{"id":197,"date":"2020-07-21T21:31:01","date_gmt":"2020-07-21T19:31:01","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/?p=197"},"modified":"2020-07-22T17:56:55","modified_gmt":"2020-07-22T15:56:55","slug":"en-cuanto-puse-un-pie-en-la-playa-la-modernidad-en-chanclas-de-bioshock-infinite","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/2020\/07\/21\/en-cuanto-puse-un-pie-en-la-playa-la-modernidad-en-chanclas-de-bioshock-infinite\/","title":{"rendered":"En cuanto puse un pie en la playa: La modernidad en chanclas de &#8216;BioShock Infinite&#8217;"},"content":{"rendered":"<p>Siempre a\u00f1oramos la playa.\u00a0Lo hicimos, en pasado, durante el encierro por la COVID-19, privados benevolentemente de los placeres de la costa, sus monumentales chiringuitos, su efervescente parsimonia, su sensualidad, propia y ajena; y lo hacemos en presente, ahora, a cada momento, pues su infinitud diluye el pensamiento cuadrangular de la acelerada contemporaneidad, que la brisa y el salitre corroen f\u00e1cilmente. La playa, dice Alan Pauls, por neutra y homog\u00e9nea, es territorio \u00ablibre de im\u00e1genes\u00bb. En oposici\u00f3n al detalle extremo del paisaje monta\u00f1oso, <strong>la playa mantiene un voto de castidad ic\u00f3nica por el cual permite imaginar pero no acoge im\u00e1genes<\/strong>. Es \u00abreacia a cualquier impulso de\u00a0figurar pero a la vez incre\u00edblemente f\u00e9rtil a la hora de inspirar figuraciones\u00bb, a\u00f1ade en &#8216;La vida descalzo&#8217;. Algo de ambas cosas, de crear la imagen y de habitarla, tiene &#8216;BioShock Infinite&#8217;, un videojuego \u2013porque si algo puede ser y no ser de esa manera, consumar una acci\u00f3n y su contraria, es un videojuego\u2013 publicado en el a\u00f1o 2013 para dar la puntilla a la franquicia firmada por el estudio Irrational Games, en su momento un revulsivo para la narraci\u00f3n interactiva.<\/p>\n<p>La playa de esta tercera iteraci\u00f3n de &#8216;BioShock&#8217; llega, muy elocuentemente, sin desearlo. Por colisi\u00f3n, y relativo naufragio, que desde &#8216;Robinson Crusoe&#8217; hasta &#8216;Perdidos&#8217; parece ser la \u00fanica manera de llegar a una playa. A una simulada, al menos. <strong>Lo inquietante de la playa-simulacro del videojuego, lo que pone la atinada digresi\u00f3n de Pauls frente a un inc\u00f3modo espejo, es que podemos pasearla<\/strong>, no como espectadores pasivos ba\u00f1ados por la luz de una pantalla, grande o peque\u00f1a, en el mejor de los casos montados a lomos de un inmersivo narrador-c\u00e1mara, sino como nosotros mismos. Pasearla de verdad. Empujar una palanca y mover un piececito y despu\u00e9s el otro y casi sentir la arena, las algas secas como el esparto y las dichosas colillas deslizarse entre los dedos. Despu\u00e9s de dos horas y media de disparos m\u00e1s o menos arbitrarios (si bien es cierto que escenificados en pasarelas costumbristas regadas\u00a0de flores y frutas y viandantes que juegan con una boca de incendios escacharrada o charlan sobre el tiempo y se apresuran para llegar a la feria del pueblo), uno se estrella en la arena y hace, dice o siente lo que haga falta para no tener que salir de ella.