La Verdad

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No me llames D. Francisco, llámame Paquito
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Inma | 13-05-2017 | 07:18| 0

 

A ver en qué familia no hay algún miembro con un diminutivo. Y más en las nuestras que, por tradición, repetimos el nombre del abuelo, que pasa al hijo, al nieto… Y aquel D. José queda, generaciones después, en un “Joselito”, joven que, lo quiera o no, cuando cumpla la mayoría de edad, seguirá con el diminutivo. Y es posible que le dure hasta la edad de la calvicie y/o la jubilación, porque como encierra una gran dosis de cariño, pues ahí queda.

En muchas ciudades también pasa igual que en nuestras familias. Hoy viajamos con los apodos. El aeropuerto de Bilbao es conocido como “La Paloma”. Es uno de los pocos aeropuertos que se pueden ver desde lo alto. Está ubicado en un valle, casi escondido entre montañas y, las carreteras de acceso que bajan permiten verlo (digo: verla) “a punto de volar”, con “sus alas extendidas”, que son las salas de embarque. ¡Una preciosidad! Y, tan sólo una ese de diferencia. Muy atinado el sobrenombre, tratándose de un aeropuerto donde todo allí, “sale volando”. 

Mis favoritos son los apodos que utilizan en Andalucía. “La Manquita” en Málaga alude a la Catedral, a la que le falta una de las dos torres. El aprecio por este defectillo es tan grande, que hay algunos proyectos de reconstrucción (están aún en fase de borrador) que contemplan la construcción de esta segunda torre (en su día faltó dinero para poder alzarla) y, no terminan de cuajar, pues ¿cómo la llamarían entonces?

En Sevilla, muy querido también es “El Paquito”. Puente de estructura muy similar al Golden Gate de San Francisco y que, al ser un poco más pequeño, “este hermano gemelo” requiere el uso del diminutivo. A un amigo sevillano se le rompió el coche justo en mitad del puente a altas horas de la madrugada. “Estoy en mitad de El Paquito”, le dijo al servicio de la grúa. No hizo falta añadir ningún dato más. A los cinco minutos allí estaba la camioneta, como angel caído del Cielo.

“La Seta” sin embargo, no es tan querida. En la plaza de la Encarnación todo sevillano recela de este “puzzle gigantesco”, por el material (que ha dado problemas en otros emplazamientos); por el elevado coste y, porque la ven demasiado rompedora con el entorno. A mí me encanta este “patito feo” arquitectónico. Es una gozada pasear por él y ver Sevilla desde lo alto, en un ángulo de 360 grados.

En Londres, uno de los sitios donde todos queremos hacernos la foto es en “La Torre Reina Isabel II”. ¿Qué no saben dónde está? Con este nombre, imposible que alguien en la calle nos pueda indicar dónde se encuentra. Me refiero al “Big Ben”. Ahora sí que todos sabemos de lo que estamos hablando. Nos vamos entendiendo.

Hay una leyenda muy graciosa sobre el origen de este sobrenombre. El capataz de esta construcción se llamaba Benjamín Hall. Ben para los amigos. Era muy dicharachero y también, entrado en carnes. Sobre todo en su anatomía, la zona de sus posaderas era la que más sobresalía. Le gustaba contar a la prensa todo el progreso de las obras. Los periodistas, en esta relación cercana y en tono de guasa, hacían chirigotas con este ingeniero peculiar. Cuando la torre ya alcanzaba su punto más alto, a la hora de colocar una de sus campanas, ésta tenía una redondez que recordaba a las formas de… ¡ejem! el trasero del gran Ben. Y de ahí el apelativo “Big Ben” que perdura hasta hoy. 

Big Ben forever

Y llega un momento en la vida en el que uno se arma de fuerza, “le da la vuelta a la tortilla” y dice a toda su gente que ya no es Paquito, que le llamen Francisco. Unos, sí lo consiguen. El Big Ben me temo que lo tiene más complicado. Y además, gracias a él, podemos conocer a quien fue su jefe de obras.

Les dejo que me voy a tomar “una marinera” en “El Tontódromo”. ¿Mande? que diría un turista en Murcia. Pero sólo el primer día.

