La Verdad

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Categoría: Sur de España
Un mexicano enamorado

 

Ellas, que ya de por sí son “bien guapetonas”, van estos días y, ¡se perfuman! Y claro… se hacen irresistibles. Les hablo de esas ciudades del sur de España –y del levante también- justo en ese momento en que el azahar de los naranjos dice: “Aquí estoy yo” y expande generoso toda su fragancia por las calles.

Sevilla tiene un aroma que… ¡fomenta el amor!

Así me sucedió hace poco en Sevilla en un congreso internacional. Nos habíamos reunido para hablar de ética. En la comida un mexicano sentado a mi lado me preguntaba, muy intrigado, qué perfume era ese que “recorría la ciudad”.  Me contaba que quería llevárselo a su mujer. Y claro, a priori, este gesto de amor tan bonito parecía complicado. ¿Cómo poder compartir esta experiencia olfativa allende los mares?

Sevilla aromática. Esos naranjos...

A mí me gustó tanto este detalle amoroso que le ayudé a buscar un perfume lo más parecido posible a la flor del naranjo. Y lo encontré. Le mostré la foto y la dirección que había tomado en la tienda a mi colega mexicano. ¿Saben lo que hizo? Se escapó de una de las charlas para ir a comprarlo.

Y cuando una se pone a ayudar, pues… no sé si me pasé un poco. Porque, ya puesta en faena, le dije que también podía comprarle a su esposa un tarrito de mermelada de naranja amarga. Si le llevaba el aroma, ¿por qué no también la fruta? El mexicano, no se amedrentó por la falta de dulzor y, hete aquí que noté su ausencia en otra de las charlas. Fue entonces ya cuando dejé de ayudarle. De seguir en mi empeño, él no hubiera cumplido la asistencia mínima exigida para obtener el diploma. Y yo ya me sentía cómplice cuando veía su silla vacía en las conferencias. Y claro, hablando de ética, vaya que no parecía muy honrado aquello de fomentar sus escapadas.

Recorridos olfativos ¿olvidados?

El caso es que yo no sé cómo las Oficinas de Turismo no han ideado recorridos callejeros siguiendo el trazado de estas calles y plazas invadidas de naranjos. Sé que es algo efímero. Pero ya nos avisó el poeta: lo breve, cuando es bueno, se duplica.

En mi descargo les diré (no quisiera que se quedaran con mi falta de ética confesada) que sí lo tengo hecho en Murcia. Y cuando en estos días de explosión de la primavera recibo amigos de fuera, ya tengo marcadas las calles por donde tienen que ir, por ejemplo, si quieren ver el río o visitar algún museo.

La verdad es que les engaño un poco –sé que no es muy ético, por eso fui también al congreso- diciéndoles que esas calles que ven marcadas en color son un atajo, para que así, el factor sorpresa sea aún mayor. A veces hasta les hago dar un pequeño rodeo pero, como caen rendidos ante el azahar, me lo perdonan enseguida. Y seguimos tan amigos.

Ciudades muy, pero que muy coquetas

Murcia. Un espejo que multiplica la belleza.

Bueno y si el paseo se prolonga hasta la noche y, junto a los naranjos hay también algún rincón con un jazminero (que también tengo unos cuantos en Murcia; Aquí me queda avanzar el mapa oloroso con nocturnidad), entonces ya la coquetería, que como en todo, hay grados, se eleva a la máxima potencia olfativa.

El summum es poder mirarse al espejo. Hay sabios rincones bien dotados en estas ciudades presumidas. El edifico Moneo en Murcia contiene uno de los espejos más grandes, calculado a la perfección con el imafronte de la Catedral; Una forma bonita de aumentar la belleza, ¿verdad?