<\/p>\n<p>Recuerdo este juego como una experiencia iluminadora, pese a que el tiempo pudiera haber desactivado su dispositivo, que entonces me pareci\u00f3 agudo y complejo en el marco de mi relaci\u00f3n con el medio, calenturienta pero nunca formal, y mi a\u00fan m\u00e1s escu\u00e1lida pericia a los botones. Es cierto que la mirada tramposa de la retrospecci\u00f3n hace a &#8216;BioShock Infinite&#8217; encogerse y\u00a0tiritar en cuanto se abate sobre su imaginario la alargada sombra del carism\u00e1tico Andrew Ryan y su Rapture, la ciudad bajo el agua en la que se ubican las dos primeras entregas de la saga. Pero el \u00faltimo t\u00edtulo de la terna tiene un alma, y el jugador, en la piel de Booker DeWitt, un desabrido buscavidas que aterriza en una urbe que flota en el cielo para dar con el paradero de una tal Elizabeth y cobrar la recompensa por su captura, se da de morros contra ella. Durante una escapada junto a la chica a bordo de un fascinante sistema de transporte sobre ra\u00edles, ep\u00edtome del avituallamiento\u00a0<em>steampunk<\/em> (un retrofuturismo con la revoluci\u00f3n industrial del vapor como eje est\u00e9tico) que viste todo el juego y va ce\u00f1ido a la cintura a nuestro tema, Booker cae al vac\u00edo. Cuando abre los ojos, y solo segundos antes de desmayarse de nuevo, ve a Elizabeth frente a una masa de agua. El que despierta despu\u00e9s no es el personaje, sino el jugador embutido en su pellejo. <strong>En cuanto pongo un pie en la playa s\u00e9 que el que arrastra los zapatos por la arena ya no es Booker DeWitt, sino yo<\/strong>.<\/p>\n<p>Lo primero que veo son dos gaviotas sobre la arena mojada. Al fondo, uno de los islotes flotantes que conforman la ciudad de Columbia me recuerda que lo que piso no es una playa, sino un remedo. Una reconstrucci\u00f3n. Y sin embargo, todo lo que deber\u00eda estar est\u00e1. Al girarme me topo con una pareja de ba\u00f1istas que mira el horizonte, <strong>sentados en el lodo como dos alemanes en las aguas someras del Mar Menor, descollando por encima de las olitas<\/strong>. Me ocurre lo mismo que a mi llegada a Columbia: la gente me mira al pasar. Ya me han tendido una emboscada antes (al grito de \u00abfalso pastor\u00bb), as\u00ed que tengo razones para desconfiar de los vigilantes usuarios del espacio. Las convenciones narrativas del videojuego me invitan a pensar que cualquier conversaci\u00f3n con un extra\u00f1o puede desembocar en cat\u00e1strofe, en un combate aleatorio o una secuencia cinem\u00e1tica que me arrebate el control de la situaci\u00f3n. Pero cuando me aproximo al siguiente par de cuerpos que se ponen trigue\u00f1os al sol, me toman por un curda y me invitan a largarme. Otro turista sedente me advierte de que si estoy intentando venderle algo, no le interesa. La neblina de la deformaci\u00f3n \u00bfprofesional? empieza a disiparse, y casi creo que el lugar por el merodeo durante tres, cinco, diez, veinte minutos, pudiera ser real.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 es una playa, a todo esto? La de &#8216;BioShock Infinite&#8217; cumple con el que podr\u00eda considerarse el primer mandamiento playero, esto es, la coincidencia en el espacio de arena y agua, por mucho que esta se produzca en plena levitaci\u00f3n. La de aqu\u00ed es una playa mantenida, a la que se suministra la esencia a trav\u00e9s de una fuente que brota de una abertura en un edificio contiguo y que a la vez la va perdiendo mientras chorrea por el borde del islote y se derrama sobre, no s\u00e9, el estado de Arizona. El panorama es el habitual en una playa, trufado de\u00a0sombrillas y p\u00e9rgolas bajo las que se refugian los ba\u00f1istas. Algunos vienen en parejas, otros traen una toalla grande como esperando que un extra\u00f1o se les una. Hay incluso una caseta para un invisible socorrista y cr\u00edos que juegan a meter arena en un par de cubos verdes.