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Ahí están
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Inma | 01-05-2017 | 07:00| 0

 

Pero tenemos que llevar cuidado porque no siempre se las ve. Están bajo tierra, y cuando dicen de salir a la superficie, si vamos un poco despistados, baño asegurado.

Sí, lo han adivinado son esas fuentes escondidas bajo el pavimento que, como si fueran “topos acuáticos”, sin previo aviso, ¡zas! se ponen en marcha y, como van unidos a decenas y con todos los chorritos al compás, vaya que si vamos paseando justo por el centro, este campo de batalla acuático nos dará un buen remojón. 

Estos grifos que surgen de repente del suelo sorprenden sobre todo a los turistas, porque los habitantes del lugar ya están familiarizados con ellos y hasta conocen sus “ritmos acuáticos”. Y claro, pueden esquivarlos con más facilidad, llegado el caso.

En Murcia están junto al Cuartel de Artillería. Una vez paseando junto a ellos (les confieso que los iba esquivando por si acaso de repente se activaban) vi a un grupo de chavales que jugaban con un amigo. Lo habían metido en un carrito de los centros comerciales y lo paseaban. Y claro cuando vieron que de repente se ponían en acción estos chorritos, no se lo pensaron dos veces, empujaron el carrito -con el amigo dentro- hacia la fuente y, risas a mansalva que, eso sí, todos los demás se quedaron fuera del perímetro del agua, excepto el que estaba dentro del carro de la compra. El resultado: un buen baño de este zagal que no se lo tomó a mal. Era verano.

En Dresde estas fuentes que juegan al escondite tienen doble personalidad. Por la mañana, las madres llevan a sus hijos pequeños a este lugar como si fuera la piscina pública en mitad del paseo. Los dejan en pañales y, de nuevo, muchas risas de todos. Da gusto verlos disfrutar. Vaya que hasta da un poco de envidia. Y es que eso de hacerse adulto, muchas veces aboca a perderse estos momentos de risas aseguradas. Pero por la noche estos grifos se transforman en un juego de luces que iluminan el agua y, otra vez los adultos, los esquivamos. ¡Con lo divertido que sería jugar en esta “discoteca acuática” a ras de suelo!

En Londres están colocados estratégicamente junto al río Támesis. Entre que el recorrido por los canales es un poco estrecho y no tiene quitamiedos, uno va con la preocupación de no acercarse demasiado al borde no vaya a ser que, por un traspiés… Que, a ver luego cómo uno cuenta, de regreso, que se cayó en los márgenes del Támesis. ¡Eso sí que serían risas aseguradas para todos los demás! Pero aún con esta pequeña preocupación, esta ruta de los canales es muy relajante. Calculando bien este rincón en el que la fuente sumergida activa sus chorritos.

Espejo de agua en Elche

En otros lugares, esta lluvia que desafía la gravedad queda convertida en un espejo de agua reposado en el suelo y … ¡multiplica la belleza! Así sucede en Elche con rincones donde las palmeras se ven reflejadas en el paseo o en la plaza de la Bolsa en Burdeos.

El summum se encuentra en Ginebra. Lo conocemos todos como el famoso “Salto de Agua” que alcanza una altura parecida a la torre de una catedral. No exagero. Lo mejor, además de ver la fuerza del agua en sentido contrario al de una catarata, es jugar con el viento y ponerse, si es verano, a sotavento.  Y, claro que sí, jugar a ser niños de nuevo. Risas aseguradas, ya verán y nada… ¡que disfruten del baño!

 

 

 

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Madrid, entre daiquiris y piscos
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Inma | 17-10-2017 | 05:53| 0

 

A veces las estadísticas no dan en el pleno. Porque mucho análisis del big data, muchas macroencuestas, pero el poder de seducción que tiene un manjar te lleva, si hace falta, a cruzar océanos. La de viajes que han surgido alrededor de un mantel.

Y, allende los mares que nos vamos con dos bebidas, pero también con sus platos típicos, que el buen beber requiere siempre que sea posible una “compañía” masticable.

Viajamos de Cuba a Perú. Bueno lo de “nos vamos” es un decir. Hoy es un viaje de esos de mesa y mantel. El paladar sí viajará. Nosotros nos quedamos sentados en dos pequeños restaurantes de Madrid: de esos con pocas mesas pero con mucho encanto.