En el próximo congreso le mostraré al mexicano enamorado estos rincones con jazmineros. Y es que la ética perfuma un poquito el camino de la vida

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Los cabizbajos también viajan

 

Que no se trata de ir buscando alguna moneda en el suelo. Aunque no podemos negar que ir con la mirada fija en el pavimento sí nos puede dar alguna que otra pequeña sorpresa económica.

De verdad que no exagero si les digo que se pueden encontrar auténticos tesoros… ¡a ras de suelo! Más allá de un billete arrugado, que algún despistado dejó caer en contra de su voluntad y que a otro le alegró el día.
Aquello de alzar la vista también da la oportunidad de descubrir cosas bonitas, pero… ¿qué pasa si inclinamos un poco el cuello hacia abajo?

Arte en Japón

Muchas tapas de las alcantarillas en Japón son casi obras de arte. El denominado Street Art allí, en lugar de estar en las paredes, lo han plasmado en el hierro del círculo. Las han convertido en un museo a pie de acera. Tanto, que hasta da pena pisarlas.

Hay unas en las calles peatonales más transitadas que contienen todo un propósito de buenas intenciones con los demás, con una señal de cigarro encendido (con su humo y todo). Llaman así la atención, casi como si fuera una señal de tráfico. Y todo bajo el aviso de que si los viandantes adultos llevan sus cigarros encendidos, al bajar sus brazos, la mano llega justo a la altura de las cabezas de los pequeños. ¡Qué forma tan sugerente de la advertencia del tabaco! Y sin mediar palabra.

En Córdoba le ponen mucha inteligencia práctica

Si vamos con tacones, toca sufrir un poco y hasta hacer pequeños movimientos de compensación para equilibrar el paseo. Pero si ese día toca zapato plano, entonces ya la cosa se ve con otra perspectiva.

Lo llaman “chino cordobés”. Les cuento el pequeño invento: El suelo, en patios, calles y muchas plazas, está formado con piedras de canto rodado, colocado a dos alturas, con apenas un pequeño desnivel entre ellas. De forma que cuando se riega, el agua queda un buen rato en la zona más baja con el fin de crear un microclima más húmedo que refresca cuando aprietan los calores. ¿Quién dijo que el aire acondicionado no podía estar en el suelo? ¡Y sin pagar factura de luz! A mí me encantan estos inventos que rebosan –agua sí pero también- mucha inteligencia práctica.

Los cordobeses no se quedan cortos en ponerle también su nota artística. Es casi toda una competición silenciosa con las alcantarillas japonesas. Con las piedras han sabido hacer diseños que parecen auténticos mosaicos romanos. Que si distintas tonalidades con efecto de claroscuro; que si el fondo de una fuente tienes hasta diseñados unos delfines…

En estos paseos por Córdoba uno pasa un buen rato entretenido mirando el suelo y pisando por aquí y por allá.  Y sujetándose al amigo para no caerse, también. Que estos cantos, encierran su peligro.

En Valencia los supersticiosos andan preocupados

No quisiera yo que les entrara dolor en las cervicales de tanto pasear cabizbajos. Así que toca ya terminar esta ruta con una última parada en Valencia, concretamente en el barrio del Carmen. Es de esos llenos de callejuelas para ir sin rumbo y perderse en ellas. Todo un laberinto de rincones con bares, tiendas escondidas y teatros y… claro, como vamos mirando fijamente al suelo, topamos con ellos… ¡los gatos negros!

En muchas esquinas están pintados a tamaño real, en posturas tan creíbles que, a nada que uno se haya tomado un par de vinos… piensa que son auténticos.

En este barrio los supersticiosos van a sufrir un poquito porque hay muchísimos gatos. Difícil no verlos. Menos mal que la sabiduría de Groucho Marx sale al rescate para evitarnos la mala suerte cuando dijo aquello de “cuando un gato negro se cruza en tu camino significa que el animal va a algún sitio”.

Espero que en este paseo sus cervicales no se hayan resentido más de lo debido. ¡Cuídense!