\u00a0Resulta un lugar recreativo, de postal, que capitaliza la atenci\u00f3n de sus improvisados espectadores en el atardecer que se filtra entre unas nubes como bolas de helado. \u00abFuerza a trav\u00e9s del ocio\u00bb, reza un cartel clavado frente a una noria lejana. Columbia parece estar especialmente viva justo en este momento, en esta min\u00fascula fotograf\u00eda. La playa, colocada en un recinto de unos 100 metros de per\u00edmetro, se extiende a los pies de una plataforma llena de paseantes y curiosos que se posan a admirar la estampa. Y no es dif\u00edcil compartir su obsesi\u00f3n. Nosotros, como jugadores, de paso en la di\u00e9gesis del videojuego, en alg\u00fan momento\u00a0tendremos que recoger los b\u00e1rtulos, sacudir las sandalias y continuar con el periplo, una \u00abaventura de acci\u00f3n y disparos\u00bb, dicen las rese\u00f1as, pero ellos se quedar\u00e1n aqu\u00ed para siempre. Agoniza entonces la tesis de obras como <strong>&#8216;Tron&#8217; (1982), de Steven Lisberger, producto de un empapamiento temprano en la cultura de los ep\u00edgrafes del neoliberalismo pero a\u00fan esclava de una imaginaci\u00f3n sci-fi inocente<\/strong>: que las m\u00e1quinas querr\u00edan ser como nosotros. Entes digitales como el Programa de Control Maestro anhelar\u00edan alcanzar el ser, afanarnos las riendas. En una l\u00ednea de pensamiento m\u00e1s acorde con la decepcionante contemporaneidad, la playa-simulacro de &#8216;BioShock Infinite&#8217; anima a postular lo opuesto: con la inteligencia artificial como horizonte evolutivo autoimpuesto, desear\u00edamos ser programas, NPCs. Renunciar al privilegio del protagonismo para depurar la experiencia hasta convertirla en simple contemplaci\u00f3n. Disfrutar de la playa y que salve el mundo otro.<\/p>\n<p>Est\u00e1 apoplej\u00eda sensitiva, quiz\u00e1s una suerte de s\u00edndrome de Stendhal, de nuevo contradice y refrenda, anula y no, la teor\u00eda de Pauls. La playa no puede figurar, pero inspira las mejores figuraciones.\u00a0El motivo es definitivamente promiscuo en los medios, desde la laguna en la que se refresca el chicuelo cabez\u00f3n de &#8216;Un ba\u00f1o en Asnieres&#8217;, de Seurat, hasta la irrespirable explanada de la que Zampan\u00f2 arranca a Gelsomina en &#8216;La Strada&#8217;, de Fellini. Entre dunas, hamacas y burbujas puede ocurrir cualquier cosa. Puede gestarse un cosmos entero, como en &#8216;El se\u00f1or de las moscas&#8217;, donde un colorido espectro de probables organizaciones sociales y pol\u00edticas emerge solo con tomar una u otra postura respecto del cacho de arena que sirve de hogar. Y puede ocurrir todo lo contrario: que de la playa solo se vaya a peor. Que se desconozca m\u00e1s y m\u00e1s de uno mismo y lo que lo rodea a medida que los pies se alejan de la siempre predecible, inmutable y rectil\u00ednea playa, v\u00e9ase &#8216;Perdidos&#8217; (bis). La relaci\u00f3n de &#8216;BioShock Infinite&#8217; con este paisaje es a\u00fan m\u00e1s profunda, pues su comparecencia como forma de entretenimiento predilecta (quiz\u00e1s la \u00fanica, pues no se sugieren muchas m\u00e1s alternativas a esta o la toma de vigorizadores) de la <strong>sociedad industrial finisecular que es Columbia, gobernada por la fiebre del progreso t\u00e9cnico y la figura del inventor<\/strong>, no hace sino subrayar el crucial parentesco entre la modernidad y la playa.