Una estudiante cubana en Madrid

Inés no terminó sus estudios. Las circunstancias duras, esas que te pone la vida, se le cruzaron antes de los exámenes finales. La obligaron a emigrar. Llegó a España y abrió un pequeño restaurante: unas cuantas mesas y un menú bien rico desde los entrantes hasta el último postre. Perdió el contacto con sus compañeras y profesoras del colegio. Su infancia, se quedó en Cuba.

Muchos años más tarde, la directora del centro donde estudiaba llegó a España y claro, después de un tiempo a este lado del Atlántico, esta maestra sentía la morriña de su tierra. Para mitigarla fue a un restaurante cubano que le llamaba la atención cuando paseaba por el centro de Madrid. Y es que la comida tiene un poder de transportación emocional que ipso facto, al primer mordisco, uno puede sentirse en la tierra de origen.

A la hora de cobrar, la dueña del restaurante cuando vio los apellidos en la tarjeta de crédito, le resultaban familiares. Se acercó a la mesa para saber de quién era la tarjeta. Y sí, eran los de la directora del centro, que ella no había olvidado. Y así fue como, casi veinte años después de dejar Cuba, la alumna volvió a ver a su profesora. Lloraron las dos. Y mucho. Luego ya, pudieron hablar.

Fue María, la nieta de esta directora, quien me contaba la historia entre la “ropa vieja”, los “tostones de maíz” y el “coco con crema de queso”. Yo la notaba aún un poco emocionada. Cuando pregunté a los camareros por Inés, la dueña, yo quería conocer a aquella alumna que ahora ronda los ochenta años, se encontraba en París y no pude charlar con ella para que me siguiera relatando aquel bonito reencuentro que surgió gracias al registro de datos que deja una tarjeta de crédito.

Volveré al restaurante “Zara” para investigar. Bueno, les confieso que también tengo una segunda poderosa razón: probar más platos de este pequeño rincón cubano en Madrid. Se encuentra en la calle Barbieri (muy céntrica, en la zona de Chueca) por si Vds. también gustan. Por favor, prueben sus daiquiris: es dar un primer sorbo y, “pisar” Cuba.

De Perú a Madrid, pasando por Avilés

Los piscos nos llevan a Perú, bueno nosotros -ya saben- seguimos cómodamente sentados, pero ahora en el barrio de Salamanca. Su dueño comenzó en Avilés y ha abierto su segundo restaurante (“japo-peruano”, ¡menuda fusión!) en Madrid. Eso sí, un poquito del verde asturiano lo ha trasladado a su “Ronda 14”. Les cuento. El techo, muy original, parece un jardín colgante; Uno de sus platos “roll de mar y montaña”: auténtica combinación asturiana hasta en el nombre de la tapa.

En este restaurante también elegir plato es tarea complicada. Si uno pide un pisco para ir abriendo apetito, la carta es tan apetitosa y, como el pisco entra casi sin darnos cuenta, vaya que es posible que sean dos los que nos bebamos. Lo mejor es ver cómo los hacen delante de nosotros en la misma barra. ¡Cuánto arte hay en estos lugares!

Y ya, de regreso, llegó el turno de tomar una sangría, porque la sangre española que corre por las venas parece que se pone hasta celosa entre tanto daiquiri y pisco. Así que hoy me despido con aquello tan a tino, cuando hay un poco vino: ¡A su salud!

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Un mexicano enamorado
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Inma | 17-10-2017 | 05:53| 0

 

Ellas, que ya de por sí son “bien guapetonas”, van estos días y, ¡se perfuman! Y claro… se hacen irresistibles. Les hablo de esas ciudades del sur de España –y del levante también- justo en ese momento en que el azahar de los naranjos dice: “Aquí estoy yo” y expande generoso toda su fragancia por las calles.

Sevilla tiene un aroma que… ¡fomenta el amor!

Así me sucedió hace poco en Sevilla en un congreso internacional. Nos habíamos reunido para hablar de ética. En la comida un mexicano sentado a mi lado me preguntaba, muy intrigado, qué perfume era ese que “recorría la ciudad”. Me contaba que quería llevárselo a su mujer. Y claro, a priori, este gesto de amor tan bonito parecía complicado. ¿Cómo poder compartir esta experiencia olfativa allende los mares?

