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	<title>Las patatas fritas de Stoichkov | La esquina doblada - Blogs laverdad.es</title>
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		<title>Las patatas fritas de Stoichkov | La esquina doblada - Blogs laverdad.es</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Dec 2008 11:07:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén García Bastida</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Retratos de ciudad]]></category>

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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>Pasó hace un par de semanas en el mercado medieval que montaron en el jardín de las Tres Copas de Murcia. Él tenía un puesto de patatas fritas artesanas y yo tenía hambre y la intención de rescatar alguna extraña película del video-club ‘Ficciones’, al que un día de estos tendré que dedicarle un texto.<br>
Por su acento parecía búlgaro. Hablaba como lo hacía Hristo Stoichkov tras los partidos. No sabría explicarlo mejor.<br>
— ¿Cuánto cuesta una ración de patatas?<br>
— Vas a tener que esperar un poco. Éstas están frías. Y mira qué pinta tienen.<br>
Las miré y no vi nada extraño.<br>
— Tienen buena pinta.<br>
— ¿En serio? Me han salido mal. Mira. — Stoichkov -lo llamaremos así- las movió con desgana con una espumadera. Nada. Seguí sin encontrarles el problema.<br>
— ¿Cuánto cuesta una ración?<br>
— ¿De éstas? Nada. Voy a tirarlas.<br>
— ¿Puedo probar una? —le dije señalando la cesta de patatas.<br>
— Claro. Si quieres te las puedes llevar todas. No voy a venderlas. Estoy preparando más.<br>
Así que acerqué la mano y probé una.<br>
— Ponme una ración.<br>
Y Hristo, mirándome como si no entendiera nada, alcanzó un papel y lió un cucurucho que llenó de patatas fritas hasta arriba. Me lo puso en la mano y yo cogí una patata.<br>
— Están buenas —le dije. Él se sonrió.<br>
— Entonces son cinco euros.<br>
Después de reírnos un rato intenté pagar. No me lo permitió. </p>
<p>—No, no. Éstas son gratis, si te gustan vuelves.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Así las cosas, le di las gracias y me largué con mis “patatas artesanales fritas en aceite de oliva” —eso rezaba el cartel— gratis.</p>
<p>Como soy un hombre de palabra y las patatas estaban realmente buenas, volví al día siguiente. Me puse frente a él y le dije: “Ayer estuve aquí y me diste patatas gratis porque decías que no te habían salido bien y estaban frías. He venido a comprarte unas buenas patatas calientes”.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Hristo me miró con los ojos extrañados de un búlgaro durante unos segundos. Al final cayó en la cuenta. Se sonrió un poco y comenzó a llenar un cucurucho. “Estás loco”, me dijo. Yo le contesté que eso no tenía nada que ver con el hambre.<br>
Me acercó el cucurucho lleno a rebosar. Y yo saqué la cartera para cerrar la deuda de una vez por todas.<br>
—¿Cuánto es?<br>
— Quita, quita —Me dijo mientras hacía un gesto como de apartar moscas con la mano.<br>
— No, en serio. Éstas quiero pagártelas. He venido sólo a eso. No puedes dejar que me vaya así.<br>
— Guarda eso. </p>
<p>Se apartó y volvió a su sitio para seguir preparando más patatas. Mientras me daba la espalda le escuché decir: “Yo ya tengo mucho dinero”.</p>
<p>Le aguanté la mirada un rato, pero supe que no había nada que hacer. Tozudos futbolistas búlgaros.</p>
<p>No volví a por más patatas. No podía permitir que me la jugara una tercera vez.</p>
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