<\/p>\n<p>La te\u00f3rica Fiona Handyside reivindica entre la enumeraci\u00f3n de las cualidades que se suponen modernas la cabida de otros espacios que no sean la ciudad. <strong>La playa, as\u00ed como la urbe, es m\u00f3vil, libertina, desatada, cambiante<\/strong>. Produce nuevos tipos de cuerpos, permite la creaci\u00f3n de sentidos antes inimaginables y, ante todo, cumple las parad\u00f3jicas condiciones que obliga la declaraci\u00f3n de un proceso de modernizaci\u00f3n: el cambio solo ha ocurrido una vez, y solo te ha ocurrido a ti. Es incluso un lugar nuevo, como la explosiva ciudad del siglo XIX, al menos en lo tocante a la experiencia. El desarrollo industrial y sus consecuencias para los grupos poblaciones transformaron el paisaje de la playa de varias maneras: por un lado, los avances tecnol\u00f3gicos despejaron el espacio arenoso de las actividades m\u00e1s engorrosas, como la pesca, concentr\u00e1ndolas en puertos m\u00e1s eficientes; por otro, la evoluci\u00f3n de las formas de transporte permiti\u00f3 el acceso de las masas ociosas a lugares antes lejanos; y en \u00faltimo lugar, la creaci\u00f3n de una sociedad industrial, primera parada de un largo viaje hacia la regulaci\u00f3n del empleo, propici\u00f3 la condensaci\u00f3n del tiempo libre. <strong>La playa es un entretenimiento moderno, y la de &#8216;BioShock Infinite&#8217;, con sus engranajes, sus rodamientos, sus turbinas y sus chimeneas, una modernidad en chanclas<\/strong>.<\/p>\n<div id=\"attachment_207\" style=\"width: 1034px\" class=\"wp-caption alignleft\"><img aria-describedby=\"caption-attachment-207\" loading=\"lazy\" class=\"wp-image-207 size-large\" src=\"https:\/\/static-blogs.laverdad.es\/wp-content\/uploads\/sites\/141\/2020\/07\/la-playa-1024x576.jpg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"576\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.laverdad.es\/wp-content\/uploads\/sites\/141\/2020\/07\/la-playa-1024x576.jpg 1024w, https:\/\/static-blogs.laverdad.es\/wp-content\/uploads\/sites\/141\/2020\/07\/la-playa-300x169.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.laverdad.es\/wp-content\/uploads\/sites\/141\/2020\/07\/la-playa-768x432.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.laverdad.es\/wp-content\/uploads\/sites\/141\/2020\/07\/la-playa.jpg 1280w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><p id=\"caption-attachment-207\" class=\"wp-caption-text\">(Fuente: Irrational Games\/2K Games)<\/p><\/div>\n<p>Seg\u00fan argumenta Handyside, la playa \u2013junto con el cine, la otra gran explosi\u00f3n de entretenimiento decimon\u00f3nico\u2013 proporciona una respuesta compleja a lo que el progreso demanda de la poblaci\u00f3n, solidificando los cambios tra\u00eddos por la modernidad a los espacios y tiempos de la vida diaria, y proveyendo al mismo tiempo de formas de resistencia y alivio ante el \u00e9nfasis en el valor y la productividad de ese mismo progreso. Los kinetoscopios diseminados por toda Columbia, de los que el dise\u00f1o de Irrational Games se sirve para abrir sutiles analepsis que nos pongan en antecedentes sobre la matrix Comstock (apellido del l\u00edder de la colonia), funcionan en un sentido similar: <strong>son productos de invenci\u00f3n, maravillas de la ingenier\u00eda y pruebas fehacientes del triunfo del intelecto, pero tambi\u00e9n objetos premodernos<\/strong>, colgando del borde del pe\u00f1\u00f3n que acabar\u00eda de conquistar el cinemat\u00f3grafo, este s\u00ed, garante de una verdadera metamorfosis en el consumo masivo de cultura. El retrato de &#8216;BioShock Infinite&#8217; es m\u00e1s complejo de lo aparente. Reniega, por ejemplo, de simplistas nociones teleol\u00f3gicas de progreso. Su fresco es el de una falla, una grieta poli\u00e9drica que solo existe en su propia ruptura y se cierra tan pronto como se abre.