Sevilla aromática. Esos naranjos…

A mí me gustó tanto este detalle amoroso que le ayudé a buscar un perfume lo más parecido posible a la flor del naranjo. Y lo encontré. Le mostré la foto y la dirección que había tomado en la tienda a mi colega mexicano. ¿Saben lo que hizo? Se escapó de una de las charlas para ir a comprarlo.

Y cuando una se pone a ayudar, pues… no sé si me pasé un poco. Porque, ya puesta en faena, le dije que también podía comprarle a su esposa un tarrito de mermelada de naranja amarga. Si le llevaba el aroma, ¿por qué no también la fruta? El mexicano, no se amedrentó por la falta de dulzor y, hete aquí que noté su ausencia en otra de las charlas. Fue entonces ya cuando dejé de ayudarle. De seguir en mi empeño, él no hubiera cumplido la asistencia mínima exigida para obtener el diploma. Y yo ya me sentía cómplice cuando veía su silla vacía en las conferencias. Y claro, hablando de ética, vaya que no parecía muy honrado aquello de fomentar sus escapadas.

Recorridos olfativos ¿olvidados?

El caso es que yo no sé cómo las Oficinas de Turismo no han ideado recorridos callejeros siguiendo el trazado de estas calles y plazas invadidas de naranjos. Sé que es algo efímero. Pero ya nos avisó el poeta: lo breve, cuando es bueno, se duplica.

En mi descargo les diré (no quisiera que se quedaran con mi falta de ética confesada) que sí lo tengo hecho en Murcia. Y cuando en estos días de explosión de la primavera recibo amigos de fuera, ya tengo marcadas las calles por donde tienen que ir, por ejemplo, si quieren ver el río o visitar algún museo.

La verdad es que les engaño un poco –sé que no es muy ético, por eso fui también al congreso- diciéndoles que esas calles que ven marcadas en color son un atajo, para que así, el factor sorpresa sea aún mayor. A veces hasta les hago dar un pequeño rodeo pero, como caen rendidos ante el azahar, me lo perdonan enseguida. Y seguimos tan amigos.

Ciudades muy, pero que muy coquetas

Murcia. Un espejo que multiplica la belleza.

Bueno y si el paseo se prolonga hasta la noche y, junto a los naranjos hay también algún rincón con un jazminero (que también tengo unos cuantos en Murcia; Aquí me queda avanzar el mapa oloroso con nocturnidad), entonces ya la coquetería, que como en todo, hay grados, se eleva a la máxima potencia olfativa.

El summum es poder mirarse al espejo. Hay sabios rincones bien dotados en estas ciudades presumidas. El edifico Moneo en Murcia contiene uno de los espejos más grandes, calculado a la perfección con el imafronte de la Catedral; Una forma bonita de aumentar la belleza, ¿verdad?

En el próximo congreso le mostraré al mexicano enamorado estos rincones con jazmineros. Y es que la ética perfuma un poquito el camino de la vida

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Los cabizbajos también viajan
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Inma | 17-10-2017 | 05:53| 0

 

Que no se trata de ir buscando alguna moneda en el suelo. Aunque no podemos negar que ir con la mirada fija en el pavimento sí nos puede dar alguna que otra pequeña sorpresa económica.

De verdad que no exagero si les digo que se pueden encontrar auténticos tesoros… ¡a ras de suelo! Más allá de un billete arrugado, que algún despistado dejó caer en contra de su voluntad y que a otro le alegró el día.
Aquello de alzar la vista también da la oportunidad de descubrir cosas bonitas, pero… ¿qué pasa si inclinamos un poco el cuello hacia abajo?

Arte en Japón

Muchas tapas de las alcantarillas en Japón son casi obras de arte. El denominado Street Art allí, en lugar de estar en las paredes, lo han plasmado en el hierro del círculo. Las han convertido en un museo a pie de acera. Tanto, que hasta da pena pisarlas.

Hay unas en las calles peatonales más transitadas que contienen todo un propósito de buenas intenciones con los demás, con una señal de cigarro encendido (con su humo y todo). Llaman así la atención, casi como si fuera una señal de tráfico. Y todo bajo el aviso de que si los viandantes adultos llevan sus cigarros encendidos, al bajar sus brazos, la mano llega justo a la altura de las cabezas de los pequeños. ¡Qué forma tan sugerente de la advertencia del tabaco! Y sin mediar palabra.