 

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En Murcia la inteligencia es de color verde

 

Aún no han llegado a España pero les confieso que estoy deseando tomar un refresco de cola en las latas verdes que acaban de salir al mercado. Y todo porque los de marketing, que no paran de estudiarnos, dicen que si los consumidores vemos el producto que sea (yogurt, galleta, etc.) en un envase de este color, pensamos que es más natural y sano y, ¡zas! al carro primero y a la caja registradora después. Vaya, que como si fuéramos un semáforo vamos a pasar –si estos estudios de ventas no fallan- del rojo al verde en cuestión de una temporada o, a lo sumo, dos, que no todos los consumidores son tan facilones como yo y necesitan más de una campaña comercial para sucumbir.

Sabiduría que nos viene ya de nuestros antepasados

Pero en Murcia no hacen falta técnicas de marketing. La sabiduría en esta tierra brota en todas las tonalidades de verde. No falta ninguna de la paleta Pantone. Tenemos que reconocer que quedamos admirados cuando vamos al Norte y el verde asoma por todos lados. Pero allí la cosa no tiene tanto mérito. Que no se enfaden los asturianos. Tampoco lo gallegos por favor. Porque convendrán conmigo en que cuentan con un gran aliado: la lluvia.

Cómplices

Pero cuando ya por estas tierras esta bendición del cielo no es tan generosa y, aún así somos capaces de transformarla en un vergel de casi mil kilómetros cuadrados (¡Imagínense la de campos de fútbol que caben en ella!), entonces no queda otra que quitarse el sombrero ante la gran sabiduría de las norias, que es la que provoca la dicha. Cuentan, cierto es, con un aliado: las acequias. Y así, “se expande el color” por muchas tahúllas. Casi se pierde la vista en este “gran lienzo de huerta”.

Muchas norias aún hoy están en pleno funcionamiento. Otras, pendientes de reparación. Son cosas “de la edad”. Y es que el tiempo en algunas ya pesa. Es normal, pues el invento tiene ya sus siglos.

Si D. Quijote hubiera cabalgado por esta huerta murciana, habría descubierto que “los gigantes” eran todo un ejército organizado y contaban con otro frente de batalla, cual hermanos pequeños. Los parecidos saltan a la vista: movimientos circulares; situación estratégica, se dejan llevar por la corriente, del agua aquí, del viento allá. A buen seguro, Sancho no habría sido tan tozudo y sí habría quedado convencido.

Ruta de las norias

Estos “ascensores” consiguen llevar el agua a tierras que superan varios metros de desnivel. Lo mejor es contemplarlos en plena acción. Les aviso, tienen una cierta fuerza hipnótica. Después de un ratico viéndolos, a mí me gusta cerrar los ojos, el sonido es parecido a estar a los pies de una catarata.

Cuando hago la ruta de las norias a lo largo del cauce del río Segura voy notando cómo la admiración de quienes las descubren por primera vez va in crescendo. Es llegar al municipio de Blanca, justo cuando el río se transforma casi en un pequeño mar y veo que necesitan parpadear varias veces. Vaya, que lo que comenzó como hipnosis, ahora empieza a ser una ensoñación.

Somos verdes por nacimiento

Como ven, en la huerta murciana no se necesitan trucos para pasar al verde. Desde que nacen: alcachofas, habas, pepinos, espinacas, escarolas, acelgas, lechugas… ya son así de verdes. Los de marketing por estas tierras, se me antoja a mí, que lo van a tener difícil para convencernos.

El eslogan “Murcia qué hermosa eres”, tal vez se quedó cortico porque cuando a la belleza se le suma la inteligencia, entonces ya es “un suceso digno de felice recordación”.

Murcia que te quiero verde.

 

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Del Caribe al Mar Menor

 

Vienen desde Puerto Rico. Van a recorrer España casi entera. Empezarán por San Sebastián; Luego parada en Segovia, Toledo… Su último destino es Murcia. Y lo que más ilusión les hace de todo este recorrido es darse un baño en el Mar Menor.

