{"id":879,"date":"2017-12-23T12:44:07","date_gmt":"2017-12-23T11:44:07","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.laverdad.es\/anamariatomas\/?p=879"},"modified":"2017-12-23T12:44:07","modified_gmt":"2017-12-23T11:44:07","slug":"saldo-deudor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/anamariatomas\/2017\/12\/23\/saldo-deudor\/","title":{"rendered":"Saldo deudor"},"content":{"rendered":"<p>Fue uno de esos paseos tontos en donde los pies inician una direcci\u00f3n diferente a la que tu cabeza hab\u00eda programado cuando saliste a andar. Te enfundas en una cazadora especialmente abriga, te colocas las zapatillas de quemar calor\u00edas y agarras con igual disposici\u00f3n los guantes y una botella de agua. Se supone que vas camino de esa avenida cuyo nombre no importa porque siempre es nombrada como la \u201cRuta del colesterol\u201d. Pero de pronto tus pies hacen un quiebro y en lugar de caminar en una direcci\u00f3n comienzas a hacerlo hacia la parte vieja de tu ciudad, aquella que guarda, como un tesoro, tu infancia. Y los ojos comienzan a focalizarse en cosas diferentes, ya no miras sem\u00e1foros, entre otras cosas porque no los hay, sino gatos callejeros, tumbados al sol o a la caza de moscas importunas que son impasibles a los latigazos de su cola, y las casas pasan de ser anodinas a tener un nombre: el estanco de Rita, la tienda de ultramarinos de Ferm\u00edn; la casa de Paco \u201cel regui\u00f1ao\u201d -por un tic nervioso que ten\u00eda el pobre hombre en ambos ojos-; la carnicer\u00eda de Benito, pobrecillo, muerto tan joven junto a su hija en accidente con el \u201cdos caballos\u201d de segunda mano que conduc\u00eda; la casa de Luisa;\u00a0la de Mar\u00eda y la tuya.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Y ah\u00ed los pies se detienen, como cada vez que pasas por esa fachada convertida en joyero de recuerdos desde hace tantos a\u00f1os. Sabes que dej\u00f3 de ser tuya, elucubras mirando sus ventanas si por dentro todo estar\u00e1 igual que lo dejaste al marchar. Al menos la fachada s\u00ed lo est\u00e1, las mismas d\u00e9biles rejas, las mismas persianas, eso s\u00ed, con una mano de pintura cuarteada por los a\u00f1os y el fr\u00edo, pero las mismas. Las mismas puertas y ventanas\u2026 Y, como siempre, una vez m\u00e1s sinti\u00e9ndote a salvo en el escaso espacio entre la puerta y persiana, comienzas a acariciar la madera de esa jamba que era la entrada al para\u00edso. Y tus manos recuerdan c\u00f3mo abr\u00edan esas puertas cuando, tras los cristales enrejados y esmerilados de su parte superior, intu\u00edas la figura de tu madre o cuando tu o\u00eddo reconoc\u00eda, entre todos los motores del mundo, el de la guzzi de tu padre con un haz de sabina y de romero para el bel\u00e9n. Y junto al olor de la olla de Navidad y el de las \u201cfrioleras\u201d o dulces de Pascua se impon\u00eda el de monte, desparramado en la parte izquierda de la peque\u00f1a sala junto al Nacimiento, el castillo de Herodes, la anunciaci\u00f3n a los pastores y muchos borreguicos dispersados para que pareciera m\u00e1s grande el bel\u00e9n.<\/p>\n<p>Pero esta vez tu intuici\u00f3n te enga\u00f1a -o t\u00fa pretendes enga\u00f1arla a ella- y la puerta se abre de golpe y muestra un rostro de pocos amigos molesto por la advertida invasi\u00f3n de un extra\u00f1o en un espacio propio. T\u00fa sonr\u00edes, saludas, mientras de tus ojos salen traicioneras unas l\u00e1grimas que aun desconciertan m\u00e1s a la persona que est\u00e1 a punto de decirte que no quiere nada y que no le interesa lo que hipot\u00e9ticamente vayas a venderle. Pero esa parte que, desde el principio, gui\u00f3 tus pasos toma el control y t\u00fa comienzas a explicarle, con la mejor de tus sonrisas, que ah\u00ed viviste algunos de los mejores a\u00f1os de tu infancia, que esa casa la construy\u00f3 tu padre con sus propias manos, y que s\u00ed\u2026 que cada vez que pasas por ah\u00ed sientes la necesidad de tocar sus muros, sus ventanas, sus\u00a0puertas\u2026 pero que no eres una loca y que lo \u00faltimo que quieres es molestar, que pides disculpas y que te vas ya.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Pero algunas veces, como dice Sabina, va el diablo y se pone de tu parte, en este caso el \u00e1ngel. Y como m\u00fasica celestial escuchas: \u201c\u00bfQuieres pasar?\u201d \u00a1Dios m\u00edo! \u00bfC\u00f3mo no vas a querer pasar si llevas deseando eso cuarenta a\u00f1os que hace que la dejaste. Pero dices que no, que no quieres molestar m\u00e1s de la cuenta, que\u2026 en todo caso, s\u00ed te gustar\u00eda asomarte a la salita y a la cocina.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Y la ropa comienza a agrandarse porque debajo de ella comienza a desaparecer la mujer que eres para emerger la ni\u00f1a que fuiste, al tiempo que, inversamente proporcional, todo comienza a achicarse. Todo estaba igual. Igual. Pero la cocina era entonces tan grande\u2026 y la sala \u00bfc\u00f3mo se pod\u00eda hacer un bel\u00e9n tan grandioso en un espacio tan peque\u00f1o?&#8230; Y entonces s\u00ed, entonces ya eres consciente de que vas a llorar porque ante tus ojos de ni\u00f1a comienzan a desfilar los esp\u00edritus de tantas navidades felices al abrigo de aquellas humildes paredes que guardan tanto saldo deudor en el alma. Tanto\u2026 que jam\u00e1s podr\u00edamos saldarlo. Ni creo que nadie quisiera hacerlo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fue uno de esos paseos tontos en donde los pies inician una direcci\u00f3n diferente a la que tu cabeza hab\u00eda programado cuando saliste a andar. Te enfundas en una cazadora especialmente abriga, te colocas las zapatillas de quemar calor\u00edas y agarras con igual disposici\u00f3n los guantes y una botella de agua. 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