En Córdoba le ponen mucha inteligencia práctica

Si vamos con tacones, toca sufrir un poco y hasta hacer pequeños movimientos de compensación para equilibrar el paseo. Pero si ese día toca zapato plano, entonces ya la cosa se ve con otra perspectiva.

Lo llaman “chino cordobés”. Les cuento el pequeño invento: El suelo, en patios, calles y muchas plazas, está formado con piedras de canto rodado, colocado a dos alturas, con apenas un pequeño desnivel entre ellas. De forma que cuando se riega, el agua queda un buen rato en la zona más baja con el fin de crear un microclima más húmedo que refresca cuando aprietan los calores. ¿Quién dijo que el aire acondicionado no podía estar en el suelo? ¡Y sin pagar factura de luz! A mí me encantan estos inventos que rebosan –agua sí pero también- mucha inteligencia práctica.

Los cordobeses no se quedan cortos en ponerle también su nota artística. Es casi toda una competición silenciosa con las alcantarillas japonesas. Con las piedras han sabido hacer diseños que parecen auténticos mosaicos romanos. Que si distintas tonalidades con efecto de claroscuro; que si el fondo de una fuente tienes hasta diseñados unos delfines…

En estos paseos por Córdoba uno pasa un buen rato entretenido mirando el suelo y pisando por aquí y por allá. Y sujetándose al amigo para no caerse, también. Que estos cantos, encierran su peligro.

En Valencia los supersticiosos andan preocupados

No quisiera yo que les entrara dolor en las cervicales de tanto pasear cabizbajos. Así que toca ya terminar esta ruta con una última parada en Valencia, concretamente en el barrio del Carmen. Es de esos llenos de callejuelas para ir sin rumbo y perderse en ellas. Todo un laberinto de rincones con bares, tiendas escondidas y teatros y… claro, como vamos mirando fijamente al suelo, topamos con ellos… ¡los gatos negros!

En muchas esquinas están pintados a tamaño real, en posturas tan creíbles que, a nada que uno se haya tomado un par de vinos… piensa que son auténticos.

En este barrio los supersticiosos van a sufrir un poquito porque hay muchísimos gatos. Difícil no verlos. Menos mal que la sabiduría de Groucho Marx sale al rescate para evitarnos la mala suerte cuando dijo aquello de “cuando un gato negro se cruza en tu camino significa que el animal va a algún sitio”.

Espero que en este paseo sus cervicales no se hayan resentido más de lo debido. ¡Cuídense!

 

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Los tiene bien puestos, los pilares
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Inma | 03-03-2017 | 13:20| 0

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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En Murcia la inteligencia es de color verde
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Inma | 11-02-2017 | 14:54| 0

 

Aún no han llegado a España pero les confieso que estoy deseando tomar un refresco de cola en las latas verdes que acaban de salir al mercado. Y todo porque los de marketing, que no paran de estudiarnos, dicen que si los consumidores vemos el producto que sea (yogurt, galleta, etc.) en un envase de este color, pensamos que es más natural y sano y, ¡zas! al carro primero y a la caja registradora después. Vaya, que como si fuéramos un semáforo vamos a pasar –si estos estudios de ventas no fallan- del rojo al verde en cuestión de una temporada o, a lo sumo, dos, que no todos los consumidores son tan facilones como yo y necesitan más de una campaña comercial para sucumbir.

Sabiduría que nos viene ya de nuestros antepasados

Pero en Murcia no hacen falta técnicas de marketing. La sabiduría en esta tierra brota en todas las tonalidades de verde. No falta ninguna de la paleta Pantone. Tenemos que reconocer que quedamos admirados cuando vamos al Norte y el verde asoma por todos lados. Pero allí la cosa no tiene tanto mérito. Que no se enfaden los asturianos. Tampoco lo gallegos por favor. Porque convendrán conmigo en que cuentan con un gran aliado: la lluvia.