Hace unos meses:

Puerto Rico: Entrada al Caribe

Estábamos merendando en una chocolatería del viejo San Juan.  Mis amigas puertorriqueñas me decían que era casi un pecado mortal regresar a España sin haber ido a la parte caribeña de la isla. No paraban de enseñarme fotografías. En una, las tres dentro del agua transparente, flotando en unos sillones-colchoneta, con sus piñas coladas y sus sombreros panamás.

Una de ellas dirige un pequeño hotel de esos con encanto a pie de arena finísima caribeña y justo enfrente tiene islas desiertas para elegir. Me insistía en que me podía alojar sin coste alguno y hasta me dejaba la canoa para ir al cayo que yo quisiera. “Todos están desiertos”, añadía. Con la ilusión que a mí me hace aquello tan aventurero de ir a una isla desierta…

En fin que viendo las fotos, andaba yo con la pena metida en el cuerpo porque el avión regresaba al día siguiente y me iba a perder todas aquellas maravillas.

Otra amiga se incorporó más tarde a la merienda y preguntó dónde estaba Murcia. Fue oír mi ciudad, vaya que sin querer (bueno queriendo un poco también) me crecí. Todo empezó casi sin darme cuenta, como si fuera un desafío: “Sí, sí vosotras tenéis el Caribe, pero yo tengo el Mar Menor”.

Déjenme que me explique. Que la pena que yo sentía porque no iba a conocer el Caribe puertorriqueño, se transformó ipso facto en orgullo patrio. Vaya que me inflé y empecé a contarles las maravillas del Mar Menor. Que si la bondad de los lodos; los baños casi de sal; los paseos de varias millas adentro sin que te cubra; las historias de los balnearios…

Según iba contándoles, todas: boquiabiertas. Tanto que rápidamente cogieron sus móviles (yo estaba sin datos) para buscar fotos de este mar del que jamás habían oído hablar. Y el fondo documental gráfico de Google fue mi aliado: mostró vistas aéreas, playas de arena fina… Ahora todas: ojipláticas.

Dentro de unos meses:

Mar Menor: con un toque muy caribeño

Todas (sí, sin proponérmelo logré unanimidad) vienen a Murcia. Tienen mucho interés por este “mar chiquitito” o “lago salado”. Así lo llaman. Se ve que del impacto al ver las fotográficas olvidaron el nombre. Y según me cuentan, ya tienen el bikini en la maleta.

Aún no les he dicho que el Mar Menor está últimamente “enfermo”. Dragados por una zona; vertidos por otra… En fin el sumario judicial está formado las piezas de este puzle de destrozos y nos aclarará qué hicimos mal. El caso es que cambiamos la arena por licencias de obra y cédulas de habitabilidad; matamos a los caballitos y enturbiamos el agua. Este paraíso está latiendo y pide ayuda a gritos.

La última vez (no hace tanto) llevé a un grupo de japoneses al Mar Menor y se hicieron fotos con sus pies dentro del agua rodeados de miles de peces haciéndoles cosquillas en los dedos. A ver cómo salgo yo de ésta. Tal vez un buen caldero sea esta vez el único consuelo para mitigar la desilusión. Y yo habré incumplido “el baño en el verdadero paraíso” como les prometí bajo los efectos (sé que no es excusa) de un chocolate con coco.

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Murcia, love’s in the air

Un recorrido musical por la huerta de Murcia, con un toque amoroso;)

 

Vamos a alargar un poquito el espíritu amoroso de San Valentín. Y para ello nos vamos de paseo y, también de ligoteo, por la huerta de Murcia.

Danza del cortejo amoroso

Y es que literalmente en Murcia, el amor flota en el aire. Afinen el oído que el viaje lo hacemos con música de fondo. Cojan la batuta que les cuento.