<\/p>\n<p>La playa, prosigue Handyside, &#8220;es al tiempo un espacio visual y t\u00e1ctil, que re\u00fane nuevas visiones y nuevas sensaciones y ofrece una nueva forma de pensar las complejas imbricaciones del cine, la modernidad y el espacio&#8221;. <strong>Es cierto que Columbia no produce cuerpos en todo el juego como los de esta playa<\/strong>. Algunos de sus condicionantes (cuerpos ociosos, cuerpos primitivos, cuerpos sexuales) solo se sugieren sobre la arena de este recinto; y otros, si bien vertebran la trama en una capa de significado m\u00e1s profunda (cuerpos privilegiados, cuerpos obreros, cuerpos afroamericanos, cuerpos chinos), se determinan aqu\u00ed con mayor estruendo. En un esfuerzo por ignorar a Elizabeth lo m\u00e1ximo posible \u2013pues el reencuentro con ella, lo s\u00e9 porque ya he jugado este segmento, detonar\u00e1 una frustrante cinem\u00e1tica\u2013, me cruzo con una mujer diminuta tumbada sobre una toalla azul para dos. Al preguntarle por Elizabeth me dice que no ha visto pasar a nadie, y apostilla que no tiene acompa\u00f1ante. \u00abPor si te interesa pasar el rato\u00bb. (Cesare Pavese: \u00abSe habla con extra\u00f1a cautela cuando se est\u00e1\u00a0semidesnudo\u00bb.) <strong>Siento c\u00f3mo cede otro remache, esta vez el de la naturaleza de rolear y las limitaciones del medio<\/strong> (con todo, a a\u00f1os luz de ventaja de otros soportes como artilugio narrativo). Me irrita no disponer de un bot\u00f3n para sentarme junto a la chica, estrujada dentro de un ba\u00f1ador dorado de dos piezas. Abandonar a Elizabeth a su suerte, pues ni su guerra ni la de Booker ni la del estudio son la m\u00eda; dar plant\u00f3n a quienes me ofrecieron una recompensa por el encargo y quedarme aqu\u00ed. A Booker DeWitt le interesar\u00e1 descubrir qu\u00e9 est\u00e1 pasando, de d\u00f3nde sali\u00f3 la misteriosa marca que surca su mano o por qu\u00e9 quieren matarlo, pero a m\u00ed, la verdad, me da igual. A m\u00ed me interesa la brisa que arrastra los pusil\u00e1nimes granos de arena hacia el sur.<\/p>\n<p>Este espacio conjuga aspectos contradictorios del ser moderno: el estilo de vida acelerado y el simult\u00e1neo e irreprimible deseo de detenerlo. Plante\u00f3 el fil\u00f3sofo Georg Simmel en plena modernizaci\u00f3n de Occidente que, ir\u00f3nicamente, <strong>los autores m\u00e1s idolatrados por los cosmopolitas siempre son los individualistas rabiosos, aquellos que, como Nietzsche, ve\u00edan al diablo en la existencia cuadriculada de la urbe<\/strong>. Siguiendo su argumentario, las personalidades animalescas no tienen cabida en la ciudad. No hay que resultar necesariamente pervertido o marginal, basta con ser impulsivo, irracional o apasionado en exceso. Nuestra catatonia como jugadores conecta en cierto modo con la antipat\u00eda, la pasividad y la saturaci\u00f3n de los sentidos que, seg\u00fan Simmel, exige la vida en la metr\u00f3polis, es decir, la vida moderna; una\u00a0actitud\u00a0<em>blas\u00e9<\/em>\u00a0que no es estricta estupidez, sino el resultado de una compulsiva persecuci\u00f3n del placer y exposici\u00f3n a est\u00edmulos que acaba friendo los circuitos del sujeto. En esto, en la playa como refugio primitivo de las aristas m\u00e1s brutas de la personalidad, y a la vez hilo musical del bombardeo sensorial de la ciudad moderna, me hace pensar un magnet\u00f3fono abandonado sobre la arena, en la peque\u00f1a regi\u00f3n de sombra que permite el paseo elevado (un vox\u00e1fono, lo llaman aqu\u00ed). La cinta, grabada por un atormentado bi\u00f3grafo del l\u00edder Comstock, recala en la problem\u00e1tica reconstrucci\u00f3n del pasado para aquellos que no lo han conocido.