Cómplices

Pero cuando ya por estas tierras esta bendición del cielo no es tan generosa y, aún así somos capaces de transformarla en un vergel de casi mil kilómetros cuadrados (¡Imagínense la de campos de fútbol que caben en ella!), entonces no queda otra que quitarse el sombrero ante la gran sabiduría de las norias, que es la que provoca la dicha. Cuentan, cierto es, con un aliado: las acequias. Y así, “se expande el color” por muchas tahúllas. Casi se pierde la vista en este “gran lienzo de huerta”.

Muchas norias aún hoy están en pleno funcionamiento. Otras, pendientes de reparación. Son cosas “de la edad”. Y es que el tiempo en algunas ya pesa. Es normal, pues el invento tiene ya sus siglos.

Si D. Quijote hubiera cabalgado por esta huerta murciana, habría descubierto que “los gigantes” eran todo un ejército organizado y contaban con otro frente de batalla, cual hermanos pequeños. Los parecidos saltan a la vista: movimientos circulares; situación estratégica, se dejan llevar por la corriente, del agua aquí, del viento allá. A buen seguro, Sancho no habría sido tan tozudo y sí habría quedado convencido.

Ruta de las norias

Estos “ascensores” consiguen llevar el agua a tierras que superan varios metros de desnivel. Lo mejor es contemplarlos en plena acción. Les aviso, tienen una cierta fuerza hipnótica. Después de un ratico viéndolos, a mí me gusta cerrar los ojos, el sonido es parecido a estar a los pies de una catarata.

Cuando hago la ruta de las norias a lo largo del cauce del río Segura voy notando cómo la admiración de quienes las descubren por primera vez va in crescendo. Es llegar al municipio de Blanca, justo cuando el río se transforma casi en un pequeño mar y veo que necesitan parpadear varias veces. Vaya, que lo que comenzó como hipnosis, ahora empieza a ser una ensoñación.

Somos verdes por nacimiento

Como ven, en la huerta murciana no se necesitan trucos para pasar al verde. Desde que nacen: alcachofas, habas, pepinos, espinacas, escarolas, acelgas, lechugas… ya son así de verdes. Los de marketing por estas tierras, se me antoja a mí, que lo van a tener difícil para convencernos.

El eslogan “Murcia qué hermosa eres”, tal vez se quedó cortico porque cuando a la belleza se le suma la inteligencia, entonces ya es “un suceso digno de felice recordación”.

Murcia que te quiero verde.

 

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Ciudades inteligentes
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Inma | 01-02-2017 | 08:01| 0

 

Dentro de unas semanas Murcia abre sus puertas de par en par al I Congreso Mundial sobre Destinos Inteligentes (Organización Mundial del Turismo).

Serán tres días de plática interesante sobre temas que son todo un desafío en la rama del turismo: medidas de accesibilidad de los parques en Nueva York; los retos de construir el metro en una ciudad en pleno desierto; la experiencia ferroviaria en Francia (que como saben tienen hasta máquinas que con unas moneditas no más expenden cuentos), etc.

Mi amor a los robots

Y se hablará largo y tendido de apps, portales y de robots. Estoy que vivo sin vivir en mí. Vaya que estoy hecha un lío. Ahora que ya los robots nos pueden dar la bienvenida en un hotel. Y lo hacen con más de treinta expresiones faciales distintas, leo los borradores de las futuras leyes europeas y hay una que me preocupa: “no podremos cogerles cariño”. Con esa forma tan humanoide que tienen… ¿Quién se puede resistir? Si yo hasta los veo guapos. El texto legal resumidamente: obligación de poner en ellos una pegatina que nos recodará que no saben amar. Y eso que el Congreso comienza justo después del día de los enamorados.

Me cuenta mi amiga Ana, profesora experta en robótica, que ya los hay que les cuentan cuentos a los niños cuando van a dormir. Y los pequeños, al apagarlos, hasta les dan las buenas noches y los acarician y todo. ¡Cuánta ternura! Así hasta que entre en vigor la ley.

Séneca traducido en una fórmula matemática

El caso es que además de este sinvivir en el que la robótica me tiene casi abducida, también ando un poco asustada. Y eso que como verán, he hecho los deberes y todo. Mi comunicación en el Congreso será sobre lo importante que es el factor humano en los viajes. Sí, sé que soy osada. Vaya que es como ir a la guerra sin armas. Yo apeló al sabio Séneca con su “homo sacra res homini”.  Y es que el contacto con las gentes, culturas… -y más aún en los viajes- tiene un alcance tal que, aquí sin prohibiciones legales, podemos cogerle cariño. Los expertos en marketing ya le han puesto una fórmula casi matemática a este poderío humano: H2H (human to human).