En un día soleado, una de las sorpresas más curiosas de la huerta es la danza del cortejo amoroso en el cielo: Los palomos “revolotean” en lo alto, queriendo conquistar a la paloma. Una sola hembra entre el “remolino” de aves. Será ella la que elegirá a su compañero. Eso sí, mientras que están todos “de ligoteo” volando, podemos verlos y… son muchos los giros y acrobacias de las aves, pues la paloma, cosas de la vida, siempre se hace de rogar un poquito. Y mientras tanto, los dueños de los palomos sufriendo por ver quién se queda con la prenda. Cada propietario reconoce fácilmente a su palomo por la decoración de colores.

Hay que andarse con un pelín de cuidado en este paseo porque en nada que nos despistemos, podemos llegar a algún choque inesperado. Desde tierra, los palomistas con sus motos van siguiendo este baile y no quieren perderse detalle. Y claro, aquello de ir mirando hacia arriba, con la fijación puesta en su palomo y, nosotros, los paseantes, también mirando hacia arriba absortos con el deleite del cortejo, puede terminar en un: ¡zas! y se producirá el encuentro, no amoroso en este caso.

Si este paseo lo hacemos con música, resultará casi mágico ver esta danza y escuchar la 6ª Sinfonía de Beethoven justo en el movimiento de la “Pastoral” donde se oyen los pájaros. Será seguro uno de esos momentos que nunca olvidaremos. Es un truco que yo tengo con amigos de fuera a los que les enseño las riquezas huertanas. Por aquello de multiplicar la belleza, les paso los cascos para que vean el cortejo de los palomos con este movimiento sinfónico. Han pasado años y, ya les digo, aún lo recuerdan cuando vienen de nuevo.

Dar un paseo por la huerta de Murcia es casi como abrir una caja llena de sorpresas.

Noria en acción, con "música" propia

Si ya mirar al cielo nos lleva a esta danza amorosa, otro tanto de belleza lo encontramos cuando miramos hacia abajo y, ante nuestros ojos aparecen en todo su esplendor (varían según en qué época del año nos demos el paseo) los productos que más tarde tendremos a la mesa: habas, alcachofas, lechugas, patatas (éstas, escondidas pero fácilmente reconocibles)… ¡Un auténtico vergel a ras de suelo!

Si elevamos un poco el punto de mira a la misma altura de nuestros ojos, el deleite (ahora visual y también olfativo) continúa. Podemos incluso estirar el brazo para coger limones, mandarinas, naranjas, granadas… Vaya que podemos tomar un refresco en plena naturaleza.

Pero aún hay más sorpresas. Una de ellas son las norias en pleno funcionamiento. ¡Cuánto arte e inteligencia práctica unidos! Aquí no hacen falta los cascos, el concierto sonoro lo pone el agua de la noria que es casi como una pequeña cascada.

Alcachofas. Murcia, ¡qué verde era mi huerta!

Pues sí, literalmente en Murcia la huerta es una desmesura de amor y belleza, que tiene el añadido de poder luego verla más tarde convertida en un manjar sobre una buena mesa. Estas verduras a la plancha tampoco las han olvidado mis amigos de fuera. ¡Si es que la huerta tiene un no sé qué que enamora hasta las palomas!

Si esta explosión de manjares y curiosidades son los del invierno, esperen a que llegue la primavera entonces ya… ¡es el acabose! En estos casos, como habrán intuido, cambio Beethoven por Vivaldi y a mis amigos les pongo en los cascos “las cuatro estaciones”. Una, que sabe adaptarse al calendario.

Como ven –y como oyen- la huerta de Murcia es toda una partitura musical y… ¡bien “completica” además! ¿Se vienen de paseo? Habrán intuido que en este viaje, nunca se pasa hambre.

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Vivo en la calle del Beso

 

No sé si a Vds. cuando están de viaje también les pasa lo mismo: De repente, pasean por un lugar que les fascina tanto que empiezan a imaginar que estuvieran viviendo en él.

