abandonan, pues apenas hay ya vida animal en la charca cristalizadora. Si este viaje lo hacemos en verano esta última balsa de agua se transforma en color rosa. ¡Espectacular! Es la sensación de tener un espejismo ante nosotros.

Aún así, en otoño, justo antes de la recogida de la sal, parece que estemos ante una montaña nevada. No se distingue dónde empiezan las nubes. ¡Precioso! Desprende tanta luminosidad que casi te obliga a parpadear más de la cuenta.

Y una vez recogida la sal de esta charca, terminaremos nuestro recorrido con aquello que a todos nos resulta tan familiar en la cocina o ya sentados a la mesa de “pásame la sal”. Y sí, mi deseo en el punto de llegada de este viaje no es otro que el de: ¡bon apetit!

Les dejo, sigo con mi bici hasta la lonja de San Pedro del Pinatar que allí el pescado del Mar Menor es pura delicia con su puntito de sal y, también de limón que estamos en Murcia.

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¿Qué me pasa doctor?

.- Estuve en Granada y… ¡tengo un dolor de cuello!

.- No se preocupe, no es grave. Son los típicos síntomas con los que uno regresa.

Porque de Granada se vuelve … “con mucho dolor”.

Sí, ya sé que lo suyo en un viaje es, en algún momento, sentir dolor de pies por aquello de largas caminatas recorriendo una ciudad. Nuestro tour es un poco diferente: Granada con dolor de cuello

Si tienen problemas de cervicales, lleven cuidado en este paseo. Conoceremos Granada, alzando un poco la barbilla. Y nada de orgullo en este estiramiento corporal. Tan sólo es necesario hacerlo… ¡para admirar la belleza!

¡Alcen la papada que comenzamos!

Junto a la Catedral, en un lateral se encuentra un rincón con mucha sabiduría: El Palacio de la Madraza. Tras algunos trampantojos divertidos (¡no se dejen engañar por ellos!), en el interior está la explosión: mucha belleza… ¡por todo lo alto! Y cuando digo mucha, de verdad que no exagero.

Es como una versión de La Alhambra en plan pequeñito (sí, como si fuera “un tuit de La Alhambra”, vaya). Una buena opción cuando uno va justo de tiempo y no puede visitar todo el conjunto de palacios.

Antiguamente era la sede de la universidad musulmana. Hoy, cosas de la vida, está también ubicada la Universidad de Granada. Muchos de los actos oficiales tienen lugar en este edificio. El denominado continuum vitae de ciertos lugares, que siempre sorprende pese al paso de los siglos.

En este edificio, hay dos techumbres. La de la planta baja la descubrieron por azar. Y, cosas también del azar, me contaba la guía, que es arqueóloga y trabajó en la restauración, que ella se preguntaba cuando estaba excavando, cómo los guías después explicarían todo aquello que ella tenía por primera vez ante sí. Y, cosas de la vida, ella está trabajando como guía allí dónde antes excavó.

En una época este edificio sufrió un gran asalto: desvalijaron casi todos los libros para quemarlos. Pero, algunos ejemplares se salvaron. Hoy estos “tesoros” son piezas únicas de museos y archivos.

En la planta primera hay otro techo, éste de madera repleta de historias y personajes. Uno no sabe dónde mirar cuando entra pues todos los recovecos tienen su detallito.

Y seguimos nuestro paseo granadino “por todo lo alto”.

El Albaicín es un barrio de esos que uno se pierde fácilmente por sus calles, y la pérdida merece la pena. Es más, una vez dentro, uno no quiere encontrar la salida. Ya los accesos son de por sí muy bonitos. Uno de ellos lo es por la Carrera del Darro. ¡Una maravilla! Esta calle está en el catálogo de las más bellas del mundo. ¡Cómo para perdérsela!

Pero otro de los accesos lo es por la << zona de las teterías>>. Y aquí nuevamente nos van a doler un poco las cervicales. Las tiendas de lámparas iluminadas por la noche vienen a ser… ¡todo un cielo de estrellas! Y, tampoco exagero aquí con la belleza que verán.

 

.- Doctor, ¿qué receta me da para esta tortícolis?

.- Este “dolor”, una vez que se siente, ya es para toda la vida. Y es que la belleza de Granada se queda adherida al corazón.

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