Brújula versus GPS

Hace poco asistí a una charla en la que un grupo de montañeros contaban algunos desafíos que su expedición había tenido. Son de los que llegan a todos los “techos del mundo”, vaya que dejan las luces de la civilización detenida muchos kilómetros más abajo. En el grupo hay uno que sigue viajando con su brújula. Otros, los más modernos, se han pasado al GPS. Pues bien, el de la brújula contaba satisfecho que jamás se había perdido nunca. Y que en alguna ocasión los del GPS se habían tenido que unir a él.

Así las cosas, aún se puede viajar sin apps en el móvil o… ¿es demasiado arriesgado? Será que sigo siendo demasiado osada tal vez. Y es que al mundo de las nuevas tecnologías hay que hacerles algún guiño porque… ¿y si somos nosotros los que terminamos imitando a los robots de tanto usarlas?

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¿Es posible alojarse en la residencia de un presidente?
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Inma | 19-01-2017 | 17:00| 0

 

Sin serlo, entiéndase, que me faltó añadir este dato en la frase interrogativa. Y la respuesta es sí. Así que, hoy le ponemos un poquito de lujo al asunto porque la cosa va de auténticas… ¡mansiones!

De puertas adentro

En este viaje los curiosos –bueno, los curiosos tirando a cotillas- vamos a disfrutar de lo lindo pues cruzamos el umbral y entramos… ¡puertas adentro! Sí, acertaron, el destino será el interior de una vivienda. Y ya puestos en el empeño, que lo sea a lo grande, concretamente en una Casa Presidencial.

Debo confesar que mi interés comenzó cuando una amiga me contó sus peripecias en la isla de Trinidad y Tobago. Había tenido una etapa de muchísimo trabajo, con horas extra, un reto de esos de mucha responsabilidad y enjundia y, por fin, tenía vacaciones. No lo dudó: unos días en una isla caribeña le vendrían de maravilla. Y, ¿a quién no? Y más con estos fríos.

“Mi casa está abierta” dijo la trinitense

Su amiga vivía en la casa paterna en Trinidad y Tobago y varias veces le había dicho que las puertas de su casa estaban abiertas. Le preguntó si podía ir y le confirmó que seguían abiertas: “ven cuando quieras. Toma nota de la dirección”. La calle y el número de policía quedaron anotados en un papel.

A la hora de embarcar, en el control de inmigración tenía que cumplimentar el impreso. En la casilla <> puso la dirección de la casa de su amiga. Los funcionarios, se quedaron con el tampón en alto, mirando el papel, mirando a mi amiga, con cara entre sorpresa e incredulidad. Le preguntaron: “¿Está Vd. segura de que ha puesto la dirección correcta? Revíselo por favor”.

Mi amiga lo confirmó con la nota que llevaba de los datos de su anfitriona y así se lo indicó al policía: “Está todo correcto Señor”. El funcionario le dijo: “Perdone Sra. pero es que Vd. ha indicado las señas de la Casa del Presidente y como comprenderá…”.

Cuando ya consiguió acreditar todos los trámites para embarcar llamó a su amiga: “¿Pero cómo no me habías dicho que tu padre era el presidente?”. Con toda su humildad y quitándole importancia al asunto, la trinitense le dijo que no había caído en ese pequeño detalle sin importancia. Y por fin llegó, ya entrada la noche a la “Casa Blanca caribeña”.

Segundo control policial

Al día siguiente mi amiga salió a correr (a hacer running, como se dice por allí, bueno últimamente también por aquí) y al regresar a “su casa”, el policía de la verja le dio el alto: “Perdone, Vd. no puede pasar, es un recinto privado”.

Mi amiga, sin documentación alguna, con su chándal y zapatillas, le dijo que ella estaba alojada en “la casa”. El policía pensaba que le estaba tomando el pelo y de nuevo, educadamente le denegó el acceso.

Pero logró sortear este stop policial con inteligencia práctica: le dijo que llamara a su compañero de la noche anterior, que él sí la conocía. Y, por supuesto, entró. Me contaba que ya los siguientes días, los policías la conocían y que entraba y salía como Perico por su casa. Y allí que estuvo alojada la mar de bien.