Calle del Beso. Sólo con el nombre, los pies se van solos

Hoy vamos a recorrer juntos una calle en la que a muchos de nosotros nos gustaría vivir. El nombre ya de por sí, atrae: “Calle del Beso”. Ya les digo, no me importaría estar empadronada en ella. ¡Hasta pagaría feliz el IBI todos los años!

Está en el corazón del laberinto del barrio del Albaicín bajo. Es paralela a la Carrera del Darro. Además de la belleza del lugar, a mí me encantaría vivir aquí más que nada pensando en ese momento cuando alguien me preguntase dónde vivo, y poder responderle, como quien no quiere la cosa: “Vivo en la calle del beso”. Muy sugerente ¿verdad?

Entonces: ¿Me acompañan?

Granada, imposible no amarla cada día un poquito más.

Granada es de esas ciudades que cada vez que uno va de nuevo, descubre un rincón aún más bello que en una ocasión anterior. Y claro es fácil sucumbir a una belleza que va in crescendo.

A esta calle se puede acceder desde una pequeña plaza con escalones (¡lleven cuidado que, para más inri, está en curva!) donde se encuentra la “Casa-Palacio Porras”. Tomen aire en esta pequeña plaza porque esta calle como les digo es muy estrecha (no caben coches por ella).

Cuenta la leyenda…

"Casa Porras" justo al comenzar la calle del Beso

Esta callejuela tiene una leyenda muy bonita: Vivía hace siglos un matrimonio que se amaba con locura y ansiaba tener un hijo. Al cabo de mucho tiempo (ya andaban preocupados con el tema) tuvieron una niña preciosa. Muchos pretendientes merodeaban por la casa. Y ella cada día más guapa y más salada. La zagala era muy querida en el barrio. De repente un día su madre al ir a despertarla, vio que no respiraba. Todos los vecinos lloraban con mucha pena. Cuando la madre se acercó a darle el último beso, la niña despertó. Y es que hay besos que son pequeños milagros.

Callejear por el Albaicín tiene su fatiga y… ¡su sorpresa!

Esta calle estrecha y empinada -como no podía ser de otro modo en este barrio-, tiene además un “regalo sorpresa”. ¡Vuelvan a tomar aire!

Estando en Granada uno no puede quedarse sin ver la Alhambra. Pues bien, en esta calle hay un mirador de estos pequeños, casi escondidos, con árboles, bancos a la sombra, una alberca, suelo empedrado…  En él, el Ayuntamiento debería poner un cartel de esos triangulares que advierten una situación de peligro: “Absténganse los besucones en este rincón”.

Y es que justo aquí, entre la fatiga de la cuesta y, si sumamos el impacto de la belleza de la Alhambra antes nosotros, de verdad que hay un elevado riesgo de que nos pueda llegar a faltar la respiración y suframos un amago de infarto o quedar al borde de la catalepsia (patología frecuente siglos ha por esta zona). Llegado el caso, necesitaremos un beso para superar el trance.

Vistas desde el Balcón de Carvajales, el "hermano pequeño" del Mirador de San Nicolás

No se pierdan este “regalo” que tiene esta calle: Es el balcón llamado “Placeta de Carvajales” que es el hermano pequeño secreto del Mirador de San Nicolás, mucho más famoso ¡dónde va a parar!

¡No lo cuenten mucho por favor!

Está muy generalizado aquello de “París, la ciudad del amor”, pero no sé yo, este pequeño rincón granadino está a la “altura amorosa parisina”. Shhh, guárdenme el secreto y no corran mucho la voz de este lugar besucón, no vaya a ser que pierda la intimidad y el encanto sigiloso que ahora tiene que a los tímidos nos viene muy bien.

Pues eso… ¡Qué viva San Valentín!

Les dejo que voy a pagar el recibo del IBI…  ¡pero el de mi casa!

 

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