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n dise\u00f1\u00f3 este lugar?, me pregunto ahora. \u00bfFue alguien que ya hab\u00eda visto antes una playa <em>de verdad<\/em>?\u00a0\u00bfSe bas\u00f3 en recuerdos de una playa concreta? El esquema es universal, s\u00ed, pero esta playa se ha moldeado a imagen y semejanza de otra, o de muchas otras. <strong>\u00bfSe parece a la cala argelina donde el arquitecto pas\u00f3 unas inolvidables vacaciones de infancia?<\/strong> \u00bfO a la bah\u00eda de West Egg descrita en &#8216;El gran Gatsby&#8217;, que el susodicho ley\u00f3 con obsesi\u00f3n en su juventud e imagina de esta guisa, aunque nunca la ha visto realmente? \u00bfY qu\u00e9 hay de los ni\u00f1os, demasiado j\u00f3venes para haber nacido fuera de Columbia? Quiz\u00e1 no sepan qu\u00e9 es una playa. O puede que esto sea para ellos la realidad asignada a la palabra <em>playa<\/em>. \u00bfQu\u00e9 pensar\u00e1n al ver la bah\u00eda de Santa M\u00f3nica grabada en alguno de los kinetoscopios que les proporcionan informaci\u00f3n del mundo exterior? \u00bfC\u00f3mo nombrar\u00e1n ese paisaje monstruoso que se parece tanto pero no del todo a lo que, ellos lo saben a ciencia cierta, <em>es<\/em> una playa? Si la costa es un espacio animal, ese car\u00e1cter se potencia cuando somos cachorros. <strong>Los recuerdos de playa huelen m\u00e1s a sal y vienen m\u00e1s mojados cuando son, adem\u00e1s, de infancia<\/strong>. Rememora Manuel Vicent en &#8216;El Pa\u00eds&#8217;: \u00abEn aquellos tiempos de la dictadura solo el mar era la libertad. Recuerdas aquella ma\u00f1ana en la playa en que sonaba el campanil del oratorio llamando a los feligreses a misa. Fue la vez en que decidiste que el mar, entonces tan limpio, tan azul, tambi\u00e9n era un dios verdadero con aroma a salitre y abrazarse a \u00e9l bajo la luz del mediod\u00eda era un acto m\u00e1s religioso que arrodillarse ante un confesor que te amenazaba con el infierno en medio de la gloria del verano\u00bb.<\/p>\n<p>La playa de Columbia se despide como un lugar de consumo, toda vez que la pasarela de salida no va a parar a la calle, sino que exige cruzar unos tornos que desembocan en una tienda de regalos. Tambi\u00e9n es un espacio de clase, aprendo al o\u00edr a un par de haraganes mascullar algo sobre no tener que compartir la arena con la morralla que trabaja en la f\u00e1brica de Finkton, o cuando un grupo de mujeres me espeta que es una pena que no lleve puesto un buen ba\u00f1ador; y <strong>un espacio de raza, pues una vez se claudica ante el peaje de los <em>souvenirs\u00a0<\/em>una puerta se\u00f1ala los aseos adecuados \u00abpara gente de color e irlandeses\u00bb<\/strong>. Hay hombres negros sirviendo refrescos, fregando letrinas o arreglando las m\u00e1quinas del sal\u00f3n recreativo que corona el recinto, pero ninguno dedica su tarde a absorber con esmero los rayos de sol. &#8216;BioShock Infinite&#8217; se asegura finalmente de recordarme que su playa es un lugar-no-lugar, una simulaci\u00f3n, como pavone\u00e1ndose del regate erigido en torno a la reflexi\u00f3n de Alan Pauls. En los barriles que descansan junto a un carromato que se hunde en la planicie hay pi\u00f1a y manzana, pero tambi\u00e9n me topo con cestas de picnic repletas de munici\u00f3n de ametralladora y sales vigorizantes, que potencian las habilidades en batalla. Me cuesta imaginar a un solo jugador que, ante esta coacci\u00f3n tan burda, no lanzara el mando por la ventana y se reclinara en el asiento a gozar del paisaje, decidido a no dar ni un paso m\u00e1s en la direcci\u00f3n de la trama.