Cuando mi amiga me relataba todas sus andanzas por la casa, tengo que confesarles que me entró un poco (bueno sí, mucha) envidia: yo también quería alojarme en una casa presidencial. Hasta que un buen día, estando en Puerto Rico… casi lo conseguí. Casi. To be continued

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Por todo lo alto
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Inma | 05-01-2017 | 12:50| 0

 

Ver una ciudad desde un punto elevado siempre tiene un no sé qué que ayuda a entender cuándo se hizo grande y se atrevió a saltar al otro lado del río; por dónde se descuidó y fue conquistada o, por qué la expansión moderna lo es por una zona y no por otra.

Una “panocha” que “se come” con los pies 

Y nada mejor que empezar un año “por todo lo alto”. Sí, en sentido literal. Nos subimos hasta la Cresta del Gallo para dar un paseo por la montaña y, rodeados de pinos, conocer un poquito mejor Murcia a vista de lince, porque para los que ya usamos gafas, lo de vista de pájaro se nos quedó un poco pequeño en las distancias que se miden por kilómetros.

Escalada y taconeo

Esta subida es de las fáciles. Se puede llegar casi en coche. En Navidad tiene el aliciente de ir recorriendo la pinada y poder llegar hasta el Belén colocado por los montañeros en uno de los puntos más altos. Hay una estrella encajada estratégicamente en las rocas para los que nos perdemos con facilidad. Ya les digo, que la ruta es de las sencillas: He llegado a subir con señoras que superaban las barrera de los setenta y todas ellas, con sus tacones y todo, pensaban que no llegarían al pesebre pero, allí junto al portal, hasta cantaron villancicos y todo.

Yo para animarlas les recordaba la anciana de más de ochenta años que habíamos visto en la exposición de fotografías del Centro de Visitantes de La Luz en plena escalada en este lugar. Y es cosa buena una previa visita a esta exposición, pues es de las que abre el apetito de la montaña.

De Murcia a la luna 

Muy conocido es el eslogan turístico: “De Madrid al cielo” como el no va más. Pero el caso es que en Murcia, ¡lo superamos! Pues nos salimos de la bóveda celeste y… ¡rozamos la luna! Y es otro de los atractivos, que ya les digo, hay muchos, de este rincón murciano. Una vez en lo alto, se puede admirar el famoso “paisaje lunar” donde si uno si le pone un poco de imaginación cree estar pisándola de verdad. ¿Quién dijo que no era posible ir a la luna todavía?

Hay días en los que la suerte viene con nosotros: esos claros y sin nubes, entonces ya es el acabose pues hay “mar de fondo” en la ruta: El Mar Menor se deja ver y según la hora del día que sea, hay un momento en el que el sol se refleja con tal fuerza que en lugar de agua, parece casi una plataforma de fuego candente. Otros, un espejo del cielo.

Murcia también tiene su Mar Menor… ¡de nubes! 

Pero que no cunda el desánimo si el día en el que suben está nublado, entonces la sensación de estar paseando sobre ellas, pese a no poder ver la ciudad abajo, es también algo mágico. En las fotos, verán que soy adicta a esta ruta (la he hecho hasta con familias de chinos), pueden ver el ascenso en días claros y nublados. Es de esos lugares con contrastes, que se desdoblan en dos, casi una metáfora montañosa del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Vuelo rasante sobre la ciudad 

Pero mi ruta favorita es ir en bicicleta –también andando- por toda la cornisa desde la Cresta del Gallo, “La Panocha” para los murcianos, hasta la bajada por El Valle. Unos cuantos kilómetros de pista forestal que transcurren en paralelo al trazado urbano de la ciudad y, entre la brisa y las vistas, uno va siguiendo el largo y ancho de Murcia desde las alturas. Vaya que uno se siente también cual piloto, bueno sí, en vuelo rasante no más. Y también entran ganas de cantar, como les pasó a las señoras en el portal cuando llegaron a lo alto.

Espero que se animen a hacer esta sencilla escalada, sea con pedales o con tacones. Las dos variantes son posibles. Que siempre empezar el año con brisa nueva, amplía horizontes. ¡Feliz año nuevo!

 

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