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	<title>Puentazo del copetín | Escribir es vivir - Blogs laverdad.es</title>
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	<description>El blog de Ana María Tomás</description>
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		<title>Puentazo del copetín | Escribir es vivir - Blogs laverdad.es</title>
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		<pubDate>Fri, 02 May 2014 21:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>Que la vida es como un viaje es algo que suele repetirse con tanta frecuencia que casi se ha desvirtualizado su auténtico significado; quizá si en algún momento se nos permite ser conscientes de esa transitoriedad, de esa brevedad de estar en la única parte que conocemos (hasta ahora nadie ha venido a decirnos cómo se está en aquella otra de “más allá”) es cuando nos disponemos a realizar un viaje más largo de los que habitualmente solemos hacer y en un medio con el que no estemos ni muy familiarizados, ni muy convencidos, llámese avión o barco. Porque ¿no me negarán que hay auténticos paranoicos en este tema? Y, si uno no lo es cuando el vecino de asiento se decide a compartir sus temores y preocupaciones sobre el misterio de mantenerse en el aire, al final, se acaba, si no acojonado, sí con la suficiente aprensión y ganas como para hartarlo a guantazos.</p>
<p>Habitualmente nos dedicamos a vivir -que no es poco- o en el peor de los casos a sobrevivir en una vorágine que nos lleva, que nos arrastra, sin plantearnos que en cualquier momento podemos dejar de funcionar como cuando se le funden los plomos a un aparato eléctrico. Y es, precisamente, cuando sales de viaje y pretendes dejar las cosas -ya saben, papeles, trabajo, relaciones interpersonales, etc.- un poco en orden, cuando nos damos cuenta de que eso es prácticamente imposible: se tienen tantos frentes, tantas estancias, tantas puertas abiertas que la sola idea de que no podemos regresar a organizar todo aquello es suficiente para jorobarnos hasta el viaje más fabuloso de nuestra vida. Y, sin embargo, los seres humanos nos pasamos el año anhelando “puentes” y “acueductos” que nos hagan saltar de un día de fiesta a otro mientras discurre bajo sus ojos algún que otro día laborable.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Viajar es siempre enriquecedor, pero no es igual de divertido hacerlo solo que enmarcado en un grupo de amigos, aunque, en algunos de esos casos, ríanse ustedes de la “Odisea” o aseguren, sin temor a equivocarse, que su inmortal autor la gestó en algún desplazamiento.</p>
<p>A un amigo mío le gusta contar un chiste que, por viejo, no deja de ser gracioso, sobre todo porque lo escenifica: trata de los apuros de un mal estudiante que esconde la chuleta en el interior de la cintura del pantalón y que termina diciendo que la tierra que descubrió Colón se llama “Zara”. Y ¿por qué digo esto? Pues precisamente por eso, por las etiquetas. Tal vez sea porque vivimos en un mundo de “marca” por lo que nos cuesta tanto renunciar a ponerlas -sigo con el viaje-, por tanto, en ese grupo de amigos del viaje cada uno lleva la etiqueta que el otro le ha puesto o que él, libremente, se ha colocado: están los que creen que pueden salvar al mundo; los que piensan que el mundo entero está contra ellos; los especialistas en joder la vida al prójimo; los perdonavidas; los capullos, a secas; los que tienen tanto amor dentro que van derramándose al menor de los movimientos; los que están tan necesitados de caricias que, como los girasoles, van buscado el color y el calor del sol de la ternura; los que viven en continuo estado de alerta elaborando defensas ante los demás y ante sus propias emociones; asépticos e inconmovibles ante todo y ante todos; los que se abandonan en un salto al vacío a los diferentes sentimientos y matices que recibe, etc. etc. etc.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>En fin, un viaje es como una burbuja en ese inmenso baño de espuma que es la vida y todos somos pececitos de colores -aunque algunos sean pirañas-. Y no es que seamos cada uno un mundo sino que cien mundos diferentes habitan en cada uno de nosotros. Y, desde luego, no es necesario descender a la morbosidad, indignidad, despropósito y desprestigio del ser humano, como se ha descendido con el vergonzoso experimento de programas televisivos como “Gran hermano” o la “La isla”, para comprobar, organizar, o prever la respuesta ante determinadas situaciones, basta con leer a los clásicos, mirar -viendo- a nuestro alrededor, o marcharse un par de semanas de viaje. Eso sí, sin repetir lugares, porque como digo en uno de mis poemas (“Memoria Intacta como el ámbar”): “Si alguna vez se fue feliz/ en un lugar inmenso/ -y más si es ya remoto-/ jamás se ha de volver./ Los años los encogen,/ los contraen, los abrevian:/ convierten los palacios/ en casas de muñecas.”</p>
<p>Pues eso, <em>conditio sine qua non:</em> no tropezar en la misma piedra, llámese lugar o persona.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
</body></html>
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