\u00a0Por haber, hay incluso tres tablas de surf apoyadas en una valla, pese a que en la playa de Columbia no hay grandes corrientes ni parece haberlas habido nunca. Otros objetos intrusos se entrometen con sutileza, lo que casi resulta m\u00e1s fastidioso. Cuando me acerco a un grupo de gaviotas que devoran una bolsa de cacahuetes junto al mar y salen espantadas descubro que puedo comerme el contenido restante en el paquete y ganar algo de salud. El aumento en la barra de vitalidad no es especialmente significativo, as\u00ed que el gesto parece m\u00e1s bien un gui\u00f1o de los dise\u00f1adores, <strong>un desaire de Dios record\u00e1ndome cu\u00e1n capaz es de someter mi placentera experiencia a las mec\u00e1nicas del juego<\/strong>.\u00a0En el pasadizo que une los dos segmentos que conforman la playa hay abandonado un carricoche en cuyo interior se esconde\u00a0una caja con balas de rev\u00f3lver.\u00a0Marcho rabiando hacia el deber.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">\u2013\u2013\u2013<\/p>\n<p>Elizabeth aguarda en un peque\u00f1o espig\u00f3n de madera blanca asaetado por unos cuantos blasones, junto al cual flota boca abajo una sombrilla que debe de haber salido despedida. Un grupo de m\u00fasicos \u2013no el inmaculado cuarteto vocal que te avasalla al comienzo del juego, sino una suerte de banda callejera\u2013 entona api\u00f1ado sobre los tablones una melod\u00eda animada. Hay violines, una pianola y un acorde\u00f3n. <strong>Algunos ba\u00f1istas hacen un corrillo alrededor de Elizabeth, que danza como una peonza<\/strong>. La chica, al advertir la presencia del protagonista, lo invita a bailar y\u00a0Booker, siempre falsa e impostadamente hirsuto, rechista: \u00abYo no bailo\u00bb. Pues yo s\u00ed.<\/p>\n<script type=\"text\/javascript\">\n\nvar addthis_config = {\"data_track_clickback\":false,\"data_track_addressbar\":false,\"data_track_textcopy\":false,\"ui_atversion\":\"300\"};\nvar addthis_product = 'wpp-3.1';\n<\/script><script type=\"text\/javascript\" src=\"\/\/s7.addthis.com\/js\/300\/addthis_widget.js#pubid=a321acb07f40401c9cfad9efe2fd3c2b\"><\/script>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Siempre a\u00f1oramos la playa.\u00a0Lo hicimos, en pasado, durante el encierro por la COVID-19, privados benevolentemente de los placeres de la costa, sus monumentales chiringuitos, su efervescente parsimonia, su sensualidad, propia y ajena; y lo hacemos en presente, ahora, a cada momento, pues su infinitud diluye el pensamiento cuadrangular de la acelerada contemporaneidad, que la brisa [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":10190,"featured_media":208,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[1],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/197"}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/users\/10190"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=197"}],"version-history":[{"count":13,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/197\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":212,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/197\/revisions\/212"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/media\/208"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=197"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=197"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.laverdad.es\/circuitoenserie\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=197"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}